Durante el desalojo de la fábrica de PepsiCo la frase “dejen de hacer populismo” de un policía en medio de la represión sintetizó un siglo de historia argentina y también el momento político actual. Ernesto Semán rescata la escena para plantear ideas sobre la conflictividad social que se anuncia y el rol de los actores que la protagonizan.



Fotos: Capturas C5N

 

Ahora que lo inimaginable asoma otra vez a la vuelta de la esquina, quiero grabar en mi memoria que la clave de la Argentina futura se cifró en una escena menor, reconocible por todos, de no más de noventa segundos. Participan un policía bonaerense, un trosko, movileros, desocupados. Son personajes improbables, profundamente nacionales, que usan un lenguaje gastado, aprendido durante décadas que quedaron atrás. Pero es un idioma que anticipa, en sus palabras truncas e imágenes imprecisas, aquello que los intérpretes mismos no terminan de saber sobre el drama que están protagonizando.

 

La escena se desarrolla el 13 de julio durante la toma de PepsiCo en Florida por parte de los trabajadores despedidos. Muchas de ellas son mujeres, con muchos años en esta fábrica donde la comisión interna y la izquierda tienen un papel relevante. El gobierno ordena la recuperación a agentes de infantería de la Policía Bonaerense, que celebran su centenario (coincidencia inverosímil: el cuerpo fue creado en 1917, en el pico de la curva en la que el activismo de izquierda transcurre en medio del auge de la política de masas) repartiendo palos y gases sin reparar en gastos.

 

La delegación encabezada por Nicolás del Caño, hoy precandidato troskista a diputado nacional del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS) para el FIT, llega para el momento en el que la repartija derrama hacia movileros y camarógrafos. Del Caño entra en escena desaforado, valga justo la expresión, a un recorte de la realidad en la que un comisario de la infantería está delante de su tropa, decenas de hombrecitos y mujeres todos más bajos que él, bien pertrechados pero por lo demás indistinguibles del resto de los vecinos y trabajadores del lugar.

 

Un reportero: “Comisario, la policía le está pegando a la prensa, comisario, comisario”.

 

Arrojado sobre los periodistas, del Caño irrumpe en el estilo que lo define. “… ¡a los diputados, a los trabajadores… le pegan a todo el mundo…!”

 

Comisario: “Acá nadie le está pegando a nadie”.

 

Del Caño, recompuesto: “…tiene que resguardar la integridad física de los trabajadores”.

 

La historia, irreconocible para sus protagonistas, se quiebra en ese instante. El comisario se toma un respiro entre la represión y el periodismo para dirigirse a del Caño, en medio del griterío, rodeado de escudos y con las banderas de la comisión interna de fondo, con el consejo en la punta de la lengua.

 

“Dejen de hacer populismo”.

 

Rebelarse

 

Un siglo de historia argentina disueltos en el remate de esa escena, entrañablemente bonaerense. El comisario tiene esa palabra grabada en la nuca, las palabras le hablan sin que las vea o controle. Se dirige a del Caño bajando apenas la voz y la cabeza, canyengue, más cerca de Galtieri que de Pinochet, un Almirante Cero más dispuesto a sentarse a negociar con del Caño en un café que a torturarlo en una catacumba, aunque uno intuye que si la vida lo deja en el lugar equivocado, sacrificaría la gracia de lo primero por el deber de lo último.

 

No habla de la zurda, como lo hará luego el gobierno, ni generaliza contra los trabajadores. Le dice que deje de hacer populismo a del Caño, una de las caras visibles de la resurrección troskista. Se lo pide a un movimiento que se forjó, como buena parte de la izquierda, convencida de que el populismo fue la mayor tragedia que sufrió la clase trabajadora argentina. A los herederos de Nahuel Moreno, que vio el 17 de octubre del 45 como el momento en el que “el proletariado atrasado salió a defender el orden burgués contra la propia burguesía,” la famosa proclama, rimbombante, con muchas más certezas en la segunda parte del enunciado que en la primera.

