La mayoría de los cubanos ya adoptamos un ritual cuando se va la luz: preparamos las velas y las ubicamos junto a los encendedores, chequeamos los niveles de carga de los celulares y la cantidad de agua potable almacenada. Organizamos la comida de manera que no haya que abrir demasiado el refrigerador. Localizamos los panes y planificamos la compra de galletas o carne en lata. El refrigerador debe tratar de ser abierto solo una vez en la jornada. En esa ocasión se extrae el pomo de agua congelada y la carne que se va a consumir en todo el día. En La Habana hay mucha gente que cocina con gas, pero la inmensa mayoría del resto de la población de la Isla hace tiempo que cocina con carbón o leña en pequeños aparatos diseñados para tales menesteres. Es la rutina de la supervivencia, la coreografía de la resignación, el impacto social de un juego cruel entre dos élites.
Cada vez que hay un gran apagón mi vecina, típica cubana popular, grita desde su balcón:
–¡Hasta cuando es esto, Dios mío, por tu madre!
Hay demasiada incertidumbre: todos los días los cubanos tenemos miedo de despertar y encontrar alguna mala noticia sobre nuestro país en los medios. Nadie tiene idea de lo que va a suceder. Pero este podría ser un año decisivo para la historia de Cuba y no precisamente por el centenario del nacimiento de Fidel Castro.
Los apagones nocturnos, ese tiempo muerto, no son novedosos en la vida del cubano. Se suelen atravesar con alegría, chistes, alguna pillería infantil. Las ciudades se quedan completamente a oscuras. Casi ningún auto, pequeñas luces de las lámparas recargables que tiene la gente y poco más. En general nos adaptamos a casi todo, menos al calor y a los mosquitos. Ya después de centenas de cortes que duran varias horas, durante todo el año, esa energía humana se va desvaneciendo y comienza a dominar la desesperanza. Estamos en la era de la inteligencia artificial entrando en la vida cotidiana, en tiempos de cohetes espaciales retornables y en Cuba se está viviendo como si estuvieran en el siglo XIX o principios del XX. Como hace cien años. Y lo peor es que no es nuevo. Ya a principios de la década final del siglo pasado esto también sucedió, pero había otro espíritu: teníamos ilusión de salir de la crisis. Fidel Castro todavía levantaba pasiones. Hoy, ni una ni la otra.
Cuba enfrenta quizás la crisis más profunda de su historia: sin energía, sin alimento, y con Estados Unidos más cerca que nunca de poder entrar a la Isla. El presidente, Miguel Díaz-Canel, dio una entrevista a la NBC que se difundió durante el fin de semana donde llama a “evitar la confrontación y tener un futuro para ambos pueblos de beneficio, de relación, de amistad”.
Estamos en un punto máximo de tensión. Pero los cortes de energía de varios días en La Habana comenzaron en 2024. A veces planificados por el Estado, a veces sin avisar. En el resto de las provincias llevaban varios años así, pero hasta que la capital no sintió el malestar, era como si no hubiera pasado nada. La comida se hacía cada vez más difícil de encontrar y era cada vez más cara; faltaba el agua con mayores intervalos de tiempo y la basura se acumulaba en la calle durante meses sin ser recogida.
Hace un año decidí irme.
Mi exilio se precipitó en octubre del 2024, luego de dos caídas generales del Sistema Electroenergético Nacional (SEN). O sea, cuando todo el país se quedó sin electricidad por varios días. La primera caída fue a principios de mes y la segunda casi a la mitad. En total, casi diez días sin electricidad.
Cuba necesita unos 100 mil barriles de petróleo para sostener el consumo diario de energía eléctrica. Durante décadas, en el pasado siglo, la URSS subvencionó ese suministro. Después fue la Venezuela de Chávez. Pero desde que este falleció el expresidente venezolano y con la crisis del sistema de ese país, Nicolás Maduro no pudo o no quiso seguir enviando esas cuantías. Ahí entró el México de Andrés Manuel López Obrador con cantidades pequeñas. La Isla produce una cuota reducida de crudo, pero es del tipo pesado, muy difícil de procesar. Cuando esa cadena logística falla, fallan también los sistemas de generación de energía. Para peor, Cuba no tiene grandes ríos, ni carbón vegetal, ni otros recursos naturales. Y además, por mala planificación gubernamental las termoeléctricas no han sido modernizadas, trabajan con una tecnología de hace cincuenta años.
