Ensayo

Migrantes y discriminación


Los bordes de la xenofobia

Una señora le grita a una estudiante extranjera en un colectivo de Rosario. La escena se viraliza: según un estudio del Laboratorio de Estudios sobre Democracia y Autoritarismos (LEDA, UNSAM) de febrero y marzo de 2021, el 29 por ciento de los argentinos se manifestó a favor de prohibir el ingreso de todos los inmigrantes al país. ¿De dónde surge el deseo de “bloqueo” a los inmigrantes? ¿En nombre de qué se justifica el rechazo y su virulencia? Micaela Cuesta y Lucía Wegelin analizan los mitos y prejuicios sobre los que está construida la xenofobia en Argentina.

Arte: Agustín Frega en colaboración con María Celina Podestá.  

 

Una tarde de julio, un colectivo de línea en Rosario, pocas personas de pie. Una señora se corre levemente el barbijo y dice: 

- No tenemos por qué pagarles el estudio a los extranjeros. Andá vos a estudiar al país de ella a ver si te dejan pasar la frontera. Si seis de cada diez chicos argentinos están muriendo de hambre. 

Nadie le contesta, ella insiste: 

- Ellos no te dejan ni pasar la frontera, te ponen el sello y a la semana te tenés que ir sino te están buscando ¡y acá les damos educación gratis!

Sigue: 

- Hay que hacerles un bloqueo porque el gobierno no hace nada, los que pagamos somos nosotros.  ¡Podrida me tienen! 

Nadie habla.

- Y si no te gusta, ¡andáte a estudiar a otro país a ver si te dejan!

- ¡Basta señora! No le está diciendo nada la chica. Ya...basta - interviene una pasajera. 

- ¿Y qué va a decir si le estoy pagando la Universidad? 

Otra voz pide al chofer que la haga callar mientras la señora arremete: 

- Defienda al país una vez, mire cómo estamos. 

En medio de gritos cruzados, la amenaza: 

- No vamos a pagar más, estamos juntando firmas, así que recibite pronto porque no te vas a poder recibir.

Una pasajera le pide a la estudiante que no conteste y la señora de lentes oscuros retruca: 

- ¡Qué me va a contestar si está con la cola entre las patas! 

Vuelven a pedirle que se calle, que “no le falte el respeto a la gente”. 

- Es ella la que me está faltando el respeto a mí. 

Los intercambios no cesan, pero se tornan menos audibles.

“Podrida me tienen”

 

¿De qué es síntoma esta escena capturada por un celular y vuelta viral? ¿Por qué la señora insiste ante el silencio de su interlocutora? ¿De dónde surge el deseo de “bloqueo” a los inmigrantes? ¿En nombre de qué se justifica el rechazo y su virulencia? Para estas y otras preguntas podemos esbozar algunas respuestas a partir del material cuantitativo y cualitativo producido en el marco del Laboratorio de Estudios sobre Democracia y Autoritarismos (LEDA, UNSAM)

 

Partimos de un dato: el 29 % de los argentinos se manifestó a favor de prohibir el ingreso de todos los inmigrantes al país según la encuesta de alcance nacional realizada entre diciembre y febrero de 2021 por el LEDA. Ese deseo de “bloqueo”, de cierre de fronteras, aunque menos teatral que el del muro de los votantes de Trump, se nutre de un imaginario extendido y rico en mitos y prejuicios. 

 

El primer indicio de este agobio aparece en los grupos focales cuando se indica cierto “exceso”, “desbalance” o “superpoblación” migrante. Como ocurre en otros países, sobre todo europeos, este exceso queda a cuenta de la fantasía: pocas veces sino nunca el número imaginado de inmigrantes coincide con las cifras realmente existentes. Esta falta de correspondencia entre imaginación y realidad aparece en la escena retratada a propósito de la educación pública. Se cree que derechos como la educación y la salud son ejercidos por quienes no son ciudadanos plenos y en cantidades que ponen a prueba cualquier sano juicio. Poco importa que el dato de extranjeros en las universidades públicas no alcance el 3% o que el aporte de migrantes a la economía a través del IVA, por ejemplo, supere los 1500 millones de dólares por año. 

