Ensayo

Pruebas PISA, pantallas y delegación cognitiva


La escuela contra el apocalipsis

La caída en los resultados de las pruebas PISA es un fenómeno global y está directamente relacionado con los problemas de concentración que generan las pantallas: las plataformas disputan nuestra atención y la IA amenaza con convertir el aprendizaje en delegación cognitiva. La escuela, ante este escenario, no debe ni encerrarse en el rechazo de la tecnología ni aceptar sus reglas. Manuel Becerra, docente de Historia en escuelas públicas, se pregunta por qué cuesta tanto pensar en la escuela como un lugar hermoso. “Los discursos catastrofistas nos impiden imaginar algo nuevo —escribe—. Y ese futuro en que la escuela es un espacio sublime está al alcance de la mano, pero implica tensionar, inevitablemente, con los dueños de la Argentina”.

En la calma de la noche estival, cuando la luz temblorosa de las estrellas atraviesa las sombras pardas y la luna solitaria se halla en el horizonte, las naturalezas que posean un sentimiento de lo sublime serán poco a poco arrastradas a sensaciones de amistad, de desprecio del mundo y de eternidad.

Immanuel Kant, Lo bello y lo sublime

Los resultados de las evaluaciones estandarizadas son, a esta altura, un ritual de malas noticias que siempre nos sorprende como si fuera la primera vez. Y, lamentablemente, la conversación se organiza en torno a las tribus políticas: las malas noticias son culpa de los otros, las buenas noticias son éxitos propios. 

Hace algunos días, el informe PISA mostró que, en Argentina, los resultados en lectura, matemática y ciencias cayeron respecto de los últimos datos relevados, en 2022, que ya eran bajos para los países en los que se implementan estas pruebas. Las PISA se toman, a nivel global, a alumnos de alrededor de 15 años. Los resultados del Operativo Aprender 2024 —una prueba nacional que también evalúa a estudiantes secundarios—, dieron resultados similares para lengua y matemática.

PISA, Aprender y otras pruebas, como las ERCE, señalan que la principal diferencia de desempeño entre los estudiantes relevados está en el nivel socioeconómico. Eso deja, al menos, dos conclusiones: que al sistema educativo se le hace muy difícil resolver lo que está sociomaterialmente dañado; y que, de todos modos, esa debería ser una tarea en la que deberíamos concentrarnos con especial dedicación. Dicho de otra manera: si bien es absolutamente cierto que los chicos pobres tienen más dificultades para estudiar que los de sectores medios y ricos, la escuela debería hacer un esfuerzo concreto por tratar de igualar lo más posible esas oportunidades.

Al sistema educativo se le hace muy difícil resolver lo que está sociomaterialmente dañado.

Las dos cosas son ciertas y en ambas fallamos: en Argentina, donde el tejido social está roto y los sectores populares están cada vez más desesperados, el sistema educativo no está contribuyendo significativamente en achicar un poco esas brechas. Al mismo tiempo, las evidencias también demuestran que a mayor nivel educativo alcanzado, más altos son los salarios: la educación sigue siendo, en esta castigada tierra, un medio de ascenso social. Y a pesar de los denodados esfuerzos publicitarios de la ultraderecha argentina y global para desarmar los sistemas educativos y así cristalizar las diferencias de acceso a la cultura de calidad, las familias de esos sectores populares depositan en la escuela las últimas esperanzas para que sus hijos lleguen más lejos de lo que llegaron los padres. Mienten los que dicen que la escuela no sirve, mienten los que dicen que los jóvenes no esperan nada de la escuela, aún con todos los enormes problemas que tenemos y de los que la sociedad se entera cada tanto por los resultados de las evaluaciones estandarizadas o de alguna tragedia escolar.

Fuente: elaboración propia a partir de los informes PISA. Se muestra el promedio OCDE, los tres países con mejor y peor desempeño que hayan participado en todas las ediciones, y Argentina.

Los docentes que estamos en el aula no necesitamos estadísticas para enterarnos de los problemas de aprendizaje ni de la desocupación: muchos chicos no logran construir explicaciones satisfactorias de lo que se les enseña en la escuela, y tenemos padres que rompen en llanto en reuniones con docentes, desesperados por su situación material. Antes que opinadores se llenen la boca comentando gráficos en los medios, en las escuelas ya lo vimos todo. En la escuela vemos el futuro; en la escuela construimos el futuro a pesar de todo.

