Ensayo

Entrevista a Íñigo Errejón


La libertad desesperada

Muchos años antes de convertirse en el eje central de la campaña de Javier Milei, la idea de “la gente contra la casta” fue una de las propuestas principales de Podemos. ¿En qué se diferenciaba el concepto de la izquierda española del que utiliza ahora la extrema derecha argentina? “Nosotros denunciamos que era una minoría privilegiada. Nunca fuimos tan cínicos como para excluir a los millonarios o creer que un representante político es más poderoso que el dueño de un banco”, explica el diputado español Íñigo Errejón. Iván Schuliaquer conversó con él en el podcast Batalla Cultural sobre las disputas por la hegemonía, el crecimiento de las derechas y del futuro de los progresismos.

Ya podés escuchar la última temporada de Batalla cultural, nuestro podcast sobre política.

¿Estamos en un momento donde los proyectos políticos tienen la posibilidad de volverse hegemónicos o estamos en un momento donde estamos un poco condenados a un empate entre proyectos que no logran imponerse políticamente del todo?

Seguimos en momentos en los que se puede construir hegemonía, en la medida en que es consustancial a la política. Ahora bien, no parece que estemos en un momento en el que todavía haya ningún proyecto con capacidad de establecer claramente unas certidumbres, un perímetro del espacio político y un cierto horizonte de hacia dónde van a ir las cosas. Eso no significa que las cosas vayan a ser siempre así. Eso no significa que este momento de alta volatilidad de la correlación de fuerzas entre sectores políticos y sociales se vaya a mantener para siempre. Pero sí significa que estamos en un momento que todavía no permite augurar cómo serán las cosas hacia adelante. ¿Por qué? Fundamentalmente porque lo que dimos en llamar neoliberalismo, que fue un proyecto muy doloroso para las mayorías y muy destructivo para el medio ambiente, pero que ha sido capaz de dotarse de una cierta estabilidad inestable para las últimas décadas, hoy está muy herido. Tiene muchísimas dificultades para responder a los principales retos de nuestro momento. Ha tenido muchas dificultades para responder al covid. Aunque luego lo ha criticado, en los momentos más duros de la pandemia se calló y pidió un cierto retorno del Estado. Tiene muchas dificultades para encontrar soluciones al presente y tiene muchas dificultades para augurar un futuro prometedor. Este es un punto muy importante. El neoliberalismo de los años 90 era más optimista, prometía un mundo mejor y conseguía hacer soñar a muchos que la globalización, la caída de las regulaciones, la disminución del poder del equilibrio de los Estados, iba a traer cierta prosperidad compartida. El neoliberalismo actual es pesimista: ya no muestra una cara sonriente, prometedora y seductora, sino que prácticamente parece hacerse cargo de manera nihilista de que el futuro va a ser oscuro y complicado para la mayoría, y su faz autoritaria emerge en la medida en que ya no promete prosperidad a todos, pero sí puede dividir a las sociedades y prometerle a un trozo sustancial de las sociedades que puede tener prosperidad a costa del resto, a costa del prójimo, a costa del planeta o a costa de otros más débiles.

Ese neoliberalismo ya no es triunfante, no goza de prestigio intelectual ni tiene grandes cosas para ofrecer en términos económicos. Sin embargo, opera sobre una subjetividad que ya sí es meramente nominal. Más allá de las importantes transformaciones que el neoliberalismo operó en nuestros Estados y en nuestras economías, ha operado importantes transformaciones en nuestra subjetividad, en nuestras sociedades, de acuerdo con las cuales los individuos han aprendido a entenderse sólo como valiosos en la medida en que se puedan valorizar en el mercado y sólo como merecedoras de atención aquellas actividades que son inmediatamente rentables. Y eso, más una profunda fragmentación de la sociedad producida por los valores individualistas, pero también por la desigualdad, deja un terreno social poco propicio para los experimentos democráticos y progresistas. Esa es seguramente la paradoja del momento. Una cierta bancarrota intelectual del neoliberalismo combinada con una subjetividad social poco dada a los experimentos progresistas o democráticos y mucho más acostumbrada en su vida cotidiana, en su día a día, a comportamientos exclusivamente individualistas, de sálvese quien pueda o de intentar salvarse pisando al otro. Es verdad que ya todos sabemos que con esa receta no nos salvamos. Y lo hemos comprobado en diferentes ocasiones. Es como si varias décadas de construcción de un habitus neoliberal, de toda una antropología neoliberal, hubieran fabricado una subjetividad nueva contra la que cuesta mucho combatir culturalmente. Impregna en lo fundamental nuestra forma de pensar al otro, de relacionarnos con los demás, de desear, de soñar, de tener ansiedad. Por lo tanto, toda esta pelea antropológica es una pelea que va a llevar un tiempo más largo y por eso vamos a pasar un tiempo más en una especie de ínterin, en una situación de incertidumbre entre qué proyecto se impondrá. El neoliberalismo no puede ofrecer futuro, pero de momento puede condicionar cualquier solución y puede bloquear los proyectos progresistas. Todavía está en una fase más bien de conservar y no perder las cosas adquiridas y tienen más dificultad de proyectar una imaginación de una vida mejor para la inmensa mayoría.

