Hace tres años Cristian Alarcón se obsesionó con una historia. Una patrulla de guerrilleros perdida en una mítica montaña chilena. Sueñan con derrocar a Pinochet. Un capitán del ejército, ahora diputado, encabeza una cacería y ejecuta una masacre. En base a testimonios exclusivos de soldados, Alarcón reconstruye los pasos de Rosauro Martínez Labbé en los alrededores de Neltume. Los libros del cronista han surgido de investigaciones periodísticas: este texto es el germen del que ahora está escribiendo.



Foto: Gentileza Museo y Memoria de Neltume 

 

La escasa luz invernal que caía sobre las montañas en Neltume alcanzaba para que la foto de su tropa le engalanara el futuro. El comandante Rosauro Martínez Labbé se trepó al tronco de un árbol y apuntó a la formación de la compañía de comando número 8 Llancahue un centenar de hombres a los que él mismo había entrenado para matar guerrilleros. Como un lenguaraz, Malinche, “voluntariamente obligado”, el único hombre de la tropa que había nacido en esas tierras lo guiaba por la espesura hacia un combate ficticio: el ejército chileno había descubierto un raquítico grupo de militantes del Momivimento de Izquierda Revolucionario (MIR), que acampaban sin armas en plena cordillera para sembrar el germen de una guerrilla, soñando con derrocar al dictador Chileno Augusto Pinochet. La imagen cuelga hoy de la pared de madera en una pequeña casa de Panguipulli, donde el hijo de aquel baqueano recuerda la omnipresencia del entonces joven capitán Martínez Labbé en aquella cacería, la más atroz de las que Chile prefiere olvidar.

 

Según una investigación basada en los testimonios de cinco soldados conscriptos de ese comando, documentos judiciales y entrevistas con sobrevivientes, el hoy diputado comandó en los alrededores de Neltume, una masacre publicitada como un gran triunfo militar.

 

Oficialmente en septiembre de 1981 se contaron 11 víctimas pero según parece habría que anexar nuevos nombres. A medida que se entrevista testigos los muertos sobran, los cadáveres vistos por los soldados no coinciden con las listas oficiales.

 

En ese mismo lugar, el Movimiento Campesino Revolucionario, brazo rural del Movimiento de Izquierda Revolucionario, había tenido una participación central en el proceso de toma de fundos madereros alrededor del pueblo de Neltume, a unos 900 kilometros de Santiago, durante el inicio del gobierno de Salvador Allende.

 

Entre diciembre de 1968 y 1973 hicieron un trabajo de base que logró sumar a los campesinos y trabajadores del Complejo Forestal Panguipulli a un proceso de expropiación. Entre ellos uno se ganó la fama y el bautismo de los pobladores: lo llamaron El Comandante Pepe. Se llamaba Gregorio José Liendo Vera. Los primeros días de octubre del 73, él y otros 11 dirigentes de los fundos expropiados a sus dueños fueron fusilados en el polígono de tiro del Regimiento Llancahue.

 

Ocho años después, en ese mismo regimiento, unas cuatro hectáreas rodeadas de un pantano al que en la zona le dicen hualve, Rosauro Martinez Labbé entrenó a los conscriptos que integrarían la base de la Operación Contraguerrilla Machete, como bautizaron la expedición en busca de los miristas.

 

La zona sufrió de manera intensa e incesante la represión política. Quienes no fueron asesinados, pasaron por la tortura y la cárcel, o lograron escapar al exilio. Algunos de los líderes más jovenes y brillantes lograron ubicarse en distintas ciudades de Europa, muchos de ellos en Holanda, Suecia y Francia. Allí estaban cuando en 1978 fueron convocados por el MIR a una reunión en Praga, donde se los anotició: serían protagonistas de la Operación Retorno.

 

Esa decisión de la cúpula del movimiento se encastraba en otras estrategias, de orden más global, en las que la Unión Soviética y Cuba, propiciaban la creación de zonas revolucionarias en América Latina. En Chile el líder del MIR –asesinado en 1974–, Miguel Enriquez, impulsó un Movimiento de Resistencia Popular que debía sumar a las izquierdas y hasta el progresismo de la Democracia Cristiana. La idea –explica el doctor en historia Robinson Silva en su libro Resistentes y clandestinos, la violencia política del Mir en la dictadura profunda (1978-1972)—era que ese movimiento sería capaz de “conectar la vanguardia con las masas”, para “crear así un ejército revolucionario que enfrentara la dictadura”. La Operación Retorno se continuaba con otro grupo de miristas destinados a Nahuelbuta, en la región de Arauco, y a las ciudades, sobre todo Santiago, Valparaíso y Concepción. En los papeles y los documentos de la conducción se argumentaba la necesidad de hacer volver a los militantes a Neltume; el destino de la misión parecía echado a pesar del sueño de los protagonistas.

