“Flaco me encantaría que fueras vos, pero mirá”, le dijo Néstor Kirchner a Randazzo en 2007 y le mostró encuestas en las que Scioli medía mejor como candidato a gobernador de Buenos Aires. Había sido concejal en Chivilcoy, diputado provincial, hombre clave del gobierno bonaerense y pegado el salto a un despacho en la Casa Rosada. Sintió que era su hora, se veía como el heredero. Pasó de operador político a gestor del Estado. Sin estructura propia, no logró convencer al núcleo más duro del kirchnerismo, tampoco al peronismo de las provincias y las intendencias. Audaz, mantuvo su candidatura hasta que sucedió lo que él mismo había vaticinado: “Yo me voy a inmolar en esta pelea”.



No es sencillo identificar el origen de su laberinto: terquedad, convicción, individualismo. Quizá fueron las ganas incontenibles de decir no. De animarse a decir no y ser, al menos así, único en eso. Aunque ese rechazo no lleve a ninguna épica, aunque sea incomprensible. Florencio Randazzo hoy encarna como nadie esa frase que Sartre dijo alguna vez: somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros. Él fue parte del sistema de poder del kirchnerismo, lo conoció de cerca, lo tejió con sus propias manos. Fue un político y un gestor. También estuvo a pasos de ser un heredero, y eso a pesar del lugar imposible que ocupaba: candidato y al mismo tiempo solitario en el mundo de organizaciones y dirigentes que se sentían el corazón del proyecto. Pero Randazzo dijo no y desde entonces vive en el mundo cruel del ostracismo político. Hoy sólo sabemos de él a través de su madre, que pregunta lo que todos quieren saber: ¿qué pasó con mi hijo?

 

El candidato

 

Randazzo jura que pensó por primera vez en la posibilidad de ser candidato después de la derrota legislativa de 2013, cuando todavía existía en el kirchnerismo la ilusión de construir un heredero propio. Según sus cálculos, el peronismo no iba a ser capaz de resolver el problema de la sucesión y la candidatura de Scioli iba a caer como el fruto maduro de un árbol. Si Cristina se consolidaba como conductora, la encerrona era clara: no había espacio para un otro, excepto un títere. Pero en Argentina, ni los títeres ganan elecciones, ni el peronismo se permite perder.

 

Falta alguien con decisión, pensó. Alguien decidido a ocupar ese vacío, sin consultas:

 

—Cristina, voy a ser candidato —Así dice que le dijo. Como si esa frase revelara los orígenes de una gestualidad propia: animarse a decir aquello que otros no, aun cuando eso implique quedar al límite de la pertenencia.

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Estaba seguro de dar ese paso porque había aprendido la lección en 2007, cuando se consideraba el candidato natural a gobernar la Provincia de Buenos Aires y recibió el freno, primero, de Felipe Solá y su intento de re-reelección, y mucho más duro después, del propio Néstor Kirchner. “Flaco, a mi me encantaría que fueras vos, pero mirá”, le dijo el entonces Presidente, señalando las encuestas de popularidad suyas y de Daniel Scioli.

 

Esta vez no quería perder tiempo. Contaba con una ventaja, un capital valioso y concreto. Él era, desde 2012 y gracias a la ayuda de Carlos Zannini, su aliado en el Gobierno, el flamante ministro de Transporte, el encargado de entregarle al kirchnerismo uno de sus últimos grandes logros: la recuperación del sistema ferroviario nacional. Los recursos del Ministerio del Interior y Transporte son cuantiosos: desde 2013, lleva gastados unos 1.200 millones de dólares en material rodante. En 2015, el Estado destinará más de 77 mil millones de pesos al rubro Transportes. Aún así su presupuesto está lejos de los que manejan otras carteras, como Desarrollo Social, Educación, Defensa o Seguridad: ocupa el séptimo lugar en términos de recursos, calculado en porcentaje del Presupuesto Nacional.

 

A todas luces, el vacío de la sucesión estaba ahí. Pero no era fácil de llenar, y menos por Randazzo, que había despertado tantas desconfianzas en su propio movimiento. El cristinismo más duro sospechaba de sus orígenes vinculados al PJ bonaerense. Sus pares políticos, sus compañeros de gabinete, criticaban su estilo individualista, su orgullo por no ser orgánico, ni dócil. Otros, no tan cercanos, lo definían como un salvaje, un farsante, un malparido. Todos coincidían, sin embargo, en temerle a su ambición. Si Scioli era “el hombre que solo puede acompañar”, Randazzo tenía aptitudes y, sobre todo, ganas de conducir.

 

Dos años después de ese 2013, cuando su candidatura empezaba a formalizarse, Florencio estaba parado casi en el mismo lugar. Mientras Scioli había tejido confianzas y prometido seguridades en todo el territorio nacional gracias a la ayuda de un sector del oficialismo y del PJ, él casi no había conseguido apoyos entre intendentes, gobernadores, sindicatos ni empresarios. Tampoco una palmada de La Cámpora o de las agrupaciones territoriales.