En esos días terminé convencido de que la situación solo iba a empeorar. A esa conclusión llegué porque durante uno de los apagones vi a un matrimonio de médicos, vecinos míos, moviendo montañas para conseguir comida, agua potable y algo de ventilación para que su bebé recién nacido pudiera dormir. Lo acepté luego de entrevistar a dos investigadores sociales de renombre, el economista Omar Everleny y el demógrafo Juan Carlos Albizu-Campos. Ellos dieron perspectivas en extremo negativas para el futuro próximo. En esencia, me quedé con la información de que Cuba está viviendo un colapso demográfico, igual que otros tantos países, pero con una severa crisis económica y que esa combinación es demoledora. En el mejor de los casos y haciendo una reforma integral perfecta, el país necesitaría por lo menos diez años para empezar a recuperarse al mínimo.

La idea de abandonar el país había sido un sueño permanente para muchos cubanos, pero para mí no. Era una fantasía que salía en las conversaciones de amigos, muchos de ellos se marchaban poco a poco por todas las vías posibles, pero nunca le di demasiado crédito. Yo me quedaría a recibirlos de vuelta. Conocí cinco países diferentes y siempre regresé. Sin dudar. Cuba era el lugar donde quería seguir trabajando, casarme y tener hijos.
Tuve una carrera medianamente exitosa en el sistema estatal de medios de comunicación. Gané premios, viajé a talleres internacionales de periodismo y en su momento dirigí Somos Jóvenes, una revista que imprimía 100 mil ejemplares al mes. Lo único que tenía que hacer para seguir subiendo en la escala política era mirar para el lado, no buscarme enemigos innecesarios y esperar a que me subieran de cargo. Cuestión de tiempo. Ese es el plan de muchos de quienes dirigen medios estatales en Cuba. Pero yo quería otra cosa. Quería, oh sacrilegio, hacer periodismo.
Durante el par de años de mi dirección en Somos Jóvenes organicé dos ediciones de un concurso de crónicas de viajes con jurados internacionales, publiqué textos de colegas que no comulgaban con el gobierno, hablamos sobre temas delicados como el sexo grupal o el acoso a mujeres en las calles. Era algo demasiado diferente a lo que se esperaba de un medio oficial. El tiempo que duró fue gracias a la protección de una gran directora general, que resistió todas las presiones hasta donde pudo, por ella y por el equipo, logramos sobresalir.
Uno de los proyectos más grandes que coordiné, fue un equipo de periodismo investigativo para un reportaje sobre una red telemática underground con más de 30 mil usuarios en La Habana. Trabajamos durante siete meses en una serie de reportajes sólida y bien narrada, con fuentes de todo tipo, riguroso chequeo de datos y una gráfica muy atractiva. La historia era así: varios grupos de personas con habilidades en tecnología se unieron para encontrar formas colaborativas de jugar online, armaron infraestructura digital y física para construir nodos y después conectarlos por toda la ciudad; si al principio sirvió solo para jugar, luego se fueron incorporando nuevos servicios de compra y venta, descargas de películas, chats para debatir. Y la red se agrandó. Incluso había formas de autorregulación. Por ejemplo, no se podía hablar ni postear sobre política o pornografía. Era 2018, tiempo en que Cuba tenía uno de los peores niveles de penetración de internet del hemisferio. Una intranet construida de forma descentralizada por la sociedad civil nos parecía fascinante.
Enviamos nuestra cobertura a la dirección ideológica del Partido Comunista de Cuba (PCC) para la aprobación final. Ese era el último trámite antes de salir a la opinión pública. Después de meses respondieron que no podíamos publicar porque no era el “momento adecuado”. Luego supimos, por un colega, que existía otro equipo en otro medio tratando el mismo tema con una versión más progubernamental del asunto.
Ese día decidí ser periodista de verdad y no un burócrata del sistema. Podía haber engavetado el reportaje, pedir disculpas al equipo y esperar cómodo una promoción en un par de años si todo salía bien. Varios colegas me lo aconsejaron. Sin embargo: decidí publicar. El reportaje fue un éxito, ganó varios premios, tuvo repercusión internacional. Yo fui despedido del cargo y expulsado de los medios estatales.
