Entre el colapso del Silicon Valley Bank y la sequía local


Todo en todas partes al mismo tiempo

Con el colapso del Silicon Valley Bank el sistema financiero mundial entró en alerta. La Reserva Federal estadounidense tomó medidas extraordinarias para respaldar los depósitos, algo que no ocurría desde 2008. Mientras, los inversores siguen monitoreando la situación de cerca. Que nuestro país se encuentre al margen del cambio de humor en los mercados globales nos preserva, pero no del todo. ¿De qué manera esta nueva crisis puede afectar a la economía argentina en un año electoral?

Un noticiero suena a lo lejos. La voz del periodista, en castellano neutro, describe la situación. En el frenesí de la primicia, muchos medios reproducen lo primero que encuentran en las cadenas internacionales. La noticia son los bancos. El locutor cuenta que la Reserva Federal (FED) se reunió de urgencia y tomó medidas extraordinarias para contener una crisis bancaria “en el corazón del sistema financiero mundial”. 

En once días, cinco bancos estadounidenses quebraron o se vieron muy afectados en su operatoria habitual. Entre ellos, el Silicon Valley Bank (SVB) —uno de los 20 más grandes de ese país—, especializado en prestar dinero y operar inversiones en el influyente sector tecnológico de EE.UU. Se trata de la quiebra más importante desde la crisis financiera de 2008.

Frente a rumores de insolvencia, los inversores comenzaron a retirar sus depósitos. Y si bien el banco parecía estar dentro de estándares normales, no pudo resistir la corrida. Las autoridades económicas contienen la situación con dólares y también con palabras: Biden pidió tranquilidad, explicó que las medidas ya habían sido tomadas y que la crisis no iba a extenderse. En los noticieros, lxs expertxs retrucan: las dudas siguen ahí porque se trataba de activos seguros. Dicen que la estricta política monetaria de la Reserva Federal frente a la inflación mundial comprometió los balances del banco. Que siempre que sube la tasa de interés de la FED el precio de los activos financieros se deteriora (en especial los más riesgosos). Que esto va a empeorar las perspectivas de la economía mundial. Que Europa sigue tensa. Que la situación financiera cambió. Que la Reserva Federal va a desacelerar el ritmo de suba de tasas privilegiando la estabilidad financiera por sobre la inflación. Que se esperan más reuniones y más novedades.

¿Qué hacen los bancos donde nadie los llama?

Hago tiempo en la puerta de un bar. El periodista que habla en castellano neutro sigue con lo  del colapso del banco gringo. Pasa un tipo cerca, para la oreja, escucha la noticia y se queja, como hablándole al aire: “¡Qué me van a venir a contar a mí de bancos! Acá en 2001 nos sacaron todo”. Otro, también atento y con ganas de participar,responde: “Mi vecino vendió un auto, sin nada se quedó, sin nada. Nunca más la plata en un banco, son unos vivos, que Dios me libre”. El primero le da la razón: “Usted lo dijo, unos vivos, todo digitado tienen, nunca pierden”.

Ambos hombres tienen razón, los bancos son unos vivos. Pero su función en el sistema económico actual es, de alguna manera, necesaria. En su versión más elemental, se encargan de “intermediar liquidez”. Esto es, pedir y dar préstamos. Así obtienen su ganancia.

Por un lado, hay personas o empresas que tienen dinero que va a quedar inmovilizado durante un tiempo y están dispuestas a cederlo por un interés. Por el otro, hay quienes necesitan ese dinero para invertir o consumir y están dispuestos a pagar un interés por esa disponibilidad inmediata. La diferencia entre este movimiento se llama “spread de tasas” y es el grueso de la ganancia de una institución financiera. Ejercen una actividad comercial buscando explotar el “descalce de liquidez” entre diversos tipos de actores económicos.

Los bancos existen desde el inicio de la historia humana. En su formato comercial moderno tienen su origen en el capitalismo Europeo, con las primeras actividades mercantiles y la necesidad de financiamiento de los Estados. Obviamente, los recursos financieros que prestan no son propios sino de los depositantes. Sin embargo, el Estado tiene la capacidad de intervenir y orientar estos recursos como un instrumento más de la política económica. 

Los bancos ya están ahí, pero a veces fallan. Las instituciones bancarias tienen solo una porción pequeña de su activo líquido para responder las necesidades de los depositantes. Por eso, dependen de la confianza. El sistema financiero es vulnerable a las llamadas “crisis de profecía autocumplida”. Si todos los depositantes reclamaran sus fondos al mismo tiempo, no sería capaz de reintegrarlos de manera inmediata. Para hacerlo debería vender sus activos, muchos de ellos ilíquidos en el corto plazo y le generaría una pérdida que podría hacerlo quebrar.

Esta tensión es permanente. Sin embargo, las personas no van corriendo a buscar sus depósitos todos los días. Aun cuando haya problemas, existen mecanismos de garantías y compensaciones frente a problemas de mala administración y falta de liquidez. El Estado, además, busca evitar que el público se deje llevar por las oleadas de pesimismo que arrastran a todo el sistema monitoreando las prácticas financieras. En este sentido, vale la pena recordarle a quienes quieren quemar los Bancos Centrales, que sin Banco Central no habría regulación bancaria.