 

En su entorno, no asumían este rasgo como un error, más bien todo lo contrario: “Es libre, no tiene deudas con nadie”, explicaba su hermano Juan Andrés, uno de sus asesores, como si ese estilo fuera una muestra de su autonomía política, de “su gusto por jugar sin red”, como precisaba Mario Caputo, otro histórico randazzista. Si ese ya era un rasgo de carácter, su experiencia en el kirchnerismo se lo había reforzado. Lo deslumbraba la capacidad de Cristina Kirchner de gobernar “sin condicionamientos”. A eso se le sumaba además una impronta personalista: “Él es su propio grupo: los demás somos sólo colaboradores”, asumía una militante randazzista cercana al líder.

 

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Lo hayan considerado una falta o no, lo cierto también es que cuando intentaron construirlo, ya era tarde:

 

—Hace un año, fui a Mendoza, en un viaje oficial. Ahí vi la ola naranja. Me di cuenta que el armado de Scioli nos llevaba por lo menos dos años. Dos años de atraso teníamos. Vi cómo se saludaban, ya eran todos amigos —contaba Graciela Rolandi, diputada de la provincia, una de sus allegadas más próximas.

 

Entre la militancia kirchnerista el camino tampoco había estado allanado. Randazzo pretendía convertirse en el heredero de un núcleo duro que lo veía, en el mejor de los casos, sólo como un buen gestor. Aunque él juraba haber dado la cara en las batallas más difíciles, contra el campo o contra Clarín, nadie lo consideraba un soldado ni un pingüino. Y ese núcleo duro, obsesionado por la semántica, se resistía a un sucesor tan poco afecto a las precisiones ideológicas, capaz de definir a la última dictadura militar como “una animalada”. Poco le habían servido los años de cristinismo para mejorar su retórica en materia de derechos humanos.

 

Sin embargo, cuando se lanzó formalmente como precandidato, después del baño de humildad de Jorge Taiana, Sergio Urribarri y Agustín Rossi, fue justamente ahí, a ese núcleo duro y huérfano, a donde apuntó. Y fue allí también donde generó las primeras ilusiones:

 

—Clarín tiene candidato: es Massa, es Macri y es Scioli. No nos hagamos los estúpidos, no miremos para otro lado. Es mentira que pertenecen a este espacio político. Es mentira, es falso, es oportunismo —dijo en 678, su primer “acto” formal como uno de los dos precandidatos de la interna del FPV. Randazzo siempre fue lineal en ese sentido: un “peronista clásico al que le cuesta relacionarse con los dirigentes que no vienen de la política ni del territorio”. 

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El programa comenzó con un aplauso rotundo y el “se siente, se siente” de los militantes de La Florería, una de sus pequeñas agrupaciones. Allí, Randazzo expuso por primera vez la teoría del sale o sale: Tinelli definió la interna; el poder quiere instalar la idea de que hay una sola forma de ganar; no estoy de acuerdo con eso de no pelearnos entre compañeros; para liderar, hay que tener agallas, voluntad para pelearte todos los días con alguien, aunque eso suene horrible para la tilingueria media. En las placas de la parte inferior de la pantalla se iban reproduciendo los apoyos espontáneos: “#FlorencioEn678: @Pablojimenez: no dudo un minuto en darle mi voto”. Por un momento, los randazzistas creyeron que eso con lo que soñaban estaba a punto de concretarse: “Si lo conocen, lo votan y ganamos”, se confiaba Elda Tomasini, asesora comunicacional de la campaña.

 

Esa noche Randazzo también dijo, por primera vez, algo que repetiría en otras oportunidades, pero que curiosamente siempre pasaba desapercibido: “Yo me voy a inmolar en esta pelea”.

 

El sábado siguiente, Randazzo fue a Carta Abierta. El grupo de intelectuales kirchneristas había sido uno de los primeros en definirse contra la candidatura de Scioli pero, por esos días de mayo, empezaba a impregnar en él la idea de “la táctica”. Sus preocupaciones, al final, no eran tan distintas a las del peronismo: “el triunfo y la continuidad”, según explicó uno de sus integrantes.

 

A Florencio lo recibieron en la Sala Borges con abrazos y fotos con pasaporte en mano, muy al estilo Carta Abierta, que no escatima en emotividad. Su línea argumental fue la misma que venía repitiendo desde principios de abril: “un Randazzo de barricada”, como festejó uno. Para las preguntas más específicas sobre un futuro programa de gobierno, casi no tenía respuestas, pero igual el efecto fue inmediato: el espacio intelectual terminó esa asamblea con candidato propio. Y eso a pesar de que el Ministro no había obviado las más íntimas de sus intenciones:

 

—Hay una cosa que a muchos nos gustaría que quede clara. El movimiento nacional y popular hoy tiene un liderazgo indiscutible que es Cristina Fernández de Kirchner, ¿está claro que quien sea electo va a tener que respetar ese liderazgo aunque sea presidente? —le preguntaron.