 

Lo cierto es que operan mitos y prejuicios. Echando mano de ellos los sujetos construyen narrativas para alegar las razones de su rechazo a los inmigrantes. 

 

A partir del análisis de los materiales cualitativos producidos por el LEDA pudimos reconstruir tres de estas narrativas bien diferenciadas que justifican por qué la inmigración “es un problema”. No siempre esas narrativas conducen a posiciones xenófobas pero en muchos casos son utilizadas como racionalizaciones de aquel deseo de bloqueo que sí puede conducir a acciones segregacionistas o discriminatorias. La narrativa que más resuena es, sin duda, la económica, pero eso no significa que no actúe también una narrativa cultural que se acopla muy bien con una ideología del multiculturalismo. 

Xenofobia

 

La narrativa económica inscribe a la inmigración como un problema asociado a la distribución tanto de recursos públicos como de puestos de trabajo: los migrantes vienen a competir por oportunidades laborales escasas, pero también a disputar lugares (también limitados) en la educación o la salud pública. Las percepción de injusticias distributivas –experimentadas por algunos como “falta de respeto”, como dijo la señora del colectivo– se sostienen en la identificación de una desigualdad de derechos como punto de partida. Hay allí un “principio de desigualdad” de derechos entre los extranjeros y los argentinos cuyo fundamento es económico: no tienen derecho a lo mismo porque no realizan los mismos aportes/contribuciones. La cuenta entre derechos y obligaciones no aparece como equivalente y, al no ser equivalente, no puede habilitar una “igualdad”. 

 

M2: eh con respecto a lo de la comida, a mí no me molesta, me gusta la diversidad, me gusta comer comida de distintos lugares, he ido a comer comida hindú, comida mexicana, comida china, o sea, tenés de eso de todo acá. Así que por ese lado no me molesta, pero si pienso lo mismo que M3 con respecto... capaz, no me molesta la invasión cultural digamos, pero me molesta todo esto que dice ella. O sea, las puertas que abre el socialismo a que, digamos, tengan los mismos derechos capaz que vos, cuando no, no va. No tienen las mismas obligaciones, o no nacieron acá, o no pagan los mismos impuestos. 

 

Para la narrativa cultural el problema de la inmigración se presenta como un problema de integración. En estos casos también se señala una desigualdad en el punto de partida: la jerarquía de la cultura local sobre la extranjera y la exigencia consiguiente de una adaptación de “otros” a un “nosotros”. 

 

¡Qué me va a contestar si tiene la cola entre las patas!” –decía la señora. La razón que explica para este relato el silencio de quien es increpado en la escena del colectivo es una sumisión necesaria ante la jerarquía o autoridad de una cultura pretendidamente superior.

 

Una tercera narrativa se articula con estas dos: la ideología del multiculturalismo entendida como un tipo de respeto a la diversidad cultural que parece no entrar en contradicción ni con las exigencias de integración realizadas a los inmigrantes, ni con el principio de desigualdad de derechos que opera como punto de partida para justificar su discriminación en la narrativa económica. La aceptación o incluso el festejo del “multiculturalismo” se sostiene a condición de reducirlo al consumo de productos gastronómicos, musicales, deportivos, en suma, folklóricos. Desde esta perspectiva, cuánto más amplia la paleta cromática de las nacionalidades mejor es. 

 

-  M4: (se ríe) Tuve muchos conflictos con venezolanos, puntualmente. A ver, no tengo problema con el inmigrante en general, pero con los venezolanos me he chocado muchas veces, en trabajo, en posición vecinos... Como que siento que no se terminan de adaptar al país en el que están. Me da la sensación, basado en mis experiencias con ellos. Yo tengo muchos vecinos, yo estoy en un edificio de trece pisos, y la gran mayoría de las personas que viven acá son inquilinos venezolanos. Y he tenido conflictos con varios, porque, no sé, no respetan horarios, no respetan las reglas del edificio. Entonces, con respecto a la comida no me molesta, porque la verdad no me va ni me viene, que se fusione con nuestra cultura, porque es lógico, es normal también, pero bueno, ya hablando del venezolano en sí, si hay muchas cosas que me molestan. 


