Crónica

Los taxi boys de Plaza Miserere


El jardín de las delicias inquietantes

La primera vez que Flavio Rapisardi oyó hablar de los taxi boys fue en 1987, en un grupo de reflexión de la CHA. Fransciso Ríos Flores los conoció en Once durante la última década: algunos protagonizaron su película y otros se volvieron amigos. En este texto escrito a cuatro manos recorren Plaza Misere, narran las vidas de los varones que venden sexo y problematizan el trabajo sexual en un mundo de placer que no es sencillo, no es sin dolor, no es sin pérdida.

Me llamo Francisco y soy realizador de cine. Los últimos ocho, nueve años, los dediqué a una película sobre trabajadores sexuales del Once, taxiboys. Hice una película que a la vez me hizo a mí. La experiencia desbordó lo cinematográfico. Mis reflexiones sobre trabajo sexual, sobre prostitución no son estancas, se modifican a diario. Soy un atento escucha de militantes por la ampliación de derechos y descriminalización del trabajo sexual, tomo distancia de la mirada parcial del discurso abolicionista que tampoco menciona el trabajo sexual masculino.

 

No soy el mismo que inició este camino, seguramente no seré el mismo en unos años más.

 

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Fue por casualidad: navegando por las redes descubrí la noticia de una película sobre taxis boys en Once (dirigida por Francisco), la estación y la plaza siempre seca y dura llamada Miserere. Ahí, junto a los restos del presidente Rivadavia, se tejen una y mil historias de neo y pentecostales que recitan de memoria malas traducciones de la Biblia, vendedores de todo tipo, los cuerpos moldeados de senegaleses, las mujeres que ofrecen sexo, mucho morocho de provincia que hace base para ir o venir del conurba y una presencia menos obvia: la de los pibes, y no tanto, que venden sexo. 

Cruzar la plaza Once es siempre una experiencia inquietante por prejuicio o juicio: la construcción de perfiles de peligrosidad sobre los cabecitas, las miradas de mujeres y varones buscando hacer contacto, el sonido chillón de algún Salmo tirado al aire como reto, la venta de productos sobre lonas o tergopoles y uno que otro arrebato que se le “escapa” a la yuta hacen que el “Jardín de las delicias” sea una versión encantada de esta realidad cotidiana.

 

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Esa noche atravesé la estación más lento que de costumbre. Volvía antes de una clase de cine en Avellaneda. La estación estaba casi vacía. El flaco parado contra una columna me miró. Cruzamos unas palabras de las que apenas recuerdo un “estoy trabajando”. Lo dijo riendo, sin pesar, como quien revela una travesura. Sentí una comprensión parcial de lo que decía, seguramente devolví el tono de complicidad sonriendo y me fui. 

El “estoy trabajando” me acompañó por días, semanas. Y fue tomando forma. No se trataba del trabajo sexual, eso lo conocía, pero en Once sólo habia visto mujeres cis y mujeres trans. Me costó entender que había taxiboys trabajando a cuadras de casa, que nada tenían que ver con la imagen impoluta del stripper de boliche musculoso, bronceado y depilado. Eran flacos que se parecían a mí en mis veintes, nada especial que los destacara de otros pibes de esa edad. Recordé muchas situaciones que había visto durante años en el Once y no había comprendido, de pronto tomaban otro sentido. Confieso con pudor que al principio me sentí un poco herido en mi narcisismo. Yo, que me las sabía todas de los espacios de corrimiento de la sexualidad normada en la ciudad, había pasado por alto esto que me explotaba en la cara todos los días.  

En esa época vivía en Once. Durante años la plaza y la estación de trenes habían sido sólo espacios de paso. Un paso apurado para llegar a algún trabajo, alguna reunión o a estudiar. Empecé a habitar la estación de otra manera, a permanecer, a observar. Me ganaba la curiosidad y un deseo incipiente de que algo de esto se transformara en un proyecto audiovisual. Lo que vi después terminó de imprimir en mí el deseo de hacer una película.

Empecé a habitar el Once poco a poco. Al principio sólo observaba, tomaba notas. Me acerqué a algunos de los pibes que laburaban y los invité con una gaseosa, un café. Derribaron rápido mi prejuicio inicial de que me iban a sacar a patadas: he conocido pocas personas más abiertas a los nuevos encuentros que los taxiboys de Once. 

