Ensayo

La CGT en la era Milei


¡Combativos y dialoguistas, uníos!

Se viene el segundo paro general en cuatro meses de gobierno de Milei. Las tensiones internas de los gremios, el diálogo frustrado con el gobierno y el modo en que se consensuó la huelga explican la estrategia de la cúpula sindical. La clave es movilizar en dosis controladas. La CGT cree que hay Milei para rato y busca negociar, e incluso está dispuesta a consensuar una reforma laboral.

Son las tres de la tarde del jueves 11 de abril de 2024. El triunvirato en pleno que lidera la CGT encabeza la reunión de Comisión Directiva en el cuarto piso de Azopardo 802. Se define la segunda huelga general en cuatro meses de gobierno de Milei. Hay unas 80 personas en la sala, en su mayoría dirigentes gremiales, pero también un puñado de hombres y mujeres de confianza que orbitan en el entorno. Unos pocos entran y salen. Sobre la mesa hay café y agua mineral. Que estén Héctor Daer, Carlos Acuña y Pablo Moyano no es un dato menor a esta altura. A la reunión previa de mesa chica —aquellos encuentros de rosca de los que participan un puñado de dirigentes que cocinan las decisiones de la central obrera— no había asistido Acuña, lugarteniente del histórico Luis Barrionuevo. Era uno de los tantos mensajes que visibiliza las internas de los diferentes espacios que se reúnen bajo una misma sigla, pero que a veces tiene múltiples significados. Hacía apenas una semana, Bandeja, como le dicen a Barrionuevo en el mundillo gremial, había pedido la renuncia de Daer y que se eligiera una nueva conducción.

El que toma la palabra es Daer, el triunviro representante de Los Gordos, los gremios mayoritarios en cantidad de afiliados y más vinculados históricamente con las posiciones dialoguistas a pesar del color del oficialismo de turno. Se dirige a “los compañeros y las compañeras”. Propone volver a mostrarle al Gobierno el descontento con su plan económico. Pone sobre la mesa la idea de encarar una movilización el próximo primero de mayo y realizar un paro general de 24 horas sin movilización el 9 de mayo. Es una moción a consideración, pero, sobre todo, es un acting: ambas cuestiones ya estaban consensuadas desde hacía, por lo menos, 48 horas. Sólo se dudaba sobre el efecto que podría haber causado la reunión que habían tenido con funcionarios unas 20 horas antes.

Que sea Daer quien habla es un mensaje a dos bandas. Por un lado, la certeza de que la decisión será acompañada sin grietas (algo que no suele ocurrir), por los grandes gremios a los que representa dentro del triunvirato. Daer es la personificación del scrum que conforman los sindicatos con mayor cantidad de afiliados y que pueden definir el éxito o el fracaso de una huelga. Por el otro, que no hay puentes de negociación sólidos, ni mucho menos confiables, con la gestión de La Libertad Avanza. En ese momento se incorpora al plan de acción el respaldo a la Marcha Federal Universitaria del 23 de abril. La CGT está activa como pocas veces antes en el pasado reciente.

Antes, una comitiva cegetista con referentes de todas las “tribus” había pasado por Casa Rosada. Por primera vez desde que asumió Milei la Confederación General del Trabajo fue invitada oficialmente a una reunión el 10 de abril. Los recibieron cordialmente y hasta les pidieron disculpas por el destrato previo. Estuvieron Guillermo Francos, Julio Cordero, Nicolás Posse y Santiago Caputo. Estos dos últimos fueron quienes llevaron la voz cantante, aunque Caputo no se dejó fotografiar para las imágenes que circularon por los canales de comunicación oficiales y los no tradicionales de los libertarios. Suele cultivar un perfil “oscurantista”. Les prometieron que no habría reforma laboral, que se iban a activar puentes de discusión permanentes y que iban a comenzar gestiones para solidificar las cuentas de las obras sociales sindicales. “Te juro que no entiendo nada. Parecían de otro Gobierno. No parecían funcionarios de Milei”, contó a la salida uno de los asistentes al cónclave. “Nos trataron muy bien, nos pidieron disculpas. Yo no sé si ellos saben algo que nosotros no, o tienen miedo de algo. O nos mintieron”.

Las sospechas no eran infundadas. La última vez que se habían visto la cara con alguien que hablaba en representación de Milei todo terminó mal. Fue con el propio Francos en diciembre, cuando se sentó a discutir en la sede de la UOCRA para consensuar la reforma laboral que impulsaría La Libertad Avanza en el mega DNU 70/2023. El contenido del decreto, sin embargo, no tuvo nada de lo que prometió el ministro. El texto, muy agresivo, se convirtió en la chispa que encendió la movilización de fines de diciembre a Tribunales y el eje del paro general del 24 de enero, la huelga general más rápida de la CGT contra un gobierno desde el regreso de la democracia.

¿Francos no pudo o no quiso cumplir con lo charlado? No hay certezas. El dato curioso es que quien acompañó en aquella visita al funcionario fue el abogado laboralista Julio Cordero, hombre de Techint y de la UIA. Buscaban aprovechar sus vínculos fluidos con algunos referentes de la CGT. La relación emerge de las dos semanas al año que suele compartir en las cumbres de la OIT. Un par de meses después, Cordero se convertiría en secretario de Trabajo libertario tras la caída en desgracia de Omar Yasin.

