Por curiosidad personal y profesional, Diego Igal se entregó a ser el biógrafo de la mítica Revista Humor que, por estos días, cumple 40 años de su salida a los kioscos. La publicación esquivó la censura, denunció secuestros, tuvo las mejores firmas... pero no funcionó durante la vuelta de la democracia. La investigación marchaba bien, hasta que Igal se obsesionó por rastrear la colección completa en ferias, hemerotecas, Mercado Libre y bibliotecas heredadas. Su nueva pregunta: ¿por qué determinados ejemplares se volvieron imposibles de hallar?



No existieron muchas publicaciones periódicas que en la Argentina de la nostalgia hayan sembrado anécdotas y recuerdos inoxidables. Tampoco existen demasiados diarios o revistas que en el derrotero sinuoso de la mass media vernácula hayan cosechado devotos capaces de coleccionarlas o guardarlas como piezas que sobreviven a mudanzas, divorcios, inclemencias o desastres familiares hasta que la melancolía se diluye como la fiebre y terminan en un puesto del Parque Rivadavia.

 

La revista Humor Registrado es una de esas publicaciones periódicas, digamos, legendarias. Esta semana se cumplieron 40 años de su llegada a los kioscos por primera vez. Y el año próximo serán 20 desde que dejó de hacerlo. Asomarse a los 566 números que tuvo permite comprobar por qué se ganó el ingreso a ese “altar” que la eleva del resto. Permite, además, analizar esa línea de tiempo de mejores momentos, apogeo y caída en paralelo con los vaivenes políticos y económicos del país y los movimientos pendulares de la sociedad en las últimas cuatro décadas.

 

Pero buscar esos papeles no será un trámite simple. Aunque resulte paradójico, la Argentina de la nostalgia no es potencia en preservar lo tangible. Para dar con aquellas páginas no bastará con recurrir a hemerotecas, plazas, librerías de viejo o internet, fanáticos o coleccionistas.

 

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A mediados de 1978, unos tipos audaces creyeron que lo peor de la represión dictatorial había pasado, aun cuando tenían amigos o colegas de los que nada se sabía y otros habían tenido que exiliarse. Pensaban que el inicio y desarrollo del Mundial en el país era la ocasión para alternar entre la publicidad con la que se ganaban el pan y lo que más disfrutaban: el humor gráfico. A esa altura de los 70 ya habían publicado títulos como Satiricón, Chaupinela, El Ratón de Occidente, Mengano y Tía Vicenta que miles compraron con fruición por chistes, artículos e historietas impregnados de una inteligente y elaborada ironía y sátira que la tele -en pleno desarrollo- y la radio aún no habían descubierto o no se le animaban.

 

Los líderes de esa banda que también sabía de clausuras, censuras y fracasos eran Andrés Cascioli y Oskar Blotta, quien en junio de 1978 llevaba un año fuera del país luego de sufrir un secuestro a manos de un grupo de tareas junto a Mario Mactas y Silvia Vesco, también exiliados. Estuvieron diez días chupados y la causa habría sido la foto de una mujer pelada en la portada de Emanuelle, la “revista de mujeres” que editaban y que de casualidad había llegado a manos de la esposa de un jerarca militar. Sólo el entorno supo del episodio, pero sirvió para que otros también se exiliaran o buscaran empleos menos expuestos.

 

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Cascioli se había refugiado en la publicidad y monopolizaba la demanda de sacar publicaciones que la mordaza castrense había desterrado. No había nada de difusión masiva “que no fuera obsecuencia, complicidad y miedo en los kioscos”, al decir de Juan Sasturain. En dos departamentos céntricos, el Tano Cascioli recibía a diario ilustradores, humoristas, dibujantes y periodistas con abstinencia de tinta y apremios económicos como Tomás Sanz; Carlos Abrevaya; Alicia Gallotti; Aquiles Fabregat; Eduardo CEO Campilongo; Alfredo Grondona White; Eduardo Maicas; Jorge Meiji Meijide; Roberto Viuti López; Luis Scafati; Miguel Rep Repiso, entonces de 17 años; Tabaré Gómez Laborde y Alejandro Dolina, entre muchos otros.

