Para aprender la técnica del bordado Shipibo hay que conocer los secretos de la selva. Sebastián Hacher se internó en la amazonía peruana y probó el corazón de su cultura. “Estallo en un fractal de millones de partículas. Es un viento a la velocidad de la luz, lleno de colores. Una parte de mí quiere tener miedo. No va a quedar nada. Y luego: a eso vine, carajo. Desaparezco”, escribe después de tomar ayahuasca.



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Fue en la primera ceremonia, mientras los indios cantaban. Ustedes, decía en un idioma de la selva, nos quieren para que construyamos sus casas, para que hagamos el trabajo sucio. Y nuestros pueblos desaparecen: marchan al ritmo de la música de sus ancestros, un canto milenario que ahora te va a sonar triste, te va a partir al medio. Lo dijo claro, clarísimo. ¿Sentís nuestro dolor? Es una tristeza que desgarra las entrañas. Es nuestro mundo que se acaba. Ustedes lo rompen, lo destruyen. Y nosotros elegimos desaparecer, acelerar el paso hacia la nada a la que vamos todos. Lo hacemos cantando ¿Y sabés qué? Mientras marchamos hacia el destino los vamos a drogar a todos. Vas a quedar así, drogado para siempre. Nunca volverá la normalidad para vos.

 

Eso dijo la planta. Yo la escuché, y por eso vine. Mi intención era meter los dedos en el enchufe del continente, conocer de primera mano la cuna de esa medicina.

 

Y lo que pasa ahora es esto: estoy en la periferia de Pucallpa, la puerta de entrada a la Amazonía peruana. Espero a un chamán llamado Jaime en un hotel con vista al ruido de la calle, con cientos de motokars que pasan a toda velocidad tocando bocina, acelerando de más solo para aumentar la contaminación sonora. Hay cumbia, olor a pescado frito, a fruta fermentada. Jaime prometió que venía a las cinco. Vamos a recorrer la ciudad, dijo, y a medianoche nos subimos a una lancha hasta Iparía, bien río adentro. Allá va a ser la ceremonia.

 

Pero son las nueve y Jaime no aparece. Al principio pienso que Latinoamérica es bien impuntual y cuatro horas pueden ser parte del folclore. Pero Jaime no responde el teléfono, ni los WathsApps, ni los mensajes de Facebook. Yo viajé toda la noche y ahora debería, pero no puedo dormir. Cometí un error de principiante y sospecho que mi temor se está cumpliendo.

 

-Necesito plata para comprar los víveres- había dicho hoy por la mañana ni bien nos encontramos-. Allá, en la comunidad, no vamos a poder comprar nada.

 

Y lo dudé, pero tenía referencias de él. Nos conocimos en Buenos Aires y además vine recomendado por amigos en común. El plan es aprender el kené, el diseño Shipibo y luego aplicarlo al bordado. El paquete que me ofreció el chamán es all inclusive: ir la selva, estudiar arte y bordado, tomar planta una o dos veces, recorrer el río Ucayali. Una oferta inmejorable.

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La primera vez que tomé ayahuasca fue hace un año en Villa Crespo, plena ciudad de Buenos Aires. En ese momento no tenía idea de quienes eran los Shipibos. Yo era un periodista tiempo completo: trabajaba diez o doce horas por día, intentaba terminar mi casa en el campo y dos veces por semana iba a un taller de alfarería a meter las manos en el barro. De la planta sabía más bien poco: conocía los relatos de varias experiencias, pero no mucho más.

 

Lo primero que hice, como siempre, fue ver un video en Youtube. Era cortito y prometía explicar sus efectos en el cerebro. Decía que  la ayahuasca “hiperactiva la neocorteza, el área del cerebro que nos hace humanos: y la amígdala, que actúa como almacén de los recuerdos emocionales tempranos”. Y la “insula” (el subtitulo lo decía así, con comillas) que es la que -se cree- hace “un puente entre nuestros impulsos emocionales y nuestra capacidad de tomar decisiones”.

 

El documental explicaba que el cerebro crea patrones a partir de las experiencias tempranas. Que cada patrón es una especie de atajo para responder a situaciones similares. El ejemplo que usaba era el más típico: si una vez nos atacó un perro, guardamos información que asociará a ese perro con todos los perros. Y si los eventos se repiten, nuestro cerebro los va a coser con proteínas. Los patrones, decía el video, se vuelven como cicatrices. Como la ayahuasca afecta toda la zona donde almacenamos y procesamos la memoria emocional, nos ayuda a desenterrar  recuerdos, anular temporalmente esos viejos patrones para hacer nuevas conexiones. Los perros dejaran de darnos miedo, al menos por un rato: hay que aprovechar ese momento para saltar hacia adelante.

 

Vi ese documental una semana antes de la ceremonia. En los videos sugeridos para seguir viendo había una mujer con los ojos inyectados que narraba su experiencia y otro que decía “considera ver este video informativo antes de tomar ayahuasca”. Desistí de todo: tener más información era como guglear los síntomas de una enfermedad unos días antes de ir al médico.

 

El lugar de la ceremonia era un salón de piso flotante y pisos altos, manejado por una pareja de psicólogos muy amables. En cada rincón había un balde y una colchoneta para estar durante la noche. Los dos chamanes eran peruanos jóvenes, de menos de treinta y cinco. Uno era Jaime. El otro, su primo.

 

La ayahuasca estaba en una botella de Fanta de litro y medio. La servían en un vaso pequeño, como de café. Era un líquido espeso, oscuro, con un sabor rasposo y un poco amargo. Lo tomé un trago y me acosté en la colchoneta. Unos minutos después Jaime y su primo empezaron a cantar. Era un canto sagrado, milenario. No hay otra forma de explicarlo. Cada una de las canciones se mezclaba con los efectos de la planta y te hacía vibrar el sistema nervioso. Luego sabría que casi cualquier Shipibo que uno se cruza en el camino es capaz de cantar con una candidez y una profundidad conmovedora.