Pero entre tanto alarido sobre catástrofes, tragedias, colapsos, tsunamis educativos hay un dato más: la caída de los aprendizajes, dice la OCDE (que desarrolla las pruebas PISA), se verificó en todos los países y está directamente relacionada con los problemas de concentración que generan las pantallas. De nuevo, nada que no supiéramos en las escuelas, pero vale la pena insistir: sin perjuicio de los mil problemas que tiene la educación argentina, y con la urgente necesidad de hacer foco en ellos deteniéndonos serenamente, acá está pasando algo más que requiere ser abordado y nombrado en todo el mundo: la dimensión cultural y cognitiva de esta época nos está friendo el cerebro y chupando nuestra esencia humana, si tal cosa existe.

Se llama capitalismo de plataformas, y nos está destruyendo.

Los docentes que estamos en el aula no necesitamos estadísticas para enterarnos de los problemas de aprendizaje. Antes que opinadores se llenen la boca comentando gráficos en los medios, en las escuelas ya lo vimos todo.

No se trata de problemas individuales, sino de un fenómeno estructural, necesario para esta etapa de acumulación capitalista. Expropiar la atención de la introspección —imaginar en silencio— o de la concentración en objetos externos —lo que hace la escuela, o el cine, o el teatro, o un libro— es parte esencial de los negocios de las grandes tecnológicas. De ahí extraen valor para empaquetar datos que venden como publicidad hiperpersonalizada.

Los sistemas educativos y científicos son el principal enemigo de las big tech, no sólo porque les disputan la producción y distribución del conocimiento, sino porque son horas enteras en las que millones de sujetos están fuera de la pantalla. Un nene aprendiendo el ciclo del agua en una escuela del medio de la cordillera de los Andes comete el imperdonable pecado de no estar proveyendo actividad online para TikTok. Otro que resuelve problemas matemáticos es, para tipos como Peter Thiel, es una pérdida de guita en tiempo real.

Asistimos a una disputa histórica entre los guardapolvos blancos del mundo y trillonarios que quieren matar a la humanidad para irse a vivir a Marte, que compran gobiernos como compran bots para multiplicar fake news. Javier Milei es un bot de fake news, ni más ni menos.

La caída de los aprendizajes se verificó en todos los países y está directamente relacionada con los problemas de concentración que generan las pantallas.

Desde lugares y abordajes diferentes, Ofelia Fernández, Solana Camaño y Mariano Caputo produjeron algunos de los análisis más interesantes sobre este fenómeno al alcance del público en general. Estamos perdidos en un laberinto de espejos que sólo nos devuelve frustración y ansiedad, y los choques de nuestros propios reflejos deformes son justamente la materia prima para enriquecer a los tecnooligarcas.

A esto se suman los fantasmas apocalípticos sobre la inteligencia artificial: de repente, sujetos como Elon Musk, Sam Altman y Dario Amodei, que carecen de toda investidura moral, salieron coordinadamente a pedir la desaceleración de sus propios monstruos porque, dicen, estamos en franco camino a que nos maten las máquinas. Rápidamente se desnudó al rey. Hablar de los peligros dramáticos del futuro, como planteó lúcidamente el Dr. Fernando Schapachnik, nos distrae de los problemas actuales que generan las IA: hipervigilancia, delegación cognitiva, daño ambiental de los data centers, entrenamiento de los modelos con datos sensibilísimos recolectados de nuestro ocio capturado por las pantallas. Y, de paso, anunciar que tienen entre manos un artefacto con una capacidad de daño misteriosa y definitiva, que no queda nada claro en qué consiste, para pedir reglas que les permitan desarrollar esos productos, negándoselas a los desarrollos autónomos, “artesanales”, abiertos y democráticos de esa misma tecnología que podríamos pensar en términos emancipadores. Una sofisticada campaña de marketing y lobby que no debería sorprendernos de gente que, en realidad, no se dedica a otra cosa.

La dimensión cultural y cognitiva de esta época nos está friendo el cerebro y chupando nuestra esencia humana, si tal cosa existe. Se llama capitalismo de plataformas, y nos está destruyendo.

Con todas las salvedades —no es lo mismo regular la IA que la energía nuclear—, el temor a esta tecnología misteriosamente destructiva —como no lo es la nuclear, a cuyo efecto pomposamente devastador ya asistimos como humanidad— genera tantísima inquietud, empezando por la delegación cognitiva. Estudiantes que resuelven actividades académicas con un chatbot, docentes que usan otro chatbot para corregir esas mismas actividades. El fin del intercambio de conocimiento humano: robots que se evalúan a sí mismos. Nadie aprende, nadie enseña a partir de la tensión. Adolescentes que narran que la IA “es su mejor amiga”, porque lidiar con otras personas inevitablemente implica roce y tensión. Estar en comunidad es también lastimarse, estar con una IA es un ejercicio autocelebratorio y masturbatorio porque la IA toma nuestros datos y dialoga con nosotros desde ahí, no desde otra experiencia, sin ruido ni desencuentro en la conversación. Desencuentro es conflicto, conflicto implica buscar una salida, esa salida es aprender, y la IA en realidad no nos enseña más que sus propios vicios.

