Ensayo

Arte, ciencia y periodismo: el meteorito y el archivo


El museo es noticia

En un contexto de políticas públicas que amenazan la continuidad institucional, el Museo Marc de Rosario es noticia. Porque produjo una exposición que vincula el periodismo con los archivos, porque su patrimonio teje una ideología híbrida entre arte, historia y ciencia, y porque es testimonio del rol de los trabajadores culturales estatales, que consiguen multiplicar panes y peces a fuerza de contorsiones.

Imágenes cortesía equipo Museo Marc (fotos: Paulina Scheitlin)

¿Cómo se muestra el día a día de un diario impreso en el siglo XX hoy, que la era digital hace irreconocible las viejas formas en que se armaban las noticias? ¿Qué hace que el material de archivo de un museo de historia se vuelva materia de exposición? 

331 cajas y 1352 sobres. Archivos de Redacción del Diario La Tribuna ofrece pistas para pensar en el dilema que la era digital le presenta a la cultura de imprenta. Expone el vínculo feliz entre algunas de las preguntas que vienen formulando las instituciones archivísticas y las respuestas provisorias que ofrecen el pensamiento y el arte contemporáneo en torno al archivo. 

En una mañana lluviosa, el desahucio nacional se substancia en el travertino gris que cubre las paredes exteriores del Museo Histórico Provincial Julio Marc. Emplazado entre el laguito de los botes a pedal y la cancha de Newell’s, el edificio materializa la lección de masa, plano y línea que su constructor, el infatigable Angel Guido, repitió en interminables conferencias, diseños arquitectónicos y planes reguladores durante la primera mitad del siglo XX. Nos citamos para ver y conversar sobre la exposición del archivo de redacción del diario La Tribuna que forma parte del fondo documental del museo. Por el ingreso norte, entre las doce columnas cuadrangulares del propileo, caminamos a los saltos sobre la inmensa action painting con la que cientos de palomas se empeñan en recibir a las visitas. Pablo Montini, historiador del arte y actual director del museo, nos retiene en la puerta mientras enciende las luces de la sala. Y desata el milagro reparador de un fiat lux: nos detenemos ante la escena escarlata de El Inti Raimi-Koricancha, la guache de Léonie Matthis iluminada en el hall de entrada. El exotismo incaico del cuadro provoca comentarios: las aventuras de una pintora francesa en Argentina, los deseos cosmopolitas de un pasado legendario a inicios del siglo XX, los nombres de intelectuales de provincia que viajaban por América en busca de fábulas narrativas para una ciudad sin acta de fundación.

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El Marc nació en 1937 como “museo científico” para albergar colecciones de ciencias naturales, etnografía e historia. Dos años después, redefinió su objeto como “museo de historia” bajo la dirección de Julio Marc en estrecha colaboración con Guido en su carácter de coleccionista tanto como de investigador en el campo de la teoría estética. De ahí que una particular relación entre arte e historia haya sido la nota distintiva de su acervo, en particular, las pinturas y objetos coloniales. La hibridez entre arte e historia encuentra su continuidad en la conversación entre las colecciones permanentes con las prácticas artísticas contemporáneas que alienta la actual gestión del museo. Activando el pasado con alto voltaje crítico, las intervenciones de artistas resignifican las cristalizadas narrativas de lo nacional desde los dilemas del siglo XXI. 

La esponja inteligente que Magdalena Testoni dedicó a Juan Manuel de Rosas, transformando un muñeco de goma espuma en una graciosa escultura con brazos flexibles, invita a bailar con el líder de la Santa Federación para hacerlo absorber lo que ocurre en el tiempo actual. En la misma sintonía, la Placa Nº 2 de Mariana Telleria, grabada en bronce con patinado florentino, arroja una lacónica e irónica advertencia sobre la construcción de los relatos históricos: “Este lugar nunca podrá reparar todas las omisiones que sistemáticamente ha cometido a lo largo de su historia”.

