Una investigación producida por Dromómanos con el apoyo del Pulitzer Center. Capítulo I y II, acá.
A Manuel Roseo le arrancaron los dientes y le hundieron los huesos del cráneo y del pecho con un martillo de goma. Le embolsaron la cabeza para dejarlo sin aire y le destrozaron el cuello apretándolo con un cinturón. La mañana del 13 de enero de 2011, los asesinos quisieron obligarlo a que firmase un boleto de compraventa de La Fidelidad, esa inmensa estancia que duplicaba el tamaño de Roma y que Roseo mantenía intacta desde hacía cuarenta años. Él se negó. Apoyaron uno de sus dedos con tinta negra por toda la hoja. Y lo mataron.
El boleto y las escrituras de La Fidelidad aparecieron pocas semanas después del asesinato. Los presentó Luis Raúl Menocchio cuando lo detuvo la policía. Como me dijo en una de nuestras charlas, fue el mejor negocio que hizo: “La compré en cuarenta millones de dólares y la iba a vender por quinientos”. El asesino de las mil caras —como lo llamaron los medios— fue condenado a cadena perpetua por el crimen de Manuel Roseo. Por matarlo para quedarse con sus tierras.
Pero no se las quedó.
Claudio Gómez, otro de los cuatro condenados, había intentando estafar a Manuel Roseo seis meses antes del asesinato, presentado un boleto falso de compraventa de La Fidelidad. Ese hombre que vendía autos usados era el chofer de Herme “Vino Caliente” Juárez, líder de los trabajadores portuarios de la provincia de Santa Fe y uno de los sindicalistas más poderosos de Argentina. En 2019 Juárez sería investigado por facilitar el tráfico internacional de cocaína desde sus puertos y luego encarcelado por asociación ilícita y lavado de activos.
¿La Fidelidad era también “un gran negocio” para Claudio Gómez? ¿O detrás del asesinato de Roseo, como me deslizó la fiscal Juana Rosalía Nis, se movían los intereses del narcotráfico?
La Fidelidad tampoco quedó en manos de Claudio Gómez.
En agosto de 2011, siete meses después del asesinato de Manuel Roseo, el gobernador de la provincia de Chaco, Jorge Milton Capitanich, anunció la expropiación de la parte chaqueña de La Fidelidad y la creación de un parque nacional. “Vamos a crear un corredor ecológico de valor estratégico en la provincia”, aseguró. Un mes después fue reelecto con el 67% de los votos y las tierras fueron expropiadas durante su mandato.
Carlos Gustavo Del Corro —el primero de los abogados de Lucía Roseo y su familia— aseguró que Menocchio era el “líder de una banda de sicarios” y que el asesinato de Manuel Roseo fue “un crimen por encargo”. Durante años señaló a Capitanich como uno de los posibles autores intelectuales del crimen. En las entrevistas que me dio desde la cárcel de Rawson, Luis Raúl Menocchio también apuntó contra el exgobernador.
Pero la provincia de Chaco no se quedó con La Fidelidad. Ni siquiera pagó el dinero de la expropiación.
Douglas Tompkins, un filántropo y multimillonario estadounidense —creador de las marcas de ropa The North Face y Esprit—, había intentado comprarle La Fidelidad a Manuel Roseo un año antes del asesinato. Pero Roseo se negó. Pocos meses después de que lo mataron, Tompkins y su fundación The Conservation Land Trust donaron la mayor parte del dinero para la expropiación. En octubre de 2014 se creó en esas tierras el Parque Nacional El Impenetrable. Parque flojo de papeles, manchado con sangre y atropello a los DD. HH., denunció Lucía Roseo en sus redes sociales. La Fundación de Tompkins se convirtió en Rewilding Argentina y hoy desarrolla allí proyectos científicos y de reinserción de fauna salvaje, que son celebrados alrededor del mundo.
Pero las tierras siguen en disputa.

Llevo casi dos años investigando el crimen de Manuel Roseo. Hice más de cincuenta entrevistas, estudié seis causas judiciales y recorrí cinco provincias de Argentina detrás de un enigma que fue cambiando de forma. ¿Quién era en verdad ese hombre anónimo, el mayor terrateniente del norte de Argentina? ¿Por qué nunca explotó sus tierras? ¿Por qué rechazó ofertas millonarias? ¿Por qué vivió casi en la miseria?
Así como quienes cuentan su historia, entendí que los enigmas de su vida apenas se comparan con los dejó su muerte. ¿Por qué Manuel Roseo soportó las torturas y no entregó las tierras? ¿Acaso estaba protegiendo los intereses de un poder mayor? ¿Por qué lo mataron? ¿Alguien en las sombras dio la orden?
* * *
Antes de partir hacia el Parque Nacional El Impenetrable vuelvo sobre la carta que me entregó Vidal Mario, con la que viajo desde que empecé esta investigación. Está atravesada por una mancha rojiza que desciende entre las palabras, como la frontera de un antiguo mapa, o como si el papel hubiese sido quemado.
Manifiesta haber conocido a Videla y Agosti tanto como a Massera, López Rega y a otros miembros de la Logia Propaganda Due como el cardenal Marcinkus —Jefe financiero del Vaticano— como a Roberto Calvi, Presidente del Banco Ambrosiano y dueño del Banco Italiano, cuyo cuerpo apareció ahorcado misteriosamente debajo de un puente de Londres, cuando se hicieron públicas sus escandalosas relaciones con el lavado de dinero en el affaire Irán-contras-drogas-armas.
La primera vez que leí la carta, el nombre de Manuel Roseo, entre todos esos nombres, me pareció parte de una fantasía o de una conspiración delirante. Emilio Massera fue el hombre más poderoso de la Armada durante la última dictadura. José López Rega, conocido como “El Brujo”, fue Ministro de Bienestar Social de Juan Domingo Perón y el creador de la Alianza Anticomunista Argentina (AAA), un grupo parapolicial de ultraderecha que asesinó a artistas, sacerdotes, intelectuales, estudiantes, sindicalistas y políticos de izquierda durante los setenta. Ambos formaban parte de la logia masónica Propaganda Due, que operó como una organización clandestina de poder en Italia, Estados Unidos y América Latina.

En mi último encuentro con la fiscal Juana Rosalía Nis, la mujer que atrapó a Menocchio y que conoció a Roseo, llegué a mostrarle la carta.
—Este rejunte de nombres no significa nada —me dijo, levantándose los finos anteojos.
Unos minutos después volvió a tomar la carta entre sus manos.
—Mirá… Hay algo que Don Roseo me contó una vez. Me dijo que ellos habían terminado en Castelli por una mujer. Esa mujer tenía una relación con su hermano Luis, era una socia de él. Y era la secretaria del almirante Massera.
En el único documento judicial que existe sobre el taller textil de los Roseo —un préstamo que obtuvieron del Banco Nacional de Desarrollo—, aparece el nombre de una mujer como “componente de la sociedad”: Guillermina Silva de Celesia. Esa mujer figura también en la ingeniería legal de múltiples cooperativas de crédito y financieras de Argentina, todas quebradas. Una de ellas, la cooperativa de crédito "Río de la Plata", forma parte de los préstamos que luego obtuvieron los hermanos Roseo del Banco de la Nación Argentina. Misteriosamente, todos los datos de Guillermina Silva de Celesia desaparecieron de la Administración Federal de Ingresos Públicos. ¿Podría ser la mujer que llevó a Luis y Manuel Roseo hacia La Fidelidad?

El dato de la fiscal Nis no era la prueba de una conspiración. Pero si algo había de cierto en la aparición de Massera, ¿qué otras cosas podían ser ciertas?
El relato en la carta se interrumpe con una flecha y un nombre atravesado: Licio Gelli.
Durante los setenta, Gelli —que había formado parte de los Camisas Negras de Mussolini y de las Falanges de Franco—, fue elevado al grado de Gran Maestro dentro de la Propaganda Due. Se dedicó a infiltrar a sus miembros en las fuerzas armadas, los servicios de inteligencia, la policía, los ministerios, los bancos y los medios de comunicación. Según la autobiografía Yo, Juan Domingo Perón, Gelli fue quien le entregó el cadáver de su exesposa, Evita, al que Perón buscaba desde hacía más de quince años. En noviembre de 1972, cuando Perón regresó del exilio para convertirse otra vez en presidente de Argentina, Gelli viajaba a su lado en el chárter que lo trajo al país.
Una vez más, cuando planeo llegar hasta aquel rancho perdido donde Manuel Roseo vivía como un mendigo, sus huellas me llevan hacia un lugar muy alejado de El Impenetrable.
***
Desde la explanada del Golf Club de Mar del Plata se observan los acantilados que descienden hacia el Atlántico. Detrás del último hoyo asoman los buques grises de la Armada apostados en la Base Naval. El Club fue construido a fines del siglo XIX por los directivos británicos del Ferrocarril del Sud, sobre los médanos de Playa Grande. Un terreno irregular y arbolado al que llaman La Catedral del Golf. Valentín Grasso, el abogado que mantiene trabada la sucesión de Manuel Roseo desde hace más de diez años, me recibe levantando los brazos. Me lleva por salones de estilo Tudor, de techos abovedados y pisos de madera oscura que crujen, hasta una amplia mesa con vista al océano.
—No debe haber más de tres personas que saben la verdad de todo esto —me dice.
Valentín Grasso fue abogado de compañías petroleras como Astra y Repsol YPF y también representó al Consulado General de España y a distintos círculos de comunidades italianas. Es un hombre alto y robusto que camina con lentitud. Tiene el pelo crespo y canoso, peinado con prolijidad. Los ojos claros y una sonrisa que reluce.
—Una de esas personas soy yo.
Llegué hasta él luego de adentrarme en el expediente judicial ROSEO LUIS s/SUCESION - CIVIL 166865/1985, que trepó hasta la Corte Suprema de Justicia de la Nación. En ese expediente se dirimen sucesos que ocurrieron dentro de la familia Roseo hace más de veinticinco años, entre agosto de 1984 y enero de 1985. Sucesos que podrían cambiar el destino de La Fidelidad.
—Los personajes legales de esta historia, mi estimado, están todos fuera de la ley —me dice Grasso—. Empezando por Manuel Roseo.
Según me cuenta, los padres de Manuel Roseo fueron los primeros en llegar a la Argentina, escapando del hambre en Italia durante la posguerra. Fueron ellos, Sabatino Roseo y María Caroccci, quienes levantaron un taller textil en San Martín, provincia de Buenos Aires. El taller que en 1972 —según la historia oficial— Luis y Manuel Roseo entregaron a Bunge & Born a cambio de La Fidelidad.
—Era una familia pobre de solemnidad —me aclara Grasso—. El “taller textil” que armaron… Con suerte era una fábrica de trapos sucios.
Sabatino Roseo murió en 1977 en Buenos Aires y su esposa volvió a la ciudad de Roma, donde tenían otras dos hijas: Ana y Lucía. El 21 agosto de 1984 murió Luis Roseo, el mayor de los cuatro hermanos y dueño de la mitad de La Fidelidad. No tenía esposa ni hijos. Su madre, María Carocci, se convirtió en su única heredera.

