Oficialmente, la inundación en La Plata dejó 51 muertos, el 84 % de más de 50 años. Pero todo indica que el número aumentará: las historias de cadáveres que no aparecen se repiten en las colas de los supermercados y hospitales. La lluvia arrasó con todo. Trajo soledad, tristeza y verborragia: los platenses sacan de adentro su desdicha como sacan los muebles húmedos a las veredas. Cuatro cronistas recorrieron la Ciudad, hicieron entrevistas y descubrieron que si bien el agua bajó todavía es muy pronto para procesar la pérdida.



Los dos tienen 30 años, los ojos desolados, la mirada puesta una, dos, mil cuadras más allá. Acaban de dejar atrás la morgue policial, dentro del cementerio de La Plata. Él: pelo abundante y negro, con un mechón blanco en la zona del flequillo y una remera de Gimnasia. Camina despacio, abrazándola. Ella: calzas negras, piercing en la nariz y un embarazo muy evidente.


—¿Familiares?


—No.


Familiares de alguien deben ser.


— Nosotros vivimos por allá, por 75 y 138. Vinimos a ver —dice la chica. Cuenta que a su casa no el entró el agua, pero que en lo de sus cuñados les llegó hasta acá, y se señala las rodillas.

 

En la morgue el trajín es intenso.


—Yo perdí a mi hermano —dice de pronto, como al pasar.


—¿Lo reconocieron?


—Sí, lo enterramos esta mañana.


En los náufragos, o en los deudos directos que deja la catástrofe, el trauma tiene sus propios tiempos. Fueron diez minutos de sopesar daños materiales y no mencionar la ausencia. Su hermano vivía cerca de su casa, en una zona alta, pero salió sin pensarlo cuando supo que sus padres estaban encerrados en la suya, en 31 y 58, pleno casco urbano. El joven sacó a su madre, y volvió por su padre. Pero no pudo cruzar: se lo tragó uno de esos ríos furiosos que se arremolinaban en las bocacalles.

 

—¿Vamos? —le pregunta. Él la abraza. Se pierden por la calle de tierra, velados por el humo de las gomas de un piquete de la 72, más al fondo, en el cruce de la 137 que atraviesa de norte a sur los barrios periféricos del oeste de la ciudad.

 

La reja blanca de la entrada de la morgue es custodiada por dos mujeres y un hombre. La morgue: un punto de secreto, rumores y tensiones al fondo de una ciudad caótica.

 

Reja adentro, en el jardín que rodea a la sala de autopsias, hay una hilera de ambulancias y autos, y racimos de personas que hablan bajo o esperan en silencio. Hay policías, médicos, cuidadores municipales y también funcionarios y familiares. oTodas esperan.

 

—Manejate con lo que te digan en Prensa. Ellos saben. Ellos filtran—dice una empleada administrativa en la puerta de la sala de autopsias. Está nerviosa.

 

—Hay barrios que no recibieron asistencia ni pudieron ser relevados aún, y rumores de que los muertos son como 90…

 

—Preguntá en Prensa del Cementerio. Ellos tienen todo. Yo no te dije nada.

 

—¿Pero hay más muertos o no?

 

—Yo no te dije nada. Y no sé qué cifras se manejan. Estoy acá. Y vos no podés estar acá.

 

Uno de los odontólogos que trabajan en el reconocimiento de los cuerpos sale al jardín. Ambo azul, papel con anotaciones, birome y toda la palidez del mundo:

 

—Recién entro a mi turno. Hice 5 en lo que va de la tarde.

 

De la morgue no saldrán más datos. Sólo climas.

En la última conferencia de prensa de ayer, jueves, el gobernador Daniel Scioli, a través de sus funcionarios, clausuró en 51 el número de víctimas fatales. Los cadáveres tenían entre 20 y 96 años. Ricardo Casal, el Secretario de Seguridad de la Provincia, dijo que luego de haber registrado 5.949 casas no hallaron más muertos. Pero el hermetismo que blindaba ayer la entrada de la morgue, el hecho de que hay barrios enteros que no recibieron asistencia ni pudieron ser relevados y los autos que no dejan de entrar y de salir, invitan a desconfiar.

 

La reja se cierra con candado y ya sólo se abrirá para vehículos oficiales y para familiares, que llegarán desesperados por datos, después de deambular por centros de evacuados, oficinas públicas y medios.

 

—Hola, vengo a buscar a mi mamá, que no la encuentro por ningún lado.