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Los soldados que fueron entrevistados para esta investigación son hoy hombres de 52 años. Nacieron casi todos en 1961. Esa fue la clase que el entonces teniente Mario De Toro Gallardo llegó a seleccionar al gimnasio fiscal de La unión en marzo de 1981: hijos de familias campesinas de los alrededores de Paillaco, Río Bueno y Puerto Nuevo. El año anterior en esa zona no había habido reclutamiento. Por eso la mayoría de ellos tenía 19 años. La Unión es una ciudad tranquila, de unos 45 mil habitantes, de casas de madera como en todo el sur de Chile. En el gimnasio se los hizo desnudar y correr ante los oficiales para seleccionar a los más fuertes. Uno de ellos –lo llamaremos soldado C– recuerda en el living de su casa los ojos verdes e intensos del teniente De Toro: “Yo tenía unos lindos mostachos. El me miró y me dijo. Tu vas a ir para allá, y allá yo te voy a cortar esos bigotes”.

 

 

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La sutileza de la amenaza no alcanzaba a volver imaginable la pesadilla en la que entraban esos “pelaos”. La llegada fue brava. “De entrada conocimos lo que era estar activo todo el tiempo. Un minuto tranquilo, sin hacer algo, cualquier cosa, y llegaba el palmazo.

 

Porque pestañeabas en la guardia, porque no hacias lo que se esperaba, porque demorabas, porque tenías mal el uniforme, por cuaquier cosita venían los castigos”. Hablan parecido, hablan con las mismas maneras del sur. Lo hacen en sus casas, en algun bar, en una leñera. Lo hacen en un patio. Hablan arriba de un auto. Muchos de ellos se han negado, pero algunos prefieron recordar. Todos piden que sus nombres no se escriban. Eran 130. Insisten en el anonimato. Quieren fundirse en ese número. Los nombres de sus instructores, de los militares que los torturaron y de los que los condujeron en la montaña, de los que mataron desarmados a los guerrilleros salen de sus bocas. Y entre todos ellos se repiten los de Arturo Sanhueza Ross, Mario de Toro Gallardo, Iván Fuentes Sotomayor, Claudio Peppi Oneto, Sergio Aguilera, Hilario Nahuelpán Huayquimil, José Miguel Basaúl, Eduardo Inostroza. Y todos vieron en la montaña la sombra del conductor de la Operación Machete, que luego fue la Operación Pilmaiquén: Rosauro Martinez Labbé, el capitán del Comando.

 

“La experiencia de nosotros por años quedó en silencio, guardada. Nadie más hablo de eso. Yo traté de buscar material, de los instructores que teníamos en ese tiempo. No hay nada; traté de buscar el Teniente Mario Toro Gallardo, no sale nada. Lo único que sale es sobre el diputado por Chillan que fue nuestro capitán, Rosauro Martínez Labbé”. El hombre, canas y el porte de quien nunca dejó de entrenar, es el hijo de un sindicalista. Ha sido un guía honesto y cuidadoso para contactar a sus compañeros de la Compañía de Comandos. Se han ido encontrando durante estos años: en bodas, en las esquinas de Osorno o Valdivia, en buses, y en las iglesias evangélicas de las que muchos se hicieron fieles, después de haber abandonado el alcohol, en el que algunos cayeron cuando dejaron la conscripción. Esta búsqueda de la memoria de los soldados de Neltume comenzó hace ya tres años, cuando este cronista inició la investigación para un libro, aún en proceso, que intenta reconstruir los hechos.

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Los guerrilleros del Mir eran sobre todo jóvenes. Cinco de ellos habían sido obreros madereros en el Complejo Panguipulli, y exiliados. René Bravo, de 25; Julio Riffo, de 30; Próspero Guzmán, de 27 y Juan Ojeda, de 27, vivieron en Holanda. José Monsalve, de 27, en Canadá. Raúl Obregón, de 31, en Suecia. Pedro Yáñez, de 31, había nacido en Constitución, y venía de Francia. Dos de los hombres que fueron enviados vía la Argentina y Neuquén a cruzar caminando para instalarse en la montaña –Luis Quinchavil, de 38, y José Campos, de 30– eran de Temuco. Quinchavil, vino de Holanda, y Campos, de Noruega. Fueron detenidos por gendarmes argentinos. De la lista de once miristas muertos en Neltume, son los únicos que no cayeron bajo la metralla del Comando de Rosauro Martínez; sus compañeros creen que fueron entregados a militares chilenos. Están desaparecidos. Patricio Calfuquir, de 28, y Miguel Cabrera, de 30, jefe de todo el grupo, eran de Pitrufquen y Temuco. Cabrera –conocido por todos como Paine—había vivido dos años en una ciudad holandesa cercana a Utrech.

