Las pibas marcharon con pelucas, pa帽uelos y labios pintados de verde y violeta. Cantaron, bailaron y escribieron en sus cuerpos las consignas feministas. Eleonor Faur march贸 con ellas para pensar la sororidad en clave intergeneracional, pluriclasista, multipartidaria, y para desandar qu茅 dicen las pibas cuando hablan de patriarcado.



El 7 de marzo mi hija se sent贸 en el escritorio, puso m煤sica, apart贸 sus papeles y despleg贸 t茅mperas, tijeras, una remera violeta y un vaso con agua. Con paciencia, recort贸 la camiseta que compr贸 en el Once junto a sus compa帽eras de la Asamblea Femininja. En sus manos, la camiseta tom贸 la forma de muchas de sus otras remeras y vestidos: la sisa hasta el nivel de las costillas bajas, el cuello en forma de bote. Despu茅s, lleg贸 el turno de los colores. Con grandes letras de imprenta escribi贸 鈥淎mor propio es resistencia鈥. En el frente, pint贸 una llamarada roja-naranja-amarilla. El fuego qued贸 estampado a la altura del coraz贸n, como si se tratara de una ecograf铆a. El 8 de marzo, el grupo se encontr贸 temprano para debatir, ensayar c谩nticos y pintar sus cuerpos. Juntas o separadas, decenas de miles de j贸venes y adolescentes de todo el pa铆s, como en un ritual, reproduc铆an escenas similares.

 

La marcha de Buenos Aires tuvo pocos carteles de cartulina. Los partidos pol铆ticos y los movimientos sociales y de mujeres portaban banderas de tela. Las m谩s j贸venes se inscribieron las consignas en la ropa y en los cuerpos. El com煤n denominador de cada columna y cada grupo fue el pa帽uelo verde de la Campa帽a. Aquel con la inscripci贸n que se volvi贸 un c谩ntico: 鈥渆ducaci贸n sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir鈥. Las pibas se pusieron pelucas verdes o violetas, se pintaron ojos, labios y tetas. Se iluminaron rostros y torsos con brillantina. Pusieron el cuerpo para reclamar por la soberan铆a de sus cuerpos. El joven feminismo arde en los cuerpos. Cuerpos que se saben juntos y que juntos luchan por la libertad de las mujeres, lesbianas, travas y trans, por el derecho a decidir y ser respetadas, por el derecho a una sexualidad plena, gozosa y consentida.

 

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Las pibas se alejan de la cosificaci贸n, la desaf铆an. Guardate tu opini贸n sobre mi cuerpo, escriben en las espaldas, Aborto legal ya en los brazos, Somos las hijas de las brujas que no pudieron quemar alrededor de las tetas. Al silencio no volvemos, en el vientre. Juntas y Empoderadas, Sobre mi cuerpo decido yo, Basta de femicidios鈥 Las j贸venes casi no se detienen para sacarse selfies. Desaf铆an, sin buscarlo, el estereotipo sobre las millenials. Parecen decir que no est谩n dispuestas a protestar para ser miradas sino para cambiar la historia. Cuando paran es para chequear que no se pierda ninguna.

 

El cuerpo feminista es individual pero tambi茅n es colectivo. Es un cuerpo nacido del fuego creativo. Del que se aviva para quemar las at谩vicas estructuras de la discriminaci贸n. Un cuerpo que libera su voz para 鈥渓uchar por las que mueren en abortos clandestinos鈥, como cantan. El fuego apropiado por parte de las herederas de miles que terminaron en la hoguera homenajea tambi茅n a las decenas de mujeres que, como Wanda Taddei, fueron calcinadas por sus parejas. Las pibas cantan, no paran de cantar. Sus cantos son alegres, y a煤n as铆, homenajean a quienes murieron por ser mujeres en una sociedad que las oprime, las empuja al riesgo de abortos clandestinos o a la desdicha de una maternidad sin deseo. Cantan por las que viven amenazadas por sus parejas y no encuentran respuestas efectivas y r谩pidas cuando hacen denuncias. Cantan en el subte y en las calles. Se miran a los ojos mientras bailan y vociferan: 鈥淪e va a acabar esta gran hipocres铆a cristiana y patriarca-a-a-a-al鈥. Parece como si estuvieran en una fiesta. Es que s铆, estamos en una fiesta.

