Ensayo

Ajuste, precariedad y vidas populares


Olvídalos y volverán por más

El Covid-19 hizo ebullición en todas las variables sociales y económicas de las vidas populares. Lejos del microclima tuitero y las cuestiones de agenda, el gobierno enfrenta un problema perceptivo y político: un proyecto que se ‘autopercibe’ peronista tiene que hablarles con el corazón y responderles con la billetera. No atraer a esas mayorías, no dirigirse a ellas y enfriar sus demandas, es regalarlas a las fauces de una derecha hambrienta y pilla para jugar a nivel afectivo. Un texto del colectivo Juguetes Perdidos.

Publicado el 25 de marzo de 2021

Se repiten, en los últimos meses, cada vez más con mayor frecuencia esas coyunturas preocupantes que hay que tratar de conjurar, las que desencuentran a una sociedad que está en otra y a una agenda política que está en cualquiera. Una sociedad, apretemos zoom y seamos más específicos, unas ‘mayorías populares’ cansadas, sobre-endeudadas y con cada vez menos pulmoncitos libidinales por donde respirar. Una sociedad materialmente en otra: en la lucha cotidiana por mantenerse a flote y más o menos alejados de los fondos más inquietantes de la precariedad.

La vida mula demostró durante el gobierno de Cambiemos que incluso ajustada, con ‘tarifazos’, consumo en declive y desocupación en aumento, puede funcionar con la misma o incluso mayor productividad tomando ánimos, afectos y dictando el pulso vital. Una sociedad materialmente en esas luchas y luchitas para arribar a fin de día y una agenda política (acá incluimos los tópicos que organizan la conversación pública de la que participan celebridades de distintos palos: funcionarios y funcionarias, elites intelectuales y militantes, periodistas) que parece cumplir de manera absoluta el mandato de distanciamiento social para con los afectos populares.

Que una sociedad esté en otra implica que el tiempo de atención para lo público (lo no privatizado: el circuito fuera del hogar anexado a la vida cotidiana; viajar en bondi o en tren, ir y venir al barrio, llevar a los pibes a la escuela, recorrer la peatonal comercial) y lo mediático es escaso. Y en ese caldo espeso la única posibilidad de que pasen, que se inoculen enunciados políticos bajo la piel del cuerpo social estresado es que sean bien concretos y que se conecten con esas condiciones materiales en las que se vive: tienen que dar en el centro neurálgico de esas mayorías.

Este desfasaje expone un problema perceptivo y político: una agenda que se ‘autopercibe’ peronista tiene que hablarles a las vidas populares con el corazón y responderles con la billetera. La inflación, la inseguridad, la espesura y picantez de lo social, los quilombos laborales, el malestar anímico: los efectos económicos y sociales del Covid (y no necesariamente el virus Covid-19) y los efectos anteriores –aún no desactivados– de la pesada herencia de Cambiemos no soportan más un ranking de preocupaciones, un trendig topic tecleado desde la comodidad del balcón y su visión de drone.

 

Sacrificio y precariedad

Solo desde Villa Twitter se le puede exigir sacrificio a una sociedad ajustada y hacerlo como si apelara a una acción excepcional: si hay algo que esas multitudes populares exhaustas conocen es la relación entre sacrificio y precariedad. Se trata de cuidar los pulmones (fisiológicos y también libidinales) de la población y también los órganos-bolsillos. Permitir o contribuir a que se instale el tópico vacunas (para rechazarlas o farandulearlas en las redes sociales) como único organizador de la conversación pública es un error. Más aún cuando, sumergidos en ese micro-clima de clones, se piensa que quienes no están tomados por el chucho al virus (lo dijimos y lo reiteramos: gran parte de las mayorías populares vivieron alejadísimas de la ‘cuarentena de clase media’ que pareció mostrarse como la Realidad de la sociedad argentina bajo la pandemia) es por falta de interés o de sacrificio. Lo que expone ese razonamiento chiquito es el desconocimiento de las pequeñas y grandes luchas que implica vivir en la precariedad. No se percibe tampoco, y por la misma razón, que hay una gimnasia subjetiva que tonifica a las vidas en esa precariedad y que va inoculando anticuerpos (no siempre buenos, no siempre ideales) para habitarla y cuando se puede enfrentarla.

