Ensayo

8 de marzo


La vieja moda de explicar todo

Cuando comenzó la reacción conservadora, los varones que creíamos tan progres dieron una voltereta en el aire y se burlaron de lo conquistado hasta el momento por mujeres y diversidades. Además, algunas militantes terminaron reclamándole al feminismo que no nos victimicemos y que laburemos más. El mantra de Simone de Beauvoir dice que no hay que dar ningún derecho por sentado. Así que, aunque cansadas, tendremos que repetir todo de nuevo: las mismas premisas básicas, las discusiones de 2018 y las de las sufragistas de principio de siglo también. Porque no se trata de ser novedosas, sino de persuadir.

Una vez más la cuestión feminista se usa para distraernos de otras cuestiones. Hace unas semanas, una diputada de La libertad Avanza presentó un proyecto para derogar la ley del aborto y en la inauguración del ciclo lectivo 2024 en una escuela privada, Milei le dijo a lxs estudiantes que era un asesinato agravado por el vínculo. Pero como a nosotras nos cuesta percibir nuestras vidas como meras cortinas de humo, levantamos las orejas como perras que escuchan a lo lejos un sonido que no les gusta. Reconforta saber que la última vez que la derecha usó el aborto como distracción, el tiro les salió por la culata porque, como diría aquel aliadín, es ley wachita. Sin embargo, las feministas no damos ningún derecho por sentado gracias al mantra sagrado que nos dejó la Beauvoir: “Bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de  las mujeres vuelvan a ser cuestionados”. 

Por eso tampoco debería extrañarnos estar explicando de nuevo, una y otra vez, las mismas premisas básicas del feminismo. Amén de los y las fatigadas que no comparten el mantra beauvoirano y arrancan sin vacilar: “Ay, qué cansancio, todo lo del 2018 otra vez”. Sí, claro, y lo de las sufragistas de principio del siglo pasado también. Sí, todo otra vez hay que repetir. De hecho, esta aclaración de que hay que seguir explicando ya se hizo y la aclaración de la aclaración también. Como en el efecto infinito de la etiqueta de la lata de polvo para hornear Royal, la que contiene una imagen del polvo para hornear Royal con una etiqueta que contiene la imagen del polvo para hornear Royal, así tal cual, toda generación contiene en ella a la anterior que ya dijo exactamente lo que estamos diciendo ahora. 

Así que a las fatigadas les pido perdón, pero no se trata de ser novedosa sino de persuadir. Cuenta María Elena Walsh sobre Victoria Ocampo en una nota del diario Clarín de 1979: “Hace algunos años presencié otra lección, la que un hombre de leyes le dictaba, intentando convencerla (a Victoria Ocampo) de que todas las barbaridades impuestas por los códigos a las mujeres (en la misma bolsa con dementes, menores e incapacitados) eran las justas y apropiadas. Victoria escuchaba y replicaba serenamente. En un aparte le pregunté cómo era posible que a sus años tuviera aún paciencia para soportar tanta pedante necedad. «Sí, la verdad, que estoy cansada», contestó, «pero hay que persuadir»”. 

Como en el efecto infinito de la etiqueta de la lata de polvo para hornear Royal, la que contiene una imagen del polvo para hornear Royal con una etiqueta que contiene la imagen del polvo para hornear Royal, así tal cual, toda generación contiene en ella a la anterior que ya dijo exactamente lo que estamos diciendo ahora.

Es comprensible el agotamiento, el cansancio, la fatiga que genera estar no solamente en guardia constante, sino además en el ejercicio de mantener las buenas formas, no por educación, sino porque las batallas suelen ser con seres queridos. Persuadir con calma, a mí me parece más agotador que competir desnuda en un triatlón que sucede en la Antártida. Pero persuadir sin calma también agota, ya que significa que en cada debate lo que vuelve será menos calmo también. Lo siento, pero no, esta última temporada del feminismo no fue la season finale. 