 

El grupo partió desde París hacia Cuba en marzo del 79, en varias tandas. Allí, en el campo cubano, se entrenaron con las técnicas vietnamitas para guerrilla rural. Fueron 25, la mayoría hombres, aunque hubo algunas, pocas y valerosas mujeres. Se buscaron un nombre: Destacamento Guerrillero Toqui Lautaro. Allí forjaron el temple y aprendieron entre otras cosas a cavar para hacer refugios en la tierra, los llamados “tatús”. La historia de la gesta mirista está contada en clave épica por algunos de los sobrevientes en un libro de buena prosa: Guerrilla en Neltume. Una historia de lucha y resistencia en el sur chileno. Lo editó LOM. Y lo firma el Comité Memoria Neltume.

 

Algunos sobrevivientes no suscriben en todo lo que el libro cuenta. Entre otros, Elsa, la única mujer que estuvo durante meses en la montaña, y que había bajado del campamento antes de la llegada de militares de media docena de divisiones armados para la guerra.

 

Las diferencias tienen que ver con la responsabilidad de los jefes miristas que orquestaron la Operación Retorno. Y con el escaso apoyo material, político y humano que tuvieron los que se aventuraron a Neltume. Solo para comprender el nivel de debilidad con el que los guerrilleros se enfrentaron a al ejército chileno es clave en la derrota que nunca se les permitió armarse. Tampoco se los dejó tomar contacto con los pobladores de la zona. Cuando el sábado 27 de junio de 1981 una patrulla de la Compañía de Comando Nro 8 del Regimiento Llancahue enviada por Rosauro Martínez Labbé los descubrió, cerca del lago Quilmo, los 12 que formaban parte del campamente no tuvieron más que correr, en bandada, hacia las quilas alrededor de las carpas, y escapar punta y codo, como habían aprendido en Cuba. Solo Miguel Cabrera, y su segundo, Raúl Obregón, sabían que los fusiles FAL y las municiones –escasas como la comida- estaban en uno de los 7 tatús que lograron construir, a un día de marcha rápida, en otro rincón de la fría, nevada, arisca montaña.

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Al principio de la investigación parecía improbable que ese hombre muerto de un tiro en la cabeza al que los jefes mostraban cuando los soldados iban llegando a la montaña, a fines de junio del 81, hubiera existido. Los militares demoraron 63 días hasta que lograron atrapar a dos de los guerrilleros, el 29 de agosto: René Bravo y Julio Riffo. El 13 de septiembre acribillaron al primer guerrillero. Durante ese tiempo los militares acosaron a los pobladores de la zona, y los torturaron para que revelaran el paradero de los buscados: creían que el MIR había hecho contacto con las bases y que se sostenían enmontañados gracias a la ayuda de estos. Es probable entonces que ese muerto exhibido por los jefes a los conscriptos haya sido un campesino al que nadie nunca reclamó y que no está por lo tanto ni en el informe Retigg ni en las listas de detenidos desparecidos que manejan los familiares. Al cabo de las entrevistas con cinco soldados, es que el muerto que no coincide con la lista de miristas abatidos es una certeza. Todos lo vieron. Verlo era el bautismo para comenzar la acción del Operativo Machete. A medida que se cotejan los testimonios de los soldados surgen nuevas víctimas. Al contar los caídos, sobran los muertos.

 

El soldado A tiene una memoria poderosa: guarda detalles que sorprenden a sus dos compañeros, a quienes llamaremos B y C. Sentado a la mesa en la casa de uno de ellos, en Paillaco, recuerda la Casa Hilton, o Rancho Hilton, como nombraron la base de operaciones que se instaló en Remeco Alto, en la montaña, entre Neltume y Liquiñe. Y el río en el que los obligaban a bañarse en pleno invierno como una manera de sostener la moral alta. Justamente ahí estaba apostado haciendo guardia con otro conscripto un día, entre las tres y las cuatro de la tarde. “Lloviznaba, hacia mucho frio, y la distancia vimos que traían a un hombre tirando, atado de las manos o el cuello a un caballo negro. Lo amarraron a un árbol. Venía ya herido, mordido por un perro. Solo me recuerdo el rostro de dolor. Le daban orden al perro pastor alemán para que lo atacara”. El relato de A coincide con otros dos soldados que en distintos momentos vieron al campesino al que interrogaban haciéndolo morder y uno que lo vio llegar al regimiento en Valdivia, donde habría muerto. “El perro era de la CNI de Valdivia, le decían Casán–dice el ex conscripto y suelta el humor campesino–. Nos reíamos de ese perro: en las patrullas quedaba colgando de las quilas pataleando en el aire, porque las cortábamos con el machete mas alto de la altura de sus patas”.