Me llevó meses animarme a pedir la primera entrevista en audio. Por sugerencia de una de las productoras, Karina Fuentes, también socióloga, empecé a pagar estas entrevistas: ese tiempo conmigo lo podían usar para estar con un cliente. 

Los primeros meses conocí a M. No quería ser parte del proyecto ni hacer la entrevista. Era un chico muy divertido, no tendría 24, me contaba algunas historias de su vida, sus amores. Cada vez que lo encontraba charlábamos y se me reía en la cara cuando le pedía ser parte de la película, “ni loco” decía. 

En un momento dejé de verlo. Me enteré por su prima, también trabajadora sexual de Once, que estaba internado en un hospital público. No pregunté por qué. Al poco tiempo supe que había fallecido. Me generó una tristeza profunda pero el Once, claro, siguió como siempre. ¿Quién lloró a M, el joven taxi boy? ¿Quién lo recuerda?

No estaba acostumbrado a la muerte temprana, la desaparición o la privación de la libertad de la gente que me rodea. Parecía ser que en el Once era cosa de todos los días, especialmente para los taxi boys. 

Observé la violencia que vivían a diario, la precarización de la actividad, la enorme vulneración de derechos. Una realidad trágica a plena luz del día. Visibles, invisibilizados, estigmatizados por los medios masivos. Hacer una película, dar lugar a sus voces, visibilizar esta realidad era lo único que podía hacer.

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Nací en Avellaneda, más precisamente en Sarandí. En aquel entonces, entre el tercer peronismo y la dictadura, “salir a pasear” era ir a la Plaza Constitución, a la de Once, a Lanús y, si había guita, a caminar por las peatonales en las que todo negocio era privativo, salvo algún kiosquito o un cine de Lavalle muy de vez en cuando. Aún con mi juventud era evidente para mis ojos de pibito marica esos cuerpos y miradas de mujeres a las que varones se les acercaban a hablarles bajito. Jamás entró en mi radar que varones hicieran “eso”. Eran los años 70 y hay testimonios de chicos “haciéndolo”, pero nunca entró al marco de mi inteligibilidad ni la de mis viejos. La palabra “puta” no tuvo género masculino durante mucho tiempo en mi vida.

Tuve que esperar hasta 1987: la primera vez que oí hablar de un taxi boy fue en un grupo de reflexión en la CHA. En esas reuniones, que se usaban por aquel entonces como filtro para militar, había un pibe muy calladito que era sometido por su familia a una humillación constante. Y pronto comenzamos a verlo con ojos de “sexo negativo” y “homofobia internalizada”. Estos significantes eran marcas políticas y de época. Solo la “sexología” era nuestra aliada: éramos deudos del vocabulario de Gindin, Kuznetzoff, entre otros/as. Fue él quien nos contó cómo con cospeles se iba a un teléfono público y cerraba el encuentro, que no se dejaban besar pero si tocar, que tenían cuerpo de gym y que “había que tener cuidado”. Todo esto ocurrió cinco años después de la última muerte de una marica a manos de un escort en Barrio Norte y se sospechaba de un grupo para policial como autor: el relato nos movió entre terror y calentura.

Lo común en aquellas épocas era el yire callejero, la Avenida Santa Fe y su bar La Molinera, Av. Corrientes los días de semana, la caza de algún rezagado por Callao como conexión de las dos avenidas, y Santa Fe no mucho más allá de Pueyrredón. Once y Constitución, sus baños y sus teteras entraron en escena y Lavalle como un lugar de “levante por guita” de chonguitos del conurba. Toda una concepción de clase y racista operaba, mayoritariamente, detrás de esta afirmación y deseo. Y otro preconcepto operaba en nuestra lectura: sea donde sea que se daba esa transacción, las locas de aquellas épocas éramos impiadosas con los que somos ahora: mayores. Escupimos para arriba y nos cayó en la cara no solo porque seguimos creciendo, sino también porque en retrospectiva esas críticas sin miramientos eran y son conserva. 

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Durante un par de años o más me dediqué a la investigación y la escritura del guión, mientras en paralelo cumplía con mis trabajos asalariados con los que pagaba el alquiler. Me hice amigo de muchos pibes y de una cuantas trabajadoras sexuales del Once. Entrevisté a decenas, llevé un cuaderno de observaciones. Hice a diario el recorrido de los taxiboys, me convertí en un director callejero. 