 

—Qué tema, ¿no?… ¿Querés que te conteste lo políticamente correcto? —retrucó.

 

Del episodio Carta surgió en los días siguientes el escándalo por el brazo derecho de Scioli, reactualizándose así, en el peronismo, la metáfora de la manos. “El proyecto se queda manco”, había dicho Randazzo, y pocos días después, Karina Rabolini, al ser consultada por aquella frase, lloró con delicadeza ante Fantino y las cámaras. El ministro quiso reparar su fallido en el mismo programa de televisión, pero su actitud fue aún más ruda que antes. Quienes lo conocen de cerca aseguraban que en el mano a mano “convence hasta las piedras”. Pero lo que transmitía la pantalla era una rara combinación de hostilidad y torpeza. En los medios no lograba mostrar su mejor perfil.

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Durante las semanas siguientes, Randazzo no pudo salir de esa pura negatividad, del rechazo a ese otro, que paradójicamente crecía como mejor opción en el seno de su propio partido. En paralelo siguió edificando su lugar en el escenario político en base al mero voluntarismo: optimismo de la voluntad, pero también en la voluntad, en su capacidad productora de realidades no anticipables con las coordenadas del presente.

 

Quizá por hacer de la necesidad virtud, esperaba que un golpe de audacia torciera la historia, y que ese golpe terminara por alinear a los hombres tras el influjo de la fortuna. Hacía de ese modo una lectura unilateral del recorrido político del único dirigente al que admiró en serio. Néstor Kirchner representaba un golpe de la voluntad en la historia. Por él, Randazzo creía a rajatabla en eso de hacer una fuerza política casi de la nada. O desde el Estado.

 

Creía que los gobernadores se alinearían. Los intendentes se alinearían. Los dirigentes y funcionarios de La Cámpora se alinearían. Olvidaba en esa mirada encantada al Néstor de la libretita. El de las reuniones con los dirigentes transversales, con los dirigentes peronistas de segunda línea. Olvidaba, en parte, su propia historia como gestor de la interna con el duhaldismo en la provincia de Buenos Aires: no había sido sólo la voluntad lo que permitió dar esa batalla. El realismo justicialista –¿el realismo político a secas?– que Randazzo había ejercitado y experimentado ahora parecía ser pura épica. Voluntarismo en la historia.

 

La pura voluntad mostró sus límites. Lo instituyente vive en compleja dialéctica con lo instituido. La revelación del soberano, para el viejo y controvertido filósofo del derecho Carl Schmitt, es más establecimiento de un orden que su permanente subversión. El “caso Randazzo” es un asunto de sociología más que de filosofía. La política en su trama histórica revela los límites de la pura voluntad. O tenemos que volver a Maquiavelo, pensar la fortuna en tensión con la virtud. Y dar a la contingencia ese lugar admirable pero acotado que los marcos de lo posible, en nuestro tiempo, le asignan.

 

Hombre de pueblo

 

Randazzo nació en Chivilcoy en 1964. Su abuelo era un migrante siciliano, “el constructor de la escuela mercantil” y su padre, un profesional que siempre aparentó tener menos de lo que tenía. Formado en la escuela pública, contador por la Universidad de Buenos Aires, su historia de vida narra una “infancia fantástica” en un barrio donde se jugaba al fútbol en la calle, y donde no “estaba el peligro de la droga porque ni se sabía lo que era”. También una adolescencia, lejos de la unidimensionalidad de la política: Florencio jugaba al basket y trabajaba como DJ en una de las “confiterías bailables” de su pueblo. Un hijo de la clase media.

 

Su propio y pequeño mito dice que creció en el seno de una familia peronista, pero lo cierto es que sus padres tenían orígenes más bien conservadores. Ingeniero, profesor de escuela media, Juan “Togo” Randazzo, su padre, era una especie de notable del pueblo, un hombre al que se lo escuchaba discutir de carreras o de política, siempre en voz alta, en las mesas del Club La Pampa o el Club San Lorenzo, devenidos hoy bares de cadenas comerciales.

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En 1982, tras la derrota de Malvinas y el regreso paulatino de la política partidaria, Randazzo comenzó a militar en el peronismo. En su despacho de la Casa Rosada exhibe una foto de ese tiempo: está con un grupo de compañeros, a punto de hacer una pintada. Lleva boina, camisa a cuadros, el tacho de cal en su mano derecha y la misma mirada autosuficiente.

 

A pesar de que en esos años ya estudiaba y vivía en Buenos Aires, su centro vital seguía siendo Chivilcoy. La ciudad le garantizaba la posibilidad de construir un territorio propio, convertirse en su principal referente. Pero además ahí había quedado todo lo que le importaba: la familia, los compañeros y su pareja histórica, una militante peronista, quince años más grande, que lo acompañaría, incluso divorciados, a lo largo de toda su carrera política.

