El fin de semana, el festival de arte erótico Domingas Prrrn propuso abrir el mundo de los placeres sexuales del BDSM a un público más amplio pero sin perder su costado crítico. Durante el éxito de 50 sombras de Grey, hubo quienes defendieron un cierto “espacio de placer” que se habría abierto a partir de la saga. Sin embargo, la autora del libro Usina Posporno Laura Milano encuentra en las prácticas sexuales sadomasoquistas un escenario de goce disruptivo que cuestiona la coherencia de la sexualidad llamada “normal”. En este ensayo, se pregunta si es posible una activación política de la sexualidad a partir de un producto de consumo de masas.



Producción fotográfica: Luciana Serrano

 

 

“En el BDSM, hay límites blandos y duros. Amos y sumisos sabemos cuándo traspasarlos o detenerlos”, dice la Ama mientras nos invita a conocer todo su instrumental disciplinario en el taller de Dominación/Sumisión: fustas, látigos, paletas, dildos, junto con otros brillantes y renegridos elementos pensados para activar ciertos placeres vinculados al dolor y al juego de roles.

 

La noche siguiente, dos performances recrean los juegos de roles y el erotismo del dolor propio y ajeno. En la primera, una mujer y un hombre se encuentran en el centro de un amplio y escenario, se desnudan: él apoya su pecho contra una mesa. Ella se pone un arnés con un dildo y lo embiste por detrás. En la segunda performance, dos mujeres se seducen, se encuentran, se atan y se sumergen en una variedad de juegos sexuales a través de las cuerdas y la inversión continua de roles, demostrando así la artificialidad de cualquier poder sobre otro que se muestre como estático y fijo. El último fin de semana, el festival de arte erótico Domingas Prrrn, con sede en cuatro espacios culturales de la ciudad de Buenos Aires, y que tuvo entre sus propuestas abrir el mundo de los placeres sexuales del BDSM (acrónimo de Bondage, Dominación-Sumisión y Sadomasoquismo) a un público más amplio pero sin perder su costado crítico y disidente.

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Bien distintas fueron  las postales que nos dejó la proyección de la versión cinematográfica de 50 sombras de Grey, la novela erótica que ha cobrado una enorme visibilidad en nuestro país a partir del estreno de su película en el verano pasado. Mientras hay quienes nos preguntamos si lo que vimos allí es el verdadero universo del BDSM o el mercado nos vendió sadomaso por romanticismo, algunas fanáticas defienden el espacio de placer abierto a partir de la saga como quien protege un territorio ganado luego de una ardua batalla. En medio de esta disputa, las prácticas sexuales del BDSM toman estatus público y se vuelven un botín fácilmente comercializable. Ante el boom de un producto como 50 sombras de Grey y su repercusión en el público femenino, vale preguntarse: ¿es posible una activación política de la sexualidad a partir de un consumo de masas? ¿Cambia el tratamiento que se hace del BDSM según se siga o no las lógicas de mercado de las industrias culturales? ¿Qué diferencias encontramos en la forma en la que se representan estas prácticas en las novelas eróticas, el porno y el postporno como nueva plataforma disidente, autogestiva y feminista de representar las sexualidades?

 

Ser o no ser Grey, esa es la cuestión

 

La leyenda del afiche promocional de 50 sombras de Grey ya instalaba el cosquilleo erótico y la promesa de un mundo sexual a descubrir: “pierde el control” se leía sobre la imagen sugestiva de los protagonistas apoyados contra una pared en dónde el Amo acorralaba a la muchacha en actitud tan sexy como amenazante. Desde el lanzamiento editorial en 2011, el fenómeno no ha parado de crecer. El libro, originalmente pensado como una marginal fan-fiction de Crepúsculo, terminó siendo una saga compuesta por tres volúmenes y un boom de ventas. La adaptación cinematográfica llegó en 2014 y capturó el relato del primer libro haciendo popular a escala mundial la historia de amor y sado entre Anastasia Steele y Christian Grey. En este primer episodio ella, una estudiante universitaria de letras recibe el encargo de entrevistar al joven empresario Christian Grey. Tras una reunión en la que ella comete reiteradas torpezas y él se regodea de la “imperfección” de Anastasia, queda sellada esta relación en la que siempre se verá re-actualizada estos roles de Amo controlador y sumisa torpe. Cuando la pareja inicia una relación, ella se sorprende ante los gustos de él que además de ostentar autos importados, avionetas y helicópteros es adepto a las prácticas del BDSM. Ella se sumerge sin mucha convicción en las prácticas propuestas con la esperanza de curar a su Amo de aquellos singulares gustos sexuales que defiende.