 

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驴Qu茅 dicen estas pibas cuando dicen 鈥減atriarcado鈥? Hablan de un mundo que limita sus vidas y sus libertades. Y muestran su voluntad de resistir y trastocar. Cada vez que se enteran de la desaparici贸n de una joven, las pibas de los barrios, las del feminismo popular, se unen para buscar a sus vecinas desaparecidas, como sucedi贸 con Araceli Fulles y Micaela Garc铆a. Se pasan informaci贸n sobre el uso del Misoprostol. Se juntan en Frentes de Mujeres. En los barrios populares muchas son madres. En las clases medias, la participaci贸n tambi茅n es activa y colectiva. Son pocas las que tienen hijos y a煤n no perciben las desigualdades en el mundo del empleo, no saben de los malabares de la mal llamada 鈥渃onciliaci贸n鈥 entre el empleo y la familia. Pero la experiencia de la discriminaci贸n, el malestar de la cosificaci贸n y el deseo de libertad est谩n presentes en las vidas de todas ellas. Unas y otras sienten la incomodidad de la mirada lasciva, de la palabra grosera, la injusticia de la estigmatizaci贸n y de una estructura que reproduce las desigualdades. Rechazan la naturalizaci贸n de la heterosexualidad y de la maternidad como destino infranqueable. Cuando dicen 鈥減atriarcado鈥 remiten a un modelo androc茅ntrico que ti帽e las instituciones y que filtra sus vidas. Dicen exactamente eso: 鈥減atriarcado鈥.

 

Las pibas saben que el secuestro de sus contempor谩neas para la explotaci贸n sexual es una pr谩ctica corriente. Saben que los femicidios de las j贸venes tienen un patr贸n diferente que el de las mayores: no se producen siempre en las casas ni por parte de sus parejas o exparejas, sino en la calle, en la noche que quieren gozosa y que acaba siendo un infierno. En un sentido, la experiencia de las adolescentes y de las j贸venes del siglo XXI no es distinta que la que tuvimos quienes hoy somos mayores. Ayer y hoy salir de la casa para ir a la casa de una amiga, a la facultad, a la plaza a matear o al supermercado chino equivale para las m谩s j贸venes a caminar entre vociferaciones de varones adultos que desparraman su lascivia sin la menor preocupaci贸n por c贸mo es recibida del otro lado. Las pibas temen, pero no se resignan a la (sobre)adaptaci贸n ni al discurso que fue hegem贸nico durante d茅cadas y d茅cadas. Ellas saben (porque lo sienten) que el acoso no es piropo y que su ropa no es excusa. No hay manera de que los dinosaurios remanentes de la era pre-igualitaria (los Nicol谩s Repetto, digamos) las convenzan de lo contrario.

 

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Nuestras antecesoras abrieron un surco profundo. Mi amiga Elizabeth Jelin mantiene viva las memorias feministas cuando nos recuerda las movilizaciones de los ochenta, en plena recuperaci贸n democr谩tica. Entonces, cuando las redes sociales no multiplicaban las voces ni las convocatorias y cuando apenas sal铆amos de una cruenta dictadura, no hab铆a miles de mujeres en las calles, pero las que estaban lograron anclar una demanda de enorme significatividad. Colocaron en la agenda de la democracia la urgente necesidad de igualdad de derechos y de democratizaci贸n de las familias. Pusieron en la mesa la violencia contra las mujeres, comenzaron a demandar la despenalizaci贸n del aborto. Las que vinimos despu茅s transitamos el camino abierto por ellas -heredamos la patria potestad compartida, la legalidad del divorcio vincular y la Convenci贸n contra la eliminaci贸n de la discriminaci贸n por razones de g茅nero. Muchas nos sumamos a instituciones en las que se toman decisiones de pol铆ticas p煤blicas, exigimos que las perspectivas de g茅nero y de derechos filtraran las pol铆ticas, multiplicamos la formaci贸n de las m谩s j贸venes. Nuestras hijas se cr铆an con un horizonte m谩s amplio y van por m谩s. Las pibas saben que habitan otra 茅poca y se paran como protagonistas del cambio.

 

La marcha de ayer nos encendi贸 a todas. Nos reafirm贸 en la sororidad intergeneracional, pluriclasista, multipartidaria. Fuimos una multitud de guerreras adultas, j贸venes, ni帽as y viejas. Los feminismos son muchos, la llama es una sola. Ayer vibr贸. La historia se escribe en las calles. Y muchas dormimos con una sonrisa esperanzada que nos dice que si el presente es feminista, el futuro es la igualdad.

 

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