1. Messi venció al tiempo
Pobre Oscar Wilde, que murió antes, mucho antes, de que brotara Messi. Pobre él, que escribió El retrato de Dorian Gray y abordó, como pocos, la aventura humana e inhumana de desafiar y de imponerse a la arrogancia de los relojes y de los calendarios. Pobre él y pobres todos quienes imaginaron y narraron, desde la literatura, desde la metafísica o desde donde pudieron, victorias fugaces contra un adversario que espera y no desespera, pero nacieron y partieron sin llegar a ver al 10 argentino engalanando el césped. Messi lo hizo. Hay miles de conjeturas sobre cómo y por qué, pero ninguna suficiente a pesar de los intentos de los entrenadores, los preparadores físicos y los médicos: a los 39 años, volviendo anteúltimo al Mundial campeón de Qatar al que hasta él caracterizó como el último suyo, jugó como nadie en las canchas de los Estados Unidos, destartaló a adversarios una o dos décadas menores, lideró a la Selección Argentina hasta el subcampeonato, metió más goles (8) que en cualquiera de sus aventuras mundialistas previas, vulneró récords soplando como un viento sin resistencias y dejó flotando la sensación de que, más allá de lo que anuncie o no anuncie sobre su porvenir, si se le ocurriera ponerse los pantalones cortos y la ropa celeste y blanca dentro de cuatro o de cuarenta años, no habría modo de contenerlo y se ratificaría como el mejor. Genial, su cuentakilómetros marcó menos distancias que los de casi todos sus colegas, pero siempre llegó más rápido al lugar necesario. O sea que no sólo venció al tiempo sino que se comportó como si fuera su dueño. Y generó eso justo en un tiempo en el que si algo mutó es la idea del tiempo. Esta fase del capitalismo se distingue, entre otros ejes, por la aceleración de cada cosa, en particular de la circulación de las mercancías. Decenas de ensayistas lo estudian, lo escriben y lo caracterizan desde diversas perspectivas. También Messi descompagina o desafía esos esfuerzos intelectuales, a pesar de que las mercancías que incluyen la cara o el nombre de Messi también trepidan. Todo el tiempo en este tiempo todo se va. Y se va muy rápido. Salvo Messi. Por ahí Messi no es Messi: es el tiempo jugando al fútbol.
2. Lo que brilla en el planeta
En el cosmos de la pelota, Messi es como nadie pero un trazo del Mundial fue su cielo de superestrellas. El gran Manuel Vázquez Montalbán, catalán y devoto de las canchas, caracterizó a la edad que siguió al retiro de Diego Maradona como una religión en busca de un Dios (así tituló una de sus obras). Como murió en 2003, se perdió al nuevo Dios (Vázquez Montalbán definía al fútbol como “la mayor religión laica" de esta época), pero en ese trabajo ya desmenuzó razones y sinrazones sobre la construcción del fútbol como un territorio que, si no localiza dioses, suele parir héroes. El francés Kylian Mbappé acaba de conseguir lo que nadie: ser dos veces consecutivas goleador de un Mundial. Ahora convirtió 10. Apila 22 en tres campeonatos, otra cifra máxima para cualquier individuo que haya latido alguna vez. Más que Messi, lo que, en alguna dimensión, es más que un Dios, aunque la música de Mbappé resuene como solista y no como director de orquesta. El noruego Erling Haaland mandó 7 bolas a la red en cinco presentaciones ratificando, en su primer mundial y a sus flamantes 26 años, que quizás no sea un dios del fútbol pero sí un dios del gol. La competición entre Messi, Mbappé, Haaland y otros muy buenos futbolistas con alta contundencia como los ingleses Jude Bellingham y Harry Kane, el brasileño Vinicius (que no deslumbró más porque su Brasil, en confusiones ya largas, no deslumbró nada) y el también francés Ousmane Dembelé operó como otro foco magnético. "”Los héroes se van pero las leyendas perduran", sentenciaba Alfredo Di Stéfano, que fue argentino entero, español bastante, genio, leyenda y héroe. Habrá que ver qué le toca a cada uno de los que titilan en el presente.