Ese neoliberalismo que nombrabas recién, ¿es un neoliberalismo democrático o es un neoliberalismo autoritario? Y en ese sentido, ¿cómo pensás el tipo de convivencia con esas fuerzas?

Un politólogo mainstream diría que es un neoliberalismo democrático en la medida en que por el momento no ha dado muestras en ningún lugar de querer saltarse las reglas de la competición democrático liberal en las urnas. Eso parece que se va a mantener. Ahora bien, es un neoliberalismo que opera en un giro oligarquizante y autoritario. Por tanto, de concentración de poder en nuestras sociedades, al menos en tres niveles.

En primer lugar, en el nivel del sistema político y mediático. En ese te diría que es quizás en donde las fuerzas pueden estar más equilibradas, pero es un tablero que está crecientemente inclinado en favor de las minorías oligárquicas y de las propuestas de los reaccionarios. No en virtud de su representatividad popular, sino de su capacidad de influencia, de su dinero, de las inercias institucionales, de su capacidad de relaciones sociales con sectores privilegiados. Con todo, este es un terreno en el que las fuerzas transformadoras podemos dar la pelea. Es una pelea casi siempre caracterizada por el corto plazo y por la inmediatez que libramos de las urnas, de las campañas electorales, de los parlamentos, de los platós de televisión. Esa pelea todavía es una pelea. Se juega desequilibrada, pero todavía a menudo podemos dar sorpresas y conquistar las parcelas de poder sometidas a la soberanía popular, que son cada vez menos.

Hay un segundo nivel de batalla, que es el terreno del Estado y sus aparatos. Ese terreno no es sólo de los ámbitos políticos de representación que se ven todos los días, sino que es el terreno del conjunto de aparatos que compone al Estado y que se sustraen al control de la soberanía popular. Aparatos a los que se accede por estudios o por conexiones familiares. Aparatos que desarrollan un espíritu de cuerpo, valga la redundancia, muy corporativo y que a veces incluso se arrogan la misión histórica de tener que salvar a los países de la propia voluntad democrática que expresan sus ciudadanos. En ese terreno hay que reconocer, en general, la mayor preparación de las fuerzas conservadoras y el descuido histórico de las fuerzas progresistas que han ido entregando cada vez más segmentos y parcelas del Estado a quienes quieren trabajar para que las cosas no cambien.

Y en último lugar, pero no menos importante, sino quizá el más importante: un terreno de la sociedad civil cada vez más marcado por la libertad irrestricta del capital y de los propietarios, que es igual a la existencia llena de incertidumbre, de miedo y de precariedad de la gente trabajadora. Esto ha producido una vida cotidiana que ha normalizado en todas partes los valores del adversario. ¿Eso en qué se traduce? En que para cuando comienza una elección, el adversario ya va ganando. No va ganando por una terrible conspiración, va ganando porque nosotros tenemos que hacer algo así

como ponerle deberes a la población de cómo podrían ser las cosas: “Compórtate de una manera diferente, porque las cosas podrían ser de una manera diferente. En las urnas, compórtate de acuerdo con unos valores más hermosos, pero que cada vez están más ausentes de la práctica social: la solidaridad, el altruismo, el amor por el otro, la generosidad”. Mientras que nuestro adversario solo le tiene que decir al votante: “Vota como vives. Compórtate delante de la urna como te comportas en la autopista con el coche, como te comportas en una app de citas, desplazando a la gente que no te interesa, como te relacionas en el trabajo en el que en lugar de sindicarte, has aprendido que la mejor manera de ascender es estando siempre de acuerdo con lo que dicen los jefes”. Esta vida, este terreno social, normaliza sus valores al mismo tiempo que va haciendo cada vez más extraños a la vida cotidiana los nuestros.

