El “correogate” es un punto de inflexión para Cambiemos: parte de sus votantes le exige otras respuestas. El presidente que pedía “poner el hombro” ahora está siendo interpelado, dice Alejandro Grimson. Mientras el gobierno agota su estrategia comunicacional en la fórmula “todo lo malo es el pasado”, desde la gestión anterior responden: el pasado es el paraíso. Las preguntas por el acuerdo y los millones adeudados por la familia Macri al Estado hacen crujir el sistema político. Al mismo tiempo que se cocina un malestar que va de la antipolítica a la demanda de futuro.



Foto: Dyn

 

La cuestión del Correo Argentino no fue sólo un episodio de la peor semana del gobierno. Es probable que sea un punto de inflexión. Hasta esa crisis nunca había habido tanto consenso entre algunos analistas y voces públicas hiper críticas del kirchnerismo: Lanata (“nada vuelve a fojas cero”), Borenztein (no abusen con dar marcha atrás porque van a terminar entregando el gobierno el 10 de diciembre de 2015), Morales Solá (“se agotó el margen”). Vale la pena entonces situar al correo en un contexto temporal más amplio.

 

El camino que llevó al actual presidente a formar Cambiemos y romper su techo histórico tiene una protagonista clave: Elisa Carrió. Aunque quizás le resultara difícil ser electa para un cargo ejecutivo, la diputada pudo construir una figura de “fiscal de la República” que la ubicó en un lugar moral. Cuando ella decidió cruzar su propio límite (“mi límite es Macri”, dijo en 2007) y compitió en las PASO con resultado cantado, habilitó “moralmente” a Macri a ir por más. Así y todo el electorado dudó y entre agosto y octubre de 2015 lo elevó sólo 10 puntos, del 24 al 34%. Esos diez puntos fueron un apoyo significativo, pero poco decidido: si el candidato oficialista hubiera alcanzado el 45, ese crecimiento de 10% hubiera sido insuficiente.

 

En ese camino en el que duplicó los votos desde las PASO de agosto hasta el ballotage de noviembre, Macri hizo grandes esfuerzos para que la sociedad se decidiera. Con investigación sociológica y antropológica constante, “Mauricio” se distanció de su propio apellido: ya sabía que ese “capítulo” (el padre) tenía que apartarlo. Pero supo más: prometió, en general, no atacar nada de lo que se había “hecho bien”, juró duplicar la inversión científica, mantener la AUH, Aerolíneas e YPF.

 

Era claro: “cambiemos” estaba formulado en primera persona del plural e incluía estos desplazamientos. Es sabido que la inteligencia y la eficacia no son potestad de ningún sector político específico.

 

El espejo invertido y su límite

 

Cuando los gobiernos no saben por qué les va mal en una encuesta o en unas elecciones dicen que hay “problemas de comunicación”. Si analizamos la comunicación del gobierno podremos ver mejor dónde está realmente el problema. La estrategia comunicacional declarada en la asunción de diciembre fue: no se gobierna para los ricos (“pobreza cero”), seguridad (“lucha contra el narcotráfico”) y cerrar la grieta (“unir a los argentinos”). Ese trío debía combinarse con una salida real del parate económico. Esa salida se iba a producir por la combinación de varios factores: devaluación, baja de retenciones, pago a los “holdouts” y confianza en un gobierno que era la punta de lanza de un “cambio regional”.

 

Menos de tres meses después, el presidente abrió las sesiones ordinarias saldando un intenso debate interno acerca de la “pesada herencia”. Un sector criticaba la estrategia del famoso consultor de no insistir en “el desastre” recibido. Entonces, ya el 1 de marzo del 2016 Macri hizo nacer lo que denominamos “el relato macrista”, basado en la idea de que la Argentina había atravesado una crisis comparable a 1989 o 2001 y que sería lento salir de esa ruina.

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Con el diario del lunes, en términos de comunicación, ese invento se mostró correcto para los intereses del gobierno. Renunció (si es que había alguna posibilidad) a “unir a los argentinos” y comenzó a atacar al kirchnerismo en diferentes frentes. Esa cuestión que en febrero de 2016 era un debate fue una de las escasas armas con las que contó el gobierno durante el resto del año cuando la inflación voló por los aires, aumentó la pobreza, el desempleo y el país permaneció en recesión, mientras se disparaba la deuda externa y el déficit fiscal. Si el gobierno no hubiera convencido a una gran parte de la población de que todo eso (o buena parte de eso) era culpa de la “pesada herencia”, no podría haber mantenido expectativas altas en un porcentaje importante de la sociedad de que todo mejorará.