 

Tiene unos 20 años y llegó en moto con una chica, quizás su novia. Saldrán a los 10 minutos. La mamá es Liliana Canossini y no está en la morgue.

 

Entra una ambulancia. Sale otra. Sale un auto con tipos de traje.

 

Leyla, de treintaypico, llega a buscar a su hermano, de 21, que se ahogó por 138 y 526, en Las Quintas. “Le tiraron soga pero no pudo”, cuenta. Se la ve abatida pero sin incertidumbre: sabe que el cuerpo está allí. Sus cuñados estuvieron acá hace un rato y lo reconocieron. Se fueron a buscar los papeles necesarios para el trámite, pero tardan en llegar porque, dice ella, “la ciudad está toda cortada de piquetes de mierda”. Fuegos que mapean burdamente las periferias –Los Hornos, Villa Elvira, Ringuelet- adonde no llegaron las donaciones ni los subsidios.

 

Al rato llega a toda velocidad, en un auto blanco, otro hermano del chico de 21 años. En cuero, con tatuajes del club Gimnasia, desfigurado del llanto. Lo frenan en la reja: “Ponete la remera”. Se cubre, entra y sale sacado, se aleja en el auto, acelerador a fondo.

 

—¿Es posible que haya 90 muertos, como se está diciendo extraoficialmente?

 

—¡Y… sí…! —afirma el guardián de la reja.

 

—¿Pero entraron todos acá?

 

Y el guardián le pregunta a una de las guardianas. Y la señora lo manda a callar.

 

Equipos de profesionales del Centro de Protección de los Derechos de la Víctima, del ministerio de Justicia y Seguridad, también visitaron la morgue. Algunos de ellos confiaron que “hay barrios enteros donde el Estado nunca apareció”. La cifra de muertos puede subir.

 

En las redes sociales los pedidos de paradero oscilaban entre 20 y 100. Scioli actualizó en la conferencia de prensa que por desaparecidos hubo “110 llamados”, de los cuales 106 fueron personas halladas y 4 muertos.

 

Ayer, 10 chicos estaban desaparecidos en la zona de 13 y 90. Imposible comunicarse con la Dirección de Personas Menores Desaparecidas de la Secretaría de Derechos Humanos de la Provincia.

 

Las historias de muertos que no aparecen se repiten.

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En el cementerio, en Tolosa, en el barrio La Loma. Todos dicen saber de un geriátrico donde murieron 30, 40 o 50 abuelos. En algunas versiones el geriátrico está en la calle 131; en otras se habla de la 22 o la 34.

 

El fantasma del geriátrico de la muerte no es casual: en el listado oficial de 51 muertos, 28 tienen más de 70 años.

***

Sobre la pared blanca se ve la línea negra. A uno dos metros del piso. Arriba de la línea la pared está blanquísima, como recién pintada. Hasta ahí llegó el agua. La mujer, que pasa el secador de piso en el frente del complejo de dúplex de calle 20, llora.

 

Los vecinos de la planta alta se salvaron, pero en la noche cerrada, bajo la lluvia y sin luz, escucharon los gritos y pensaron en el jubilado, el vecino de abajo.

 

Meses atrás, el hombre había sufrido un robo violento. Tuvo miedo. Hizo casos a varios consejos, se dejó llevar, reforzó la puerta con cerraduras y candados. Cuando el agua empezó a subir, no debe haber encontrado las llaves, empezó a pedir auxilio.

El agua recién empezó a bajar a las 4 de la mañana. Las ventanas exteriores de la casa eran postigos de madera: no permitían ni entrar ni ver hacia dentro.

 

Un cerrajero abrió algunas cerraduras, rompió otras con una lima. El agua empezó a salir de dentro de la casa con fuerza, agua y olor a gas.

 

La corriente de agua arrastró adornos, cuadros y una virgen de Luján.

 

La heladera flotaba, atrás de ella, suspendido a poco del suelo, también flotaba el cuerpo.

 

Así murieron la mayoría de los viejos: solos y encerrados, pensándose a salvo.

***

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Un pedazo de melamina vuela desde el garaje y aterriza en la vereda contra el tronco de un árbol. Parece la puerta de un ropero.

Segundos después vuela una puerta de ropero. Por la puerta del garaje, en la calle 17, sale Antonio Muñoz. Viste remera blanca con el logo de Carrefour, jogging gris y botas de goma negras. Sostiene un celular con la mano, pegado a la oreja. Dice hola dos veces. Grita un tercer hola.

 

—La reputísima madre.