La prueba más clara es que sigue siendo polémico decir públicamente que a las mujeres se nos exige estar buenas y a los hombres no. Creo que no hay reflexión más obvia, más simple, más irrefutable, más inocente. Basta prender cualquier canal de noticias para confirmarlo y sin embargo alguien siempre siente la necesidad de ofenderse, de refutarlo, o de correr el eje de manera burda: “¿Por qué una mujer no puede estar buena? ¿Qué pasa, loco? ¿No se puede ir al gimnasio?” Qué cansancio da ¿no?

Sin dudas quedamos agotadas de toda aquella gesta romántica en la que personas de todas las edades, pero sobre todo jóvenes mujeres, se acurrucaron a la madrugada en la Plaza de los Dos Congresos, esperando el dictamen en Diputados de una ley que le salvaría la vida a miles de mujeres. Y también es innegable que hoy ya no se siente ese idealismo, las cosas cambiaron. Todo mutó tan progresivamente que no es posible precisar cuándo fue que comenzó la reacción conservadora, cuándo terminó esa primavera progresista de glitter verde y sueños de libertad y nos envolvió esta sombra de monstruos con peluca al poder. Cuándo exactamente la derecha tomó impulso y cuándo exactamente al hacerlo tuvo unos inesperados compañeros. Aquellos falsos aliaditos, que aparentemente lo habían sido solo por miedo a ser escrachados y que, apenas vieron el contexto propicio para dejar atrás todo el esfuerzo descomunal que habían hecho para comprender algo de sus compañeras, o para trepar gracias a ellas, aprovecharon para abandonar de una vez por todas esa loca intentona de empatía. Los varones que veíamos tan progres dieron una voltereta en el aire y, dando por sentado que la cuestión de las mujeres ya estaba zanjada o que ellos ya habían hecho lo suficiente, dieron rienda suelta a la más tóxica de las masculinidades. Se burlaron de lo conquistado hasta el momento por mujeres y diversidades y, además, consiguieron lo peor de este momento: que las pick me también se rieran de los propios logros. 

Todo mutó tan progresivamente que no es posible precisar cuándo fue que comenzó la reacción conservadora, cuándo terminó esa primavera progresista de glitter verde y sueños de libertad y nos envolvió esta sombra de monstruos con peluca al poder.

En las redes comenzó a verse un desprecio y una banalización del movimiento que no venía del lado esperable. Como si de pronto se pudiera estar de vuelta de algo que para nada había dado la vuelta. Algunas militantes, que se las sabía tan jacobinas, terminaron exactamente en el mismo lugar que el peor de los chabones, reclamándole al feminismo lo mismo que los tipos nos piden históricamente a las mujeres: que no nos victimicemos y que laburemos más. Pero este pedido inmundo, disfrazado de autocrítica bien intencionada, tenía una razón de ser, y era culparnos una vez más, como a Eva, de todos los males de la tierra. Porque fuimos lxs progres y nuestras políticas de género las que lograron el fin del Eden. Quizás lo más triste de esta época fue ver a las mujeres que algunas vez levantaron orgullosas nuestras banderas sucumbir ante los chabones de siempre, disfrazados de novedad, como si ser un poquito de derecha conservador fuera la nueva forma de ser basado y no la histórica manera de ser un sorete. 

Es entendible que, después de tanto todo, hayamos quedado cansadas, que no queramos hablar más de un tema que nos tomó por completo. Es entendible el silencio, el descanso, lo que no es entendible es la traición, hermana. Comprendo que el atardecer de la última ola feminista no te haya podido generar la satisfacción inmediata o el goce extremo que entumece un rato el dolor de estar viva. Yo entiendo que poner el cuerpo en una causa que nos trajo, personalmente y a cada una de nosotras, demasiadas complicaciones no genera la serotonina suficiente para afrontar el día a día, pero el cinismo de creer que ahora es tiempo de meterse el feminismo bien en el ano, porque lo importante es solamente sobrevivir, quizás sea demasiado.