 

Ese dispositivo comunicacional de contraste con el kirchnerismo provino de otros estudios sobre cuestiones del gobierno anterior que habían cansado a la sociedad. Si Cristina hacía cadenas nacionales y no daba conferencias de prensa, Macri debe ser el espejo invertido. Si Cristina podía criticar el público a un periodista, Macri debe agradecer las preguntas muy incómodas (aunque no las responda, eso no es importante). Si se instaló la idea de que Cristina no escucha, el PRO hace timbreo, para escuchar. Si Cristina nunca retrocede aunque se equivoque, Macri siempre puede apelar al “errorismo”. Así funciona la regla del espejo invertido.

 

En esa estrategia había algunos inconvenientes. Vamos a mencionar sólo tres. El primero es que si Cristina era dibujada como “muy ideológica”, el espejo invertido se estrelló varias veces con declaraciones muy chocantes de los ministros y funcionarios de Macri, especialmente en temas de derechos humanos, pero también en educación y en un antiperonismo recalcitrante que pretende ser acallado, pero a veces sale a luz. Ese es el primer problema estructural: a diferencia de los noventa la sociedad argentina no quería un viraje ideológico potente hacia la derecha (como dijimos aquí el 23 de noviembre de 2015). Y no siempre a los funcionarios les resulta fácil seguir todos los consejos de Durán Barba, aunque –teniendo una idea acerca de lo que se callan- no lo hacen nada mal.

 

El segundo problema es que el crédito de Carrió tenía y tiene una contradicción insalvable. Hay un apoyo a Cambiemos que deriva del odio que generó tanto la corrupción real como la ficticia. Pero el problema no era la ficticia. El problema era que el protagonista de ese “cambio” sí tenía apellido, acciones, dinero y papers. Allí se recurrió al viejo mito de que “como es millonario no viene a robar”. Debe decirse que en ese punto un sector de la sociedad volvió a mostrar una capacidad asombrosa para olvidar, para disfrutar de su ceguera voluntaria sobre historias muy conocidas acerca de ciertas fortunas. Pero… ¿y si vuelve Riquelme, si salimos campeones? “Roban pero hacen” no tiene propietario político ni clase social. ¿Acaso ven a algunos de los puristas de la pura transparencia protestando hoy en Plaza de Mayo?

 

El tercer problema es que la comunicación no puede hacer arrancar la economía. Y los economistas tampoco. Las cosas son más graves de lo que parecen. Macri asumió para gobernar en el mundo de Obama. Ese mundo ya no existe más. Macri abre los mercados, mientras todos los países centrales debaten cuánto más proteccionismo van a tener, con Estados Unidos y Gran Bretaña a la vanguardia. Hasta ahora no encontramos un solo indicio de que el gobierno haya implementado alguna estrategia respecto de este verdadero y huracanado cambio global.

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Un presidente interpelado

 

Por más frases hechas sobre la “sociedad de la comunicación”, las buenas estrategias de comunicación tienen límites muy precisos. Y, además, lo que fue eficaz un día puede ser un boomerang una semana después.

 

Por ejemplo, la frase “no soy infalible” paga. Siempre y cuando no haya millones que se pregunten si no es una puesta en escena que oculta un acto de corrupción. ¿Es casual que estos expertos y verdaderos magos de la comunicación hayan comunicado de modo tan calamitoso el asunto del Correo y sigan cometiendo “errores”? Hay ministros que hacen agua. Las contradicciones y falta de respuestas precisas se realzan de un modo muy especial.

 

¿Puede resolverse el problema del Correo? Veamos. La idea de que Macri (el padre, la familia, sus hijos, una confusión de macris) le debía 290 millones de pesos al Estado en 2001 quedó instalada. Y la gente de a pie más o menos sabe que un peso del 2001 ya no es lo que era. La ley de quiebras, los argumentos de la fiscal y los juicios de los macris contra el Estado, todo eso es más confuso y casi imposible de aclarar para el gran público.

 

El correo fue una cachetada: un sector de la sociedad que sólo tenía preguntas para la economía, ahora también quiere saber el desenlace de la telenovela del Correo. En este melodrama de padres e hijos, de si le dije o no le dije, la sociedad puede tener paciencia pero va a pedir que el final le deje en claro si hay o no espejo invertido respecto de las historias de corrupción. Sobre todo porque el presidente le pide a todos los argentinos que pongan el hombro, les dice a los empresarios “cambiemos”, les exige generosidad en estas horas difíciles. Atención: el presidente pide que se paguen los impuestos. Hasta el correo, era el presidente quien interpelaba al resto. Pero desde ese momento el presidente está siendo interpelado.