Hay entonces una lucha por la vida que es anterior a la lucha contra el virus. La posibilidad del contagio de Covid es por eso un vector más de la sociedad precaria: un vector más que no implica relativismo o indiferencia voluntaria hacia la propia salud o la de los otros; un vector que, como si fuese una fea sal efervescente, hizo ebullición en todas las demás variables sociales y económicas implosionadas (trabajos, vida cotidiana, interiores familiares, intranquilidad anímica, inseguridad urbana, violencia social). Un vector más es entonces un ‘terror más’: el viral que se suma al terror anímico, al terror financiero (con el sobre-endeudamiento que aumenta y clausura futuros), al terror económico de una inflación que te la baja y te llena de malas vibras cada que vez que salís de una carnicería o de un Chino. Este terror, este micro-terror que se mete en la intimidad familiar y en el alma laburante, que altera el ánimo en cada tarde o cada mañana de compras, es profundo y tiene una memoria popular no tan lejana para quienes vivimos de nuestro salario.

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Si con las primeras semanas de ASPO se declaraba que el virus venía a exponer de manera obscena “la informalidad y la pobreza de la sociedad argentina” –y bien o mal parecía que la gran burbuja se pinchaba y el ‘círculo blanco’ se agujereaba– unos meses después ese nuevo amanecer quedó en el olvido y volvió a hablarse desde y para las tres o cuatro comunas de la Ciudad de Buenos Aires, a sus runners y a sus sensibilidades (haciéndole, de paso, el juego y la publicidad a la agenda de Horacio Rodríguez Larreta).

Cuarentena sí o cuarentena no (y con los diversos modos de cuidarse o descuidarse) lo cierto es que los efectos del mal bicho se sienten y afectan en diferentes umbrales más acá y más allá del biológico. Sobre todo, en una sociedad en la que el ajuste no es homogéneo e igual en todos sus ángulos y lados: aunque cueste percibirlo existen diferentes niveles de contagio, de sufrimiento social, de ajuste: las vidas que quedan cerquita de donde el nudo aprieta mal son las que primero sienten sus efectos y primero se ‘detonan’, detonando también sus entramados comunitarios.

Salario anímico y salario compañero

‘La gorra (coronada)’ que ocupó el Palacio durante cuatro años sacó plata del bolsillo, deterioró el poder de consumo, pero empoderó el devenir verdugo y el poder de ejercer un mando y una jerarquía con el que se pueda. Fue lo que llamamos el salario anímico, con el que el macrismo gobernó una franja importante de las vidas populares. Se paró el consumo y se habilitó un revanchismo muy intenso: “prefiero laburar el doble y ganar la mitad antes de que vuelva la yegua”; “sí, yo tengo menos laburo, pero esos planeros de mierda no se la pasan todo el día de joda”. Salario anímico y nuevos odios sociales, los odios de la precariedad. Lidiar con la pesada herencia del macrismo es pensar cómo operó ese salario anímico y cómo operó –y sigue operando hoy– hoy esa máquina de gorra en barrios ajustados, apestados e implosionados, en donde muchas vidas populares están casi quemadas del cansancio y el estrés extremo de la sociedad embichada.

El salario es poder social: es órgano y también piel que cubre y protege cuando la cosa se pone fea. Es poder adquisitivo, es alivio para la deuda que agobia, es posibilidad de alegría personal, familiar y pública (el celular o las zapatillas, el televisor o la heladera, las vacaciones, las giras opulentas de fin de semana, la tarde en el shopping). Y sería un error el reemplazo (siempre involuntario, puro reflejo de gestión estatal y que se traduce en diferentes niveles de gobierno. Acá no hay maldad…) del salario anímico por un ‘salario compañero o militante’ en vez de un salario laburante. Si el macrismo le daba de comer al corazón gorrudo (olvidándose del bolsillo), “los nuestros y las nuestras” –que manejan teclados y tecladitos de control político, que ocupan despachos en Estado y estaditos–  no pueden alimentar el corazón militante. 