En el medio de la noche a uno de ellos le sonó el celular. Tenía un ringtong de cumbia y eso me cayó bien: me pareció el síntoma de algo.

Ayahuasca, dicen, significa soga de los muertos y es ahí donde reside su poder. El que toma se siente morir de verdad. El viaje interior no es transmisible. Lo poco que puedo contar es que me trepé al árbol de infancia, que desde ahí vi pasar toda mi vida, que observé desde afuera el mecanismo de relojería de mi cerebro, que vi cómo todos marchamos hacia un vacío impersonal y bello y que nada de eso me angustió.

 

En algún momento, sobre el salón se formó una especie de cúpula de líneas y diseños que nunca había visto: un patrón colorido, que crecía y se contraría al ritmo del canto. Inmerso en esa especie de sueño,  mi lado más jocoso dijo: que bien le iría a estos pibes fileteando colectivos. Me reí solo y vomité. Creo que lo hice unas diez veces en toda la noche, y que nunca nada me pareció tan natural y curativo. Luego de la risa y el vómito, ese costado mío empezó a bailar sobre la cúpula como un niño, mientras mi parte -una más guerrera, por momentos implacable- lo cuidaba desde arriba. Era un águila armada con una especie de arpón. Que nadie lastime al niño, decía, yo estoy dispuesto a pelear por él.

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El viaje duró toda la noche y parte de la mañana. Recuerdo en detalle cada una de las visiones que tuve, pero intento escribirlas y todo resulta insuficiente. Los efectos de la ayahuasca habitan en un lugar donde las palabras apenas pueden orillar. El trance  -diría Alan Moore- es salir de la casa mental en la que vivimos, caminar por el barrio del universo y descubrir que allá afuera hay un mundo enorme, lleno de posibilidades. El viaje de ayahuasca es una corriente de electricidad que toma el cuerpo, la epifanía y la certeza más grande de tu vida. Es verse desde todos los ángulos posibles, y descubrir que nada de lo que nos desvela es tan importante.

 

Salí a la calle a las 8 de la mañana, en un estado de sensibilidad que me permitió manejar cuarenta kilómetros hasta mi casa percibiendo cada uno de los detalles que me rodeaban. Agradecí el tráfico de sábado por la mañana, el vivir en un lugar tan bello, y poder dormir con el sol entrando por la ventana. Mientras cerraba los ojos, miré mi biblioteca y decidí qué libros se irían de mi vida. Casi la mitad de los que había leído, supe, no habían sido escritos con el corazón. La ayahuasca también te ayuda a desprenderte de cosas: es la oportunidad única de borrar todo lo que no cumple su función.

 

Dormí unas horas y cuando desperté guglié a los Shipibos. Lo primero que vi fue un rostro pintado y un jarrón de cerámica. Me produjo taquicardia. El patrón de colores sobre el que había bailado mi espíritu era el mismo que ellos dibujaban. Se lo mandé a mi amigo L.M. -habíamos ido juntos a la ceremonia- y también se sorprendió. Él había visto exactamente  lo mismo.

 

Desde ese día, esos diseños se volvieron una obsesión. Me bajé de internet todo el material disponible, consulté a ceramistas que conocían la selva y empecé a ir más seguido al taller de alfarería. Tardé varias semanas en entender que un buen ceramista shipibo se entrena desde los cuatro años y sabe, ante todo, ir a distintas partes de la selva para encontrar las tintes naturales con las que trazará sus dibujos. Lo mío con la cerámica no iba a tener caso. Había llegado demasiado tarde.

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El trance de la planta tiene varios pliegues. Todavía hoy, esa primera ceremonia es una cebolla con capas que nunca termina de abrirse. Detrás de la última quizás esté el sí mismo de los jungianos, el ser esencial o la nada misma. ¿Dónde está el límite? Luego de entender que lo de la cerámica no iba, tuve un déjà vu y volví a ver la imagen del árbol de mi infancia. Era un ciruelo enorme que construía una cueva de ramas sobre la cocina del fondo. Mi abuela era la modista del barrio y me había regalado montón de carreteles de varios colores. Yo pasaba las tardes entre puntos de macramé y los libros que leía de forma frenética: mi proyecto era ser artesano o escritor, lo mismo daba, porque de chico pensaba que se podía todo a la vez. El ciruelo era mi lugar favorito para esconderme a fabricar cosas con hilos o leer.

 

Al principio del sueño de ayahuasca, la figura de mi abuela apareció sobre la imagen ciruelo. Tenía los ojos celeste claro y era una especie de santa. No tenés que hacer nada, decía. No hace falta hacer nada. Le comenté esa frase a varios amigos, y todos coincidieron: era el mejor consejo que iba a recibir en mi vida. Y él más difícil de aplicar.

 

Cómo llegué desde esa certeza a querer aprender ñandutí, el encaje emblema del Paraguay, es algo que nunca sabré. Todo se dio de forma misteriosa. Apareció una maestra a 80 kilómetros de mi casa que me enseñó a dar los primeros pasos. Y más tarde, cuando estuve listo, apareció un pasaje hasta la frontera y otra maestra que me adoptó del lado paraguayo. Estuve diez días encerrado en un hotel, tejiendo con ella y otras mujeres. Aprendí la técnica: había algo en la memoria de mis manos que todavía estaba ahí, junto con esos rituales de la niñez. La ayahuasca trajo de nuevo esa parte de mi infancia.

 

Me empeñé en hacer bien el aserepé, uno de los motivos más difíciles de ñandutí.  Mientras tejía escribí un texto que está muy lejos del género en el que incursioné toda mi vida. Terminé el texto, se publicó y fue como romper un hechizo.  (link a El hombre que teje) Ese mismo día me despedí de la práctica, y me propuse aprender a bordar. A diferencia del ñandutí, el bordado tiene puntos mucho más sencillos, pero las posibilidades expresivas son infinitas. Todo lo que hay es digno de ser bordado.