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El trasfondo de la novela creada por la autora británica E. L. James parece evidente: una historia de amor con componentes de tipo romántico en la que se recurre a la idea de la transformación de un varón que pueda comprender la lógica amorosa desde la mirada de una mujer. Pero lo que diferencia a 50 sombras de Grey de otras novelas románticas es la inclusión de ciertas prácticas sexuales vinculadas al universo del BDSM que incluye las prácticas de ataduras o bondage, la teatralización de roles de dominación y sumisión, junto con experiencias de dolor/placer dentro del sadomasoquismo. El elemento clave para comprender estas prácticas es la erotización del poder y las relaciones jerárquicas que se desprenden de su ejercicio. El vínculo Dominador/sumiso, Amo/esclavo establece roles y funciones a cada uno de los participantes; la definición de cada rol no es arbitraria ni estática sino que se da como libre elección y negociación permanente. El vínculo, por lo tanto, implica una dinámica tensa en la que el poder se toma, se cede, se renegocia, se invierte. La expresión de este vínculo jerarquizado se da en un proceso de brindar y recibir dolor mediante diversas técnicas aplicadas a los cuerpos que resultan placenteras para ambas partes: en caso de que a uno de los dos (o más) le moleste algo, el juego se detiene. Porque como en todo juego, aquí existe un sistema de reglas -pactadas entre los participantes- que hacen que los encuentros sean siempre seguros, sanos y consensuados, tal como expresa el lema de la comunidad BDSM. El consenso y el diálogo es clave para quienes practican estas modalidades del deseo: si el acuerdo entre las partes no existe, entonces no hay BDSM. Ahora, ¿es esto realmente lo que nos muestra las 50 sombras de Grey en su exaltación de las virtudes del látigo y la fusta?

 

La vorágine de opiniones en contra de la novela se ha hecho escuchar fuerte desde el estreno de su adaptación cinematográfica en Argentina. Críticos de cine, activistas feministas, representantes de la comunidad BDSM local y académicos han llenado páginas denostando la historia de Christian y Anastasia. “Más que ofrecernos el retrato de una relación sadomasoquista/BDSM, lo que 50 Sombras representa es una relación abusiva, explotada con fines sensacionalistas”, dijo Morgan, activista y videasta queer sadomasoquista que integra el grupo de investigación Micropolíticas de la Desobediencia Sexual en el arte de la Universidad Nacional de La Plata.

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La dinámica que se establece entre los personajes ha sido examinada bajo el prisma del abuso y de la coerción; señalando que lo que la novela muestra es una relación enferma entre un hombre posesivo y una mujer manipulada, más que un vínculo consensuado entre Amo y sumisa. Quienes experimentan estas prácticas bien lo saben, “el consenso es la plataforma primera y última para que podamos hablar de sexo o prácticas eróticas y no de relaciones abusivas. El BDSM y abuso son dos dimensiones diametralmente distintas”.

 

Otras críticas más burlonas apuntaron a señalar los aspectos deleznables de estas novelas eróticas para mujeres. Stephen King afirmó en una entrevista que 50 sombras de Grey es “basura porno para mamás”, revelando así los prejuicios que existen en torno a los productos mediáticos dirigidos al público femenino como las telenovelas o las lectoras de novelas románticas. Un prejuicio misógino que iguala producto para mujeres con un producto malo. ¿A qué se deben semejantes críticas?