Este desfasaje es peligroso y no solo por un eventual y lejano vuelto electoral, lo es ya y para pensar en profundidad las vidas populares: vimos, hace pocos días y en distintas trincheras, compañeras y compañeros que festejaban un ineficaz “control de precios militantes” en los supermercados. Al menos hasta ahora no existen bitcoins militantes o monedas simbólicas para garpar un kilo de milanesa, ni tampoco los aceptan en rapi-pagos o financieras.

La sensibilidad no-laburante puede llevar a cederle (más por omisión que por mala voluntad) el ‘gobierno’ de las vidas populares a la derecha. Así emerge un Bernismo que se intenta explicar como la emergencia de la necesidad de controlar barrios, ciudades, cuerpos que están regalados y expuestos. Lo cierto es que ese loteo sensible y afectivo antes que político (de nuevo: a las vidas populares se las ataja por derecha) también se mostró ineficaz (además de Facundo, además de Guernica) jugando de local: el conflicto con la bonaerense no se evitó, las calles están picantes y las esquirlas de violencia saltan por cualquier lado.

Este razonamiento descansa sobre un error perceptivo y cierta soberbia política: ‘podemos controlar los barrios’. El enunciado se escucha también en algunos referentes de movimientos sociales, pero no en los cuadros medios, no los y las que están 24/7 en los territorios, o no cuando se apaga un micrófono o una camarita; en vez de hablar de control de los barrios habría que intentar comprender sus movimientos más turbios. Porque el Bernismo tiene varios peligros. No sólo hace más audible en tierras conurbanas el discurso de derecha que ‘el de derechos’ (con todas las dificultades y grises que hay acá para abrir), sino que también empuja a un Realismo único y un poco mentiroso (en vez de una “disputa de realismos” siempre inacabada, por torcida que esté la cancha), o a un progresismo blanco, porteño y alejado de los dramas sociales, o a un humo de derecha (con efectos dramáticos también). 

Decíamos hace varios años, allá por el 2014, que en los nuevos barrios no se cuelgan pasacalles de bienvenida para nadie: ni para docentes, ni para funcionaries, ni para militantes. Pero que sean siempre incontrolables no implica pensarlos bajo la estética de una catástrofe bélica. Berni es un error porque expone esa derrota perceptiva y política: pensar a las mayorías populares fatalmente de derechas. Escuchar en cualquier reclamo, murmullo o pataleo popular un territorio bernista y no signos y expresiones de la precariedad (el ejemplo más claro de esto es como se discute la inseguridad). Pensar a las monadas selladas de dientes apretados y ganas de fierro en la cintura, y entonces asumir que “la única vía” de acceso a lo popular es por ese lado y no que se trata de una disputa siempre abierta. 

Grave problema para una gobernabilidad peronista. Hay violencias cotidianas que son complejas de pensar: inseguridad, verdugueo de todo tipo, violencias difusas del vecinalismo, tomas de tierras, reclamos comunitarios que se picantean, vueltos entre pibes. Salvando las diferencias y las densidades de cada caso, son todas secuencias propias de la sociedad precaria (que portan esa carga de la precariedad a la argentina que sigue sin pensarse). Esas secuencias no pueden regalarse a ese tipo de derechización porque ahí es cuando el problema perceptivo deviene político.

 

Ficciones de derecha

Hay una frase, una especie de regla implícita de los juegos de barrio o de la Política: el que se enoja pierde. La idea sería que, si te burlan o te toca ser el descansando coyuntural, tenés que bancártela poniendo cara de entrevista laboral y esperar sin patalear el momento justo para aplicar al que te aplicó. Un jueguito inofensivo que se traduce también como axioma del realismo político más áspero. Pero si es cierto que en el juego Político el que se calienta pierde, es una verdad aún más importante que si la sociedad se enfría perdemos casi todos. Ese es el verdadero juego que se le hace a la derecha: intentar frizar todos los quilombos sociales (barriales, laborales, populares). O más bien, y dado que ese objetivo es casi imposible, pretender congelar toda una serie de demandas libidinales, toda una banda de malestares que son más o menos audibles a nivel social. El problema, claro, es que cuando ‘se pudre todo’ (cuando se pudre la dimensión pública, mediática, ese nivel de gobernabilidad del todo) y querés calentar a la sociedad ya se hizo frappe y no te alcanza el tiempo para recuperar la temperatura que necesitás para hacer política en algún ‘abajo’.