 

Pero lo último que podría alegarse contra el comisario es ignorancia. El cana que describe al trosko el marco teórico de la escena que protagonizan no sólo no se está equivocando en la definición, sino que está llegando más a fondo que la mayoría hasta encontrar la esencia profunda del término: no tanto la radicalidad del populismo, como su carácter disruptivo y provocador, basilisco diría Raúl Alfonsín, ese griterío herético dispuesto a articular cualquier desafío ante una situación presentada como injusta en la forma de la acción colectiva y organizada. Ahí se condensan las fantasías y terrores que periódicamente vuelven a colocar al “populismo” como categoría interpretativa central de la vida argentina. “Dejen de hacer populismo” es la traducción política, paternalista y policial de “dejen de hacer quilombo”, y si no fuera por el equívoco que lo puso al frente del movimiento de masas más formidable de América Latina, hasta el propio Perón lo habría suscripto, dispuesto como estuvo a desandar durante décadas lo conquistado en unos pocos años, caminando sobre una pila de cadáveres de la que aún no terminamos de salir.

 

La lucha de los trabajadores de PepsiCo captura los imaginarios que circulan en la Argentina sobre lo que viene. El gobierno, que en su obsesión por el orden ha hecho más por precisar el significado del populismo que lo que Ernesto Laclau escribió desde mediados de los 70, aspira a que los trabajadores actúen como emprendedores e, irracionalmente, sientan cada despido como una oportunidad e ignoren el horizonte siniestro que les espera con la misma resignación con la que toleraron la ignominia del trabajo en la fábrica. El tejido social que se rehace cada mañana desde temprano en la calle es menos siniestro pero no coagula en algo uniforme. Mientras el policía reparte palos e ideas en PepsiCo, Ricardo Darín explica en una radio que le preocupa la injusticia social y lo que percibe como las respuestas violentas que ésta genera.

“Ponerse máscaras…, pierden la razón,” dice.

 

“Ocupar fábricas, tomar la propiedad privada…,” agrega el periodista.

 

“…Pierden la razón”.

 

Sin saberlo cabalmente, los protagonistas de estas historias saben que ante una crisis tan próxima como segura, están en juego la razón, el respeto a la propiedad y la subordinación a las reglas. Ante los despidos y la toma que preanuncian estos desafíos, el Estado queda reducido a su cara policial. Pero es revelador que justo esa cara policial sea la que, en su equívoco, enuncia la verdad política más reveladora para el futuro: la de la naturaleza intrínsecamente troska del populismo.

 

 

La lección a del Caño

 

No conocemos la vida del comisario. Razones de fuerza mayor nos impiden reconstruir su jornada del 13 de julio, pero sí sabemos que en el abismo de la sociedad en el que la ley se viola y se produce, está en una posición única para intuir y elaborar aquello que Macri apenas balbucea, aquello que es hablado a través de la política. Su posición económica tiene que ser estable, acorde al rango y los años. Medio melón en la cabeza, un arma reglamentaria y otra no tanto, recibiendo punteros de Vicente López, visitando funcionarios de seguridad bonaerenses, atendiendo la tropa, recaudando, traficando, reprimiendo, hablando por teléfono, charlando de política y, como regla general, tomando café con todos. Son mundos amplios, superpuestos, que lo atraviesan y producen. Son las combis que pululan por el mapa cambiante de una provincia infinita, los chalets, los doce años de kirchnerismo, toda la economía informal, los horarios de la televisión del domingo y los favores dados y recibidos en toda una carrera, los vecinos, todas las villas, el chetaje, la estupidez ilimitada del poder, los vivos, la zurda, Macri, el poder de la policía sobre la vida bonaerense, los autos, las fábricas, las casas de materiales cada vez peores, años de lectura de diarios, siglos de política.

 

El comisario es el hacedor. De ese universo sale un tipo que no puede reprimir con la boca cerrada y que puede, o necesita, describir y condenar los fantasmas a los que enfrenta. Para el comisario, el trabajo de policía es parte de un proyecto más amplio, porque si uno lo mira bien, como todo argentino, es potencialmente un ensayista.