Mientras eso sucedía, varios periodistas de mi generación habían fundado medios independientes, reporteado grandes historias, aceptado financiamientos desde mi punto de vista bastante polémicos y ganado premios internacionales. Después, poco a poco fueron censurados, asediados y muchos obligados a tomar el camino del exilio.
A la altura del 2024, el panorama era grave debido a una combinación de factores. Por el bloqueo económico de los Estados Unidos a Cuba, en modo reforzado, y por el dogmatismo, corrupción e incompetencias de la clase política cubana dominada por el PCC. El primero no iba a caer pronto, todo lo contrario y el segundo no perdía la oportunidad de tomar decisiones cada vez más impopulares e inefectivas para la salida de la crisis.
Mi esposa y yo decidimos irnos.
Casi un mes después de aquellas caídas récord del Sistema Eléctrico Nacional (SEN), Donald Trump ganó la presidencia y eso fortaleció nuestra decisión. Ambos somos periodistas y sabíamos que Trump vendría a apretar las tuercas. No se andaría con rodeos.
Teníamos que salir antes de que volviera el Capitolio, el 20 de enero del 2025.
Cronología de una ¿reforma? fracasada
Los cubanos llevamos demasiado tiempo sobreviviendo apenas con el agua por encima del cuello, a punto de ahogarnos. Mi abuela y mi madre también sufrieron grandes apagones durante los años noventa al final del siglo XX justo después de la caída de la URSS. Después que Fidel Castro salió del poder político en 2008, Raúl su hermano menor inició un conjunto de reformas que tenían como objetivo dinamizar la economía. O sea, que las empresas estatales tuvieran más autonomía para decidir sus inversiones, subir o bajar salarios, contratar o despedir personal, entre otras atribuciones. El Estado sólo se ocuparía de los sectores estratégicos y dejaría a formas de producción privada o cooperativa actividades que hasta el momento solo eran realizadas por empresas públicas.

La idea tuvo muchísimo apoyo popular y los sectores conservadores del Partido se prepararon para ejercer una resistencia larga y no declarada. Se redactaron documentos, se hicieron consultas barriales y campañas en los medios de comunicación; muchos pensaron que finalmente se iba a avanzar hacia un modelo más dinámico de economía. Incluso todo eso se refrendó en un Congreso del Partido Comunista de Cuba.
Al mismo tiempo, de forma secreta, un grupo liderado por Alejandro Castro, el único hijo varón de Raúl, quien es Coronel del Ministerio del Interior, comenzó a enviarse mensajes con asesores de la presidencia de Barack Obama, primero para intercambiar presos políticos y después para una eventual normalización de relaciones políticas y diplomáticas con los Estados Unidos.
Pasaron algunos años y se autorizaron otras actividades económicas privadas para trabajadores autónomos, en un intento de descentralizar un poco el mastodóntico aparato estatal y cientos de miles de cubanos se lanzaron a esa modalidad.
En 2014 vino el anuncio público de la reanudación de relaciones diplomáticas con los gringos. Obama y Raúl Castro agarraron a todos por sorpresa; tanto a quienes viven en la Calle 8 en Miami (lugar paradigmático del exilio cubano) como a quienes estaban en el Palacio de la Revolución en La Habana. Nadie sabía nada hasta que se anunció. De pronto empezaron a llegar los artistas extranjeros, corresponsales, influencers y miles de turistas americanos a la Isla. Se hicieron desfiles de moda, películas de Hollywood, grandes conciertos gratuitos y juegos de béisbol entre equipos cubanos y de la Major League Baseball.
Se sentía un aire de renovación, aunque tampoco tanto como una perestroika tropical. Muchos soñaban con un avance hacia un modelo nacional con influencias chinas y vietnamitas.
Pero no.
Primero, el gobierno cubano se espantó ante la velocidad de los cambios que se apreciaban en la calle y el auge de internet en un país tradicionalmente cerrado y relativamente fácil de controlar. No se generaron las condiciones para construir seguridad jurídica a los inversores interesados ni se aprobaron medidas para que los cubanos de la diáspora pudieran invertir con respaldo. Confiaron en que la candidata demócrata Hillary Clinton, cuando ganara la elección, continuaría con la política de su antecesor en el cargo. Ya sabemos lo que pasó. Ganó Trump y todo se fue al carajo.