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Según la doctora en Ciencias Sociales e investigadora del CONICET Carolina Spataro, “parte de las opiniones en contra se basan en el desconocimiento completo de la novela.Hay una pretensión de que el horizonte del colectivo de mujeres tenga que ver siempre con la búsqueda de la igualdad en todos los planos. La búsqueda de la igualdad en la cama no necesariamente redundaría en una igualdad en el espacio público, no son espacios homólogos. Hay incomprensión completa respecto al vínculo placentero de los sujetos con las industrias culturales, porque el consumo no tiene porque siempre ser progresista”. Jugar con la fantasía de la desigualdad, de la disimetría, de las relaciones de poder e inclusive de la sumisión en la cama no implica necesariamente jugar esas mismas cartas en el espacio de lo público dónde la apuesta por la igualdad entre los géneros es legítima y necesaria.

 

Más allá de estos latigazos argumentativos, algo es claro: se han vendido más de 70 millones de ejemplares de la trilogía y hoy la adaptación cinematográfica ha facturado más de 500 millones de dólares convirtiéndose en un éxito de taquillas. La dimensión de la erotización de las relaciones de poder entre los géneros que se incorpora al discurso narrativo romántico parece ser un elemento clave para pensar su éxito, pero definitivamente no es el único. Otros placeres se ponen en juego y vale la pena dar cuenta de ello para comprender más a fondo este fenómeno. En primer lugar, existe un placer en el consumo de historias de amor que no nació con 50 sombras de Grey sino que tiene una larga historia. Novelas románticas, folletines, telenovelas e infinidad de películas vuelven una y otra vez sobre la típica estructura narrativa en torno al romance y al melodrama, que funciona para un público proclive a buscar en estos productos un ápice de esperanza y fantasía en torno a las relaciones amorosas.  En segundo lugar, “es importante pensar en la posibilidad que encuentran muchas mujeres de crear un espacio propio y un momento de ocio en el medio de las tareas cotidianas dentro y fuera del hogar. Pensemos que esta literatura es consumida por mujeres que no tienen la práctica de la lectura habitual como característica” dice Sparato haciendo referencia al modo en que funcionan los best-sellers como 50 sombras. El simple gesto de retirarse a leer, a mirar una película, a conversar con amigas acerca de las fantasías sexuales funciona como un gesto de autonomía logrado a partir de este consumo. Pero, ¿basta esta autonomía a partir del consumo para producir agenciamientos de la sexualidad más diversos?

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Haciendo hincapié en el plano de la representación del BDSM en 50 sombras de Grey es muy claro comprender hasta qué punto placer-mercado-consumo están enlazados en este fenómeno. La forma en la que el BDSM es mostrado en esta historia no sólo funciona como canalizador de una fantasía sexual sobre los juegos de teatralización del poder que permanece latente en un público masivo; sino que además está atravesada por los condicionantes de una industria cultural atenta a producir aquello que es potencialmente vendible. La activación de la fantasía “sado” va de la mano de una estrategia de mercado lista para contener los deseos de los consumidores con bienes y servicios diversificados; como puede observarse en auge de ventas de la línea de juguetes sexuales marca Grey que se comercializa en los sexshops más grandes de nuestro país.

 

En el porno, la lógica es similar. El fenómeno de diversificación de la oferta pornográfica con la finalidad de ampliar mercado y seguir produciendo enormes ganancias, hizo que rápidamente se absorbieran las prácticas del BDSM y entraran en el changuito de compras online. Bajo la nomenclatura de “porno kink” podemos encontrar una infinita variedad de películas en donde se puede disfrutar de las maravillas del bondage extremo, sexo hardcore, humillaciones públicas, facesitting, sexo con embarazadas sumisas, juegos de asfixia, fist fucking, fetiches de cueros, lucha libre entre mujeres, etc. Como se ve, la mercantilización del BDSM también es moneda corriente tanto en las novelas eróticas como en la pornografía. Por ello, más allá de la dimensión de placer que abre con 50 sombras de Grey en relación al consumo y a la fantasía erótica de sus seguidoras, la pregunta por una posible activación política de la sexualidad, en el marco este tipo de productos culturales de masas, permanece abierta.