 

La Argentina tiene, con justas razones, una preocupación recurrente con el populismo. Así como el kirchnerismo buscó una convivencia con el término a mitad de camino entre la comprensión y la identificación convenientes, el PRO se convirtió en el regurgitar vernáculo de la asociación más amplia (y no muy contradictoria) tanto con el Estado de bienestar como con el estado de malestar. Es una preocupación que no sólo no se extinguió en situaciones extremas como la última dictadura militar, sino que se radicalizó, como se ve en la lectura detallada de sus documentos políticos. Si la jerga de la dictadura se nutrió del anticomunismo ordinario de la Guerra Fría, las reflexiones más pretenciosas de su mirada decadentista se ensañaban con el populismo como el origen de los males nacionales y llamaba a reconstruir un liderazgo (democrático en el futuro) identificado con la tradición y listo para “resistir hasta el final la agresión marxista-populista”.

 

El desarrollo del populismo encierra esa paradoja irresoluble alrededor de cómo ingresan las masas a la política y el desorden que las mismas generan. Perón ofreció su movimiento como la mejor receta para evitar el crecimiento de radicalizados como los del Caño de aquel entonces. Los liberales ofrecieron instituciones políticas estables e inclusivas para evitar el crecimiento de populistas como Perón. La dictadura ofreció una violenta reafirmación de las jerarquías para hacer más manejable las instituciones políticas liberales para evitar al Peronismo, para evitar a los radicalizados como del Caño. Es un tiempo circular al medio del cual encontramos a un cana que se toma un respiro entre palo y gas para explicarle a del Caño que lo que en verdad él está haciendo es populismo. Frenar a los del Caño es, así, la pantalla de una tensión más relevante entre imaginar a las masas (trabajadores entonces, inclasificables hoy) como protagonistas de la historia o el fruto dilecto del trabajo de las elites.

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Para que tengamos una definición histórica relativamente funcional, implícita en el comentario casual del comisario, el populismo latinoamericano refiere a esos movimientos que tuvieron su auge entre los 30 y los 50, caracterizados como movimientos de masas con fuertes liderazgos personalistas, de marcados rasgos autoritarios y al mismo tiempo poderosamente efectivos en reducir desigualdades fundamentales y democratizar el acceso a recursos políticos, económicos y sociales, sobre todo, para las clases obreras emergentes. Con sus variantes, profundas, los casos del Varguismo en Brasil, el Cardenismo en México y el Peronismo en la Argentina (no sorprendentemente, movimientos asociados el nombre de sus fundadores) son los más representativos.

 

Trosko irredento

 

Pero lo que completa y complejiza aún más la afirmación del comisario es la segunda parte de la escena. Porque ante el comentario severo y apocado del policía bonaerense, del Caño responde exaltado y enérgico como si le hubieran mentado a su madre.

 

“¡Qué populismo! ¡Qué populismo! ¡Le están pegando a la gente!”

 

El comisario le acaba de ofrecer a del Caño la cucarda mayor de revoltoso, pero del Caño, trosko al fin, la rechaza, aferrado como está a la segunda parte de cualquier definición de populismo, enfocada en el carácter presuntamente falso o engañoso del reclamo populista. La invectiva del comisario puede tomarse para los dos lados: del Caño opta por interpretarla como una acusación por falsedad y no por quilombero. Ya no es “Dejen de hacer quilombo” sino “las razones por las que quieren hacer quilombo no son ciertas”. Después de un par de años en los que el populismo como categoría de análisis se dilapidó para incluir cualquier experiencia que rechazara a cualquier institución, en un arco que iba de Evo Morales a Donald Trump y de Marine Le Pen a Guillermo Moreno, tiene que venir un policía bonaerense a poner las cosas en su lugar, sólo para que un dirigente troskista las vuelva a desordenar. A lo largo de la historia, el populismo latinoamericano va a ser definido siempre en esa tensión entre su carácter irredento y la falsedad de sus preocupaciones. A diferencia de la izquierda, Perón es detestable por una cosa y por la contraria: ya sea porque bajo su liderazgo los trabajadores conquistan derechos que nunca habían tenido, como porque esos derechos en realidad no son el fruto de una conquista genuina del movimiento obrero.