Busqué materiales sobre trabajo sexual masculino. No había mucho para indagar, apenas un puñado de películas interesantes, algunos artículos en internet y unas cuantas cámaras ocultas con tono malicioso. Los medios televisivos y escritos criminalizaban la figura del taxiboy. Siempre delincuente, el taxiboy se nombraba sólo en policiales pero su figura nunca se filtraba al suplemento de sociedad o cultura.

Fueron años de una labor incierta, profundamente solitaria por momentos. Encontré compañía en La prostitución masculina, un libro que Néstor Perlongher había escrito varias décadas atrás en Brasil. Había un nexo directo entre lo que veía en el Once y lo que el libro describe con precisión y momentos de poesía. Durante esos años Perlongher para mí fue como un amigo con quien dialogar.

En el guión decidí que fuesen las voces de los trabajadores sexuales masculinos las que llevaran el relato. Su mirada, o mejor dicho su mirada mediada por la mía. Elegí una estructura sencilla, un día desde la madrugada a la noche, una jornada de trabajo sexual que incluyese el callejeo en la búsqueda de clientes, el servicio sexual y un posible después. Tomé Yo un negro de Rouch como referencia principal. Para quien la conoce, no es casualidad.

La elección de los protagonistas fue un desafío. La principal barrera era la clandestinidad de la actividad, la mayoría de los muchachos no quieren que su entorno cercano sepa. Una clandestinidad fogoneada por un doble estigma: el de  la prostitución y el de ser hombres que tienen sexo con hombres en una sociedad heteronormada (la mayoría no se considera homosexuales). Más de una vez escuché el chicaneo en la calle a alguno de los pibes, el sopla nuca gritado con sorna al pasar.

Con los protagonistas confirmados construí un guión coral en el que cada uno mostrara una perspectiva diferente. Entre todos construyeron una idea general de trabajo sexual masculino callejero. Quería dar cuenta de aquellos pibes que tenían pareja e hijos y buscaban ese dinero para subsistencia familiar, de los que estaban en situación de calle -algo muy usual entre los taxiboys del Once-, de aquellos que además hacían circuitos de otro nivel socioeconómico (como el de Barrio Norte), también de esos que incluían la actividad en medio de una gira, por supuesto sin juicio moral. El derecho a la gira y a salir de ella cuando quieras, como le escuché decir una vez a Georgina Orellano.

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Encontré en los trabajadores sexuales masculinos callejeros cosas mías, a veces más evidentes y otras menos. Era una película sobre ellos pero también una película sobre mí mismo, sobre mis veintes. Tal vez no fui taxi boy en ese entonces sólo porque no me lo ofrecieron. 

Carlitos, uno de los protagonistas, me recordaba mis vivencias de estigmatización por color de piel. Yo, nacido y criado en una provincia andina, sé del rechazo y la desconfianza que se siente en esta ciudad que se pretende blanca, europea. Mariano, más cercano a mí en edad, traía reflexiones sobre los vínculos que me interpelaban fuertemente.

También encontraba enormes diferencias. Por ejemplo, la relación de muchos con la temporalidad, el vivir en el presente sin proyección a futuro a mediano o largo plazo. Yo vivo el día a día, me dijo una vez Gonzalito, uno de los pibes que no quiso ser parte de la película y que hoy lleva dos años en situación de encierro. Además, para muchos es un espacio de paso pero los pibes permanecen aún cuando no estén trabajando. Viven en un paradigma diferente, pero si hay acaso un lugar de rebelión en los pibes no es un lugar cómodo. Escuché muchas veces en sus relatos la anécdota de la expulsión del hogar siendo muy chicos. Si hay en ellos un lugar de resistencia no es sencillo, no es sin dolor, no es sin pérdida.

Originalmente eran cinco protagonistas. El sexto, Matías, apareció porque debíamos rodar la escena de servicio sexual y él, entre todos los pibes que conocí en la estación, era el más adecuado. Con Jimena, la montajista, decidimos aprovechar esa escena para volverlo protagonista, ponerle voz. El Mati hoy es un amigo.

Estos años de vínculos con los trabajadores sexuales me transformaron. Sigo cuestionándome muchas cosas, mi deseo, mis prácticas sexoafectivas, mi vínculo con la ciudad, con el disfrute y el tiempo, mi corporalidad, mi propia construcción de la masculinidad, todas mis experiencias de trabajador y sobre todo mi responsabilidad como documentalista. 

