Ensayo

La era de los totalitarismos híbridos


Apocalipsis Thiel

El temor que genera la figura de Peter Thiel tiene una razón clara: el tecnomagnate combina su capacidad para imaginar un mundo y la posesión de los medios económicos y tecnológicos para producirlo. Elías Palti repasa sus ideas fundamentales para entender qué subyace detrás de su tono críptico y cómo se traducirían en un sistema de gobierno al que llama “totalitarismo híbrido”: un régimen en el que el Estado conserva una fachada pública mientras poderes privados y ocultos asumen funciones decisivas por fuera de los mecanismos tradicionales de control. En el nuevo orden que propone Thiel, el caos no es un accidente sino una herramienta de gestión política.

“No hay nada encubierto que no vaya a ser descubierto, nada oculto que no vaya a ser revelado. Así pues, puedes dar por sentado que todo lo que has dicho en la oscuridad se oirá a plena luz del día, y lo que has susurrado a puerta cerrada se gritará desde las azoteas”.
Mateo 10: 26–27.

Peter Thiel combina dos cualidades que rara vez se dan juntas: la capacidad de imaginar un mundo y, al mismo tiempo, desarrollar los medios para producirlo. Este posee una formación filosófica que lo distingue de los demás miembros de la actual élite de supermillonarios provenientes del mundo tecnológico, aunque los tintes místicos que impregnan su discurso dificultan la comprensión de su pensamiento. 

La era de la despolitización

El texto clave en el que expuso su visión del mundo es “El momento straussiano”.[2] Sus referentes teóricos son René Girard (su maestro en Stanford), Carl Schmitt y Leo Strauss. Siguiendo a estos autores, cuestiona al racionalismo ilustrado que, orientado al dominio de la naturaleza, hizo que se dejaran de lado las preguntas fundamentales acerca del sentido de la existencia humana, lo que equivale a despojarnos de aquello que define nuestra condición, el logos, y a reducirnos a una condición meramente animal, que es la definición misma del Apocalipsis (según la Biblia, el reino de las bestias sobre los hombres).[3] En el ámbito de la filosofía política, el corolario de este racionalismo ilustrado es una visión ingenua sobre cómo poner fin a la violencia. La salida del estado de naturaleza, de la guerra de todos contra todos, se daría simplemente a partir de un acuerdo racional y la firma de un contrato que regulase, de manera pacífica, las relaciones sociales.

A esta visión le opone el planteo de Schmitt según el cual la forma de eliminar la violencia en la sociedad es expulsarla hacia el exterior. De hecho, la misma solo puede delimitarse en función de aquello que excluye. La instauración de ese límite es, para Schmitt, la esencia de la política, o más precisamente, de lo político, lo cual se articula en función de la antinomia amigo/enemigo.

Peter Thiel combina dos cualidades que rara vez se dan juntas: la capacidad de imaginar un mundo y, al mismo tiempo, desarrollar los medios para producirlo.

Sin embargo, esta solución ya no sería viable a partir de 1945, dado que, tras la entrada en la era nuclear, podía conducir al fin de la humanidad. Y esta imposibilidad se vería acentuada por la globalización. El borramiento de las distancias políticas y culturales haría que ya no hubiera verdaderamente un “otro” al cual enfrentarse. La exacerbación del antagonismo conduciría así a una “guerra civil global”, que es, para Thiel, la definición del Armagedón.

Partiendo de la evidencia etnográfica, Girard descubre un mecanismo más eficaz por el cual en las sociedades primitivas se lograría expulsar la violencia del seno de la comunidad: la víctima propiciatoria, el sacrificio ritual del chivo expiatorio. El fin de la guerra de todos contra todos se produciría, pues, convirtiéndola en una guerra de todos contra uno. Concentrar la violencia en un punto determinado evitaría su dispersión.