Lo peor no fue eso, sino que con el rumor de que Trump -hombre de negocios- buscaría ser pragmático y avanzar con un acuerdo, la economía se mantuvo detenida, a la espera de un milagro. Cuando el republicano le devolvió el favor a los políticos de la Florida y aumentó la presión económica, nadie podía creer que el corto período de asueto había terminado. Y ese fue el momento en que la contrarreforma, liderada por los sectores conservadores dentro del PCC, avanzó.
A veces pareciera que la dirigencia del Partido Comunista de Cuba es homogénea, pero no es cierto. Aunque es una institución muy conservadora, han llegado algunos cuadros con propuestas que pudieran ser consideradas reformistas. A Díaz-Canel se le considera de ese grupo. El problema es que la facción conservadora domina el funcionamiento diario del Partido y controla el proceso de selección de cuadros a todos los niveles. Esa ala está dominada por José Ramón Machado Ventura, uno de los históricos de la Sierra Maestra y mano derecha de Raúl desde esa época. Es un político parecido a los grandes fanáticos religiosos de los siglos XV, XVI o XVII. Austero, discreto, paciente, ultraconservador y disciplinado.
En el intermezzo, hubo un pequeño movimiento, que fue la retirada de la palestra de Raúl Castro, y la elección de Miguel Díaz-Canel a la presidencia del país. Este llevaba tiempo acariciando el cargo y fue finalmente coronado. Ingeniero electrónico, parecía moderno, eficiente, bien parecido. Venía de provincias y después de dos octogenarios las estructuras políticas necesitaban un lavado de cara. Díaz-Canel llegó con apoyo popular. Era el primer presidente del país que no formaba parte de los históricos de 1959.
El nuevo mandatario navegó con algunos contratiempos los dos primeros años pero nada tan grave como para desestabilizarlo hasta que llegó la pandemia de covid-19.
Fue el inicio del fin.
Brasil: la travesía al sur
Hice todos los arreglos con mi padre. El fue médico internacionalista en tres países de América Latina: Venezuela, Bolivia y Brasil, y en este último había decidido quedarse a vivir, hace más de doce años. Hablamos bastante sobre la decisión, me preguntó si estaba seguro y yo le dije que sí. Se encargó de comprar los boletos a través de una agencia underground que se dedica a hacer todos los trámites para los cubanos, y volamos a Guyana. El avión en el que nos fuimos iba lleno de coterráneos. Todos más o menos seguimos la misma ruta porque hay ya montada toda una estructura que se dedica a llevar cubanos hacia el sur de LATAM. Se sabe que en la antigua colonia británica hay miles de cubanos y que varias decenas más llegan todos los días para bajar hacia Uruguay y Brasil. Como nosotros.
Llegamos a Georgetown. Estuvimos en una casa desvencijada en algún barrio de la ciudad con una veintena de paisanos. Allí almorzamos y conversamos banalidades hasta el aburrimiento. A la madrugada nos apretamos como sardinas en lata en una combi para viajar a la frontera con Brasil. Fuimos de una punta a la otra de un país en poco más de 14 horas.
Desde la ciudad de Lethem cruzamos la frontera y esperamos un rato en otra casa de campo en medio de la nada. Ahí pude conversar un poco más con mis compañeros de viaje. Era gente de toda Cuba, muchos no sabían ubicar en el mapa a Guyana, Boa Vista o Curitiba. Gente muy sencilla. Gente que se había lanzado a conquistar un futuro para sí mismos y sus hijos huyendo del hambre, los apagones y la desesperación. Todo esto fue en menos de 24 horas. Antes de que acabara la noche, mi esposa y yo entramos a Boa Vista, capital del estado de Roraima. Ya en Brasil.
Sin hacer mucha estancia allí, pasamos el próximo día rodando en un ómnibus hacia Manaos y después volando por el norte del país, con tres escalas, hacia Recife, capital del estado de Pernambuco.
Mi padre nos esperaba en el aeropuerto después de cuatro días de travesía. Él estaba emocionado. Nos abrazó mientras nos preguntaba si estábamos bien. “Bienvenidos a la libertad”, nos soltó en broma. “Muito obrigado’, dije en un soplo, para acompañar. Sentimos muchísimo calor. Fue un buen viaje, pero estábamos desgarrados. Habíamos saltado al vacío a un país del que no conocíamos el idioma, a casi ninguna familia y sin un plan definido para insertarnos en el mercado de trabajo. Solo quedaba luchar para salir adelante.
Era el 16 de diciembre del 2024.