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Durante un festival de poesía en Perú mi novia encontró una manta hecha por shipibos. En el centro tenía dos serpientes que formaban un círculo. Dentro del círculo crecían ramas verdes, llenas de hojas. Por fuera había un diseño abstracto: esas ondas que parecen mosaicos que  vibran y que, se nota, fueron pintadas a mano. Todo estaba bordado con puntos que ya conocía. La manta costaba una fortuna, pero ella decidió traerla: sintió que era lo que yo estaba buscando desde el primer día.

 

Mi visión, finalmente, podía ser bordada, pero no me parecía leal intentar copiar los diseños y bordarlos en Buenos Aires. Cuando uno se obsesiona con algo, lo mejor es tirar del hilo de Ariadna hasta el final del laberinto. Había que encontrarse con la fuente. Tardé unos cuantos meses en organizar el viaje  a la selva. Antes de ir contacté a varios Shipibos. La mayoría eran hijos de chamanes que aprendieron de sus padres y abuelos a cantar y cocinar ayahuasca. Con algunos hablé por teléfono, con otros chateé por Facebook.

 

-No te confundas – me advirtió el psicólogo del centro donde debuté con la planta-. No son chamanes. Son gente que sabe dar la planta, y sabe cantar. Después, son gente con todo tipo de problemas, como cualquiera de nosotros.

 

De todos los ayahuasqueros que contacté, me decidí por Jaime. Ya lo conocía de Buenos Aires, sabía que era un picarón pero también que cantaba muy bien y que podía hablar con él de igual a igual.

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Y ahora estoy acá, en un hotel de mala muerte, mirando televisión, escuchando el ruido de la calle y pensando qué voy a hacer. A las 9.30 llega un mensaje de Facebook.

 

-Disculpás, me enfermé -teclea Jaime-. Tengo mucha fiebre. No vamos a poder viajar a la comunidad. Mañana temprano voy a tu hotel. Quedáte tranquilo que vas a poder hacer todo lo que querías, tomar ayahuasca y aprender arte. Pero lo vamos a hacer acá.

Apenas puedo dormir en toda la noche. Cuando logro pegar un ojo, sueño que estoy sobre una colchoneta en medio de una avenida. Acabo de tomar ayahuasca e intento concentrarme, pero el ruido de los motokars que pasan cerca me taladran el cerebro.

 

A las 7 de la mañana me despierto. Consigo agua para tomar un mate y me siento a esperar en un bar frente al hotel. Jaime llega enseguida. Su rostro que dice que sí, que es verdad, que pasó una noche tan mala como la mía.

 

-Hice mucha fuerza juntando leña -cuenta- y eso me desacomodó un hueso y levanté fiebre. Anoche conseguí un osteópata, así que ahora estoy bien.

 

Hay algo en mí que se desarma. Tantos años escribiendo sobre gente de los bordes me volvieron desconfiado en exceso. ¿Estoy mirando el mundo con los mismos ojos con los que miraba a los contrabandistas, matones y extraviados sobre los que escribí tanto? Si es así, tengo un problema grave. La ceremonia de ayahuasca va ser en dos días, pero el viaje ya empezó. Acabo de tener mi pequeña noche oscura del alma.

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Subimos a un motokar. Jaime negocia el precio y le da indicaciones al chofer. Casi no hay autos, y esas motos transformadas en carruajes, tan parecidas a las de Bombai, dominan la escena. Los conductores llevan espejos retrovisores pegados al rostro y acompañan las maniobras bruscas con bocinazos que pueden significar varias cosas. Vamos muy rápido, incluso cuando entramos en calles de tierra llenas de pozos y tenemos que entrecerrar los ojos para no quedar ciegos.  Más tarde haré una encuesta: bien cuidado, un amortiguador en Pucallpa puede durar tres o cuatro meses.

El barrio de Jaime queda en las afueras de Yarinacocha, algo así como la periferia de la periferia. Es un asentamiento Shipibo- Conibo con casas de madera, pisos de barro, techo de paja y casi sin puertas ni ventanas. Las casas son iguales a las de selva, pero en otro contexto: acá están pegadas una al lado de la otra y la vegetación es más bien pobre. Las calles son de un polvo fino, tirando a gris, que termina por adosarse a todo. La casa de Jaime es igual al resto. Los ambientes son amplios y oscuros, con varios catres acomodados de forma irregular. Cada uno tiene su mosquitero: es la única forma de sobrevivir por las noches, cuando los zancudos salen de cacería.

La vida de la familia se desarrolla en el patio de atrás. Ahí están el fogón -una pequeña parrilla en el piso-, los estantes donde se guardan las ollas, un cuadrado de naylon conectado a la canilla que se usa para todo y algunos árboles de papaya y mango de donde cuelgan las hamacas paraguayas. Hay al menos tres generaciones de mujeres, todas de la misma familia. Algunas están de cuclillas en el piso y preparan un desayuno de plátano y palometa a la parrilla. Otras despiojan a sus hijos. Los patios de las casas están conectados entre sí y los niños, que son legión, van de casa en casa, jugando y matándose de la risa todo el tiempo.

 

Sara, la más vieja de las mujeres, aparece con una bolsa de supermercado llena de telas.

 

-Le voy a enseñar -dice.

 

Primero pone una frazada de mantel, y sobre ella una tela con la que vamos a trabajar. El resto de las mujeres hace una ronda alrededor del trapo. Una trae un plato con un líquido marrón.

 

-Es la corteza de un árbol -dice-. La cocinamos y con eso hacemos tinta.

 

El nombre del árbol es imposible de retener; ahora podría guglearlo, pero sería trampa. Los pinceles se fabrican con rayos de paraguas. Primero se aplasta el cañito con un martillo y luego con esa punta plana se hace un plumín capaz de trazar líneas gruesas o finas, a gusto del dibujante.