La IA nos genera miedo porque sus voces y palabras en la pantalla —sus imágenes todavía siguen siendo medio toscas— se parecen peligrosamente a las de los humanos. ¿Y si efectivamente se viene una revolución de las máquinas que nos va a matar a todos? ¿Quién será nuestra Sarah Connor? No habrá una sola: Sarah Connor somos los maestros de escuela. Pero también los artistas y artesanos, los profesores universitarios, los profesionales con saberes especializados y los científicos del mundo, los que pondremos esta tecnología en su lugar.

Los sistemas educativos y científicos son el principal enemigo de las big tech, no sólo porque les disputan la producción y distribución del conocimiento, sino porque son horas enteras en las que millones de sujetos están fuera de la pantalla.

Porque la historia (los humanos) acomoda las cosas. Un día no sabíamos si íbamos a morir todos por una guerra nuclear hasta que encontramos el lugar más o menos indicado para la energía atómica. Lo mismo deberíamos hacer con la IA y las pantallas, que se meten en nuestras vidas hasta predecir nuestros instintos. ¿Dónde las ponemos, como si fuera una ballena en el living? Hasta ahora, la Red de Redes se transformó en una telaraña pegajosa donde las big tech son viudas negras que nos van comiendo el alma de a poco, haciendo de cada una de nuestras neuronas un pozo petrolero de mercancías intangibles. Cada momento histórico que nos quiso convertir masivamente en mercancías, como la primera y la segunda revolución industrial, se topó con un desconcierto apocalíptico que nació de nuestras tripas: no queremos ser simplemente una cosa que reproduce capital para otros. Parecemos llevar en alguna parte de nuestra conciencia, o de nuestras almas —según nuestra relación con la fe y la ciencia, esos dos grandes edificios que inventamos los humanos para explicarnos cosas—, la rebeldía que se dispara cuando llega un poder que se pretende omnívoro y se quiere alimentar de eso que nos hace especiales. Finalmente los humanos —principalmente los sectores populares— encontramos un camino para reclamar contra eso y llegar a un nuevo estadio de tensiones, pero con un par de porotos para nuestro lado.

Los discursos catastrofistas (el apocalipsis maquínico, la tragedia educativa) se inscriben en el mismo registro de la tan barruntada catarsis docente: sirven como forma de sacarse de encima la frustración por un momento, pero impiden imaginar otra cosa. Y peor aún, impiden politizar el presente y el futuro. Nuestra tarea está ahí: en politizar, en mostrarle a nuestros semejantes que de este contexto salimos nosotros con el optimismo de la voluntad más que con el pesimismo de la razón. El enemigo está claramente identificado: las grandes corporaciones tecnológicas y sus sedicentes intelectuales orgánicos: Thiel, Land, Yarvin. De este lado tenemos a otros tantos (Martel, Fisher, Butler, Bergoglio-Prevost, Chun Han), pero que en definitiva todos son caminos que conducen a Deleuze y, a través de él, a Marx. Lo que los tecnonazis lograron y nosotros no, aún, es organizar, hacer orgánicos (cuerpo) esos conjuntos de ideas. El enemigo está más claro hoy que hace 150 o 250 años.

El temor a esta tecnología misteriosamente destructiva genera tantísima inquietud, empezando por la delegación cognitiva.

Lucrecia Martel proclama que tenemos el deber, y la maravilla, de imaginar una ¿ficción? que se transforme en una profecía cumplida. En esta nueva cita a la que asistimos con los claroscuros de la historia tenemos que tenernos fe, porque nuestra tarea es la de trazar un futuro luminoso, dedicar nuestra energía menos a pintar el apocalipsis y más en dejar las instrucciones escritas para la felicidad de los que vengan.

En la discusión educativa, tal vez, ese ejercicio está menos en imaginar políticas públicas para solucionar problemas que en trasladarnos al fronterizo terreno entre la propuesta pedagógica y la utopía o la ficción. Ahí está la potencia creativa, en esas fronteras, nunca en los centros.

La IA nos genera miedo porque sus voces y palabras en la pantalla se parecen peligrosamente a las de los humanos. ¿Y si efectivamente se viene una revolución de las máquinas que nos va a matar a todos? ¿Quién será nuestra Sarah Connor?

• Las escuelas deben ser espacios hermosos: será necesario reformar los edificios para llenarlos de vegetación y acceso al cielo, de flores y estrellas, hacerlos accesibles para obras de teatro, ciclos de cine, experimentación de danza, espacios deportivos, contar con talleres para construir lo que el capitalismo nos vende para que se nos rompa todo el tiempo. A la obsolescencia programada le vamos a ofrecer oficios eternos.