Desde la última ola feminista atravesamos una pandemia mundial, una crisis económica feroz y una campaña política basada en fake news e imágenes alteradas con inteligencia artificial para que los candidatos de la extrema derecha parezcan actores de películas porno inyectados de esteroides. Esa campaña logró ungir como presidente al más payaso de los panelistas de televisión, cuya actividad más normal es hablar con perros muertos. Mientras tanto, el debate en redes estaba dado por quiénes eran los culpables de todo el circo. Fue ahí también donde se amplificó el mensaje primero del Ni Una Menos y donde  se vehiculizó, luego, el movimiento para lograr la ley del aborto entre las mas jóvenes, que quizás nunca habían pensado en el feminsimo. Por eso no son menores ya las conversaciones que se dan en las redes. Ahí mismo se desarrolló la estrategia de la reacción conservadora de menospreciar al movimiento tratándolo como una simple moda o una preocupación de los burgueses y no de la gente real con problemas reales, porque la vida de las mujeres y de la comunidad LGBTQ+ jamás serán problemas reales. Como si no fueran las mujeres las que más sufren las crisis económicas. 

Una vez instalada la idea de “moda pasajera” por parte del histórico machirulaje, que se encuentra en todo el espectro político, fue fácil poner de moda otra cosa: que el progresismo y las políticas de género eran sinónimo de todo lo malo, lo careta palermitano, lo que le sacó la comida de la boca a las infancias. Durante años me encontré en twitter con estos chistes contra la agenda progresista y el lenguaje inclusivo. Fueron años y años de reflexiones malditas sobre cómo las políticas públicas de género y diversidades alejaron a la gente del campo nacional y popular y de cómo, en otras palabras, mujeres y diversidades fuimos las responsables del fracaso del peronismo. ¿No será mucho Rey?

Fue fácil poner de moda que el progresismo y las políticas de género eran sinónimo de todo lo malo, lo careta palermitano, lo que le sacó la comida de la boca a las infancias.

La estupidez del fenómeno es que las personas que instalaron este discurso eran ellas mismas el estereotipo más claro de progres palermitanos, y si no eran de Palermo, eran de Caballito, Chacarita o Colegiales, me re cago en la diferencia. Hijos de psicoanalistas, profesionales de clase media, de capital federal. Viejo, ¡son progresistas! Mal que les pese, pero sobre todo son ridículos, carentes completamente de conciencia de clase o de cualquier tipo de autoconciencia en general. 

Y así simplemente sucede lo de siempre, no importa si son de izquierda o de derecha. Una sola cosa une a los sin alma: el desprecio por las mujeres y las diversidades. Ahí van los payasos escondiendo el progresismo que los llevó a donde están, a ser quienes son, pero ahora percibiéndose sindicalistas de la UOCRA, sosteniendo un vaso de Cuervo Café con una remera de El Mató. ¡Ojo! A mi me encanta el café de especialidad y lo amo a Santi Motorizado, pero no me estoy haciendo la brazo armado de Peron, ni estoy jugando a ser Galimberti en twitter.

Por suerte, no todas las personas se mueven para donde el viento rejunta a los idiotas, así que las esperanzas se renuevan cada vez que vemos a nuestras referentes aun en la calle, aun en los barrios, aun en los medios haciendo lo que pueden, cómo pueden, repitiendo lo mismo una y otra vez desde cero. Y aquellxs que creyeron que lo mejor era desempolvarse el glitter para limpiarse un pasado que les avergonzaba, cuando debiera enorgullecerlxs, aquellxs que flashearon que lo basado era subirse a la vieja moda de Dios, Patria y Familia o Patria y Propiedad, sepan que tarde o temprano el tiro les va a salir por la culata. Porque si hay algo que las minas y las maricas sabemos es que el glitter y el karma no salen fácil. 

La cobertura del 8M es posible gracias al apoyo del Comité Español de Cooperación al Desarrollo (CECODE)