Una investigación producida por Dromómanos con el apoyo del Pulitzer Center. Primer capítulo, acá.
Debajo del catre de su celda, Luis Raúl Menocchio guarda un cuaderno con fotografías pegadas. Bailando el vals en una fiesta de Posadas, una ciudad fronteriza del noreste argentino, con traje blanco y moño. Tomando sol en el balcón de una mansión, desde donde se observa la costa de Paraguay. Haciendo esquí acuático entre los reflejos rojizos del río Paraná. En la última de esas fotos está abrazando a Manuel Roseo. Según la Justicia, fue tomada una semana antes de que Menocchio entrara a su casa para torturarlo y matarlo.
—A… A ver, hermano… ¿Có-cómo es que me convertí yo, que nunca tuve problemas con nadie, en un asesino serial? —me dice en una llamada desde la cárcel—. ¿De-de repente soy un loco que sale a matar gente por la calle?
Luis Raúl Menocchio cumple dos cadenas perpetuas. La primera de ellas por el asesinato de Claudio “Tano” Nozzi, un ejecutivo de la cadena HBO que era uno de sus amigos más cercanos. En su cuaderno también guarda una foto suya: ambos miran a cámara algo cansados, en lo que parece la cubierta de un yate a oscuras. La segunda de sus condenas es por el doble homicidio de Nélida Bartolomé y Manuel Roseo, el dueño de La Fidelidad.
En enero de 2014 Menocchio fue encerrado en la cárcel de Rawson, la prisión de máxima seguridad más austral de la Argentina. Hablaré por teléfono con él durante más de dos años, hasta octubre de 2026, cuando será trasladado hacia otra prisión de máxima seguridad.
Construida hace setenta y cinco años sobre un territorio yermo y reseco de la provincia de Chubut, la cárcel de Rawson se abre hacia la inmensa estepa patagónica, atravesada por vientos de más de ochenta kilómetros por hora. Quienes son encarcelados allí quedan parias —como se los llama en la jerga carcelaria—, alejados de sus lugares de pertenencia y con visitas restringidas.
—Acá los compañeros andan todos medicados. Yo no tomo pastillas. No soy de-depresivo ni nada de eso. Duermo tranquilo.
En un pabellón sin patio, donde comparte un baño y un teléfono con treinta y seis internos, Luis Raúl Menocchio cocina ñoquis, juega al póker y es “el campeón de Ping Pong”. En su celda resuelve crucigramas y mira series como La casa de papel y Juego de Tronos. Si en las noches hay un poco de silencio, pasa las hojas de su cuaderno con fotografías.
—Yo mi vida la pasé de primera y en camarote. Tuve la infancia que le desearías a cualquier chico. Me decían Niño Raúl porque era el mimado de todos.
* * *
El Niño Raúl tenía una madre dulce y cariñosa que lo acariciaba y le leía cuentos por las noches. Un padre protector que le compraba muñecos inmensos, autos a batería y bicicletas. Tenía el pelo dorado, los ojos verdes cristalinos y una sonrisa magnética. Vivía rodeado de niñeras, choferes y mucamas y pasaba las tardes en una inmensa piscina, bajo las sombras de las palmeras. Hasta tenía un pueblo que llevaba su apellido, Puerto Menocchio, donde quinientas familias trabajaban para su padre.
A mediados de los setenta el Niño Raúl entró en la adolescencia y en el diario El Territorio, el más leído de la provincia de Misiones, encabezaba el listado de Los solteros más codiciados. Unas páginas más adelante se publicaban las crónicas de sus triunfos en el automovilismo, pilotando un Fiat 600 en los selváticos circuitos misioneros. Su padre, Don Raúl Menocchio, era uno de los hombres más ricos e influyentes de la provincia. Había sido diputado provincial, presidente del Banco de Misiones y manejaba el Establecimiento Menocchio, una de las empresas yerbateras más grandes de la Argentina.
Pero al Niño Raúl no le interesaba la yerba mate.
—Desde chi-chiquito fui un playboy. Tenía novias como tenía autos… Si acá las celdas no fueran tan chicas me traía una mina adentro —dice Menocchio y se ríe a carcajadas.

Cuando terminó el colegio secundario el Niño Raúl había crecido muy alto y desgarbado y sus amigos lo llamaban Gusano. Disfrutaba de invitarlos a todos cuando salía de fiesta y de tenerlos siempre a su alrededor. A veces, si se ponía nervioso, tartamudeaba. Su padre le había regalado un Ford Fairline, con el que recorría Posadas y se sentía el dueño de la ciudad. Nunca llevaba dinero en el bolsillo: en tiendas de ropa, de joyas, de motos y autos, en bares y discotecas cargaba su cuenta y la de sus amigos a nombre del Establecimiento Menocchio.
—Mi rey… siempre anduve en la cresta de la ola. Digamos que ahora estoy pasando una temporada atípica.
Desde que está encerrado en la cárcel de Rawson, nadie de su familia ni nadie entre sus amigos dejó de llamarlo Niño Raúl o Gusano. Pero en los medios más importantes de Argentina y Paraguay, donde vivió y montó empresas y fue acusado y condenado por múltiples delitos y asesinatos, sus apodos son muy distintos. Luis Raúl Menocchio es llamado El asesino de las mil caras, Hannibal Lecter, El cerebro del mal, Playboy asesino.
—A mí me meti… me metieron en este cofre para que me quede callado. Nadie sabe la verdad. Los periodistas dicen todas pavadas. Sos el primero con el que voy a hablar. Te… Te voy a contar lo que pasó.
* * *
Ubicada en el centro de Resistencia, la confitería San José La Plaza es un lugar tradicional en el que “nunca hubo miedo a subir los precios”, dicen los mozos con orgullo. La fiscal Juana Rosalía Nis, la mujer que atrapó a Luis Raúl Menocchio, tiene setenta y dos años y me mira con sus ojos almendrados y vivaces antes de pedir masas finas y una lágrima. Es una mujer pequeña y de sonrisa suave que se mueve con fragilidad. Tiene los labios pintados de rojo, una camisa gaspeada y un delicado pañuelo blanco. La prolijidad de su cabello castaño la hace lucir más joven: lleva un ajustado corte carré con flequillo y unos leves bucles hacia el final, como si recién la acabaran de peinar.
—Yo iba todos los días a la peluquería y escuchaba los rumores —dice y agarra una masa recubierta de crema—. Así me fui enterando que Roseo tenía dos hijos no reconocidos. Que en Castelli circula una cantidad increíble de droga. Que vive gente con muchísima plata que le dan a la blanca como locos. Y que Menocchio vino atrás de todo eso. ¿Llegaste a ver las fotos de la escena del crimen? No, mejor no las mires. Mucha sangre. Yo las prendí fuego cuando me jubilé. Decime, qué querés que te cuente.

—¿Cómo encontraron a los asesinos de Manuel Roseo?
—¡Eso fue un drama! Cuando llegué a la casa, pensaba que era un asunto de violencia de género. Que Roseo la había matado a la Nélida Bartolomé y que después se había suicidado. Dicen las malas lenguas, y la mía que repite, que entre ellos dos había algo. Pero cuando entramos en esa casa llena de sangre no teníamos idea de nada. Había restos de gas oil y otros químicos que usaron para limpiar la escena. A él lo habían torturado mucho y faltaban los títulos de propiedad de sus campos. De ahí empezamos a tirar. Pero a los asesinos llegamos por su talón de Aquiles…
La fiscal hace silencio y revuelve su lágrima mientras elige entre las masas de chocolate y dulce de leche.
—¿Cuál es su talón de Aquiles?
—¡La traición, nene!
Pocos días después de tomarle declaración a Sergio Berg, el secretario de Roseo que había salido de una fosa con una bolsa en su cabeza y aseguraba haber escuchado la voz de Luis Raúl Menocchio en la escena del crimen, Nis consiguió a través de sus policías de confianza lo que necesitaba: alguien que se quiebre.