 

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Arreglamos cita en Corrientes y Rodríguez Peña. La idea era ir a un café tranca de la zona. Pero un rato antes de salir, me llama y me cambia el lugar a “su” zona: Once. “Te espero en el Podestá”, dice. Me pongo los auriculares con Madonna y encaro la caminata. Yo lo recordaba de la película: un morocho argento, con labios carnosos y cuerpo macizo. Dijo que estaría de bermudas y camisa -resultó ser una YSL de estreno para la ocasión, tal como me contó después. Sin mucha deliberación, con la mediación de una frase dicha al pasar y rápido (“En el del frente hay mucha gente”), entramos a la pizzería emblemática de Once y nos sentamos en una mesa del rincón. Yo, un pelado con lentes anchos, bolso azul retro, camisa rosa y él, un morocho infartante con un bolso de gimnasio que desvió las miradas de todo el personal gastronómico, aunque sin sorpresa. 

– ¿Me vas a grabar? 

– No, solo voy a escribir. 

Yo llevaba anotadas algunas frases que Mati dijo en Miserere, pero antes comenzó un divertido pugilato sobre quién era yo, quién era él. Ya sabía que yo soy gay, por lo que la charla mediada por una cerveza y papas fritas naturales con mayo y kétchup nos hizo menos extranjeros. Se permitió chistes sobre su apariencia: 

– Dicen que me parezco a Juan Palomino. 

Lo miro y le digo que sí, que tiene un aire. 

-¿Te gusta Palomino? 

Reímos. A pesar de que los límites entre nos puedan acercarse, hay un barrera, una diferencia imborrable. Por eso le pregunto: 

– ¿Vos sentís que las miradas de los maricones te lastiman?

– No, porque laburo de esto. El tema es que se rescaten y no se zafen. 

Rescatar y zafar serán dos verbos que articulen las trama de su relato en sus deambulares callejeros a los que presenta en un tiempo de estado presente absoluto. Su temporalidad y la de su subjetividad es esa. Cuando hablamos de su pasado y de sus deseos para el futuro solo hay enunciados cortos y al pie, en una aplicación de la teoría agustiniana del tiempo que cualquier gestáltico/a envidiaría: el pasado ya fue y no es, el futuro no llegó, por lo que no existe. 

Tiene poco más de treinta pirulos y ejerce el trabajo sexual desde los dieciocho; alterna con changuitas. “Este laburo” es “para un par de fechas, algo para salir del mar”, dice, al igual que en la película. Y repregunto desde mi conciencia pequebú: “¿Y si te saliera un laburo full en la cocina de un hotel?” (antes dijo que le gustaba). Contesta que lo haría y de tanto en tanto seguiría por acá. Cómo saberlo. La historia no es contrafáctica. Pero en su respuesta me habilita una asociación: 

– ¿Por qué este trabajo? ¿Por la guita, por necesidad, por placer o todo junto? 

– Primero por la guita, segundo por necesidad y tercero por placer. Pero depende con quién va todo junto.” 

Vuelven las risas compartidas. M. en su tiempo libre mira TV, va a plazas y, en su relato, no hay referencia al amor, algo sobre lo que pregunto y lo sonroja.

– ¿Se te enamoran los clientes? 

– ¡Si! Me pasó dos veces, no entendieron que yo puedo ser un repibe, repiola, pero que para mí es un laburo. 

Después de dos horas de charla nos sacamos una selfie, pagamos y él vuelve a la plaza con sus amigos. Yo desando Rivadavia con Madonna de fondo, interrumpida por un mensaje del auricular: “The battery is low.”

 

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En algunas lecciones de guión se dice que las subtramas son más importantes que la propia trama. Aquello que subyace contaría mucho más de lo que se supone.

El recorrido de los trabajadores sexuales en Miserere era para mí también una excusa para mostrar el Once, el séptimo protagonista. Territorio complejo, pluricultural, atravesado por un movimiento inagotable, marcado en los últimos años por hechos muy violentos. 

Espacio central del comercio de bienes y servicios de bajo costo, de la economía informal, del trabajo sexual masculino callejero y los hoteles económicos. Una escena lejana a la imagen del escort masculino que viaja por el mundo con algún protector adinerado. 

Zona contradictoria, de peligros, aventuras y placeres. El Once que actúa como un imán, que te llama y te atrapa, te da y te quita. 

Este Once es también el de la “circulación deseante” que leí en Perlongher, del cine porno y de la práctica de la tetera que, como dicen Rapisardi y Modarelli, están muy lejos de desaparecer. En esa circulación se inscriben los taxiboys y por supuesto los clientes. 