 

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De BDSM disidente y postporno

 

En  la vereda de enfrente a estas producciones eróticas y pornográficas masivas, emerge la postpornografía como una plataforma autogestiva de producción, distribución y consumo que intenta visibilizar las experiencias sexo-disidentes plegadas a la experimentación erótica de los cuerpos y desafiar lo que el discurso hegemónico del porno había vuelto decible respecto al sexo y los géneros. Desde una perspectiva feminista, en la postpornografía se muestran corporalidades declaradamente artificiales, híbridas, tecnológicas; al tiempo que se indaga en la multiplicidad de placeres posibles en nuestra sexualidad. Cuerpos que juguetean con lo cyborg, con lo andrógino, lo post-genérico, se vinculan entre sí para entregarse libremente a la experimentación sexual al tiempo que incorporan a sus discusiones y prácticas aquello que acontece en la corporalidad y la sexualidad de personas trans, gordxs, con diversidad funcional, entre otros. Como consecuencia, las representaciones creadas allí no trabajan sobre la correspondencia entre sexo, género y práctica sexual, sino que experimentan una autorización plena al juego y la libre combinación entre estos tres elementos.

 

Siguiendo esta línea, el BDSM ingresa a este mundo postporno para ser representado en toda su potencialidad disruptiva, como se ha visto en las diferentes propuestas del Festival Domingas Prrrn. Pero, ¿de qué hablamos cuando nos referimos a este potencial? A la capacidad que tiene el BDSM de romper con los roles que se dan en la estructura social, donde el ejercicio del poder se asienta en privilegios basados en la raza, el género, la orientación sexual o la clase social; al tiempo que abren el campo de la exploración sexual más allá de las prácticas asociadas a lo natural del “sexo” como el coito.

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“Una de las posibilidades más notables del BDSM, el sadomasoquismo y las subculturas Leather y Rubber como culturas y lenguajes de experimentalidad erótico-afectiva es la desterritorialización de los placeres” afirma Morgan, y agrega: “muchas de las prácticas y códigos sadomasoquistas y BDSM, al inscribirse en el terreno de la mediación, de la negociación, de la distancia, de la opacidad, la denegación, interpelan nuestra imaginación erótica e interrumpen esta clausura tan autoritaria de ´lo cierto del sexo´, ´la naturaleza del sexo´, ´la verdad del sexo´ (‘lo que el sexo es’ y el modo en el que los cuerpos deberían funcionar para producir ‘lo que el sexo es’) para empezar a interrogarse en relación a las posibilidades (y también imposibilidades) del sexo y los placeres”. Parte de esto puede verse en los cortometrajes de María Beatty que retratan bellísimas experiencias sado-fetichistas lesbianas, en las películas de Wired Pussy de la actriz porno Madison Young donde se muestran relaciones de rol entre mujeres y el uso erótico de la electricidad, o en las performances de la española Diana Torres quien usa elementos del BDSM para poner en escena su visión pornoterrorista de las sexualidades. En todas estas propuestas postporno, la manipulación de los elementos que se incorporan en el juego sexual S/M, las maneras en que se proporciona placer al otro/a, los roles fantásticos y las relaciones de poder implican una metamorfosis radical con relación al sistema sexo/género dominante basado en la heterosexualidad como norma.

 

Finalmente, la discusión en torno a las 50 sombras de Grey permanece abierta y ensombrecida, porque nos pone frente a la complejidad de entender un producto cultural de masas en dónde la cuestión del placer, el consumo y la sexualidad se entrecruzan en un contexto de mercantilización y mediatización de las sexualidades. Y tal vez allí está uno de los puntos clave de este debate: cómo cambian las representaciones de las prácticas según el escenario en el que emergen y -en consecuencia- cómo se ponen en escena diferentes discursividades acerca de la sexualidad que disputan por ocupar el espacio de legitimación simbólica. Es decir, diferentes definiciones de las mismas prácticas aparecen en la escena pública y tratan de mostrarse como la explicación más fiel y verdadera para que todos adhiramos a ella.

