Ensayo

Violación grupal en Palermo


Después de la rabia

El caso de la violación grupal en Palermo nos enfurece. Hablamos de “cultura de la violación” pero volvemos a hashtags que borran la complejidad del problema. ¿En qué lugar ponemos a la sobreviviente? ¿Qué logra la espectacularización mediática? ¿El sistema penal repara? El movimiento exige claridad y palabras, pero decirnos hartas puede arengar discursos punitivistas y asfixiar la posibilidad de seguir pensando lo estructural de las violencias, ver las continuidades para reconocer y transformar, seguir trenzando formas de reivindicar la acción colectiva.

Publicado el 11 de agosto de 2021.

Lunes feriado, tres de la tarde, los vecinos de Serrano al 1300 rescatan a una joven víctima de una violación grupal en un Volkswagen Gol blanco. Según la denuncia, dentro del auto hay cuatro varones, afuera otros dos hacen campana; todos tienen entre 20 y 24 años. Antes de que una ambulancia la llevara al hospital la joven alcanza a contar que al menos cuatro abusaron de ella. Los seis están detenidos.

El caso nos enfurece. Estamos rabiosas, quizás también desilusionadas. Hace siete años, durante el primer grito de Ni Una Menos, los jóvenes acusados de la violación grupal tenían entre 13 y 17 años. Eran estudiantes secundarios, uno de los espacios donde los feminismos ganaron más fuerza. Eran pares de las pibas que coparon las plazas, que ataron los pañuelos en las mochilas, que escracharon a sus compañeros y luego revisaron esas estrategias. ¿Qué pasó desde entonces con los varones? La pregunta reaparece cada vez que violan o matan a una mujer. ¿Dónde estaban, dónde estábamos? ¿Qué se nos escapó? ¿Qué no vimos venir? 

No hay dudas: Ni una menos marcó un antes y un después en la masificación de los feminismos. Desde entonces (y con la genealogía a cuestas) construimos, difundimos y predicamos varios lemas. "Si tocan a una nos tocan a todas", por ejemplo, sirve para entender la vorágine vivida estos últimos años: necesitamos sentirnos acompañadas y hermanadas después de años de silenciamiento y omisión. El lema -que circula en las marchas, en las redes, que se volvió a viralizar estos días- es bienintencionado y supone empatía, pero en la práctica tiene sus límites: borra la distinción entre quien sufrió un abuso en un tiempo y lugar determinados y quien no. Supone una igualdad de condiciones que no es real. Reduce al movimiento feminista a la pura reacción, a la pura manifestación de hartazgo, y nos hace olvidar de algo más fundamental para el feminismo que la empatía: el cuidado. 

La frase “Si tocan a una nos tocan a todas” supone un único modo de ser tocada y una única manera de reaccionar ante el tacto. Desde hace años hablamos y concientizamos sobre los tiempos diversos de las víctimas para “romper el silencio”, de la propia categoría de víctima como una condición que no siempre es asumida o reivindicada, de la ruptura con el mandato de la buena víctima, de los problemas de la revictimización, de las diferentes formas de elegir cómo atravesar los procesos judiciales o no hacerlo. Ante lo que se expresa en las redes sociales como “el hartazgo” se lee que en este momento de rabia no podemos pedir reflexión. ¿Acaso no podemos estar enojadas y pensar, como escribió Marina Mariasch? ¿No es posible organizar la rabia? ¿Qué hacemos con la sobreviviente en el momento en el que decidimos difundir las fotos de sus violadores? ¿La estamos protegiendo de esa manera? ¿Por qué nos arrogamos el derecho a gritar en su nombre? ¿Esa es la mejor manera de acompañar su dolor? ¿Qué pasa cuando arengamos en las redes discursos punitivos? ¿Son las redes sociales el único espacio para decir? ¿Sólo nos mueve el cansancio y la desilusión? 

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Hace años nos referimos a la violencia de género como parte estructural de nuestra cultura: no hablamos de casos aislados o individuales, sino de una forma de vincularse. Usamos asiduamente el concepto de “cultura de la violación”. Decimos que las violaciones son normalizadas y aceptadas al punto de no ser siquiera asumidas como tales por sus perpetradores. Que los actos más violentos, aquellos sobre los que hay consenso social de su inaceptabilidad, son solamente la punta del iceberg de otras violencias cotidianas a veces invisibles que ocurren en el ámbito privado y familiar mayormente. 

Hemos citado una y otra vez Las estructuras elementales de la violencia donde Rita Segato propone que el violador es un disciplinador, un moralizador, que se ocupa de aleccionar a una mujer que se salió de su lugar esperado. Repetimos que las violaciones son crímenes de poder y que no tenemos que preguntarnos qué hacer con el violador, sino pensar cómo modificar la sociedad.

En estos días vimos una y otra vez las caras de los violadores de Palermo, sus nombres, sus números de documentos, sus cuentas en las redes sociales, las direcciones de sus casas, las afiliaciones partidarias, el nombre de los parientes en los medios y en las redes. En un caso en el que la policía actuó a tiempo y los acusados fueron detenidos in fraganti, ¿sirve el ensañamiento con los victimarios para desarmar las estructuras de violencia? ¿Sirve que veamos sus caras una y eotra vez?

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La espectacularización mediática del caso tiene la consecuencia opuesta a entender el problema como estructural. Por el contrario, lo convierte en la excepción. No promueve tampoco que otros hombres deconstruyan sus propias experiencias sexuales, no en el sentido del autoflagelo impostado, sino en realmente comprender que los abusos sexuales son mucho menos parecidos a su imagen televisiva que a prácticas sexuales que han naturalizado. La retórica de la excepción monstruosa hace proliferar discursos reactivos (y, seamos honestas, ridículos) del tipo “no todos los varones somos violadores” y desdeñan el paradigma que considera a la violencia sexual como un problema social.