 

Mientras el ejército torturaba campesinos tratando de conseguir datos para ubicar a los doce que escaparon el 27 de junio, los guerrilleros, divididos en un grupo al mando de Miguel Cabrera y el otro al mando de Patricio Calfuquir escapaban con un solo objetivo: llegar a los fusiles y la poca comida que guardaban en dos tatús acondicionados durante ese año que llevaban en la montaña. Las primeras exploraciones fueron en febrero de 1980, los primeros campamentos en julio de ese año. En agosto llegó un contingente, y finalmente en octubre se enmontañó Cabrera, el Paine. Los problemas habían ido en aumento sobre todo por la dificultad para aprovisionarse de comida: a medida que se internaban hacia la cordillera, quedaba más atrás. Había que comer menos, racionalizar más. El estómago de los guerrilleros comenzó a achicarse. Cada uno, a adelgazar. El gasto de energías para moverse por esas montañas era superior al que habían podido en el campamento cercano a La Habana donde se entrenaron con un calor cubano. Pero ni esa escasez soportable podía darles idea del hambre desesperante que llegarían a tener cuando los descubrieron y en un segundo perdieron el abrigo, los pertrechos, los mapas, los chocolates, las latas de conservas, el aceite, el arroz, los porotos, todo lo que pensaban comer.

 

Los soldados reunidos en Paillaco repasan el entrenamiento en la Compañía de Comandos y hablan de comida. El primer mes conocieron, además del carácter de cada instructor y la manera de pegar con la palma abierta, con la culata del fusil, con el puño, el espantoso hambre. El día que recibieron visita por primera vez los advirtieron: apenas podían tocar la comida que sus madres les habían preparado; no debían saciarse. Ninguno hizo caso. Los 130 se dieron una bacanal de empanadas, de chancho, de patos de campo, de pollos de sus propios gallineros, de calzones rotos, de mote con huesillos, de leches asadas, de torta de hojas. Cuando sus madres se fueron y volvieron a las barracas escucharon el grito de los tenientes de Rosauro Martínez. Cuerpo a tierra. Punta y codo. Abdominales.

 

Cien. Fuerzas de brazo. Saltos de rana. Cien. Hasta que cada uno vomitó todo lo que había comido no pararon. Los instructores de Rosauro eran tipos duros, formados como él por las técnicas norteamericanas con que se educaron los soldados que habían ido a perder a Vietnam. Y repetían el método.

 

La comida, como elemento central de una forma de dominación. El soldado A suele soñar con un campesino al que le tocó cuidar mientras lo torturaban. “Un día nos encontramos en Remeco Alto a un campesino, en el sector norte, para el lado del Lago Quilmo. El venía a caballo con un quintal de harina en el lomo. Lo tomamos prisionero con el teniente Claudio Peppi Onetto. Fue bajado del caballo cuando se le pidió la identidad y uno de los apellidos concordaba con uno de los que buscaban. Lo llevamos a Remeco, a una zona donde hay galpones. Le dieron una pala y le dijeron que empezara a cavar, que si no hablaba y decía donde estaban, ahí mismo lo iban a enterrar. El no decía nada, no sabía nada, era un campesino nomás po. Y se quedaba callado. Cavaba y lloraba en silencio. Nos obligaban a darle mantequilla de maní, que venía en las raciones NA del ejército (insumos norteamericanos), y galletas de agua. Con esa mezcla que tenía que comer y tragar rápido, y entre su llanto, y comer se le gastaba la saliva y se ahogaba. Al hombrecito al final lo trasladaron y ya no supimos lo que pasó con el”.

