Ensayo

"El conflicto no es abuso", de Sarah Schulman


Punitivismo, ese paradigma invisible

Desde hace más de cincuenta años somos testigos de una ininterrumpida reconfiguración del poder como un deseo de seguridad. Hoy atravesamos una profunda crisis afectiva en la que vincularnos nos cuesta cada vez más: vivimos en un contexto signado por una competencia feroz, por el desgaste de las formas de solidaridad y por una incapacidad de comprensión de la diferencia. La razón punitiva —recientemente actualizada a través de la cultura de la cancelación y la retórica de censura en contra de la libertad de expresión que realizan las ultraderechas para liberar paradigmas victimizantes, reduccionistas y polarizantes— parece haberse transformado en un sistema cultural de representación. El libro de Sarah Schulman —escriben sus traductores en el prólogo— es una pieza clave del pensamiento antipunitivo.

Es innegable que el tiempo histórico que nos toca vivir como sociedad está atravesado por una profunda crisis afectiva. Una sensación incómoda recorre esta época: cada vez nos cuesta más trabajo vincularnos, se nos vuelve prácticamente imposible entendernos y las herramientas en las que nos apoyábamos para darle lugar a nuestras diferencias, han perdido de a poco su efectividad, o directamente se han vuelto inútiles. Percibimos el estallido ahogado de los lazos sociales en todas las esferas en las que participamos. En las estructuras de gobierno, al interior de las instituciones, en nuestros grupos de pertenencia, en los vínculos personales y en la relación que tenemos, incluso, con nosotros mismos. Es cierto también que, a lo ancho del mundo, brotan con un esfuerzo obstinado una enorme cantidad de movilizaciones sociales, propuestas reflexivas, experiencias comunitarias y posicionamientos políticos que ensayan estrategías (contra)pedagógicas/clínicas para abordar la agudización de estas distancias que parecen irreconciliables. Pero los efectos continuos que generan la sobredimensionalización del conflicto, la supremacía moral y el entumecimiento indolente, traumático, que ofrece la matriz neoliberal desde la cual imaginamos los vínculos sociales, destierran toda oportunidad de intercambios profundos capaces de volver visible las estructuras que explican la crueldad que obstruye la posibilidad de vivir juntos. 

La dificultad que atravesamos se vuelve muy difícil de reconocer críticamente. En el temor abismal ante cualquier problema, en la incapacidad interpretativa que nos nubla o en la asfixia ansiosa que nos producen los conflictos interpersonales, que sentimos con exclusividad como algo personal, se anudan un flujo de fuerzas muy complejas: entre ellas, la creciente fragilización de las relaciones humanas en un mundo derrumbado por las consecuencias de un modo de producción basado en la feroz competencia por recursos explotados de forma desmesurada, pero también, el desgaste de las formas de solidaridad y el agotamiento de la capacidad de escucha, reflexión y comprensión de la diferencia en una realidad dirimida por un moralismo represivo que ofrece como única salida posible, posicionamientos subjetivos endurecidos, intransigentes y victimizantes, como condición y reflejo, ante una realidad que no tolera más malestar del que sus mismas condiciones de posibilidad constantemente producen. Por momentos, pareciera que no hay salida o alternativa posible. 

Es innegable que el tiempo histórico que nos toca vivir como sociedad está atravesado por una profunda crisis afectiva. Una sensación incómoda recorre esta época: cada vez nos cuesta más trabajo vincularnos.

Si bien el punitivismo, es decir, aquella dimensión de los modos contemporáneos de gobierno que impone y administra su orden a través de la producción de políticas públicas, marcos burocráticos-administrativos y estructuras legales centradas en prácticas institucionales de enjuiciamiento, sanción y castigo, como en deseos preventivos de vigilancia y control, no es un fenómeno novedoso, sino por el contrario el resultado de un lento proceso histórico. Así todo puede convertirse en el potencial contexto que explica la crisis afectiva actual. En ese sentido, se vuelve urgente comprender la expansión inaudita de sus preceptos, un crecimiento exitoso y acelerado que pareciera haber transformado sus principios represivos en un paradigma invisible que da forma a aquello que llamamos mundo o naturaleza, desde la cual ahora imaginamos, percibimos y entendemos la intimidad de nuestra vida en común.