 

El nombre clave de esos años es Carlos Francisco Dellepiane, el intendente electo en 1983. El “Pato” vio en Randazzo pasta de político y se lo llevó como asesor a la Legislatura provincial. Años más tarde, Dellepiane asumiría como ministro de Gobierno de Eduardo Duhalde, un lugar estratégico de armado y negociación, y desde el cual Florencio llegaría a dominar todo el mapa político de la Buenos Aires.

 

En paralelo a su carrera en la provincia, Randazzo se consolidaba en Chivilcoy, al ser electo concejal en 1991. Todos los lunes atendía en el local del partido, sobre la calle Sarmiento, cientos de pedidos diarios que resolvía gracias a su vinculación con los circuitos administrativos de La Plata. La ciudad era su refugio pero, como ahora, que quiso llegar a presidente sin pasar por el cursus honorum del gobierno provincial, también se salteó la llegada a la intendencia.

 

—Siempre estaba un paso más allá que nosotros —recuerda Juancorena, intendente de la ciudad entre 1987 y 1995, en su casa de Chivilcoy: los techos altos, el polvo de los libros, una radio colgando en la pared. Juancorena hace memoria de sus virtudes; rescata su energía para sumar voluntades en un pueblo en el que los votos se cuentan de a miles, y a Florencio siempre preguntando “¿y vos cómo la ves?”, reflejo de su astucia para “junar” deseos.

 

El propio Randazzo se solía sentir un paso más allá que sus jefes políticos. El respeto hacia ellos era solo circunstancial y no dudaba en tomar decisiones que pudieran horadar su poder y reforzar el propio. Pero ni Juancorena ni Dellepiane le guardan rencores por eso. Cuando aún estaba fresca la noticia de su renuncia a la candidatura presidencial, “el Pato” dijo en los medios: “Florencio ha honrado la palabra dada”.

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Hacia fines de los noventa, durante los dos mandatos en los que el radicalismo controló a la ciudad de Chivilcoy, Randazzo apostó a hacerse del control del partido. Lejos de la imagen del puro gestor fue, en esos años, un armador del peronismo bonaerense en la cuarta sección, espacio histórico de disputa con Julián Domínguez. Domínguez integraba las filas de un histórico de “la cuarta”, Jesús Abel Blanco; con la crisis del menemismo en ciernes, Randazzo armó una corriente y le ganó la interna.

 

A pesar de la victoria radical en la sección, en 1997 fue electo diputado provincial. Desde allí fue construyendo lentamente la recuperación del peronismo en Chivilcoy, hasta que finalmente, en 2003, su amigo Juan Franetovich, Juez de Paz, llegó a la intendencia. Desde entonces, la ciudad estuvo siempre en manos del PJ y siempre en manos de figuras cercanas a Randazzo:

 

—Veía algo que los otros no y era audaz para avanzar con lo suyo —dice un referente histórico de la UCR en Chivilcoy, que guarda para el ministro más admiración que recelo.

 

Audacia: la palabra que más se repite a la hora de describirlo. Otros prefieren decirle “el loco”. “Es más que audaz: es corajudo”, precisa Felipe Solá. En el fondo, son todas formas de referirse a lo mismo.

 

Un salto adelante

 

—¿Por qué me lo traje? Porque era muy proactivo, un diputado que venía al despacho del Senado (bonaerense), me tocaba la puerta, la abría y me criticaba a Ruckauf, decía lo que pensaba con total desenvoltura. Ya ahí se destacaba como un vivo bárbaro. Tenía un desprecio muy grande por toda forma intelectual que rodee o se acerque a la política y un aprecio enorme por el reparto, la discusión de los porotos. Yo le podría haber dicho ¿Y a vos, pibe, qué te importa? —cuenta ahora Felipe Solá, con las piernas sobre el escritorio y una foto del Papa Francisco colgando a sus espaldas. Podría haber hecho eso, pero hizo lo contrario: se dejó seducir enteramente por él.

 

En 2002, lo nombró Secretario de Modernización del Estado, trabajo que compartió con Emilio Monzó, futuro operador del PRO. La agenda de reformas era la realización de la “segunda generación” que había dejado inconclusa la década de los noventa: transparencia, voto electrónico, control ciudadano. Ya electo gobernador, en 2003, Solá lo nombró Jefe de Gabinete de Ministros de la Provincia y, poco después, ministro de Gobierno. Randazzo era, como recuerdan sus colaboradores, “el más rosquero de todos”, pero también un ministro que confiaba en la gestión: “Creía en los programas y tenía programas”. Así lo describe el ex Gobernador de la provincia: loco, desenvuelto, pero hacedor. Hacer, un verbo sensible en el léxico peronista.