La primera traición fue del abogado Ernesto “Tito” González, un reconocido penalista de Corrientes que en 2005 había defendido a Menocchio en la causa por el asesinato del productor de cine Claudio “Tano” Nozzi. Meses después de representarlo en ese caso fue filmado en una cámara oculta del programa de investigación periodística El Ojo, de Paraguay. Menocchio se ha quemado las huellas dactilares, se ha hecho cirugías estéticas —reveló—. Mató a Nozzi y no sé a cuántos más habrá matado. Es un asesino serial.
Ernesto “Tito” González le entregó a la policía de Chaco el número de celular que usaba Menocchio. Siguieron sus movimientos y lo capturaron en el hotel correntino La Alondra, diez días después del asesinato de Manuel Roseo.
—Cuando terminó el juicio de Roseo y Menocchio fue condenado, a ese abogado lo mataron en un café muy coqueto de Corrientes, de tres balazos. Y el asesino se pegó un tiro en la cabeza. Ese era el clima del caso —recuerda Nis y me muestra en su celular la foto de Manuel Roseo junto a Luis Raúl Menocchio: la misma que él guarda en su celda—. Antes de matar, Menocchio se sacaba fotos con sus víctimas. Es un psicópata perverso. Necesitaba gozar de los asesinatos. Cuando lo trajimos detenido pidió sacarse una foto conmigo. ¡Ni loca!
La segunda traición fue la de un testigo protegido que conocía los planes para matar a Manuel Roseo y del que Nis no quiere dar detalles. Reveló que el dato de La Fidelidad, una tierra que valía millones de dólares en manos de un viejo sin protección, había sido filtrado a Menocchio por el abogado “Tito” González. El plan era torturar a Roseo hasta que firmara escrituras a nombre de Menocchio, luego matarlo y simular un robo en la escena del crimen. Pero algo había salido mal y el secretario Berg estaba vivo. El testigo protegido aseguró que el asesinato había sido ejecutado por una banda. Y entregó dos nombres.
Salvador Borda era la mano de obra, un delincuente pesado del norte de Argentina que había estado preso por múltiples robos y delitos.
Claudio Gómez era el estafador, un vendedor de autos usados que antes del asesinato ya había presentando boletos falsos de compra venta, en la provincia de Santa Fe, para quedarse con La Fidelidad.
—Un mes después del asesinato teníamos a los tres detenidos: Borda, Gómez y Menocchio. ¡Y ahí empezó el baile! Encontramos escrituras de La Fidelidad en escribanías de exintendentes, de diputados. Levantabas una olla y salían escribanos como ratas. Los asesinos no andaban solos —dice Nis levantando la última de las masas finas del plato—. A Menocchio lo mandaron a Rawson porque es lo que la policía llama papa podrida. Pudre todo lo que está alrededor. ¡Y acá estaba todo podrido!
—¿Fue un crimen por encargo?
—Mirá, no era nuestro trabajo investigar eso. Nosotros teníamos que encontrar a los asesinos de Manuel Roseo y fue lo que hicimos. Terminaron todos presos. Pero te voy a decir algo. ¿Vos creés que Menocchio pensaba poner un emprendimiento forestal? ¡No, querido! El único camino para Menocchio era la droga.
* * *
En mi segundo viaje al norte de Argentina pensaba llegar hasta el Parque Nacional El Impenetrable, la joya de la conservación en Argentina, creado sobre las tierras de Manuel Roseo. Pero todo cambió con la aparición del Gusano Menocchio. Ahora viajo hacia su pasado y hacia los vestigios del imperio yerbatero que construyó su familia.
La provincia de Misiones —cuyos orígenes están cifrados en los enclaves jesuitas fundados en el siglo XVII— creció a orillas del río Paraná, uno de los más extensos y caudalosos del mundo, que conecta Brasil, Paraguay y Argentina. Por él descendían las jangadas: inmensas balsas hechas con troncos enteros atados por sogas que llevaban la madera desde el Alto Paraná hacia los puertos de Santa Fe y Buenos Aires. Esa misma traza es la que utiliza desde hace treinta años la Hidrovía Paraguay-Paraná: la ruta comercial fluvial más importante de Sudamérica. Atravesada por más de ciento cincuenta puertos —que conectan además a Bolivia y Uruguay—, la Hidrovía moviliza cada año más de cien millones de toneladas de mercadería y es la ruta de un oscuro secreto: se convirtió en una superautopista de cocaína hacia Europa.
—Lo que quedó de Puerto Menocchio es un escondite para el narcotráfico. Las casas abandonadas, esos galpones monstruosos. Es una “zona caliente” —me dice Horacio Blodek, exintendente de General Urquiza—. Los accesos están cerrados.

General Urquiza está escondido en medio de la selva misionera, sesenta kilómetros al norte de Posadas. Es el último paraje antes de alcanzar las ruinas de Puerto Menocchio. Horacio Blodek nació en este pueblo de mil cien habitantes que hoy gobierna su esposa. Es un hombre calvo y de panza abultada, con la mirada astuta y la sonrisa rápida. Fue ministro de Ecología y de Turismo de Misiones y regresó convertido en el hombre fuerte de Urquiza.
—Acá Don Raúl Menocchio era el señor feudal. Todos los que vivían en esta tierra trabajaban para él —recuerda Blodek—. El apellido Menocchio hoy es una mancha, un estigma para la provincia. No solo por el Gusano, si no por su padre.
El primer intendente de General Urquiza fue el mismo hombre que lo mandó a crear: Don Raúl Menocchio. El pueblo se fundó en 1954 con el nombre de Juan Domingo Perón, el entonces presidente de Argentina, y le permitió ampliar los caminos que lo rodeaban y llevar hasta allí el primer tendido eléctrico rural de Misiones. Don Raúl Menocchio provenía de la vieja guardia peronista —el movimiento político más influyente del país—, pero no cambió sus planes cuando al año siguiente la dictadura militar erradicó el nombre de Perón y llamó al pueblo General Urquiza. Cada año siguió sacando desde allí más de trece millones de kilos de yerba mate envasada. Uno de cada cuatro paquetes producidos en Argentina, el principal productor y exportador de yerba mate del mundo.
—En este país te puede faltar cualquier cosa, mi amigo. ¡Menos la yerba! Y Don Raúl desarrolló la actividad yerbatera como nadie —dice Blodek—. El tipo andaba bien con los peronistas, con los militares… Lo que el tipo andaba bien era con la plata. Era muy taquillero. Y terminó dejando la provincia culo para arriba.
En febrero de 1982 Don Raúl Menocchio llevó adelante una de las mayores estafas en la historia de la provincia de Misiones, valuada en más de quince millones de dólares.

En esa época funcionaba en Argentina la Comisión Reguladora de la Yerba Mate (CRYM), un organismo estatal que fijaba los precios de la yerba en todo el país, la compraba y la exportaba. Menocchio tenía permitido —por el caudal de yerba que manejaba— cobrar por su producción y guardarla en sus propios galpones. Ese año, cuando la CRYM fue a buscar la yerba mate que le había pagado, los galpones estaban vacíos y Don Raúl Menocchio había desaparecido.
—¡Fue una locura! —grita Blodek—. Mucha desesperación. También había dejado de pagar los aportes jubilatorios de sus empleados por años. Saltó todo ahí y se declararon en quiebra. Cientos de personas perdieron el trabajo. Muchos se suicidaron.
—La empresa debía valer más dinero del que se llevó con la estafa. ¿Por qué lo hizo?
—Lo que había construido no era para mandarlo al carajo de un día para el otro. No tiene lógica. Algunos dicen que el Gusano le llenó la cabeza. Otros dicen que Don Raúl se había cansado de todo o que se había vuelto loco. Yo creo que ese pueblo se convirtió en un elefante blanco. Ahora está abandonado. Le pusimos Colonia San Isidro Labrador, pero le siguen diciendo Puerto Menocchio.
—¿No hay forma de llegar a Puerto Menocchio?
—Si vos querés ir ahí, lo que podemos hacer es llamar al Papi.
Media hora después, un auto pequeño y abollado estaciona en la casa de Blodek. El Papi es un hombre muy alto con el pelo blanco como una nube y la piel como la leche. Baja con todo lo que necesitamos: un equipo de mate y una botella de whisky.