El multiculturalismo es la ideología que nombra el “respeto por las diferencias” y al hacerlo esencializa esas identidades otras y, en un segundo movimiento, las reconoce como inferiores a la cultura universalista desde la que se vuelve posible enunciar ese respeto: “el respeto multiculturalista por la especificidad del Otro es precisamente la forma de reafirmar la propia superioridad”. La convivencia sin fricciones entre el reconocimiento de la particularidad cultural de los venezolanos y el reclamo de que se adapten a las reglas de civilidad de “nuestra cultura” es posible en virtud de esa jerarquía que la narrativa multiculturalista reproduce. 

 

“Defienda al país una vez, mire cómo estamos”, un nacionalismo paradójico 

La conversación sobre la inmigración produce siempre su anverso. Mientras se opina sobre “los otros” se entretejen una serie de sentidos, en muchos casos críticos, en torno a la identidad propia. La inmigración aparece como un problema para la Argentina del que es responsable, en primer lugar, la Argentina: por ser demasiado generosa, débil o muy permisiva. El deseo del cierre de fronteras aparece junto a demandas de controles migratorios más severos cocidos al calor de un “nacionalismo comparado”; la comparación con el modo en el que otros países tratan la migración es utilizado para mostrar la falla constitutiva de la identidad nacional. A través de esta comparación se expone cómo “el argentino” es responsable del abuso que sufre por parte de los otros. La defensa de lo nacional se presenta bajo este tinte auto-incriminatorio. Somos culpables de “eso” que nos hacen porque somos nosotros quienes lo habilitamos y en la medida en que lo habilitamos merecemos castigo.

Xenofobia_02

 

- M3: O sea, yo creo que nosotros, hablando como país en general no como nosotros individuos, nosotros les damos el espacio. Porque vos vas a Europa y vos sos un inmigrante, te tratan como inmigrante. Me parece que acá la cuestión del socialismo abre mucho el juego a eso. Te permito, no se, tiro cualquier cosa por tirar: "te permito atenderte en mi hospital porque vos estas aca", y yo voy a Europa y a mí no me permiten atenderme en un hospital público. (...) 

- MOD: ¿Qué te parece el crecimiento de la inmigración venezolana? 

- H5: Y, Argentina siempre fue un país generoso con ese tema. 

- H4: Muy generoso...Te digo por experiencia propia, esto siempre lo hablo con mi esposa. Yo viví diez años en Europa y diez años en México. Hace 3 años volví a Argentina. Me costó un triunfo conseguir trabajo. Me case con mi esposa que es argentina pero nos casamos en México, tuvimos a mi hija y pudimos sacar una tarjeta de residencia gracias a eso. Porque si no te hacen pagar un montón, no podés hacer nada, tenés que pedir permiso para casarte. 

-  MOD: ¿Y acá cómo es? 

H4: Acá te lo regalan.

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No defendemos al país cuando regalamos a otros lo que producimos nosotros. El rechazo a la inmigración se justifica también en nombre de ese “amor a la patria”. Es en su nombre, en pos de su generosidad, que quien recién llega no puede más que mostrar su gratitud para con quienes lo reciben y avenirse, sin chistar, a sus normas. Y es también, como se señala en la escena del transporte público, por la identificación con el dolor de esos “seis de cada diez niños que mueren de hambre” que debemos expulsar al extranjero. 

 

La construcción en tiempos de crisis del inmigrante como chivo expiatorio no es novedad. La singularidad está quizás en sus inscripciones históricas, en los contenidos que admite en cada coyuntura. En la retórica nacionalista argentina ese “otro” –culpable de todos los males– fue vistiendo distintos ropajes: desde la conquista “al desierto” que sella el mito del origen blanco de la identidad argentina en un gesto lingüístico que niega la existencia de otros pobladores de esas tierras (y, luego, su exterminio); pasando por la persecución del gaucho cuya tranza ideológica se sigue en la represión a los designados “malones rojos” protagonizados por anarquistas. De ese hilo habría que tirar quizás para llegar a esos “otros” que son los “cabecitas negras” y, luego, los “enemigos internos” de la patria hasta llegar a los estigmatizados “choriplaneros”. Rara vez ese “otro” fue identificado con el blanco o el migrante europeo, ya sea porque se lo imagina meta, porque se lo pretenda propio o porque invariablemente ocupó la posición de dominio.