Es importante insistir en la longevidad de estos procesos, porque su reconstrucción genealógica nos puede ayudar a comprender la irrupción de características novedosas que enmarquen la crisis político afectiva que atravesamos, o por lo menos dar cuenta cuáles pueden ser aquellos desplazamientos específicos que han resultado instrumentalmente positivos para la creación de este estado generalizado de sospecha, crueldad y fragmentación atomizante de los lazos sociales. 

Por lo menos, desde los años setenta aproximadamente, hemos sido testigos de esta ininterrumpida reconfiguración del poder como un deseo de seguridad, que no es más que un deseo de estado-nación, esto es, una incuestionable confianza en las instituciones que administran la punición. Consecuentemente, hemos observado el perfeccionamiento tecnológico de los sistemas de control del espacio público, el endurecimiento de las políticas migratorias, la regulación social de los códigos de género, una clasificación cada vez más prescriptiva de perfiles y comportamientos sociales que se vuelven garantías o amenazas de la estabilidad social, la diversificación en aumento de nuevos modos de criminalización y persecución institucional, la explosión de imágenes mediáticas dedicadas a la estigmatización estratégica de la diferencia sexual y racial como un medio para la producción de extraños-peligrosos, como también la sofisticación permanente de arquitecturas de privación y encarcelamiento. Pero estas características de la razón punitiva, que en su totalidad conjugan el despliegue pedagógico de la punición como regulador del comportamiento colectivo y la respuesta paranoica ante el peligro, el conflicto o la violencia, parecen haberse transformado, además, en un sistema cultural, en una forma de imaginación y en particular, en una economía afectiva desde la cual entender los intercambios entre personas y pequeños grupos. Este desplazamiento, creemos, se siente como un sofisticado derrame que ha inscripto, traducido y adecuado la moral securitista del paradigma de la punición, presente en las estructuras técnicas de gobierno y gestión de lo público, sobre el ámbito de lo privado, y específicamente, sobre el terreno del deseo. Poblando, así, un espacio esencialmente conflictivo y opaco, en un campo de protocolos regulados por las tramas del aislamiento como castigo, la ansiedad preventiva, el temor a lo otro como opuesto a la mismisidad, la descartabilidad humana y la naturalización de lo indolencia en tanto horizonte moral, como narrativas desde las cuales imaginamos las formas de vida que componen lo social.

En este sentido, podemos dejar de hablar entonces del punitivismo tan solo como un conjunto de mecanismos jurídicos, legislativos y policiales-militares, para empezar a considerarlo como un sistema de representación, es decir, una forma de imaginación del mundo sin excesos. Un lenguaje criminológico que se internaliza como paradigma desde el cual lidiamos con los conflictos de la vida cotidiana, con los problemas que emergen en nuestras formas de vida comunitarias, desde el cual hacemos usos rígidos e instrumentales de las políticas de la identidad para entender la diferencia de responsabilidades, la producción de peligrosidad y el origen de los conflictos. Una matriz afectiva, que lleva al espacio personal el imperativo de la productividad, la mesura expresiva, la pureza ideológica y la transparencia del sentido, y que, a su vez, convierte la aparición de conflictos, el abordaje de las violencias y las formas de elaboración del trauma, en un antagonismo moralizante, en ocasiones con tintes esencializantes y patologizantes, cuya simpleza estratégica reduce las relaciones humanas a economías paranoicas de desconfianza, aplanando la complejidad de la violencia y el padecimiento como fenómenos, unidireccionales. Una estrategia que nos vuelve incapaces de complejizar tanto los intercambios de poder que los problemas entre las personas producen, anhelan y esconden, como las condiciones históricas que los vuelven posibles, afectando entonces, la capacidad de acercarnos a la realidad del malestar, la incomodidad, el dolor y la violencia, de formas ambivalentes y profundas, que privilegien la reparación cooperativa y la integración del desacuerdo, en tanto sea posible, como parte indiscutida de la vida junto a otros, sin la necesidad de recurrir a la privatización institucionalizante de los problemas que terminan siendo inteligibles sólo a través de la asistencia represiva que ofrece el estado y sus herramientas históricamente punitivas.