El primer número tenía en tapa a César Menotti, y a modo de editorial explicaba “a sus posibles lectores”: “A todos les proponemos un pequeño ejercicio de limpieza mental: tratar de olvidar, como tratamos nosotros, anteriores modelos, actitudes tremebundas, intenciones superadas. Realizaciones de valía o torpes imitaciones. A partir de aquí este es un divertido ensayo de juntar buenos dibujantes, humoristas con gracejo y gente que piensa con cierta fineza y profundidad acerca de algunas cosas que pasan. Nada más. Vamos a tratar de ponernos ese tipo de anteojos para leer las páginas que siguen. Que nos divirtamos todos“.

 

La revista era -quedó dicho- una propuesta humorística, mensual, de 68 páginas. En aquel debut apenas si había críticas solapadas o chistes sobre la dictadura o el Mundial (como una vieja entrevista a Dante Panzeri, fallecido en abril anterior y férreo opositor a que el torneo de fútbol se hiciera en Argentina). Vendió algo más que 22 mil de los 25 mil ejemplares impresos.

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Un mañana del invierno de 2011, en una sala de la hemeroteca de la Biblioteca Nacional, tropecé con un aviso publicado en un La Nación de 1983 de la revista Hum®. Bastó eso para comenzar a pergeñar un libro que recreara la historia de esa publicación y la editorial montada a partir de ella, Ediciones de la Urraca, ambas cerradas en 1999. También fantaseaba con explicara por qué había cerrado en democracia un emblema de la lucha contra la dictadura. Primero debía averiguar si ya había algo así; conseguir quién lo publicara; consultar colecciones de revistas y a quienes hayan trabajado en ellas; escribir y chau picho. Pero no fue tan lineal.

 

No recuerdo cuándo conocí Hum®, pero casi seguro no fue el primer producto de La Urraca que hojeé en mi vida. Supe el rol que tuvo en la dictadura cuando investigué el de los medios en esa época durante el verano del 90. El año anterior, una familia amiga que se iba del país por el triunfo de Carlos Menem me había dejado unos cuantos ejemplares. Pero 20 años después, cuando me propuse contar la historia de la revista, ya no tenía ninguna de esas legadas ni otras porque había aceptado desprenderme de ellas para convivir con quienes no querían papeles que juntaran tierra.

 

Debería recurrir a hemerotecas, pero esto implicaba horarios (¡en enero cierran!), empleados, público y sabía que las colecciones no suelen estar completas.

 

Christian Rémoli -amigo, colega y realizador audiovisual- tenía unos cuantos ejemplares y podía prestármelos para ahorrar horas de biblioteca. Las revistas habían sido de Martha Fernández de Zucherino, médica del hospital de niños de La Plata, tía de una ex novia de Rémoli y él las había salvado de bolsas de consorcio rumbo a una quema segura. Ahora las tenía encuadernadas en decenas de tomos: había algunos del 83 y 84; todos desde 1988 a 1995 y sueltos desde ese año hasta 1999. Los baches los taparía en hemerotecas. Pero eso también fue una ilusión.

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El primer problema para Hum® se produjo en el número de diciembre de 1978 cuando tuvieron que demorar la salida de la edición porque en la tapa aparecían los reyes de España, de visita en Buenos Aires para esa fecha. Fueron caricaturizados con vestidos de gala, y debajo de la pollera de Sofía asomaba un sonriente José López Rega, a quien se creía refugiado en la península ibérica desde minutos antes del golpe de 1976. No se conocieron demasiados detalles sobre el punto así que es probable que haya sido una anécdota.