Pandemia, post pandemia y desastre
El 11 de marzo del 2020 Cuba cerró sus fronteras por la pandemia de Covid. La Isla no estaba en su mejor época para resistir el golpe económico. De cualquier manera, por su amplia red de salud pública, el alto nivel de los científicos y la gestión centralizada del Estado, la pandemia no fue tan grave en el país. Cuba es la nación más envejecida del continente y una gestión desastrosa del cataclismo hubiera sido letal sobre esa franja de la población. Mientras los países ricos se disputaban las vacunas de las grandes empresas, los laboratorios antillanos produjeron las propias, con las que se logró inmunizar a la gran mayoría de los cubanos.
Justo al iniciar el 2021, el gobierno tomó una decisión audaz. Inició un proceso de reformas para, supuestamente, corregir problemas estructurales de la economía. Aumentaron salarios y pensiones, unificaron monedas y valores de cambio y eliminaron subsidios. El movimiento fue visto con escepticismo por una buena parte de la sociedad civil, cansada. Los resultados fueron negativos: la inflación llegó casi al 70%, los niveles de producción cayeron, disminuyó la inversión en educación, salud y agricultura mientras aumentaron los presupuestos para hoteles. La escasez de alimentos y el aumento de precios comenzaron a ser preocupantes.
A raíz de esta situación un día en medio del calor del verano se desataron las protestas nacionales más grandes en la historia del país posteriores a 1959. La ciudadanía, sobre todo los sectores populares más afectados, salieron a las calles de varias ciudades la mañana del 11 de julio del 2021 pidiendo libertad, electricidad y comida. El gobierno reprimió y envió a prisión a cientos de manifestantes. Después fueron juzgados con altísimas penas de privación de cárcel. Muchos siguen presos.
Ese momento fue un parteaguas. Se rompió el consenso en la columna vertebral del proyecto social cubano. Para calmar la temperatura social, autorizaron las micro, pequeñas y medianas empresas privadas (mipymes). Era una petición largamente esperada. Desde el año 1968 las empresas privadas estaban prohibidas en la Isla. En noviembre la Nicaragua de Daniel Ortega, aliado del gobierno cubano de larga data, anunció que retiraba el requisito de visa para la entrada de cubanos. Una avalancha de personas decidió venderlo todo, quemar las naves y salir del país. Desde esa fecha hasta el momento en que se escriben estas líneas han salido de la mayor de las Antillas casi 2 millones personas. Más del 20% de la población total. La olla había soltado un poco de presión, pero no toda.
Entretanto, a finales del 2024 el ministro de Economía cubano, Alejandro Gil, fue despedido de su cargo y posteriormente arrestado. Un año después fue condenado por corrupción y espionaje. El movimiento fue visto por muchos como una forma de culpar a alguien de todo lo mal hecho en cuestiones económicas durante esos años. Un típico conejillo de indias, pero en Cuba ya nadie culpa a una sola persona del desastre.
La administración Biden, para los cubanos, pasó sin penas ni glorias. No retiró las medidas de Trump ni retomó el camino de Obama, del cual había sido vicepresidente. Decidió dejarlo todo como estaba, o sea, muy mal. Y en medio de sus propios conflictos internos le abrió la puerta a una segunda administración Trump.
Cuando el magnate neoyorquino regresó a la presidencia todos sabían que no venía a jugar a las casitas. Como Secretario de Estado nombró al ex senador Marco Rubio: nacido en USA en los años setenta, de padres cubanos, tiene como objetivo de vida lograr un cambio de régimen en la Isla. Es algo público y declarado.
Para entonces, ya estábamos en Brasil y vimos realizarse todo lo que previmos. Habíamos pasado la navidad aprendiendo portugués nordestino de forma acelerada. Haciendo trámites para legalizar nuestro estatus migratorio. Aprendiendo las formas de vida del capitalismo latinoamericano. Si bien teníamos comida, electricidad y techo, debíamos incorporarnos al mercado de trabajo cuanto antes, conocer la ciudad, sus rutas de transporte, estudiar la historia del país y de la región. Brasil tiene una dimensión continental, entonces cada estado es como si fuera un país en sí mismo. Estábamos muy ocupados pero siempre teníamos un tiempo y espacio para seguir el tema cubano.
