La campaña electoral de la pandemia


Mucho tikTok, poca calle

Se dijo en todos lados: esta campaña fue chata, mediocre, mala. Los candidatos protagonizaron spots irrisorios, se metieron en Twitch y TikTok, fueron a la tele, caminaron la calle e hicieron actos. El espacio mediático-virtual fue reducido, sarcástico, banal, torpe, apático. El espacio público fue despojado de su rasgo más constitutivo: la felicidad pública. Pero no todo es lo mismo. La discusión del modelo de país se jugó en el factor tiempo: el futuro.

El futuro 

En un mensaje publicado en Infobae el domingo 5 de septiembre, una semana antes de las elecciones, el presidente Alberto Fernández hizo una cronología: “Desde el 10 de diciembre de 2019 solo vivimos 99 días en un clima de normalidad sin tener en riesgo nuestras vidas. El día 100 de normalidad está llegando y a partir de entonces solo seremos nosotros los únicos artífices de nuestro destino”. En la temporalidad que instaura Fernández la pandemia fue un paréntesis entre dos normalidades: la primera, trunca, es la de un gobierno que no llegó a establecerse porque solo duró 99 días; la nueva normalidad está por llegar. El día 100, habitualmente asociado a la luna de miel de los gobiernos entrantes, todavía es una promesa. Alberto no deja, sin embargo, de reconocer que eso que está llegando es opaco, incierto: “Sé que para algunos el concepto de futuro está en crisis. (…) Ya es hora de renovar la esperanza. Con la reactivación, las oportunidades de educarse, trabajar y progresar van a florecer. Es necesaria toda su energía porque están llamados a ser protagonistas centrales en este tiempo”. 

El futuro, el tiempo, la renovación de la esperanza fueron la columna vertebral de la campaña del Frente de Todos. Inevitablemente, la experiencia pandémica atravesó los discursos políticos: la crisis, las pérdidas, la incertidumbre, la vivencia colectiva del tiempo detenido, suspendido, de un puro presente sin pasado ni futuro. Muchos autores dan cuenta del “presentismo” propio de esta época histórica. Si el neoliberalismo nos sume en un tiempo fungible, efímero, sin perspectiva, la pandemia acentuó la experiencia de una temporalidad que se achica. 

De modo que el clivaje fue, más que ningún otro, la distinción entre un presente pandémico, un pasado pre-pandémico y un imaginado futuro post-pandémico. Incluso la agenda estrictamente política y económica se subsumió a la lógica pandémica. Cristina Fernández, por ejemplo, hizo un paralelismo entre “los estragos de las dos pandemias: la del macrismo y la del coronavirus”. En esta cronología, más abarcativa que la de Fernández, macrismo y pandemia se figuran como un gran bloque que resignifica el pasado reciente: la crisis empezó en 2015. El hecho de que los jóvenes hayan sido los principales protagonistas de la campaña (por representar el 30 por ciento del padrón electoral, por ser votantes escépticos, por ser los más perjudicados por la pandemia) explica pero no agota las razones de esta centralidad de la temporalidad. 

Para los más jóvenes, el bloque temporal macrismo-pandemia es inmediato, reconocible: lo que se desfondó en 2020 había empezado a desgranase en 2015. Para los más grandes, este corte temporal permite recuperar algo de memoria de los años prósperos del kirchnerismo. Así, los slogans y hashtags del Frente de Todos se ordenaron en torno a la idea de “volver”, “reactivar” y “recuperar”: #LaVidaQueQueremos; #LaArgentinaQueQueremos; #VolverACreer; #VacunarYReactivar. Kicillof lo puso en estos términos: “Estamos viviendo un tiempo distinto y tenemos que decidir qué camino vamos a elegir. Con trabajo, producción, educación, salud y un Estado presente vamos a construir #LaArgentinaQueQueremos”. En el plenario del Frente de Todos del 18 de agosto, Cristina dijo: “Volveremos, después de esta pandemia, a construir entre todos esa Argentina que nos merecemos. Porque la vida que queremos, compatriotas, solamente puede tener lugar en una Argentina que vuelva a decidir su destino, su presente y su futuro”.