Medio año después de la muerte de Luis Roseo, el 5 de enero de 1985, su madre se presentó en el Consulado de la República Argentina en Roma. Allí le cedió a Manuel Roseo “todos los derechos y acciones hereditarias que le corresponden como única heredera en la sucesión de su difunto hijo Luis Roseo”. Es decir, María Carocci le regaló a Manuel Roseo la mitad de La Fidelidad.
—Fue algo absolutamente ilegal —asegura Grasso—. Porque María Carocci tenía otras dos hijas a las que también les correspondía parte de esa herencia. No podía vulnerar la legítima herencia de sus hijas. Y fíjate igual lo irónico, a Manuel Roseo lo mataron por ese regalo.
—¿Por qué María Carocci dejó a sus dos hijas sin nada?
—Manuel Roseo indujo a su madre a firmar ese documento. Quizás la engañó, quizás la forzó. No puedo constatar si él estuvo o no en el Consulado. Pero ese documento lo llevaron preparado. Lo único que hizo el cónsul fue transcribirlo. Es imposible que María Carocchi conociera, menos aún que recordara, la totalidad de cosas que están volcadas ahí. Pero cometieron un error…
Valentín Grasso se levanta de la mesa y trae desde la barra del bar dos cafés en una bandeja de vidrio.
—¿Qué error?
—Manuel Roseo nunca firmó esa cesión de derechos, nunca la aceptó. No lo hizo porque, si lo hubiese firmado, quedaba en evidencia que era cómplice de una estafa. Estaba dejando a sus dos hermanas sin su parte de la herencia. Esas dos mujeres hoy están muertas. Yo trabajo para sus hijos, la “rama italiana” de esta historia. Mi trabajo pasa por evitar que los despojen de la herencia de Luis Roseo: la mitad de La Fidelidad.
—¿Cómo llegaste a este caso?
—Me convocaron a través de ciertos personajes que tienen que ver con el Vaticano y la Orden de Malta… Vení, te voy a mostrar algo que te va a encantar.
* * *
El 27 de enero de 2014, tres meses después de ser condenado a cadena perpetua por el asesinato de Manuel Roseo, Claudio Alfredo Gómez se fugó del Complejo Penitenciario II de Sáenz Peña. Era la primera de las dos fugas que iba a protagonizar. La única en la que escaparía con vida.
La versión oficial aseguraba que su compañero de celda fingió una descompensación y que ambos redujeron a los guardias. Apenas tenían una faca casera, con la que cortaron un alambrado interno y salieron a través de un boquete en el muro perimetral. La versión que me darán los policías que lo persiguieron es muy distinta: el hombre fuerte que lo protegía pagó por su fuga. Un agente del servicio penitenciario fue detenido una semana después por facilitar el escape. Gómez desapareció en el monte sin dejar rastros.
—Cuando se escapó, vivió un tiempo escondido en las islas del Paraná. Tenía una piragua y pescaba. Parecía El Náufrago cuando lo encontré —me cuenta Miriam Roxana Hoffman, la última pareja de Claudio Gómez.
Estamos en un departamento de paredes absolutamente vidriadas en el piso dieciséis de una torre en Puerto Madero, la zona residencial más cara de Argentina. Frente a este departamento vive el expresidente Alberto Fernández. Miriam está sentada junto a su hija y ambas acarician dos perros caniches diminutos con abrigos de animal print. Es una mujer voluptuosa de cincuenta años, con los ojos cristalinos y el pelo negro largo y fino.
La primera vez que vio a Claudio Gómez, Miriam manejaba un supermercado en Sauce de Luna, un pequeño pueblo de cuatro mil habitantes en la provincia de Entre Ríos. Alrededor del pueblo se dispersan decenas de estancias para la cría de ganado. La más famosa, en la que trabajaba Claudio, está ubicada sobre la Ruta Nacional 127. Se llama Estancia Las dos Martas y es propiedad de Herme “Vino Caliente” Juárez. .
Nacido a principios de los sesenta, Herme Juárez había pasado su infancia traficando y vendiendo pieles de nutrias entre las islas de Santa Fe y Entre Ríos. Nunca llegó a terminar la escuela primaria y pasó a trabajar como estibador en los puertos de Rosario, donde a propósito dejaba los vinos de exportación bajo el sol antes de ser trasladados. Así empezaron a llamarlo “Vino Caliente”. Cierta prepotencia y una capacidad innata de liderazgo lo convirtieron en el máximo referente de los estibadores y en el principal referente sindical de los puertos de Santa Fe. Monopolizó los servicios de estiba en las terminales agroexportadoras del Gran Rosario, por donde sale el 80% de las exportaciones de Argentina. Hasta que en 2019 fue acusado de facilitar el narcotráfico transnacional enviando cocaína en contenedores desde sus puertos hacia Veracruz, México. La droga era arrojada al río y luego recogida en lanchas de la cooperativa. Finalmente fue encarcelado por extorsión y lavado de activos.
A lo largo de la investigación, los pedidos de entrevista a Herme Juárez no fueron respondidos.

—Claudio venía al campo de Juárez y se encargaba de todo. Él empezó como su chofer y terminó siendo su mano derecha. Juárez confiaba más en Claudio que en sus propios hijos —dice Miriam—. Claudio era muy carismático, muy desfachatado. Un ser de luz, como le dicen ahora. Siempre te elevaba, te daba confianza en lo que hacías.
—¿Cómo lo conociste?
—Una tarde llegó al supermercado. Andaba con reflejos en el pelo, zapatillas fucsias. Y tenía un cuerpazo. Se compró una cerveza, que salía un peso, y me dijo ¿un beso? Empezamos a vernos cada tanto. La única vez que convivimos fue cuando estuvo prófugo. Fue la única persona de la que me enamoré.
El 20 de diciembre de 2005, cuando se conocieron, Claudio Gómez tenía tres hijos y dos parejas anteriores, de las que estaba separado. La segunda de esas mujeres era una escribana de San Lorenzo que había trabajado para Herme “Vino Caliente” Juárez. Según el relato de Miriam, Claudio funcionaba como testaferro en algunos de sus negocios.
—Él terminó involucrado en el homicidio a causa de la estafa por La Fidelidad. Si él no hubiese firmado ese boleto de compraventa, jamás hubiese pasado lo que pasó ni la muerte de él.
Claudio Gómez permaneció prófugo durante tres meses. Al principio se escondía en el depósito del supermercado de Miriam. Hasta que ganó confianza y empezó a llevar mercadería en una Ford Ranger. Una tarde, cuando atravesaba el boulevard del pueblo, la policía encendió las sirenas detrás suyo.
—El tipo aceleró y se nos escapaba. Estaba por salir del boulevard y justo pasó un nene en bicicleta y él frenó para no atropellarlo y ahí no tuvo escapatoria —me contará por videollamada Daian Farías, el oficial de la policía que lo capturó—. Bajó del auto y él solo puso las manos detrás de la espalda, que eso te habla de que era un carcelario. Pero nos dijo Ustedes están equivocados. Yo soy Diego Beltramino.
La policía tenía el dato de que Claudio Gómez estaba en el pueblo. Había sido filtrado por un trabajador del campo de Herme Juárez. En el camino a la comisaría, Gómez les ofreció dinero para que lo dejaran libre. El oficial Farías se comunicó con la policía de Timbúes, una localidad pesquera al sur de San Lorenzo donde figuraba una dirección a nombre de Diego Beltramino. Cuando le respondieron, entendió que el caso era mucho más grande de lo que creía: Beltramino está desaparecido hace más de diez años, le dijeron.
Daian Farías consiguió fotografías de Claudio Gómez tomadas durante el juicio por el asesinato de Manuel Roseo. Pensó que tenía en su comisaría a un nuevo asesino de las mil caras. Las fotos mostraban a un Gómez corpulento, con el pelo largo y flequillo. El hombre que había capturado era mucho más flaco y estaba casi rapado. Pero había un detalle inconfundible: un lunar en la mejilla izquierda.
—Cuando lo presionamos en la comisaría se quebró. Nos dijo que era Claudio Gómez —me contará el oficial Daian Farías—. Mi conclusión es que él lo mató a Beltramino y se quedó con su identidad. Nunca se supo más nada de ese chico.
Al enterarse de la posible aparición de su hijo, la madre de Diego Beltramino llegó hasta un pequeño periódico local llamado Síntesis y contó una historia que puso a Gómez entre las sombras de otro asesinato.
Beltramino tenía 39 años cuando desapareció, el 24 de abril de 2003. Era el mayor de tres hermanos y tenía un pequeño problema neurológico que había afectado su movilidad. Vivía en una casa frente a la de su madre, en la ciudad de Capitán Bermúdez, a veinte kilómetros de Rosario. Esa mañana tomó dos bolsas, una con botas y otra con el equipo de mate, y se fue en bicicleta a pescar al río Paraná. Las últimas imágenes que hay de él son de una cámara de seguridad en un muelle de San Lorenzo, propiedad de la empresa Vicentín, vinculada directamente a “Vino Caliente” Juárez. En agosto de 2019, cuando Juárez fue encarcelado por lavado de activos, la Justicia descubrió que el 93% de sus operaciones comerciales, durante los últimos años, habían sido facturadas a Vicentín.
—¿Cómo es que ese hombre tenía la identidad de mi hijo? —se preguntó Ángela, la madre de Diego Beltramino, en la entrevista que le dio a Síntesis—. El Juez me dijo “capaz que su hijo se cayó de un barranco” y no se investigó nada. Solo me dieron su bicicleta, que era lo único que quedaba en el muelle.
El juez que estuvo a cargo de la búsqueda de Diego Beltramino era el mismo que había estado a cargo de la denuncia de Manuel Roseo contra Claudio Gómez, Eduardo Filocco. Al igual que aquella denuncia, la causa por la desaparición nunca avanzó.
—Esa identidad se la dio la exesposa de Claudio—me dice Miriam, llorando junto a su hija—. Claudio no mató a nadie. Él estaba destrozado porque la condena social por lo de Roseo fue terrible y veía a sus padres sufrir.
—¿Claudio te dijo quién mató a Manuel Roseo?
—En el juicio hubo gente que quiso relacionar a Juárez con el asesinato. Y entonces lo señalaban a Claudio. Pero eso no es verdad. Antes de que pasara lo que pasó, Claudio dijo una sola cosa: Menocchio fue el que lo mató a Roseo.
Luego de ser capturado en Sauce de Luna, Claudio Gömez fue llevado a la Alcaidía de Resistencia, en la provincia del Chaco. De allí se fugó el 6 de agosto de 2016. Era su segunda fuga luego de ser condenado por el asesinato de Manuel Roseo. La versión oficial aseguraba que estaba armado y que escapó amenazando a los guardias. Una vez afuera sostuvo un tiroteo con la policía y, al quedar rodeado, se disparó en la cabeza. La fiscal que investigó el posible suicidio de Gómez, Carmen Beatriz Scarpin —con quien tomaré un café en Resistencia—, me dejará ver que las cosas no fueron tan claras.
—Gómez ya había tenido un intento de suicidio antes de llegar al Chaco. Se quiso ahorcar en una celda y lo salvaron de casualidad. Y el disparo que tenía en la cabeza no era de un arma de la policía. La hipótesis del suicidio parecía firme. Pero la escena era muy difícil de acreditar —me dirá Scarpin—. Nadie se fuga de una cárcel para suicidarse en la puerta.
Esa madrugada, cuando llegó a la escena del crimen, a la fiscal le resultó extraño que la cárcel estuviese envuelta en un silencio sepulcral. El monte donde estaba el cuerpo era un barrial sin huellas. Las cámaras de seguridad estaban todas apagadas y no habían registrado la fuga.
—¿De dónde sacó Gómez la pistola con la que se disparó? ¿Le falló un contacto afuera? ¿Le tendieron una trampa? —se pregunta Scarpin—. Ese muchacho tenía muchos secretos. Y se los llevó a la tumba. O alguien dio la orden de que se los lleve.
* * *
Un pequeño y antiguo ascensor con manivela nos lleva hacia el primer piso del Club Golf Mar del Plata. El techo de madera está atravesado por delicadas guardas y tiene una puerta de bronce con pequeños círculos que contienen flores de lis.
—Parece un sarcófago, ¿no? —me dice el abogado Valentín Grasso—. Juego de Tronos es Walt Disney al lado de esta historia. No te creas que Manuel Roseo era el italianito pobrecito que andaba por ahí. Era un personaje de terror. ¿Ya sabés lo que hizo con todas las ofertas que recibió?
Desde que comencé esta investigación, los nombres de los posibles compradores de La Fidelidad me resultaron tan inverosímiles como los que se suceden en la carta. Desde Marcelo Tinelli, el presentador televisivo más famoso de Argentina, hasta Muamar al Gadafi, el dictador que gobernó Libia durante más de cuarenta años. Abogados, fiscales y jueces me hablaron de conglomerados agropecuarios suecos y japoneses y de Gustavo Grobocopatel, el rey de la soja. De Eduardo Eurnekian, el empresario que dirige uno de los mayores imperios aeroportuarios y uno de los cinco hombres más ricos de Argentina. Y de José López, exsecretario de Obras Públicas de Argentina condenado por enriquecimiento ilícito, quien se habría contactado con Manuel Roseo en nombre de la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner.