Sobre esta encrucijada urgente trabaja El conflicto no es abuso de Sarah Schulman, el libro que finalmente tenemos ante nosotros. Un material profundamente valioso, que desde su publicación, y especialmente gracias al intercambio de mano en mano, a lecturas públicas colectivas, como a su incorporación dentro de curriculas, tanto institucionales como contraculturales, de discusión, se ha instituido en una pieza clave del pensamiento antipunitivo, del activismo anticarcelario, como también de las conversaciones que dentro de los movimientos feministas y de la disidencias sexuales en corcondancia con el compromiso anticolonial, se tienen en torno a la especificidad de la violencia, la justicia y los deseos de reparación.

Desde los años setenta hemos sido testigos de esta ininterrumpida reconfiguración del poder como un deseo de seguridad, esto es, una incuestionable confianza en las instituciones que administran la punición.

Traducir este libro para nosotros ha sido una tarea de mucho aprendizaje. En principio porque lo hemos hecho a la distancia, conectando a través de nuestros intercambios, una vez que emprendimos esta tarea, la complejidad particular de dos contextos tan disímiles como homologables, como son la Ciudad de México y Buenos Aires. Dos sociedades que a pesar de sus profundas distancias en términos políticos e históricos, comparten una progresiva normalización de la subjetividad punitiva como lógica desde la cual entender y actuar en torno a conflictos comunes que se originan entre pares. Una dificultad que, como mencionamos antes, identificamos como una consecuencia directa de las políticas neoliberales de inclusión y diversidad que instrumentalizan las demandas sociales por justicia, en una arena descontrolada de señalamientos, responsabilizaciones automatizadas y soluciones performáticas, que dejan sin cambio alguno las estructuras del poder heterocispatriarcal, racista y extractivo bajo el que se regula la continuidad del presente-futuro. Un fenómeno que además, vemos acelerarse en nuestros contextos, a partir de la reciente actualización estratégica del punitivismo a través de la cultura de la cancelación y la retórica de censura en contra de la libertad de expresión, que realizan la derechas y ultra-derechas, con la finalidad de liberar en el ámbito cotidiano paradigmas victimizantes, reduccionistas y polarizantes, para que se castiguen entre sí los individuos. 

El conflicto no es abuso, de Sarah Schulman, el cual germina en el contexto cultural y político de Estados Unidos, alimentado por la experiencia de su autora, una figura lésbica clave en el activismo por los derechos reproductivos de las mujeres, por sus intervenciones en las así conocidas “guerras del sexo” durante la década de los ochenta y, principalmente, por su participación en ACT UP, organización histórica en la lucha por una respuesta a la crisis del VIH/SIDA, estuvo listo para ser publicado en 2014. Pero no fue hasta dos años después, trás el continuo rechazo de un sinfín de editoriales estadounidenses, que incluyeron a las grandes corporaciones del libro como a editoriales universitarias e independientes, que la autora logró encontrar un pequeño sello queer en la ciudad de Vancouver dispuesta a publicarlo.

Hay una reciente actualización estratégica del punitivismo a través de la cultura de la cancelación y la retórica de censura en contra de la libertad de expresión que realizan las ultra-derechas.