 

A las 12 del mediodía del jueves Muñoz sigue sin luz, ni agua, ni señal de teléfono. Cruza la vereda para conseguir seeñal y llama a su nieto.

 

—Mati…ah, ¿estás viniendo? Fijate si conseguís de pasada una lavandina.

 

A los diez minutos, llega Matías. Dice que no encontró lavandina en tres almacenes. Que los supermercados chinos de las calles 19, 32 y 15 estaban cerrados. Por falta de luz o temor a saqueos. Que visitó cuatro kioscos, tres almacenes y tres súper chinos, pero que en ninguno había agua, soda, lavandina o leche.

 

Terminan de sacar los pedazos del ropero. Después arrastran a la vereda una mesa de televisor reventada por la humedad. Y tres estantes, una mesa de computadora y una biblioteca. Todo de melamina.

 

—Vendí los muebles antiguos hace tres o cuatro años y puse estos.

 

A las once de la noche del miércoles, cuando el segundo diluvio sobre La Plata llevaba una hora, perdió contacto con su familia. Ya no había luz. El teléfono no mandaba mensajes, las llamadas no entraban. Minutos después el agua empezó a filtrarse por el garaje. Y de ahí al comedor, la cocina, el baño, las dos habitaciones. No lo recuerda con precisión, pero calcula que antes de la una de la mañana el agua ya pasaba el medio metro. Muñoz arrastró una mesa cerca de una ventana que da a la calle y se sentó arriba a esperar. Cada tanto escuchaba algún grito lejano. Cuando amaneció salió a la vereda. El agua le llegaba a las rodillas. No recuerda lo que habló con los vecinos que como él, salieron con la primera luz del día. Recuerda haber visto, en la vereda de enfrente, hacia el lado del bulevard 32, familias subidas a los techos y algunos autos montados uno sobre otro. Ya en su casa, escribió en una hoja de espiral el cálculo de las pérdidas. En cada charla, la saca del bolsillo del jogging y la muestra.

 

* Computadora 3000
* Televisor 600
* Heladera 2000
* Muebles 5000
* 3 colchones 2000
* Radios, estufa eléctrica, ventilador, otros 2000
* Ropa 2000
* Remedios 1000
TOTAL: 17.600 pesos

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De jubilación cobra 2.200 pesos. Sus hijos lo ayudan con los impuestos, los medicamentos, alguna compra mensual en Nini, uno de los hipermercados mayoristas saqueados el miércoles.

 

Hubo varios. Primero el Vea de 19 y 531, a unas cinco cuadras de la casa de Muñoz. Luego, el Nini, en 25 y 520, menor porque la policía disparó gases lacrimógenos. La noticia saltó de las radios a las redes. En minutos, en twitter se hablaba de saqueos masivos, de vecinos que recorrían las barriadas en camionetas robando todo lo que encontraban a su paso. Según dijeron en Seguridad, esa noche hubo 16 denuncias por saqueos.

 

— Los negros de la Favela —dice Muñoz. Y treinta segundos después:

 

—Pero bueno, qué querés que haga esa gente; a mí, por lo menos me ayudan mis hijos.

 

La Favela, como La Loma, Tolosa, Ringuelet, Los Hornos, Villa Elvira, San Carlos, Altos de San Lorenzo, La Cumbre, Las Quintas, Barrio Aeropuerto, quedó bajo el agua. Uno de los primeros rumores, de los primeros fantasmas creados en una ciudad aislada, incomunicada, intransitable, fue el de los saqueadores de La Favela. La Favela es un barrio que va de 17 a 19 y de 528 a 531, en Tolosa, una de las zonas más castigadas por la inundación. El barrio fue bautizado como La Plata 6 por el Instituto Provincial de la Vivienda cuando lo inauguró en 1983. En ese entonces, eran 30 monoblocks de 12 departamentos cada uno. Treinta años después, creció, se ramificó, se pasilleó.

 

Muñoz vive a cinco cuadras de la Favela.

 

Una camioneta Ford 100, cubierta de barro entra por 17 a contramano. Dos jóvenes en la cabina, otros dos en la caja. Los cuatro bien morochos, con el torso fibroso desnudo y tatuajes que no se distinguen. En la caja llevan tres televisores, dos cpu, un monitor, una heladera, un lavarropa. Paran frente a la casa de Muñoz.

 

—Don, ¿tiene algo pa tirar?

 

Muñoz les da el cpu de la computadora. El televisor y la heladera, no. Escuchó en la radio que si se los deja secar, pueden recuperarse.