 

En aquellos primeros meses las ventas acompañaron; por el éxito comercial, la revista se volvió quincenal en 1979, entre otros cambios. El staff sumó a Adelina Mona Moncalvillo para reemplazar a Alicia Gallotti, quien entrevistaba personajes de la cultura y el espectáculo. Moncalvillo, cuyo hermano ya estaba desaparecido, le propuso a Cascioli diálogos con figuras prohibidas o silenciadas de un amplio espectro que iba de la política a intelectuales. Desde entonces comenzaron aparecer María Elena Walsh, Aída Bortnik, Eladia Blázquez, Enrique Pinti, Enrique Villegas, José Larralde, Joan Báez, Raúl Alfonsín, Italo Luder, las Madres de Plaza de Mayo, Atahualpa Yupanqui, Mercedes Sosa, Arturo Illia y Adolfo Pérez Esquivel, entre muchísimos otros.

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En diciembre de 1979, Cascioli explicaba que Hum® era “una revista más madura, para durar. Algunos aducen que nos adaptamos a la situación, que aceptamos las reglas de juego. Hay algo de eso, pero Hum® es lo mejor que se puede hacer acá o, por lo menos, lo más arriesgado. Somos en alguna medida el límite de lo que permite la censura.”

Ese mes aparecía la segunda figura de la dictadura retratada en 24 números: un Videla en short de baño, caído de un gomón con la leyenda made in argentina, que se ahogaba en aguas llenas de pirañas con carteles de made in USA, Japan, etcétera.

nce meses más tarde, en enero de 1981, el promedio de ventas era de 124 mil ejemplares por quincena y en ascenso. Para entonces, a la propuesta humorística se habían incorporado columnistas políticos y económicos (Norberto Firpo, Roberto Frenkel, Luis Gregorich y Enrique Vázquez,) y hasta en Espectáculos, Carlos Braccamonte Llosa, Gloria Guerrero, Hugo Paredero y Aníbal Vinelli desafiaban la censura imperante escribiendo, precisamente, sobre la censura imperante.

 

Cada ejemplar de la revista era devorado en promedio por seis personas porque circulaba entre los miembros de una familia y luego de otra vecina, o era enviada a presos políticos o exiliados junto con alfajores y dulce de leche. Los lectores invitaban a los miembros del staff a charlas, asados o fiestas, les mandaban regalos o cartas con comentarios, críticas y elogios.

La revista acompañó el movimiento Teatro Abierto y en agosto de 1981 organizó un festival para boicotear la visita de Frank Sinatra con músicos prohibidos como Dino Saluzzi, Jaime Torres, Víctor Heredia, Luis Alberto Spinetta, Rodolfo Mederos, Manal, Facundo Cabral, Antonio Tarragó Ros, Litto Nebbia, Bernardo Baraj y la trova rosarina de Juan Carlos Baglietto y Fito Páez, que ese día debutó en Buenos Aires.

 

“Nosotros nos dirigimos a una amplia franja de público que aparentemente no le interesa a nadie, porque existe el prejuicio de que la cultura, la cosa inteligente no vende. Y nos estamos convirtiendo, a pesar nuestro, en una revista que se parece más a Primera Plana que a Satiricón“, definía Cascioli en otra entrevista de junio de 1981.

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Cuando la consulta de la colección Rémoli se agotó empecé a buscar las figuritas que me faltaban.

 