 

En el caso de la señora del colectivo el argumento podría traducirse como sigue: “nadie que se encuentre en sus cabales puede creer razonable regalarle a otros –extranjeros– aquello que los nuestros aún no tienen satisfecho”. Se trata de una razón seductora –de allí su eficacia–, pero que desplaza las causas estructurales (político, económicas, sociales, de distinta escala) que podrían dar cuenta de esa crisis y que constituyen las tramas que producen y reproducen múltiples injusticias. Todos esos otros que alimentan el panteón de los culpables del mal de la patria aportan su granito de arena a la dilución de la violencia de la conquista, de la explotación del peón rural, de la extracción del plusvalor del trabajador de la fábrica, de la concentración de la tierra y la riqueza, y de las largas décadas de políticas de des-institucionalización de derechos sociales, laborales y de sustracción de las condiciones de posibilidad de un ejercicio de ciudadanía plena. 

 

Aunque la razón de las prioridades pueda parecer seductora lo peligroso es el desplazamiento de las causas de la insatisfacción de necesidades de ciudadanos argentinos que opera junto a esa racionalidad. El mecanismo de la culpabilización de otro no sólo resulta injusto para ese otro que también padece, sino que obtura la comprensión de las verdaderas causas del problema señalado como prioritario y, así, se vuelve un obstáculo para cualquier intento de superación del mismo. 

“Ellos no te dejan ni pasar la frontera, te ponen el sello y a la semana te tenés que ir sino te están buscando ¡y acá le damos educación gratis!”

 

El reclamo de controles más severos se formula, paradójicamente, en nombre de una igualdad: la igualdad en el trato desigual a los extranjeros. La injusticia no radica en que el argentino sea un ciudadano de segunda en otros países sino en que la Argentina no se comporte con los inmigrantes como ante ciudadanos de segunda. Bajo esta retórica de la igualdad, capaz de traficar deseos de venganza, se fragua un sentido de la democracia. Pues la igualdad a la que se apela como criterio de justicia no es la igualdad universal de los derechos del ser humano sino una igualdad del maltrato que asume a la desigualdad, la jerarquía y la autoridad sino como justas, al menos, como incuestionables.

 

No obstante, se trataría de una jerarquía relativa que define el orden de las posiciones en función de una geopolítica: como en Europa nos toca ser “los de abajo”, en Argentina debemos ser “los de arriba”. En esa construcción hay también una aceptación y justificación inquietante no sólo de las jerarquías y subordinaciones sino, sobre todo, de la precariedad a la que las poblaciones migrantes se someten en todo el mundo. La justicia parece quedar reducida a una determinada distribución global de la precariedad, pero la lucha contra esa precariedad, es decir, la crítica a las condiciones estructurales que la producen en las actuales sociedades neoliberales, queda vacante en estos discursos. Quizás podríamos pensar, a partir de esto, que la globalización de la precariedad produce como efecto a escala global una suerte de xenofobia relativa que transforma el contenido del “nosotros” y del “ellos” según cada posición, pero deja intactas las narrativas en las que los protagonistas de cada relato discriminatorio se inscriben. 

 

Cuando la precariedad crece a nivel global como efecto sistémico de la reproducción del capitalismo neoliberal, las expresiones de agravio subsidiarias de la construcción de “otredades” que desplazan y obturan la comprensión de las causas estructurales de la precariedad y su padecimiento tienden a fortalecerse. En otras palabras, los chivos expiatorios sobre los que opera la xenofobia se vuelven más comunes en todo el mundo cuanto más culpas hay que distribuir en función de los padecimientos asociados a una precariedad que gana en intensidad y extensión. 

Sin duda, la pandemia visibilizó e incluso profundizó esa precariedad de un modo muy generalizado, creando el escenario propicio para que el discurso xenófobo crezca y para que las narrativas que lo bordean se conviertan en explicaciones eficaces de los padecimientos que nos tocan.