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—Hacen falta medicamentos, agua, colchones. Somos gente trabajadora, pero acá no vino nadie.

 

Detrás de Martín, en la esquina del cementerio municipal hay unas diez gomas encendidas que impiden el paso. Es el hombre fuerte del piquete. Tiene pantalones Adidas arremangados y usa un gorro de lana. Está en cuero y dicequé es lo que se hace: “No se deja pasar a nadie”, “no se pide plata”. Trabaja para la municipalidad pero no pudo conseguir ni un bidón de agua.

 

— No me atendieron el teléfono —dice.

 

Toda la ayuda municipal fue un carretón que desbarrancó a los quince metros con todos los evacuados a bordo. Y cuatro camiones del Ceamse que pasaron levantando las ruinas de las viviendas y la basura de los sumideros.

 

La gente que lo secunda en el piquete se agolpa a sus espaldas. Adentro, dicen, hubo muertos. La marca del agua a un metro y medio en todas las casas de la cuadra vuelven la afirmación verosímil.

 

Negocios de celulares, panaderías, talleres mecánicos y almacenes: todo arruinado bajo el agua. Calculan que en el triángulo comprendido por las calles 72, 137 y 149 hubo quince muertos. Y enumeran: una familia de paraguayos que vivía contra el arroyo y no pudo salir de su rancho por la presión de la correntada; un matrimonio, por allá, que no pudo salvarse; viejos que quedaron bajo el agua, dos chiquitos desaparecidos. No saben. No pueden. No están al tanto de las listas de muertos, de las listas de evacuados o desaparecidos. No tienen nada. El agua se llevó hasta las precisiones.

 

—En 72 y 140 pasaban cuerpos hinchados, lo tengo patente —dice Martín. Pide por las radios, por la tele. Y subraya:

 

— No queremos pedir, sino exigir.

 

A la misma hora, en Ringuelet, a unas 30 cuadras del cementerio municipal, también se queman gomas y pedazos de muebles.

Cerca de este segundo piquete, en 7 y 523, opera uno de los principales centros de donaciones, en el Club Infantil Juvenil General San Martín. Lo coordina la Cruz Roja y se ven más de dos centenares de voluntarios que hace pasamanos de botellones de agua, bolsones de ropa, colchones. En ese mismo club, horas antes, estuvo la ministra de Desarrollo Social de la Nación, Alicia Kirchner. Hubo insultos, empujones. Cuando la ministra se fue, en el lugar quedó un tráiler-hospital, camiones y camionetas del ministerio, policía y soldados del ejército.

 

El piquete de los vecinos de Ringuelet es porque, dicen, las donaciones y los voluntarios llegan hasta la calle 520, que divide su barrio de Tolosa.

 

Un hombre que pasa por la avenida 7 en bicicleta se detiene en la esquina del piquete y le grita a un pibe de unos 20 años, el torso desnudo, gorrita plateada.

 

—Chino, acá hay familia loco, rescatate y no traigas porquería.

 

—Eh loco, todo bien —responde el Chino.

 

El Chino parece liderar la quema de gomas y muebles.

 

—Cómo no vamo a cortar, loco, si acá no llega nada, va todo para el barrio de la madre de Cristina, loco. No tenemos luz, no tenemos nada, loco. Mirá la pila de colchones que se ve allá, loco, y acá nada. Vos no sos de acá loco, así que, dale, volá.

 

Ofelia Wilheinm, la madre de la presidente, vive a tres cuadras del piquete y a una cuadra y media del centro de asistencia coordinado por la Cruz Roja, en la calle 522 bis entre 7 y 8.

 

—Aquella es la casa, pero no hay nadie. Ofelia y Giselle –hija de Ofelia, hermana de la presidente, médica- se fueron ayer después que vino Cristina y se armó ese lío.

 

El que da las coordenadas es un vecino de la vereda de enfrente, que toma mate en el patio delantero de su casa. Esa cuadra no se inundó porque es una loma con caída hacia ambas esquinas. Es una cuadra de casas bajas con apenas dos comercios: un local de venta de productos para mascotas en una esquina y un electricista.

 

Al menos cinco personas hicieron mención a la muerte de una vecina llamada Ada de 93 o 94 años, pero ninguno pudo precisar ni el domicilio ni la cuadra exacta donde vivía la señora. En el listado oficial no hay ninguna Ada.