 

Al año siguiente, la Provincia se convertiría en el escenario de la disputa interna del PJ. Kirchner necesitaba edificar su poder en ese territorio para consolidarse así como conductor del peronismo. Sin embargo, varios bonaerenses todavía pensaban que Eduardo Duhalde era “el jefe de la fábrica” y especulaban con encontrar un acuerdo a pesar de las tensiones crecientes. Randazzo, no: el joven ministro estaba ansioso por avanzar sobre la hegemonía duhaldista. Ya se había enfrentado a la “diputadora” tiempo atrás y encontraba en este nuevo escenario la posibilidad de una revancha. Así fue, poco a poco, convenciendo a Solá sobre la necesidad de la ruptura, que se terminaría de cerrar con el triunfo de Cristina Fernández sobre Chiche Duhalde, en las elecciones legislativas de 2005.

 

—Recorrimos diez veces toda la provincia, distrito por distrito, Intendente por Intendente —recuerda Mario Caputo, diputado provincial por Azul. Randazzo tejía por adentro, y también era filoso hacia afuera: “el duhaldismo está en un proceso de defunción”, comentaba en los medios. “Después de Manzano es el tipo más rápido que vi como operador. Es rápido para decidir, habla con todo el mundo, sabe negociar, es duro para negociar. Sabe negociar y sabe cortar una negociación que no va”, recuerda hoy Solá.

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Un quiebre. Así definen su encuentro con Néstor Kirchner. Si la audacia había sido su principal capital político, ahora encontraba un modo de darle sentido, de contenerla, precisarla. Randazzo se enamoró de esa fórmula, mezcla de confrontación y pragmatismo: al que atenta contra los avances, dureza; después, negociación. “Olvidate de todo lo que hicimos. Se viene otra Argentina”, dijo a sus colaboradores tras conocer al entonces presidente.

 

En paralelo, Kirchner comenzó a utilizar ese vínculo para erosionar el poder de Solá desde adentro. Le transmitía órdenes al gobernador a través de Randazzo; lo convocaba a reuniones de urgencia y, cuando llegaba, éste encontraba a su ministro sentado al otro lado de la mesa. El presidente tenía claro cómo liderar: ahí no había equipo, había un líder que organizaba y personajes intermedios, vasos comunicantes de esa red.

 

Randazzo se encontraba, así, por primera vez, frente a un jefe político al que respetar. Eso explica por qué, cuando en 2007 Solá le negó su respaldo a la candidatura a gobernador y Néstor le mostró las encuestas (“Flaco, a mi me encantaría que fueras vos, pero mirá”), Randazzo lo aceptó “sin chistar”. El incipiente Frente para la Victoria no podía permitirse más que un holgado triunfo y Scioli aparecía como la opción realista que todos debían asumir.

 

El gestor

 

Decepcionado, Randazzo siguió igual a disposición de Néstor, y ese renunciamiento le permitió ganar algo más de su confianza. En 2007, como premio o como compensación, recibió el cargo de ministro del Interior, un espacio desde donde podía controlar al futuro gobernador, a partir de la relación directa con intendentes y el PJ bonaerense. El cargo le permitió, además, estrechar la relación con Kirchner, que ahora incluía varios llamados al día, incluso de madrugada:

 

—Él convivió con Néstor. Por eso no entiendo eso de que no es un fiel exponente del kirchnerismo. Durante el conflicto por la 125 fue uno de los más fervientes defensores del gobierno. Cuando muchos caminaban para atrás, nosotros pusimos la cara. ¿Sabés lo que fue pelearte contra el campo en el interior? —recuerda Ovidio Pollaroli, actual presidente del Concejo Deliberante de Chivilcoy.

 

—¡Y yo me los tuve que aguantar acá! Se me caían las lágrimas de la bronca —agrega Gladis, madre de Randazzo, en su casa de Chivilcoy, un moderno departamento de dos ambientes, la primera propiedad que Florencio compró a sus 23 años.

 

Gladis jura que a ella le duelen las discusiones, que no es como su hijo, “un tano terrible”.

 

—A mí me vinieron a hacer acá abajo, un piquete. Eran todos conocidos, te hacían el paro tipos millonarios, ¡gente con la nariz parada! ¡unos cursilientos!

 

Gladis también recuerda el “enganche” de Florencio con Néstor. La ansiedad de ambos. Y sobre todo, la desesperación de su hijo cuando se enteró de la muerte del ex presidente: “el ataque que le agarró, golpeaba las paredes”. Ese 27 de Octubre de 2010, Randazzo había amanecido con el celular lleno de mensajes. Kirchner, lo había llamado, incesante, durante la noche, para hablar de las negociaciones con Hugo Moyano. El Ministro no había atendido a tiempo y ahora ya era tarde.

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La muerte de Néstor significó para Randazzo un punto de inflexión en su vida política. Como muchos otros, su nexo con el movimiento era a través de él, y no de Cristina, que desconfiaba de los peronistas bonaerenses y con quien sólo había discutido de política en algunas oportunidades. Esa contingencia lo forzó entonces a buscar otro camino: pasó de operador político a gestor de Estado. Fue así puliendo su imagen como un administrador, un defensor de la calidad en lo público. El modelo político de Néstor se traducía ahora en conflictos con actores y escenarios nuevos: sindicalistas, policías, estaciones de tren.

