Dilma es una mujer de suerte

“Prepare sua corazón”, les dijo el relator de O'Globo a millones de brasileños que esperaban los penales. Así se vivió Brasil-Chile en Cambuci, una suerte de favela urbana del centro de San Pablo donde el que manda es “Marcola”, líder de una organización armada para defender los derechos de los presos brasileros que, según dicen, se fue transformando hasta dedicarse al negocio del tráfico de drogas. Cuando los zapatos les apretaban, los brasileños echaron al cronista argentino de la habitación donde veían el partido.

Télam

 

 

En el entretiempo del partido entre Brasil y Chile, la calle Sao Joao Bautista del barrio Cambuci está tranquila. Todavía este cronista no fue echado de la sala de TV donde veía el partido con ocho brasileros. Todavía el relator de O Globo no habrá dicho: “prepare sua corazón”, ni “un nerviosismo realmente gigantesco en el Brasil”. Todavía, no explotará el Fan Fest de Río cuando Jara pegue su tiro en el palo y la pelota salga mansa hacia fuera: para eso falta.

Ahora, las tiritas de papel glasé verdes, azules y doradas, colgadas sobre los postes de luz, de lado a lado de esta calle, brillan fuerte. El barrio suele estar tranquilo porque esta favela urbana del centro de San Pablo, donde viven inmigrantes del nordeste, haitianos, coreanos y senegaleses en conventillos, es el barrio de Marcos Willians Herbas Camacho. El barrio de “Marcola”, líder de la organización Primer Comando Capital (PCC), una organización armada para defender los derechos de los presos brasileros que, según dicen, se fue transformando hasta dedicarse al negocio del tráfico de drogas. Marcola cumple una condena de 44 años por robo de bancos, pero la gente confía más en la seguridad del barrio que en la policía y la rubia cuenta preocupada que acaba de pasar. Ojos bien celestes, remera de la selección, pantalón corto de jean, pisa la enorme bandera de Brasil pintada en el pavimento. Que eran tres en una moto. Que le dio miedo por lo que “aconteceu” antes.

 

Antes, fue el partido de Brasil contra México. Antes, fue el partido contra Camerún. En el primero, a las once de la noche del martes 17, unos cien vecinos festejaban en la calle, tomaban cerveza, tiraban petardos cuando unos 30 policías irrumpieron con gases lacrimógenos y spray pimienta. “Argumentaron”: estaban cumpliendo con la ley de silencio. Dijeron: en San Pablo después de las 22 no se puede hacer barullo. En el segundo, volvieron a hacer lo mismo. A las 20.30.

 

Pero hoy el barrio sigue tranquilo. La mujer dice que por ahora fue sólo eso, una falsa alarma. Y el partido sigue, pero no como los brasileros hubieran querido.

 

* * *

 

Ayer a la noche, en medio de unas cervezas y en un brote pleno de sinceridad, un brasilero que no voy a nombrar por respeto a la convivencia en una casa colectiva como es la de Mídia Ninja (aquí comimos y dormimos unas 25 personas: cuatro argentinos, una peruana, un turco y muchos brasileros) me decía que, para ellos, sería preferible perder con Chile que perder en la final con Argentina.

 

Los brasileros están convencidos de que ganarán el Mundial. Y sin embargo.

 

Me decía: la generación que vio el Maracanazo en el 1950 sufrió ese estigma durante años. Tiene miedo, él, de que les pase lo mismo. “Imagina”, gritaba en un portuñol bastante claro, “que nos suceda la misma cosa: el partido los marcó. Se convirtieron en una generación del fracaso”.

 

Quizás exagere como exageran los brasileros. Se sabe, no hay cosa que no sea la más grande, la más céntrica, la más populosa o con el mayor tránsito o así. En los bares, en los baños de las estaciones de servicio (el que está en el mingitorio le habla, la cabeza hacia arriba, al que cuida y le dice que sin dudas, el Mundial quedará aquí), los brasileros creen que no hay posibilidad de fallar. Y sin embargo.