Además, si dejás que se enfríe ese cuerpito que cada tanto se balancea por ‘el espacio público’, cuando quede congelado se va a deslizar solito a otros planos en los que no lo vas a volver a encontrar. Este objetivo de gobernar enfriando todos los vectores de la precariedad perfora como una aguja los diferentes niveles de gobierno: desde el nacional hasta los municipales. “No busquemos más quilombos de los que ya tenemos”, podría ser la consigna. El error es profundo y puede traer consecuencias: en esos quilombos, en esos garabatos sociales incomprensibles para cierto lenguaje político y estatal, late la vitalidad más importante y necesaria de un peronismo que solo puede expandirse cuidando y mejorando las condiciones ‘climáticas’ para que crezca lo silvestre. 

Hay un jueguito también, una ficción político-mediática que se retroalimenta –y que alimenta el régimen de obviedad– y a esta altura es tóxica: sobre-representar el lado visible del monstruo de derecha para justificar un posibilismo que te deja en la zona de confort. Ante cada malestar en el que hace falta profundizar una agenda popular sale un cacerolazo, un bocinazo, una protesta que muestra al monstruo con los colmillos afuera: “ves que no se puede hacer nada, la derecha es feroz, no hay que hacerle el juego criticando al gobierno”. El verdadero juego a la derecha es enfriar la sociedad. El juego a la derecha es no atraer, no hablarles, no mejorar a las vidas populares, a laburantes, a pibes-laburantes y en cambio regalarlos a las fauces de una derecha hambrienta y pilla para jugar a nivel afectivo. El peligro no está en el monstruo hecho obviedad y antagonista, el peligro habita en el desconocimiento de lo que hay en las profundidades y lejos del iceberg tuiteado e indignado. 

 

Investigar lo social

Hay que evitar que la atención pública y mediática se ‘mantenga’ con enunciados políticos que no trabajan jamás con lo social, ni tratan de investigar (más acá del loreo sobre la fractura social o sobre la informalidad) qué pasa en los niveles afectivos, anímicos, vinculares que componen lo social. O se impone un microclima que sustituye lo social por enunciados de tipo culturalistas, o se impone una politología que dialoga con murmullos y fantasmas de Palacio, o se impone un discurso militante que reemplaza lo social vivo, belicoso y perturbador por representaciones, imágenes, expectativas políticas que, en última instancia, importan poco si tocan o no zonas amplias de la vida social, o se impone sin más el discurso neoliberal puro y duro: el de un economicismo macro vaciado de carne y hueso. Se flashea a lo social como un bloque homogéneo cuyo contenido es material blando apto para pincharle anhelos y fórmulas políticas agradables y quedarse a mirar cómo reacciona ese cuerpo: a las partes que no muestran irritación se las celebra (“es por ahí”), las que tienen algún sarpullido de rechazo son las partes feas que hay que ignorar o abordar con simplismos.

En estas operaciones discursivas lo social siempre es subsidiario de La Política y sus expectativas, pero nunca campo de investigación y experimentación. Hay que demorarse en esos terrenos en los cuales los lenguajes políticos resbalan (y no pretender entender todo de golpe cuando a primera vista no se entiende un carajo, solo se ven las brumas de las cosas). Porque desde ahí hay que armar mapas que contemplen las economías libidinales y los umbrales anímicos y afectivos por los que se mandan las máquinas de derecha, y es ahí también en donde se suceden sin paz las batallas y batallitas de la precariedad.

Insistir con esa genealogía de la precariedad a la argentina implica hacer una sociología permanente de la implosión: de esos ‘estallidos asintomáticos’ y siempre aconteciendo hacia un adentro, de lo social apelmasado (rejuntado y no-comunitario) y picante: de lo social cada vez más opaco y turbio, y de una agenda política cada vez más blanca y transparente.