¿Qué necesidad había de revisar toda la colección? ¿Qué pasaba si obviaba lo que me faltaba? Me hubiese perdido de encontrar gemas como ésta: en septiembre de 1981 una tapa satirizó como un gordito travieso con una honda al todopoderoso general Albano Harguindeguy. Adentro, una nota titulada “Se precisa un libretista” firmada por Rodrigo M. Segurola (posta posta), un seudónimo al que había apelado Vázquez, decía: “(…) Y en esta Argentina de vedas políticas, de gente que no aparece, de amenazas mal disimuladas, uno ya no sabe dónde esconderse. El general Albano Harguindeguy, ex ministro del Interior, dijo que si mañana o pasado se llegara a institucionalizar un gobierno civil, no duraría ni seis meses: lo voltearía un golpe militar: Chocolate por la noticia: eso mismo lo habíamos dicho en Hum®, en el número 63. Apenas un par de días después de proferir esa amenaza -y siempre con el estilo pulcro y digno que lo caracteriza- el general Harguindeguy, diestro cazador pampeano, planteó su solución ideal: para que no haya civiles en el gobierno, y consecuentemente no se produzcan golpes militares, lo mejor es entronizar a un partido militar en el poder. Un partido que podría llamarse, por ejemplo, Movimiento de Opinión Nacional (…). La brillante deducción de Harguindeguy viene a dislocar un cuadro de situación que ya era caótico, y ahora no se encuadra dentro de ningún adjetivo. Salvo que nosotros tengamos la misma libertad de expresión que gozan los periodistas de Newsweek.(…) El plan del 24 de marzo del 76 fracasó. El plan del 29 de marzo de 1981 fracasó. Los planes de alternativa fracasaron. La oposición militar interna fracasó. Menos mal que vino Sinatra, porque si no todo sería un desastre. Nadie tiene un buen libreto. Ni Migré podría haber imaginado una situación como la del país de hoy. Bueno, Migré menos que nadie, en realidad. Pero todos -Bussi, Viola, Massera, Triacca, Ubaldini, Balbín, Bittel y quien quiera ponerse en la fila- eluden el drama de fondo. Aquí hubo una guerra, y dicen que se liquidó a la subversión. A la subversión marxista y todo eso. Pero nadie se atreve a hablar de la otra guerra que hay que ganar: la guerra contra la especulación, contra los usureros, contra la mafia que maneja el dinero, contra Martínez de Hoz y sus compinches, contra la oligarquía financiera. Espero que el futurólogo suizo haya visto al Joe en su bola de cristal. A nosotros ya se nos rompieron todas las bolas que teníamos“.

 

La revista aprovechaba que para ese segundo semestre de 1981 las ventas no paraban de crecer y que los militares estaban sumidos en decenas de internas y no querían repetir el escándalo internacional provocado por la detención y expulsión de Jacobo Timerman. Satirizaba y -cada vez más y de manera desembozada-, pedían el retorno de la democracia: interpretaban la canción que miles de personas querían escuchar y no tenían dónde.

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Tras la derrota de Malvinas y el anuncio de las elecciones, Humor comenzó a publicar denuncias de corrupción militar, los primeros casos de desaparecidos que se difundían (como el secuestro de las monjas francesas) y a comparar los crímenes de la dictadura con las peores atrocidades del exterminio nazi y todo ello le valió el único inconveniente grave que fue el secuestro de parte de la tirada del número 97, en enero de 1983. Hasta entonces solo habían sufrido amenazas de bomba por teléfono e intimidaciones con miradas de hombres de anteojos oscuros que se movilizaban en Ford Falcon. Por el número 97 enfrentaron un juicio que nunca llegó a condena y una repercusión que les incrementó las ventas por unos meses. Cuando Alfonsín se calzó la banda presidencial y volvieron las libertades civiles, la revista experimentaría otros problemas.

 

La llegada del gobierno democrático hizo emigrar lectores y miembros del staff se incorporaron a la gestión radical como asesores o funcionarios. Cuidar la frágil democracia los llevó a moderar el tono y la apertura y el llamado destape los obligó a competir con nuevas y viejas publicaciones, incluso de la propia editorial de Humor, como El Periodista –con una redacción que iba de Carlos Gabetta y Rogelio García Lupo a Horacio Verbitsky y Osvaldo Bayer-, SexHumor o Fierro. Las ventas de Humor, en ascenso hasta 1983 comenzaron un lento y paulatino derrumbe. Cada año perdía lectores, colaboradores y frescura. Aun así, las coberturas y enfoques –de por ejemplo las presiones sobre Alfonsín o el femicidio de Alicia Muñiz- mantenían cierta originalidad.

 

Cuando llegó Menem, el humor de Marcelo Tinelli y Caiga quien Caiga y el cambio de cultura, la revista era una caricatura de lo que había sido y vendía menos de diez mil ejemplares.