Una vez más, entre todos esos nombres que parecen formar parte de una trama irreal, se filtran retazos de verdad.
—Yo trabajé con el abogado de Eurnekian —me dice Grasso—. Ellos le ofrecieron trescientos millones de dólares a Roseo por La Fidelidad. Eso está escrito. Era un viejo loco. Fuimos con la plata y nos echó, me contó ese abogado. Después llegó un representante del gobierno de Libia, de Gadafi, a través de un abogado que fue Procurador del Tesoro de la Nación. Te voy a enviar esa oferta para que la leas. Todo eso sucedió. Y Roseo los mandó al carajo.
—¿Por qué rechazó esas ofertas?
—No era un tipo normal. Andá a saber si tenía problemas de esquizofrenia. Yo creo que no llegó a percibir lo que era la cantidad de dinero que tenía. No creo que mucha gente sepa lo que son quinientos millones de dólares. Excede hasta las fantasías.
—¿Podrían ser que las tierras no fuesen de él?
—Las escrituras de La Fidelidad están a nombre de Manuel y de Luis Roseo. ¿De quién más van a ser?
Atravesamos un amplio salón donde se juega al bridge hasta que llegamos a la antigua foto que Grasso quería mostrarme. Es un retrato de Eduardo de Windsor, el Príncipe de Gales que se convertiría en el rey Eduardo VIII del Reino Unido, sentado en el césped del Club, con una sonrisa levemente arqueada y un palo de golf apoyado sobre sus piernas.
—¿Sabías que llegó hasta acá pilotando su propio avión? Es increíble lo que hace la gente para llegar a donde quiere.
—¿Quién te contactó para trabajar en este caso?
—Mi estimado, la rama italiana de esta historia tenía ciertos contactos con curas de la Iglesia Católica en Roma. Pidieron asesoramiento al Ministerio de Justicia del Vaticano y los derivaron con un Cavalieri que representa sus intereses en Sudamérica. Ellos abrieron el sucesorio de Manuel Roseo, a través del Consulado de Italia. Y me pidieron que siga con este litigio en el Chaco, que es como Waterloo.
—¿Por qué?
—Los abogados que trabajan en este caso son personajes siniestros. Gente del interior, primitiva, dura. Del Corro es el líder de la banda. Después del asesinato tardó un par de horas y ya manejaba la herencia. Junto con los otros dos abogados que quedaron ahora. Hacían el juego de tirarle el fardo a Capitanich, pero son todos amigos.
Le pido a Grasso si puede leer la carta que llevo conmigo, donde Manuel Roseo aparece en el centro de una trama hecha de dictadores y logias masónicas. A cada línea su sonrisa se hace más grande.
—Vos creés en los cuentos de hadas me parece. Puedo enviarte la carta por la que me convocaron. Yo no diría que en esta historia hay un interés propio del Vaticano como Estado.
—¿Qué dirías?
—Que simplemente brindaron una ayuda religiosa.
* * *
La Ruta Provincial 46, al sur de la ciudad de Corrientes, es un camino de tierra flanqueado por un riacho escuálido donde apenas se ven autos y transitan carros tirados por caballos y manejados por niños que juntan basura. A veinte kilómetros de la ciudad, en un monte desolado, se levanta la Unidad Penitenciaria Nº 1 de Corrientes, conocida como Laguna Brava.
Acabo de comenzar el último viaje de esta investigación en el norte de Argentina. Luego de varias negociaciones que incluyeron al Procurador de la provincia de Corrientes, conseguí el permiso para ingresar y entrevistar a Salvador Borda. Junto a Luis Raúl Menocchio, es el único de los condenados por el asesinato de Manuel Roseo que aún vive.
Laguna Brava está hecha de alargados edificios blancos de dos plantas que se conectan entre sí y que desde el ingreso dan la impresión de ser más un parque industrial que una cárcel. Esta unidad modelo fue construida en tiempo récord cuando en abril de 2020, en la antigua y derruida cárcel de la ciudad —inaugurada en 1888 y casi sin mantenimiento—, un sangriento motín dejó heridos y muertos en medio de la pandemia. Entre los más de setecientos presos que fueron traídos aquí y encerrados está Salvador Borda.
—A mí me metieron en esta causa porque yo andaba jodiendo al Gobernador Capitanich —me dice Borda, en el centro de un inmenso tinglado donde lo único que se escucha alrededor es el viento que azota el monte.
Es un hombre robusto y de panza abultada que llega a la entrevista con una camisa a cuadros, zapatos negros y un jean Wrangler, oliendo a una colonia intensa. En su rostro redondo, afeitado, de ojos negros y cejas tan finas que parecen delineadas, acecha una mirada aguda. No parece alguien que sea apenas contratado como fuerza bruta en una banda delictiva, como señalaron los medios. Es un hombre que se muestra parco y sereno que estudia el terreno antes de hablar.

Salvador Borda durante el juicio por el asesinato de Nélida Bartolomé y Manuel Roseo.
—Yo venía armando una toma grande de terrenos, que Capitanich no quería saber nada, porque era en el campo de una jueza importante. Y tiempo después lo matan al viejo Roseo. Yo estuve preso casi toda mi vida, pero nunca maté a nadie.
Salvador Borda nació en Curuzú Cuatiá, Corrientes, el 25 de diciembre de 1965. Antes de cumplir los cinco años fue llevado a Empalme Graneros, un barrio industrial en el sur de la ciudad de Rosario. Su padre, un hombre de campo y de cuchillo, no tenía plata para criarlo y lo mandó a vivir con una de sus tías. En Empalme Graneros creció entre atorrantes. Llegó a terminar la escuela secundaria y aprender el oficio de albañil, pero lo que en verdad le atraía eran las armas. A los catorce años cometió su primer robo con la réplica de un revólver. Poco después, en un revoleo, consiguió una pistola nueve milímetros con la que asaltó pollerías y fiambrerías. Estuvo invicto hasta los veinte, cuando cayó por el robo a una distribuidora de cigarros. Y comenzó su tour carcelario.
Durante los siguientes cuarenta años, Salvador Borda estuvo encerrado en las provincias de Santa Fe, Chubut, Buenos Aires, Córdoba, Chaco y Corrientes. Cada vez que salía, intentaba un robo más grande. Asaltó estancias, empresas de colectivos y una inmensa clínica de salud en vísperas de navidad, cuando se acumulaban los aguinaldos. Volvía a la cárcel y, como una suerte de Papillón rural, pensaba que una sola cosa era más importante que su próximo robo: Salvador Borda se obsesionaba con evadirse.
—Cada vez que me metían en cana yo tenía un túnel en mi cabeza. En la cárcel de Coronda, re picante, los guardias pasaban armas y decían que se maten entre ellos. ¿Cómo salís vivo de ahí? Yo tenía una radio FM y escuchaba a un tipo que estudiaba la tierra. Es una zona de tierra arcillosa donde crecen las mejores frutillas del mundo. Y si había arcilla abajo, se podía cavar. Yo soy albañil. Armé un grupo. Poníamos música bien fuerte y picábamos. Casi me muero asfixiado en ese túnel. Nos faltaban pocos metros para salir, pero alguien adentro nos vendió para sacarse unos años de condena. Deambulé por todos lados hasta que me mandaron para Chaco.
En 2008 salió en libertad por última vez. Tenía cuatro hijos y trató de establecerse vendiendo ropa de segunda mano. Le hablaron de un terreno en el barrio 8 de Enero, una zona rural en los suburbios de Resistencia donde faltaba el agua y la luz, pero se podía construir. Según Salvador Borda, logró organizar a los vecinos y sus reclamos llegaron a oídos del propio gobernador Capitanich, ya que habían tomado varios campos aledaños al barrio. En enero de 2013 los vecinos le dijeron que la policía merodeaba su casa y Borda pasó varias noches en lo de un amigo. La mañana del asesinato de Manuel Roseo, asegura que estaba vendiendo esa misma casa.
El 25 de enero de 2013, el día que Menocchio fue detenido en Corrientes, la Policía del Chaco detuvo a Borda en un retén. Le dijeron que estaba acusado de asesinato y lo encerraron.
—Imaginate matar a esos dos viejitos de esa forma… uno parece un monstruo. Esta causa está viciada. El pibito ese, el secretario Berg, dicen que se zafó de las bolsas en la cara cortándolas con la lengua. ¿De qué me estás hablando? ¿Era Superman? —dice Borda—. Yo me enteré de muchas cosas en los pasillos del juicio y en la cárcel. Ese Berg estaba metido con la banda, por eso quedó vivo. No sé si no le metió unas patadas al viejo adentro de la casa. Después se aguantó el golpe en la cabeza y lo dejaron tirado. Berg sabe de dónde vino la mano. En el juicio habló de “los codiciosos” y mencionó que Capitanich le quería comprar las tierras a Roseo.
—Lucía Roseo te señaló en el juicio, junto a otros testigos. Dijeron que te vieron esa mañana en la casa de su papá, y que también estuviste con Menocchio el seis de enero en la casa de Roseo.
—Esto es un negociado. Esa persona que ellos vieron no era yo.
—¿Quién era?
—Un viejo que se llama Francisco “Pancho” Echeverría, que fue el que llevó a Menocchio a la casa de Roseo. Yo no ando en el tema drogas, no es mi rubro (se ríe).
—¿Conocías a Luis Raúl Menocchio?
—No. Lo conocí en el juicio. Yo estaba en el tema de robos, él era un sicario. Un tipo raro. Tenía a Gómez Sosa que era como su mujer en la cárcel. Decía que era muy picante y se encamaba con tipos cuando no lo veían. Menocchio estuvo almorzando con Berg y con “Pancho” Echeverría. ¿Sabés de qué hablaban? De cómo matarle al pobre viejo. El viejo Roseo tenía un seguimiento, ya hace rato que le querían limpiar. Estos tipos estaban contratados para matarlo.
—¿Quién los contrató?
—Eso lo tendría que saber la Justicia, ¿no? Pero en la cárcel te enterás de cosas. El santafesino, Gómez, el tipo que se fuga dos veces y en la segunda lo matan. Yo tenía un compinche que era su compañero de celda. Me contaba que Gómez gritaba "que venga a tomar mate conmigo ese hijo de puta de Capitanich". Y la policía le informa eso al Gobernador, ¿viste? Y le hicieron una camita. Le dieron un fierro, un 38 que no andaba. Y cuando se fugó lo mataron en un descampado. El otro, Gómez Sosa, lo atraparon y en unas semanas estaba muerto. ¿Qué sabían esos tipos?
Llevo más de cuatro horas hablando con Salvador Borda cuando, antes de que se termina la entrevista, me entrega un documento en el que pidió que su caso sea revisado por Innocence Project, una organización sin fines de lucro que busca exonerar a personas que han sido —según afirman— condenadas injustamente. Hasta ahora no han tomado su caso.
* * *
En 1972, cuando Bunge & Born le vendió La Fidelidad a Luis y Manuel Roseo, era el grupo empresario más grande del hemisferio sur. Tenía veinte mil empleados y más de sesenta empresas clave de la región, entre ellas Molinos Río de la Plata, Grafa y Alba. Concentraba la producción de harina, aceite, arroz y yerba mate en Argentina. Se había consolidado en el mercado textil, en la fabricación de pintura y en los alimentos conservados y sus negocios se expandían a Brasil, Estados Unidos y Europa. Sus principales ejecutivos eran dirigentes de la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa. Durante la presidencia de Carlos Saúl Menem, en la década del noventa, quedarían al frente del Ministerio de Economía de la Nación. Por su capacidad de proyectarse como si tuviera tentáculos, Bunge & Born era llamada El Pulpo.

Desde que comencé esta investigación, envíe pedidos de entrevistas al Grupo Bunge, a la Fundación Bunge & Born y al Archivo Bunge & Born, para consultar por la historia de La Fidelidad. “Con casi 13.000 documentos, equivalente a un millón y medio de hojas, el Archivo Bunge & Born es el repositorio de una empresa privada más grande de Argentina y uno de los más importantes de Sudamérica”, se aclara en su página web. En una de las respuestas que me dan por correo, me aseguran: “No tenemos ningún documento sobre la Fidelidad, ni tampoco ningún documento donde aparezca el apellido Roseo”.
En medio de este viaje por el norte de Argentina, Mariela Ceva, Directora del Archivo Bunge & Born, acepta una charla telefónica.
—¿Cómo pudo llegar Manuel Roseo a tener contacto con la empresa?
—La empresa tenía cientos de fasoniers, que eran pequeños talleres textiles donde tercerizaba su producción. Podrían tener un vínculo desde ese lado. Las familia Bunge y la familia Born tenían además sus propios capitales diversificados. La Fidelidad podría ser una inversión solamente de la familia Born.
—¿La empresa, o la familia Born, podía vender La Fidelidad a uno de estos fasoniers? ¿Eran comunes este tipo de operaciones?
—No. Ellos no venden a cualquiera. Y acá no hay ningún registro de esa operación. Lo único que te puedo decir es que si ellos vendían era a un vínculo fuerte. Entre Roseo y Bunge & Born debió de haber un intermediario de mucho peso. Y probablemente no era un vínculo de peso económico.
En los documentos que logro recolectar, sigo a tientas la ruta del dinero de los hermanos Roseo. El 3 de enero de 1978 y después el 4 de noviembre de 1981, sacaron préstamos del Banco Nación por un total de $684.855,20. Según la historia oficial usaron ese dinero para comprar cuatro mil cabezas de ganado, que luego soltaron y perdieron en El Impenetrable. Pero los números parecen señalar en otra dirección: el valor de esos préstamos es casi idéntico a la suma que pagaron a Bunge & Born por La Fidelidad. Al mismo tiempo, la compra de esas miles de vacas se hizo en la Estancia La Leonor, que era propiedad de Bunge & Born.