Pero el colmo del museo lo constituye El mataco, un enorme meteorito que encontró el puestero de una de las estancias del médico y filántropo Bartoloné Vasallo en el Chaco Austral y que fue incorporado a las colecciones como donación en 1937. Durante mucho tiempo la presencia material de un cuerpo caído del cielo hace 4.000 años estuvo en el limbo de las rarezas que desbordan el trazado histórico del museo hasta que de la mano del dúo Faivovich-Goldberg, El mataco termina por ocupar un lugar que no deja de sorprendernos: “En el siglo XXI, con la humanidad convertida en un poderoso agente geológico que compite con las fuerzas naturales y es capaz de producir un cambio climático catastrófico, la distancia entre tiempo cosmológico e historia humana profunda acabó por diluirse ya que todos, humanos y no-humanos, nos vemos igualmente empequeñecidos ante la escala del desastre. El encuentro con esta presencia arcaica, suspendida en la negrura espesa de la sala, engendra una corazonada extraña: si ya hubo un mundo sin nosotros, bien puede haber otro”. De ahí que el meteorito ahora pueda pasar a ser el centro en relatos de transdisciplinariedad como los que promueven los feminismos especulativos a lo Haraway o el perspectivismo amerindio de Viveiros de Castro. Pero fundamentalmente, el meteorito en el museo de historia viene a conectar con el actual colapso de la antigua distinción humanista entre la historia natural y la historia humana recuperando, tal vez, la vieja idea de “museo científico” en la época del fin de la gran división entre naturaleza y cultura. Los viejos saberes se han alterado y, ante la crisis, queda pensar alternativas que requieren de una imaginación planetaria, geológica, biológica y más que humana. 

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No sería novedad encontrarnos con la noticia del hallazgo de un meteorito en las páginas de un diario. Pero el encuentro de un meteorito y un archivo en un museo de historia es un acontecimiento inclasificable. Lo impensado es la ocasión para despertar nuestros adormecidos sentidos porque ya no se trata de percibirnos bajo un cielo amenazante sino también de deslizarnos sobre él. 

El encuentro entre el tiempo cósmico del meteorito y el tiempo del calendario, como el archivado en los sobres del diario La Tribuna, configura una heterocronía próxima a la idea borgeana según la cual no hay clasificación del mundo que no sea arbitraria y conjetural. 

Entre un objeto venido de afuera de la Tierra y los papeles amarillentos con los que nos asalta el pasado se abre la posibilidad de experimentar un mundo que no se extiende a través del tiempo sino que se entreteje como una red de puntos ciegos. 

¿Cómo se exhibe el día a día de un diario impreso en el siglo XX después de la conmoción geo-tecnológica de la era digital que hace irreconocible las viejas formas en que se armaban las noticias? ¿Qué ha ocurrido para que el material de archivo de un museo de historia se vuelva materia de exposición? 

331 cajas y 1352 sobres. Archivos de Redacción del Diario La Tribuna es un archivo al cuadrado. Expone el vínculo feliz entre algunas de las preguntas que vienen formulando las instituciones archivísticas y las respuestas provisorias que ofrecen el pensamiento y el arte contemporáneo en torno al archivo. Ante la pregunta que sostiene la muestra, “¿cómo llegamos a la Argentina y a la Rosario de hoy?”, la disposición de los documentos articula un conjunto de cajas, papeles, imágenes y signos que se presentan como un modelo para armar. El montaje contrapuntea entre el tiempo sucesivo -que como el de todo diario impreso siempre es un tiempo crónico- y el tiempo constelado que dibujan los materiales de cada uno de los sobres temáticos desplegados en las paredes de la sala.

Mediante cierto “erotismo institucional", el diseño expositivo busca una mirada apetecible sobre la riqueza de un archivo casi olvidado. Se opta por un sistema que hace gala ingeniosa de los recursos disponibles. La potencia del patrimonio esquiva con picardía los lugares comunes de la parafernalia museológica para afirmarse en una apertura de contenidos. La exposición deviene exhibición de sus atributos desnudos sobre las paredes de la sala.