A mediados de 2025 se anunció otra batería de sanciones contra la economía de la Isla, dando al traste con el visible empeoramiento de los indicadores sociales. Aún más presión. Durante ese año aumentaron los cortes de energía por todo el país. La economía no creció, no mermaron las protestas, la inflación siguió en alza y se dolarizó una buena parte de las transacciones diarias.
Cuando el 3 de enero del 2026 un comando del ejército norteamericano secuestró a Nicolás Maduro y asesinó a 32 militares cubanos de su escolta, muchos supimos que algo grave estaba a punto de suceder. Semanas después, Trump declaraba a Cuba como una “amenaza inusual y extraordinaria” para su seguridad nacional y advertía que cualquier país que vendiera petróleo a Cuba sería tarifado. Desde entonces, la situación está en un punto de crisis humanitaria.
Las amenazas públicas de Trump y Rubio al gobierno cubano son directas. A veces aumentan, a veces disminuyen, pero son estables. No se descarta una invasión militar o una acción “quirúrgica” en los próximos meses como la realizada en Venezuela contra Maduro.
En las últimas semanas el gobierno cubano confirmó conversaciones iniciales con Estados Unidos y todo parece indicar que están siendo entre el secretario de Estado y un nieto de Raúl Castro, hasta ahora solo conocido como jefe de su escolta.
Entre los países de la región, solo México ha brindado ayuda pública a Cuba con el envío de barcos militares llenos de comida y medicamentos. Recientemente, Brasil y China enviaron también alimentos. De los aliados históricos de la Revolución, solo Rusia ha movido ficha para influir en los Estados Unidos y aliviar el bloqueo energético. En los últimos días de marzo llegó un barco ruso con más de 100 mil toneladas de petróleo, y el ministro de Energía anunció que enviaría otro navío próximamente. De todas formas, no es suficiente. No alcanzan esas cantidades para sostener a todo un país. Es paliativo.
Estamos atrapados: por un lado, Trump y sus halcones presionados por la guerra de Irán, la economía interna, los papeles de Epstein, el lobby judío y las elecciones de medio término acercándose. Desde Cuba, una gerontocracia que ya no disimula su dinastía, ignora a la sociedad empobrecida, a su diáspora dialogante e incluso hasta los sectores allegados más reformistas. Ambas cúpulas están intentando sacar crédito de un país colapsado y que no parece tener mucha más energía para resistir a las condiciones infrahumanas en las que se mantiene. Trump necesita titulares rápidos para ofrecerlos a su maquinaria digital y Raúl Castro necesita dinero e inversiones para seguir asegurando el futuro de su familia para cuando él no esté.
¿Quién piensa en los millones de cubanos sobreviviendo dentro y fuera de Cuba en condiciones muy adversas?

En marzo, el Sistema Electroenergético Nacional ha caído dos veces en un mismo día y llegaron flotillas con ayuda humanitaria por activistas de izquierda de todas partes del mundo. Las flotillas han sido muy criticadas por el exilio, pero se leen como un movimiento mediático, con escasa efectividad, para aliviar la tensión social que se respira en Cuba. En mi caso me molesta el performance político que aprovecha la desgracia, pero al final agradezco la ayuda, de donde sea, por pequeña que sea. Nada sobra. Entiendo que, muchas veces, una cosa viene con la otra.
En Semana Santa el gobierno decidió liberar más de 2000 presos comunes. La mayoría eran jóvenes con condenas cortas, mujeres con niños pequeños, ancianos o reclusos a los que les faltaba poco tiempo para cumplir sus condenas. Poquísimos presos políticos. Menos de una veintena. Este es un gesto que podría interpretarse como de buena voluntad en una negociaciones. La Iglesia Católica es un actor muy interesado en ellas, y tiene buen diálogo con la dirigencia cubana a través de su Secretario de Estado Pietro Parolin. El Papa Leon XIV también conoce Cuba. La visitó un par de veces cuando era Obispo.
Hay un punto que pocos toman en cuenta. Es cierto que muchos cubanos exiliados e incluso algunos dentro de la Isla desean una invasión para librarse del gobierno, pero también es verdad que hay muchos otros que no están dispuestos a aceptar una bota yanqui en suelo cubano de forma pasiva. Cuba tiene una tradición nacionalista muy poderosa y el discurso antimperialista que ha servido para disfrazar tantos errores podría calar si empiezan a caer bombas made in USA. Trump podría abrir una caja de Pandora que incluyera un incalculable perjuicio en su contra.
Por ahora, la historia sigue abierta.