***

Por las calles de la ciudad circulan día y noche todo tipo de hombres armados: la policía Bonaerense, el Grupo Halcón (fuerza de elite de la policía provincial), camiones camuflados del Ejército.La actitud de los hombres parece hostil: más asimilable a un Estado de Sitio (rumor que corrió con insistencia por las redes sociales) que a una misión de paz.

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Los almacenes y supermercados sobre las avenidas están abiertos a cualquier hora pero, por temor a los saqueos, venden por ventanucos a los clientes: en la vereda se forman filas largas. Las zonas oscuras (el jueves a la noche había unos 6.500 vecinos sin luz), los semáforos ciegos, las pirámides de desperdicios, muebles desvencijados y electrodomésticos inservibles a lo largo de las veredas, convierten a la ciudad en una postal fantasmagórica: la de las horas después de un cataclismo, o un bombardeo.

 

A la una de la mañana de hoy, viernes, Mercedes denunciaba en radio Provincia que un arsenal vasto de la policía bonaerense (helicópteros, camiones, patrulleros) había embestido con balas de goma contra un grupo de diez señoras con niños. Los consideraban potenciales saqueadores. El grupúsculo de manifestantes (la mayoría señoras y niños, según subrayó Mercedes) había cortado la calle 122 en una zona que se conoce como “La Franja” (la frontera tripartita de Villa Elvira, villa El Progreso y El Carmen que divide a La Plata con Berisso) pidiendo lo elemental: agua, lavandina, algo de comida, cobijas, colchones.

 

Varias dotaciones de la policía respondieron la demanda a los balazos.

 

“Negros de mierda”, les decían, “vuélvanse a sus casas”.

***

Los vecinos putearon a Cristina, a Alicia, a Scioli, al intendente Bruera, a cualquiera que se identificara con un cargo político. Al Secretario de Seguridad, Sergio Berni, no lo putearon tanto. Quizás porque no le conocen mucho la cara. O tal vez el gesto adusto de Berni, su postura de militar, disuadió a algunos. También hubo quienes agradecieron. Y otros que observaron a los gobernantes en silencio.

 

En Tolosa, Villa Elvira o La Loma lo que manda es la tristeza y la bronca. La bronca se exterioriza en puteadas. La tristeza en relatos detallados de las pérdidas, en la mención repetida de que todavía quedan 500 evacuados.

 

La tragedia produce verborragia: el ejercicio de narrar una y otra vez las desgracias, parece aliviar al que lo cuenta. Los platenses sacan de adentro su desdicha personal como sacan los muebles arruinados a las veredas: para que alguien se las lleve. Eso que era parte de las vidas –un vecindario más o menos apacible, los objetos amados, las fotos familiares- sale del interior de los vecinos, se enajena, se hace relato.

 

Hay, en esa tristeza mezclada con bronca e impotencia, otras broncas contenidas que salieron a flote.

 

En el mercado de 35 entre 19 y 20, los vecinos hacen una larga cola para pagar lo que llevan: galletitas, aguas saborizadas, cualquier producto de limpieza. Hablan sin parar. En medio de cada relato se mezclan las puteadas contra el intendente, contra la presidente, algunas contra el gobernador.


—Faltan obras, no previeron nada, estaban todos de vacaciones fuera del país, la ayuda llega tarde, nos tenemos que arreglar entre nosotros como siempre —dice una mujer de unos 50 años.


La tempestad como un fenómeno natural con responsabilidades políticas.


Tres días antes de la lleuvia, el sábado al mediodía, en el mismo mercado del barrio La Loma, en la cola, la queja era contra la inflación. Hace meses que la inflación es el gran tema. La pérdida del poder de consumo. La pérdida del poder adquisitivo. Las cosas aumentan y nadie hace nada. Nadie es la presidente. O, así dicho, los políticos. No hay otros actores, no hay grandes empresas ni formadores de precios pujando por renta.


Esa bronca contra la inflación estalló cuando los vecinos vieron flotar sus bienes, pudrirse delante de sus ojos.


Más allá de las 51 víctimas (según el listado oficial) muchos, muchísimos, vecinos de La Plata, tuvieron que tirar buena parte de su vida: fotos, cartas, televisores, sueños, que todavía están en las veredas, esperando que los camiones de basura, los cartoneros, o alguien, se los lleve de una buena vez. Los que no perdieron familiares o amigos, como Antonio Muñoz con su listado, hacen cuentas. Hay entre esos diálogos cargados de bronca del sábado previo y la post inundación un hilo conductor: la pérdida.


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