El documental sobre la vida del ex preso de Guantánamo refugiado en Uruguay fue el resultado de meses de negociación y de varios compromisos incumplidos al momento de grabar. La periodista Gisela Busaniche cuenta las dificultades de entablar un diálogo con Jihad Diyab y cómo, al principio, la rechazó como entrevistadora por ser mujer. El backstage de un documento periodístico único que muestra cómo era la vida del ex detenido en Montevideo antes de que huya y se convierta en uno de los hombres más buscados del planeta.



Fotos: Anfibia/Docs

 

 

 

Cuando lo conozco no me mira a la cara. Se limita a extender su brazo para saludar e inmediatamente comienza a hablar en árabe con otro ex detenido. Será una entrevista difícil, pienso, de esas que quedan en la historia. Este hombre romperá todo lo pactado. Quizás eso sea parte de su forma de vida. Finalmente nadie lo respetó a él. Antes y después intentará evitar que lo entreviste. Una mujer entrevistando a un musulmán dogmático, víctima de la violencia de los Estados Unidos durante casi toda su vida, pero sobre todo, durante los últimos 12 años en los que estuvo detenido en Guantánamo, la cárcel sin ley, el encierro ilegítimo, el infierno preventivo.

 

Después de meses de negociación, de preparación y estudio junto a María Mendez, un equipo de Anfibia/Docs -integrado por dos realizadores, un productor y quien escribe, encargada de llevar adelante la entrevista- viajó a Montevideo para dialogar con uno de los 6 de Guantánamo, como los llaman en Uruguay. Jihad Diyab iba a contarnos su historia. Iba a dejarnos entrar en su memoria y mostrarnos su vida después de Guantánamo. Pero, claro, no todas las pautas establecidas se cumplieron. No todo lo garantizado por teléfono, por Skype, por correo electrónico y por chat durante meses y meses, sucedió. Todo terminó siendo un tire y afloje. Cada decisión fue debatida con referentes de organizaciones de izquierda, de apoyo a los ex detenidos, de la central obrera uruguaya. En conclusión: sólo íbamos a saber qué sería lo que tendríamos cuando estuviéramos allí, en la misma habitación que él, hablando en inglés, con traductor de por medio, buscando un acuerdo.

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Quince minutos después de conocer a Jihad nos aclaró que no hablaría de su vida. Sólo quería tocar dos temas: denunciar la situación de los ex detenidos en el mundo y la masacre que está ocurriendo en Siria, su país. Después de un día de debate, finalmente, la negociación logró encausarse: la primera charla, de dos horas de duración, sería en la costanera de Montevideo, frente al Río de la Plata. Fue una propuesta del equipo de Anfibia, que pensaba el lugar como una bocanada de oxígeno, que como fondo podía dar la idea de libertad. Era paradójico: hablar del encierro en un espacio abierto, libre y con un horizonte.

 

Pero para Jihad no había sensación de libertad alguna. A pesar de que ya no estaba en una celda de dos metros por dos se sentía más encerrado que nunca. Es que el idioma, la idiosincrasia, la cultura y la soledad lo hacían sentir peor que cuando estaba en Guantánamo, aseguraba. Jihad caminaba con las muletas por la costanera oriental, a paso lento, mirando hacia abajo. Serio, muy serio. Era apenas un huésped del aire, un misterio echado al viento y, para mí, hasta hoy, un rayo imposible de pronosticar.

 

Los problemas no se filman

 

El sol se reflejaba en el Río de la Plata, era la escena deseada. La puesta estaba casi armada. Jihad se sentó en la rambla y su amigo, también ex detenido y el elegido para traducir del árabe al inglés sus palabras, se acomodó a mi lado. Jihad observó cómo me sentaba delante de la cámara y no lo soportó. Era la primera vez que me miraba a los ojos. Lo hacía intensamente. Me dijo en el inglés, que supuestamente no habla: ”You can not be in the picture”.