Esta investigación es urgente porque los años de macrismo demostraron también que ‘cuanto peor, peor’: empobrecimiento, sobre-endeudamiento, ajuste de guerra y heridos no percibidos; nada de esto trajo nuevos vientos de cambios políticos y comunitarios. Durante el macrismo, incluso al comienzo de la cuarentena y en los meses de apertura y cierre del calendario, se continúan buscando como únicos signos válidos de conflicto social aquellos que exponen explosiones inminentes, estallidos y protestas descontroladas y ruidosas, represión en la calle. Como no se perciben esos signos-militantes se cabila que todo continúa en niveles más o menos lejanos de la alarma roja, y mientras se esperan (para agitarlas o para conjurarlas, en este plano da igual) esas ‘manifestaciones’ se tapa con el viejo arbolito del estallido el bosque desconocido que muestra miles de implosiones flameando bastante incontrolables. Pasan por al lado y por la periferia de esa percepción secuencias sociales cada vez más violentas que quedan huérfanas y abandonadas para que las levante la derecha.

 

Una agenda pibe, laboral y conurbana: gestiones con consistencia popular

Una tarde cualquiera en un barrio del conurbano sur. La siesta y el sol –que pega sin filtro verde– dejan las calles peladas e intentan meter a cada edad en algún lugar: más veintilargo a trabajar, más de sesenta y menos de veinte adentro de la casa. En medio de ese orden etario y con la falta de sombra que parece congelar todo, la poca vida humana que queda moviéndose por ahí desafía sin querer mucho el mandato de guardarse (hay algo de anti-interioridad hormonal y hay también mayor temor a quedarse sin guita que a quedarse en cama por el virus). Son los pibes que están callejeando en cámara lenta y que alternan, van y vienen entre changas como vendedores ambulantes de ocasión: San Harina y San Lavandina que nos das un mango fue el canto del último año apestado, mientras ofrecían casa por casa, en las paradas de bondi y por los trenes productos de limpieza, pan, pizza, facturas y lo que venga.

Se siente que no hay dinero en la calle y que sobre todo no hay dinero para lubricar las sociabilidades más espesas e inquietas: las que no pueden esperar, las de los ánimos intranquilos de vampiros que siempre necesitan más. Todos y todas están mal, todos y todas bajaron un nivel, están bajando el nivel de vida (y, por ende, el nivel de intensidad y de potencia social) desde hace más de un lustro.

Los pibes y las pibas, a diferencia de muchas imágenes oficiales sobre el juvenilismo, también están cansados y desinflados. Pocos días de manija y agite y muchos bastante planos, en donde tratan de rascar algo de plata (vía algún potenciar trabajo o potenciar adolescente que no supera las diez lucas y que no organiza existencialmente nada más que alguna fuguita momentánea, vía ayuda familiar, vía laburo de ocasión, etc.) y rascar algo de ánimo (porque también son pibes-laburantes y esa subjetividad nunca se piensa).

Un porcentaje importante del voto-pibe del 2019 (algunos y algunas bastante desilusionados…) contó con los ecos de esa inoxidable promesa peronista: más dignidad y menos verdugueo laboral. Con el salario bajo la línea de flotación social, con la precarización laboral al mango y lejos de retroceder a nivel social y libidinal, ese verdugueo continúa más fuerte que nunca: esos jefecitos y jefecitas empoderados y engorrados que vimos gozar durante los primeros años del macrismo no se han retirado; ese verdugueo laboral no se pinchó, pero sí lo están haciendo las expectativas de esos pibes y pibas que necesitan un futurito mejor y que luchan cotidianamente para que el lado digno le gane al oscuro y se puedan alejar de la mala vida.

Una agenda pibe, una agenda laburante, una agenda conurbana entonces (en donde, recordemos una vez más, el Frente de Todos arrasó con una diferencia de un millón y medio de votos de diferencia con Cambiemos en las elecciones de 2019. Quienes votan solos y esperan…) es urgente. Una agenda motorizada por un peronismo silvestre que trate de empujar desde los bordes y aproximar a los centros a esas fuerzas plebeyas, amorales, barriales que tienen que ser el material con el que se gobierne en primer lugar: gobernar con el peronismo silvestre adentro. Peronismo silvestre que agencie y agende esas fuerzas huérfanas y disponibles para la derecha y sus máquinas. Desde esas alianzas también es posible continuar pensando qué efectos dejó en la sociedad la pesada herencia del macrismo y qué sociedad quedará –qué nuevas heridas– luego del interminable ciclo de peste y ajuste.

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