 

 

neymar

 

 

El partido empieza tranquilo. En la sala de televisión somos unas catorce personas. El fotógrafo Oliver Kornblihtt no está: se retiró en silencio. Argentinos, quedamos tres: la integrante del Colectivo de Jóvenes por Nuestros Derechos Julieta Castro, la trabajadora social Mariana Iacono y este cronista. Hay 18 brasileros que gritan, hacen chistes. Uno toca un atabaque, el otro un bongó. Algunas de las chicas se pintan la cara con la bandera de Brasil.

 

En la cancha, los hinchas brasileros no parecen cantar demasiado y alguien dice que es porque las entradas son caras y ninguno de “las torcidas” pudo entrar al estadio. Que los que están ahí son los “coxinhas”, que pudieron pagar. A los siete, alguien dice “¡bueno, basta!” y el del bongó y el atabaque dejan de tocar. A los 18, Jara en contra. A los 32, Alexis Sánchez. Al final del primer tiempo, de los veintiún espectadores sólo quedamos nueve.

 

* * *

 

—Si Brasil pierde, tiramos toda la plata la basura —dice Murillo Leite Chaves, médico radiólogo de 96 años, que sentado en el comedor de su casa de Jardim Das Bandeiras mira el partido con sus dos nietos. Los chicos llevan remera de la selección. Él, un discreto buzo mostaza.

 

—Acá nadie piensa en otra cosa que no sea fútbol —se lamenta el hombre que suele votar al Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB)—. Va a ser muy malo políticamente.

 

Luego, pedirá que aparezca más Neymar.

 

—Por favor, transformate en Messi.

 

Pero Neymar no aparecerá.

 

 

Foto 1

 

 

Cuando empieza el segundo tiempo, algunos de los brasileros fuman. Ya nadie toca el bongó. Julieta Castro también se fue. Sólo quedamos dos argentinos. Mariana dice sin parar que quiere que gane Chile.

 

Mensaje de celular. El jefe de redes de Anfibia, Tomás Pérez Vizzón desde el Fan Fest de Río de Janeiro: “Que gane Brasiu porque se pudre todo”, dice.

 

“¿Y agora?” pregunta el relator de O Globo. Brasil está desconcertado.

 

Alguien dice que, mejor, los argentinos salgan del cuarto. Pero es una broma y todos reímos. Al rato, alguien lo vuelve a decir. Ya no hay risas.

 

Ataque chileno, Julio César la saca como puede y uno de los brasileros festeja la atajada. Se para, puños cerrados y en alto. ¡Festeja una atajada! Brasil no parece Brasil.

 

Otro mensaje en el celular. Cristian Alarcón, anfibio argentino chileno, dice: “les metimos el dedo en el orto a los brazucas”.

 

Mensaje: “si ganamos, después del posteo te tenemos que exiliar”.

 

Pero no. Yo no quiero que gane Chile. Pienso en Ygritte y en Jon Snow. En la venganza directa. En una final en el Maracaná entre Argentina y Brasil. Termina el primer suplementario.

 

Los que fumaban fumarán más. El que estaba sentado, ahora camina. El que caminaba, se para arriba de un sillón. Hay uno que agarra cosas del piso y las tira contra la pared.

 

A nosotros nos toca contra Suiza. Alguien vuelve a pedir que salgan los argentinos. Voy a tomar un poco de agua a la cocina y escucho risas y gritos. Al volver, la puerta estará cerrada y Mariana, del lado de afuera, en el piso, boca arriba, sin parar de reírse.

 

Al rato, pondrá en Facebook el comentario: “esto lo viví hoy”. Y posteará una publicidad.

 

 

Terminaremos de ver el partido en el comedor: transmisión española en una computadora con delay. Por los gritos de la calle, antes de ver la imagen sabremos qué pasará.

 

Minutos después de la euforia, desde algún lugar del barrio, alguien gritará agónico: “Brasiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiil”.

 

En su casa de Jardim Das Bandeiras, luego de limpiar sus lentes con parsimonia, Murillo Leite Chaves será más austero. Sólo dirá solemne:

 

—Dilma es una mujer de suerte.