La dificultad, sin embargo, no quedaría allí. Una vez publicado, las resistencias a hablar públicamente sobre el contenido del libro, se hicieron notar. Los medios de comunicación tradicionales, las universidades y los espacios de reseñas más comunes del medio editorial, como Publishers Weekly, tardaron meses en hablar sobre el mismo. Y recién lo hicieron cuando las comunidades que identificaron su potencial transformativo empezaron a ejercer presión. La sensación generalizada, cuenta Sarah Schulman, es que el tipo de discurso que por entonces movilizaba el libro, resultaba de una incomodidad y de un riesgo insuperable para cualquier negocio editorial, y por eso la industria reaccionaba de forma abrumada, tanto en la negación automática del libro en su formato de propuesta, como una vez que éste había comenzado a circular y hacer valer sus desafiantes argumentos. 

Seis años después, El conflicto no es abuso cuenta con más de 40 mil copias vendidas en inglés, logrando ser traducido al italiano y al francés y ahora, al castellano. Sin duda, un claro ejemplo del triunfo de la conversación popular sobre la máquina editorial que controla el grado de circulación de aquellos discursos que no entiende o que no le convienen al status quo. 

De acuerdo a la autora, otra explicación de esta resistencia atemorizada ante el libro se debió por su condición novedosa. Es decir, si bien los marcos de funcionamiento de la razón punitiva, como hemos mencionado anteriormente, ya contaban con una extensa serie de estudios y análisis dentro de los círculos activistas, académicos e intelectuales de Estados Unidos que habían podido objetivar críticamente sus modos de funcionamiento, dar cuenta de cómo esta modulación represiva del poder se había transformado en un paradigma subjetivo y en un mecanismo social que básicamente señala como “personas peligrosas” a poblaciones que están en peligro, resultaba demasiado arriesgado como una posición pública. En especial, porque no solo volvía visible las formas en que las ideologías conservadoras malinterpretan, instrumentalizan y construyen economías victimizantes en torno a los conflictos, donde aquellos cuerpos que son sistemáticamente marginalizados, una vez que denuncian el ejercicio de la violencia, se convierten en violentos, sino que ponía sobre la mesa situaciones contradictorias, perspectivas acríticas y sentidos falsamente naturalizados que dentro de los movimientos progresistas, reproducían el mismo tipo de funcionamiento supremacista, aleccionador e indolente. Entre ellos, los problemas desatados por las formas de vigilancia a los flujos migratorios, las legislaciones destinadas a la población trans, pero en particular, las posiciones incómodas que despertaba la denuncia al imperialismo Israelí y la consecuencia defensa de la resistencia Palestina, todos ejemplos que este libro aborda de distintas maneras. 

Casi una década después de su gestación, la precisión análitica que comparte este libro parece cada vez más actual. De hecho, a pesar de las profundas modificaciones que han tenido lugar en el contexto estadounidense —donde se vive el agresivo avance de fuerzas conservadoras y políticas de derecha que se han traducido en el desmantelamiento de garantías constitucionales como la interrupción voluntaria del embarazo, la desprotección de la comunidad trans o el aumento de la precariedad sanitaria que afecta desproporcionadamente a las poblaciones migrantes y racializadas—, la estrategia de gobernanza que en su momento señaló Schulman, basada en la afirmación obstinada de Ideologías Supremacistas, en la sobredimensionalización del daño y en la falta de responsabilización colectiva para la resolución de conflictos sin que éstos escalen desproporcionadamente, no ha cambiado al interior de aquel país, sino al contrario, pareciera haberse sofisticado aún más, extendiéndose incluso a escala global.

Schulman, tanto en este como en el resto de su trabajo, es una paciente defensora de la aventura que significa abrirse al riesgo de conversar a través de la diferencia.