Desde el inicio de mi investigación me encontré con un límite que no esperaba. Suponía que mis años en organizaciones de diversidad sexual me iban a permitir vincularme rápidamente con los clientes y que con los taxiboys sería más difícil. Nada más errado. Los clientes se me hicieron esquivos. El prejuicio y estigma que cae sobre quien paga por sexo es grande y falta mucho para que eso se desarme. 

El término cliente no da cuenta de la complejidad del vínculo que los une con los pibes. En muchos casos se trata más bien de vínculos de afecto, amistosos, de compañía o de padrinazgo, el vínculo sexual queda en un lugar secundario. 

Este invierno, en plena pandemia, un grupo de tres trabajadores sexuales que conozco estuvieron en situación de calle en la puerta de un teatro. Fui testigo de cómo un par de amigos-clientes llegaban a acercarles comida, elementos de limpieza. Apenas una anécdota entre muchas otras de estos años.

Durante el rodaje los amigos-clientes fueron personificados por amigos míos y de Damián, uno de los asistentes de dirección. Un juego al que se prestaron por cariño a nosotros -las redes afectivas permitiéndonos hacer cine-.

En el Once, los clientes más evidentes son tipos grandes que en una lectura rápida asocié a su exclusión del mercado del deseo gay, un tanto gerontofóbico en mi opinión. Seguramente fue una simplificación de mi parte. Hay muchas personas que pagan por sexo y no sólo hombres, pero son mucho menos visibles, con motivos diversos, que no me interesó cuestionar. Hoy creo que complejizar la figura del cliente, visibilizar su lugar y recuperar su voz es uno de nuestros pendientes para desmontar el engranaje que mantiene el trabajo sexual en la clandestinidad.

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Yo que escribí sobre teteras nunca hice una por pudor, porque odio los mingitorios sin separadores, no me calienta el “outdoor” entre esos aromas. ¿Quién puede dar cuenta de la profundidad de sus deseos por sí o por no? Pero sí fui cliente de taxis boys. La adversativa ya es toda una muestra de mi conservadurismo. Y sub 40 (sigo prejuiciosa). Y lo fui no sin contradicciones con un abolicionismo extremo al que agité mucho tiempo. No creo en las terceras vías que son siempre el eco que el progresismo deja cuando se va a la derecha, pero del diálogo (a veces fuego) cruzado con las regulacionistas aprendí mucho de las que promueven la prostitución como trabajo: nadie en su sano juicio está contra la posibilidad de elección del empleo y de una oportunidad real para todes, no solo ellas son coaccionadas a elecciones odiosas. Y las/os “abolo”, ese esperpento ultra del abolicionismo, llamativamente no critican otras fetichizaciones del brutal capitalismo, pero sobre deseo, el goce y la sexualidad se ponen en perfil yuta porteña o bonaerense en su peor versión. 

El trabajo sexual/situación de prostitución de varones y mujeres no es igual, aunque el proxetismo también se ejerce sobre varones y hasta por mujeres. Este interminable debate es para una hinchada externa, de algunas víctimas de trata que, con razón, leen en la prostitución una forma del horror; pero también de un proxenetismo academicoso que te llena papers y le discute a las trabajabadoras/es sexuales hasta su capacidad de enunciación. El entramado de poder estructural no sale en una foto porque en la práctica hay flujos que  se estabilizan pero fluyen y, al menos, deberían hacernos más humildes, menos “polis” y más atentos/as a un enmarañamiento que nos incluye y no siempre de manera muy progres.   

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Con el guión finalizado conseguimos apoyo económico del INCAA para producir la película; como no era suficiente los afectos bancaron el proyecto. Armamos un pequeño equipo técnico para un rodaje nada sencillo en una zona realmente hostil.

La dinámica del trabajo sexual masculino callejero tiene algo de golondrina, casi como un trabajo de temporada. Además encontrar a cada protagonista era difícil, la mayoría sin celular, sin redes sociales, sin horarios programados en su actividad y a veces sin domicilio fijo. Los protagonistas propuestos en el guión no fueron todos los que finalmente rodaron y prever cada jornada fue un verdadero dolor de cabeza.

La escasez de recursos económicos nos obligó a rodar en los veranos de 2016 y 2017. El equipo que acompañó no sólo ponía el cuerpo sino que además aportaba su mirada para cuidar lo que hacíamos y lo que decíamos. 