En el centro, una hilera de estanterías, austera y eficaz, presenta las cajas vacías que contenían el archivo de redacción de La Tribuna. “Me parecía que era importante incluir ese dispositivo de manera que diera cuenta del volumen que ocupaba la información” dice Lucía Seisas, responsable de la museografía del Marc. Este artefacto silente, con cajas destinadas al descarte por no reunir ninguno de los requisitos básicos de conservación preventiva, tiene el efecto de recordarnos la corporalidad de un archivo físico. Visibiliza de manera irrebatible que aquello que llamamos livianamente cultura se cifra en fragmentos palpables de materia. Estas cajas opacas de cartón ejercen una suerte de memoria activa sobre la tarea de museos, archivos y bibliotecas: el ejercicio cotidiano y delicado de enfrentar el paso del tiempo, las goteras y las inclemencias presupuestarias. “Hicimos el traspaso a materiales estables respetando lo que había en cada sobre, acomodamos para que no hubiera papeles que tuvieran dobleces, los pasamos a bolsas de polipropileno, pusimos papelitos con lápiz en el interior con lo que tenía anotado cada sobre. Ese trabajo lo hicimos armando grupos con todos los empleados del museo porque teníamos poco tiempo. Nos turnábamos para que siempre hubiera alguien de conservación, alguien de producción. Entre todos nos íbamos dando cuenta si había algo que podía servir o si encontrábamos alguna anomalía”.

Con voluntad férrea y experimentada en la supervivencia institucional con escasos recursos, Seisas aclara que, terminada la exposición, la estantería —construida por Marcos Picin y Héctor Ochat, trabajadores de técnica y montaje del museo— se re-utilizará como equipamiento para las oficinas. Esta renovación del equipamiento laboral es posible gracias a los fondos recibidos por un premio, de única edición, promovido por el ya extinto Ministerio de Cultura de la Nación.

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A contrapelo de la gran tradición moderna que fundó museos y emplazó monumentos con el fin pedagógico de testimoniar sobre acontecimientos trascendentales, la exposición del archivo de redacción de La Tribuna diluye notablemente ese propósito. La diferencia se hace palpable cuando la noticia memorable convive sin tensión con el dato insignificante. Los ganadores del Prode junto a los soldados en la guerra de Camboya; el precio del pan dulce en la Navidad de 1959 y el viaje del Che Guevara a Madrid; la chica ganadora del concurso Toddy y Eva Perón en el barrio Acindar en 1950. El mal de archivo aquí tal vez resida en la desjerarquización de los hechos memorables, es decir, archivables, que son el objeto privilegiado de los museos de historia. “Fue el Google de los periodistas. Era una necesidad de trabajo. Comunismo, disidentes soviéticos, cohetería, todo eso tiene que ver con la agenda periodística del momento” explica Andrés Conti, trabajador del museo y ex periodista.

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Toda archivación, todo registro del pasado, implica contradicciones, aporías y movimientos de promesa y de porvenir. Antes que garantía o certificación del pasado, dice Jacques Derrida, el archivo pone en cuestión aquello que vendrá. Retorna, ahora, la pregunta que parece dar sentido a la exhibición del archivo de la redacción de La Tribuna: “¿Cómo llegamos a la Argentina y a la Rosario de hoy?”. Menos que solicitar una respuesta, la pregunta rebota sobre los materiales para poner en escena lo ausente, lo faltante, el agujero sensible, su condición espectral. ¿Qué exhibe, entonces, la exposición de los archivos de redacción del diario La Tribuna? Un corpus, un cuerpo material que ingresa al museo por orden judicial de un diario con historia. Fundado en 1928 como órgano oficial del Partido Demócrata Progresista con fondos que provenían de aportes personales de Lisandro de la Torre y Enzo Bordabehere entre otros partidarios, Tribuna y, después de 1950, La Tribuna fue un vespertino popular que apareció bajo un lema que bien podríamos leer como promesa y responsabilidad para el porvenir: “Los que saben dónde se dirigen y van marchando por el camino recto no lo recorren solos durante mucho tiempo”. Lo que queda es el resto de las promesas incumplidas, las ruinas de un proyecto materializado en imágenes y palabras que se despliega ante nuestros ojos. Una marcha tan sinuosa y accidentada como la vida política del país. Con el golpe militar de 1930, se inició el largo ciclo de clausuras y reaperturas del diario. La “década infame” fue el trance trágico que va del asesinato de Bordabehere en el senado de la nación al suicidio de Lisandro, su maestro y guía, agobiado y en completa soledad.