 

Para la izquierda, lo que le faltaba a la clase trabajadora embarcada en el epígono del populismo latinoamericano era conciencia de clase. ¡Conciencia! “Conscience is but a word that cowards use”. Ricardo III pensaba en Norfolk, no en del Caño y los troskos, culpables de lo que sea menos de cobardía y falta compromiso con lo que piensan y con lo que creen que es el mejor camino para lograrlo. Es justo ese compromiso lo que los torna tan valiosos como impotentes, durante décadas tan temidos por la burocracia sindical peronista como por los empresarios cuya existencia cuestionan, respetados como pocos activistas en el mundo obrero moderno, fragmentado, tan poco parecido al de la sociedad industrial. Del Caño sigue atado a la idea del populismo como traición, y no le faltan razones. Pero el comisario entiende mejor que una cosa no quita la otra; de ahí que le siga pegando a los trabajadores antes y después de su breve explicación teórica. Si por un segundo los troskos confiaran más en el sentido de los eventos que producen que en la idea preconcebida que tienen de los mismos, la revolución no sólo sería permanente sino inmediata.

 

En los segundos finales de la escena, el micrófono de la televisión se aleja de los protagonistas. De lejos se escucha la voz de del Caño que insiste, irreductible. “¿De qué populismo me habla?”

 

Por Venir

 

Los trabajadores usan el lenguaje disponible, producido durante décadas de forma intangible, para organizar su vida y obtener lo que quieren. Pero basta una escucha sincera y atenta para darse cuenta de que el reclamo de fondo de la gente que ocupó PepsiCo no es por esos puestos de trabajo de mierda y la idealización de un sector social en irredento repliegue como la clase obrera, sino que es una búsqueda por la supervivencia primero y por la posibilidad de construir un presente con horizontes de futuro después. Algo que PepsiCo, en su estructura miserable en la que la reducción de costos laborales se fagocita a sí misma, está muy lejos de poder ofrecer.

 

La empresa habla de reducción de costos, el kirchnerismo idealiza el pasado industrial, los troskos reclaman puestos de trabajo, la crisis habilita mayor flexibilidad con el lenguaje. Pero lo que anticipa PepsiCo no está en el diccionario político que nutre a estos protagonistas, aunque surja del mismo. En ese universo de noventa segundos se disputa y produce el sentido del conflicto, se juega un futuro que no se mide en ciclos electorales. Son ellos los que tienen las medias verdades que están dando forma a un mundo nuevo, los que mueven los hilos con habilidad. Los canas, los psicópatas, los clowns. De ellos sale el lenguaje a medias que expresa no solo el mundo posindustrial sino la heterogeneidad de la experiencia popular y de sus esperanzas. Tras un par de generaciones en las que la organización de la vida familiar giró alrededor de la producción y el consumo fabril, ese mito fundante de la sociedad de masas moderna no es ya ni una realidad mayoritaria ni un horizonte de expectativas generalizado.

 

Para ser temerarios, los troskos no deberían ser más moderado ni comprensivos con el Peronismo, los burócratas, punteros, asesinos y abogados que se cruzan a diario. Deberían dejar atrás el lenguaje opresivo de la clase obrera y la industrialización, y movilizar los márgenes de este mundo, de afuera hacia adentro y no necesariamente por condición socioeconómica, detrás de un proyecto político radicalizado, trosko en su populismo, que promueva un crecimiento menor y razonable, enfatice los consumos colectivos y las producciones sustentables asociativas, y pueda ver en el decrépito paisaje industrial del conurbano la huella de la forma de producción que llevó la explotación del hombre y su naturaleza al centro de su razón de ser. Conectar la represión en el conurbano bonaerense con las pésimas condiciones de trabajo en Chile, el sobrepeso en el estado de Ohio, la desaparición de los elefantes en Sumatra y el cambio climático a nivel global parece producto de la mentalidad de un activista trosko, pero es la realidad efectiva con la que PepsiCo organiza su economía desde sus oficinas en Nueva York. Quizás el mundo al que aspira del Caño no es electoralmente redituable hoy, pero es, con total sinceridad, un planeta socialista en el que nadie produce ni consume productos de mierda como PepsiCo.