* * *
—¡Mi rey! ¿Cómo estás? Escuchame, ¿sabés cómo armar un OnlyFans? —me pregunta Luis Raúl Menocchio—. ¿Se hace plata con eso?
—La verdad no tengo idea.
—Los presos se sacan fotos mostrando la pija entre las rejas y les pagan. Mirá que hago un desastre y lo filmamos todo —dice y se ríe a carcajadas—. Si hay algo que yo sé hacer es plata. Soy un mago para hacer plata.
Luis Raúl Menocchio nació el 30 de diciembre de 1959 en Posadas, Misiones. Después de atravesar una infancia y una adolescencia que le desearía a cualquier chico, fue enviado a estudiar Ingeniería Mecánica a la ciudad de Resistencia. Ahí conoció a Carolina Binaghi, la hija de uno de los ganaderos más ricos de Chaco. En el verano de 1980 ella tenía dieciséis años y él veintiuno y la invitó a ver cómo llegaban sus lanchas y motos a través del río. Pocos meses después estaba embarazada. Se casaron y tuvieron dos hijos: Lucas y Luciano. Dos niños rubicundos a los que Luis Raúl Menocchio llenaba de regalos y subía a su regazo para que manejaran su auto.
—Para mis hijos yo era como Papá Noel. Suplía la falta con cosas. Yo ya andaba con una runfla y me fui de casa… bah, me echaron —se ríe Menocchio—. Digamos que elegí el camino del expulsado y me fui a lo mío.
Al Gusano Menocchio no le interesaba formar una familia. Su matrimonio terminó poco después de la estafa de Don Raúl.
—¿Por qué tu papá se fue de Misiones y se llevó a toda la familia?
—Lo de la estafa es una mentira. El establecimiento estaba funcionando a full. ¿Por… por qué iba a sacrificar todo eso? Yo no sé qué carajo hizo mi viejo, nunca nos dijo. Nos fuimos de un día para el otro con lo puesto. Para mí fue un tema de tráfico de armas. ¿Sabés quiénes venían a comer a mi casa?
Algunos de los nombres que me da Menocchio nunca podré confirmarlos. Jorge Rafael Videla, militar argentino que llevó adelante una de las dictaduras más sangrientas de Latinoamérica. Leopoldo Fortunato Galtieri, dictador argentino que en abril de 1982 llevó al país a la Guerra de Malvinas y para quien Don Raúl Menocchio —según su hijo— habría traficado armas. Pero durante la investigación sí podré confirmar otros de esos nombres que me resultaban inverosímiles.
El apoderado del Establecimiento Menocchio y consiglieri de Don Raúl, Guillermo Ariel Sayas, un hombre calvo y robusto que lleva un enorme anillo de San La Muerte, me hablará en un bar de Posadas sobre los vínculos cercanos de la familia Menocchio. Entre ellos estaba Alfredo Stroessner Matiauda, el general paraguayo que sostuvo la dictadura más larga de Latinoamérica. También Andrés Rodríguez Pedotti, consuegro de Stroessner y el hombre que lo traicionó para quedarse en el poder, conocido como “El general Cocaína”. Las familias de esos dos militares estaban afincadas en Posadas, donde se habían convertido en importantes proveedores de mensúes —trabajadores de la yerba mate— y hacían negocios con Don Raúl Menocchio.
En febrero de 1982, Don Raúl trazó la estafa y la fuga de los Menocchio como una parábola latinoamericana. Dispersó a la familia por México y Brasil para enfriar la persecución y luego volvieron a su tierra prometida, a menos de treinta kilómetros de Puerto Menocchio, cruzando el río Paraná. Desembarcaron en la ciudad fronteriza de Encarnación, en el sur de Paraguay, y desde allí siguieron viaje hacia su nueva vida en Asunción, protegidos por las largas sombras de la dictadura de Stroessner.
—Mi papá le había escondido a la hermana de Stroessner, Heriberta, cuando no sé qué problema tuvieron. Le hizo un favor como buen samaritano —recuerda Menocchio—. Después, allá en Paraguay, lo íbamos a ver a Stroessner a la casa presidencial. Era un tipo bueno.
—¿Cómo empezó tu vida en Paraguay?
—Me pusieron un Coronel que me cuidaba y me presentaba gente. Un ruso medio nazi que me llevaba al Club Caracol. También le cuidaba los hijos a Stroessner. Así que andaba tranquilo y arranqué a hacer negocios.
***
Luis Raúl Menocchio se convirtió en el rey de la noche paraguaya. Compró un terreno de dos mil cuatrocientos metros cuadrados en el barrio residencial Mburucuyá y construyó una casa de tres pisos con paredes vidriadas y una cascada artificial en su interior. Dos veces por semana organizaba fiestas con espectáculos circenses, mariachis, prostitutas y, según me aclara, orgías y mucha cocaína.
—Eran las fiestas más famosas del país. Iban todos los políticos pesados. Por eso yo tenía carta libre y era el niño de oro. Traía modelos de todos los colores que llegaban en helicóptero, envueltas en mil rosas... —dice Luis Raúl Menocchio—. Lo que la gente de mucho dinero no podía hacer en su vida, venía a mi casa y lo hacía. Y en el medio todos hacíamos negocios.
Menocchio desplegó una red nacional de televisión por cable llamada Talsat S.A, que llegó a tener más de veinte filiales y cuarenta mil abonados. En 1998 fundó su segunda empresa: Sistema de Área Protegida (SAP). Ofrecía seguridad privada y transporte de valores y estaba armada con doscientos guardias, principalmente exoficiales de la Policía Nacional de Paraguay. Tenía una flota de sesenta automóviles, dos helicópteros y quince camiones de caudales.
Apenas un año después, el imperio que Luis Raúl Menocchio había levantado en Paraguay comenzó a derrumbarse.
La SAP fue denunciada por cobrar un contrato millonario del Ministerio de Agricultura y Ganadería —para controlar el tránsito de madera en las rutas paraguayas—, que nunca cumplió. Sus camiones blindados sufrían extraños asaltos y Menocchio cerró la empresa.
En 2001 fue denunciado por comercializar canales de forma clandestina con sus empresas de cable. Enfrentó una causa penal en la que las cadenas CNN, Discovery y Fox eran las principales damnificadas, señalado como el líder de una red de piratas de señales satelitales.
—Ya no quería trabajar más. Estaba muy absorbido por la noche. Con amigos, chicas, fiesta. Pero el tema fue que perdí a mi padrino político. Ahí se fue todo al carajo.
Según Menocchio, la muerte de Carlos Podestá —exvocero Presidencial y Ministro del Interior de Paraguay—, en febrero de 2002, fue lo que precipitó su caída. Podestá era el último eslabón que quedaba en la cadena de políticos y empresarios que cuidaban de su familia. En marzo de 2004 Menocchio fue condenado a dos años de prisión en la causa N.º4.795/2001: Luis Raúl Menocchio y Otros P/ Violación del Derecho de Autor. Pero cuando la policía llegó a su casa para detenerlo, él ya había desaparecido.
—Hice un arreglo con un grupo de senadores. Yo me iba de Paraguay y se desarmaban mis operaciones de cable. Para eso me hacían un juicio como pirata de señales. Vendieron las empresas al Grupo Clarín [el multimedio más grande de Argentina] y yo estuve un año prófugo. Volví y me traicionaron. Nunca me dieron el dinero.
Uno de sus amigos de la infancia, con quien hablaré a cambio de mantener su nombre en reserva, recordará la impresión que le causaba ver a Luis Raúl Menocchio en su etapa paraguaya.
—Se sentaba a comer en un restaurante con los guardias atrás, tipo Hombres de Negro. La gente se le acercaba rindiéndole pleitesía. Raúl es una mente brillante. Se le vuela la cabeza de lo rápido que va, por eso tartamudea. Siempre tuvo la seguridad que le dió el dinero. Era imposible decirle que no. Estaba en otra dimensión. El Gusa tenía el mundo en sus manos, ¿cómo no lo aprovechó?
