Que los atentados terroristas alienten la islamofobia y una nueva embestida contra las masas de refugiados no es un daño colateral. Al contrario: en el imaginario del Estado Islámico, mientras más desprecio masivo haya hacia los musulmanes, más posibilidades tienen de ganar nuevos reclutas. Ana Prieto, autora de “Todo lo que necesitás que saber sobre terrorismo”, narra y analiza los atentados en Bruselas.



Paola vive Bruselas desde 1995. Es la amiga más antigua que tengo y no nos vemos personalmente desde que teníamos 15 años. Hoy a la mañana escuchó acerca de una “explosión” en el aeropuerto cuando estaba por salir de su casa para ir a trabajar. La palabra “atentado” pasó como un fogonazo por el fondo de su cabeza, pero la descartó. Una explosión no tiene por qué ser un atentado, sobre todo en un lugar donde hay nafta, motores y generadores grandes como camiones. Pero unos minutos después supo que la explosión había sido en un hall de pasajeros, no en un cuarto de máquinas ni en un depósito de herramientas. “Te vas dando cuenta del horror de a poco” me dijo más tarde.

 

Salió de su casa, caminó unos pasos al subterráneo y después dio la vuelta para tomar un autobús “por miedo, por precaución, por ganas de limitar el riesgo”. Cuando llegó a la oficina, se enteró del atentado en una de las estaciones del subte en el que habría viajado si no hubiera decidido, a último momento, no hacerlo. Murieron 20 personas, 106 quedaron heridas. “Perfectamente pude haber estado en ese metro”, me dice. “Es la línea que me tomo todas las mañanas”.

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–¿Por qué no te quedaste en tu casa, cuando supiste del desastre en el aeropuerto? – le digo.

 

–Eso mismo me pregunto yo. Es que piensas que es un atentado, pero al mismo tiempo te aferras a la remota posibilidad de que no lo sea.

 

Los asesinos de Bruselas no saben que Paola es ecuatoriana, que tiene dos hijos y que es una reconocida activista del parto respetado. No saben que ella extraña su Quito natal pero que también ama a Bruselas, y si hay algo que ama de Bruselas es que está lejos de ser una ordenada capital europea: el tránsito es caótico, las calles no están impecables, su diversidad es fascinante. Para los asesinos, desde luego, ni la historia ni los gustos de Paola ni de los 34 muertos importan. La estrategia terrorista, por definición, elimina la individualidad de cualquier ecuación táctica: las víctimas son intercambiables, no tienen nombre, ni identidad, ni pasado, ni rostro, pero sí la potencia de un símbolo.

 

¿A qué símbolos ataca ISIS? En su comunicado de reivindicación, se lee que atentó contra los “cruzados belgas” por “su participación en la coalición internacional contra el Estado Islámico”. Era una excusa esperable y grandilocuente, pero lo más seguro es que sencillamente haya atacado donde pudo, en momentos en que ha perdido una buena parte de su botín territorial en Siria e Irak. El terrorismo, por definición, también es un flagrante acto de propaganda.

 

Porque no hay que olvidar que las organizaciones clandestinas que usan el terror como estrategia no tienen –nunca– la misma capacidad beligerante de un Estado. ISIS no tiene misiles ni armas atómicas. No puede matar a muchos si no sacrifica a uno de los suyos. Y desde luego no tiene un Estado, aunque así se presente. Por eso le es tan necesaria la propaganda, que plasma en el acto y en las víctimas, y que se expande hacia todo el mundo a través de los medios y las redes. Gracias a la propaganda, la organización genera una percepción masiva de terror con la que equilibra su déficit de capacidad de violencia.

 

Pero esto suele olvidarse. El gobierno de George W. Bush fue experto en aquello de inventar súper terroristas con infinita capacidad de violencia. En una entrevista que dio a la NBC el 2 de diciembre de 2001, casi dos meses después de iniciada la invasión a Afganistán, el inefable Donald Rumsfeld, entonces secretario de Defensa estadounidense, presentó una ilustración de la “fortaleza” que supuestamente Osama Bin Laden tenía dentro de las montañas de Tora Bora. Según el dibujo, en esa suerte de búnker de ocho niveles había lugar para albergar a más de mil personas, habitaciones, oficinas y salas comunes, un gran depósito de armas, escapes de emergencia, un complejo sistema de ventilación, redes telefónicas, entradas secretas con espacio para automóviles “e incluso un tanque”, y todo funcionaba con energía hidroeléctrica producida gracias a arroyos naturales. “Y como esa fortaleza, hay muchas”, afirmó Rumsfeld, y varios le creyeron.

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El gobierno de George W. Bush también nos acostumbró al discurso de que atentan porque “odian nuestras libertades”, es decir, las libertades de Occidente. Y arrasó Afganistán e Irak con esa bandera. Hace tres días, el 20 de marzo, se cumplieron 13 años de la invasión estadounidense a Irak, y podría decirse que es el día en que ISIS festeja su cumpleaños.

 

Porque Estados Unidos es parcialmente responsable del nacimiento de la agrupación que hoy habita en sus pesadillas. Ciertamente la ideología yihadista, ese combo de comprensión autoritaria, extrema y demagógica del Islam, precede y con mucho a los atentados del 11 de septiembre. Pero Al Qaeda no existía en Irak antes de la invasión; su aterrizaje a un país desinstitucionalizado llegó con la guerra. Y su expansión hacia Siria para convertirse en lo que en 2014 se conocería como Estado Islámico fue, en buena parte, responsabilidad del aún presidente de ese país, Bashar al-Assad, que masacró a su propio pueblo cuando éste se atrevió a levantarse de forma pacífica en 2011, al compás de la Primavera Árabe.

 

Que este tipo de atentados alienten la islamofobia, el racismo y una nueva embestida contra las masas de refugiados sirios e iraquíes que huyen del mismo terror al que acaba de ser sometido el pueblo belga, no es un daño colateral ni una consecuencia trágica en la que no hayan pensado los perpetradores. Al contrario: en el imaginario retorcido de ISIS, mientras más desprecio masivo haya hacia los musulmanes, más posibilidades tienen de ganar nuevos reclutas y expandir su discurso tirano. Así como Bush dijo en su momento “están con nosotros o están con los terroristas”, ISIS le dice a la comunidad musulmana global “están con nosotros o están con los cruzados”.

 

El miedo es un arma poderosa; tal vez la más poderosa de todas. Assad masacra a su pueblo por miedo de perder el poder. Europa cierra sus fronteras por miedo al terrorismo o por miedo al diferente con la excusa del terrorismo. ISIS mata a mansalva por miedo a parecer débil. Donald Trump vocifera consignas xenófobas por miedo a lo mismo. Y, en la otra cara de las posibilidades, en la orilla caótica del azar, en la fuerza del amor a la vida, mi amiga Paola toma el autobús. Y vive.

 

Sí, el miedo es un arma poderosa.


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