Ensayo

El lenguaje político del mileísmo


Auténticos decadentes

El imaginario decadentista estaba disponible para ser movilizado y reapareció con Javier Milei. Los principales ideólogos de la decadencia fueron, históricamente, intelectuales de raíz conservadora y de una derecha reaccionaria. Para ellos representaba, en el Estado moderno, una expresión de la creciente nacionalización de las masas, del surgimiento de las organizaciones sindicales y del socialismo. El libertario, paradójicamente, no es ajeno a este elemento. “La lengua política del presidente produce desprecio”, escribe Nicolás Freibrun. La decadencia, menos que una ideología compacta o la expresión de un movimiento intelectual, hoy aparece como un modo de entender la experiencia que propone la destrucción del otro: es el partido de los resentidos.

Como un ataque al sentido común —pero también como una expresión de ese sentido—, la lengua política de Javier Milei produce desprecio. Su contenido es el insulto y la agresividad; su forma, la verborragia y el fanatismo. Y siempre niega al otro. Desde el entronizamiento de la retórica banal y la pobreza conceptual, la palabra política del propio Milei consuma una idea del filósofo Ludwig Wittgenstein (otro austríaco famoso, aunque jamás nombrado por el presidente): los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo.

Si “la casta” habla la lengua anquilosada de la política, que según Milei es la de la mentira, su estrategia es la de retirarse de la lengua política e inventar otro lenguaje, no necesariamente político. Porque en boca del presidente, el lenguaje político deviene superfluo, un cuerpo que muta y se activa para el desprecio, en una repetición desmesurada y obsesiva de lo mismo y cuya condensación de sentido es el sintagma sin exclamación: VIVA LA LIBERTAD CARAJO.

La lengua política de Milei produce desprecio: su contenido es el insulto y la agresividad; su forma, la verborragia y el fanatismo.

Al ser un outsider y no abrevar en las lenguas políticas locales, aspecto clave que le ha garantizado la victoria electoral, se autopercibe como un individuo excepcional desprovisto de historicidad, llamado a cumplir un papel único en la historia. Pero, incluso bajo las creencias de esas condiciones excepcionales, Milei no deja de ser el resultado de un contexto político específico. Su insistencia en no parecerse a lo que él denomina “la casta” produjo, y aún produce, identificación en amplias franjas de un electorado que sostiene el rechazo a la política. A pesar de todas estas dimensiones, en democracia el proceso de la representación política es dinámico y puede aumentar o consumirse velozmente. En ese sentido, Milei se encuentra sometido al tiempo de la política. Se trata de los tiempos entre el poder presidencial y los resultados de la aplicación de sus políticas. Aunque el libertario vocifere que los políticos son todos chorros y el Congreso un “nido de ratas”, la sociedad evalúa en presente quién está al frente del timón. Vale para el caso una cruda enseñanza realista de Maquiavelo: “Los hombres olvidan con mayor rapidez la muerte de su padre que la pérdida de su patrimonio”.

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Argentina no es la excepción al malestar en la cultura contemporánea que se viene produciendo en algunas democracias y cuya singularidad viene dada por el aumento de sus rasgos autoritarios en tiempos de outsiders. Ubicados ideológicamente a la derecha, una vez en el poder cuestionan y debilitan elementos básicos del sistema democrático y republicano, como sucede en algunos países de América Latina, Europa y Estados Unidos. En esta línea, La Libertad Avanza viene produciendo un sentido de lo político desde posiciones conservadoras y retrógradas. Uno de los pilares sobre los que se sostiene este discurso es una determinada idea de orden, que se puede entender a partir de dos coordenadas. Por un lado, como conflicto irresoluble entre el individuo y el Estado, un “individualismo posesivo”, en términos del teórico marxista canadienese C. B. Macpherson. Por otro, convive con una concepción autoritaria y verticalista, reñida con la tradición democrática liberal que en la Argentina forma parte del acervo de conquistas democráticas, tanto de la sociedad civil como del Estado. Además de esas posiciones, el lenguaje político de Milei no es ajeno a un elemento que, desde hace un tiempo, forma parte del paisaje local y performa su discurso: la decadencia como el signo de una época.

El lenguaje político de Milei no es ajeno a la decadencia, un elemento que, desde hace un tiempo, forma parte del paisaje local y performa su discurso.

Expandida con fuerza desde el siglo XIX, los principales ideólogos de la decadencia provenían de núcleos intelectuales de raíz conservadora y de la derecha reaccionaria. Para éstos, representaba un estado de la sociedad moderna: enferma de parlamentarismo, igualitarismo y democratización, la decadencia era, en el Estado moderno, expresión de la creciente nacionalización de las masas, del surgimiento de las organizaciones sindicales y del socialismo. El progreso y la civilización trastocaban y amenazaban todos los valores vigentes. Según el teórico político Hugo Drochon, por ejemplo, Nietzsche pensaba que la democracia moderna era la forma histórica de la decadencia del Estado. Esos “intelectuales-anti-intelectuales”, de acuerdo a la terminología de Theodor Adorno, tenían como objeto de crítica a la modernidad y a los intelectuales progresistas y de izquierda, actores principales de ese proceso, y a los que denunciaban como agentes de la disolución del orden. Los apólogos de la decadencia, además, la entendían como un devenir inevitable de ese tiempo histórico. Al criticar el ideario progresista y sus valores, sumado a las tensiones y conflictos que la sociedad moderna produce, provee un discurso atractivo contra los detractores de la democracia.