El 27 de agosto de 2004, los cuerpos del empresario argentino Eduardo Maciel —52 años, dueño del bar Puerto Madero en Asunción— y de su empleada Graciela Méndez —19 años— fueron encontrados dentro de dos tambores sellados con doscientos kilos de cemento que flotaban en un arroyo cercano a la ciudad de Fernando de la Mora. Estaban desnudos, esposados, mutilados y acribillados a balazos. Habían sido vistos por última vez diez días atrás, subiendo a la camioneta Ford Explorer de Luis Raúl Menocchio.

* * *
El cerco sobre Manuel Roseo empezó a cerrarse seis meses antes de su asesinato. El 2 de agosto de 2010, Claudio Alfredo Gómez, un vendedor de autos usados de 42 años, presentó una demanda contra Roseo en el Juzgado en lo Civil y Comercial del Distrito Judicial Nº 12 de San Lorenzo, provincia de Santa Fe. Tenía un boleto de compraventa donde estaba asentado que había adquirido el lado chaqueño de La Fidelidad en cuatrocientos mil dólares. Aseguraba haberle dado ese dinero a Roseo y que luego el estanciero no se presentó a escriturar las tierras. Claudio Alfredo Gómez estaba a punto de convertirse en propietario de La Fidelidad.
Tres semanas después de la demanda, Manuel Roseo llegó a la ciudad de San Lorenzo junto a su secretario Keko Berg y al abogado Sergio Kleisinger, con quien almorazaré en su casa cuando llegue a Juan José Castelli.
—Roseo era un tipo parco, cerrado. Vivía tapando ollas. En la zona se contaba que sus tierras eran del Banco Ambrosiano, que estaba vinculado con el Vaticano —me dirá Kleisinger, un hombre campechano y de voz gruesa—. Tuve que viajar mucho con Roseo y me contó que su familia trabajaba en las granjas de la Santa Sede. Nunca lo vi bien vestido. Nunca reconoció hijos. Durante cuarenta años no explotó las tierras. No vendió ni una hectárea. Parecía el guardián de algo ajeno. Uno se preguntaba… ¿Para quién estaba cuidando eso?
En la ciudad de San Lorenzo, Manuel Roseo se sometió a un careo con Claudio Alfredo Gómez. El perito calígrafo de la Corte Suprema de Santa Fe aseguraba que las firmas en el boleto de compraventa presentado por Gómez eran auténticas. “Son similares a mis firmas pero no son mías. Esta persona nunca estuvo en mi casa. Yo no le vendí nada", se defendió Roseo en los tribunales.
En esa audiencia declaró una joven abogada llamada Romina Maggini Núñez, quien había representado al supuesto Manuel Roseo durante la firma del boleto de compraventa. “A mi despacho vino un señor alto y robusto, con lentes grandes, gorra y una chalina de campo y me dijo que era Manuel Roseo”, aseguró. “No es la persona que está acá. Me engañaron”. Si Manuel Roseo no se hubiese presentado en los tribunales de San Lorenzo junto con su abogado, en menos de una semana habría perdido La Fidelidad.
—Llegamos justo. Ellos podían transferir la propiedad y así se saneaba. Y después andá a reclamarle a Dios —me contará Kleisinger—. Gómez decía que había ido a Chaco a comprar un Volkswagen Bora y que se enteró de La Fidelidad y la compró. Era irrisorio. Logramos desbaratar la estafa y una persona del juzgado nos dio a entender que nos estaban siguiendo. Salimos de ahí apenas pudimos.
Antes de volver a Juan José Castelli, Manuel Roseo denunció penalmente a Claudio Alfredo Gómez por el intento de estafa. La causa nunca avanzó.
—Tomamos contacto con la fiscal de Santa Fe que investigó a Gómez, una mujer encantadora —me cuenta la fiscal Juana Rosalía Nis, la mujer que atrapó a Menocchio—. Nos dijo que había nombres muy pesados y que sus superiores no le dieron respaldo para avanzar. Se jubiló enseguida. Mamita mía si este muchacho Gómez era un simple vendedor de autos. ¡Atrás de ese tipo había una mafia que ni te cuento!
***
Claudio Alfredo Gómez nació el 12 de febrero de 1968 en Puerto General San Martín, al sur de la provincia de Santa Fe. Creció en una familia de trabajadores metalúrgicos y aprendió a moverse con sagacidad en esa ciudad atravesada por inmensos silos blancos, galpones y cintas transportadoras que alimentan a los miles de barcos que descienden por el río Paraná. Vendió autos usados hasta que consiguió trabajo como chofer dentro de la Cooperativa de Trabajos Portuarios Limitada de San Martín, el engranaje que tracciona el nodo agroexportador más importante del mundo: el cordón portuario del Gran Rosario.

A lo largo de setenta kilómetros, el cordón del Gran Rosario está formado por más de treinta puertos desde donde sale al Océano Atlántico el ochenta por ciento de las exportaciones agrícolas de Argentina. Es también la última gran escala para los miles de buques, remolcadores y barcazas que descienden a través de la Hidrovía y desparraman sus cargas por el planeta. Puerto General San Martín es la cabeza inmortal de esa serpiente de mil cabezas que es la Hidrovía.
El control de la ciudad y de los puertos del Gran Rosario está cifrado entre la Cooperativa de Trabajos Portuarios Limitada de San Martín y el Sindicato Unidos Portuarios Argentinos. Durante cincuenta años, esas dos poderosas organizaciones fueron manejadas por un solo hombre: el líder sindical Herme “Vino Caliente” Juárez. Su chófer personal, un hombre que había ascendido en la Cooperativa gracias a su carisma y discreción, era Claudio Alfredo Gómez.
—¿Me vas a decir que Gómez vino a hacer unas horas extras al Chaco? —pregunta la fiscal Nis con ironía—. ¿O que, como dijo en el juicio, se compró un “campito” con la plata de los autos usados que vendía?
La estafa que intentó llevar adelante Claudio Alfredo Gómez en el sur de Santa Fe —descubrió Nis durante la invesigación— era la punta de un extenso hilo rojo que conectaba cinco provincias de Argentina y que terminaba en el asesinato de Manuel Roseo.
Durante los meses siguientes a esa estafa fueron presentados boletos falsos de compra venta y escrituras apócrifas de La Fidelidad en Formosa, Chaco, Corrientes y Misiones. En casi todas, el comprador era Roberto Michetti, dueño del diario Crónica, un periódico sensacionalista de Argentina reconocido por publicar fotos mórbidas de crímenes y asesinatos. Pero Michetti demostró que nunca había intentado comprar La Fidelidad y que no conocía a Manuel Roseo. El último de esos boletos, firmado el 27 de diciembre de 2010 en la ciudad de Posadas —dos semanas antes del asesinato de Roseo—, era el único que tenía otro comprador: Luis Raúl Menocchio.
—Yo llegué a la casa del viejo Roseo, que se le caía a pedazos, y le dije la verdad —me cuenta Luis Raúl Menocchio—. Era un tipo austero y sufrido y yo tengo otra forma de vida, siempre viví como un pachá. Le expliqué que yo era un hombre rico, que tenía problemas en Paraguay y Corrientes, que me acusaron de asesinatos y que estuve preso, pero que era el candidato ideal para comprarle La Fidelidad.
—¿Cómo lo convenciste de eso?
—Este campo ya no es tuyo, le dije. Lo que me estás vendiendo es un problema. Yo soy un gran negociante, sino no hubiese hecho todo lo que hice. El viejo tenía boletos de compra venta por todos lados y le habían metido ese litigio judicial en Santa Fe. Hablamos a calzón quitado. Me pidió una cifra sideral y lo hice entrar en razón. Tenía mucho miedo de ese litigio y me dijo que estaba enfermo. Tenía raquitismo. Estaba hecho mierda. Ahí le ofrecí la plata.