Tuvimos mucho apoyo y tal vez algo de fortuna para poder rodar en el Once, una zona en donde no son bien recibidas las cámaras. La seguridad de la estación y la policía desconfiaron al inicio pero eso luego se desarmó. Lucía Rey, otra de las productoras, escuchó una vez a un policía decirle a un compañero: dejalos que sólo están filmando a los taxi boys. 

No fue sencillo salir del Once con el material grabado. No hubiésemos podido hacer la película sin la aceptación implícita de los taxi boys de la estación, de todos los que conocía y de esos muchos que miraban desde lejos. 

El trabajo de postproducción no fue sencillo y llevó casi dos años. Con la película terminada empezamos a hacer el recorrido de festivales. Salimos a mostrar nuestra película al mundo. Las primeras proyecciones me hicieron cuestionar el alcance político de visibilizar esta realidad al público general.

Le acerqué la película a Georgina Orellano de AMMAR, máxima referente de trabajo sexual de Argentina. Valoró el punto de vista, la sintió cercana, la apoyó. Gracias a Asterisco llenamos una sala paquetísima del MALBA con trabajadores y trabajadoras sexuales. Fue un pequeño acto de revancha. 

Nadie te enseña qué pasa en el después de finalizar una película así. El cine de no ficción presenta ciertas responsabilidades, para empezar los protagonistas siguen existiendo, las vidas continúan. La hija de Rubén comenzó el jardín, soy como un tío para ella. Otro de los protagonistas estuvo en situación de encierro tres años. De Carlitos no supe nada por más de dos años, hice una denuncia de desaparición de persona y hace apenas unos días volví a verlo. Mariano se fue de la calle. Tenemos un contacto cotidiano, por suerte las cosas van bien para él. 

Aún no sé cuánto puede contribuir la película a que algo de la precarización de la actividad se desarticule y me pregunto si debería ser ese el objetivo. Probablemente visibilizar contribuya a que algo del estigma se mitigue y que el trabajo sexual masculino aparezca en agenda en los discursos militantes, tal vez enfocados en otras urgencias. Porque lo que no se nombra no existe.

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La cita con Mariano también tuvo un bemol: nos confundimos de esquina. Pero pronto lo solucionamos y nos encontramos en un bar de Caballito. A diferencia de Matías, Mariano se autopercibe gay. Con experiencia política en el peronismo, su discurso tiene tonos militantes y críticos, como cuando lo echaron de un hotel no cuando dijo que era gay, sino cuando se enteraron que era trabajador sexual o taxi boy, como él se define. Tiene 38 años y un novio con el que vive en un departamento que se compró con guita de “este laburo” que ejerce desde muy joven. 

En la temporalidad no es puro presente: sus proyectos concretados, su futuro y hasta su decisión de decidir con qué cliente trabajar da cuenta de que no improvisa su vida. Distingue un futuro, un pasado y un presente en el que se da gustos bastantes distintos a quienes ejercen la prostitución y están en situación de calle. Mariano abandonó Plaza Miserere, pero la recuerda sin dolor: dice que nunca se sintió lastimado, por el contrario, le levantaba el ánimo cuando alguien lo consideraba deseable en sus antiguos y abandonados deambulares, y frente a una oferta variada. 

Casi en espejo, como Matías, se define como un “buen pibe”: “porque ayudo a gente” con guita cuando necesita y banca en las malas a sus amigues. Pero no todo reluce en su trabajo, aclara, y cuenta la violencia de varios clientes: una vez lo encerraron por un día y otra vez le pegaron entre dos. “Un riesgo de este trabajo”, dice. 

La violencia tiene estructuras, pero son contingentes y la circulación de sus flujos no son una repetición lo que marca una diferencia de cuando tenemos noticias de clientes golpeados o asesinados que aparece como el formato normalizado. Mariano fue uno de los trabajadores sexuales que se acercó a AMMAR – Sindicato de Trabajadorxs Sexuales frente a la muerte de Enzo y está desde entonces en un proceso de complejizar su politización. Sabe que se gana el mango donde hay placer, dolor, clientes y, cada tanto, víctimas y victimarios. Igual que en toda empresa de economía de mercado, ese monstruo regulatorio que viene triunfando como lazo social, aunque con grados de humanidad distintos. Miserere, la película de Paco Ríos Flores, invita a repensar(nos) como sujetos políticos y del deseo frente a la realidad, esa dimensión que se impone aún cruzada por nuestros idealismos, posibilidades y negaciones.

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MISERERE estará disponible en la plataforma Mowies hasta el domingo 2 de enero.

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