En medio de la calurosa Managua creció otra ciudad: el Mercado Oriental. Son 130 manzanas laberínticas donde se mueve la cuarta parte del PBI de Nicaragua. En sus 12 mil puestos se consigue todo: verduras, neumáticos, sexo o religión. En 70 años de historia el mercado parió sus hijos, como Marvin, María y Santos, nacidos y criados en los pasillos de la feria más grande de Centroamérica.



Marvin Artola camina rápido por los pasillos. Viste pantalón, camisa azul y botas. De la cintura le cuelgan un par de esposas. En la cabeza lleva una boina y en las manos un machete. Moreno y regordete, el sudor gotea desde su cara. Tiene 28 años y recorre el Mercado Oriental de Managua desde que nadaba en las aguas del vientre de su madre. Ella era comerciante y a él le tocó aprender a navegar en ese mundo.

 

-Aquí me dio de mamar, me ponía un trapo en el piso para dormir, mientras ella estaba vendiendo. Ya más grande yo era el que lavaba la verdura. Aquí fue que yo aprendí a trabajar— dice.

No ha sido el único. Los callejones del mercado están llenos de mujeres que paren a sus hijos y los crían ahí dentro.

Avanza rápido. No se detiene. A un lado están guindados los pedazos de carne roja, las cabezas de cerdo, el mondongo de vaca.

Un par de callejones más: pimienta, azafrán, curry, cúrcuma. La mezcla de olores le recuerda su infancia.

 

Se detiene y respira hondo.

 

-Aquí le gustaba venir  a ella— dice, refiriéndose a su madre. 

 

Un par de callejones más. Los tramos donde venden repuestos para carros: vidrios, puertas, guardafangos, retrovisores.

Más adelante, se asoma por una rendija que queda entre un tramo y otro.

 

-Mire- invita.

 

Una mujer en minifalda mueve las caderas al ritmo de Vicente Fernández y sirve cervezas a un par de hombres. “Por tu maldito amoooor” se escucha desde un parlante.

 

-Hay bastantes cantinas. Algunas son prostíbulos también.

 

Se mueve como si estuviera en casa. Sigue caminando.

 

-Esto es lo que yo hago todos los días, andar vigilando, me la paso caminando, viendo que la gente que viene a comprar se sienta segura, tratando de evitar los robos, aunque para qué le voy a mentir, tampoco es que no haya robos, pero desde que estamos nosotros han bajado.

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Marvin es un hijo del Oriental.

 

***

 

Es mediodía y los termómetros marcan 34 grados. Hoy, viernes, las nubes se han escondido. En medio de la ciudad, tirando al norte, hay un sitio laberíntico, lleno de callejones, donde a diario se mueven 150 mil personas y cada año, calculan los economistas, aporta entre el 25 y 30 por ciento del PIB de Nicaragua, o sea unos 1.800 millones de dólares.

 

Es un sitio que vibra no solo por el calor sino por el vaivén de sus entrañas. La gente habla, grita, ofrece productos. La gente compra, regatea, asalta. 

 

Al entrar se ve uno de los callejones atiborrados de compradores y comerciantes. Plásticos negros, pedazos de cartón, hojas de zinc sarrosas y sombrillas desteñidas hacen de techo en los negocios. Desde muy temprano, una hilera de mujeres saca sus canastos y mesas para ofrecer sus mercancías. Venden queso, tamales, huevos, verduras, cerdo asado. Unas gritan, guiñan a los compradores del brazo y otras los esperan sentadas.

 

Un hombre sin camisa, sudado y curtido por el sol, jala con su cintura un carretón lleno de limones verdes y a punta de vociferaciones se abre paso.

 

-¡Cuidado golpeo! ¡Cuidado golpeo! ¡Muévanse!-dice, y el tumulto en el callejón da lugar.

 

Más adelante, a la izquierda, los callejones lucen igual: llenos. Más adelante, a la derecha, igual: llenos.

 

Los compradores avanzan a paso ligero, se rozan, se hacen de lado, chocan, esperan. Se secan el sudor, se cuidan de los ladrones y se detienen en alguna esquina a tomar aire. 

 

Sandías, zapatos, blusas, piñatas, carnes, gallinas recién peladas, repuestos para carro, martillos,  pastillas, granos básicos, agujas, armas, gorras, maquillaje, vestidos de novia, celulares, computadoras, camas, avena, pasteles, lámparas, relojes, pinturas, oro, drogas, telas. Todo lo que alguien pueda imaginar está ahí, en el Oriental. También hay iglesias, consultorios médicos, policía, cine, discotecas, prostíbulos, escuelas. Este mercado, que nació en los años ’40 con dos o tres manzanas y hoy cubre unas 130, es considerado el más grande de Centroamérica y, para algunos, también de toda América.

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Un lugar que se dibuja a sí mismo todos los días.

 

Un lugar que tildan de gigante, de monstruo, de pulpo.

