Ensayo

Violencia de género y libertad de expresión


No hay justicia para las malas víctimas

Con la demanda de difamación lo que Johnny Depp consiguió fue negarle a Amber Heard el derecho a apropiarse de su historia. El show, guionado por un equipo de publicistas, buscó destruirla, erosionar su imagen pública y mostrarla como una mentirosa, porque hay víctimas tan moralmente juzgadas que nunca van a poder conseguir ni justicia ni reparación. Si sobre ella -joven, bella, blanca, rica- se levantan así los poderes mediáticos y judiciales para juzgarla y revictimizarla, qué queda para el resto.

Johnny Depp, borracho, metió sus dedos en la vagina de Amber Heard para buscar la cocaína que no encontraba y que pensaba que ella le había escondido. Avanzó con sus manos en contra de la voluntad de quien entonces era su esposa. La escena, que no fue la única, alcanza para demostrar que Amber vivió violencia doméstica. Lo que se discutió en el juicio que tuvo sentencia ayer es si ella podía decir eso.

Amber y Depp estuvieron 15 meses casados, entre febrero de 2015 y mayo de 2016. Con el veredicto del juicio, ella deberá pagar 10 millones por daños compensatorios y 5 por daños punitivos, luego de que el jurado sentenciara que fue “maliciosa” su intención al publicar una columna en el Washington Post donde se define víctima de violencia doméstica. Él, en cambio, deberá pagar 2 millones por daños compensatorios por declaraciones que hizo su abogado.

En el artículo al que reaccionó Depp, Amber contó cómo fue agredida sexualmente cuando era universitaria y la poca confianza que tenía de que una denuncia cambiara algo. Una historia demasiado conocida y repetida en los campus del país del norte, en donde la iniciación en fraternidades saturadas de masculinidad tóxica involucra con frecuencia el abuso sexual de estudiantes. También dijo, en el mismo artículo, que si bien cuando era más joven no se había visto como una víctima, más adelante, cuando en 2016 terminó su relación con Depp -orden de restricción de acercamiento mediante-, pudo entender aquellas violencias y las consecuencias de levantar la voz, luego de convertirse en “una figura pública que representa el maltrato familiar”.

El show impulsado por el actor Johnny Depp (y guionado por un equipo de publicistas) buscó terminar de destruir a su ex pareja.

Depp se reconoció en esas palabras, aunque no fue nombrado. Lo que consiguió con la demanda de difamación es que Amber no hable en público sobre las violencias que vivió y negarle que se apropie de su propia historia en primera persona. Después de Ni Una Menos, de Me Too, de Time’s Up, después de decir que ya no nos callamos más, otra vez una escena de mortificación buscó que una mujer sea alienada de su propia historia. ¿Nos hemos ganado nuestro derecho a hablar o todavía no?

Por más metida que haya estado Heard en el círculo de la violencia, hay desigualdad y hay diferencias de poder. Por más tóxica que sea la relación, por más consumos problemáticos, por más cuchillo que Amber le haya regalado, botella que le haya tirado, caca que le haya dejado en la cama, Johnny Depp puso todo su poder en juego cuando salió a la luz la “violencia doméstica”. 

Este juicio tuvo más espectadores que el Super Bowl. El show impulsado por el actor Johnny Depp (y guionado por un equipo de publicistas) buscó terminar de destruir a su ex pareja, erosionar su imagen pública, impedirle conseguir trabajo futuro, mostrarla como una mentirosa. Como sabemos, hay víctimas tan moralmente juzgadas que nunca van a poder conseguir ni justicia, ni reparación. 

Hablar de violencia como si fuera una exterioridad siempre es más fácil que enunciarla en primera persona. Eso hizo Amber con valentía. Nada de esto es gratis, y no es solo cuestión de plata. Si sobre ella -que es joven, bella, blanca, rica, embajadora de la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles (ACLU)- se levantan así los poderes mediáticos y judiciales para juzgarla y revictimizarla, qué queda para el resto. Es la menos subalternizada de todas, salió del círculo de la violencia, pudo confrontar a su agresor y salir adelante. Johnny Depp tiene mucho odio pero no logró -hasta ahora- doblegarla. Si para Amber no es una cuestión de dinero, para muchas que fueron denunciadas por difamación, sí. Son denuncias que pueden empobrecerlas, dejarlas sin trabajo, enfermarlas.

Hay víctimas tan moralmente juzgadas que nunca van a poder conseguir ni justicia, ni reparación.

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En 2021 el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) envió un informe a la Relatora Especial de Promoción y Protección de la Libertad de Opinión y Expresión en el que recuperaba este recorrido tan trillado que Depp transita: varones heterocis que tuvieron comportamientos violentos intentan silenciar por medios judiciales a quienes victimizaron. El informe señala la importancia de evaluar estas represalias legales: ¿les suenan los juicios por calumnias e injurias en casos así? ¿Juan Darthés contra Anita Co y contra Calu Rivero? 

El CELS también le dijo a la relatora Irene Khan que es necesario tener un estándar mejorado de libertad de expresión para darle mayor protección a las declaraciones que tienen que ver con asuntos de interés público. La violencia de género es un asunto de interés público. Porque no todas las víctimas de violencia de género “hablan a tiempo”, ni todas deciden impulsar un proceso judicial contra el agresor y, de hacerlo, debería ser con libertad y sin miedo.

La libertad de expresión se juega en esta escena de enjuiciamiento: Amber Heard está sentada allí condenada por difamación, por haber hablado de su experiencia. El juicio tal vez podría haber terminado de otra forma, pero no hay justicia para las malas víctimas. Quienes seguimos casi a diario las audiencias de este caso hubiéramos querido que Depp desembolsara todos esos millones y no solo dos -como decidió el tribunal-, que dejara de justificarse, de mostrar esa coleta tirante y las risas burlonas, y se vaya a su casa. Y que Amber descanse en Joshua Tree. Pero luego de este final, ¿qué? Desde el comienzo del juicio se multiplicaron las notas, columnas, tuits y videos que solo abonan a menoscabar las posibilidades que tienen las personas victimizadas a expresarse, no solo Amber Heard. Ella solo fue elegida para el festín de backlash de los violentos. 

Amber Heard está sentada allí condenada por difamación, por haber hablado de su experiencia. El juicio tal vez podría haber terminado de otra forma, pero no hay justicia para las malas víctimas.

Hay violencias que en Estados Unidos no se ven. Diana Russell fue pionera en mostrar la violencia de género en ese país, habló por primera vez de femicidio, denunció la violencia sexual. Sin embargo, femicidio es una palabra fantasma en gringolandia. Cuesta encontrar algo más que “violencia doméstica”, abuso, asalto sexual o shooting. Al mismo tiempo ven shooting, pero no armas. Por eso esta ceremonia pública de degradación de Amber Heard es leída como si fueran dos personas iguales, como si tuvieran los mismos privilegios, la misma validez de su relato. ¿En algún momento se cuestionó la palabra de Depp o el juicio sólo fue  una performance misógina que no paró de sumar espectadores? Un liberalismo tan ciego que no ve diferencias. ¿Qué entendieron los jueces por verdad?

Seguimos escuchando que ella se lo buscó. No solo en referencia a Amber, sino hacia muchas de las que son violentadas y no desean que su vida sea masticada de esta forma por el sistema de justicia. ¿El mensaje? Para ser víctima de violencia machista hay que ser una Juana de Arco sacrificial, no contestar, no gritar, no defenderse, dejar de hablar.