Según Luis Raúl Menocchio, a mediados de diciembre de 2010 le ofreció cuarenta millones de dólares a Manuel Roseo a cambio de La Fidelidad y Roseo aceptó. El 27 de diciembre firmaron el boleto de compraventa y las escrituras en la Escribanía Torres de Posadas, propiedad de Sergio Torres —exintendente de la ciudad—, que sería detenido durante el juicio por falso testimonio. Roseo llegó solo y cobró 34 millones de dólares. Cargó cuatro valijas que pesaban casi cien kilos cada una en su jeep destartalado y sin techo y manejó los seiscientos kilómetros de vuelta hacia Juan José Castelli. Una semana después, el 7 de enero de 2011, Menocchio fue a su casa, le entregó los seis millones que faltaban y se sacó una foto abrazando a Roseo.

—El viejo tenía además esas cinco hectáreas del aserradero. Ahí yo quería hacer un country para los más polenta de Castelli. ¿Entendés? Yo veo el negocio al toque. Y este era un gran negocio. La Fidelidad es una tierra que, mal vendida, puede valer quinientos millones de dólares. Yo la compré por cuarenta.
—¿Roseo decidió venderte y perder toda su fortuna solo para salvarse de un litigio judicial?
—Vos decís que estaba perdiendo. ¿No estaba ganando en realidad? El viejo ya sabía que iban a venir por sus tierras. Además… ¿Cómo iba a vender algo que ya estaba vendido? Había boletos por todos lados y yo le estaba ofreciendo comprar las tierras. Así fueron las cosas. Me dijo que quería volver a Italia. Estaba contento cuando me vendió.
.—¿De quién son esas tierras?
—Ahora ya se sabe que lo del Parque Nacional es una mentira. No hay Parque Nacional, no hay una expropiación consumada. Aparecieron los herederos, que son los hijos de la mucama, y chau. Pero antes de todo eso está la compra natural mía. A mí no me permitieron ir a la Suprema Corte ni nada. Me apretaron, me subieron a un avión y me mandaron a Rawson. Pero La Fidelidad la compré yo. Es mía.
* * *
Francisco Javier Ortiz, El Papi, lleva una camisa clara con bordados texanos que deja ver una cicatriz que le cruza el pecho. Tiene sesenta años y trabajó durante más de una década, junto a la mitad de sus doce hermanos, para Don Raúl Menocchio. Vamos en su auto pequeño y abollado por caminos de tierra colorada que ascienden y se hunden abruptamente en la selva húmeda, tomando giros imposibles, hasta una solitaria plantación de finos y alargados eucaliptos que es la antesala a lo que queda de Puerto Menocchio
Detrás de una montaña de tierra que bloquea el camino están las ruinas de la mansión que construyó María Dormitilla Berardo, la madre de Don Raúl Menocchio. Tenía imponentes glorietas blancas y una bajada al río por la que caminaban los miembros de la clase alta misionera para subirse a Electra, el barco donde María Dormitilla —a quien le gustaba llevar un revólver en la cintura— daba fiestas para agasajarlos. Fue ella quien fundó el Establecimiento Menocchio a principios de la década del veinte y hasta hoy sigue allí enterrada. El Papi asegura, y también Luis Raúl Menocchio, que está dentro de un ataúd con una tapa hecha completamente en bronce: una réplica del féretro de Evita, la líder política y simbólica del movimiento peronista. Y que en algún lugar alrededor de esa tumba, Don Raúl Menocchio escondió un cargamento de oro que nunca fue hallado.
Alguien nos chista del otro lado de una reja que está en la dirección opuesta. El Papi entrega nuestra botella de whisky y nos guían por un sendero escondido entre los eucaliptos hasta una loma desde la que se ve un pueblo entero comido por la selva. Hay dos edificaciones inmensas en el centro y un laberinto de casas y galpones sin techos y más atrás molinos cubiertos de vegetación. En este terreno de más de quinientas hectáreas se esconde el secreto de Don Raúl Menocchio. Los dos galpones de cien metros de largo, que se levantan como inmensos hangares adormecidos, fueron los secaderos de yerba más grandes de la Argentina.
—El Establecimiento trabajaba las veinticuatro horas —me explica El Papi—. Había una sirena que se escuchaba en todo el monte. Trabajabas ocho horas y descansabas ocho y volvías a trabajar. Así todos los días.
A principios de los setenta, el Establecimiento Menocchio atravesó su apogeo. Esa yerba con un misterioso sabor ahumado, producida a una velocidad inédita gracias a un preciso método de secado rápido ideado por Don Raúl, se expandió por todo el país y llegó hasta Medio Oriente.
—Acá teníamos pool, boliche, policía, médicos, escuela, un matadero —recuerda El Papi, que camina entre las paredes cubiertas de musgo como si nunca hubiesen desaparecido esas construcciones—. Nosotros dormíamos calentitos en los depósitos, arriba de las bolsas de yerba. Uno se sentía seguro. Menocchio es un sentimiento. Ojalá volviera.
Detrás del crecimiento global del Establecimiento Menocchio estaba la alianza con la corporación que marcó a fuego a la Argentina: Bunge & Born. A través de la empresa Molinos Río de La Plata, Bunge & Born comercializaba las yerbas Nobleza Gaucha y Cruz de Malta —dos de las cinco marcas más consumidas en Argentina—, que se producían en el Establecimiento Menocchio.
—Nosotros le vendíamos toda nuestra producción a Bunge & Born a través de la CRYM—me contará Guillermo Ariel Sayas, el consiglieri de Don Raúl Menocchio—. Ellos retiraban directamente de nuestros galpones y los dueños cenaban y paseaban con Don Raúl.
En 1971, Jorge Born II, heredero del imperio Bunge & Born y uno de los artífices de su expansión global, le vendió La Fidelidad a Manuel Roseo. Cuando lo hizo, uno de sus principales socios era Don Raúl Menocchio. Cuarenta años después, los caminos de esas familias volverían a cruzarse. El hijo de Don Raúl sería condenado a cadena perpetua por el asesinato de Manuel Roseo.
—El Niño Raúl era terrible. Se subía a todos lados, rompía las máquinas. Pero siempre nos trataba bien —recuerda El Papi—. A Don Raúl le decía carcamán. Venían en helicóptero y bajaban en la cancha de fútbol. Era una alegría cuando llegaban.
—¿Alguna vez pensaste que la empresa podía quebrar?
—La estafa de Menocchio fue un fraude al pobre, por más que yo lo perdono. Nos dejó a todos sin trabajo. Nos habían hecho poner bolsas de yerba para tapar las entradas a los galpones. Así los inspectores no podían entrar. Cuando venían, les decían que no cabía más yerba adentro, y los galpones estaban vacíos. Don Raúl ya había vendido esa yerba al Paraguay. Y de un día para el otro desaparecieron.
La quiebra del Establecimiento Menocchio fue decretada en 1982, dentro del expediente N° 1107/1982 Mercado Consignatario de Yerba Mate y Otros C/Establecimiento Menocchio S.A.C.I.A. según quiebra. El 6 de diciembre de 1985 los terrenos y las propiedades de la empresa fueron rematados. Un empresario yerbatero y maderero de la ciudad misionera de Eldorado, llamado Juan Eugenio Rothaermel, se quedó con las 534 hectáreas de Puerto Menocchio.
—¿Nunca supiste nada más de los Menocchio?
—Sí… El Niño Raúl volvió.
A mediados de 2002, mientras estaba prófugo por la causa de piratería satelital en Paraguay, el Gusano volvió a Puerto Menocchio y quiso comprar las tierras de su familia al mismo precio por el que habían sido rematadas.
—Vino a mi casa, para hablar con mi papá, que era el intendente en ese entonces —recuerda Horacio Blodek, exintendente de Urquiza—. Llegó en un Datsun que era una nave, con dos mujeres. Se les caían las botellas de adentro del auto. Tenía el pelo largo, onda rockero. Parecía Fito Páez. Y lo pusimos en contacto con Rothaermel. Pero el tipo no le quiso vender.