 

Un lugar que ha visto nacer y crecer a miles de nicaragüenses. 

 

Un lugar que se ha convertido en el termómetro de la economía nacional.

 

***

 

Marvin Artola es vigilante voluntario del Mercado Oriental. Él es uno de los poco más de cien hombres y mujeres que la Policía Nacional ha reconocido para combatir la delincuencia ahí dentro.

 

-La Policía no da abasto entonces nosotros empezamos a cuidar las calles del mercado. Yo formé mi propio grupo. Nos pusimos Los Halcones, antes era de Los Dantos. En total somos como ocho grupos y nos dividimos el Oriental por zona.

 

Todos lo conocen, lo saludan, le sonríe, le estiran la mano. Son respetados ahí dentro. Son la autoridad.

 

-Hágase para allá- indica a una mujer que solo lo voltea a ver y obedece.

 

Sigue caminando. Otra mujer estira la mano y con una sonrisa le da dos córdobas (8 centavos de dólar). Más adelante, entra a una tienda y recibe veinte córdobas. Así se gana la vida, de lo que la gente le da. No tiene un salario fijo.

 

-Nunca sabemos como nos va a ir. Así como hay días buenos, hay días malos. Dependemos de la voluntad de la gente. Pero más o menos, lo mínimo que saco al día son 150.

 

Marvin nació, creció y ahora trabaja en el mercado. Vive fuera, pero llega a las cinco de la mañana y sale hasta cuando el sol se esconde.

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-Nosotros lo que hacemos es agarrar a los ladrones y los llevamos a la Policía. Yo al menos tengo mi propio récord de todos los que he agarrado. Les tomo la foto y después la pongo en esta carpeta. Pero también he pasado varios sustos. El 28 de diciembre pasado me balearon y me mandaron al hospital por quitarme el arma. Tengo un machetazo en la  cabeza, me han apuñaleado, me han golpeado. Es que meterse al mercado no es cualquiera, los ladrones están en todas partes.

 

Sigue en ese trabajo, dice, porque no estudió y con lo que logra juntar, subsiste.

 

-Y pues este lugar me hace sentirme cerca de mi mamá que murió el año pasado.

 

***

 

Los recuerdos de la niñez de María Lorena López, de 49 años, empiezan en el Oriental. Recuerda las carretas cargadas de frutas y verduras rodeadas de hombres y mujeres esperando para descargar; un niño que lleva sobre su cabeza un canasto de bananos y muchos otros dormidos en el piso; la guardia somocista con mangueras en mano para desalojar a los comerciantes y niños corriendo para evitar ser golpeados.

 

La imagen está intacta en la cabeza de esta mujer que creció en el mercado. Ella era una de esas niñas que cuando escuchaban que la guardia estaba cerca corría a escudarse en unas cajas.

 

-Tenía seis años cuando vine al mercado. Mi papá y mi mamá venían buscando vida. Venían con una mano atrás y otra adelante. Una señora se compadeció y nos dio lugarcito para vender y también dormíamos. Vivíamos en el mercado, en el día trabajábamos y en la noche solo tendíamos unos cartones para dormir. Las calles antes eran anchas y uno solo se ubicaba alrededor del galerón.

 

María Lorena estaba en el Oriental cuando el terremoto de 1972 sacudió a Managua: diez mil muertos y todo el centro de la ciudad hecho escombros. Desde el Oriental vivió la revolución sandinista en 1979 que derrocó al entonces presidente Anastasio Somoza Debayle. En el mercado pasó cada día de los seis años de guerra civil entre sandinistas y contras, donde murieron casi veinte mil nicaragüenses.

 

El mercado crecía, incontrolable, como un animal salvaje.

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-Nosotros nos fuimos del mercado. Con la venta de verdura mi papa pudo comprar una casita, pero siempre veníamos oscuro para vender. Yo me casé, tuve mis hijos, trabajé en varios lugares, pero siempre vuelvo al mismo lugar.

 

El tramo de María Lorena es el número 1727 de los 12 mil puestos fijos de venta que se registran. Es pequeño y está cargado de pinturas de labio, de uña, maquillaje, cremas de mano. Vende al por mayor.

 

Seria, de lentes rectangulares y voz ronca, María Lorena ofrece.

 

-¿Qué vas a llevar, amor? –pregunta.

 

Llega a las siete de la mañana y regresa a su casa a las ocho de la noche.

 

-Solo duermo en mi casa. Me baño y vuelta para atrás. Trabajo de lunes a domingo. Me canso, me enfermo cuando no hay para pagar. Me ha dado dos preinfartos de estar en esta rutina. Mi vida se ha convertido en una vida de mucho estrés, enojo, de mucho pleito. Vivo estresada por el trabajo, pero así es como he puesto en la universidad a cuatro de mis hijos.

 

Está atenta. Mientras despacha mira de reojo a todo el que se acerca. De lejos, asegura, reconoce a los ladrones.