 

—No tenía herramientas y no quería contradecir a Cristina, a Zannini o a Máximo. Así que se abocó a la gestión y apostó a instalarse desde ahí, con los pasaportes, los DNI, los trenes. Se corrió de todo y se aisló políticamente. Por eso hoy aparece como un hombre de la gestión. Porque se concentró en su imagen hacia afuera y le faltó hacer política —explica uno de sus allegados.

 

A eso apostaba desde 2013, cuando empezó a planear su candidatura: a volverse conocido por lo hecho. Que nadie le pueda venir a mostrar ninguna encuesta. Aunque su nuevo perfil del gestor encajaba con ese kirchnerismo más técnico del gobierno de Cristina Fernández, pronto se dio cuenta que con eso no alcanzaba: “Algunos giles creen que yo soy un gerente. Yo soy un militante político”, se empezó a quejar entonces. Randazzo trataba de explicar que él era un buen candidato para el kirchnerismo, no sólo por los DNI o los trenes, sino porque había sido un íntimo constructor de su sistema de poder.

 

Casi una unción

 

La Semana de Mayo de 2015 era una ocasión propicia para poner en escena el legado de doce años de kirchnerismo. La última del ciclo, hecha de emotividad y cálculo. Un evento por día, desde el martes 19 hasta el domingo 24, y luego el cierre, la “fiesta popular”, el “baño de pueblo” de Cristina Fernández de Kirchner. En 2010, los festejos del Bicentenario habían movilizado a cientos de miles de personas y habían permitido la construcción más sistemática de un relato y de una propuesta cultural del movimiento en el poder. Señalaron una recomposición política, pero sobre todo simbólica, de un gobierno debilitado tras la derrota legislativa con la resolución 125 en 2008 y la derrota electoral de 2009.

 

Ahora, en 2015, era tiempo de diseñar la sucesión. La selección del evento principal de cada jornada recorría la década pasada y decía algo también sobre el futuro, trataba de moldearlo a su imagen y semejanza. Tras el acto del martes en el sitio de la memoria de la ex ESMA, y un día antes de inaugurar el Centro Cultural Kirchner en el antiguo Palacio de Correos, fue el momento de los trenes. Recuperación fue una de las palabras preferidas de la época. En este caso, se trataba, del sistema ferroviario nacional.

 

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En abril, el Congreso había sancionado la ley de creación de la empresa Ferrocarriles Argentinos, que declaraba de Interés Público Nacional la “política de reactivación de los ferrocarriles de pasajeros y de cargas”. En los andenes del Mitre, uno de los pilares de esa política, la Presidenta iba a firmar su promulgación. También esa era la oportunidad para avanzar en las definiciones de candidaturas. Más débil electoralmente, Florencio esperaba recibir allí  algún gesto explícito de apoyo, hasta entonces más bien tímido. A lo mejor, incluso, la unción de la presidenta. A lo mejor, incluso, algún gesto explícito de apoyo, hasta entonces más bien tímido. Era su posibilidad de lucirse como gestor y construirse como hombre de Estado, pero además de convertirse en el candidato cristinista, y recibir los apoyos de sus pares, aquellos a los que pretendía representar.

 

Florencio había movilizado a los suyos, militantes de la Unión Ferroviaria, cercana a su gestión, y algunos pocos peronistas de Chivilcoy, el pago chico, que ahora rodeaban al escenario montado a lo alto, en el inicio del andén. Los funcionarios -buena parte del gabinete incluido- se dispusieron a ambos lados de la gran mesa que ocupaba el centro de la escena: presidía Cristina, ladeada por Randazzo, a su derecha, y Aníbal Fernández, a su izquierda. Completaban el cuadro el secretario general de la Presidencia, Eduardo “Wado” de Pedro, y el ministro de Economía, Axel Kicillof, que se sumó con retraso.

 

Wado hacía esfuerzos para no mirarlo. A pesar de la cercanía, no le entregó ni una sonrisa, ni un gesto, nada que pudiese hacerse foto. El dirigente camporista buscaba un baño de realidad después del baño de humildad. Aceptar a Scioli y asumir que Randazzo, a esa altura, era solo una pieza incómoda. Un dedo que señalaba, acusador, a los idealistas de ayer como pragmáticos de hoy.

 

El acto tenía sólo dos oradores: Cristina y Florencio. El Ministro dio un discurso breve, con intentos de épica más bien modestos y después llegaron las esperadas palabras de la presidenta. Cristina Fernández no dejó por un momento de administrar ese lugar central en el que ha sabido mantenerse: todos pendientes de ella y de sus gestos. Fue cauta en sus muecas y en un guiño al Ministro, dijo que había que hablar a la ciudadanía de proyectos de país antes que ir a hacer pantomimas a la televisión y que los trenes formaban parte central del proyecto, porque mejoran la vida a los trabajadores.