¿Cuál es el resumen de esta situación? Que cuando el centroizquierda gobierna, lo hace con un trocito pequeño del poder. Se comporta casi como un inquilino en un Estado que no acaba nunca de ser suyo. Casi pidiendo perdón para que le dejen ocuparlo temporalmente. Mientras que las fuerzas reaccionarias cuando gobiernan, gobiernan como el amo de la estancia que por fin la ha recuperado entera tras unos pequeños años de usurpación ilegítima. Esto significa que a menudo las fuerzas progresistas no pueden cumplir sus promesas, mientras que las fuerzas reaccionarias las cumplen de manera brutal, inmediata y avasalladora. Y esto genera desencanto y descreimiento en los segmentos del pueblo que están más dispuestos a creer en ideas emancipadoras, ideas de transformación. Por eso la pregunta de si el neoliberalismo hoy es un liberalismo autoritario o democrático te diría que es un neoliberalismo que no renuncia a que el poder político todavía dependa de la competición electoral. Pero al mismo tiempo va inclinando cada vez más la balanza de poder cultural, ideológico, social y económico en favor de los propietarios de la libertad irrestricta de los propietarios contra el derecho a vivir tranquilos de los trabajadores, de la inmensa mayoría social. Eso significa que no puede haber ningún proyecto emancipador que crea que basta con ganar elecciones, ni siquiera con repetir victorias electorales, porque uno podría estar ganando elecciones sobre un territorio social e institucional que se va desplazando cada vez más hacia la oligarquización y hacia la derecha. Uno podría estar teniendo algo así como victorias defensivas, o podría ganar perdiendo. Va ganando sobre un terreno que le obliga a cada vez más a desplazarse hacia las posiciones del adversario, hasta el punto tal que para ganar uno se parece tanto al adversario que ya es difícil saber si gana uno o gana el contrario.

Es importante, por tanto, que cualquier gobierno de signo nacional-popular, de signo democrático, progresista, se haga siempre una pregunta muy difícil, pero que es la pregunta definitiva: cuando yo no esté, ¿la balanza de poder social, económico, cultural e intelectual entre las mayorías sociales y las minorías oligárquicas estará más equilibrada que cuando yo llegué? Ese es sin duda el termómetro definitivo que marca cuándo un proyecto es emancipador o cuándo es un proyecto que pasa por el Estado de puntillas, intentando no molestar. Y spoiler: sale mal. La radicalización de las derechas y de las oligarquías hacen que traten de manera igualmente furibunda a quienes intentan ser inquilinos en el Estado que a quienes intentan equilibrar la balanza institucional del sistema político estatal y de poder social y económico de la situación.

En este momento en Argentina se está usando la crítica a la casta como una crítica a los políticos, que en la Argentina tiene otra característica que es que se plantea contra los políticos de los últimos 40 años, justo cuando se cumplen 40 años de la democracia. La idea de “la gente contra la casta” era central en la propuesta de Podemos, que es un poco de donde venís. ¿Cómo pensás este uso de la casta y qué diferencias le encontrás con el uso que hacían ustedes de ese concepto?

El uso de la casta como frontera que divide y reordena el campo político, y que en un cierto sentido subvierte la diferencia entre izquierda y derecha, o las diferencias entre los partidos tradicionales y lo sustituye por una diferencia, si quieres entre arriba y abajo marca un discurso de tipo populista. Pero esto no nos dice nada sobre el contenido ideológico del discurso, sino sobre la forma de articular y ordenar las posiciones políticas en una sociedad. ¿Cuál es la diferencia fundamental entre el uso que le da la ultraderecha neoliberal en Argentina a la casta como frontera y el uso que nosotros le dimos? Es que nosotros recogimos una gran movilización y una gran voluntad destituyente de aquello que se dio en llamar el movimiento de Los Indignados en España. Esa voluntad destituyente podía haber recibido orientaciones ideológicas de distinto signo, claramente. Y sin embargo, gracias a la presencia de activistas, gracias a la organización de movimientos sociales, gracias a la intervención de intelectuales y gracias también a la canalización político-electoral que ofrecimos, recibió una orientación ideológica de signo democrático, popular. Pero podía haber recibido otras orientaciones, una orientación tecnocrática, una orientación más reaccionaria.

