En este ensayo, el sociólogo Alexandre Roig plantea que frente a los cerca de 5 millones de musulmanes que viven en Francia, solo unos 3100 casos entran en una lista de “radicalizados”. O sea, un 0,06%. La agenda de los terroristas coincide con aquella de las extremas derechas racistas y xenófobas que se ven, de hecho, favorecidas por cada uno de estos actos. Los trazos de la conflictividad no tienen que ser dibujados sobre el mapa abstracto del choque de las civilizaciones, sino sobre el territorio concreto de la lucha por la emancipación colectiva.



Foto de Portada: Rescued by Rover    

 

La foto es del 18 de julio, 4 días después de que un hombre al volante de un camión atropellara a una multitud reunida para el festejo de la revolución francesa. Murieron 84 personas y hubo más de 300 heridos. Cuatro días después, entonces, miles de personas enlutadas sobre el malecón de Niza, la “promenade des anglais”, de espaldas al mar, y frente a los restos del siniestro. Una barrera humana con el mediterráneo y su historia en la nuca, un solemne desasosiego en la mente. El silencio es interrumpido por un coro emotivo de estrofas que incitan a “irrigar de sangre impura los campos franceses”. Lo que fue en tiempos de La Marseillaise el canto de una sed de justicia, suena hoy a hambre de venganza.

 

La reacción del gobierno después de los tres últimos atentados que conoció Francia ha sido sistemáticamente la misma: duelo, llamado a la seguridad, reacción bélica. Nunca mejor descripto el proceso del falocentrismo, violencia contra el que muchas voces se han elevado[1], quedándose de “noche despiertos”[2] contra el “estado de emergencia”. Desoídas por el propio primer ministro Manuel Vals, cuando decía “explicar el jihadismo, es ya querer excusarlo un poco”. Y sin embargo después de tres hechos ya aparecen algunos elementos que nos permiten, aunque más no sea, elaborar algunas hipótesis que no pretenden cerrar la comprensión, pero sí tal vez desviar la atención de la reacción puramente agresivas.

 

En estos tiempos, dónde la sospecha se generaliza fácilmente, es necesario precisar que obviamente estoy en contra del terrorismo y de toda forma de violencia que mata a civiles inocentes. Valga la insistencia redoblada de un agnosticismo anti-monoteísta que no me puede dejar mentir: la causa religiosa me parece la más absurda de todos los causantes de muerte (después de la violencia en el fútbol). Al punto tal que desconfío de que sea la “verdadera” causa. De hecho, tanto en los asesinos de la noche del 13 de noviembre del 2015 en el Bataclan y en varias terrazas de bares, como con el asesino de Niza, la relación con la religión es por lo menos laxa, salvo que el “integrismo” religioso haya habilitado el consumo de drogas de los primeros y la agresiva obsesión sexual de este último hacia el rosario de la santidad.

 

Olivier Roy sintetizaba esta misma sospecha diciendo que “no se trata de la radicalización del islam, sino de una islamización de la radicalidad”[3]. El propio Prefecto encargado del Comité Interministerial de la Prevención de la Delincuencia y de la Radicalización (CIPDR), Pierre N’Gahane, matiza este sentido común en un tono bastante explicativo: “la mayoría de los radicalizados tienen en común una situación de fracaso, de ruptura, una búsqueda de sentido o de identidad. Hubieran podido agarrarse de cualquier rama: una secta, el suicidio, la droga. La fuerza del discurso jihadista es que da una respuesta a todo. Es un kit de soluciones. Nos incumbe proponerles una solución alternativa”[4].

Se suma a esta duda sobre la naturaleza del “enemigo”, la dimensión del fenómeno. Frente a los cerca de 5 millones de musulmanes que viven en Francia, solo unos 3100 casos entran en una lista de “radicalizados”, o sea un 0,06%. La naturalización de la categoría del “radicalizado” es notable y lamentable introduciendo una palabra específica a la siempre peligrosa gramática del enemigo interno, que contribuye a su sobredimensión. Si la metonimia es un reduccionismo, en este caso confundir islam y terrorismo es un problema de analfabetismo estadístico. Pero como es preferible sospechar al otro de intenciones políticas antes que de sub-estimar su inteligencia, adentrémonos en los senderos de la sospecha, esta vez sociológica.

 

Empecemos por los atentados en sí mismos. Si bien no es mi especialidad, me permito hacer un superficial y rápido análisis de los símbolos movilizados. En territorio francés, hasta ahora, los actos terroristas remitían a una forma particular, la bomba, en muchos casos en el subte como en el reciente atentado en Bruxelas. En todos estos casos se convocaba a la figura del fuego, del humo, a la iluminación en la oscuridad de un túnel, a la explosión. Se buscaba asustar a la población civil en sus lugares de movilidad (aeropuertos, trenes, metro) para inmovilizar.