3. El triunfo del estilo
España no anota un solo apellido en esa nómina de personajes fulgurantes. Y es el campeón. Campeón después de someter al anterior campeón en una final en la que, además de su superioridad, evidenció un modo de concebir al fútbol. Difícil detectar una edificación así. Si, a través de los decenios, el apelativo futbolero de España era La Furia porque exhibía mucha más rusticidad energizada que sutileza, desde el desembarco en el Barcelona del neerlandés Johan Cruyff como jugador y como director técnico (¿hay alguien en los archivos del fútbol que esté encima de él en la suma de ambos oficios?) y su continuidad conceptual en ese club con Pep Guardiola, el sello fue radicalmente otro. España gana o pierde con la propiedad de la pelota y la sacralización del pase como cultos innegociables. Con artistas como Iniesta, Xavi y Busquets cinceló su primer título mundial en Sudáfrica 2010. Con intérpretes menos maravillosos pero irrompibles en la idea, con el centromedio Rodri como estandarte merced a su manejo maestro de la geometría que une a dos arcos, heredó ese legado y lo coronó. Quizás España no fabrique delanteros que resuelvan por sí un duelo bravo (aunque Mikel Oyarzábal contribuyó con cinco goles y Ferrán Torres embocó el de la final), pero lo compensa con la paciencia para que nunca se le diluya el camino. A Lamine Yamal, de 19 años y zurdo extremo derecho, le quedará el futuro para escalar a los pedestales de los héroes, algo que un cuerpo lastimado le restringió en cierta medida durante esta ocasión. La continuidad de un estilo fulgura en un Mundial que insinúa no haber saldado novedades tácticas fundacionales (“todos jugamos bastante parecido”, susurra, mientras concluye su labor, un miembro del cuerpo técnico argentino). La continuidad de un estilo es muchísimo en una edad en la que, adentro y afuera de los campos, se desdibujan identidades de un cachetazo. Y la persistencia de una convicción, ni hablar.
4. Fútbol es fútbol
En el meneado devenir de las relaciones entre fútbol y política institucional (sobre el poder económico —el poder real y menos mutable— siempre es mucho más difícil encontrar ecos, precisamente por la dimensión y la inmutabilidad de ese poder), pocos acontecimientos percudieron como este Mundial. Y tal vez eso ocurrió a causa de un cierto cambio de matriz. A mediados de los sesenta, el científico social Jean Meynaud acuñó la expresión “apoliticismo deportivo” para designar certeramente cómo la negación de los lazos entre la política y el deporte configuraba una forma de posicionarse políticamente. “No mezclemos las aguas”, proclamaron en mil discursos los dirigentes de federaciones diversas y de la FIFA, por supuesto, haciendo política. Pero transcurre una etapa de menos maquillajes. El Mundial se escenificó básicamente en Estados Unidos, con su presidente Donald Trump, arquetipo del fin de algunos disfraces formales, con alto protagonismo en la ceremonia de cierre o imponiendo la anulación de una tarjeta roja para un jugador yanqui. Su maridaje político con Gianni Infantino, suizo y mandamás de la FIFA, tampoco emerge disimulado. Nada garantiza nada para ambos, sobre todo para Trump. “La capacidad del fútbol para ocultar problemas sociales, neutralizar conflictos políticos o trasladar automáticamente los éxitos deportivos al plano gubernamental es, en el mejor de los casos, muy limitada y, en muchos casos, prácticamente nula”, abrevió el sociólogo argentino Alejo Levoratti, especializado en deportes, extendiendo lo que hace rato convergen los estudios sociales del fútbol y que desvanece otras líneas que sugieren o sugirieron que el fútbol es un moderno opio de los pueblos. El fútbol puede parecerse o diferenciarse del mundo y del Mundial porque constituye lo que otro sociólogo, el francés Pierre Bourdieu, denomina un ámbito de “autonomía relativa”. El mítico director técnico serbio Vujadin Boskov lo manifestaba más corto: “Fútbol es fútbol”.
5. Las Malvinas son argentinas
De todos los cruces políticos que ligaron al Mundial con la Argentina, ninguno tronó con la fuerza de la sábana con la proclama “Las Malvinas son argentinas” que mostraron algunos futbolistas argentinos. La exhibición ocurrió después de dos hechos también potentes: el primero, la acción combinada de la FIFA y del gobierno argentino para que Malvinas no gravitara en la escena de la semifinal con Inglaterra; el segundo, la más épica de las actuaciones de la Selección, ese 2-1 sudado durante un segundo tiempo inolvidable, con dos goles agónicos y con Messi transfiriéndole a los rivales la sensación conmovedora de que esa tarde no le cabía la derrota. Más allá de que la portación de la sábana reinstaló con vigor al derecho argentino sobre las islas en el corazón de la escena política y periodística, la propia sábana es todo un dato: la confeccionaron unas poquitas personas y se la lanzaron desde la tribuna a los jugadores. De otra manera y con todas las salvedades del caso, la acción puede ser pensada desde una célebre categoría de Antonio Gramsci: la generó la sociedad civil y no la sociedad política. ¿Vale el ejemplo para medir los límites que hoy manifiesta la sociedad política para representar y encabezar lo que late en la sociedad? El presidente argentino, Javier Milei, y uno de sus predecesores, Mauricio Macri (además, en la Fundación FIFA), la jugada no les gustó nada. ¿Cómo analizar el rol del presidente de la AFA, Claudio Tapia, tan antagonista de algunas empresas de medios y tan afianzado en su espacio específico? Gramsci no se ocupó demasiado del fútbol, salvo en un artículo de 1918 en el que, palabras más o menos, evaluó que “el fútbol es el reino de la lealtad ejercida al aire libre”. La frase ya suena extraña para el deporte de alto rendimiento pero acaso retrata cómo unos muchachos que brillan con la pelota se comportaron leales a un sentimiento popular gracias a una sábana que decía lo que había que decir.