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Faltaban días y noches de frío y hambre para el final. Las muertes se sucederían sin pausa recién después del 29 de agosto. Dos mil hombres entrenados, todos los jefes de la Compañía de Comando de Martínez Labbé, los de la Unidad Anti Terrorista (UAT) conducida por el capitán Conrado García –ahora procesado por tres de los homicidios –, los del Regimiento Cazadores, los del Maturana, los de la CNI, entre ellos los de Anti Terrorismo y los de la Brigada Azul –creada especialmente para eliminar militantes del Mir en todo Chile– no habían podido a lo largo de 63 días ni siquiera herir a uno de los doce guerrilleros. La montaña se los había tragado. La montaña los protegía. Y si no hubieran persistido en la aventura, si no hubieran creído que aún deshechos y debilitados como estaban podrían conseguir ayuda de sus jefes en Santiago para resistir, hubieran vuelto caminando a la Argentina, o se hubieran ido desplazando de a poco hacia “el llano”, como le dicen allá arriba a la tierra menos escarpada que desciende hacia Panguipulli, Temuco y Valdivia.  

 

 

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Perdidos en dos patrullas los del Toqui Lautaro se habian reunido finalmente en uno de los refugios 42 días despues de que los descubrieran. Habían podido hacerse de los fusiles que Paine guardaba en un tatú, pero en las reservas había apenas un par de kilos de arroz, una bolsa de porotos y algo de leche en polvo. Era todo. Comieron durante semanas una especie de sopa en la que a cada uno le tocaban diez porotos. Y luego, como postre, una cucharadita de azúcar. El hambre los adelgazó hasta los huesos y les quitó las defensas; se enfermaron. El frío gangrenó la pierna de Pedro Yañez hasta que hubo que amputarla con una cortapluma. A varios los comenzó a devorar el pie de trinchera: una infección que viene con las bajas temperaturas y ataca los dedos de los pies. En la bota de Yáñez, que supuraba a cada paso, los demás veían su propio destino. Todos los sobrevivientes coinciden: ni en el más doloroso de los momentos hubo quejas. La entereza moral del grupo era increíble. Resulta difícil configurarse esa ética guerrillera del sacrificio, pero hay que pensar que cada uno de ellos estaba allí con “la firme idea de derrotar a la dictadura”.

 

A fines de agosto se decidieron: cinco de ellos debían bajar a buscar ayuda. Con dificultades para dejar la zona se dividieron en dos grupos: tres por un lado, y Riffo y Bravo por otro. Mientras el trío logró sortear los pueblos y llegar a Temuco, los otros dos avanzaron sin problemas hasta Huellahue, un paraje antes de Lanco. El hambre los empujó hacia el enemigo. Pidieron comida en una casa de campo.

 

Los lugareños los ayudaron, y les recomendaron un rincón cercano para descansar. Mientras tanto les avisaron a los policías. Sólo tenían una pistola con un cargador. No llegaron a usarla. Detenidos fueron llevados a Lanco, y luego a Valdivia. Dos soldados aseguran haberlos visto allí, porque los encerraron unas piezas en las debieron custodiarlos. Se los llevaron en helocópteros. “Nadie duda de que fueron trasladados por la CNI a Santiago para ser torturados. Es casi de lo único de lo que no tenemos pruebas. Pero un mirista que fue luego interrogado por los mismos torturadores contó que a él le decían que había hablado muy pronto, no como sus compañeros de Neltume a los que tuvieron que darles muchos días”, cuenta una fuente que conoce la investigación de esta trama. No es necesario detallar la crueldad de los interrogatorios de la CNI y la DINA. Los jóvenes neltuminos conocieron el abismo del dolor. Y en esas condiciones fueron devueltos a su zona para guiar los pasos de sus asesinos. Los militares supieron que sin tortura no había chance de llegar al resto. El fracaso de su acción militar masiva era vergonzozo. A tal punto la detencion de Bravo y Riffo cambió las cosas que la Operación Contraguerrillera Machete terminó el 29. Y entonces comenzaron la Operación Pilmaiquén.

 

En la causa que investiga Emma Diaz, la Ministra en Visita Extraordinaria de la Corte de Apelaciones de Valdivia, en el expediente 1675-2003, se acumulan los testimonios de algunos militares que participaron del operativo. Al menos tres admiten lo mismo que asegura el soldado C, solo que no revelan el costado siniestro de la escena. “Nos llevaron a unas cabañas en las termas de Liquiñe. Ahí estábamos una patrulla de la Compañía de Comando –al mando de Moscardón– con la CNI; y ahí tenían a dos hombres jóvenes. A esos dos cabros los sacaban a buscar a sus compañeros a la montaña”, contó el ex conscripto. A ese testimonio se suma el del soldado D, entrevistado en La Unión hace dos años: “en septiembre los tuvieron varios días caminando por la montaña para que se encontraran con sus compañeros guerrilleros. A uno lo ataban con un lazo a la cintura y lo largaban varios metros adelante. Así fue como terminó encontrando a los otros y uno de ellos salió muerto”.