• Las escuelas deben ser un centro experimental desde el que se garanticen derechos pero también sean centros culturales donde fuera del horario escolar sucedan eventos artísticos inesperados. A la estandarización y uniformidad del mercado y del algoritmo que premia lo viral, la escuela y sus alrededores serán demora y refugio, experimento destinado a un fracaso comercial enmarcado en un encuentro humano, donde estará el éxito. Hablemos de educación con arquitectos y urbanistas: ¿cómo serían esos espacios?

• Todos los niños del país conocerán, gracias al sistema educativo, las maravillas naturales y culturales de nuestro país: recorrerán la Antártida, las Cataratas del Iguazú, la Quebrada de Humahuaca, el Litoral con su sol y su monte, las nieves eternas que cruzó San Martín. El Cabildo, la exESMA, las misiones jesuíticas, la Bombonera, el Teatro Colón. En viajes de estudio, acompañados por docentes. Y, por qué no, seleccionados, las grandes ciudades imperiales del mundo: Cusco, México, Río de Janeiro, Madrid, París, Londres.

• Los docentes noveles serán acompañados por un docente “jefe de residencias”, especialmente capacitado en la ternura, la sabiduría y el rigor de una tarea compleja y tan llena de frustraciones como de magias puras. El marco ético profesional que proporcionan los primeros pasos en la docencia, o sea, los colegas que nos cruzamos en nuestras primeras experiencias, es una esfera bastante poco debatida incluso dentro del mundillo educativo.

Los discursos catastrofistas se inscriben en el mismo registro de la tan barruntada catarsis docente: sirven como forma de sacarse de encima la frustración por un momento, pero impiden imaginar otra cosa.

La Generación del 80, fundadora del sistema educativo, creó escuelas-palacio para conmover, para subyugar, a ese pueblo que entraba por primera vez a la creación total: el Estado. Tal vez le hemos dedicado demasiado tiempo debatiendo pedagogía y casi nada a conversar acerca de cómo inciden las condiciones materiales de enseñanza y aprendizaje —no sólo tener baños funcionando, sino mucho más: una escuela hermosa— en el deseo de enseñar y aprender. Tal vez le dedicamos demasiado tiempo a discutir la eficiencia y los resultados de aprendizaje y nada a pensar si la felicidad del pueblo —y de los niños, niñas y adolescentes en particular— no es un insumo elemental para su propio derecho a la educación.

La escuela no es, ni debe ser, una negación de la cultura digital en sí misma. Debemos pensar con astucia cuándo entra y cuándo no, qué de la IA podría hacer mucho más eficientes procesos mecánicos sin desafío cognitivo —como la dimensión administrativa de lo escolar, o sistemas de alertas tempranas de estudiantes en riesgo de abandono—, cómo asomarnos al mar caótico de la cultura a través de internet. Es absolutamente inadmisible que, terminando la tercera década del siglo XXI, todavía haya escuelas que no tienen una pantalla frontal en cada aula con acceso a internet regulado por la propia escuela (regulación para la que también puede servir la IA). La escuela no es la negación de nada, es su recontextualización para aprovechar lo que sirve de lo existente. Así fue en el siglo XIX, así es hoy.

Tal vez le hemos dedicado demasiado tiempo debatiendo pedagogía y casi nada a conversar acerca de cómo inciden las condiciones materiales de enseñanza y aprendizaje en el deseo de enseñar y aprender.

Hay quienes creen que estas ideas son demasiado utópicas porque no hay dinero para financiarlas. Pero dinero hay: desde 1976, el PBI per cápita se desacopló brutalmente del salario real, con una leve recuperación recién en los años del kirchnerismo que volvió a deteriorarse durante la presidencia de Mauricio Macri. En esa diferencia está la brutal transferencia de ingresos de los trabajadores a los sectores propietarios: hasta mediados de los años setenta, la riqueza producida iba de la mano con los salarios, y desde entonces la bifurcación bestial que vemos enriqueció a los grandes empresarios al mismo tiempo que nos empobreció a nosotros. Entonces, ese futuro en que la escuela es un espacio sublime está al alcance de la mano, pero tensión mediante con los dueños de la Argentina. 

La pregunta que termina rondando, en definitiva, para poder pensar que esas utopías-ciencia ficción educativas que los invito a imaginar, es ¿vale la pena cobrarles fuertes impuestos a los multimillonarios para hacer felices a los niños que habitan este suelo? ¿Qué respondería Sarah Connor? ¿Qué responderíamos?