 

Para avanzar hacia eso, del Caño tendría que renunciar a la escucha argentina y pobrerista en la que se mueve y en la que atiende, con la pasión y los principios propios, las necesidades políticas inmediatas de quienes protagonizan con sus vidas tanto la desindustrialización progresiva como las elecciones cada dos años. En todo caso, y si dejamos de lado la manipulación que el kirchnerismo y el PJ hacen de la idea de “la cultura del trabajo”, lo que el populismo ofrece no es la esperanza de perder una vida entera envasando galletitas por tres pesos. Lo que articula es la expectativa de que aún ese tipo de actividades miserables provean, gracias a la acción colectiva (de los sindicatos en las sociedades homogéneas de los 40, de formas menos definidas en la América Latina actual), un bienestar suficiente y la posibilidad de lograr de manera colectiva el poder que otros tienen en la sociedad de manera individual y en base a su peso económico. Como dice un personaje de Bolaño a cuento de cualquier otra cosa, el mundo se compone de tres cosas: oferta, demanda y magia. El policía bonaerense sabe muy bien cuál es el lugar del populismo en esa ecuación. No es necesariamente el de mantener abiertas las fábricas, sino el de cerrarlas y luchar contra el poder de quienes las mantuvieron abiertas.

 

Castillo, del Caño, Bergman: movilicen a los trabajadores contra esos puestos de mierda que perdieron y contra la caterva de maltratadores modernos que poseen la empresa. Reclamen una sociedad más justa, no la penuria de la vida fabril que los mismos trabajadores de PepsiCo describen con pavor ¡Pierdan la toma pero ganen la historia! Difícil que eso suceda. El sindicalismo de izquierda está tomado por un lenguaje que le debe tanto al mundo obrerista de fines del siglo XIX como a la legitimidad reveladora que el mismo adquirió décadas después en los rincones más profundamente peronistas del conurbano bonaerense. Quizás en eso, el marco teórico del comisario bonaerense estaba menos errado que lo que uno pudiera suponer. No sólo el populismo es irremediablemente trosko en su movilización irascible, sino que el trotskismo, en la clave local de su modo obrerista, está menos lejos del Peronismo que lo que sus protagonistas quisieran.

 

De hecho, esto es lo que va a pasar: la cándida lucidez con la que los Bernie Sanders y Jeremy Corbyn del mundo denuncian hoy no tanto el desempleo como la injusticia del capitalismo se quedará sin vocero en la Argentina. Ellos, que señalaron tantas veces las conexiones de sus movimientos con la tradición política latinoamericana, difícilmente tengan un aliado de peso en Buenos Aires. El kirchnerismo de principios de este siglo, versión cabal del neopopulismo del siglo XXI, evoluciona hoy hacia una comparsa pequeña pero bullanguera. Cristina Kirchner seguirá el olfato de su campaña electoral, módica, igualitaria y conservadora, cargada con los tonos transitados del Eterno Retorno. Bergman y del Caño reclamarán el regreso de aquellos puestos de trabajo que los trabajadores padecerán tanto en su existencia como en su pérdida. Así, la nueva crítica socialista que recorre el mundo puede quedarse sin su sujeto político local, si los del Caño de este mundo no lo retoman. Pero eso también es Argentina, un lugar en donde la novedad crítica de las principales ciudades del mundo es parte del sentido común del que mama cualquier bonaerense cada mañana, ya sea un trosko, un laburante o un policía.


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