—Es una evidente triangulación del dinero entre la empresa y el Banco Nación —me dice el abogado de Lucía Roseo, “Caíto” Olivieri, cuando le hablo de estos datos—. Mirá si los Roseo, con secundario completo en esa época, van a tirar las vacas sin un solo alambrado. Esas miles de vacas quizás ni siquiera existieron. A los Roseo pudieron utilizarlos en una operación de guita entre el banco, que lo manejaban los militares, y la empresa. Quizás no solo los usaron para eso.
A partir de ese posible descubrimiento, me pregunto qué rastros podrían quedar del vínculo entre los hermanos Roseo y Bunge & Born. La investigación me había dejado una frase que no podía sacarme de la cabeza y que sería la llave para avanzar: Los personajes legales de esta historia están todos fuera de la ley.
En agosto de 1984, cuando murió Luis Roseo y su madre María Carocchi inició la sucesión para heredar la mitad de La Fidelidad, dos abogados se convirtieron en sus apoderados: Enrique Constantino Peláez y Susana Teresita Raffo Rosato. Eran dos piezas centrales en el esquema legal Bunge & Born. Y tenían a cinco abogados más de la corporación trabajando en la herencia.
Raffo Rosato —según destaca en sus redes sociales— formó parte del Departamento Contencioso de Bunge & Born S.A. desde 1977 hasta 1992. Enrique Constantino Peláez, además de ser el principal asesor legal de la corporación, era el hombre de confianza de la familia Born. Fue quien negoció con la guerrilla Montoneros la devolución de una parte del pago por el rescate de los hermanos Born.
¿Cómo consiguió María Carocchi, una mujer “pobre de solemnidad”, que un equipo de siete abogados de Bunge & Born trabajase para ella? Si Bunge & Born ya se había desprendido de La Fidelidad, ¿por qué sus abogados eran los apoderados de María Carocchi?
En 5 de enero de 1985, patrocinada por Peláez y Raffo Rosatto, María Carocchi se presentó en el consulado de Argentina en Roma para cederle la mitad de La Fidelidad a Manuel Roseo, dejando sin ninguna herencia a sus otras dos hijas. Así lo establece la propia cesión de derechos firmada por el Consulado. Era una mujer de noventa años que no hablaba castellano y que apenas sabía leer y escribir. Según ese mismo documento, ningún traductor participó en ese acto. Sin embargo, ese día María realizó ante el Cónsul una descripción detallada de La Fidelidad, en la que describió las dimensiones, las parcelas y los límites de esa inmensa tierra escondida en el Impenetrable.

En marzo de 1988, cuando murió María Carocchi, los abogados Peláez y Raffo Rosato se convirtieron en los apoderados de Manuel Roseo. En sus manos tenían la cesión ilegal que se había confeccionado en el Consulado argentino en Roma. La presentaron ante la Justicia para que Manuel Roseo se convirtiese en el único dueño de La Fidelidad.
Los pedidos de entrevista a María Raffo Rosato y Constantino Peláez para esta investigación, fueron recibidos pero nunca fueron contestados.
Bunge & Born vendió La Fidelidad en 1972, pero sus abogados manejaron el destino de las tierras, al menos, durante los siguientes veinte años. Todas esas operaciones desaparecieron de los archivos de la corporación.
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En febrero de 2026 Luis Raúl Menocchio se casó en la cárcel de Rawson. Fue una boda rápida donde los testigos estaban esposados y los novios custodiados por gendarmes con armas largas. Su esposa, Verónica, una psicopedagoga con quien tomaré el té en una delicada cafetería de Corrientes y preferirá no revelar su identidad, lloró durante toda la ceremonia. Cuando Menocchio me contó sobre ese día, lo pasó como si no tuviese importancia. Era el preámbulo para adelantarme que podíamos hacer un buen negocio.
—Tengo una idea que te puede interesar, mi rey…. Un reality show. Armamos una mesa en la cárcel y cada programa yo hablo con seis internos. A la gente le va a encantar. Acá adentro tenés narcos, barrabravas, asesinos. A todos les gusta hablar conmigo. Si hacés las cosas bien, acá te podés casar o te pueden dar bola para un proyecto.

Luis y Verónica se conocieron en 2009 en el Hotel Turismo, cuando él salió en libertad después de pasar cuatro años encerrado por el crimen de Claudio Nozzi. Ella participaba de sus fiestas y ahí se engancharon. Verónica lo visitó siempre desde que está preso por el asesinato de Manuel Roseo. Es una mujer de cuarenta años, de ojos amplios y pestañas alargadas, que pasa casi todos los días en los gimnasios VIVA, una cadena premium que es propiedad de Luciano, el hijo menor de Luis Raúl Menocchio. Me hablará con timidez para contarme que tuvo que cambiar de trabajo cuando se enteraron que se había casado con Menocchio. Dirá que siempre estuvo fascinada con su personalidad y que quiso casarse, después de tantos años, para hacer las cosas bien.
Unas semanas antes de empezar este último viaje recibí una sobre de Menocchio por correo. Adentro tenía un puñado de hojas cuadriculadas donde distintos internos escribieron acerca de sus sueños y sus delitos. Y sobre la posibilidad de contárselos a Menocchio en un reality show.
—Acá todos los presos me dicen Varilla… Porque me ven en el baño, ya te imaginarás. ¡El playboy completo! —se ríe Luis Raúl Menocchio—. Así se puede llamar el programa. ¿Qué te parece?
—Primero te quiero preguntar por La Fidelidad. ¿Pensaste alguna vez que las tierras podrían no ser de Roseo?
—Mi rey, no hay que ser una mente maestra para darse cuenta que el viejo era un testaferro. Tenía ese campo inmenso y ni doscientos pesos en el bolsillo. Un tipo que vos sabés que la plata es de otro. Decía que había vendido un taller textil. Mirá se te van a cambiar un taller de cuarta por un bosque. Ni hablar sabía el viejo. Qué empresario textil ni nada. Eran dos pelagatos con el hermano. Los pusieron ahí.
—¿Quién los puso?
—Mirá, cuando la guerrilla le secuestró el hijo a los Born, mi viejo les prestó cinco millones de dólares para el rescate. Los conozco de chiquito a los Born. ¿Qué hace una empresa como ésa cuando tiene que sacar algo de su patrimonio? Pone a un boludo.
—¿Por qué tendrían que sacar La Fidelidad de su patrimonio?
—Así se hacen las cosas. Acordate que eso fue antes de la Dictadura. Andá a saber el quilombo que querían hacer ahí adentro con los desaparecidos. O si le dieron las tierras a otro más grande que ellos. Una donación a la Iglesia, por ejemplo. Los Born eran la mano derecha de la Iglesia. Y los monjes mandaron a los boludos de los Roseo. O si entre todos querían usar las tierras para triangular dinero y después no quedar pegados. Mi rey, no te tengo que explicar cómo funciona el mundo.
—¿Y no se aseguraron un retorno de las tierras?
—Para mí que en algún momento no pudieron volver atrás. O se perdió el contacto. Cosas que pasan. El viejo quedó ahí boyando y pensó que podía vender. Por eso me fui a buscar las tierras y las compré. ¿Me entendés o no?
* * *
En un correo de Valentín Grasso recibo una copia de la carta que me prometió, sobre las personas que lo convocaron para participar en el juicio por La Fidelidad. Está fechada el 24 de octubre de 2013 en la ciudad de Montevideo, Uruguay. En la parte superior hay un escudo oval de color rojo con una cruz blanca de ocho puntas en su interior. Está dentro de un manto de príncipe y arriba tiene una corona. Es el escudo de la Soberana Orden de Malta, una orden religiosa de la Iglesia Católica fundada en Jerusalén en el siglo XI, durante las Cruzadas. Hoy esa Orden es un sujeto de derecho internacional sin territorio propio, que tiene su sede en el Palacio Magistral de Roma y una tutela directa de la Santa Sede: en situaciones de crisis, el Papa tiene la potestad de intervenirla. La carta está escrita en italiano y dirigida a Paola Di Priamo y Massimo Fiorini, los sobrinos de Manuel Roseo.
Les anuncian que Emilio Noseda, un Cavalieri de la Orden, intercederá “en favor de su familia con motivo del trágico episodio de la desaparición del Señor Manuel Roseo”. Y les transmiten un profundo agradecimiento a partir de “esta voluntad suya de donar a nuestra institución lo que pudiese corresponder”.

Según me aclara Grasso y puedo corroborar, Emilio Noseda es uno de los principales empresarios aeronáuticos de Sudamérica e incluso mantuvo una sociedad con Eduardo Eurnekian, uno de los hombres que intentó comprar La Fidelidad. En uno de los aviones privados de Noseda, los familiares y abogados de la “rama italiana” recorrieron La Fidelidad y él se ocupó de todos los gastos judiciales. Pero lo que me lleva hacia un lugar aún más inesperado es el hombre que firma esa carta, el Canciller de la Orden de Malta en Uruguay: Piero Maria Ortolani. Su padre, Umberto Ortolani, fue uno de los principales colaboradores de Licio Gelli y una figura clave de la logia masónica Propaganda Due.
En marzo de 1981, un allanamiento de la Guardia di Finanza en una de las casas de Gelli, en la región de Toscana, sacó a la luz los archivos secretos de la logia. Tenía una lista con más de novecientos afiliados, que describía sus vínculos con el tráfico de armas y de drogas, principalmente en América Latina. Un año después colapsó el Banco Ambrosiano, el banco privado más grande de Italia. La Propaganda Due había montado en su interior una red financiera de préstamos ficticios junto con el Banco del Vaticano. El Parlamento italiano investigó a la logia y determinó que se había convertido en “un Estado dentro del Estado”.
El empresario, banquero y magnate de los medios Umberto Ortolani estaba en el centro de ese entramado. Entre 1979 y 1983, durante la época más convulsa de la logia, Ortolani fue el embajador de la Soberana Orden de Malta en Uruguay. Treinta años después, su hijo, uno de los hombres más ricos de Uruguay y heredero de sus negocios, firmaba la carta que ofrecía ayuda a la familia Roseo.
Luego de recibir la carta, tengo una breve conversación telefónica con Grasso, que está de viaje por Europa.
—¿La familia Ortolani, cuyo padre era miembro de la Propaganda Due, es la que brinda ayuda a la familia de Roseo?
—Sí, son ellos. Pusieron a Noseda, que pagó honorarios, y abrieron el sucesorio. Brindaron su apoyo.
—En este “cuento de hadas” al final hay algo de cierto…
—Ya te lo expliqué, es una cuestión religiosa. Pero de todo eso ya pasó mucho tiempo, mi estimado. Ya se retiraron de este pleito. Quedé yo solo.
—¿Por qué se retiraron?
—Nunca lo supe. Me citaron una tarde y me dijeron que no les interesaba más. Así se mueven las cosas a veces.
—¿Y vos por qué seguís en el caso?
—Es una responsabilidad profesional y una inversión personal. Acá el único denominador de los que batallamos es el dinero. Quinientos millones de dólares, la herencia más grande de Argentina. ¿Te parece poco?
—Si los sobrinos de Manuel Roseo obtienen una parte de la herencia, ¿tienen algún acuerdo con la Orden de Malta?
—No tengo la menor idea lo que piensan hacer con su parte.
—¿Podría entrevistarlos?
—Es gente que ha padecido mucho todo lo que ocurrió en Argentina. No creo que quieran hablar.
Antes de cortar, Grasso acepta reenviar un pedido de entrevista para Massimo y Mónica Fiorini y Paola Di Priamo, los tres sobrinos de Manuel Roseo.
Su respuesta llegará mucho antes de lo que pensaba.
* * *
Llego a la ciudad de Resistencia con la promesa de un encuentro que podría desenterrar los secretos de Manuel Roseo: el hombre que escribió la carta, quizás su único amigo, aceptó verme. Su nombre es Gustavo Rousseltot, y su apellido tiene una larga trayectoria en el norte de Argentina.
La familia Rousselot fue dueña del Diario Norte, el más leído de la región. Su hermano, Juan Carlos, fue vocero de José López Rega , ”El Brujo”, creador de la AAA y miembro de Propaganda Due. También uno de los protegidos de Eduardo Massera, jefe de la Armada durante la última dictadura en Argentina. Dos de los nombres ilustres que aparecen en la carta. Muchos años después, como intendente del municipio de Morón, Juan Carlos Rousselot se convirtió en uno de los hombres más cercanos al expresidente Carlos Saúl Menem y terminó preso por causas de corrupción. Gustavo Rouselot había estudiado Ciencias Agrarias en la Universidad Nacional del Nordeste y cazaba en los campos de Manuel Roseo. Allí escuchaba sus historias. Fue así como Roseo le pidió ayuda.