¿Cuál es la diferencia entre nuestro concepto y el concepto de casta que utiliza la extrema derecha en Argentina? Nosotros fundamentalmente denunciamos que, por encima de lo que las mayorías votaran, había una minoría privilegiada que se salía siempre con la suya. Nosotros nunca fuimos ni tan inocentes ni tan cínicos como para excluir de esa minoría privilegiada a los millonarios. Nunca se nos ocurrió que un representante político era más poderoso que el dueño de un banco. Esa frontera, arriba y abajo, construía un pueblo con voluntad de refundación democrática de su país por oposición a unas élites oligárquicas que nos habían llevado a una situación social y económicamente muy dura. Nunca se nos ocurrió tener la desvergüenza de extraer de los sectores dominantes a los más ricos, a los que ordenan. En el caso de Argentina creo que no es inocencia, sino el cinismo de interpretar que un diputado en un país manda más que el propietario de un diario o de un canal de televisión, o que un senador tiene más poder que el propietario de un fondo de inversión o de una entidad bancaria.

Nosotros lo que siempre denunciamos es que había habido una progresiva captura de los representantes políticos y de las instituciones por los más ricos, que así conseguían que las leyes se hicieran siempre a su servicio y, por tanto, siempre en contra de los intereses del pueblo español y de la mayoría española trabajadora, que cada vez lo pasaba peor a pesar de esforzarse cada vez más. El uso por parte de la ultraderecha en Argentina de la casta tiene un uso completamente contrario. Mientras que el nuestro aspiraba a expandir la democracia y a recuperarla de lo que entendíamos era un secuestro oligárquico, el suyo pretende restringirla aún más porque lo que pretende es denigrar la dedicación a la política. Y aquí siempre hay dos preguntas. Una, ¿si los representantes públicos no cobran por dedicarse a la política, quiénes se van a dedicar a la política? Los de siempre, los hijos de los millonarios. Que los representantes públicos cobren por desempeñar cargos públicos, cobren por ser diputados, por ser senadores, es una garantía. Claro que hay que ajustar lo que cobran y sus condiciones de vida a sus representados para que no se divorcien de aquellos que les votan y de aquellos para los que trabajan. Eso es fundamental. Pero que los representantes públicos cobren es la garantía de que a la res pública se puede dedicar cualquiera, venga de la familia que venga, y no que se dedican siempre única y exclusivamente los que se lo pueden permitir como un lujo, porque vienen de cuna privilegiada, porque vienen de familias millonarias. Y claro, la segunda pregunta siempre es si las decisiones no las toman los políticos, es muy posible que en este caso estos que se hacen llamar libertarios pero son de extrema derecha, nos digan que la tienen que tomar técnicos. ¿Y esos técnicos quienes los eligen? ¿Y esos técnicos en qué escuelas han sido educados? No vaya a ser que al final nos demos cuenta al final del cuento que sus técnicos vienen de la misma familia, se han educado en las mismas escuelas, han vivido en los mismos countries y representan los mismos intereses de minorías. Porque, al final, a ver si lo que se va a estar denunciando es el ejercicio de la política para que las decisiones las acaben tomando unos cuantos que ni siquiera se someten a las urnas. Ojo con los que quieren empequeñecer las urnas, no para sustituirlo por más participación popular y más democracia, sino para sustituirlo por más decisiones de cuño oligárquico, de las que se toman en una cena entre sectores sociales muy endogámicos que viven muy lejos del país real.

Otro de los conceptos muy asociados a estas extremas derechas es el concepto de la libertad. ¿Cómo entendés el tema de la libertad y por qué crees que estos sectores logran apropiarse de la enunciación pública de ese concepto?