-¿Qué? ¿Qué no puedo estar en la imagen? ¿Por qué?

-I have my reasons- respondió.  

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“Otra vez”, pensé yo. “Tengo mis razones” era la respuesta que repetido durante la negociación cuando no podía o no quería dar explicaciones. Con el equipo habíamos hablado mucho sobre su temperamento y comportamiento. No esperábamos un entendimiento inmediato ya que hablábamos dos idiomas diferentes y en el sentido más amplio. Para Jihad, que yo le hiciera las preguntas no era correcto. Para Jihad, que yo caminara a su lado no era normal. Para Jihad, Alá lo estaba poniendo a prueba.

 

Recordé entonces mi experiencia con los musulmanes, grabando meses atrás la sección Comunidades para Telefe Noticias. Se trataba de un informe de diez minutos donde contábamos cómo viven las distintas colectividades en la Argentina. Había compartido mucho tiempo con las mujeres del Islam. Eran mujeres con personalidad, con iniciativa, tomaban decisiones, la diferencia era que usaban un pañuelo como velo. Me habían explicado que ellas elegían usarlo, que era parte de su tradición y que cuando escuchaban que alguna occidental les decía “pobrecitas”, ellas querían contestarles que no eran sometidas, que creían en el Corán tanto como ellos.

 

Esa mañana, cuando armé la mochila, puse un pañuelo. Cuando lo guardé pensé que mi objetivo era no usarlo, pero lo llevaría por las dudas. Horas más tarde llegó el conflicto. Jihad dejó muy clara su postura: no podía estar junto a él en el mismo plano. Fue cuando miré al productor preocupada.

 

-¿No podes? ¿Por qué?-, me preguntó.

 

-Supongo que porque soy mujer. Hace la entrevista vos-, respondí.

 

-¡No! para eso estás vos. Vos te preparaste. La hacés vos-, me dijo.

 

Pensé. Pensé en el documental. Pensé en mi trabajo y fui hasta mi mochila, saqué el pañuelo, me lo puse en la cabeza, tapé mi cabello, miré a Jihad y le dije un tanto enojada:

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-¿Y ahora? ¿Ahora puedo estar en la imagen?-

 

Él vio todo, y con sorpresa, como si le hubiera ganado una partida, me respondió con una mueca cuyo ángulo simulaba una sonrisa:  “Sí. Ahora sí.”

 

Comenzó la grabación. El camarógrafo pulsó la tecla Rec.

 

-¿Cámara?-

 

-Anda-.

 

-¿Sonido?-

 

-Anda-

 

-Empecemos-, ordenó el productor.

 

Ese fue el comienzo de la entrevista para el primer documental de Anfibia/Docs, “La Vida después de Guantánamo”.

 

Encierro ilegal

 

Doce años estuvo detenido Jihad en la cárcel de Guantánamo, una de las consecuencias directas del atentado a las Torres Gemelas, en 2001, cuando el entonces presidente George Bush hijo declaró oficialmente al mundo que comenzaba la “guerra contra el terrorismo”. La base militar estadounidense en la isla de Cuba se preparó sigilosamente para albergar a cientos de detenidos que llegarían apresados desde Oriente Medio, casi todos ellos de manera ilegal. Es que la ilegalidad no era un problema para el gobierno de los Estados Unidos, ya que la cárcel está en territorio cubano, ocupado también de manera ilegal desde 1903. 

 

Fue a principios del siglo pasado cuando Washington tomó posesión “hasta que lo necesitasen” de la Bahía de Guantánamo mediante la imposición de un Tratado. Desde entonces, el gobierno cubano declaró en muchas ocasiones que no aceptaría ninguna negociación que no sea la retirada incondicional de las tropas extranjeras de su tierra y que no intentaría recuperar sus legítimos derechos mediante la fuerza, así que espera desde 1903 que la justicia se imponga, tarde o temprano. Justicia por Guantánamo, una paradoja.