Ahora bien, a pesar de la urgente relevancia, y de la potencia crítica que reconocemos en este material, es cierto que traducir y, posteriormente publicar, libros producidos en el Norte global para un público latinoamericano no deja de ser una apuesta riesgosa. Ante las relaciones asimétricas que todavía existen entre Norte-Sur, las cuales sin duda se reflejan en las políticas de traducción, en la accesibilidad del conocimiento, como en todos los otros aspectos que componen a la industria editorial, publicar este libro en su versión en español puede ser leído como un gesto involuntariamente colonial. Pero como insistimos a lo largo de este prólogo, Schulman, tanto en este como en el resto de su trabajo, es una paciente defensora de la aventura que significa abrirse al riesgo de conversar a través de la diferencia. En ese sentido, si la estrategia de gobernanza que genera extraños peligrosos para mantener intacta la supremacía que existe a escala global, implica también su efectividad en las formas de dominio que se ejercen desde el Norte hacia el Sur, hacer una lectura situada de este material, que implique actualizar sus argumentos y enfrentar las discontinuidades históricas que broten una vez que este material sea discutido en nuestro territorio, es una gran oportunidad para dar cuenta de cómo esta forma extendida de poder punitivo que modela las subjetividades contemporáneas, si bien es una pedagogía que forma la experiencia de los sujetos a gran escala, encuentra necesariamente lenguajes expresivos, como también formas consecuentes de resistencias, que son únicos en cada contexto. 

Arrojarnos, entonces, a la complejidad de leer un análisis político-afectivo forjado en un contexto en el que operan flujos y disputas que nos exceden o nos son extrañas, posiblemente nos haga sentir distantes, o confundidos. Pero aquí, el valor transformativo de la traducción se sostiene en la promesa que brota de esa misma incomodidad geopolítica. Ante lo que no es homologable, solo nos queda el arduo trabajo de preguntarnos por la actualidad de esas diferencias. Es decir, allí donde estos marcos de análisis sobre las formas contemporáneas del poder punitivo no hagan sentido, no existe otra tarea más que investigar la originalidad con la que dicho paradigma cobra forma, se vuelve real y es encarnado en la experiencia de nuestros conflictos cotidianos, individuales como colectivos. Una serie de cuestionamientos que en su inscripción “local”, es decir, en su practicidad situada, en lugar de institucionalizar los argumentos originales de esta autora y este libro, como el grado cero de una discusión sin origen en nuestra historia, ponen en contraste, ensamblan de modo perverso y adhieren de forma compleja, sus principales aportes a los esfuerzos regionales que desde hace tiempo vienen siendo elaborados comprometidamente en torno a la noción de justicia, a la definición de violencia, como a los modos de resolución y reparación del daño colectivo. 

La concreción colectiva de este largo sueño puede volverse real si pensamos la anti-punición como un ejercicio práctico.

Traducir es ser consciente de las genealogías culturales y sociopolíticas de los lugares donde se enunciaron las ideas traducidas. Al existir casi diez años entre la primera edición de El conflicto no es abuso y esta publicación en español, es crucial identificar las transformaciones que forman parte de las políticas de cuidado y los abordajes de la violencia en nuestras coordenadas. Eso conlleva, a propósito de la labor editorial, evitar la reproducción de palabras y expresiones que en el español forman parte de una genealogía de vocabularios políticos que estigmatizan la diferencia en beneficio de la razón punitiva. En ese sentido, este libro, que promueve un compromiso emocionante, es decir, lograr que el punitivismo que forma parte de nuestras historias individuales y colectivas no totalice los sentidos que se imbrican en nuestra vida en común, puede pensarse como un eslabón más de aquella constelación de herramientas críticas de especial importancia en función de los intercambios Norte-Sur que hace décadas vienen teniendo lugar en torno a esta materia. 