Habrá que preguntarse cómo logra salvar una deuda hipotecaria contraída con el Banco de la Nación Argentina que lleva más de treinta años impaga. Habrá pagado Roseo al hombre que lo acompañó tres veces a Buenos Aires alojándose en el Hotel El Litoral para solucionar esa deuda en momentos que La Fidelidad estaba al borde del remate, dice la carta en el único momento en que deja entrever a su autor. Gustavo Rousselot fue el hombre que acompañó a Manuel Roseo.
En octubre de 1998, por intermedio de Juan Carlos Rousselot, consiguieron que el propio presidente Carlos Saúl Menem, mediante un decreto presidencial, le condonara a Manuel Roseo el 90% de su deuda con el Banco de la Nación Argentina y le refinanciara el resto en diez años. En las causas judiciales que investigo no encuentro más datos sobre esa operación: parece haber sido borrada de los registros. Al consultar al Banco de la Nación Argentina, recibo un correo con la siguiente respuesta: “La información disponible reviste carácter confidencial, por lo que no es posible compartirla”. En el Archivo General de la Nación, un inmenso edificio en el sur de Buenos Aires donde se guardan los decretos presidenciales, el decreto que busco tampoco está disponible. En su lugar hay una hoja escrita a mano que dice: “Carácter reservado”.
Llevo más de dos horas esperando a Gustavo Rousselot en un café de Resistencia cuando entiendo que no va a venir. Esa misma tarde lo llamo por teléfono varias veces, hasta que me atiende.
—Me ha dejado muchas heridas esta historia —me dice con voz trémula—. No voy a hablar más de Manuel Roseo.
—Usted escribió una carta donde asegura que Manuel Roseo estaba vinculado a la última dictadura argentina y a la logia Propaganda Due. ¿Cómo llegó a esos datos?
—Todo lo que está en esa carta es lo que me contó Manuel. Le pido que no me llame más.
¿Quién es en realidad este hombre, misérrimo millonario, al que según él quieren robarle todos sus bienes? Él, que recibió beneficios y prebendas de ese Gobierno habitualmente negado a los argentinos. Notable también es que en esa propiedad está prohibido el ingreso a toda persona salvo para quienes —según dicen— se dedican a la búsqueda del Santo Grial. Como se comprenderá, esta es una miserable síntesis abreviada de las labores de este “pobre” hombre rico llamado Manuel Roseo, ¿o tendrá otro?
* * *
—El primero que vino a Argentina… fue el hermano de la nonna María… Él llegó muy chiquito, le mandaron desde la Iglesia Católica…
La voz de Massimo Fiorini, sobrino de Manuel Roseo, se entrecorta hasta que la videollamada se restablece y logramos construir un diálogo hecho con retazos de castellano, inglés e italiano. Es un hombre fornido que lleva anteojos y el pelo castaño cortado con prolijidad. Detrás aparece su hermana Mónica, su prima Paola y el abogado Luigi Mannucci, quien trabaja junto a Valentín Grasso desde Roma. Aceptaron hablar de su historia por primera vez, interesados en conocer los detalles de mi investigación. Y lo primero que me cuentan es la llegada de la familia a la Argentina.
Pedro Antonio Ciro Carocchi, el tío de Manuel Roseo, fue enviado al país en 1908, cuando tenía quince años. Vivió en distintas iglesias de Buenos Aires y se convirtió en uno de los primeros Hermanos Maristas, una congregación religiosa aprobada por el Vaticano cuyos miembros hacen votos de pobreza, castidad y obediencia. Tocaba el piano y daba clases en la parroquia San Antonio de Padua, una iglesia barroca y con vitrales luminosos en el sur de la ciudad, como consta en los archivos digitales de la congregación. El Padre Pedro, según me cuenta la familia, fue quien mandó a llamar a Luis y Manuel.
—Nuestra familia siempre fue extremadamente humilde —me dice Massimo—. Manuel vivía como nosotros. Su papá era empleado de la Casa de la Moneda. Su mamá era ama de casa. Allá en Argentina hicieron primero el taller textil. Yo los visité.
—¿Cómo era ese taller?
—Un lugar muy feo. La casa estaba dentro de la fábrica. Alrededor tenía todas villas miseria. Era la época de los militares.
—¿Cómo compraron La Fidelidad?
—El tío nunca nos habló de esto. Quizás alguien le ayudó. Ellos no sabían nada de hilandería, nada de agricultura. Lo íbamos a visitar y pensábamos que era muy rico, que se hizo la América [todos se ríen].
Paola, la mayor de los tres primos, toma la palabra. En la pantalla se ve su pelo negro y largo cubriéndole la mitad del rostro.
—Fuimos con el coche. Tardamos como dos días para llegar a la casa, desde el pueblo de Castelli. El tío no tenía nada que hacer, solo andar a caballo. Nunca pusieron a andar ese imperio. Ellos tenían el colegio secundario terminado, eran muy cultos en esa época. Lo queríamos tanto. —Los hijos de Manuel Roseo son sus primos...
—¿Y cómo es que el tío nunca habló de ellos? ¡Una noticia tan importante! Nosotros pensamos que... algo muy malo. Un interés económico tan importante hizo que los hijos aparecieran de donde sea.
Massimo se acerca a la cámara.
—Queremos saber la verdad de todo lo que pasó. No fue embestido por un auto mi tío, fue torturado. Parece más una cosa de un film como Sicario.
—En la Argentina se cuenta la historia de que quizás las tierras no eran de él.
—Yo me enteré. El mendigo millonario…
—Que podría haber llegado hasta allí por un interés de la Iglesia Católica, o incluso de algún estamento del Vaticano…
El abogado Mannucci levanta un brazo largo desde el fondo de la habitación, agitándolo en un gesto de negación, y el traje se le corre hasta el codo.
—¡Nada de Vaticano! Las tierras son de Luigi y Emmanuelle.
—¿La Soberana Orden de Malta les brindó ayuda?
Paola se acerca otra vez a la cámara.
—Gracias al abogado. Nosotros no conocemos mucha gente. El problema es que tío nos engañó a todos. Le hizo firmar a la abuela los papeles y se quedó con todo. Mi abuela era ignorante. Y ahora nos quieren dejar sin nada.
* * *
El 11 de diciembre de 2012, once meses después del asesinato de Manuel Roseo, sus sobrinos y sus hijos no reconocidos se encontraron en un departamento de Recoleta, uno de los barrios más caros de la ciudad de Buenos Aires. Era una de las casas del Cavalieri Noseda en Argentina, quien oficiaba de anfitrión. Del lado de los sobrinos de Manuel Roseo había dos prestigiosos abogados: Bernardo Saravia Frías, quien sería Procurador del Tesoro de la Nación, y Marcos Mazzinghi, cuyo estudio estaba íntimamente ligado a la Iglesia Católica. Del lado de los hijos de Roseo estaba Carlos Gustavo del Corro, el sacapresos del pueblo, como lo llamaban despectivamente sus colegas de Juan José Castelli. El objetivo de esa reunión era firmar un acuerdo para repartirse La Fidelidad.
—Era todo muy lujoso. Ellos se sentaron en un sillón, parecían príncipes —me dice Lucía Roseo en una cervecería de la ciudad de Resistencia, donde llegué hace pocos días, rumbo al Impenetrable—. No nos dieron el pésame por la muerte de mi papá. No preguntaron dónde estaba enterrado. Ni nos saludaron.
Según Valentín Grasso, el abogado de “la rama italiana”, en ese momento los hijos de Manuel Roseo eran un albur. Las pruebas de ADN todavía no eran fuertes y por eso estaban dispuestos a negociar las tierras. Sobre la mesa había un borrador de acuerdo en el que los hijos de Roseo les cederían ochenta y seis mil hectáreas de La Fidelidad a sus parientes de Roma, a cambio de que ellos levantaran los embargos y les permitieran avanzar con el juicio sucesorio.
—Íbamos a firmar al otro día —recuerda Lucía—. Nosotros necesitábamos plata urgente para operar a mi hermano, porque había una posibilidad de que pueda caminar. Esa noche tuvo un accidente, que fue como un milagro.
En el hotel donde se hospedaban, Nélida Eva Cuellar dejó a Emanuel en la bañera y el agua caliente corriendo. No controló la temperatura del agua, que siguió aumentando. A causa de la enfermedad con la que nació, Emanuel no sentía las piernas. No gritó ni se quejó. Nélida volvió para bañarlo y vio que su hijo tenía toda la piel quemada. A la mañana siguiente, cuando debían presentarse a firmar el acuerdo, estaban en la guardia de un hospital.
—Ese mismo día nos habló Del Corro, que era nuestro abogado, para hacernos llegar una oferta que le había hecho otra persona. Nos pareció mucho mejor que regalar La Fidelidad.
Un nuevo jugador pretendía las tierras y, a pesar del entuerto legal, estaba dispuesto a pagarles a Lucía y Emanuel como herederos. Se trataba de la familia Rapallini, que conforma uno de los más influyentes grupos de empresarios y políticos de Argentina. Su principal heredero, Martín Rapallini, es hoy el presidente de la Unión Industrial Argentina (UIA). Fue impulsado hasta esa posición por Paolo Rocca, el empresario ítalo-argentino que dirige el Grupo Techint: el hombre más rico del país. La familia Rapallini le ofreció a Carlos Del Corro doce millones de dólares a cambio de cuarenta mil hectáreas de La Fidelidad, lo que representaba un valor aproximado de trescientos dólares la hectárea (hoy valuadas judicialmente en mil setecientos dólares).
—Nos compraron a “precio vil”, jugando con nuestra necesidad —me dice Lucía.
Con el lado chaqueño expropiado por el gobernador Capitanich, Lucía Roseo le entregó a los Rapallini una cesión de derechos por casi la mitad del lado formoseño de La Fidelidad. En el expediente Nº 245/2.022 de la Justicia de Chaco, donde se dirime esa cesión de derechos, hay fuego cruzado entre Lucía Roseo y la familia Rapallini, que nunca logró apropiarse de las tierras. Como el juicio por la herencia de La Fidelidad todavía no se cerró, la cesión de derechos quedó en una nebulosa judicial.
En ese expediente se establece que, con la intención de acelerar la herencia, los Rapallini pagaron una “coima” de dos millones de dólares a Esther Franchini —la mujer que aseguraba haberse casado con Manuel Roseo— para que se retire del juicio. Luego pretendían descontarle ese dinero a Lucía Roseo por el pago de la cesión de derechos. Así empezó la guerra.
—Fijate vos. A Franchini la amenazaron y la arreglaron para sacarla de la película —me aseguró el abogado Valentín Grasso en nuestras charlas—. Eso lo hizo el presidente de la UIA… muy elegante todo. Fueron amigotes para quedarse con la herencia y sacar del juego a la “rama italiana”. Ahora se dicen de todo.
El abogado de la familia Rapallini, con quien charlaré bajo reserva, me responderá que los Rapallini no tienen intención de dar entrevistas.
—Yo tuve que sentarme a negociar con ellos —me cuenta Lucía Roseo—. Te tratan como a un trapo de piso. Quieren las tierras, pero hasta que no termine la sucesión no las pueden usar. Compraron un boleto de lotería y les salió mal. A estos grandes empresarios los engañó Del Corro, un abogaducho de pueblo.
—¿La familia Rapallini les pagó doce millones de dólares por las cuarenta mil hectáreas de La Fidelidad?
—Nos pagaron una parte y la otra todavía no. De eso que nos dieron se quedaron un montón de plata Del Corro y los abogados que hicieron la negociación. Encima nos dieron todos dólares cara chica, que no sirven. Nos gastamos muchísimo dinero en las operaciones y los tratamientos de mi hermano.
Después de esa venta y a pesar de los gastos, Lucía Roseo y su familia consiguieron una pequeña fortuna. Almorzamos juntos en Resistencia y luego visitamos el departamento donde viven, el teatro donde toma clases Emanuel y el pequeño estudio de Lucía. Como si se repitiera la historia de su padre, esos millones de dólares que cobraron no están a la vista.