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En 1950 es adquirido por sus trabajadores, o quebrado por sus empleadores. El lema de la tapa del vespertino se transforma: “El 50 por ciento de las utilidades de este diario van a sus trabajadores”. A partir de ese momento el diario cubre los avatares locales en un tono familiar y cercano con sus lectores. Los trabajadores de esta semi cooperativa dejan de ser figuras anónimas y se filtran en la construcción de las noticias. Cuando en 1962 falleció Blas Persia, uno de sus reporteros gráficos, el vespertino le dedicó un destacado en la tapa. Sus trabajadores son el motor que testimonia la vida cotidiana: el diario de la tarde, los partidos de fútbol, las carreras de caballos.  “Al mismo tiempo no era eso sólo, tenía información, tuvo un suplemento cultural, tuvo un suplemento infantil, Vanzo era el ilustrador —completa Conti—. Los diarios eran en esa época así: parte de la iniciativa de las personas que laburaban ahí. Y por eso tenían otro rol dentro de la sociedad, que hoy está mucho más desdibujado.”

Desde la hall de ingreso, doblando hacia la izquierda y atravesando las salas de historia patria, llegamos a la exposición temporaria. Una prolija cronología y algunos materiales documentales describen la incorporación del archivo del diario a las colecciones del museo. La información nos prepara para ingresar a la zona principal de 331 cajas y 1352 sobres. Archivos de redacción del diario La Tribuna: una sala cuadrangular, de techos altos y pisos revestidos de mosaicos graníticos, donde impera una extraña acústica. Sobre las paredes, protegidos por bolsitas de nylon adheridas con cinta de papel negra, recortes amarillentos de artículos, cables de agencias, fotografías en blanco y negro: fragmentos de la cocina periodística del siglo XX. Los materiales están organizados en grupos que corresponden a la lógica clasificatoria de la redacción de La Tribuna. Trazados a pulso, con grafito, sobre las paredes, se consignan los epígrafes ampliatorios de cada documento expuesto.

En un ejercicio que por momentos recuerda a la experiencia de La Tribuna entre la décadas del 1950 y 1970, el equipo del Marc despliega un proyecto de gestión que por su caudal creativo puede equipararse tanto a las prácticas contemporáneas que suele alojar. La inventiva presupuestaria que maximiza los recursos saca jugo de meteoritos y utiliza materiales de descarte como dispositivos expositivos es habitual entre trabajadores de museos. Ante un andamiaje social que parece haber olvidado la complejidad —y la necesidad— de las políticas públicas, muchos espacios culturales han devenido en organizaciones de carácter casi autogestivo. “Esta muestra se generó ante la necesidad. Nos dijimos «hay que hacer algo»: no hay plata, no hay recursos, somos los que estamos, terminó saliendo ésto. Ahora lo ves terminado y queda como algo super pensado, super estratégicamente hecho, y en realidad fue surgiendo, terminó con esa forma en función de las necesidades y de los recursos que sí teníamos” convienen Conti y Liza Zitarosa, responsable de las tareas de conservación.

Edificios sin el mantenimiento adecuado, plantas de personal que cuentan con más bajas jubilatorias que ingresos y una demanda creciente por resultados medidos con los índices de visitantes o seguidores. Sobre ese escenario, los organismos culturales han naturalizado esquemas cada vez más austeros de acción. La noción de industria queda asociada a la de cultura como estrategia de autoafirmación para la supervivencia. 

Como contracara, los trabajadores de los proyectos culturales públicos estatales, privados e independientes consiguen multiplicar panes y peces a fuerza de contorsiones. En el caso del Marc, el plantel del personal —desde los restauradores a los productores, de los montajistas a los comunicadores— se organiza en turnos con el fin de sostener una franja horaria de apertura del museo al público. La mentada frase “ramal que para, ramal que cierra” proyecta su sombra sobre la disyuntiva diaria. 

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El archivo “no se cierra jamás, dice Derrida, se abre a la espera del porvenir”. En 1977, en el marco del terrorismo de estado, el diario fue comprado por un grupo empresario vinculado al proyecto político del Almirante Massera que lo gerenció hasta la final declaración de su quiebra el 20 de enero de 1983, a días del inicio de un ciclo de cuarenta años de institucionalidad democrática, hoy severamente amenazada.