La tintura es marrón clara, acuosa. Los dibujos se hacen a mano alzada. Sara tiene reuma, pero de alguna forma logra medir con los dedos y sus diseños son simétricos, idénticos, sin usar regla. La idea es dibujar un patrón que luego yo tendré que bordar. El resto de las mujeres pinta a su ritmo, como asistiéndola. A mí me dan un plumín y trato de sumarme a la tarea: en el resultado final, mis trazos serán los más temblorosos y desparejos de toda la tela. 

 

Primero hacemos las líneas gruesas, que forman una especie de mosaico árabe, con cruces en el centro. Luego, al interior de cada uno, Sara dibuja con líneas finas las ondas como lenguas, que le dan al diseño la sensación de vibración. Ni bien el diseño está terminado, me mandan a ponerlo al sol, sobre la tierra, para que se seque un poco. No es difícil lograrlo: la temperatura hace rato que pasó los 30 grados.

 

Mi tela se seca y me pongo ansioso: los diseños marrones no tienen nada que ver con los que vi en internet.

 

-¿Falta algo más? -pregunto.

 

-El barro -dice Sara.

 

Es de un marrón más oscuro que la tinta de árbol. Se prepara con agua, como una arcilla diluida. Me piden que sumerja la tela ahí adentro, que la mueva bien para que nada quede sin embarrarse. La saco y la tengo que lavar enseguida. El resultado es que la tela vuelve a ser blanca y que los dibujos hechos con corteza de árbol ahora son de un negro pleno, inalterable. Es, me dicen, la reacción que produce el barro sobre la corteza de los árboles lo que dibuja esos tonos tan particulares.

 

La ayahuasca tiene la misma lógica que estas tinturas:  funciona por combinación. Se la cocina junto con la chacruna -otra planta que crece en la selva- y eso, dicen le da color a la visiones. Dos sustancias que no tienen nada que ver y que juntas, mezcladas de forma arbitraria, generan algo nuevo. Todo el mundo Shipibo parece funcionar con esa dualidad poderosa. Pero eso lo sabré luego.

 

El día termina con todas las mujeres y yo, cada uno en su hamaca, bordando a la sombra de un mango. Tengo que seguir las líneas gruesas con un punto cadena, y las más finas con punto atrás. Pasamos horas ahí, meciéndonos y levantando y bajando el brazo para agujerear la tela.

 

El único que me interrumpe es Gabriel, el hijo mayor de Jaime. Tiene unos diez años e insiste en mostrarme los videos con bloopers que guarda en su tablet y enseñarme a matar zombies con unas plantas carnívoras en uno de sus juegos favoritos. Además de preocuparse porque entienda cada uno de los pasos del juego, Gabriel administra la participación del resto de sus hermanos, los primos y los vecinos que se arremolinan alrededor nuestro. Lo hace con justicia y autoridad. Hay algo maduro, como de adulto, en la forma de lidiar con todos.

 

Cuando se aburre de mí, bordo. Cada tanto desde el fondo del terreno los gritos de los niños se transforman en llanto, y alguna de las mujeres saca la vista de la tela para gritar en su lengua. En esos momentos, yo también dejo por un rato el bastidor y miro la escena. Ya no importan ni el calor, ni el polvo que se mete en todas partes, ni los mosquitos que empiezan a volverse insoportables. Estoy meciéndome en la hamaca, siguiendo la trama del diseño con mis manos, y eso es todo lo que importa. Por fin entré al laberinto donde quería estar.

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El cielo, las plantas, la anaconda y hasta los peces están plagados de diseños. Los Shipibos pueden verlos. Los reciben a través de las plantas sagradas, y los plasman en cerámicas, pinturas y bordados. Algunos hablan de caminos que lo cubren todo, hombres y cosas. El diseño es belleza, y la belleza es símbolo de salud: en el proceso de sanar, además de la dieta y de las plantas que receta el chamán, esos patrones coloridos juegan un papel importante. Estar cubiertos de ellos es estar rodeados de buena salud.

 

Develar el significado de los diseños Shipibo es una de las grandes obsesiones de antropólogos y exploradores. Angelika Gebhart- Sayer publicó en 1987 un libro donde contaba que si dos mujeres cantan mientras pintan un patrón sobre una tinaja, cuando sus diseños se unen lo hacen de forma armónica: las dos pueden escuchar lo que pintó la otra. 

La teoría es interesante. En mi primera ceremonia, en medio de la noche uno de los asistentes  pidió cantar. Los dos shipibo le dieron espacio para hacer un tema. La visión, que venía siendo colorida, quedó pendiendo de un hilo. Algo en su melodía vibraba mucho más abajo, con menos pliegues y por ende con menos color. Desde Galileo para acá, la cimática estudia cómo los sonidos a distintas frecuencias generan vibraciones con diferentes patrones. Quizás algo de eso se aplique a la ayahuasca.

 

En los 90, una curandera se hizo famosa luego de ser entrevistada por una académica, a la que le contó que los patrones que dibujaba eran partituras que ella podía cantar. La mujer señaló con el dedo las líneas que ella misma había trazado y fue cantando una melodía. Como toda Shipibo, cantaba muy bien. Sus entrevistadores la invitaron a Estados Unidos, donde la curandera grabó un disco.

 

Bernd Brabec de Mori, un antrólogo y etnomusicólogo belga, la encontró una mañana de 2001 cerca de la comunidad San Francisco, a unos kilómetros de Pucallpa. La curandera le ofreció una manta. “Es para la buena suerte”, dijo. Y le aseguró que su diseño tenía una canción. El antropólogo la compró y le pidió a la mujer que cantase el significado del diseño. Luego se fue con la manta, buscó a otras mujeres. Le pidió que cantaran el diseño. Algunas se negaron. No sabemos, dijeron. Una se animó: la canción no tenía nada que ver con la que había ofrecido la curandera.