El 19 de noviembre de 2002 Juan Rothaermel fue asesinado de tres disparos en el interior de la casa de servicios fúnebres que manejaba en Eldorado. Ya había sufrido dos intentos previos de asesinato. Su esposa aseguraba que el hombre que entró a su funeraria y le disparó en la cabeza era Luis Raúl Menocchio. Pero no había pruebas contundentes y el Gusano fue apartado del caso. La esposa de Rothaermel siempre sostuvo que los contactos políticos de Menocchio lo protegieron. Sin otros sospechosos, el crimen sigue impune hasta hoy.
—Esa fue la última vez que lo vimos al Niño Raúl —me dice El Papi mientras nos subimos al auto y salimos de Puerto Menocchio—. Acá todo el mundo dice que se cargó a Rothaermel porque no le vendió las tierras de su familia. Y desapareció, como el padre. Hasta que escuchamos que empezó a matar en Paraguay.
* * *
Dos semanas después de la desaparición del empresario argentino Eduardo Maciel y su empleada Graciela Méndez —quienes habían sido vistos por última vez subiéndose a la camioneta de Luis Raúl Menocchio—, la policía de Paraguay allanó la mansión de Menocchio en Mburucuyá. Encontró mezcladoras con cemento fresco, palas y tambores vacíos de color negro con la inscripción Nastolin 26, similares a los que serían hallados semanas después con los dos cuerpos adentro. Menocchio salió de su casa y caminó frente a las cámaras de televisión. Tenía el pelo castaño y ondulado, barba candado y la mirada esquiva. Llevaba un traje azul con corbata celeste y antes de subirse a su camioneta se sacó las manos de los bolsillos para saludar. Esa sería la última vez que lo verían en Paraguay.
—¡Está todo filmado, mi rey! —grita Luis Raúl Menocchio. Su voz divertida apenas se escucha detrás de una cumbia que suena a todo volumen—. ¡Aguantá, que parece una discoteca este pabellón!... ¡Yo salí caminando de Paraguay!
—¿Por qué te fuiste?
—¡Esperá!... Ahí se calmaron… El fiscal le dijo a mi abogado: “que se vaya Menocchio porque hay orden de matarlo”. Si me metían preso yo terminaba muerto. Al tipo ese Maciel lo conocí la misma noche que desapareció. No tengo idea quién era.
Según Luis Raúl Menocchio, la noche del 17 de agosto de 2004 entró al bar Puerto Madero para distraerse un rato. Habló con el dueño, Eduardo Maciel, y apostaron dinero en algunas partidas de pool. Menocchio perdió quinientos dólares y le dejó un reloj Rolex como garantía. Más tarde, Maciel le preguntó si podía llevarlo hasta su casa junto a Graciela Méndez, una trabajadora del pub que hacía copas. Menocchio aceptó, pero en el camino le pidieron que los dejara cerca de un hotel. Bajaron del auto y él volvió a su casa.
Según un documento al que tengo acceso bajo estricta confidencialidad, las cosas fueron distintas. Es una declaración hecha por Karina Selene Riveros, una mujer que se dedicaba a la compra y venta de piedras preciosas y era entonces la pareja de Menocchio. La hizo poco después de los asesinatos de Maciel y Méndez, en una escribanía de Asunción. Según el relato de Riveros, Menocchio llevó a todos a su propia casa. Las dos parejas tomaron cocaína y jugaron al póker durante algunas horas. En algún momento de esa noche Maciel intentó acostarse con Karina Riveros. Menocchio se paró enfrente y le preguntó con calma: ¿Así que te querés coger a mi mujer? Sacó un revólver calibre 22 y le disparó tres veces en el pecho y dos en la cabeza. Luego se dio vuelta, se paró frente a Graciela Méndez, le dijo Disculpá, mami, no te puedo dejar viva, y le disparó dos veces en el pecho. Karina Riveros escapó pensando que también la iba a matar a ella.
—Esa chica era un gato mío, una noviecita —me dice Luis Raúl Menocchio—. Estuvo pagada para declarar, por gente que me quería sacar cosas mías en Paraguay. ¿Entendes o no?
En la causa Luis Raúl Menocchio y Karina Selene Riveros S/Homicidio Doloso, tramitada en el Juzgado Penal de Garantías Nº 5 de Asunción, la hipótesis judicial apuntaba a un ajuste de cuentas en un negocio de distribución de cocaína.
Según los investigadores policiales, el Gusano Menocchio se había dedicado a lavar dinero del narcotráfico con sus empresas de cable y seguridad y se había convertido en una suerte de operador híbrido que saltaba de la legalidad a la ilegalidad. Maciel había resuelto mal una operación de lavado y ambos habían perdido más de cien mil dólares. Pero la investigación quedó trabada y el fiscal José Luis Silva —quien no había detenido a Menocchio durante los allanamientos en su mansión— fue apartado del caso por “mal desempeño en sus funciones”.
El abogado de Menocchio, Ernesto “Tito” González, declaró a la prensa de Paraguay: Menocchio conocía a Maciel a raíz de operaciones de lavado de dinero. Mi cliente me explicó que él cobraba una especie de comisión por colocar y hacer lavado de dinero de origen lógicamente dudoso. Esa noche estuvieron en una jarana de a cuatro, pero él niega rotundamente el asesinato.
* * *
—Yo estoy vivo gracias a mi abogado y al fiscal, que después me terminó persiguiendo. Pero me dio tiempo de salir de Paraguay antes de que me mataran —dice Luis Raúl Menocchio—. Me fui con una mochila al hombro que adentro tenía un millón de dólares. Llegué hasta la pasarela de Clorinda, en el río Pilcomayo, y crucé en una balsa que llevaba verduras. Contrabando hormiga, como le dicen. En Argentina me subí a un colectivo y me fui a la casa de mi amigo, el Tano Nozzi, para empezar una nueva vida.
—¿Es difícil viajar con un millón de dólares en la mochila?
—Lo difícil es cuando alguien se entera [se ríe a carcajadas]. A mí no me robaron nunca en mi vida. No sé lo que es esa experiencia.
—¿Qué hiciste en Argentina?
—Me instalé en la casa del Tano. Vivía en un country de Don Torcuato, en Buenos Aires. Y empezamos a pensar en negocios. Él quería armar una cadena de gimnasios y también estaba por filmar una nueva película. Necesitaba diez millones de dólares para todo eso. Le dije que yo se los podía dar. Después me conseguí una novia, una artista plástica del Tigre, y me fui a vivir con ella.
—En la causa judicial por el asesinato de Claudio Nozzi está asentado que para fines de 2004 te habías “modificado el rostro”. Esa mujer que fue tu pareja declaró: Lo conocí con una cara y después con otra.
—¡Mi rey! Lo que yo me hice fue un lifting porque estaba medio viejón. Y de paso me saqué las ojeras. Me hice párpado arriba, párpado abajo… Y una estirada. Me pinté el pelo de blanco y metí máquina de sol, con un compresor para broncearme con pintura. ¡El asesino de las mil caras! [se ríe con ironía]. Lo único que hice fue convertirme en Hugo Jara.
Según Luis Raúl Menocchio, su amigo Claudio “Tano” Nozzi —Director Ejecutivo de las cadenas HBO y Fox en Latinoamérica—, a quien había conocido cuando manejaba las empresas de cable en Paraguay, le consiguió un documento de identidad falso a nombre de Hugo Jara.

Menocchio le propuso viajar a Paraguay y buscar diez millones de dólares que tenía en una caja fuerte en la casa de su mamá. Compraron el lujoso yate Trasulag II, una nave con dos motores y navegación satelital, y a principios de marzo de 2005 hicieron el viaje. Primero enviaron el Trasulag II con un capitán y dos tripulantes a través del río Paraná, hasta la ciudad fronteriza de Itatí. Ellos partieron en una Chrysler Caravan hacia Corrientes y se alojaron en el Hotel de Turismo para hacer arreglos y esperar el yate.
—¿En qué se diferenciaban Hugo Jara y Luis Raúl Menocchio?
—¡Jara era Menocchio bronceado y estirado! Tenía carnet de Blockbuster, CUIT como Gestor Comercial, carnet del Club de Golf de Pacheco y del supermercado. ¡Completito! Pero era Luis Raúl Menocchio. No había diferencias.