 

La ausencia de publicidad estatal o privada (una constante a lo largo del tiempo) y la presión del fisco se combinaron con demandas de personajes ofendidos por las caricaturas: a Bernardo Neustadt no le gustó que se lo ridiculizara a partir de aquella foto playera donde mostraba un testículo; Florencia Peña que le pusieran más escote que el que tenía y Tinelli que lo dibujaran con símbolos nazis porque maltrataba ancianos en cámaras ocultas. También hacían juicio por calumnias e injurias Eduardo Menem, José Luis Chilavert y María Julia Alsogaray y tanto trajin tribunalicio generó un gasto enorme que con el resto de las finanzas precipitaron el cierre y la quiebra.

 

Pese a que la revista estuvo cinco años bajo la dictadura y 16 en democracia, Humor sería más recordada por ese primer y lustroso lustro que por lo que vino.

 

No hay periodista, dibujante, ilustrador y chistoso nacido entre 1935 y 1970 que no haya pasado por Humor o alguna de las publicaciones de La Urraca, donde el talento se valoraba y se gratificó mientras se pudo. Cascioli –quien falleció en 2009 de cáncer y jaqueado por deudas-, fue el último gran editor y el eslabón de una tradición de editores que armaba productos, como Henri Stein, con El Mosquito; Ramón Columba, con El Tony; Dante Quinterno, con Patoruzú; Guillermo Divito, con Rico Tipo y Manuel García Ferré, con Anteojito y la familia de Hijitus.
                                          

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Dar con los números 119 números publicados hasta el regreso de la democracia no fue –no es- difícil. La cosa se complicó –complica- con los otros 447. La escasez de los números publicados en democracia es indudable que tiene el correlato con la caída de las ventas.

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Lo comprobé cuando tuve que salir a buscar los que me faltaban. En la Biblioteca Nacional no estaban –no están- los 566 números ni tampoco en la otra hemeroteca grande de la ciudad, la del Congreso de la Nación; ni en medianas o chicas como las de la Legislatura porteña, el Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas o en el gran archivo papel de la escuela de periodismo Taller Escuela Agencia. Podría haber recurrido a los puestos de parque Rivadavia, Centenario o Mercado Libre, pero yo no quería comprar y mucho menos a precios antojadizos o que varían según el estado y la antigüedad.

 

No había ni hay un sitio donde se hayan digitalizado todas y por completo. Dos lectores fanáticos de la ciudad santafesina de Rafaela emprendieron hace unos años el proyecto de digitalizar y subir a la web todas las tapas y algunos contenidos: van por el 434. Pero no los conocí hasta que publiqué mi libro en 2013.

 

Pese a que la revista -que supo estar en las vitrinas de la primera etapa del Museo del Bicentenario- perdura en el imaginario de millones mayores de 30 años y no hay uno que no tenga una anécdota o recuerdo que contar; son pocos los que pueden jactarse de poseer la colección completa.
El colega Ulises Rodríguez conoció la revista de niño, en la casa de un tío, que cuando le heredó los 200 números se propuso conseguir los que faltaba: tenía 18 años. Viajaba seguido a los parque Centenario y Rivadavia y las canjeaba por revistas o libros de historietas de cowboy o ciencia ficción.  Ahora le faltan tres números (el 1, el 11 y el 211), pero es más probable que la done a una biblioteca a que vaya por ellos. En un sitio de Internet de venta libre hay un solo posteo que ofrece los 566 números por un total de 35 mil pesos (lo que da un promedio de 61 pesos y monedas por ejemplar). En el mismo lugar hay varias publicaciones y oferentes que piden por tal o cual número.

 

Un ex compañero de TEA (¡otra vez gracias Guillermo Salmerón!); el papá de otra ex compañera (¡otra vez gracias!) y hasta un viejo lector de Humor y colega Carlos Zeppa (¡otra vez gracias!), a quien entrevisté una mañana frente a la quinta de Olivos, me facilitaron las que me faltaban para completar mi consulta. Zeppa me ofreció y tenía la colección completa de varias publicaciones de La Urraca. Digo tenía porque falleció en abril de 2016. Debería averiguar qué pasó con ese material.


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