A veces, cuando todo esto no alcanza, los bancos quiebran. Esto le pasó al Silicon Valley Bank.

La actual crisis financiera de los EE.UU. es una crisis bancaria de manual. 

El tamaño del banco y el hecho de que las inversiones en cartera eran aparentemente seguras fue lo que desató el mayor temor. Tiempo atrás, ya se habían observado problemas con ciertas operatorias vinculadas al mundo de las criptomonedas, algo que terminó arrastrando a FTX, la segunda billetera virtual del mundo, y a Silvergate, el mayor banco cripto de EE.UU. En el caso de SVB, este funcionaba dentro los parámetros de una institución financiera tradicional: tenía gran parte de su volumen direccionado a bonos del gobierno de EE.UU. que, por definición, son el “activo financiero más seguro del mundo”. 

Sin embargo, el problema fue doble: por un lado, estas inversiones estaban excesivamente concentradas en papeles de largo plazo, y aun previendo el impacto de la suba de tasas, no tomaron ningún tipo de cobertura o seguro. Por el otro, un agujero legal le permitió no contabilizar el precio de los activos al valor real de mercado, diluyendo el peso real del problema.

Desatada la corrida, el viernes 10 de marzo las autoridades suspendieron la operatoria del banco y restringieron los retiros de depósitos. Tras un fin de semana agitado, el 13 de marzo la FED relajó la normativa vigente y evitó que el nerviosismo se transformara en pánico. El gobierno permitió que tanto los clientes asegurados como a los no asegurados tengan garantía de sus depósitos y habilitó una línea de financiamiento especial para que los bancos pudieran vender, de necesitarlo, sus títulos de deuda e hipotecas de largo plazo a un precio mayor que el del mercado.

El rol del regulador

El sistema bancario de EE.UU. es bastante distinto al que estamos acostumbrados en la Argentina. Se trata de un sector inmensamente más grande por su volumen de deuda, por los servicios financieros que otorga y por su complejidad. Además, está menos regulado.

Desde los 2000, la división entre banca comercial y banca de inversión se diluyó, permitiendo que las empresas recurrieran a bancos comerciales para soluciones financieras sofisticadas. Asimismo, el banco puede utilizar parte del dinero de los clientes en activos sin cobertura de la FED.

Tampoco hay que perder de vista el poder de las finanzas en la vida cotidiana de los países desarrollados. Tras la consolidación del régimen neoliberal de financiarización hacia finales de los años setenta, muchas de las trayectorias de vida gestionadas mediante el Estado —las jubilaciones, la educación, la salud, el acceso a la vivienda y el acceso a bienes durables— pasaron a depender de los mercados financieros. EE.UU. retiene un lugar privilegiado como centro financiero internacional mediante la hegemonía de activos y deudas denominadas en dólares. 

En un mundo cuya hegemonía comercial y financiera está en disputa por otras potencias en ascenso, lo que suceda con los mercados de capitales en los EE.UU. es central. Por ello, al interior de ese país se está dando lugar a un extendido debate sobre la forma en la que invierte la FED.

¿Las fuerzas de mercado deberían limpiar a las instituciones bancarias mal administradas y sus depositantes incluidos? Se sabe que el 97% de los depositantes del Silicon Valley Bank eran tan grandes que no estaban cubiertos por las regulaciones usuales de pequeños ahorristas. Algo similar sucedía con los bancos especializados en cripto como Silvergate y Signature Bank. Este grupo de depositantes sabía que estaban participando en operaciones riesgosas y que podían perder. ¿Debe evitarse que la crisis pase a mayores y termine afectando a toda la economía producto de la interrupción de la cadena de pagos, cueste lo que cueste? La respuesta está en los grises.

En primer lugar, el factor de escala es central. Existen los llamados “bancos sistémicos”, cuyos problemas no pueden ser ignorados por la política oficial y las reglas deben adaptarse. Y aunque no era un banco chico, el SVB no era tan grande como para no dejarlo caer. Sus operaciones están suspendidas y el dinero de los accionistas no será cubierto. En segundo lugar, se deben reforzar las herramientas usuales (liquidez flexible) y testear la fortaleza de los mecanismos de respaldo de manera permanente. Debieron preverse los agujeros legales que ocultaron contablemente las pérdidas. En tercer lugar, hay que prevenir el contagio a otras instituciones bancarias. En cuarto lugar, aparece una pregunta abierta respecto a la forma en la que se financian las inversiones de riesgo en el sector tecnológico.

El impacto en el sector tecnológico

Para los interesados en la tecnología, un capítulo especial de esta crisis se vincula especialmente con el mundo de las cripto y los desarrollos tecnológicos. Desde que la FED aceleró la suba de tasas, se observa un enfriamiento de las inversiones en este sector. Durante la pandemia, las empresas tecnológicas aprovecharon el período de bajas tasas de interés y emitieron una gran cantidad de deuda. Como es usual, mientras esperaban que los proyectos maduraran, estas las empresas mantenían sus fondos depositados en cuentas administradas por la institución. El banco dirigió gran parte de esta liquidez a activos cripto o títulos de larga madurez que terminaron desatando los problemas.