6. Los ricos
El Mundial albergado principalmente por el país que timonea el imperio más poderoso de los últimos siglos corroboró que al fútbol de élite lo miran en los estadios sólo las élites. “Precios pornográficos” fue la calificación que, con justeza, les estamparon voces múltiples a los precios de las entradas. La pornografía económica no se circunscribió a las entradas. Ir a un Mundial es un proyecto precioso, pero cada cuatro inviernos es más inaccesible para las masas cada vez más empobrecidas. Eso abarca a los públicos de muchas geografías y a los de los Estados Unidos, México y Canadá, sedes de esta cita, donde, con los matices de cada caso, se reproduce esa lógica. Verdad añadida: la pasión argentina permitió historias de gente que fantaseó y ejecutó delirios encantadores para llegar a los estadios, pero son transgresiones frente a lo dominante. ¿De quién es el fútbol, entonces? Y, asumiendo los alcances del fútbol, preguntarse de quién es el fútbol, ¿no es preguntarse de quién es la vida?
7. Lo verdadero
El Mundial certificó que el fútbol es el espectáculo central de una existencia en la que todo se espectaculariza. Está emplazado en el pico más alto de la intersección entre la industria del espectáculo, la industria del entretenimiento y la industria de la comunicación. El gol de Ferrán Torres al Dibu Martínez ranqueará encumbrado entre los acontecimientos humanos que más humanos observaron a la vez y, sobre todo, se multiplicará como secuencia extraída del tiempo para reiterarse y reiterarse hasta adquirir autonomía del propio partido en el que sucedió. El Mundial concebido para que sólo lo respiren de cerca los ricos acaparó audiencias inéditas entre los no ricos. Nada indica que, con la acumulación de nuevos y antiguos hábitos para ver/consumir, la espiral ascendente del fútbol se detenga. Lugar donde ser con otros y con otras, pertenencia compartida en un universo en el que las pertenencias colectivas no atraviesan sus horas doradas, arraigo popular hondo capitalizado por los dueños de la Tierra (y de las corporaciones más que comunicacionales), el fútbol en vivo parece funcionar como lo que el periodista Marcelo Gantman denomina “el último refugio de lo verdadero”. Una contraposición a la hegemonía de la virtualidad y al paso avasallante de las inteligencias artificiales. El Negro Fontanarrosa lo pintó como nadie en su cuento “La observación de los pájaros”: “Se lava las manos, se mira en el espejo. Tiene más de mil nuevas canas en las sienes. Hay dos arrugas novedosas y profundas en la frente. Las ojeras se han tornado más oscuras. Uno ha envejecido cinco años otra vez, igual que siempre. Todo por un clásico, apenas. Un partido de fútbol, simplemente”. Una experiencia real que engloba y conforma a la realidad de millones.
8. La sobrenarración
En Buenos Aires, con frío y con humedades, todavía desovillando por qué la Selección casi no soltó ni un tiro al arco que defendía Unai Simón, Julián interpeló a su padre: “¿Cuántas palabras se habrán dicho en los medios por cada minuto que jugó la Selección y por cada minuto del Mundial?”. El padre decodificó rápido que la consulta resultaba retórica, imposible para las matemáticas. ¿Cuántas palabras?, ¿cuántas imágenes?, ¿cuánta pantalla más pantalla más pantalla?, ¿cuánto streaming?, ¿cuánto cronista de celular?, ¿cuántas expresiones de viejo periodismo y de actual no sólo periodismo?, ¿cuánta afirmación en las redes sociales digitales?, ¿cuánta teoría conspiradora aferrada a una nada expuesta como algo?, ¿cuánta imagen ni de los córners ni de los penales sino de individuos que se fotografían y difunden dónde y cómo y con quién ven tal partido?, ¿cuánta imagen de quienes acuden privilegiadamente a los estadios y esparcen su rostro, su cuerpo, su camiseta, su sonrisa —siempre sonrisa— para avisarle, vaya a saber a quién, que están ahí o, directamente, que existen porque el documento que verifica la existencia es colgar una foto en las redes? Fútbol es fútbol, pero, en simultáneo, un pretexto para reproducir los procederes de costumbre, sólo que el espacio amplificador y legitimador del fútbol y del Mundial torna al “yo estoy acá” un “yo estoy acá” especial. Si la vida es un gran relato, el fútbol sobresale como relato entre los relatos.