Sin embargo, para resultar eficaz, este mecanismo de la víctima propiciatoria no puede ser develado. Desde el momento en que se descubre, se destruye (en griego Apocalipsis significa, precisamente, revelación); es decir, debe pensarse que la víctima propiciatoria es efectivamente culpable. Esto es lo que habría ocurrido con el Cristianismo. La muerte de Cristo sería la revelación de ese mecanismo oculto tras el ritual de la víctima propiciatoria, con lo que este pierde ya su eficacia.

La exacerbación del antagonismo conduciría así a una “guerra civil global”, que es, para Thiel, la definición del Armagedón.

Thiel apela aquí a Leo Strauss, quien hizo de la distinción entre el discurso “exotérico” y el “esotérico” una de las claves de su pensamiento. Su discurso contiene siempre dos mensajes: uno explícito, accesible a todos, y otro velado, oculto, al que solo podrían acceder quienes posean formación filosófica. Si estas “cosas ocultas desde la fundación del mundo”, como reza el título de uno de los libros de Girard (los mecanismos de poder), se hiciesen públicas, dice, tendría un efecto disgregador de la sociedad.

Los “totalitarismos híbridos”

La imposibilidad de que, en el mundo contemporáneo, tanto la estrategia de escisión mediante la distinción entre amigo y enemigo como el mecanismo expiatorio resulten efectivos, para Thiel no solo hace resurgir el espectro del Armagedón, la violencia descontrolada, sino algo aún peor: la propia amenaza del Armagedón será de lo que se valdrá el Anticristo para imponer su dominio a nivel mundial. Thiel busca evitar ambos peligros (el Armagedón y la llegada del Anticristo). Llegado a este punto, apela a la figura paulina del katechon: aquel que demora la llegada del Anticristo dando tiempo al regreso del Mesías. La pregunta que surge aquí es: ¿quién es hoy el katechon y quién el Anticristo? Más precisamente, ¿cómo se traducen concretamente tales categorías en un modelo político? Si bien ese discurso velado que subyace a su discurso manifiesto se presenta bajo claves místico-religiosas difíciles de descifrar, las referencias conceptuales sobre las que se basa contienen claves que permiten aclarar el sentido de las categorías a las que apela y penetrar la lógica de sus razonamientos.

Thiel se define a sí mismo como libertario. Bien sabemos que los libertarios, cuyo principal representante es Murray Rothbard, proponen la llana eliminación del Estado; de allí el mote de “anarcocapitalistas”. Sin embargo, el pensamiento del tecnomagnate se vincula, a su vez, con otra corriente, surgida más recientemente y aun más radical, que se autodefine como “neorreaccionaria”. Sus principales ideólogos son Curtis Yarvin y Nick Land. Yarvin es actualmente asesor del vicepresidente J.D. Vance (ambos fueron colocados en sus respectivos puestos por Thiel) y aunque retoma ideas de Rothbard, se opone a él en el punto central: la necesidad de abolir el Estado. Por el contrario, aboga por una fuerte centralización política, la instauración de lo que llama tecnomonarquías. Lo que propone es la expansión de la lógica corporativa al conjunto de la sociedad, con un sistema de jerarquías que le es propio. Propone así la creación de microestados gobernados por CEOs de la misma manera en que dirigen sus empresas. En ellos no habría lugar para el disenso. El lema de los neorreaccionarios es “no voice, free exit”: si no te gusta el sistema en el que habitas, tu único derecho es el de abandonarlo.

El pensamiento del tecnomagnate se vincula, a su vez, con otra corriente, surgida más recientemente y aun más radical, que se autodefine como “neorreaccionaria”. Sus principales ideólogos son Curtis Yarvin y Nick Land.

Si bien Thiel no busca eliminar el Estado, tampoco intenta instaurar una tecnomonarquía. Su propuesta consiste en desglosar los ámbitos del poder en dos instancias diversas. Al poder legal, público, exotérico, que reina pero ya no gobierna —es decir, que se ve vaciado de sus funciones tradicionales—, le superpone un poder fáctico, velado, esotérico, situado al margen de los mecanismos de control social propios del sistema democrático. A esto le llama “poderes subsidiarios”. Los mismos no habrían de eliminar el poder político legal del Estado, sino que habrían de colonizarlo desde adentro y asumir aquellas funciones clave suyas, como la inteligencia y la vigilancia, e incluso el diseño de las políticas económicas.