 

Es uno de los pasajes más difíciles de esta historia. El 13 de septiembre uno de los jóvenes en manos de Mosquetón y la CNI no pudo evitar el encuentro con sus compañeros, pautado varias semanas antes, cuando decidieron que un grupo se alejaría hacia el llano para buscar ayuda. Los que quedaban en la montaña, desesperados por el hambre y la enfermedad, esperaban la ayuda de la Dirección del MIR. El joven guerrillero silbó el canto de un pájaro austral tal como había convenido: ese canto significaba que la ayuda estaba presta. Así, los demás le salieron al encuentro. Y la balacera comenzó. Los fusiles y las ametralladoras del ejército dispararon. Los del MIR eran dos: respondieron, pero sobre todo intentaron escapar. Era imposible defenderse: no era una guerra, mucho menos una pelea igualitaria. La superioridad de fuerza de los militares era total. Aún así en la emboscada no fueron exitosos: solo le dieron a uno. Mataron a Raúl Obregón Torres.

 

Los demás avanzaron. A Pedro Yáñez Palacios la amputación de la pierna no le había frenado la infección. Ya no quiso seguir, y se quedó solo en una especie de cueva, bajo el tronco de un árbol, que hacía de escondite, con un fusil FAL y un cargador. Pasó allí varios días. Al final desvariaba del dolor. Lo escuchó una patrulla que conducía el teniente Mario de Toro Gallardo. “Dicen que les dijo milicos de tal por cual”, cuenta el hijo del baqueano. Y el soldado A, el mismo que conoció el rigor de Toro Gallardo cuenta que fue el teniente el que casi lo secciona con su ametralladora. Con Yáñez ya eran dos los abatidos. Para entonces el capitán Martínez seguía todo desde una casa de familia, la del baqueano que los guiaba por la montaña, Juan de Dios Osval Peña, un hombre ya mayor al que los militares le decian “Tata”. Entrevistado por María José Flores, profesora de historia de la Universidad de Los Lagos –autora de una tesis en torno a lo ocurrido en Neltume– su hijo, Isrrael Enrique Peña Patiño, recordó al entonces joven Rosauro. “El capitán Martínez fue una persona relevante. Era el que mandaba. Por el hecho de que mi papá trabajara con ellos había una protección especial sobre nosotros, nos cuidaban en la noche”, dijo. Enrique Peña estaba en primero básico, y sabe que era primavera porque los incidentes fueron después de la última nevada de ese año. Martínez pasaba mucho tiempo en su casa a la espera de que sus hombres dieran con los guerrilleros. En agradecimiento, el propio Martínez visitó al Tata Peña un año después y le llevó de regalo una fotografía en la que se ve al baqueano rodeado de soldados marchar por la montaña. “El capitán se encargo de tomar la foto y de regalársela a mi papá. El la agrandó, y le dijo: ‘Tata aquí le traigo un recuerdo para que nunca de olvide de su trabajo en Neltume’. Dice mi papá que ellos iban caminando y de repente este capitán Martínez, corrió y les pegó un grito para que se alinearan y él de arriba de un tronco les sacó la foto”. En esa visita Martínez le ofreció al baqueano una casa amoblada, una jubilación y estudio para su hijo, el niño al que le había enseñado a leer. Pero don Peña no quiso. “No aceptó –contó el hijo– porque ser guía tampoco fue algo que él hizo a buena voluntad, sino que ‘voluntariamente obligado’, como solía decir”.

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Israel Peña también recuerda cómo en septiembre del 81, cuando algunas nevadas todavía blanqueaban la cima de la montaña, su padre llegó a contar que habían matado a tres en Remeco, en la casa de doña Floridema Jaramillo. La mujer era la madrina de José Eugenio Monsalve Sandoval. José, nacido en Neltume, escapaba del cerco militar junto a Patricio Calfuquir Henriquez, y Próspero del Carmen Guzmán Torres. Los empujaba la inanición. Calfuquir tenía los pies infectados, volaba de fiebre. Acorralados decidieron quebrar con el mandato de las jefaturas del MIR: no tomar contacto con lugareños. Doña “Flora” lo había visto crecer, tenía que ayudarlo. Era su madrina, la comadre de su mamá. Les abrió la puerta, les hizo sopaipillas, y hasta le prestó la cama al enfermo. Pero muerta de miedo –dijo luego–, hizo lo que el capitán Martínez le había pedido a todos los campesinos: avisar si veían a los buscados. Mandó a su hijo Juan Carlos Henríquez Jaramillo, de 15 años, a alertar a los pacos. Los pacos pasaron a avisarle al capitán Martínez. Fue el primero en llegar a la casa.