Bueno, esta es, sin duda, quizás una de las batallas determinantes de nuestro momento. Porque hay claramente dos ideas de libertad en pugna. Y es una pugna que hay que dar hasta el final contra los sectores reaccionarios. Defienden una idea de libertad en la cual intentan llevar al máximo una fantasía del capital que ha sido constitutiva, que es la fantasía de que todo se puede trascender. Esa idea hoy claramente está en riesgo. En primer lugar porque la expansión exponencial del capital ha encontrado un límite biofísico que no es capaz de superar, que son los límites físicos del planeta. Frente a las ideologías tecnosolucionistas, que en realidad creen que vendrá un invento tecnológico nuevo que nos salvará y nos permitirá seguir consumiendo y viviendo al mismo ritmo depredador por encima de los límites del planeta, hay que recordar que ni siquiera las energías renovables más avanzadas pueden prescindir de materiales finitos en la tierra, ni prescindir de procesos de fabricación que también contaminan. Eso significa que frente a la creencia permanente del capital de que siempre podemos escalar, hay que ir a retomar la idea de que a veces podemos reparar, podemos cuidar, o podemos ralentizar el ritmo de cómo hacemos las cosas.

Pero esta fantasía capitalista de que se puede trascender cualquier límite del planeta es la que está en el origen de una concepción de la libertad nihilista. Una concepción de la libertad desesperada que no aspira a hacerse cargo de los resultados de sus acciones en el futuro, sino que aspira a remover cualquier límite en el presente para que aquel que tenga dinero en el bolsillo tenga la capacidad de hacer todo aquello que su dinero le permita comprar. Es una libertad desesperada, porque es una libertad que no sabe muy bien decirnos a ciencia cierta qué pasará después. De hecho, ni siquiera ya aspira a hacerse cargo del escenario que dejará. Tal es así que los grandes millonarios en todo el mundo empiezan a fantasear con utopías escapistas. Construir un bunker en Nueva Zelanda, investigar si hay vida en otros planetas, mudarse al Metaverso e intentar que haya maneras de convertir su ADN exclusivamente en datos. Es una fantasía muy capitalista para poder sobrevivir a la propia decadencia de su cuerpo. Estas tecno-utopías, por el momento todas fallidas, demuestran que hay en marcha un proyecto de secesión de los millonarios. Es decir, los millonarios han emprendido un proyecto por el cual no aspiran a hacerse cargo de nuestras sociedades ni de nuestro planeta y ni siquiera aspiran a convertir nuestras sociedades y nuestra tierra en un lugar más habitable y más feliz. En ese sentido, es muy importante notar que han dejado de hacer de clases rectoras, de ser clases dirigentes. Son más bien clases a la fuga. Y eso también significa que pierden una parte de la legitimidad para conducir nuestras actividades. Ya no aspiran a vivir entre nosotros como los que viven más arriba. Aspiran a huir lo más lejos posible de las condiciones sociales y ecológicas que su riqueza depredadora produce. Por eso se mudan a barrios cada vez más lejanos y cada vez más cerrados. Llevan a sus hijos a escuelas o a clubes cada vez más cerrados y endogámicos, para que solo conozcan a gente como ellos y fantasean con comprarse inmensos terrenos naturales de los que escapar de un hipotético colapso medioambiental donde se emancipen de las necesidades, de los sufrimientos o de los sentires de sus sociedades y de sus países reales. Es una oligarquía que ha renunciado a cualquier responsabilidad histórica derivada de su riqueza. Y a fugarte tan lejos como tus dólares te lo permitan le llaman libertad. La libertad irrestricta del propietario ha sido históricamente la esclavitud de los trabajadores y de los no propietarios. Frente a la libertad irrestricta sin límites del propietario, la libertad de las mayorías, la libertad republicana, ha sido el derecho a ponerle límite al poder de las minorías enriquecidas para dotarnos de un marco de convivencia que nos permita vivir libres de miedo, que nos permita vivir disfrutando un poco más de nuestro tiempo, que nos permita que la belleza y que la felicidad no sean un lujo para unos pocos, sino que estén al alcance de la mayoría. Frente a esa libertad irrestricta del propietario que está en pánico y que solo quiere huir, hay que defender la libertad como el derecho de los pueblos a dotarse de sus propios límites. La libertad en la relación con los otros no es hacer exclusivamente lo que uno quiera, es tener la capacidad de dotarse de límites que te permitan estar bien con los otros. La libertad de relacionarnos en una sociedad en la que sin saber en qué familia vamos a nacer, sabemos que vamos a tener garantías de una vida digna, de una vida tranquila, de una vida con derecho a la belleza.