Brabec siguió con su trabajo. Les pidió a varias mujeres que cantaran siguiendo el patrón de distintos diseños que él había recopilado. En total, grabó 49 canciones ejecutadas por mujeres. Lo que nadie sabía era que Brabec estaba casado y trabajaba con otra antropóloga: Laida Mori Silvano de Brabec, de origen Shipibo. Ella fue la encargada de traducir las canciones, y los diálogos entre las cantantes mientras se preparaban para grabar. En todas las conversaciones hablaban más o menos de lo mismo: les parecía muy divertido reírse del gringo.

 

Más tarde, entrevistaron a 133 cantantes o conjuntos musicales Shipibo. “Ninguno de ellos, ni hombre ni mujer, ni joven ni viejo, médico o no, pudieron cantar diseños”, escribió la pareja en sus conclusiones. “La mayoría bromeaba sobre la idea o indicaba que alguien había inventado eso para impresionar a los joxo jonibo, los blancos”.

 

El descubrimiento del engaño es una comprobación de la sofisticada creatividad de los Shipibo. Los vuelve mucho más interesantes.

Yo también intento hacer la prueba. Hablo con muchas mujeres tejedoras. Ninguna de ellas tomó ayahuasca ni puede explicar el significado profundo de los bordados.Quizás sea un conocimiento que se perdió en el devenir cultural. O tal vez no hace falta explicar nada: hay un mundo interior que no necesita ponerse en palabras.

-Los diseños salen de mi cabeza -dicen mis interlocutoras, y se encojen de hombros.

Leo libros y apuntes sobre el arte Shipibo. Hablan de una canción para sanar a la Luna y el Sol que están por morir. De chamanes que desaparecen mientras cantan. De semillas que llueven dentro de una casa para abastecer a un artesano. De plantas que se aplican en los ojos para soñar diseños. Hablan de un misterio que apenas puedo sospechar, que me es inaprensible. No intento encontrar respuestas entre las mujeres con las que pinto, y agradezco que no me quieran vender ningún discurso. Intentar mamar una cultura entera en diez días sería una locura, un acto de soberbia. Si ni siquiera puedo ver en el fondo de mí mismo, ¿cómo voy a ver en el fondo del resto de las cosas? ¿Cómo voy a separar lo real de lo que me están vendiendo? ¿Hay forma de hacer tal cosa? Tener conciencia de esa imposibilidad quizás sea uno de los efectos profundos de la ayahuasca. O incluso esa idea de entender apenas algo tal vez sea otra ilusión. Algo así como soñar con estar despierto.

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A la medianoche de mi tercer día en Pucallpa vamos hasta la orilla del río Ucayali, a un barranco que hace de puerto. Nos amontonamos en una lancha colectiva larga y de asientos pequeños. Yo comparto uno con Gabriel, el hijo de Jaime. Jaime viaja atrás, con unos auriculares gigantes conectados un celular enorme.

 

Cuando ya estamos todos suben dos policías, cada uno armado con un fusil de asalto, y la lancha se interna en el río: está oscuro pero se adivina la selva espesa a ambos lados. Dormimos como podemos, haciendo una contorsión para abrigarnos con la única manta que llevamos. Al amanecer nos despierta el sol que se filtra por el nailon de las ventanas.

 

-Ya falta poco -dice Gabriel.

 

Al costado hay plantaciones de arroz, algunas canoas a motor con pescadores que levantan redes y, sobre todo, mucho monte.

 

A las 8 llegamos a un barranco. La forma de estacionar de la lancha es reducir la velocidad y chocar contra la orilla. La punta del barco se incrusta un poco y bajamos. Dos niños nos esperan en lo alto. Casi sin decir nada, nos ayudan con los bolsos. Caminamos hasta una piragua, atravesamos una laguna y del otro lado nos espera un motokar preparado como furgón de carga. Todavía falta un trayecto más: avanzar por un camino de selva a bordo del vehículo, tratando de no perder el equilibrio cada vez que agarremos un pozo.

Al fondo del camino hay un caserío. La mayoría de los ranchos tienen paredes de madera y techos de hoja de palmera. Hay una mesa comunitaria y una cocina enorme, y unos diez niños que andan juntos para todos lados. Los más grandes deben tener siete u ocho años, y se encargan de cuidar a los más pequeños. Me reciben con una coreografía en la que tres niñas bailan y cantan algo en media lengua. El ritmo me resulta conocido. Tardo en descifrar que se trata del tema del momento: tengo todo lo que quieren las guachas/fuman, chupan y se arrebatan. La parte de “a mover el toto” es la que más les divierte.

 

Nuestro rancho es el más alejado de todos y el único que tiene paredes de caña. Está rodeado de monte y palmeras.

 

-Me voy a jugar al fútbol -dice Jaime-. A las ocho vuelvo y hacemos la ceremonia. Descansá todo lo que puedas. Lo vas a necesitar.

 

Llevo dos semanas de dieta estricta, sin harinas, sal ni azúcar. En las últimas 24 horas sobreviví a a base de agua y arroz. Ahora viene la etapa de no comer nada durante casi todo el día. Mis últimas energías  apenas alcanzan parar tirarme en la hamaca paraguaya y bordar.

 

 

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Lo que más me preocupa es ir al baño. Sé que cuando tome la planta no voy a poder caminar bien, y la letrina queda a veinte metros del rancho. Es una cabina de madera con un agujero para sentarse y como estuvo un tiempo sin usarse la coparon las hormigas. No es un dato menor: si me da asco, si queda demasiado lejos, si me lleno de bichos, la experiencia se puede volver complicada.

 

A las ocho nos preparamos para la ceremonia. Gabriel va a quedarse al lado nuestro.

 

-Me duermo -dice- escuchando cantar a mi papá.

Con Jaime nos sentamos uno en cada punta del rancho. Los dos tenemos nuestro balde, un botellón de agua y una linterna. La ayahuasca esta vez viene en una botella de agua mineral pequeña. Jaime la sirve en un vaso y me la alcanza. Siento un aroma que ya conozco, uno que hace que todo mi cuerpo se erice y tiemble: es el sabor de algo transcendental. La tomo de un trago y la verdad es que no me desagrada. Jaime toma su parte y sonríe. Nos acostamos, cada uno en su rincón. Él empieza a cantar y lo primero que siento es la felicidad de volver a ese estado una vez más. Es como visitar al lugar favorito de la infancia y que todo siga igual de brillante.