A estos poderes subsidiarios les tocaría, en fin, asumir la tarea propiamente política de servir de núcleos articuladores de la sociedad. Y estos, en tanto que poderes privados, escaparían, de hecho, del ámbito público: no deberían rendir cuentas más que a sus contratantes. Por otro lado, y más importante, tales mecanismos de poder, aunque no lo excluyen, no podrían reducirse a aquello que, para Schmitt, constituía el acto propiamente político: definir un “otro” en oposición al cual el “nosotros” puede delimitarse y constituirse como tal. Desde el fin de la división mundial en bloques, también se ha perdido la figura del “otro” (el comunista). La aparición de la figura del “terrorista islámico” no puede cumplir ese rol dado que no tiene entidad política. A diferencia del comunista, el terrorismo islamista no representa una alternativa global al orden político occidental. La lucha contra él no se trataría ya de una disputa político-ideológica, sino de una cuestión meramente policial.

Yarvin propone la creación de microestados gobernados por CEOs de la misma manera en que dirigen sus empresas.

A falta de un antagonista, entonces, el cambio de régimen que se propone conllevaría una estrategia adicional que consiste en una transformación radical del modo en que estos poderes políticos subsidiarios habrían de relacionarse con la sociedad. Esto nos lleva a Nick Land. Retomando ideas de Gilles Deleuze y Felix Guattari en el Antiedipo, Land —conocido también como el fundador del “aceleracionismo” y la “ilustración oscura— afirma que la dinámica de desarrollo del capitalismo no conduce hacia la instauración de un orden, sino todo lo contrario: a la desarticulación de toda estructura y la fractura de todo código (Deleuze y Guattari lo llamaban “procesos de desterritorialización”). Para ello, se basa, a su vez, en el modelo cibernético de recursividad positiva, en el que las desviaciones del estado de equilibrio de los sistemas, producidas por su propia actividad, tienden a reforzarse dando lugar a su quiebre y al surgimiento de un nuevo orden de consistencia. Esto es lo que el Premio Nobel de Química Ilya Prigogine sintetizó con la expresión de “orden a partir de fluctuaciones” u “orden a partir del caos”. En este modelo, el caos y el orden dejan de ser términos contradictorios; están estrechamente vinculados entre sí.

Los “totalitarismos híbridos” difieren radicalmente de los totalitarismos clásicos en tanto no buscan la regimentación de la sociedad, crear un “orden total”, sino todo lo contrario: sembrar el caos y la anarquía en ella. Es lo que Steve Bannon, el jefe de asesores estratégicos de Trump, llama la “inundar la zona de mierda”; esto es, generar la confusión, especialmente a través de las redes, volviendo imposible distinguir entre la realidad y la ficción. Land lo designa con el término de hiperstición (supersticiones vueltas realidad) y Giuliano da Empoli, como el paso de una “política newtoniana” a una “política cuántica”.[5] Este mecanismo tiene así una doble valencia. Es, al mismo tiempo, el modo en que ese poder subsidiario se expresa y se oculta, se vuelve efectivo e inasible a la vez.

Si bien Thiel no busca eliminar el Estado, tampoco intenta instaurar una tecnomonarquía. Su propuesta consiste en desglosar los ámbitos del poder en dos instancias diversas.

Los “totalitarismos híbridos” yuxtaponen así dos lógicas de dominación opuestas, pero que en este contexto se retroalimentan y resultan mutuamente funcionales: el orden genera el caos y el caos se vuelve funcional al orden. Por un lado, esta nueva instancia “subsidiaria” de poder político (el tecnopoder) replica la estrategia de dominación de los totalitarismos clásicos, la lógica amigo/enemigo, delimitando aquello que el orden propuesto excluye de su ámbito (el ideario progresista, el islamista, etc.). Pero para Thiel esto ya no basta para frenar al Anticristo, es decir, no sirve como medio para solidificar la sociedad, por lo que debe complementarse con una estrategia de poder muy distinta y en un sentido opuesto. Esta nueva forma de ejercicio de poder “subsidiario” no vive de la eliminación del conflicto y las divisiones sociales, sino, por el contrario, de fomentarlos.