Algunas consecuencias posibles: vemos en la televisión a los vecinos de uno de los acusados decir “no podemos convivir con alguien así” y echar al vecino señalado del edificio. Escuchamos a conductores de radio y televisión decir que los violadores no son sus hermanos, sus tíos, sus amigos, sus hijos, y referirse al Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad como “El ministerio de la sarasa”. Leemos a usuarios de las redes que dicen “sentir vergüenza por su propio género”. ¿Qué logra la espectacularización? Poner el problema afuera. Insistimos en que “no son monstruos” pero los tratamos como tales. 

Hacemos encajar a los violadores en las categorías tradicionales de buenos y malos vecinos. Pero esos varones ¿se hacen preguntas acerca de sus propios vínculos con mujeres? ¿Dónde, cuándo? ¿Con quiénes conversan sobre el ejercicio de sus privilegios? ¿Expulsar del edificio al violador pone fin al patriarcado del consorcio? ¿De qué sirve el escarnio público en un caso particular -o en dos, en tres o en mil- si sabemos que las condiciones de posibilidad de esas violencias radican en la estructura de nuestra sociedad? Decir que no son monstruos no implica desconocer la diferencia entre delito y daño. Tampoco quiere decir que todos los varones son violadores. Más bien implica el ejercicio de ver las continuidades para reconocer y transformar. No le quita gravedad al hecho, no quiere decir que el caso no tenga que seguir el cauce judicial, pero le suma complejidad.

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Como la violencia es estructural, insistimos y decimos “son hijos sanos del patriarcado”: todos fueron “educados” por pedagogías de la crueldad y bajo el mandato de masculinidad. Entonces, ¿por qué seguimos proponiendo la exclusión y el aniquilamiento de sujetos particulares como soluciones a problemas estructurales? ¿Los echamos a todos de la faz de la tierra? ¿Es posible, como proponían Nico Cuello y Lucas Morgan Disalvo, “seguir imaginando una vida juntxs”? 

El sistema penal que tenemos ha demostrado ser muy ineficaz para erradicar las violencias estructurales que vivimos, sufrimos y a veces también ejercemos. Sí, en este estado de cosas, en este sistema ineficiente, debe haber juicio y debe haber reclusión si la justicia los encuentra culpables (en el caso de Palermo las pruebas están). Sin embargo, sabemos que el castigo penal es perfectamente compatible con ignorar los daños que produce un conflicto y que no supone el compromiso de reparación que las violencias requieren. Como explica Ileana Arduino en el podcast El Deseo de Pandora, incluso pensándolo desde el punto de vista de la eficacia, desde el año 2012 hasta hoy la mayoría de las reformas hechas en nombre de los derechos de las mujeres son reformas punitivas y los resultados son desalentadores.

En 2018, cuando Thelma Fardin denunció a Juan Darthes por abuso sexual, nos preguntamos por las consecuencias del punitivismo. Demandar sistemáticamente punición al Estado implica replicar las propias fallas del sistema carcelario. Y más aún, la proliferación de escraches populares y denuncias en redes sociales se explica por un hartazgo ante la inexistente intervención estatal, el constante desoír del sistema judicial y la subestimación generalizada de las reivindicaciones feministas en contra de la violencia de género. En nuestras conversaciones de whatsapp con amigas de estos días nos preguntamos: ¿Cómo hacer para no caer en el punitivismo pero tampoco sentarnos a esperar el cambio cultural? ¿Qué hay en el medio? ¿Cuál es la alternativa que reivindica la acción colectiva? Podemos seguir posponiendo el debate sobre nuestro sistema penal, pero seamos conscientes: la solución definitiva nunca será el exterminio. 

Tal vez hallemos algunas pistas en el trabajo de Luciano Fabbri. Experto en masculinidades y cambio social, pone el ojo en la masculinidad sin condenar o estigmatizar a los varones en general, visibilizando el modo en que ese mandato es dañino y causa de infelicidad colectiva, y siempre promoviendo la importancia de diseñar políticas de género con enfoque de masculinidades.

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Cuando una violación llega a los noticieros hay una frase que escuchamos una y otra vez: “No es no”. El lema es conocido: así se llamó el movimiento español que buscaba erradicar la violencia de género de las relaciones sociales y se inscribe en lo que podríamos llamar “Cultura del consentimiento”. Nos referimos, en palabras de Katherine Angel, a la extendida retórica que afirma que el consentimiento es la clave para transformar los problemas de nuestra cultura sexual. Uno de los límites que expresa esta retórica es que allí la verbalización explícita de las mujeres acerca de su deseo es tan exigida como idealizada y, sobre todo y una vez más, la responsabilidad de la “salud” de los vínculos sexuales queda de su lado.

Frente a un movimiento que exige siempre claridad y palabras es necesario hacer una advertencia: no siempre es posible decir que no. Nuestra vidas sexuales tienen relieves y texturas: no siempre estamos seguras de qué queremos, no siempre estamos en condiciones de expresar nuestra voluntad y la exigencia de hacerlo nos vuelve a dejar desprotegidas. No siempre encontramos las palabras para decir que no, a veces tenemos miedo, a veces decimos que sí pero después queremos irnos. El “no es no” teje nuestra propia trampa: no haber dicho que no, no debería justificar una violación. Consentir puede ser delicado y complejo. La ambigüedad propia de la sexualidad hay que asumirla no solo para liberarnos de la responsabilidad de ser o no violentadas, sino porque en ese territorio también radica la posibilidad del disfrute.