 

El primer efecto es ese, felicidad pura. El segundo sentirme firme, tranquilo, plantado en la tierra.

 

El tercero: unas ganas enormes de ir al baño.

 

Me paro, agarro la linterna, el repelente, el papel higiénico. Salgo del rancho y camino dando pequeños tumbos. Siento orgullo de mí mismo. La ayahuasca me terminó de volver adulto. Estoy caminando en medio de la selva, mareado y firme, viendo como los pensamientos empiezan a transformarse, a volverse objetos. Puedo ver sus contornos, sus mecanismos de relojería, los patrones a los que obedecen. Al principio es una imagen, la sensación de estar viendo una máquina que despliega su acción de forma gráfica. Pero a cada paso se vuelven más claros y manejables. Esto, me digo, es información privilegiada: ver cómo funciona mi propia mente. Los pozos de la tierra, los desniveles del monte apenas me molestan.

 

Llego a la letrina: de un golpe de repelente expulso a las hormigas de la superficie y todas me obedecen, porque esa es la actitud, dominar el escenario. Me siento y miro el cielo. Nunca vi uno igual. Las estrellas son tantas que algunas parecen formar nubes. Cuento una, dos, tres estrellas fugaces. Estoy viendo el cielo completo, pero no puedo quedarme ahí. Entiendo que con apenas una mirada alcanza para absorberlo todo. Termino lo mío y vuelvo al rancho. Qué distinto va a ser este viaje, pienso. Jaime me llama.

 

-Voy a cantar para vos -dice.

Me siento frente a él.

-Las manos como rezando, los ojos cerrados- ordena.

Se hace un buche con agua florida, envuelve mis manos entre las suyas y sopla. Miles de gotas me bañan el rostro, las manos, el pecho. Caigo hacia adelante, como si fuera un musulmán rezando. Cada gota se convierte en un color distinto, y estallo en un fractal de millones de partículas. Es un viento a la velocidad de la luz, lleno de colores. Una parte de mí quiere tener miedo: me estoy desarmando, pienso. Me diluyo. No va a quedar nada. Y luego: a eso vine, carajo. Desaparezco: estos son los patrones que querías dibujar, acá tenés tus diseños, dice la planta. No hay ni dolor, ni miedo, ni siquiera sonido. Jaime canta, pero su voz es un eco lejano. Estoy ahí y en ninguna parte.

No sé cuánto tiempo paso en ese vacío. ¿Una hora, un segundo? Cuando el estallido de colores termina, me cubre la tierra: la misma tierra húmeda, llena de vida que forman las lombrices en el fondo de mi jardín. Hay algo placentero en habitar esa materia orgánica fresca, húmeda. Nada de lo que pase aquí puede ser malo.

Jaime prende una pipa y toda la habitación se ilumina. Vuelve la oscuridad, pero puedo ver mi colchoneta: la manta que la cubre parece brillar sin necesidad de ninguna luz. Gateo hasta ahí. Siento los aromas de la selva, y luego los del recuerdo: el olor de mis juguetes de la infancia, de mi familia, de las mujeres que amé. Me toco el rostro. Vuelvo a encontrar los límites de mi piel, a estar en mi cuerpo. Tengo las manos impregnadas de agua florida. Siempre, me digo, voy a llevar este aroma conmigo.

De a ratos las visiones se conectan: cuando veo el ciclo de la vida orgánica, veo en que parte el devenir de las cosas está atrapado Jaime. Y cuando siento el aroma de mi infancia, él juega con su linterna que ilumina como un rayo, y canta la canción de Thundercats.  Al rato, él dice:

 

-Es como construir un castillo.

 

Y descubro que estoy en una especie de cueva compleja que, es verdad, se parece a un castillo.

Son los momentos en lo que pienso: somos dos tipos drogados en medio del monte. Y no

podemos bajar.

 

-Si la planta no te suelta -dice Jaime- es porque te quiere.

Nos quiere mucho, porque cada vez que parece que nos vamos a dormir pasa algo que nos cambia de frecuencia. Y cuando eso pasa, Jaime canta. Lo hace como un profesional, afinado y desde un lugar que no es ordinario. A veces prende la pipa y lo veo a él con los ojos achinados y a Gabriel durmiendo. En ese momento entiendo todo: estoy en la selva, con un indio y su hijo, visitando el otro lado de la realidad.

 

-Canta Sebastián -dice Jaime-, te ayudará mucho.

-¿Y qué puedo cantar?

-Algo que te salga del corazón.

 

Busco, pero no me salen las palabras. Estoy inmerso en un silencio enorme, que me acuna. Ya ni siquiera escucho los grillos y los sapos que fueron la música de fondo de todo el viaje. Me duermo con la sensación de haber cumplido una de las misiones más importantes de mi vida.

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10
A la mañana despierto como si hubiese dormido durante años. Tengo la sensación del primer día de las cosas. Ni Jaime ni Gabriel están ahí. Escucho los sonidos de la selva. Hay un pájaro marrón de ojos claros, hay otros de colores, hay mariposas, grillos y  escarabajos de todo tipo. ¿Es el amanecer que dejó que los bichos se hicieran más visibles o todavía tengo la percepción aumentada?  Quizás sea algo de las dos cosas.  Mi hambre es atroz y no hay nada para comer. Espero una hora y, como Jaime no aparece, salgo a buscarlo entre los ranchos. Gabino está jugando con sus primos.

 

-Mi papá se fue para allá -dice, y señala un lugar indeterminado.

 

Camino como un fantasma entre el caserío. Se me vienen a la mente los extranjeros que deambulan enloquecidos por las calles de lugares distantes, atrapados en alguna sustancia local. Pero yo estoy en la selva, despojado de todo, y va a estar difícil encontrar un bar. Llego al rancho de la hermana de Jaime. Una mujer en una hamaca paraguaya amamanta a su bebé.