Una expresión ilustrativa del mismo principio es la actual política exterior estadounidense. En los países que invade no se busca instaurar un rígido poder colonial, sino sembrar la anarquía, como se vio en los casos de Afganistán o Irak. El caos resulta funcional a este nuevo tipo de orden internacional que se pretende implantar. De hecho, la fractura de los espacios nacionales y el estado de anarquía resultante abren las puertas a la instauración de enclaves en las regiones ricas en recursos naturales, custodiados por milicias privadas.

Este es, precisamente, el plan de Erik Prince, una suerte de brazo armado de Thiel. Fue el fundador de Blackwater, la fuerza irregular más grande del mundo que, como tal, goza de inmunidad por operar al margen de las leyes que regulan el accionar de los ejércitos nacionales. Actuó en Afganistán e Irak, aunque tuvo que disolverse luego del escándalo provocado por la llamada “masacre de Plaza Nisour” en Bagdad (donde murieron 17 civiles, incluyendo mujeres y niños), y fue reemplazada por Academi. Un ejemplo ilustrativo de las consecuencias de la difusión de la contratación de estas tropas irregulares es lo que ocurre ahora en Ucrania.

Los “totalitarismos híbridos” difieren radicalmente de los totalitarismos clásicos en tanto no buscan la regimentación de la sociedad, crear un “orden total”, sino todo lo contrario: sembrar el caos y la anarquía en ella.

Prince, por un lado, tiene vínculos con el grupo Wagner, que operó conjuntamente con Blackwater en Libia y hoy lucha al servicio de Vladímir Putin, aunque también está vinculado y tendría contratos con el gobierno ucraniano (Prince busca apropiarse de sus fábricas de drones). Estas tropas irregulares sirven, pues, a ambos bandos, luchando entre sí y sembrando a su paso la destrucción. Vemos aquí de qué hablamos cuando decimos que se busca sembrar la anarquía, de “inundar la zona de mierda”. No se trata simplemente de insultos en las redes.

La proyección internacional del modelo

En el contexto latinoamericano se puede ver cómo el caos y el orden se imbrican en un caso para nosotros más cercano: las elecciones de medio término del año pasado en Argentina. La derrota del gobierno en la provincia de Buenos Aires reavivó el espectro de que estallara nuevamente la economía. Frente a esto, el rescate del tesoro de Estados Unidos apareció como una salvación, aunque, también sabemos, no llegó sin condiciones. La amenaza implícita en él era que, si las listas oficialistas no ganaban la elección, Scott Bessent se desprendería de los bonos que había comprado generando un colapso económico.

Los “totalitarismos híbridos” yuxtaponen así dos lógicas de dominación opuestas, pero que en este contexto se retroalimentan y resultan mutuamente funcionales: el orden genera el caos y el caos se vuelve funcional al orden.

Lo que se desprende de allí es que, en este país, las elecciones libres ya no existen tal como las conocíamos. La democracia se ha vuelto una ficción. Esto que pasó ahora es, en realidad, algo que viene produciéndose desde hace tiempo, solo que esta vez no fueron “los mercados” los que operaron esta suerte de chantaje político, como preferiría Thiel, sino directamente el poder de Estado de una nación extranjera, que lejos de aparecer solapado, se manifestó de una manera obscena (exotérica).