Me parece que esa batalla por la libertad está a la orden del día ideológica. Y tengo que decir que, por desgracia, no le prestamos la atención suficiente. Parece como si en algún momento hubiéramos entregado que la libertad es para ellos y la igualdad para nosotros. Y, peor todavía, que para ellos es la libertad y para nosotros la igualdad, ya no como igualdad sustantiva, sino como igualdad de oportunidades y como derecho a intentarlo. Y luego, ya como acabe cada uno, ya nos desentendemos. Bueno, nosotros somos los que defendemos lo contrario desde hace algunos siglos: que la libertad, la igualdad y la fraternidad van juntas y que la democracia no puede sobrellevar los niveles de desigualdad actuales. Y que para ser libres tenemos que ser igualmente libres y que frente a la idea de que las libertades compiten y que, por tanto, sólo eres libre si puedes pisar al de al lado nosotros creemos que solo eres libre en conjunción con el de al lado.

Lo que nos liberó de la pandemia no fue el derecho a huir. Lo que nos liberó de la pandemia fue la cooperación, en este caso en forma de actividad estatal. La planificación que permitía que yo estuviera tranquilo del miedo a contagiarme, aunque no conociera a los otros. La libertad de vivir sin miedo al virus porque el otro se ha vacunado. No a pesar del otro, sino gracias al otro. Es una libertad republicana y la misma vamos a ver, por ejemplo, para la transición ecológica. No hay donde fugarse. En España hay una progresiva desertificación, que va a hacer la vida mucho más difícil para las mayorías. Contra las consecuencias materiales concretas, directas, del cambio climático, que además golpean siempre más a los sectores populares, nadie se salva huyendo ni con la libertad desesperanzada del propietario, sino con la libertad popular y republicana de una sociedad, que sabe dotarse de límites y que sabe relacionarse de otra forma con el prójimo y con la tierra.

Ahí nombrabas la salida de la pandemia, la importancia que tuvo esa salida colectiva. Y también nombrabas el problema del calentamiento global. Siempre recuerdo una frase de Ulrich Beck, que decía que él era optimista respecto de que el calentamiento global se va a resolver de alguna forma porque la humanidad se daría cuenta de que o colaborábamos todos o nos moríamos todos y que, entonces, íbamos a colaborar. Eso va contra la idea de tu trabajo más teórico sobre la idea de que siempre los temas se construyen políticamente. Por ejemplo, ante cosas que nos parecían evidentes, como la pandemia, ante cosas que nos parecen evidentes como el calentamiento global a partir de la acción humana, hoy tenemos movimientos políticos que lo niegan y a los que además les puede ir bien. ¿Cómo pensás esa disputa política para construir esos problemas políticos que son urgentes?

Tengo que empezar por decir que lamentablemente no comparto el optimismo de la frase que citabas de Ulrich Beck. No lo comparto por razones teóricas y no lo comparto por razones empíricas. Pienso la política con categorías gramscianas, luego desarrolladas sobre todo por Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, y, por lo tanto, soy de los que piensan que ningún fenómeno social tiene aparejado un significado político necesariamente. No es que haya falseamiento, es que ningún fenómeno social por sí mismo produce un sentido político. Eso depende de una lucha discursiva. Y por lucha discursiva entiendo una lucha por atribuirle sentido a las cosas que nos pasan. Nombrar responsables, nombrar un nosotros y nombrar posibilidades de solución. ¿Qué significa eso? Bueno, que la experiencia de la crisis climática y la experiencia del empeoramiento acelerado de las condiciones de vida no tiene por qué derivar necesariamente en una creencia de la necesidad de colaboración. Puede derivar perfectamente en la experiencia del neoliberalismo autoritario que ya no promete que todos nos podamos salvar, pero te promete que tú y los tuyos podéis formar parte del selecto equipo de ganadores que sí que se pueden salvar. Ojo, a costa de importantes áreas del planeta y de importantes áreas de la humanidad. Para que la humanidad y para que nuestras sociedades confíen en que de esta solo se puede salir colaborando, gobernando nuestro futuro en lugar de limitarnos a sufrirlo, es preciso que se den ciertos elementos. En primer lugar, los desposeídos, la gente normal, necesitan una visión propia y autónoma del mundo. Sólo con la visión de los dominantes es imposible encontrar soluciones a aquello que nos pasa. La gente de abajo necesita visiones propias. No solo teorías propias: necesitan arte propio, literatura propia, ocio propio, modelos estético-culturales y morales propios. Hay todo un rearme cultural, intelectual y moral que se tiene que producir desde los sectores democráticos. Y cuando digo los sectores democráticos, no digo por su adherencia a eso que llamamos izquierda, sino a aquellos que trabajamos y que militamos por construir poder para la gente de abajo. Y para construir poder para las mayorías hace falta todo un rearme intelectual, moral, cultural e ideológico. En segundo lugar, hace falta confianza en las fuerzas propias y eso solo se adquiere consiguiendo victorias y explicándoselas a todo el mundo. En cada una de las luchas parciales en las que intervengamos, cada reivindicación o cada disputa política tienen que servir para conquistas, que siempre son mejoras en las condiciones de vida, en las libertades, en los derechos de las mayorías. Pero tienen que servir también para educar, para explicarnos que efectivamente la organización produce fuerza y que la reunión de los de abajo produce una fuerza paradójica: la fuerza de los débiles, la fuerza de aquellos que por separado son muy débiles y se pasan la vida con miedo e incertidumbre, sometidos al capricho de los grandes propietarios, pero que cuando se juntan son fuertes y pueden más.