 

-Jaime se fue a buscar un pollo -dice.

 

Pongo cara de pobrecito, de perro mojado, de gato que quiere que le abran la puerta.

 

-¿Necesitás algo?

 

-Me muero de hambre.

 

-Esperá acá -dice la mujer.

 

Vuelve con un plato de arroz y mandioca. Es el manjar más dulce y nutritivo que probé en mi vida. Le pregunto como hace para que tenga ese sabor. La mujer se ríe.

 

Jaime llega varias horas después, en un motokar como los que hay en la ciudad. El que maneja es su primo, el mismo que escuché cantar en Villa Crespo.

 

-Vamos a bañarnos al rio- dice Jaime.

 

Es un buen plan. Hay varias cosas que quiero preguntar sobre el viaje. Subimos al motokar. Somos cuatro hombres, más cinco niños que se agarran de diferentes lugares. Es la versión en miniatura de esos trenes de la India que se ven en las redes sociales. El primo de Jaime acelera y recién ahí entiendo: los dos están borrachos. Avanzamos por un camino de la selva a un ritmo imprudente, sin esquivar pozos, piedras o badenes. Cada vez que pasamos por un rancho, el primo toca bocina, pega un grito y durante varios segundos gira la cabeza para saber quién lo está mirando. Lo mismo que en cualquier ciudad: un ritual masculino para ocupar el espacio con sonidos y llamar la atención.

 

Me parece ridículo morir por esto.

 

-Estoy descompuesto -digo.

 

Miento: nunca me sentí mejor en mi vida.

 

El motokar para. Me ofrezco a volver caminando. Jaime parece entender.

 

-Manejo yo -dice.

 

Bajamos la velocidad. Cruzamos barrancos, badenes, lugares donde el camino apenas existe y en cada uno agradezco haber protestado. El río tiene agua cristalina, fresca. Baja desde las montañas y arrastra piedras redondeadas. Jaime saca cervezas: unas cuatro. Yo decido que mejor estar solo, terminar de entender todo lo que pasó la noche anterior.

A la vuelta Jaime nos deja cerca de nuestro rancho y dice que vuelve enseguida. Cuando el motokar se aleja, Gabriel lo mira con algo de melancolía.

 

-Mi papá -dice- se va a emborrachar.

 

Nos integramos a la vida comunitaria. Ayudo a los niños con la tarea de inglés, como pescado con arroz y mandioca -siempre es el mismo menú- duermo siesta y bordo de a ratos. Cuando cae el sol, el monte se llena de zancudos y lo mejor es refugiarse para no llenarse de ronchas. 

 

-Mañana a las 5 de la mañana vamos a pescar -dice uno de los pibes-. Pueden venir con nosotros.

 

A Gabriel y a mí nos entusiasma la idea. Caminamos hasta nuestro rancho planeando como despertarnos al otro día. Nos iluminamos con mi linterna. Gabriel tiene especial cuidado en no pisar las hormigas negras más grandes, que forman caminos entre el césped. Dice que teme enojarlas, que son peligrosas, y que en el monte también hay monstruos que no pueden ser nombrados. Me pregunto si será un mito tradicional, si vio Harry Potter o si será una mezcla de las dos cosas.

 

A medianoche escuchamos gritos. Vienen del monte.

 

-Mi papá -dice Gabriel-. Está gritando mi nombre. Ayudame a traerlo.

Antes de salir apaga la vela que me pidió dejar prendida.

 

-Se puede molestar -dice.

Lo encontramos entre los árboles. Apenas puede mantenerse en pie. Hace mucho que no hago esto. Lo vamos llevando entre los dos, como podemos, primero hasta las hamacas y después hasta el rancho. Jaime se queja de algo.

 

-A veces toma y recuerda cosas -me dice Gabriel al oído.

 

Lo llama:

 

-Gabriel.

-¿Qué, papá?

-Yo nunca te voy a abandonar.

Se abrazan. Espero que todo se acabe pronto, pero Jaime murmura algo cada vez más alto. Ahora grita. Veo una sombra que se mueve en la oscuridad, como un fantasma. Es Gabriel que huye y viene a refugiarse atrás mío.

 

-¡Fuera hijoeputa! -grita Jaime- ¡Nunca se acuerda de su padre!

 

En una fracción de segundo calculo mis posibilidades. Cómo rescatar a Gabriel, cómo hacer para volver a la ciudad si se pudre todo, cómo defenderme ante una situación violenta. Abrazo a Gabriel y salimos del rancho. No para de llorar.

 

A la mierda la ayahuasca, a la mierda todo. O quizás no, quizás esta sea otra parte del viaje, un épilogo, su lado B. Tengo un ataque de odio e intento dejarlo a un costado, no subirme al tsunami de mi impulso rabioso. Lo importante es cuidar al pibe, que está desconsolado y con mucho miedo. Nos refugiamos entre las hamacas. Gabriel me abraza. 

 

-Tengo que volver- dice-. Si no se va a molestar más.

 

Intento que se calme. Hablamos de cualquier cosa, le convido agua. Jaime grita su nombre de fondo. Le propongo ir yo, tratar de hablarle.

-¡Quiero ver a mi hijo! -, grita cuando me asomo a la entrada del rancho.

 

Está en calzones, sentado como durante la ceremonia, los ojos apretados. Cada uno de nosotros se enfrenta a su propia sombra. Si ayer durante la ceremonia una parte nuestra bailó como niños tomados de la mano, hoy esa misma parte -u otra– se mide cuchillo en mano en un callejón oscuro. ¿Qué me pasa? Nunca lo idealicé, pero ahora me invade un sentimiento de censura, de bronca. Tengo ganas de preguntarle qué fantasma mío me está mostrando, pero desisto.

 

Nunca -pienso, pero no digo- voy a ser amigo de alguien capaz de lastimar a un niño.