Lo que ocurrió en Argentina, como decíamos, nos permite ver cómo el caos (en este caso, la precariedad del sistema económico local) resulta funcional al orden (el proyecto de un sistema de dominación mucho más severo y totalitario que todo lo conocido hasta ahora, y donde, en los hechos, el único gran elector es Bessent). Este nuevo régimen de poder es muy distinto a los que Foucault presentó en su curso sobre Seguridad, territorio y población[6], donde oponía la “teoría de la soberanía” (el poder del príncipe) al “arte del gobierno”. La primera era definida sintéticamente con la expresión “dejar vivir y hacer morir”; el segundo, en cambio, con la de “hacer vivir y dejar morir”. En estos “totalitarismos híbridos” cabría decir que ambos preceptos se conjugan de manera particular: “hacer vivir y hacer morir” (que es lo que resultaría en la Argentina con un colapso deliberado de la economía, como amenazaba el secretario del Tesoro estadounidense).

Esta nueva forma de ejercicio de poder “subsidiario” no vive de la eliminación del conflicto y las divisiones sociales, sino, por el contrario, de fomentarlos.

Ahora bien, el núcleo del proyecto neorreaccionario, cuyo vocero principal es Vance, tiene como objetivo último, en el plano internacional, trasladar esa misma lógica política a Europa, y su primer paso sería la disolución de la Unión Europea. Dos elementos se conjugan para darle visos de realidad a este proyecto. Por un lado, el retroceso de la economía europea en el concierto internacional (hoy el PBI combinado de los países de la Unión Europea apenas alcanza el 15% del PBI mundial), debido, principalmente, al crecimiento de Asia. También hay allí un factor que, aunque de manera más atenuada, opera de manera análoga al Estado de Israel en Medio Oriente como elemento desequilibrante del orden regional: la Rusia de Putin. Finalmente, esta política cuenta con la complicidad de sectores de la ultraderecha, como Călin Georgescu en Rumania, Viktor Orbán en Hungría y AfD en Alemania. Todos ellos coinciden en el objetivo de desmantelar la la Unión Europea, aunque parecen enfrentar graves obstáculos para lograrlo: Georgescu está preso, Orbán perdió las elecciones y parece difícil que AfD, aunque se convierta en primera minoría, pueda formar alguna alianza que le permita llegar al poder.

El discurso esotérico revelado

Recapitulando, lo que propone Thiel —lo que subyace detrás de su discurso explícito— es un régimen de dominación inédito y mucho más terrible a todo lo conocido, una distopía hecha realidad; esto es, un poder político omnímodo, que, por ser privado, opera oculto a la mirada pública y se dedica, a su vez, a fomentar, como contrapartida necesaria, el desconcierto social y la anarquía. En fin, la desarticulación de todos los vínculos sociales que se busca producir haría que ese odio hacia el “otro” del que se nutrían los totalitarismos clásicos se revirtiera ahora hacia los propios, los más cercanos, los hermanos, Caín y Abel, como decía ya Carl Schmitt:

El otro es mi hermano. El otro resulta ser mi hermano, y el hermano resulta ser mi enemigo. Adán y Eva tuvieron dos hijos, Caín y Abel. Así comienza la historia de la humanidad. Así se ve el padre de todas las cosas. Esa es la tensión dialéctica que mantiene la historia del mundo en movimiento, y la historia del mundo aún no ha llegado a su fin… El enemigo es nuestra propia pregunta encarnada.[7]

La pregunta encarnada a la que se refiere Schmitt es la que aparece al comienzo en la Biblia (Génesis 4.9), luego de la escena de Caín y Abel: “¿Dónde está tu hermano?” Nuestra pregunta, hoy ya desencarnada, es: ¿cómo hacer que el hermano vuelva a ser efectivamente nuestro hermano y no nuestro enemigo? Más precisamente, ¿cómo escapar a la trampa en la que nos colocan estos “poderes subsidiarios” que hoy gobiernan buena parte de nuestras vidas y se proponen controlar el mundo, esa escalada de odio y confusión que buscan fomentar? ¿Cómo enfrentar el proyecto de desarticulación de todos los vínculos sociales que se nos impone desde las nuevas tecnologías de poder y reconstruir un sentido de comunidad?