 

Pero nada más. No hubo una referencia explícita y no hubo unción. Florencio había sido invitado a una fiesta ajena, y eso quedaba en evidencia. Sin embargo, en su racionalidad voluntarista, eso solo parecía alcanzarle para continuar con su entusiasmo.

 

La decisión

 

La dimensión más radical del poder no se nos aparece en primer plano más que de manera extraordinaria. En tiempos normales de la política, tendemos a ver a los actores como protagonistas de lo que les sucede. En tiempos extraordinarios, en cambio, hay una fuerza que se impone y que los coloca en un lugar subordinado. Esta fuerza es la decisión. Y la decisión, como decía Schmitt, constituye la soberanía política. El soberano se revela en la decisión y al revelarse funda la comunidad política, produce el cierre de un nosotros, una frontera. Corneluis Castoriadis, entre el marxismo y el psicoanálisis, y luego Claude Lefort, llamaron a esto la dimensión instituyente de la política, que se muestra rara vez en la historia, gobernada por lo instituido, pero que la constituye y formatea.

 

Los liderazgos políticos son en la democracia argentina grandes productores de decisión, actores instituyentes que definen escenarios y delinean fronteras políticas. Los partidos se organizan en torno a ellos, los electorados se definen en virtud de las preferencias que los líderes despiertan en la sociedad. Constituyen la inteligibilidad del espacio político, quién está de cada lado, así como los lados de la disputa.

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El armado de las listas fue en el Frente para la Victoria un momento de emergencia de una decisión ordenadora. Esa decisión confirmó la centralidad de la líder, ordenó lealtades y preferencias, de dirigentes y militantes. Pero no se produjo en el vacío de la historia. Fue, al contrario, condicionada por el marco de lo posible. Y de lo que los propios actores entendieron como lo posible. En concreto, las posibilidades electorales que los diferentes candidatos del FPV tenían para las presidenciales de octubre. El súbito desplazamiento de Randazzo de la escena electoral puede ser visto, así, como producto de esa voluntad históricamente determinada. Una voluntad que se inclina por minimizar el riesgo. Lo que nos evita caer en toda suerte de optimismo intrínseco a la aparición de la voluntad en la historia: a veces, ésta puede ser, a la vez, instituyente y conservadora. No dejar de ser, por ello, brutal. Aquellos días de junio dejaron ver una crudeza, un estado de naturaleza hobbesiano que el tiempo normal tiende a evitar. Veamos.

 

Esta dimensión radical del poder se hizo visible el 16 de junio de 2015. Los dirigentes del FPV empezaban a mostrar, de a poco, cierta aceptación de la primacía sciolista. O mejor dicho, empezaban a convencerse de que acompañar su candidatura con una del seno, convertía al gobernador en una opción casi propia.  Poco antes de las 20 horas, Scioli reveló en la televisión que “la conductora” del espacio había tenido “la amabilidad” de recibirlo. Segundos después, daba fin al misterio: había un acompañante. Un hombre de las bases fundacionales, curtido por los vientos patagónicos.

 

—¿Su vice va a ser Máximo? —le preguntó, a los gritos, fuera de cuadro, Roberto Navarro en C5N. La periodista Julia Mengolini repitió la pregunta.

—De Carlos Zannini estoy hablando. Me parece que es una manera de dar certidumbre, tranquilidad y confianza -contestó.

 

Como millones de argentinos, Randazzo se enteró de la noticia por la pantalla. Se dijo que lo invadió la furia, las ganas de renunciar a todo. Confirmaba así que su candidatura había sido parte de un juego de ajedrez: una pieza de presión hacia el candidato con mayores posibilidades. El apoyo oficial a Scioli y Zannini fue casi unánime, incluida Carta Abierta. Diana Conti, la voz del inconsciente kirchnerista, tuvo el festejo más desmedido: habló de una “fórmula increíble” y de un “proyecto consolidado”.

 

—Sí, el kirchnerismo es cruel, pero era ingenuo esperar otra cosa —explica un dirigente bonaerense, que esa noche se reunió con él. Randazzo conocía la rusticidad en los modos, el uso arbitrario de premios y castigos, y aún así, por ingenuidad o por soberbia, esperaba más elegancia para él.

 

El armado de una candidatura siempre supone la transformación de un dirigente en un individuo singular. Uno que se destaca frente a otros. Randazzo se había aferrado a esa diferencia, construida solo por él y a pesar de muchos. Pero la decisión de Cristina lo desinvestía de esa individualidad, lo volvía un elemento más en una maquinaria política que él no controlaba, una pieza al servicio del movimiento.