Desde noviembre pasado, se acumula la paralización de proyectos e importantes despidos en el sector. Meta (ex Facebook) despidió 11.000 empleados, el equivalente al 13% de su plantilla; Oracle (Google y otros) sumó 12.000 despidos, lo que corresponde al 6% de su plantilla; Microsoft, 11.000 personas, el 5%; y Amazon a 18.000, el 6% de su plantel.

Muchos analistas indican que la quiebra de tres de los cinco bancos parece estar vinculada a este proceso. Casi la mitad de todas las startups tecnológicas que conseguían fondeo para comenzar a operar en los Estados Unidos y mantenían depósitos en efectivo en el Silicon Valley Bank. 

Con semejante sacudón al corazón del fondeo de riesgo, la pregunta que queda flotando en el aire se vincula con la capacidad de recomponer el modelo de negocios para el sector tecnológico de innovación de frontera basado en los mercados financieros.

Las medidas parecen haber resultado y el nerviosismo inicial se ha calmado. Pero el salvataje a los bancos —como forma de salvataje de la institución bancaria y financiera en un sentido más amplio— es un punto de cuestionamiento. 

Todo en todas partes al mismo tiempo

¿De qué manera esta crisis afecta a nuestra economía? Los problemas financieros que comenzaron en 2018 con el estallido de la burbuja de las LEBACs, la llegada del FMI y la implementación de las regulaciones cambiarias para estabilizar la situación generaron una paradoja. Que nuestro país se encuentre al margen de los shocks financieros y el cambio de humor en los mercados globales nos preserva.

Pero no somos inmunes. 

Si la turbulencia llegara a transmitirse a la economía real, impactaría sobre el precio y el volumen de nuestras exportaciones. Esta amenaza, sin embargo, queda en segundo plano frente a otros tres problemas que, en simultáneo, nos afectan de manera negativa. Malas noticias adentro y afuera. Todo en todas partes al mismo tiempo, parece ser el lema del año 2023.

En primer lugar, lo que se esperaba que fuera un segundo año complicado en términos de falta de lluvias sobre la pampa húmeda, se complicó aún más: los últimos informes de las cámaras agropecuarias indican una campaña agrícola de sequía histórica, con los peores rindes en al menos 25 años, superando el registro de 2008/09. El correlato de esto será una fuerte caída en las exportaciones y la capacidad del Banco Central de acumular reservas. La caída en las exportaciones podría rondar los 18.000 millones de dólares y un efecto directo sobre el PIB con una caída del 2%.

En segundo lugar, los bajos niveles de reservas impiden financiar las importaciones necesarias con las cuales expandir el consumo y la actividad industrial. Habrá, posiblemente, una ralentización de importaciones que luego generará una ralentización de la actividad. Ello tenderá a repercutir sobre el nivel de empleo y los ingresos de la población.

En tercer lugar, durante los últimos meses, el piso de aumento de precios se ha mostrado más difícil de domar que las perspectivas oficiales. En febrero, el INDEC informó una inflación del 6,6% mensual y superó la barrera del 100% anual, registrando un aumento del 102,5% en relación a febrero 2022. Esto se debió, especialmente, a los aumentos en el rubro alimentos y bebidas, el impacto de tarifas y diversos productos estacionales. Las perspectivas para marzo son similares. 

En cuarto lugar, la cuestión distributiva y la incapacidad de garantizar el crecimiento del poder de compra de los ingresos antes de que se licúe en los aumentos de precios. La dinámica nominal tan acelerada obliga a revisar los aumentos salariales para no quedar atrás de la inflación. Esto produce una extraña combinación de decisión política y contexto macroeconómico que lo vuelve mucho más complejo para gestionar.

Las autoridades económicas buscaron anticiparse a algunos problemas, adaptar la hoja de ruta y recuperar la iniciativa. Una difícil tarea en esta coyuntura, marcada por el desafío de hacer sintonía fina de malas noticias por varios frentes.

Así se reabrió el diálogo con el FMI con el fin de adaptar las metas del acuerdo.Además, buscaron reorganizar las tenencias financieras del Sector Público Nacional, es decir, el poder ejecutivo, la seguridad social y otras dependencias. El fin es fiscal y externo: el gobierno busca tener mayor disponibilidad de bonos en dólares con los cuales intervenir en la cotización de los dólares paralelos y financiar el gasto público.Si bien se espera que en el 2024 se recuperen los rindes y las exportaciones e impacte el resultado de las inversiones en energía y minería, los problemas actuales de la economía local e internacional son terreno en disputa y golpean justo cuando la coalición de gobierno necesita acumular buenas noticias para encarar el año electoral. El resultado dependerá de la capacidad de gestionar este estrecho desfiladero coyuntural en un momento clave.