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En el caso del BDSM, las divergencias entre tres escenarios comunicacionales que aquí presentamos -la novela erótica, el porno, el postporno- revelan diferentes maneras de tramitar su representación. Por un lado, funciona como fantasía erótica o rareza porno para nuevos públicos y nichos de mercado diversificados; por otro lado, si es retratada desde las disidencias sexuales funciona como plataforma para experimentar prácticas sexuales y usos del cuerpo que permitan romper con lo establecido por la norma sexual heterosexual.

 

Por último, la pregunta acerca de qué posibilidades de cambios culturales pueden generar en las audiencias  cada una de estas formas de mostrar el BDSM es crucial para reflexionar acerca de los alcances políticos de cada escenario. Más allá de que para muchas mujeres la lectura de 50 sombras de Grey puede resultar placentera y ganar una cuota de autonomía y autoconocimiento por el simple gesto de dedicarse un momento a su goce estético, hay algo que permanece estanco. Cuando el BDSM es fantasía de látigo y sortija de casamiento, no lleva a una problematización más profunda del sistema sexo-político que organiza nuestras formas de vincularnos sexo-afectivamente y sólo queda en una autonomía individual fácilmente re-enfocada hacia el consumo. Es decir, no lleva a una reflexión en torno a cómo experimentamos nuestra sexualidad ni por qué la vivimos asociada a las relaciones amorosas, en su mayoría monógamas. Tampoco nos acerca a una práctica sexual que no necesite de un mercado de consumo que la sustente sino que invite al DIY (do it yourself o házlo tu mismo) en la producción de dispositivos caseros de placer. En cambio, cuando el BDSM emerge de la mano de expresiones artístico-políticas como la postpornografía se movilizan otros sentidos vinculados a la experimentación de la sexualidad desde una perspectiva lúdica, crítica y colectiva. En este sentido, no se pretende censurar al porno que no nos gusta sino crear –desde la autogestión- otro que pueda desafiar el orden sexual heteronormativo, al mismo tiempo que crear nuevos imaginarios que den cuenta de la multiplicidad de nuestras sexualidades, más allá de los géneros y las corporalidades.

 

 

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En japonés Shibari significa “atar”. Hoy en día se utiliza Shibari para describir la antigua técnica artística japonesa de ataduras con cuerdas. 
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El Shibari tiene su origen en el Hojo-jutsu, el arte marcial de refrenar a un prisionero. En el Japón del siglo XV la policía y los Samurai utilizaban el Hojo-jutsu como una manera de encarcelar y torturar a los delincuentes. Sin embargo, el honor de los antiguos guerreros Samurai los obligaba a tratar con dignidad a sus prisioneros, por lo que utilizaban diferentes técnicas para atarlos, mostrando a la vez su honor y el status del prisionero capturado.
Más adelante surgiría una nueva forma erótica de Hojo-justsu, llamada Kinbaku; el arte del bondage erótico. Hoy -y especialmente en Occidente- el arte del bondage erótico se llama Shibari, que consiste no tanto en un arte marcial sino en un arte de espiritualidad erótica.
Las ataduras de Shibari crean patrones geométricos y formas que contrastan con las curvas naturales del cuerpo humano. Las cuerdas y su textura destacan contra la suavidad de la piel. El posicionamiento estratégico de los nudos estimula ciertos puntos de presión de manera similar a la acupuntura o al Shiatsu, una forma de masaje japonés.
El arreglo estético de cuerdas y nudos sobre el cuerpo de la modelo enfatizan alternativamente sensualidad, vulnerabilidad, pero también fuerza. Esta colaboración voluntaria entre el artista de Shibari (atador) y la modelo da lugar al efecto combinado de belleza visual, intercambio de poder, impotencia, relajación, tensión. El Shibari también es utilizado como un componente en prácticas BDSM, aunque no es el caso para todos sus practicantes. Antonio Florez es artista de Shibari y fotógrafo. Oriundo de España, acaba de terminar el tour “Alianza Corporal” que recorrió Argentina, Brasil y Chile, dictando un Workshop de Shibari. Viktoria de Venus es artista, performer, modelo de Shibari argentina.

 

 


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