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El candidato era el proyecto y ya tenía diseñado un nuevo lugar para él: la provincia de Buenos Aires. Randazzo había dicho cientos de veces que si no competía por la presidencia se volvía a su casa. A su madre y su mujer, le había hablado incluso de las ganas de “hacerse un viajecito a Europa”, aprovechando que iba a volver a tener tiempo. Sin embargo, cuando el rumor comenzó a correr, todos dieron por descontado que aceptaría la oferta de ser el único candidato en la Provincia. Lo hacían guiados por cierta lógica: rechazarla carecía de sentido. Al menos, en términos políticos.

 

Pero Randazzo dijo no. Por terquedad, por convicción o por individualismo, dijo no, y si su candidatura ya resguardaba algo de irracionalidad, ahora esa decisión resultaba ininteligible para todos.

 

Se juntó primero con su equipo. En esa reunión, argumentó, otra vez, que él no iba a ser empleado de Scioli. No sólo por orgullo. También desconfiaba de su capacidad para administrar el país y no quería “quedar pegado” a su fracaso. Su entorno, sin embargo, estaba dividido. Un sector más íntimo interpretaba el rechazo como una muestra de coherencia, un modo de valorizar la palabra política. El otro le recordó que ahora representaba más que su nombre y que había compañeros en cada distrito que iban a pagar los costos. “Va a ser el fin de nuestro proyecto. Somos todos bonaerenses. No podemos disputar nada más en la provincia después de rechazar la gobernación”.

 

Es difícil desentrañar qué piensa hoy Randazzo sobre esa decisión.

 

—Es tarde para arrepentirse —cuenta ahora un candidato a intendente de ese sector.

 

Fiel a su posición original, el Ministro hizo pública una carta en la que daba muestras de su apoyo a Cristina, al tiempo que defendía sus “convicciones”: “No borro con el codo lo que escribo con la mano. Por eso, no puedo aceptar ser candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires”. Fue una pieza de escritura deficiente que buscaba llenar de mística su lugar en el kirchnerismo y sus hitos en la gestión.

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Randazzo ingresó así, casi inmediatamente, en el ostracismo político. Los más piadosos, dieron por sobreentendido que se trató de un error personal. Los otros, lo acusaron de traicionar a Cristina y hasta de hacerla llorar. Le reprocharon haber renunciado a la lucha y al honor. En el medio, algunos aprovecharon para dejar claro cuál es la esencia del peronismo: “Primero la Patria, segundo el Movimiento y por último los hombres”, desempolvaron.

 

Confiaron además en que, poco a poco, el electorado que había depositado ciertas esperanzas en el candidato propio aceptaría la nueva realidad, que olvidaría esa aparición cruel de la voluntad política, así como su orientación conservadora. Que volvería de inmediato a ese vínculo de identificación con la líder. Quizá por eso, cuando se apagaban las tensiones por esa subordinación de las preferencias individuales a la racionalidad del movimiento, el jefe de gabinete Aníbal Fernández se empeñó en borrar las señales de esa decisión, al desmentir que Cristina hubiese “bajado” a Randazzo: “Si alguien quiere participar de las PASO presidenciales o a gobernador lo puede hacer hasta el sábado a las 24 horas. La Presidenta no quiere ni deja de querer”, sugirió.

 

Final

 

Desde entonces, no se sabe casi nada sobre él. Su primera aparición pública fue en un acto con la presidenta. Randazzo mantuvo la mirada esquiva y no dijo una palabra. Reforzó su ostracismo con un silencio tajante. Su segunda aparición fue a principios de julio, cuando aseguró que iba a votar a Scioli, y Scioli, fiel a su templanza, respondió al gesto, elogiando su experiencia. A partir de ese momento, algunos dirigentes emprendieron el deshielo y hablaron de futuras convocatorias.

 

Lo otro que se supo vino directo de Chivilcoy. Gladis, con una sola pregunta, tiñó de humanismo a la realpolitik: ¿Qué pasó con mi hijo?, reclamó. En esos días, la ciudad ya estaba renovada. Los militantes de “La Florería” habían reciclado las pintadas que decían RANDAZZO 2015 hasta convertirlas en DARÍO 2015, el actual candidato a Intendente. Eliminaron la R, la A, la N y las dos zetas. No sin cierta ironía los diarios locales titularon: “En Chivilcoy no borran con el codo lo que escriben con la mano”.

 

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Randazzo insiste en que ahora volverá a ser un simple militante. Pero en Argentina, nadie cree en eso. Guiados por una mirada poco encantada de la vocación política, todos suponen inverosímil que alguien abandone el poder. Ni siquiera si se trata de un error o de un cálculo íntimo y personal.

 

“Yo me voy a inmolar en esta pelea. No tengan ninguna duda”, decía Randazzo, ante todos.

 

Alguien podría haberle preguntado: ¿cómo? ¿para quiénes? Pero nadie lo hizo. Y ahora, esa frase, resuena sólo con su sentido premonitorio. Porque todos siguen sin entender qué pasó. Y quizá, su renuncia no tenga todavía, ni siquiera, un sentido definido para él.


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