 

No se trata de “la verdad”. Ni siquiera de una posición política o moral. Los opositores más decididos al macrismo encuentran con el correo más argumentos a una lista muy extensa. Pero el problema del gobierno aquí es con sus votantes, con su propia popularidad. Porque de allí emanan quienes ahora miran y dudan y preguntan. Obvio que para un sector Macri siempre será su “mal menor”. Pero con eso al gobierno no le alcanza para octubre ni para sostener su eficacia política. Necesitan a los votantes más dubitativos y a los oficialista light y de último momento.

 

Por ahora el gobierno no tiene más recursos comunicacionales que apelar al relato macrista de la “pesada herencia” para tratar de descargar el peso del Correo. Puede advertirse que esa estrategia no va a funcionar por una razón sencilla. Los indecisos que hicieron la diferencia entre las PASO y la segunda vuelta (del 24 al 51%) quieren una “buena respuesta”: desearían que Macri no usara su cargo para favorecer a su familia. Ellos ya tienen el carrito completo sobre la corrupción del pasado y ahora tiene una pregunta nueva. Y esa pregunta necesita una respuesta clara.

 

¿Hay modo de que el gobierno produzca una “respuesta clara”? ¿Es posible que rechace de plano los intereses económicos de la familia presidencial? No hay indicio alguno en ese sentido y ahí están los casos de Calcaterra, Caputo y ahora la línea aérea de la familia que ayudará a destrozar Aerolíneas. Nada de eso perforaría el teflón si la economía volara. Pero por ahora no es el caso. El tema es que si el malhumor continúa y las respuestas satisfactorias persisten en su ausencia, aquello que antes resbalaba ahora puede lastimar. Todo depende del contexto. Y si no, pueden consultar a cualquier gobierno anterior.

 

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Juegos de alteridad

 

No todas son malas noticias en ese análisis de tiempos más largos para el gobierno. Porque entre los contrincantes políticos siempre se establece un modo específico de desplegar las disputas. Y mientras el gobierno se desvela en una terquedad comunicacional que insiste –generando cansancio- en que todo lo malo es el pasado, referentes muy relevantes del gobierno anterior parecen obsesionados en decir lo contrario: el pasado es el paraíso. Esa contradicción se desarrolla en un territorio común: discutir lo bueno y lo malo de los gobiernos kirchneristas. Como explicamos, esa fue la estrategia del gobierno desde marzo y fue lo que le permitió prolongar su popularidad mientras se alargaba la recesión.

 

Pero la política es un arte extraño en el cual no siempre hay que responder con las armas que propone el adversario. Justamente los gobiernos son eficaces no cuando logran que no haya oposición, sino cuando logran que el debate se despliegue en los términos que el propio gobierno propone. En este caso, propone una controversia sobre la relación sobre pasado y presente, como mecanismo justificatorio de la crisis.

 

La gente de a pie es poco proclive a escuchar a ex funcionarios hablando maravillas de su ex gestión. Anda ocupada en otros temas y siente cierta ajenidad respecto a estos debates de la política. Una distancia, una desconfianza, que tiende a distribuirse entre distintos partidos. Muchos dirigentes creen que es la actuación de sus adversarios lo que aleja a la población de la política. Pero sólo las minorías más convencidas hacen diferencias en ese sentido. A la distancia hay muchas cosas que se ven similares de aquí y allá: usos inaceptables de dinero público, políticos atornillados inamovibles, siempre los mismos. No cambian los discursos. No se incorporan nuevas voces.

 

Además, la gente de a pie se percata de que el modo en que sacan las cuentas comparando pasado y presente muchos dirigentes está muy sesgada. Del lado del macrismo porque inventan una crisis que no hubo. Del lado del kirchnerismo porque ese sector intermedio no va aceptar un balance que excluya el hecho de que se negaron tres hechos muy presentes: la inflación, la pobreza y la inseguridad. Y los balances sesgados generan cansancio. Y distancia.

 

Toda esa acumulación puede ser donde se esté cocinando un malestar, que puede devenir “antipolítica”. En realidad, se escuchan crujidos tectónicos porque es probable que después del Correo ya nada sea igual. Pero si emerge un descontento, si hay una irrupción, no necesariamente será antipolítica.

 

El desafío que tiene la oposición es si encuentra el modo de romper estos juegos de alteridad, este territorio de disputas. Para poder pasar del pasado al futuro. A soluciones que enamoren o que al menos sean atractivas. Para la población es más importante el día a día que quién tiene razón sobre esto o aquello. Y como en otras encrucijadas no encuentra la salida del laberinto.

 

El tiempo pasa. Más tarde o más tempranos se producirá esa ruptura de la lógica del debate político.


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