Al final la reunión en Casa Rosada se apagó confirmando las sospechas. Ningún funcionario volvió a llamar para continuar con algún puente de diálogo: “Nos enteramos por los documentos a los que accedemos, por el Boletín Oficial o por gente de confianza que tenemos en algunos organismos. Nadie nos dice nada”, confirma un importante referente de Azopardo acostumbrado a discutir con todos los gobiernos. Y así fue. Para poder intervenir en el proyecto de Ley Bases que promovió el oficialismo encontraron un camino alternativo: “Yo lo llamaba a Pichetto, él proponía los cambios y después me mandaba lo que quedaba. Yo se los pasaba a los compañeros y a los abogados de confianza. Lo analizábamos y le hacíamos una devolución”. De esa forma, vía el camaleónico Miguel Ángel Pichetto, la CGT logró aplacar la Reforma Laboral que originalmente contemplaba 60 artículos y terminaría recortada a 17.

Las fuerzas del cielo desacomodaron a las fuerzas del movimiento obrero

Históricamente en la CGT conviven y confluyen distintas vertientes. Es una institución compuesta por un conjunto variopinto de espacios (política, social y sindicalmente hablando), con equilibrios delicados e inestables. Se trata de un esquema de poder cruzado por el rol que ocupa cada uno en la economía, por la adscripción a la política partidaria, por la interpretación de la acción gremial y hasta por las rencillas personales entre sujetos que suelen ocupar los mismos cargos, en promedio, por un par de décadas. La situación es tan evidente que cuando se reunificó la central obrera en 2016 hubo que ir a un esquema de tres secretarios generales, aunque el estatuto contemplara sólo uno. Los tres sectores mayoritarios ubicaron a un dirigente de confianza y repartieron con el resto la totalidad de la comisión directiva.

Entre los pocos consensos tácitos que reúnen a todos los espacios hay un postulado: no se le hace un paro a un Gobierno en los primeros 100 días de gestión. Ya se quebró. No tanto por la disposición de los cegetistas a salir a la calle, sino por la compulsión de los libertarios a confrontar, sobre todo con aquellos que creen que representan a “la casta” o a “la vieja política”.

La idea de negociar siempre sobrevuela a un sector importante de Azopardo. De hecho, esa imposibilidad de acordar, aún mostrándose predispuestos a abordar temas que históricamente fueron tabúes, generó desconcierto. “No tenemos ningún problema en consensuar una reforma laboral, si es que nos convocan”, dijeron Daer y Andrés Rodríguez en su exposición en la AmCham, rodeados por la “casta” empresarial. El propio Hugo Moyano, ya acotado a intervenciones públicas muy puntuales, los dejó en evidencia: “Algunos tratan de negociar con Milei pero el Gobierno no les presta atención”, dijo en AM 530. Moyano es el autor de una frase, ya clásica, que los retrata: “Ellos son oficialistas, no tienen la culpa que cambien los gobiernos”. Pero La Libertad Avanza no los quiere cerca.

Previo a la discusión de la Ley Bases en la Cámara Alta, los senadores del bloque de Unión Por la Patria recibieron el martes 7 de mayo a la dirigencia cegetista. Pusieron sobre la mesa un documento con las objeciones al proyecto. La reunión tuvo dos datos salientes. Faltó Pablo Moyano, por sugerencia de uno de los propios senadores, que había advertido que el bloque estaba molesto por las declaraciones del dirigente de camioneros en la conferencia de prensa del primero de mayo. “Espero que no vuelva a aparecer el fantasma de la Banelco como cuando se trató la reforma laboral”, había dicho el dirigente de Camioneros y algunos legisladores del peronismo se ofendieron. 

Hasta ahora, en la CGT había una relación dialéctica entre los sectores combativos y los dialoguistas. Aún en el marco de las disputas internas, de las discusiones públicas y de las acusaciones cruzadas, era un juego que solía dejar cómodos a ambos bandos. Los combativos empujaban y tensaban el conflicto social. Los dialoguistas los descalificaban y buscaban cerrarlo. Los gobiernos hacían equilibrio y elegían sus interlocutores. Al margen de los resultados, cada uno sabía al detalle su papel. La llegada de los libertarios modificó las reglas: no distinguen al interior de la central obrera; para ellos, todos los sectores son lo mismo. No se muestran conmovidos por los paros, no se inmutan si millones de personas se quedan sin viajar por un conflicto con las empresas de transporte que podrían haber evitado con un hecho administrativo y hasta alientan las huelgas: la grieta parece ser su combustible para gobernar.

La sensación que sobrevuela es de desconcierto ante un fenómeno novedoso. Nada muy diferente a lo que ocurre en las esferas políticas partidarias. La profundidad de la crisis, la inserción de Milei en los sectores más vulnerables y hasta la disputa ideológica de sus propios representados implican una encrucijada pocas veces vista en el último tiempo por la conducción sindical. Las imágenes de los Rappi mileístas trabajando y cruzando las manifestaciones gremiales son recurrentes. Postales de una clase trabajadora sin representación, fragmentada y con un futuro incierto. Tan incierto como el futuro del trabajo, uno de los títulos favoritos para quienes dan charlas.

La vieja guardia cegetista se mantiene en una idea: “Hay que pensar que esto es una maratón, no es una carrera de 100 metros”. La comparación que tienen en mente remite a los grandes conflictos que el sindicalismo encaró en el inicio del menemismo en los noventa y a la contundente derrota. “Nos quebraron muy rápido la valla de contención y después no pudimos hacer nada”, repiten. Creen que el fenómeno es similar y no consideran, como muchos otros, que el Gobierno de Milei vaya a durar apenas unos meses. Por esa razón apuestan a ir sacando medidas en dosis controladas que logren mantener la centralidad en las protestas y no los desgasten. Si se mantienen “a tiro” pueden ganar en un sprint final.

Fotos: Telam