Lucía Roseo se recibió de abogada y abrió un pequeño estudio en la ciudad de Resistencia.
—Yo no puedo soñar con irme a ningún lado, por más que quiero —me dice Lucía antes de despedirnos—. Estar lejos es perderme de lo que pueda suceder en la causa.
En abril de 2023, el Superior Tribunal de Justicia del Chaco rechazó definitivamente la demanda de los herederos italianos. Por un lado, determinó que Manuel Roseo había aceptado “de hecho” la cesión de su madre. Por otro, estableció que el plazo de la familia para cualquier reclamo había prescrito. Pasados los diez años de la muerte de María Carocchi —que se cumplieron en 1998—, el derecho para cualquier reclamo había caducado.
En mayo de 2024, la Corte Suprema de Justicia de la Nación dejó firme esa decisión y la exclusión de la “rama italiana” en la lucha por la herencia. Pero la historia no terminó. El abogado Valentín Grasso, que representa a la “rama italiana”, se juega su última carta en los tribunales de la Ciudad de Buenos Aires, donde planea anular la cesión de derechos de María Carocchi a su hijo Manuel Roseo. De esa forma, “la rama italiana” trata de disputar un tercio de La Fidelidad.
—Grasso y los italianos siguen trabando la causa, presentando recursos por todos lados. Las tierras nos tienen atados. Nosotros no podemos planear otra vida.
* * *
Luego de casi dos años de investigar el asesinato de Manuel Roseo llego a Juan José Castelli, el lugar donde todo ocurrió. La ciudad está partida al medio por un boulevard en el que se mezclan antiguos hoteles, bazares, locales de ropa deportiva y licorerías boutique. En las esquinas se levantan pequeños remolinos de tierra. Fue fundada en octubre de 1936 y se convirtió en el último puesto de avanzada antes de que los caminos se hundieran en el monte chaqueño. Desde entonces está poblada por arrieros norteños, trabajadores golondrinas y descendientes de alemanes del Volga. En una plaza árida, alrededor de un pequeño obelisco, los niños juegan a la pelota bajo el sol ardiente. Delante de ellos hay un inmenso cartel con dibujos coloridos de animales salvajes: un yaguareté, un oso hormiguero gigante y un tapir. Arriba tiene grabado el nombre con el que se conoce a esta ciudad: “Portal del Impenetrable”.

—Menocchio pidió la habitación 13 cuando se hospedó —me dice una amable secretaria, de pelo rubio planchado y lentes gruesos, en el Nuevo Hotel Florencia—. Y a Roseo lo mató el 13 de enero. Dicen que tenía una fijación con ese número. Esa habitación la tiraron abajo. Te puedo ofrecer una cerca.
—¿Vos atendiste a Menocchio?
—No, fue una compañera. Ella declaró en el juicio. Después la llamaban para amenazarla todos los días. Se murió de cáncer.
Salgo del hotel y camino unas pocas cuadras hasta la casa donde vivía Manuel Roseo, en España 365. Está sobre una arteria del boulevard y se mantiene igual que en las fotos del asesinato: el frente rojo despintado, una reja de alambre caída, las puertas y ventanas de madera sin rejas. En esta casa, que ni siquiera era suya, en una habitación de dos metros por cuatro que solo tenía una cama de hierro oxidada, vivió y fue asesinado Manuel Roseo, el mayor terrateniente del norte de Argentina.
—Yo llegué esa mañana en la moto, con un chancho carneado me acuerdo. Estaban los cuerpos adentro de la casa todavía —me dice Alberto Luis, un vecino alto y desgarbado que todavía vive enfrente, con un cigarrillo que le cuelga de la boca—. El viejo Roseo te decía “Buenos días, buenas tardes”. Nada más. Ahora un tipo de acá del pueblo compró la casa y alquila las piezas.
—¿No tienen miedo de dormir ahí?
—¡Al vivo hay que tenerle miedo! No a los muertos.
De vuelta al hotel tomo un camino que me lleva hacia el aserradero de Roseo. Los techos parecen a punto de caerse y las rejas están cerradas por una barra de hierro. Adentro quedaron las máquinas, tapadas por la maleza. No hay nadie alrededor. Esta noche, luego de varias charlas telefónicas, voy a encontrarme con Sergio “Keko” Berg, el secretario de Manuel Roseo, el único que salió con vida la mañana del asesinato.
Berg me espera en la puerta del Nuevo Hotel Florencia, en el interior de una camioneta cuatro por cuatro. Tiene que dar un salto para alcanzar el piso y saludarme. En las audiencias del juicio por el crimen de Manuel Roseo, los abogados de los asesinos se preguntaban cómo sobrevivió, si no estaba vinculado al crímen, un "alfeñique" de apenas un metro y medio y cincuenta kilos de peso. Quince años después, ese enigma aún lo persigue.
—Prefiero que hablemos en mi casa —me dice con una voz aflautada y los ojos verdes esquivos.
Lleva una remera blanca y naranja con un dibujo de un trencito y una jirafa, hecha en el jardín de su hija, que le remarca los hombros acortados. Hoy trabaja como empleado en un salón de eventos. Su casa es un dúplex en una calle de tierra, a la que muchos en el pueblo llaman una mansión. Adentro está abarrotada de cajas con bijouterie, vajilla de vidrio y de plástico, artículos de limpieza y de decoración. Eran del bazar que tenía y tuvo que cerrar. Berg corre algunos muñecos de superhéroes que hay sobre la mesa y sirve dos vasos de cerveza.
—Acá podemos tomar y puedo hablar tranquilón.
—¿Cuándo conociste a Manuel Roseo?
—Yo perdí a mi papá de muy chico. Y Don Roseo me ofreció un trabajo cuando yo tenía poco más de veinte años. Tenía que ordenar las cuentas, llevarle los pagos. Él anotaba todo en un cuadernito. Era como el papá que no tuve. Todos los días antes de irme de la casa me decía: ¿Necesitás plata? ¿cuánto querés? Era una persona muy culta. Me enseñaba de todo.
—¿Te hablaba sobre los compradores de La Fidelidad?
—Yo estaba con él cuando venían. Vino gente de Tinelli, gente que hablaba de parte de López, el que andaba con los Kirchner. Habían interesados un montón. Un tal Ríos, que hablaba de parte de Capitanich. La chica que vino de Tompkins decía que el viejo ése estaba “loco con el campo”. Vinieron de Libia, de Eurnekian. Manuel me decía que hablara yo y él levantaba el otro teléfono y escuchaba lo que decían.
—¿Por qué nunca vendió?
—Estaba tapado de deudas Manuel. Pero no sabía si esa gente lo quería engañar. Tenía miedo. Me acuerdo que Menocchio llegó con su DNI. Tenía mil condenas y todo y así el tipo estaba libre. Lo buscamos en internet y salía que hacía fiestas negras con el presidente de Paraguay. Cuando se fue, Manuel abría la puerta de la habitación donde yo trabajaba y me apuntaba con el dedo, hacía que disparaba y me decía “¡Pum, soy Menocchio!”. Decía que si tenía la plata de verdad le podía vender una parte.
Berg se levanta, trae otra cerveza y la apoya entre algunos de los peluches que quedaron sobre la mesa.
—¿Cómo fue la mañana del asesinato?
—Yo entré a la casa y el primer golpe que me pegaron yo empecé a rezar. Me encintaron toda la cara. Me pusieron una bolsa en la cabeza. Yo escuchaba la respiración de Manuel en el piso. Después me metieron en el baúl y ahí ya sentía que me estaba desmayando. Con la lengua rompí un poquito para respirar por la boca.
—¿Con la lengua rompiste la bolsa?
—Sí. Porque la idea de ellos era matarme, hacerme desaparecer. Cuando me tiran en la fosa para ellos me dejaron muerto. Yo estoy vivo gracias a Dios. El único que salió perdiendo de todo esto fui yo.
—En la investigación judicial se demostró que Claudio Gómez tenía una firma original de Roseo. ¿Cómo la consiguió?
—Dijeron que yo se la saqué de los papeles. Yo no hice nada de eso. Si yo no cuento lo que conté, Menocchio seguía libre. A mí me dieron veinte puntos en la cabeza. Nadie dice nada de eso. La fiscal de San Lorenzo nos dijo que había una mafia allá. Los de acá decían que era una mafia de Corrientes con Menocchio. Que ellos eran sicarios. Yo no sé nada. ¿Y los hijos de dónde salieron? Manuel nunca me dijo que tenía hijos. ¿Y si tienen algo que ver? Ellos se están quedando con las tierras.
—¿Lucía no trabajaba con ustedes?
—Ah, sí. Yo no sé. Capaz que era la hija. Yo no quiero pensar mal. Hasta hoy me queda la duda. La chica no llamó a la policía y después me acusan a mí. Yo no sé nada más.
Son más de las doce de la noche y Sergio Berg me dice que mañana se tiene que levantar temprano, que va a preparar un cumpleaños de quince en el salón. Vuelvo al hotel y cruzo por la plaza. Un grupo de chicos juega a la pelota alrededor del obelisco, otros andan en bicicleta. La ciudad continúa atrapada en el silencio del monte.
* * *
En la entrada del estudio del abogado Carlos Del Corro hay un antiguo cuadro titulado El viejo cabaretero. Es el retrato de un hombre con una extensa chiva blanca, que mira desafiante de perfil. Lo pintó su padre y le recuerda, según me aclara, que la vida va y viene. Hasta el asesinato de Manuel Roseo, Del Corro manejaba casos pequeños vinculados a delitos rurales. La noche del asesinato su vida cambió: se convirtió en el apoderado de Lucía y Emanuel Roseo, los herederos de una fortuna valuada en quinientos millones de dólares.
—Durante once años yo no trabajé en otro caso. Ahora tengo problemas de corazón por culpa de esta historia —dice con un vozarrón pesado, que contrasta con su cuerpo diminuto y sus rasgos finos—. Esta es una causa que despertó la envidia nacional de todos los colegas hacia mí. Me han hecho muchas brujerías.