 

En la causa en la que los abogados Magdalena Garcés y Vladimir Riesco pidieron el desafuero de Martínez es clave esta escena ocurrida hace 32 años. Los querellantes son las familias de los tres jóvenes miristas: acusan al diputado de RN por homicidio calificado agravado por premeditación y alevosía.

 

El diputado Martínez Labbe es un símbolo de cómo la dictadura de Pinochet se camufló en el juego democrático y logró con votos, lo que había conseguido a sangre y fuego en los peores años del régimen. En diciembre, fue como representante del distrito 41 que incluye las comunas de Chillán, Chillán Viejo, Coihueco, Pinto, San Ignacio, El Carmen, Pemuco y Yungay de la Provincia del Ñuble. Anteriormente había sido Alcalde de Chillán. Y no es el único político sospechado de haber participado en la represión.

 

Para una sociedad en la que ya 520 condenados por crímenes de lesa humanidad hay quizás es difìcil comprender la naturalización y el silencio en la sociedad chilena frente a estos casos. La médula de esta investigación fue publicada en el sitio Ciper chile, de investigación, dirigido por Mónica González. Sin embargo, la prensa oficial chilena calla. El cerco de protección de los medios chilenos sobre figuras como Martínez LB parece de un blindaje impenetrable. Acaso, el lunes 7 de abril cuando sea confirmado que Martínez Labbe deba sentarse frente a la Corte de Valdivia, que juzgará si se lo desafuera de la protección que le da su cargo de diputado, los diarios y las revistas deberán hablar sobre el tema.

 

Las pruebas, según los abogados, dejan claro que Martinez Labbé encabezó una operación comando no para lograr detener miristas, sino para eliminarlos; que además se hizo con una “superioridad de fuerzas abrumadora”, y que como era imposible que las víctimas se defendieran con algún éxito, se “actuó sobre seguro”. De hecho no hay un solo militar o soldado rasguñado por un tiro de FAL mirista. Las únicas bajas fueron las de un conscripto muerto por una ráfaga que se le escapó a un oficial, y el suicidio de un sargento.

 

Uno de los testimonios que inculpan a Martínez Labbé es el del sargento de carabineros Alfonso Rosas, jefe del destacamento Neltume. En su declaración cuenta que cuando llegó a la casa el capitán habló con Flora. La mujer le avisó que los guerrilleros estaban durmiendo. Martinez dio instrucciones de cercar el lugar. Rosas se quedó en parte de atrás de la casa, Martínez la rodeó por el cerro hasta quedar en el frente. Esperaron a que llegaran más de 30 hombres de la Compañía de Comando Llancahue. Entonces atacaron.

 

En La Unión hay dos soldados que estuvieron allí. Aunque se los contacta, se niegan a hablar. Faltan a las citas. Dejan de atender el teléfono. Pero la memoria no tiene dueños: entonces, por las noches, cuando los jefes militares dejaban de acosarlos, los pelados se reunían a conversar. Los entrevistados por Ciper recuerdan los relatos. “A Martinez Labbé no solamente lo vieron que mandaba, él también disparó. Se acuerdan clarito porque cuando quiso disparar su ametralladora se le trabó. Entonces la tiró a un lado y le quitó la que llevaba Inostrosa, el que andaba con él y salió la balacera”, relata el soldado B.

 

Inostrosa existe. Se llama Eduardo Alberto Inostrosa Reyes y era cabo 1ro de la Compañía de Comando. En su declaración el cabo cuenta esa tarde, lo del niño, la balacera. Y deja caer: “De la casa salió un joven que fue impactado por alguno de la patrulla de llegada.

 

Por una ventana salió otro que logró escapar aunque le dispararon al parecer en la espalda”. Da cuenta así del final de Calfuquir, que muere habiendo gastado el cargador de su FAL, adentro de la casa. La autopsia indicó cinco disparos el cráneo estallado. De Prospero Guzmán, el que salió al frente y recibió 28 balazos de sub ametralladora, con el cráneo también deshecho. Y del final del ahijado de Flora, José Monsalve, que herido escapó por la montaña hasta que no pudo avanzar más y quedó tirado en una quebrada. La declaración de Inostrosa coincide con la de Juan Carlos Henríquez Jaramillo, el jovencito que corrió a avisarle a los carabineros. El chico contó que el capitán le dijo a su madre:

 

“Señora le vamos a destruir su casa pero se la vamos devolver, ante lo cual su madre dijo que bueno. El capitán inmediatamente dio la orden de fuego”. Juan Carlos también contó el final de José, que era una especie de primo para él, que se había arrastrado herido hasta la quebrada: “Le dispararon y lo mataron ahí mismo, a una distancia de cinco metros más o menos. Él estaba arrollado bajo unos coligues y no tenía el fusil en sus manos pues éste estaba a unos cinco metros al lado de una mata de chilcos. No le dijeron que se rindiera porque la persona estaba arrollada debajo de los coligues, herido, como escondido, y no disparó contra los militares”.