9. Diego
En los estadios gigantes donde hubo minorías y en las callecitas perdidas de la argentinidad anónima, Maradona. En los banderazos y en las canciones, Maradona. “Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo”, versificó alguien entre la multitud para que la multitud lo validara con la garganta. Enamorado como tantos del camino desplegado por la Selección de Lionel Scaloni, un ingeniero que llevó a babuchas a su hija menor en los tributos a la Selección que crecieron a los lados del Obelisco lo resumió con entereza ideológica y con los hombros fatigados: “Malvinas, el Diego, esta Selección: la patria”. La idea de patria, tan baqueteada, se repone como nunca en los mundiales —aunque juega el fútbol de un país y no el país— y Diego es la condensación de esa idea. El fútbol se empecina, confrontando con parte de las rutas narrativas preeminentes, en presentarse con un pasado, con un afincamiento en el origen. Lo patentan las hinchadas de los clubes, lo fortalecen las alusiones a Diego en tantas circunstancias que son posteriores o ya muy posteriores a Diego. Y hay otra zona de participación de Maradona en un Mundial disputado cuando se arriman los seis años de su muerte: las rebeliones. Maradona funge como un estandarte latente que antagoniza con los que “roban el fútbol”, como los bautizaron Ángel y María Cappa. Cuando los argentinos amarraron el trapo malvinense, miles repitieron “como el Diego”. Cuando Cuti Romero recogió su medalla y no saludó a Trump, otros miles aseveraron “como el Diego”. Cuando el español Borja Iglesias satisfizo la formalidad pero descerrajó objeciones, otros más elogiaron “como el Diego”. Cuando los iraníes se quejaron por el trato discriminatorio del gobierno de Trump, retumbó “como el Diego”. Cuando el árbitro somalí retornó a su casa y denunció que lo habían retenido y rechazado los oficiales migratorios, alguien tipeó “como el Diego”. Durante el Mundial, el investigador argentino Lucas Zalduendo sacó el libro La selección de los valientes, con las trayectorias de futbolistas insumisos, que ya va requiriendo un segundo volumen con este Mundial. Sus protagonistas son como el Diego.
10. La identidad
Campeón mundial con Argentina en 1986, Jorge Valdano apoyó el alma entre los dedos para que, en su columna del domingo de la final en el diario El País, floreciera lo que emblematiza esta Selección: “Es el producto de un país que hizo del deporte una expresión cabal de su manera de ser. Hay más de 12 mil clubes sociales en Argentina enclavados en cada barrio, en cada pueblo. Son mucho más que un lugar de encuentro entre gente de distinta procedencia. En esos clubes, generalmente polideportivos, se ayuda a construir comunidad porque el deporte, y muy especialmente el fútbol, integra. Es ahí donde se aprende el oficio, porque hay un conocimiento popular acumulado por años de amor al fútbol. Los jugadores que hoy defienden la camiseta de la Selección juegan en clubes de primer nivel europeo. Pero antes de llegar hasta allí pasaron por aquella escuela de convivencia donde recogieron, desde la primera infancia, una pasión que, llegado el caso, se convierte en rabia competitiva. Cuando las cosas no salen, cuando los partidos se complican, el fútbol deja de ser un juego para convertirse en una obligación sentimental que nos representa”.
Juego industrializado, cooptado en la esfera de las decisiones por aquellos que conciben a sociedades y a la naturaleza como un manjar para comer sin repartir, nudo de las transformaciones tecnológicas que modifican drásticamente las subjetividades, el fútbol se esmera en defenderse. Como si un primitivismo hermoso o un salvajismo necesario le reaparecieran para resistir que lo demuelan. Se nota en eso que percibe Valdano: hasta en un Mundial, los que pisan cada yuyo vibran, lloran y saltan igual que en el potrero que les inauguró lo que son. Lo que son: cualquiera del montón que no llegó ahí pero está ahí porque esos cracks están ahí. También en esa clave habita el secreto. Y, si no, que lo charlen con dos chiquitos que, en este instante, en una placita embarrada, abriendo sus vacaciones de invierno, intercambian pelotazos tenaces enfundados en camisetas que son celestes y blancas. Uno hace jueguitos pero el viento o la conversación o la falta de entrenamiento le frenan el intento luego de siete toques. El otro lo enfoca y, mientras va por su oportunidad, le grita: “¿Quién te creés que sos? ¿Messi?”.