 

En un tono ensayado, cordial pero firme, le digo que su hijo está asustado y que yo estoy muy molesto.

 

-¡Quiero verlo!-, responde.

 

Negociamos y se calma un poco. Entramos con la condición de dejar una linterna prendida. Jaime murmura un rato y al final se duerme.  

 

Antes del amanecer, salimos con Gabriel para la excursión de pesca. No hablamos de la borrachera de Jaime. Caminamos de la mano por la selva. Todavía es noche cerrada y tardamos en encontrarnos con el grupo. Soy el único adulto: la mayoría tienen entre ocho y doce años. El más grande maneja el furgón que nos lleva hasta la orilla. Al principio acelera como desaforado, bajando por una barranca a un ritmo que nos hace gritar a todos. Llegamos a una laguna donde hay tres canoas. Todos saben manejar las redes, dirigir las canoas y recoger los peces que quedaron enganchados.

 

Mientras ellos pescan sale el sol: empiezan a cantar los pájaros y el horizonte cambia de color. Es un paisaje repetido, pero hermoso.  Gabriel juega con una palometa  a la que ejecutó con el remo. La convierte en un personaje de algún dibujo animado. Los demás se ríen de sus ocurrencias sin sacar los ojos del agua. Lo que traigan es que lo van a comer en los próximos días.

 

 

11

Jaime aparece a media mañana, con cara de resaca. Decidimos volver a la ciudad ese mismo día. Viajamos en una lancha rápida, que tarda cinco horas hasta el puerto de Pucallpa. Más tarde le preguntaré por su vínculo con el alcohol, y él ensayará una respuesta extraña: dirá que, como chamán, él está protegido contra esas cosas, y que su popularidad lo hace aceptar muchas invitaciones.

En los días que siguen me dedico a conocer la ciudad. La primera tarde camino durante una hora, hasta los últimos ranchos de Pucallpa y me encuentro con una familia donde la madre pinta y sus cinco hijas bordan sus dibujos. Más tarde comparto con otras ocho personas un taxi hasta San Francisco, la comunidad Shipibo más grande de la zona, y ahí encuentro lo que buscaba: todo el pueblo está lleno de artesanas. En la plaza hay unas veinte que ofrecen telas pintadas y bordadas de todo tipo. También hay llaveros hechos con pedazos de ayahuasca, collares de semillas, maracas de coco, pipas de madera y colgantes con dientes de lagarto. Todo se puede regatear: lo que empieza valiendo mil, en un rato se puede bajar a doscientos, según la cara y la insistencia del comprador.

Camino por las calles del pueblo. En la entrada de una casa hay varias mantas tendidas. A lo lejos, en el fondo una mujer se peina una cabellera larga y muy negra. Me acerco: se está peinando, dirá después, con el fruto de una planta que realza el brillo negro del pelo y le  da más suavidad. Su nombre es Teresa, tiene 65 años y desde el primer instante hablamos como si nos conociéramos.

Le cuento que intento aprender sobre arte Shipibo, que bordo y que me gustaría tomar una clase.

-Yo puedo enseñarte -dice- y extiende sobre el piso dos paños blancos.

Pintamos en silencio durante un rato largo. Ella también usa el plumín hecho de rayo de paraguas, que, a veces, alterna con un pedacito de madera. Sus trazos son firmes, claros. Se acuesta boca abajo y así pinta. Vista desde afuera parece una niña grande que juega a hacer garabatos. Pero los únicos garabatos son los míos. El cansancio, el calor, la certeza de que no voy a aprender nunca: todo conspira en mi contra. Dejo de pintar y miro como Teresa se va metiendo cada más en el diseño. No hay esfuerzo en lo que hace.

Así que ella pinta y yo la miro. Nos quedamos así durante dos días enteros. Cada tanto nos contamos alguna historia. Yo le cuento de mi casa, de mi viaje a Paraguay, de lo que aprendí acá en la selva. Ella me habla de su primer marido.

-Era un chamán de verdad- dice-. Y lo mató un brujo.

Teresa dice que el brujo rival sopló mientras su marido cantaba en una ceremonia. En ese soplo le robó la energía vital y el marido cayó de espaldas. Intentaron curarlo, pero no hubo caso y a los dos días murió. Teresa le reclamó al brujo asesino:

-Ahora me vas a tener que ayudar a criar a mis hijos -le dijo-. O te voy a denunciar.

Pero el brujo también enfermó, así que el reclamo quedó sin efecto. Más tarde se casó con otro hombre, con quien no tuvo hijos. Es bueno, dice Teresa, y no toma alcohol.

Cada vez que interrumpo la charla para ir a comprar algo de comida, en el pueblo me abordan niños que se ofrecen como guías o para cantar a cambio de una moneda. Teresa dice que si quiero, por unos treinta dólares también puedo conseguir alguien que venga hasta su casa, me de ayahuasca y cante toda la noche para mí.

-Pero no son brujos -dice-. No como mi marido, o no como mi vecino de acá en frente, que me curó el susto.

El susto es una enfermedad popular, a mitad de camino entre un evento sobrenatural y el estrés post traumático de cualquier tipo de accidente o sobresalto. A Teresa le agarró un susto una vez que la atropelló un motokar. A la vecina de al lado le viene junto con los ataques de asma que la dejan de cama  varios días. El susto se cura con dieta y con plantas, pero también con cantos.Teresa me explica y pinta.

En el centro de la tela hay un círculo en blanco. Yo le pedí que lo hiciera así, porque ahí adentro voy a bordar mi propio diseño. Será un homenaje a ella. A Teresa le parece bien. A fin de cuentas, es lo único que puedo llevarme de esa cultura: un girón de algo para incorporarlo a mi propia vida. Entender eso me alivia y creo que a Teresa también. En algún momento, ella suspira y empieza a cantar. Es un canto agudo, cándido y preciso, que me hace temblar todo el cuerpo. La melodía no necesita ser contada.

 


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