 

-A mi no me engañan, yo ya sé quien es ladrón y quién no. A nosotros ya nos han robado, y uno ve de todo. Como le quitan sus cositas a la gente, los golpean y por robar hasta la apuñalean.  Pero uno aquí ve, oye, pero se calla y no es que sea cómplice, pero aquí no hay derecho a meterse porque uno también tiene que cuidar su vida.

 

Su hija la escucha hablar y asiente con la cabeza.

 

Hubo días, dice, que llegan a casa llorando, con los nervios alterados y el cuerpo tembloroso por todo lo que ahí ocurre. No tienen alternativa, dice, porque al final este es el lugar que les da de comer.

 

-Para mí el Oriental es mi vida entera. Prácticamente aquí vivo, aquí comemos, compramos lo que necesitamos. Pero yo no quiero esto para mis hijos, esto es triste. 

 

***

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El Maracaná de Brasil o el estadio Azteca de México lleno de fanáticos. Esa es la cantidad de personas que se mueven todos los días por los callejones del mercado Oriental. El dinero que por aquí se mueve, el que sale del bolsillo de los compradores, han dicho los economistas, equivale a tercera o cuarta parte del PBI.

 

En los últimos años, las propiedades que quedaron dentro del mercado multiplicaron su valor. Un tramo podría costar entre diez y ciento cincuenta mil dólares, lo mismo que cuesta una casa en un lujoso residencial de la capital.

 

La municipalidad también recibe sus beneficios. Cada dueño de tramo debe pagar mensualmente 150 córdobas (unos siete dólares), es decir que con los doce mil puestos fijos registrados, la municipalidad recibe más de 80 mil dólares cada mes.

El Mercado Oriental es el pulmón comercial de la nación.

 

***

 

La historia de Santos Olinda García bien puede ser la de José, Licinio, Roberta o Marisol.

 

El mercado se comió sus casas.

 

Hace 45 años que Santos llegó al mercado. Era una niña de trece años, delgada, con el pelo largo y liso. Ahora es una mujer de 58, el sol le ha tostado la piel morena y las arrugas no la han perdonado. Lleva el pelo recogido en una moña alta y un delantal blanco donde tintinean unas cuantas monedas.

 

-Antes esto era puro monte. Digamos que solo era el terreno porque mi casa era de plástico y cartón- recuerda. Pronto comenzó a vender ambulante y luego, ya con el terreno, puso una venta de comida. Era la única en la cuadra que lo hacía. Pero un día se despertó y notó que su vecina hacía lo mismo. Santos se sorprendió. Días después otra vecina se puso a vender comida. Y todo ocurrió tan rápido que no se dio cuenta en qué momento a su casa se la tragó el mercado.

 

-Ahora soy parte del mero mercado, ahí están las distribuidoras de granos básicos, pero a mi me gusta porque lo que yo saco lo vendo.

 

En la pared de la casa de Santos Olinda hay un rótulo escrito en letras azules donde se lee: “Se alquila inodoros”; y uno más abajo: “Café con pan”.

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Se levanta antes de que salga el sol. A las tres de la mañana escucha las bocinas de los camiones que llegan a descargar verduras.

-Aquí yo tengo todo. Tengo la iglesia, que solo me cruzo para ir al culto. Si me enfermo voy a  la clínica. Cuando mis hijos estaban chiquitos los mandaba a la escuela de aquí mismo.

 

Para comprar no tengo que moverme, vienen aquí, a la puerta de mi casa a ofrecerme. Aquí hay de todo, bueno y malo. Cada quien escoge el camino. Está el de los delincuentes porque hay mucho robo, prostitutas y la droga que se mueve ni me diga.

 

***

 

Cuando cae la noche quedan pocos compradores en el Oriental. En la mirada de Santos Olinda hay paz y melancolía. Los comerciantes meten las mesas, cierran los portones, enrollan los plásticos y guardan los pedazos de cartón.

 

Los callejones parecen más anchos. Los niños salen a jugar pelota, los jóvenes se alistan para ir a bailar y Santos se sienta en una silla plástica, donde todas las tardes, lee los pasajes de la Biblia.

 

-Uno se acostumbra a vivir aquí, pero no a todo el mundo le gusta. Yo me la paso feliz.

 

De noche, el Oriental es otro. Se escuchan los aplausos y el corear de los fieles en las iglesias.  En las casas se encienden los televisores para ver la novela o la radio para escuchar música.

 

Después del culto, Santos llega a su casa y se encierra. Sabe que más noche llegan los ladrones a romper tramos y a robar mercancía a las bodegas.

 

-Mi hija no quiere que viva aquí porque dice que es muy peligroso. Pero yo le digo: dejame aquí hasta que ya no pueda bajar estas escaleras, cuando ya no pueda, hacé conmigo lo que querrás, pero ahorita para mí, el Oriental es mi vida.. 


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