—¿Qué pasó con Claudio Nozzi?
—Desapareció. Hasta el día de hoy yo no sé si está muerto. Se fue del Hotel Turismo a Paraguay y un amigo mío le entregó los diez millones de dólares que yo tenía allá escondidos. Se los llevó en dos bolsos. Y nunca más lo ví. Yo estaba en el yate y llegó la Prefectura ahí al medio del río. ¿Cómo nos ubicaron? ¿Quién les dijo que estábamos ahí? Yo estaba haciendo esquí acuático y mi secretario cocinaba. Había música electrónica. Qué se yo, vida normal. Y ahí quedé detenido.
—¿Claudio Nozzi no fue asesinado?
—A ver… Si yo lo hubiera querido matar, como dicen, ¿para qué lo iba a llevar a Corrientes? Lo mataba en Buenos Aires y listo. Yo no maté a Claudio, era mi amigo. ¿Por qué mataría a mi amigo?
El 10 de marzo de 2005, el cuerpo de Claudio Tano Nozzi apareció flotando a cuatro kilómetros de donde estaba fondeado el Trasulag II. En esa zona del río con bajantes pronunciadas, un cambio en la marea lo había dejado expuesto. Las manos y los pies estaban encadenados y atados a dos anclas antiguas. Tenía seis disparos en el pecho y uno en la cabeza. Estaba desfigurado y comido por las palometas, una especie de pirañas carnívoras que plagan las aguas calientes y amarronadas del río Paraná.
La Policía Federal Argentina descubrió que Hugo Jara era en realidad Luis Raúl Menocchio y que las cadenas y las anclas usadas para fondear el cuerpo pertenecían a la embarcación Trasulag II. La prueba del Luminol —una técnica forense que detecta rastros de sangre invisibles— demostró que a Nozzi le dispararon en el sillón del yate.
—¡Era la sangre de los peces! —me dice Luis Raúl Menocchio—. Estuvo todo armado para implicarme. El cuerpo estaba en una zona donde cruzan droga, hay contrabando de lo que quieras, muertos a cada rato. Aparece un tipo sin cara, sin nada, flotando a no sé cuántos kilómetros. Y dicen que yo lo maté. Me persiguen desde que vendí mis empresas de cable.
En su declaración, Luis Raúl Menocchio sostuvo que Claudio Nozzi se dedicaba a lavar dinero y que ese dinero podría provenir del narcotráfico. La investigación policial y judicial descubrió que dentro del yate había cien mil dólares con los que Menocchio y Nozzi pensaban comprar cocaína en Paraguay para luego venderla en Argentina. En medio del viaje, el Gusano había matado a Nozzi para quedarse con el dinero.
El cuerpo que flotaba en el Paraná estaba tan putrefacto que resultó imposible realizar las pruebas de ADN. Pero durante la autopsia apareció un rasgo clave: dos implantes dentales que tenía Nozzi. Sumado a eso, los familiares y amigos reconocieron los tatuajes que llevaba en su nuca: una tortuga y dos ideogramas chinos que representaban el nombre de sus hijos. Sus objetos personales —tarjetas de crédito, documentos de identificación— fueron hallados en el Trasulag II.
Luis Raúl Menocchio fue encerrado y pasó cuatro años en la Unidad Penal Número 6 de Corrientes. Su abogado, Ernesto “Tito” González, realizó una presentación judicial exigiendo la liberación de Menocchio a partir de la adhesión de Argentina al Pacto de San José de Costa Rica. Esto implicaba que nadie podía estar preso más de dos años sin haber sido condenado. El 11 de mayo de 2009 Menocchio fue liberado y unos días después dio una entrevista al diario El Territorio: "Quiero despejar mi mente y recuperar mis empresas. Lo que pasé no se lo deseo ni a mi peor enemigo. Por más que la jaula sea de oro, estás adentro. Yo soy inocente”.
La Justicia correntina le prohibió salir de la provincia y vivió durante un año dentro del Hotel de Turismo, ubicado sobre la costanera de la ciudad de Corrientes.
—Tenía secretarios que me traían las chicas, la comida, todo lo que necesitaba —me cuenta Luis Raúl Menocchio—. Hacíamos desfile de modelos. Siete minas en bolas alrededor de la pileta. Era el rey de Java en el hotel.
Cuando le permitieron salir de Corrientes, en diciembre de 2010, viajó hacia Juan José Castelli. Su primer negocio estando en libertad sería comprar La Fidelidad.
* * *
La mañana del 14 de junio de 2013, Luis Raúl Menocchio, Claudio Gómez y Salvador Borda llegaron en distintos convoyes blindados a la Cámara del Crimen Nº 2 de Presidencia Roque Sáenz Peña, para ser juzgados como los asesinos de Manuel Roseo y Nélida Bartolomé. Un cuarto miembro de la banda seguía prófugo. La Justicia perseguía a Nidio Gómez Sosa, uno de los “secretarios” de Menocchio, a quien había conocido en la cárcel. En su casa se encontraron cuadernos donde practicaba la firma de Roseo. Lucía Roseo, heredera de La Fidelidad y una de las principales testigos para identificar a los asesinos, llegó caminando y sin custodia judicial a la sala de audiencias.

—Nos podían matar en cualquier momento —me dice Lucía Roseo en uno de nuestros encuentros—. La Justicia nos dejó librados a nuestra suerte. Mi abogado, Del Corro, me decía que era parte del plan de Capitanich, que nos quería borrar. Pero nunca se comprobó.
—¿Qué recordás de tu declaración?
—Yo entré a ese lugar y describí a los asesinos. Borda y Gómez Sosa, que son los que vi la mañana del asesinato en la casa de mi papá. Y desde ahí se me borró la memoria. No puedo recordar nada del juicio. Solo me quedó una imagen: la cara de Menocchio y la sonrisa larga que tenía. Me miraba y se reía. No decía nada. Solo se reía.
El fiscal de cámara era un abogado apacible y muy respetado entre sus colegas, Marcel de Jesús Festorazzi. Siguiendo la línea que había abierto la fiscal Juana Rosalía Nis, corroboró la participación directa de Luis Raúl Menocchio y Claudio Gómez en las estafas previas al asesinato de Manuel Roseo. Para Festorazzi se trataba de maniobras que buscaban asfixiar a Roseo y presionarlo para que vendiese La Fidelidad. Menocchio conocía a Claudio Gómez y por eso le había asegurado a Roseo: a ese pelagatos de Santa Fe lo arreglo con cincuenta mil dólares.
Según la investigación judicial, a Salvador Borda lo habían contratado para abrir la caja fuerte donde creían que Manuel Roseo guardaba las escrituras de La Fidelidad. Pero la denuncia por estafa que hizo Roseo en Santa Fe, contra Claudio Gómez, había torcido los planes de la banda.
—Ahí ya planificaron el asesinato —me dirá Festorazzi, con quien almorzaré varias veces en mis viajes a Chaco—. Los tipos entraron a la casa de Roseo con una escritura… ¡Un documento que nunca puede salir de la escribanía! Dejamos detenido al escribano Torres, exintendente de Posadas, y después quedó libre. Cuando los asesinos torturaron a Roseo, le mojaron el dedo en tinta y dejaron su huella digital por toda la hoja. Esa escritura la presentó Menocchio para justificar su compra. Una impunidad asombrosa.
A lo largo de casi cuatro meses, desfilaron por el juicio más de cincuenta testigos. Pero la pieza central de la fiscalía —que contaba con los datos provistos por el testigo protegido— era el testimonio del secretario de Manuel Roseo, a quien llegaré a entrevistar en su casa de Castelli: Sergio “Keko” Berg.
—Era la vedette de los testigos —lo describirá Festorazzi.
Sergio Berg situaba a Luis Raúl Menocchio en la escena del crimen. Lo conocía y había escuchado su voz dando las órdenes en medio de las torturas y el doble asesinato. A partir de su declaración, del testimonio de Lucía Roseo y de dos pobladores de Juan José Castelli, la fiscalía logró situar a los asesinos, la mañana del 13 de enero de 2011, en la casa donde vivía Manuel Roseo. Los tres imputados se declararon inocentes.