El abogado Carlos Gustavo Del Corro, el primer apoderado de los hijos no reconocidos de Manuel Roseo, en su estudio de Juan José Castelli.
En todas las paredes de su estudio, sobre bibliotecas de un violeta casi fosforescente, hay “piedras protectoras” y humidificadores con los que realiza aromaterapia. Del techo cuelga una araña de luces con adornos navideños. Su estudio está cubierto por las carpetas de los ciento noventa y ocho juicios que rodean la causa Roseo. Van desde los reclamos de un puñado de empleados que tenía La Fidelidad hasta las denuncias que hizo Del Corro ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, asegurando que el Poder Judicial de Chaco “frustró la investigación de los autores intelectuales del crimen”.
—El asesinato fue el "plan A" para quedarse con la tierras. Pero, como aparecieron los hijos, activaron un “plan B”, que fue la expropiación fraudulenta. Una estafa comandada por Capitanich y cubierta por el Poder Judicial.
Lucía Roseo y su familia lo despidieron en febrero de 2022, asegurando que se había quedado con gran parte del dinero de las ventas de cesión de derechos a los Rappallini, y que los presionaba para que siguieran vendiendo lo que pudiesen de La Fidelidad.
—Desde que tomé el caso puse toda la plata de mi bolsillo, y quiero recuperarla. Solo he perdido un juicio de los cientos que tuvimos. Aún así no me quieren pagar. Los abogados que los representan ahora me serrucharon el piso. Estoy en guerra con ellos y con la familia.
Desde que lo echaron, Del Corro le inició una demanda a Lucía Roseo para cobrar sus honorarios y pasa todos sus días trabajando en eso. Hace tiempo que dejó de usar anillos de oro con gemas negras y redondas, como los que llevaba Diego Armando Maradona. Lo único que conserva de los años en que trabajó para los hijos de Roseo es un maletín cubierto con cuero de vaca, que guarda bajo su escritorio. Ahí también tiene una pequeña caja fuerte en la que, asegura, está la investigación privada que realizó en Italia sobre las hermanas de Manuel Roseo.
—Tienen tierras y propiedades cercanas al Vaticano. Tienen olivares, un departamento frente a Piazza Navona. Todo eso vale una fortuna. Durante treinta años no dijeron nada. Cuando asesinaron a Manuel Roseo llegaron a reclamar. Es una mafia de Roma que estuvo apoyada por el operador Noseda. Por lo que ha llegado a mis oídos, él fue "puesto” por el propio Bergoglio, el papa Francisco.
—¿Hay pruebas de eso?
—Lo descubrió la persona que investigó en Italia, de una fuente directa. Pero no te puedo decir más.
Según Del Corro, cuando murió Luis Roseo, la familia se repartió diversas propiedades. Las dos hermanas se quedaron con departamentos y campos en Roma y Manuel con La Fidelidad, un territorio que en 1985 no era tan valioso. Manuel Roseo incluso había quedado “disconforme” con ese arreglo. Luis y Manuel pagaron doscientos cincuenta mil dólares por La Fidelidad. Treinta años después, cuando Manuel comenzó a recibir ofertas por la estancia, valía quinientos millones de dólares.
—¿Cómo se explica que haya rechazado todas las ofertas y que mantuviese sus tierras vírgenes?
—Es posible que hubiese algún estamento detrás de ellos. Alguien que les impedía tocar las tierras. Siempre se sostuvo que detrás de esa compra y del asesinato hubo una mano negra. Pero en algún momento los abandonaron, dejaron que se fundan. Y las tierras quedaron a su nombre.
—¿Por qué acusaste al exgobernador Capitanich de ser un posible autor intelectual del crimen?
—Descubrimos llamadas a Manuel Roseo desde un teléfono de Capitanich. ¿Para qué lo llamaba? ¿Qué quería? Luego los cruces de llamadas de los asesinos se silenciaron. ¿Con quiénes hablaron? La fiscal no lo investigó. El poder político y judicial trabajó para la impunidad de los autores intelectuales. El asesinato va a quedar tapado.
Del Corro me asegura que no puede abrir su caja fuerte y mostrarme la investigación que mandó a hacer en Italia porque guarda esos datos para protegerse. Me acompaña hasta la puerta del estudio y me dice que no cree que pueda volver a atenderme.
—Mi médico me recomendó descanso. No más caso Roseo. Ahí no hay paz.
* * *
En las afueras de Pampa del Infierno, una localidad ubicada cien kilómetros al sur de Juan José Castelli, me espera sobre la ruta Edgardo De La Cruz, un exinvestigador de la Policía de Chaco. La lluvia oscurece el cielo y me abre la puerta de una camioneta cuatro por cuatro cubierta de barro.
—¿Viniste solo?— me pregunta antes de arrancar.
De La Cruz es un hombre morocho y macizo, que lleva el pelo canoso con un corte mohicano. Andamos unos kilómetros y nos metemos en el bar de una estación de servicio vacía y aséptica. Pide una hamburguesa Destructora, ”para ver si realmente hace honor al nombre”, y una gaseosa light. De La Cruz era el Jefe de la División Drogas Peligrosas de la Policía Chaco cuando asesinaron a Manuel Roseo. Estuvo a cargo de analizar todos los teléfonos secuestrados durante la investigación. Ubicó a Menocchio y dirigió el operativo para atraparlo. Lo primero que me aclara es que, muchas de las cosas que escucharon, quedaron afuera de la investigación.
—Detrás del asesinato estaba el narcotráfico —me dice con voz suave y una extrema cordialidad—. Pero esa pista no se siguió.
Desde hacía largos años, De La Cruz investigaba el uso de pistas clandestinas en el norte de Argentina. Eso lo llevaría a conducir, casi en paralelo a la investigación por el crimen de Roseo, la causa conocida como Carbón Blanco, una de las mayores investigaciones de narcotráfico internacional en Argentina. Desbarató una organización que utilizaba cargamentos de carbón vegetal producidos en Chaco para ocultar toneladas de cocaína que eran enviadas a Europa. Pero las internas que disparó ese caso lo apartaron de las fuerzas —cuando todo indicaba que sería el próximo Jefe de la Policía de Chaco— y hoy se mueve como investigador privado de delitos forestales.
Durante el análisis de las llamadas telefónicas en la causa Roseo, De La Cruz descubrió que la persona que llevó a Raúl Menocchio hasta la casa de Manuel Roseo fue un contratista del norte de Argentina llamado Francisco “Pancho” Echeverría. Años después, ese hombre también se presentaría al juicio de herencia con un testamento falso que le adjudicaba sesenta mil hectáreas de La Fidelidad. El abogado “Caíto” Olivieri lo definió —durante la cena que tuve con los Leales— como El viejo de la bolsa. Hacía tiempo que De La Cruz estaba detrás de él.
—Echeverría proporcionaba pistas clandestinas para proveedores de cocaína de Paraguay. En esas búsquedas que hacía, aparece La Fidelidad. Un predio inmenso, acompañado por la inhospitalidad del terreno, que les daba línea de tránsito y cobertura para la descarga. Menocchio estaba vinculado con criminales paraguayos y tráfico de cocaína. Para eso buscaban La Fidelidad.
—¿Menocchio trabajaba junto con Claudio Gómez?
—Ellos no trabajaban juntos. Gómez no estuvo la mañana del asesinato. Nunca hubo pruebas suficientes para situarlo ahí. Fue introducido “gratuitamente” en el homicidio.
Según De La Cruz, Claudio Gómez respondía a una banda distinta a la de Menocchio. Durante la investigación judicial, los datos filtrados “ensuciaron” las hipótesis y se mezclaron delincuentes que tenían distintos intereses. La línea de Gómez, asociado al sindicalista Herme “Vino Caliente” Juárez, estaba interesada en La Fidelidad por el río Bermejo. Por eso habían intentado quedarse con las tierras estafando a Roseo.
—Ellos tenían el control de los puertos, un control estratégico del crimen organizado —me explica De La Cruz—. Podían bajar los cargamentos desde La Fidelidad y, utilizando la Hidrovía, exportar a Europa. Menocchio venía desde Paraguay y utilizó criminales de Corrientes. Los dos querían las tierras, pero para distintos dueños.
—El abogado Carlos Del Corro aseguró que detrás del crimen podía estar el exgobernador Capitanich. Menocchio también lo señaló.
—Hubo llamadas a Roseo. Pero señalar a Capitanich como autor intelectual me parece un despropósito. No hay pruebas para eso.
En las semanas previas al asesinato, un teléfono a nombre de Jorge “Coqui” Capitanich realizó varias llamadas a Manuel Roseo. Ese teléfono era usado por el chofer personal de Capitanich. Un hombre de apellido Ríos, que transportaba a su familia y que se habría acercado a Roseo para hacerle llegar ofertas por la compra de La Fidelidad. Pero no hubo llamadas que vincularan al exgobernador con el asesinato.
—Menocchio era una máquina de calcular delitos. Yo creo que él tiene la clave, pero nunca la va a entregar. Si lo hace, seguramente entregue su vida.
* * *
Durante mi viaje a Chaco, antes de llegar a Juan José Castelli, logré encontrarme en un café con el escritor, periodista y activista Mempo Giardinelli, una figura clave en la creación del Parque Nacional El Impenetrable. Un hombre de ojos claros y filosos y de voz cascada que se convirtió en el padrino del parque y que propició como enlace entre el exgobernador Jorge “Coqui” Capitanich y el filántropo multimillonario Douglas Tompkins. Fue apenas unos meses después del asesinato de Manuel Roseo.
—Roseo tenía una tierra que no existía en el mundo, en el corazón de América del Sur, rozada por el trópico de Capricornio —me aseguró Giardinelli—. Pero esa estancia era un polvorín. Llena de narcos, contrabandistas, asesinos. Nadie iba a esa casona. Te podían matar ahí y nunca te iban a encontrar. Como ciudadano decente, no quería que terminara así.
Para sembrar en la sociedad argentina la necesidad de un parque nacional, Giardinelli escribió “miles de artículos”, según me aclara. Y se subió junto a Capitanich en un avión privado que los llevó hasta Rincón del Socorro, la estancia que tenía Tompkins en la provincia de Corrientes. Allí el filántropo había donado las tierras para la creación del Parque Nacional Iberá, uno de los humedales más grandes del planeta, en el que funcionaba su proyecto más ambicioso de restauración de fauna salvaje.
—Tompkins nos recibió como si fuésemos jeques árabes. Tenían un proyecto muy sólido. Los gringos ponían la plata y construían. Coqui salió encantado. Después Tompkins venía con dos aviones trayendo cosas para el Parque. Era toda una personalidad.
Luego de esa charla que tuve con Mempo Giardinelli, se ofreció a contactarme con el exgobernador de Chaco, Jorge “Coqui” Capitanich, quien actualmente es Senador de la Nación Argentina por la provincia del Chaco. Una de las tardes que estoy en Castelli, en el hotel donde se hospedó Menocchio, logro comunicarme con Capitanich. Aparece en una videollamada con el pelo negro prolijamente peinado con gel, el rostro geométrico y la sonrisa amplia. Lleva puesta una campera azul de la selección de fútbol de Argentina. Detrás suyo solo se ve una persiana blanca, completamente cerrada.
—Las tierras de Roseo no estaban tocadas por la mano del hombre. Él las mantenía absolutamente improductivas —me dice sobre La Fidelidad—. Era una reserva de biosfera nunca vista. Cuando sucedió el hecho del asesinato, a mí me pareció muy importante establecer un mecanismo para hacer un gran parque nacional. Formaba parte de nuestra visión de gobierno, que contemplaba una economía ambiental.
—La expropiación de La Fidelidad es señalada por los abogados de la familia Roseo como “la mayor estafa procesal de la historia argentina”. El gobierno pagó cuatro millones de dólares por algo que hoy vale, según la Justicia, doscientos cincuenta millones de dólares.
—Ellos querían maximizar el valor y vos querés minimizarlo, lógicamente. Para nosotros era un recurso estratégico y esa minimización era muy significativa para lograr el objetivo del parque. Fue un proceso transparente y una muy buena solución. Se logró la expropiación y se consolidó la marca Impenetrable.
—La expropiación no está terminada. Todavía se debe pagar la diferencia a los herederos de Manuel Roseo, que ronda los doscientos cincuenta millones de dólares.
—No tengo presentes los pormenores. Hoy es un Parque Nacional.
—Manuel Roseo era el terrateniente más grande del norte de Argentina. ¿Tuviste algún contacto con él?
—Nunca lo conocí. Es una figura bastante enigmática, por cómo vivía. Pero no supe más que eso. Nunca se dijo nada respecto a si el tipo estaba con sus facultades mentales alteradas o no. Era un personaje para una novela. Pero no conozco los detalles. No te puedo decir nada más de esta historia. Espero que encuentres lo que buscás.
* * *
Treinta kilómetros al norte de Juan José Castelli, en el pueblo de Miraflores, termina el asfalto. Una ruta angosta y de tierra arenosa se abre como una herida en el monte. A los costados se propagan árboles flacos y espinosos, matorrales de hojas duras y gigantescos palos borrachos de barrigas abultadas, que guardan la poca agua de lluvia que cae para soportar la sequía. A medida que se cierra este bosque seco y silencioso, crece la sensación de que nadie antes estuvo aquí. Luego de casi cien kilómetros aparece el parador La Armonía, hecho de un puñado de ranchos de adobe. Es la antesala del mayor parque nacional del norte de Argentina: El Impenetrable.
A mediados del 2009, dos años antes del asesinato de Manuel Roseo, el multimillonario y filántropo Douglas Tompkins le había hecho llegar su interés por esta tierra salvaje donde sobrevivían especies que se creían extintas en la región, como las nutrias gigantes y el yaguareté, el felino más grande de América. Para ese entonces, Tompkins ya se había instalado en Sudamérica con el objetivo de adquirir grandes extensiones de tierra y donarlas a Parques Nacionales. Según The New York Times, tenía “uno de los mayores patrimonios privados de conservación del mundo”. Más de quinientas mil hectáreas repartidas entre Argentina y Chile. La Fidelidad era tan inmensa como la mitad de ese patrimonio.
“Algunos dicen que soy un gringo loco, un ecoterrorista. Otros llegan a acusarme de ser agente de la CIA o testaferro de la asociación judía. Siento que muchos me prejuzgan por ser extranjero y millonario”, había dicho Tompkins al diario Perfil en una entrevista titulada Mr. Tompkins, el terrateniente de la discordia. Manuel Roseo le permitió visitar La Fidelidad a sus activistas y los envió allí junto a Nélida Bartolomé, quien estaba encargada de cazar charatas —un ave de monte cuya carne se usa para guisos— y cocinarles. Poco después, le dijo a Tompkins que no iba a vender sus tierras y clausuró las negociaciones.