Para terminar, no quisiéramos dejar de reconocer una diferencia que nos parece sustancial en el material que ahora se publica. Y es que, si existe un orden de jerarquía en los esfuerzos críticos de este libro, es demostrarnos que un cambio radical ante los efectos abrasivos que genera la razón punitiva en la vida colectiva, es materialmente posible. Y la concreción colectiva de este largo sueño puede volverse real si pensamos la anti-punición como un ejercicio práctico, que por un lado implica la detención del murmullo ensordecedor del enjuiciamiento acrítico motivado por el reflejo del trauma y las falsas lealtades que brotan de las Ideologías Supremacistas, para en su lugar priorizar la conversación en persona y el intercambio de perspectivas como un camino potencialmente transformador de reaprendizaje. Por esa razón, además de facilitar estos marcos innovadores de interpretación sobre el funcionamiento de estas formas íntimas de la moral securitista, que operan en los deseos de vigilancia, control y castigo que se apoderan de nuestra imaginación, El conflicto no es abuso presenta alternativas concretas que se nutren del paradigma de la reparación y de la justicia transformativa como posibles guías en el arduo trabajo por apaciguar la sobredimimensionalización de los conflictos comunes. Por un lado, entendiendo esta dimensión de lo reparativo como una forma de ensayar valores, principios y prácticas que busquen promover el respeto y la responsabilidad poniendo como centro el entramado de relaciones humanas, lo que implica reconocer la complejidad de la interdependencia para juntos entender por qué surgen tanto los conflictos, las violencias, como nuestras limitaciones para abordarlos de forma profunda, y cuáles son las acciones y estrategias que como personas afectadas consideramos necesarias para su reparación. Y por otro, propone aproximarnos a la idea de transformación en una dirección similar en torno a la cual las comunidades afroestadounidenses y marrones vienen trabajando desde hace un largo tiempo, es decir, considerando como urgente el compromiso por crear formas de justicia estructuradas por mecanismos de resolución de los problemas fuera del sistema legal policial, carcelario y militar, que desestimando el castigo, privilegien la co-responsabilidad para la protección y cuidado de las personas con las que se comparte el interés por hacer realidad mundos alejados de las narrativas de la crueldad. 

Ante el distanciamiento, el temor y el aturdimiento al que nos somete la razón punitiva, cuando las diferencias de nuestras historias irrumpan, tendremos que proponer la cercanía y la escucha cómo formas de tejer complicidad, confianza y corresponsabilidad.

Pensamos esta traducción como una forma de acceso que ensambla sus esfuerzos a un extenso diagrama de complejos ensayos creativos por una sociedad más allá de la rigidez del castigo. Creemos que como artefacto social, este libro puede hacer del trabajo comprometido de Sarah Schulman, una herramienta clave para la reconceptualización de los mapas securitarios que funcionan actualmente en nuestros territorios, comunidades y en nuestros cuerpos, una oportunidad clave para alentar discusiones políticas, interpelaciones culturales y espacios de contención que acerquen imágenes de posibilidad en aquellos momentos donde la misteriosa conflictividad de la vida parezca imposible de ser descifrada.Ahora, entonces, nos toca comprometernos. Acercar a nuestra intimidad este paradigma anti-securistista, confrontando la condición natural del punitivismo que aún limita la posibilidad de configurar nuestra vida en común como estrategia ante el exterminio. En nuestro largo camino por hacer un otro mundo posible, tendremos que provocar la reunión, compartir tiempo, intercambiar notas, sostenernos en la duda y contener el destino incierto de las derivas que estas formas desafiantes de pensamiento suscitan. Ante el distanciamiento, el temor y el aturdimiento al que nos somete la razón punitiva, cuando las diferencias de nuestras historias irrumpan, tendremos que proponer la cercanía y la escucha cómo formas de tejer complicidad, confianza y corresponsabilidad, aunque duela, aunque nos incomode o aunque parezca imposible. Para eso llega este libro. Para ayudarnos, para servir de apoyo, abrigarnos y ser compañía, para darnos ánimos e inyectar energía en este difícil y hermoso deseo por seguir viviendo juntos, porque es innegable que lo necesitamos, hoy, ahora más que nunca.