 

Fue allí, donde no hay Justicia, en los casi 118 kilómetros cuadrados que ocupa la base militar de la mayor potencia mundial, que se alojaron a casi 800 personas llevadas durante los años más duros de la “guerra santa” de republicanos y demócratas contra su enemigo más reciente: el fanatismo islámico.

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Prisioneros de 42 países, en su gran mayoría afganos y pakistaníes, vivieron las torturas y vejaciones en nombre de esta “guerra preventiva” contra el terrorismo. Sólo diez de ellos fueron sometidos a un proceso judicial, pero bajo las estrictas leyes marciales estadounidenses. El resto pasó entre 10 a 14 años encerrado sin ser acusados o condenados por delito alguno. Hoy todavía permanecen ahí unos 80 detenidos, esperando ser trasladados. Esperando la libertad, o algo parecido.

 

Todos Brothers

 

Jihad Diyab los llama “Brothers”. ¿Son tus “hermanos”?, le pregunto. “Son mis hermanos porque Guantánamo nos unió, están en mi misma situación, abandonados, sin papeles, sin dinero y sin familia”, explica durante la entrevista pautada, también de dos horas, en su casa transitoria.

 

Llegamos temprano. Jihad terminaba de rezar mirando hacia la Meca, como lo hace cinco veces por día. Atravesamos el zaguán, el comedor, un pasillo y llegamos a su habitación, que da hacia una ventana al centro de Montevideo. Sus paredes son naranjas, tiene una cama matrimonial, una alfombra, un taburete de pintor y láminas pintadas por él de paisajes, casi siempre el mismo paisaje, dominado por el color negro, amarillo y rojo.

 

Jihad tiene problemas para dormir y para comer. Además siempre se queja del dolor de su espalda, rota por los años de tortura. Había prometido mostrarnos el mameluco anaranjado que es símbolo de la prisión ilegal y con la que ahora el Estado Islámico, el ISIS, viste a cada una de sus víctimas occidentales.

 

-No-, dijo.

 

-¿Por qué no?-

 

-I have my reasons- repitió y me miró a los ojos por segunda vez para pedirme el pañuelo árabe que cubría mi cabeza. “Cuando terminemos la entrevista, quiero tu pañuelo”. Dije que lo pensaría.

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Al lado de su cama, estaba su computadora portátil. Pidió que nos sentemos y nos comunicó vía Skype durante las dos horas pautadas con sus hermanos ex detenidos que ahora viven en Portugal, Kazajistán y Georgia. A miles de kilómetros y con distintas horas, todos repetían las mismas palabras que Jihad: “nos abandonaron”, “estamos solos”, “enfermos”, “nos sentimos más presos que en Guantánamo”, “esto es el infierno”, “¿dónde está nuestra familia?”, “¿cuándo volveremos a nuestra tierra?”.

 

Según los documentos oficiales norteamericanos filtrados por WikiLeaks, los ex detenidos eran combatientes y presuntos terroristas de Afganistán y Pakistán, en donde recibieron entrenamiento en manejo de armas. Para la CIA, Jihad Diyab, de 43 años, era miembro de la red global conocida como Al Qaeda desde 1990 y era el encargado de falsificar documentos y pasaportes para que los extremistas pudieran viajar por todo el mundo. Él niega estas versiones, dice que era vendedor de miel en Afganistán cuando comenzaron los bombardeos norteamericanos y que huyó a Pakistán, donde fue detenido el 1 de abril de 2002.

 

Cuando le preguntamos acerca de Bush, contesta sobre Barak Obama. Dice que Bush era coherente pero que Obama es el peor, porque prometió lo que no cumplió: la libertad y el cierre definitivo de la cárcel de Guantánamo.

 

Es que el presidente demócrata presentó en febrero de este año, el último de su doble mandato, un nuevo plan para cerrar el centro de detención, una medida que prometía desde su campaña electoral de 2008. Pero sólo fue una promesa: sin mayoría parlamentaria era imposible.