El tiempo de la verdad

Al lado del tiempo largo está el tiempo corto: se suele decir que en Argentina los escándalos duran dos días. El escándalo de Olivos, efectivamente, duró dos días. Ya casi no se habla de las fotos. Sin embargo, quedó una estela: la verdad de la política en estado crudo, la verdad del nosotros/ellos. Parecería que, con el develamiento de las fotos, también se reveló lo político mismo.

La oposición estableció su frontera: el hashtag de Juntos fue #BASTA, en mayúsculas. “#BASTA de un gobierno que mira para otro lado. #Queremos aprender, trabajar, vivir en paz. #YoVoto por un equipo que va a dar las peleas para que vivamos mejor. Este domingo, hagámoslo JUNTOS”, tuiteó Santilli, explicitando su agenda: escuelas abiertas y delincuentes presos. “Hay un fin de época para el kirchnerismo y ellos lo saben. Faltan 5 días para que en las urnas empecemos a decirle #BASTA a las políticas que nos quieren imponer y solo nos destruyen la vida”, dijo Vidal.

Despejados los matices y los trucos de la política, queda una verdad: no todo es lo mismo. Así lo explicitó Leandro Santoro en un spot que, con honestidad brutal, habla del artificio de los spots: “La campaña ya está terminando y seguro te cansaste de ver un cielo, unas manos trabajando y un sol que se esconde atrás de un edificio”. El bucle irónico del meta-spot, su distancia satírica frente a la proliferación banal de la publicidad política consiste en decir: sí, los spots podrán ser parecidos, pero no somos todos lo mismo. Así lo dijo Alberto Fernández en su balance: “Enfrentamos dos modelos de país claramente contrapuestos que miran los problemas del pueblo de modo diferente. (…) No todo es lo mismo. No es lo mismo generar con total desaprensión una crisis económica y social como la que creó el gobierno anterior, que trabajar y esforzarse por proteger en todo lo posible a la Argentina ante una crisis global determinada por una pandemia”.

El tiempo de la felicidad pública

Se dijo en todos lados: esta campaña fue chata, mediocre, mala. Los spots, irrisorios, plagados de errores y tropiezos, muchas veces al borde del pastiche kitsch. Las intervenciones públicas de los candidatos introdujeron temas de impacto mediático pero con poca o nula sustancia política: como dijo López Murphy, “se habló de sexo, porro y astrología”. Los candidatos hicieron Twitch, TikToks, fueron a la tele, caminaron la calle e hicieron actos.  

Como dijo Iván Schuliaquer, la campaña fue pobre: “Varios factores juegan, pero uno central es, por la pandemia, la ausencia de la calle como espacio de disputa de políticas y de agendas y la fortalecida sobrerrepresentación de élites, medios, redes y encuestas para hablar en nombre de la sociedad”. En la pandemia algo del espacio público se achicó: perdimos las plazas, las marchas, la movilización colectiva. En contraposición, podrá decirse que se expandió lo que los expertos denominan el “nuevo espacio público”, el de las redes y los medios. El espacio mediático-virtual resultó ser un espacio reducido, sarcástico, banal, torpe, apático. Y, sobre todo, la campaña transcurrió en un espacio público despojado de su rasgo más constitutivo: la felicidad pública. Tal vez algo de esa felicidad pública se vivió, al margen de la campaña, en la experiencia colectiva de recibir las vacunas: ¿quién no sintió emoción y agradecimiento cuando pasó por los puestos de vacunación para ser inmunizado? Máximo Kirchner lo dijo de una manera elocuente: “Vamos a volver a ser felices, va a volver el trabajo, va a volver la escuela. Nuestros chicos y chicas en esta primavera y en este verano, volverán a alumbrar todas las calles”.