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El soldado D también tiene pesadillas en la montaña. Más avejentado, lejos de todo deporte, acepta contar la historia sentado en su auto. La larga de un tirón, no mide las palabras. Es como si hubiera estado allí esperando a que alguien le preguntara. “El jefe nos dijo: soldados, es feo matarse entre chilenos, pero hay que hacerlo porque estos tipos no pueden volverse vivos”. Fue el 21 de septiembre del 81. Eran los últimos muertos de una semana que había comenzado el 13 con la de Raúl Obregón en la emboscada; y había continuado con la masacre en la casa de Flora Jaramillo. Durante varios días el soldado, y al menos tres militares que declararon ante la justicia vieron a Julio Riffo y René Bravo cautivos de los hombres de Mosquetón y de la CNI: dormían en las cabañas de las termas de Liquiñe que eran usadas como campamento militar. Los detenidos eran conducidos, dice el soldado, por Arturo Sanhueza Ros, uno de los tenientes de Martínez Labbé.

 

–¿Donde los vio?

 

–Esos los anduvieron trayendo por toda la montaña. Eran tres. Los llevaban para arriba, había un caminito, como una huella que le llamaban y ahí lo echaban correr pa allá como un lazo de 20 metros, buscando sus amigos. Les pedían que busquen a sus amigos para que hagan contacto.

 

–¿Quien los tenía, qué jefe?

 

–Sanhueza. El teniente Sanhueza.

 

Al soldado los días se le confunden, pero está seguro que todo ocurrió entre el 15 de septiembre y el 20 y tantos. Pasaron 32 años. La vida después de la operación Pilmaiquén continuó también para los militares, y para Sanhueza Ross, premiado por su actuación en la montaña, con un ascenso. Se convirtió en “El Huiro”, jefe de la Brigada Azul, dedicada a la persecusión del MIR, y fue uno de los más sanguinarios miembros de la CNI. Fue procesado como uno de los asesinos del periodista de la revista Análisis, José Carrasco, por participar de la Operación Albania, y por el crimen de cinco frentistas desaparecidos en 1987.

 

El soldado D recuerda el frío de ese septiembre, la nieve que lo cubría todo en ese paraje cercano a Liquiñe. Estaba junto a otros dos conscriptos de la Compañía de Comandos manejada por Martinez Labbé cuando llegó una camioneta Toyota de la que bajaron a tres hombres. “Conversamos nosotros con uno de sus ellos y el preguntamos qué tenía, porque andaba cojiando. Nos dijo que tenía congelamiento en los pies, en el dedo gordo, ese ya habia desaparecido. Lo tenía amarrado. Eran tres, dos eran guerrilleros, el otro era uno que decía que el les había dado remedios nomás”. Todo indica que se trataba de Riffo y Bravo. No hay indicio alguno de quién puede haber sido el campesino. Es otro muerto que sobra, que no está en las listas de víctimas de la dictadura.

 

–Es que los milicos juntaban un lote grande y después los fusilaban.

 

–¿En qué lugar fue el fusilamiento?

 

–Ahí, en Liquiñe, como cinco kilómetros pa tras. Fue ahí en un acantilado. Puta, si yo pudiera recorrer esos cinco kilómetros, yo cacho al tiro dónde es. Es un camino precordillerano, una huella nada más. A ellos los bajaron la Toyota grande y con su cruz al hombro. Pero si fue lo mismo que cuando tu ves una de esas películas en las que Jesucristo caminó al calvario, lo mismo, pero tal cual. Eran unas cruces de guaye, amarrados con alambre así nomás. Amarrados de acá –señala la muñeca de un lado–, y del otro lado –hace el gesto de amarrar en la otra–.

 

“Es feo matarse entre chilenos, ustedes no han visto nada”, les dijo el jefe de la operación. Y los dejaron a la espera. Escucharon los disparos. Y entonces les tocó el trabajo de enterrarlos.

 

–Ahí los sacamos de la cruz y los envolvimos en polietileno. Tuvimos que esperar a que los vinieran a buscar. Yo tenía mucho miedo.

 

–¿A qué le tenía miedo?

 

–¿A qué va a ser po? A los muertos po. Día y noche estuvimos con ellos. 


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