Y en tercer lugar, hay que recuperar y producir instituciones que estén a la altura. Necesitamos volver a levantar una combinación de guerra de posiciones en el Estado. Es decir, una conquista paulatina tanto de los espacios que están sometidos a la democracia electoral como de aquellos a los que no se accede por votación. Se tiene que dar una conquista democrática, masiva y paulatina de los aparatos del Estado para transformarlos, democratizarlos y ponerlos al servicio del bienestar de la mayoría y no de la acumulación de una minoría. Y al mismo tiempo, hay que hacerlo construyendo poder popular. Es decir, la combinación de guerra de posiciones en el Estado y poder popular entendido como el poder autónomo de la gente de abajo para poder regir su vida, defenderse de las agresiones, construir vidas más felices y modelos más acordes con aquello que necesitan. Esta combinación es fundamental y para mí aquí hay una cuestión que es central: necesitamos producir ejemplos que encarnen aquellos valores que queremos defender. Y esos ejemplos van a ser tanto más valiosos a veces cuanto más pequeños y más cotidianos sean.

La vacuna fue un ejemplo de planificación democrática y de socialismo. Nos salvamos porque nos salvamos todos. Y nos salvamos porque el orden en el que nos vacunamos no lo decidía el mercado, sino una autoridad que velaba por lo común y por el interés general. En el campo del ecologismo político hay un inmenso recorrido posible de prácticas que, al mismo tiempo que combaten la crisis climática, reconstruyen comunidad. Si una escuela se dota de su propia energía con placas fotovoltaicas y esa energía le permite ser autosuficiente, no pagar la electricidad, pero también inyectarle a la red general un poco más de electricidad, lo cual le permite darle algo de dinero que se gestiona en común, es un dinero en el que la comunidad puede decidir colectivamente qué quieren hacer con él y que puede ser invertido en mejoras en la escuela, en el barrio y en la comunidad. Estoy poniendo voluntariamente ejemplos muy pequeños que permiten imaginar cómo la transición ecológica no es solo que los grandes oligopolios hagan las cosas de manera renovable. La transición ecológica es también democratizar la energía, democratizar la economía y devolver el derecho de planificar nuestro futuro en lugar de solo sufrir las consecuencias que las fuerzas fuera de control de los más poderosos le infligen a nuestras vidas y a nuestro planeta.

Iñigo, para cerrar siempre le pedimos a nuestros entrevistados que nos traigan una frase que les sirva para pensar la política. ¿Cuál es tu frase y por qué?

En esta ocasión no traigo una frase de grandes pensadores clásicos, sino que traigo una que formaba parte de la cultura popular de la televisión española de los años 80, que me parece definitoria de esto que hemos estado discutiendo. Había un programa en España en los 80 de entretenimiento para niños, muy inteligente, que se llamaba La bola de cristal. Y ese programa tenía siempre un lema, una frase que decía “Solo no puedes, con amigos sí”, o “Sola no puedes, con amigos sí”. Me parece que resume perfectamente nuestra diferente concepción de la libertad y por qué militamos en el bando en el que militamos. Porque estamos convencidos de que solos no se puede, pero que con amigos sí.