Argentina no fue ajena a ese espíritu de pesimismo cultural y su recepción en los inicios del siglo XX fue interpretada, sobre todo, por grupos sociales cercanos a un ideario aristocratizante y conservador-liberal. Por entonces, la decadencia como prisma ideológico estaba a disposición de las élites dominantes, que veían cómo su legitimidad político-cultural era socavada por el proceso de democratización —primero político y luego económico— de un capitalismo en expansión. A pesar de que esas franjas sociales se vieron a sí mismas relativamente desplazadas por los efectos de ese proceso, el imaginario decadentista no había desaparecido, sino que estaba disponible a la espera de ser nuevamente movilizado.

Si bien los contextos, la calidad de las intervenciones y el modo en que se usan las ideas han cambiado, hoy la noción de decadencia alcanza usos públicos más amplios. El término está en el centro del discurso presidencial. “Hoy comienza el fin de la decadencia en Argentina”, dijo Milei minutos después de confirmarse su victoria en el balotaje. En febrero de este año, en un tuit sobre el Gramsci Kultural (sic) como parte de la batalla que su gobierno encabeza contra un socialismo imaginario para la salvación de Occidente, el presidente reveló que “la raíz del problema argentino no es político y/o económico, sino moral; y tiene como consecuencias el cinismo político y la decadencia económica”. Fue el ex presidente Mauricio Macri, sin embargo, el que hizo de este concepto una constante de su diatriba contra lo que considera el mal radical: el populismo peronista. En octubre de 2022, en la Universidad de Salamanca, dijo —y no por primera vez— que nuestro país necesitaba un cambio profundo “porque viene de muchas décadas de decadencia. Debemos ser la democracia más fracasada que hay en el planeta en los últimos 50 años y tenemos que revertirlo con ideas nuevas”. Un año después habló de la decadencia del peronismo, antes de que Milei se convirtiera en presidente.

En Argentina, a comienzos del siglo XX, la decadencia como prisma ideológico estaba a disposición de las élites dominantes, que veían cómo su legitimidad político-cultural era socavada por el proceso de democratización de un capitalismo en expansión.

En la Argentina, estos sectores tienen una obsesión por dotar a la decadencia como una conceptualización de la política, así como rastrear una genealogía que la justifique en el presente como destino inevitable. ¿Cuándo comenzó? ¿Quién la impulsó? Se la busca setenta, cien o ciento veinte años atrás. En todos los casos, el tiempo de la decadencia parece encontrar un punto de condensación en la ampliación de la participación electoral democrática y en una mayor articulación de las instituciones del Estado en las relaciones sociales. La solución, entonces, se encontraría en un tiempo pasado predemocrático, precisamente antes del inicio de la decadencia. Como en El año del desierto, de Pedro Mairal, la propuesta del actual gobierno es un regreso al siglo XIX y más allá.

Antes de querer brindar elementos para explicar una época, hoy la decadencia se presenta como un modo más de la narración efectiva, basada en el rechazo de cualquier intento de explicación racional. Menos que una ideología compacta o la expresión de un movimiento intelectual, aparece como un modo de entender la experiencia que propone el rechazo o la destrucción del otro: es el partido de los resentidos.

Hoy la noción de decadencia alcanza usos públicos más amplios. El término está en el centro del discurso presidencial

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Incluso desde su discurso mesiánico, el relato del presidente también está sometido a los humores sociales y a las correlaciones de fuerzas. Le propone a la sociedad un constante debilitamiento entre la ficción y la realidad, cuyo efecto más notable es el borramiento de las diferencias entre la autoridad presidencial y el personaje de Twitter. 

Con las diferencias de contexto y su irrepetibilidad, la retórica fanática y monolingüe de Milei recuerda a los dirigentes fascistas, aunque la desmesura de aquellos era desplegada para una movilización que, por el momento, aquí no se da. Y en el fascismo clásico, lo político orientaba al líder hacia una identificación con el Estado. Para Milei, en cambio, “el Estado es una asociación criminal donde un conjunto de políticos se ponen de acuerdo y utilizan el monopolio de la riqueza para robar recursos del sector privado”. Invirtiendo la fórmula de Marx y Engels en el Manifiesto Comunista, para Milei el Estado representa el instrumento político organizado por la casta para perjudicar a la libertad individual y la propiedad privada. Y, según esta particular concepción del orden político, la lucha que él encabeza es contra las corporaciones de una sociedad de privilegios. En ese horizonte se halla la conquista del individuo, desarticulado de cualquier relación social mediada por el Estado o por algún tipo de identidad que no sea su inmediata atomización. De acuerdo con la concepción libertaria del mundo, cualquier práctica que encarne en alguna dimensión de la estatalidad representa una amenaza a la potencia inherente de cualquier individuo. Anida en ese relato una mirada utópica de la lógica social, sobre todo cuando se la inscribe en un capitalismo periférico.

¿Cuándo comenzó la decadencia? Se la busca setenta, cien o ciento veinte años atrás, tiempos en los que se condensan la ampliación de la participación electoral democrática y en una mayor articulación de las instituciones del Estado en las relaciones sociales. La propuesta del actual gobierno es un regreso al siglo XIX.

Como un doble de la ficción borgeana, el presidente vino a acabar con la decadencia de una sociedad de privilegios y corporaciones, pero la decadencia viene con él mismo. Si ésta existe, el presidente también la encarna, aunque en su imaginación se posicione por fuera de la sociedad, a la manera del soberano autoritario de Thomas Hobbes. Sólo alguien que se asigna a sí mismo el rol histórico de salvador de la nación es capaz de reducir la palabra política hasta su insignificancia. El presidente imagina que sólo él, desde lo más hondo de la decadencia, puede emerger triunfador. Y sólo los mesiánicos —esa otra locura— creen tener un lugar de privilegio en la Historia, y en la creencia de la batalla definitiva.