Claudio Gómez aseguraba haber comprado La Fidelidad por cuatrocientos mil dólares, reunidos con el dinero de la venta de autos usados y un préstamo de su esposa, una escribana de San Lorenzo. Era defendido por Carlos Edwards, un reconocido penalista santafesino que litigaba ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en Washington. Edwards llegaba al juicio desde Santa Fe en un jet privado. A bordo viajaban también sus testigos: albañiles, parquistas y supermercadistas chinos.
—En el medio del juicio pedí que me permitan un momento —recordará Festorazzi—. Así salía y ponía una latita arriba de mi auto para ponerlo en venta. ¡Qué negoción los autos usados!
Salvador Borda sostenía que la mañana del asesinato estaba vendiendo su casa, construida en un asentamiento en las afueras de Resistencia. Aseguró que en su teléfono celular podían encontrar los mensajes que lo comprobaban.
—¿Sabés cómo lo tenía agendado al comprador? —me dirá Festorazzi—. ¡Como Pinocho!
Los abogados de Luis Raúl Menocchio indicaron que en la fecha del asesinato él estaba de vacaciones con su novia y amigos en Ituzaingó, Corrientes. Aunque ninguno de sus testigos declaró haberlo visto esa mañana. Menocchio se mantuvo en silencio durante todo el juicio. Solo habló cuando al presidente del Tribunal le sirvieron un café. Menocchio le dijo al juez: Para mí un cortadito.
—Fue todo tan tosco y tan burdo que en mi alegato dije que la banda tenía que concursar en Hollywood por un Oscar, compitiendo como Pinky y Cerebro —se ríe Festorazzi—. Eso nunca me lo perdonó Menocchio.
El 7 de octubre de 2013 el tribunal condenó a Luis Raúl Menocchio, Salvador Borda y Claudio Gómez a cadena perpetua como autores del doble asesinato de Nélida Bartolomé y Manuel Roseo. Se libró una orden de captura internacional para Nidio Gómez Sosa, que fue capturado en septiembre de 2019 en San Luis del Palmar, Corrientes. El informe médico de la policía indicaba que tenía HIV. Nueve meses después de ser capturado murió en la cárcel. Según distintas fuentes judiciales a las que entrevistaré bajo reserva, fue el único miembro de la banda que reconoció el crimen de Roseo. Nunca hizo una declaración oficial.
* * *
En la primera conversación que tuve con Luis Raúl Menocchio, me prometió una verdad. Luego de más de dos años de investigar su historia y que me dé su versión sobre todos los delitos y crímenes por los que fue acusado y condenado, llegamos a la pregunta que guardé desde el momento en que aceptó hablar conmigo.
—¿Quién mató a Manuel Roseo?
—Mi rey… Ese Berg fue el entregador. Lo entregó al viejo con la plata que yo le llevé. Y atrás de Berg había una banda. Por eso lo dejaron vivo. A ver… Si fui yo… Si yo voy a una casa y mato dos tipos, ¿el secretario cómo queda vivo? ¿Tiene coronita? Encima lo voy a meter en el baúl de su auto y lo voy a dejar mal atado para que se desate y salga corriendo. ¿Medio boludo soy? No tiene ningún gollete. ¿Para qué lo voy a dejar vivo? Si soy un asesino como dicen… mato dos, mato tres, ¿me entendés? Es exactamente lo mismo.
—¿Por qué te querrían incriminar en el asesinato?
—Para que yo no pueda terminar mi compra y quedarme con el campo. Berg era el único que sabía de esa plata. Arregló con una banda: “a mí dame unos golpes y no me mates”. Y conmigo los jueces encontraron al asesino perfecto, porque ya venía empapelado. Pero la única prueba en contra mía fue ese secretario, y estuvo arreglada. Cuando se enteraron que compré La Fidelidad, lo mataron al viejo.
—¿Quiénes?
—Este tipo Gómez, que andaba con los autos usados allá en Santa Fe, que le tenía embargado el campo al viejo, ¿por… por qué no lo investigaron? La esposa era una escribana que declaró en el juicio. Se contradecían a cada rato. Habían conseguido firmas originales del viejo. Se las dio el secretario, ¿entendés? El abogado de Gómez ve-venía en jet privado. Era una mafia que se quería quedar con el campo. Dos más dos son cuatro.
—¿Qué querés decir?
—Pensá esto… después del asesinato, que se pudrió todo, ¿qué hicieron? Un Parque Nacional y se robaron ciento treinta mil hectáreas. ¿Quién lo hizo? el gobernador Capitanich, que tiene brazos por todos lados…. Ese Claudio Gómez se escapó de la cárcel y le pegaron un tiro. Por orden de Capitanich. Le dijeron escapate y lo acribillaron. Algo estaba por decir. ¿De dónde venía Gómez? Ahí te tenés que fijar.
—Claudio Gómez trabajaba como chofer de “Vino Caliente” Juárez, el líder sindicalista de los puertos de Santa Fe…
Por primera vez desde que hablamos, Luis Raúl Menocchio hace silencio.
—Yo de eso del puerto ya no sé nada… Pero atrás de Gómez están los que se cargaron al viejo. A mí me metieron en la volada porque tenía el caso de Paraguay y de Nozzi. Yo no cometí ningún delito de los que se me imputan. Soy inocente.
Nunca pensé que Luis Raúl Menocchio fuera a confesarme un asesinato. No lo hizo frente a abogados, fiscales ni jueces. Siempre sostuvo su inocencia. Pero tampoco pensé que parte de su versión iba a coincidir con la que me daría la fiscal Juana Rosalía Nis, la mujer que lo atrapó.
Antes de regresar a Buenos Aires me reúno nuevamente con la fiscal en la confitería San José La Plaza, en la ciudad de Resistencia. Le cuento que logré entrevistar a Luis Raúl Menocchio y también le muestro la carta con la que viajo desde que empecé esta investigación. La carta donde quien fue quizás el único amigo de Manuel Roseo, se pregunta si era en verdad un mendigo o un prestanombre.
—Siempre tuve la intuición de que Don Roseo era un peón —me dice Nis—. Yo crecí en el campo y no me asombro de nada. Pero La Fidelidad era una cosa que no había visto nunca. ¿Qué hacía don Roseo con ese bosque? Andaba en overol y alpargatas. No tenía amigos. Ni siquiera hablaba con fluidez el castellano.
—¿Lo trataste?
—¡Claro! Terminó como habitué de la fiscalía. Los criollos le robaban el ganado y le ponían sus marcas de propiedad. Cuando el ganado se volvía para el campo de Roseo, los tipos pedían órdenes de allanamiento para recuperarlos y ahí teníamos que ir nosotros. ¡Los vecinos se hacían ricos y él vivía como un mendigo!
—¿Cómo era La Fidelidad?
Caballos corriendo por todos lados, con las crines al viento. Había toros libres que se morían de un paro cardíaco cuando los trataban de arriar. Era un mar de quebrachos y algarrobos. Don Roseo ya estaba marcado. Esas tierras estaban destinadas a otra persona… Me interesa saber qué dice Menocchio ahora.
—Me habló de una mafia que quería quedarse con los campos. Mencionó al exgobernador de Chaco, Jorge Capitanich.
—Pfff… eso no tiene sentido. Se las hubiese quedado de otra forma, qué necesidad de matarlo. Mirá, nunca jamás alguien del Gobierno me llamó ni me presionó durante mi investigación.
—También me dijo que detrás de Claudio Gómez estaban las personas que mandaron a matar a Roseo.
—Querido…
La fiscal baja la voz y me toma una mano.
—¿Ya escuchaste el nombre de Herme "Vino Caliente" Juárez? ¿Pensaste en la idea del narcotráfico? ¿En las conexiones con los puertos? Atrás de esto hay algo mucho más grande.
CAPÍTULO 3: LA FIDELIDAD
Próximo domingo 27 de septiembre