 

En estos tres últimos atentados, Charlie Hebdo, la noche del Bataclan, y Niza apelan a otros símbolos. Realizadas con armas los dos primeros, y el último con un camión[5]. La banalidad del instrumento dónde ya no se apela a la llama, uno de los elementos purificadores, no debe esconder la sofisticación de contra lo que se atenta.

 

No se ataca a los medios de transporte, sino a la Fiesta, a la Noche, al Rock, a la Revolución Francesa, a la Sátira. De hecho, podría haber ataques a las instituciones coloniales (que las hay y muchos) haciendo eco a la política exterior francesa que no deja de ser imperialista en algunas de sus aspiraciones; podría haber atentados contra la extrema derecha y los profetas de la islamofobia (que los hay y cada vez más). La polaridad construida es otra: pareciera ser más bien un odio al exceso, a los puntos de fuga, a los espacios y a los símbolos de lo que subvierte. Una violencia contra el sin-sentido que tiene todos los ropajes del reaccionismo. 

 

Menos grandilocuentes en los medios utilizados, más coherentes en los símbolos atacados. Lejos del fuego; más cerca de romper lo abyecto. La agenda es curiosamente convergente con aquella de las extremas derechas racistas y xenófobas que se ven, de hecho, muy favorecidas por cada uno de estos actos. En política diríamos que hay una alianza, en las ciencias sociales y humanas que hay una homología, en la justicia que hay complicidad. En todo caso los trazos de la conflictividad no tienen que ser dibujados sobre el mapa abstracto del choque de las civilizaciones, sino sobre el territorio concreto de la lucha por la emancipación colectiva frente a aquellos que buscan el orden, sea para ordenarse a sí-mismos o para ordenar a los demás.

 

Que los amantes de las teorías del complot no se confundan. De la coherencia simbólica no hay que deducir la mano de un gran arquitecto dispuesto a socavar uno de los pilares (de lo mejor) de la sociedad occidental. Simplemente nos invita a reintroducir actos aparentemente separados en una trama social que no alcanza a ser reconstruida por las reivindicaciones del Estado Islámico. La hipótesis que plantea el Prefecto Pierre N’Gahane de una sociedad que no consigue abrir los espacios del sentido al conjunto de sus miembros parece una pista más prometedora. Sin embargo, para ello la política francesa parece entrampada en sus dicotomías. Todavía se debate si el modelo social es el de la integración o el del comunitarismo, si tiene que ser un Estado liberal o un Estado de protección social, si tiene que zambullirse en las aguas del futuro o cuidar los caudales pasados. Le huye a la dificultad elogiada del filósofo Estanislao Zuleta, reduce al otro a enemigo, se embriaga de la idea de identidad que hoy en día es la ceguera que impide la articulación de lo múltiple. Hemos dejado de ser (por suerte) sociedades de identidades únicas, para ser sociedades de identificaciones múltiples, no terminamos de ser (por suerte) sociedades de individuos auto-fundados que se resolverían en el mercado sus conflictividades. Entre estos polos, resolver el “terrorismo” no pasa entonces por el reflejo securitario que ahonda polarizaciones, sino por asumir la tarea, mucho más valiente, de hacernos las preguntas necesarias para tener políticas del sentido de nuestro presente. No es esta una cómoda invocación intelectualista, sino asumir la necesidad de trabajar políticamente la construcción de un sentido común que aleje la opinión pública de los impulsos vengativos, que permita que en este manchado malecón de Niza, el próximo 14 de julio se mire de frente al Mediterráneo, sin darle la espalda a lo sucedido, pero buscando en aguas profundas los fundamentos de la justicia, más allá de los flotantes deshechos de la venganza.

 

[1]http://www.liberation.fr/debats/2016/01/12/culture-de-l-excuse-les-sociologues-repondent-a-valls_1425855

[2]https://nuitdebout.fr

[3]https://fr.express.live/2015/11/27/il-ne-s-agit-pas-de-la-radicalisation-de-l-islam-mais-de-l-islamisation-de-la-radicalite-exp-217184/

[4]http://www.lemonde.fr/police-justice/article/2015/03/26/les-nouveaux-chiffres-de-la-radicalisation_4602011_1653578.html

[5] En la noche de los atentados hubo una bomba y una inmolación en las proximidades del Stade de France pero no marcó tanto en los imaginarios como el tiroteo del Bataclan.


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