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“Durante muchos años, ha sido claro que la prisión de Guantánamo no colabora con nuestra seguridad nacional sino que la socava”, dijo Obama y explicó que “es contraproducente en nuestra lucha contra el terrorismo porque lo usan como propaganda para reclutar terroristas”. Cuando Obama asumió el poder en enero de 2009 había 245 presos. Ahora tiene planeado transferir a los 35 detenidos ya aprobados para su liberación a terceros países a través de acuerdos bilaterales, que muchas veces incluyen una promesa de ayuda financiera. Para esto no necesita la aprobación del Congreso.

 

Libres, pero no tanto

 

58 países decidieron brindar asilo a los liberados de Guantánamo, entre ellos Uruguay, único en el continente americano que mostró voluntad de colaborar con los presos. No fue una decisión fácil para el entonces presidente José “Pepe” Mujica, quien además sorprendió cuando informó de esa decisión.

 

Fue que una madrugada de diciembre, en 2014, sin que los medios pudieran estar presentes o tomar imágenes, que seis hombres, entre ellos Jihad, llegaron desde la base militar a Uruguay. Fueron recibidos por las autoridades gubernamentales y alojados en una casa que prestó para la ocasión la central obrera uruguaya PIT-CNT. Allí vivieron durante estos años, tratando de acostumbrarse a otra cultura, a otro idioma y sobre todo a esperar poder reunirse con su familia, como le habían prometido sus captores.

 

Lo que podría haber sido un sueño de libertad, terminó siendo una pesadilla para los ex detenidos y quienes los rodeaban. Dos de ellos se casaron con uruguayas convertidas al Islam, que ahora los denuncian y piden ayuda a la Justicia. Los acusan de violencia y abuso. “Era un corderito que terminó siendo un lobo”, lo describe Irina, que pasó a ser Fátima cuando abandonó la fe católica y comenzó a usar velo. Su ex marido, Omar Faraj, le prohibía hablar, la violaba y la golpeó ocho veces.

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Roma Blanco también se casó bajo la ley islámica con el ex detenido Abdul Din Mohamed. Y hace unos meses decidió divorciarse. Apenas se enteró que estaba embarazada se alejó de él y pidió a las autoridades judiciales una restricción para que Abdul no pueda acercársele. Tiene miedo de que algún día se lleve a su hija.

 

El pañuelo de Jihad

 

Mientras leíamos las noticias de la violencia de género ejercida por los ex detenidos, nos enteramos de que Jihad Diyab se escapó de Uruguay a Brasil por la frontera del Chui con un pasaporte falso. Ese rostro que van a ver en el primer documental de Anfibia/Docs está siendo buscado en toda Latinoamérica. ¿Nos sorprendió? No. Se trataba de un hombre duro, de convicciones firmes y con el único objetivo de volver a Siria a reencontrarse con su familia. Los servicios secretos investigan si contó con el apoyo de una red o si fue una fuga aislada, lo cierto es que Jihad no es más un huésped caminando a paso lento por las calles de Montevideo.

 

Aquella vez, cuando nos despedimos, me saqué el pañuelo y se lo di. Sentí un poco de alivio por haber terminado una entrevista que resultó ser una negociación permanente. Un encuentro difícil, eso fue. Cuando lo recuerdo, me invade su mirada dura, implacable. Recuerdo su deseo más profundo: que Siria vuelva a ser un país sin muertes. Él ya perdió a un yerno y a su hijo menor. Su madre está en un campo de refugiados y su mujer espera la orden de volver a verlo en la frontera con el Líbano. Pero Jihad, evidentemente, no esperó las vías oficiales. Nunca creyó en ellas. Ahora recorre otro camino, busca su libertad, aunque sea un prófugo y lo busquen por cielo, mar y tierra. Habrá tenido sus razones, pienso. Y me pregunto si todavía tendrá el pañuelo que le regalé.


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