La camioneta en la que viajo avanza dando tumbos y cruzo el Río Bermejito sobre un ordenado puente de quebrachos que fue construido por Luis Roseo. El terreno se vuelve plano y agrietado y sobre los costados aparecen picadas y bañados, entre los que deambulan tapires y serpientes acuáticas. En el cielo abierto vuelan chuñas de patas rojas que graznan y dan alaridos. Avanzo largos kilómetros bajo un sol blanco que borra el horizonte.
El 8 de diciembre de 2015, a los 72 años, Douglas Tompkins murió en un accidente de kayak en la Patagonia chilena. Dos años después, Parques Nacionales y la Fundación Rewilding tomaron posesión del lado chaqueño de La Fidelidad. Como aseguran en su libro El Impenetrable, allí convirtieron “un tesoro natural en un faro de esperanza”. En septiembre de 2019 hallaron al primer yaguareté salvaje dentro de La Fidelidad, al que llamaron Qaramtá —que en la lengua Qom significa “el difícil de destruir"—, y construyeron inmensos predios para su reproducción controlada. El actor Leonardo DiCaprio celebró el trabajo de Rewilding Argentina y en sus redes sociales les agradeció porque “Argentina ha dado un paso importante para restaurar este gran depredador”.
La Estación de Campo El Teuco está a la vera de la laguna El Breal. Se trata de un puñado de carpas estructurales unidas por senderos angostos. Aquí viven los investigadores y biólogos de Rewilding durante treinta días corridos, antes de salir de franco por una semana. Cada tres horas reciben señales satelitales de los collares con GPS que llevan los siete yaguaretés que viven en el Parque. “Se instalaron justo donde creemos que está el Acuífero Guaraní, hoy en manos de una fundación extranjera”, me había asegurado Caíto Olivieri, el abogado de Lucía Roseo. Siguiendo hacía el río Bermejo están los glampings, esos refugios de alta gama que se convirtieron en íconos del turismo sustentable. Todo está montado a un metro de altura, sobre postes de madera. El juicio por la expropiación de estas tierras aún no ha terminado. Estamos en un Parque Nacional y, al mismo tiempo, estamos en una propiedad privada.
Uno de los actuales encargados del Centro de Reintroducción del Yaguareté, Leonardo Lencina, es un treintañero delgado y morocho que lleva un pañuelo de colores cubriéndole el pelo negro ondulado. “Esto eran tierras vacías donde no se hacía nada y hoy se hace un montón”, me dice cuando subimos a su camioneta. Me lleva hasta el recinto donde vive Porá, un yaguareté que fue rescatado de un zoológico y no puede vivir en el bosque.
Porá pesa más de cien kilos y se desliza sobre los árboles para alejarse de las moscas. Su piel dorada y manchada de trazos negros que forman anillos y flores se vuelve hipnótica cuando se la mira por unos segundos. El yaguareté es el máximo predador de estas tierras, el animal que regula este paraíso salvaje. “El miedo que impone al resto hace que cada uno cumpla su rol en el ecosistema”, me explica Leandro. “En este lugar, el miedo es lo que nos regula a todos”.
A lo largo del Parque Nacional El Impenetrable, no existe ninguna mención a Manuel Roseo. Su nombre no está en ningún camino, en ninguna laguna, en ninguna de las estaciones ni de los puntos de avistaje que se levantan en esta tierra donde vivió. Su historia no se cuenta a los visitantes ni forma parte de los recorridos. En el mayor Parque Nacional del norte de Argentina, los rastros de Manuel Roseo han desaparecido.
* * *
Un niño en bicicleta aparece entre los pastizales espesos y se adelanta a la camioneta con la que recorro los parajes que rodean al Parque Nacional El Impenetrable. Los caminos se ramifican al interior del monte cerrado y resulta imposible saber hacia dónde llevan. “Yo te puedo llevar hasta lo de Montes, por unos billetes”, me dice y lo sigo hasta un palo raquítico escondido entre los árboles, del que cuelga una llanta escrita con pintura: “Pje. Santa Teresa”. Siguiendo ese camino aparece un rancho de paredes blancas y techos de chapa. Allí vive “Pancho” Montes, el empleado de mayor confianza que tuvo Manuel Roseo en La Fidelidad.
—Metidos ahí adentro no sabíamos ni quién era presidente —me dice Montes y se ríe.
Nos sentamos en unas sillas de plástico afuera de su casa, con una decena de perros ladrando alrededor. Trae una foto de Luis Roseo junto a un grupo de empleados rurales.
—Los tanos no sabían ni andar a caballo —dice y se ríe a carcajadas—. Vivían de la subsistencia. Cazábamos, pescábamos ahí. Pero nunca nos faltó el sueldo. Y eso que no hacíamos casi nada. Alambrábamos cada tanto. Pero a fin de mes la plata estaba siempre. “¿De dónde sacan la plata los Roseo?”, decíamos. Tenía que ser de otro negocio.

Recibo de sueldo de “Pancho” Montes como puestero de La Fidelidad, pagado por ROSEO HNOS.
—¿Nunca le preguntaron?
—Es que uno no le pregunta al patrón de dónde saca la plata.
Pancho se levanta y busca los recibos de sueldo que todavía guarda de aquella época. Más de veinticuatro años de recibos. Son hojas duras tipeadas con máquina de escribir, donde se aclara que se le pagaba un sueldo como “Puestero” y que era abonado por “Roseo Hnos.”
—¿Cómo era Manuel Roseo?
—Era un hombre común... Medio malo, medio loco. Si lo veías en el Jeep con la palanca que era un pedazo de árbol y el volante que era solo el alma de hierro… parecía Los Picapiedras.
—¿Les contaba algo de su vida?
—Muy poco. Creíamos que eran curas ellos. Por el grado de cultura que tenían. A la noche le agarraba insomnio a Manuel y salía gritando, puteaba y le pegaba con un palo a las columnas del casco de la estancia. ¿Sabías que la estancia se la iba a comprar el cantor Julio Iglesias? Le descubrimos una carta que decía que le quería comprar “el monstruo que tenés en América”. Pero no se la compró parece.
—¿Quiénes visitaban La Fidelidad?
—Venían unos locos con armas que decían que entraban a buscar guerrilleros. Y otros más locos con aquello del Santo Grial y qué sé yo cuántas locuras. Qué van a encontrar ahí en el monte. Algunas veces salían con un muerto porque los picaban las víboras. Ahora es un Parque Nacional, ¿verdad?
Pancho Montes me despide entre el ladrido de sus perros, con la esperanza de que “el tigre malo” —como llaman aquí al yaguareté—, no aparezca por su casa.
Llevo casi una semana durmiendo en un rancho del paraje La Armonía, donde por las noches no hay diferencia entre tener los ojos abiertos o cerrados: la oscuridad es absoluta. Desde Parques Nacionales finalmente me permiten ingresar al casco de la estancia donde vivieron Luis y Manuel Roseo cuando llegaron a La Fidelidad. Está ubicado a cuarenta kilómetros de la entrada, sobre un sendero apenas visible que se abre del camino principal y que se interrumpe por un bañado que inundó el terreno. En la entrada hay un cartel de madera en el que apenas se lee: "Jorge Born & Company”.
El casco de la estancia es un chalet de estilo inglés con tejas que fue construido por Bunge & Born y que ahora está cercado por un alambrado endeble. En medio del monte la familia Born tenía “baño instalado” y una suntuosa bañera con patas. Los pisos de madera apenas se sostienen y la humedad carcome las paredes y el techo. Tiene un patio central con un amplio aljibe en el que solo se ve un fondo negro e inalcanzable. No se puede caminar dentro de la casa, por el peligro de derrumbe. Más allá, comidos por el monte, están los restos de la pista de aterrizaje y de una solitaria máquina a vapor.
En esta “casa de príncipes”, como la describió Pancho Montes, vivieron los hermanos Luis y Manuel Roseo. En la oscuridad y la frialdad de la estancia, que asustaba a sus propios empleados, dejaron los primeros enigmas de una historia que esconde aún más que la inmensidad que la rodea. Alrededor de esta tierra se han jugado los intereses de corporaciones, de magnates y de filántropos conservacionistas. De gobernadores y de asesinos. De narcotraficantes y de órdenes religiosas que se gestaron durante las Cruzadas. De abogados rurales y operadores internacionales. De hijos no reconocidos y de familiares que aseguran haber sido engañados. Todos ellos han intentado quedarse con este bosque impenetrable.
En estas tierras buscaron petróleo y reservas de agua dulce ocultos bajo la tierra. Quebrachos y algarrobos que movilizaron la economía del Gran Chaco en el siglo XX. Se escondieron pistas clandestinas para el narcotráfico internacional. Aparecieron especies que se creían extintas en el norte de Argentina. Algunos dicen, incluso, que en este bosque seco y silencioso buscaron el Santo Grial. Y que aún guarda secretos. Aquí vivió un hombre llamado Manuel Roseo. “A mí me da bronca el no hacer. Pero no es bronca contra el entorno o contra alguien. Es bronca contra mí mismo”, dijo en la única entrevista que dio. “Estar remando y remando y ver que siempre estoy en el mismo lugar”.
Hace quince años, el mayor terrateniente del norte de Argentina, un perfecto desconocido, fue torturado y asesinado. Pero en el expediente que se custodia dentro del Registro de la Propiedad Inmueble de la Provincia del Chaco, nada ha cambiado. Manuel Roseo aún es el dueño de La Fidelidad.

* * *
—¡Mi rey! ¿Cómo anda todo?
Poco antes de la publicación de estas crónicas, recibo una llamada de Luis Raúl Menocchio. Me avisa que va a enviarme una foto por correo. Es una imagen editada con inteligencia artificial, donde aparece con un traje color crema, sonriendo en el balcón de un departamento y detrás suyo tiene la bahía de Biscayne, en Miami. Sobre la baranda hay una bandera negra del Miami F.C., el equipo donde juega Lionel Messi.
—¿Viste lo nuevo? —me pregunta.
True Crime, un ciclo de contenidos del canal de streaming más visto de Argentina, estrenó su primer episodio y está basado en la historia de Luis Raúl Menocchio
—Todas boludeces. Miralo y charlamos.
Pero no pudimos hablar sobre el programa.
En la madrugada del 15 de agosto, la Policía del Chubut desplegó el Operativo Berlín. Sesenta y tres allanamientos coordinados con la Policía Federal en cinco provincias de Argentina, que terminaron con veintisiete detenidos, entre los que estaban Lucas y Luciano Menocchio, los hijos de Luis Raúl. Hacía más de un año que la División Drogas Peligrosas de Trelew seguía las huellas de una organización criminal que, según los investigadores, estaba dirigida por el Gusano desde la cárcel de Rawson. Aseguraban que desde distintos teléfonos manejaba una red de narcotráfico y que lavaba dinero con la cadena de gimnasios VIVA, propiedad de su hijo Luciano. El alias que usaba Menocchio era “Berlín”, por el personaje de La casa de Papel, la serie que veía una y otra vez en su celda.
Diez días después, en un operativo secreto que recorrió más de mil quinientos kilómetros por tierra, Luis Raúl Menocchio fue trasladado hasta el pabellón VI del Complejo Penitenciario I de Ezeiza, conocido como el sector de Alto Riesgo, donde las visitas son mínimas y están mediadas por un vidrio templado.
—Apenas pueda te llamo —fue lo último que me dijo Luis Raúl Menocchio—. Tengo algunas cosas para contarte.
FIN
