Desde su nacimiento, el PRO fue sumando managers y abogados de negocios desilusionados con la clase política y temerosos de un giro chavista en la Argentina. La intensidad de este temor permite entender la intensidad de la sensación de revancha que el personal del gobierno de Cambiemos expresó públicamente, una vez en el poder, frente a los partidarios del kirchnerismo. Para los managers, esta es la posibilidad de obtener reconocimiento social en un país en el que siempre se sintieron menospreciados. Un fragmento de “La larga marcha de Cambiemos”, de Gabriel Vommaro (Siglo XXI Editores)



“Se nos adelantaron diez años los tiempos, nos tocó, y nos hicimos cargo […] Y bueno, toca y toca, ¿qué le vas a hacer? Tocó. Nos hicimos cargo. Vino una movilización cívica importante de la que somos parte, pero fue también toda laépoca de las grandes marchas que se hicieron, para frenar algo”. Estela, miembro del board de G25 Mujeres

 

La llegada  de Cambiemos al gobierno en 2015 coronó un  proceso de  movilización política  que  incluyó  al mundo de los managers y su entorno social. Se trata  del core de PRO y sus mundos sociales de pertenencia: el universo de las empresas y de las ONG y las fundaciones que ligan al partido con las élites sociales  y sus ámbitos de sociabilidad. Las teorías  de la correspondencia de  intereses suponen que actores que ocupan posiciones similares en la escala social suelen compartir también posiciones políticas.  Aunque esta tendencia puede constatarse en  diferentes casos, el proceso de representación no es mecánico. Tampoco la aceptación de  la vía partidaria como medio de expresión de intereses, en un país en el que, hasta  los años 2000, las fuerzas políticas más abiertamente promercado eran débiles en términos electorales y, en cambio, los partidos mayoritarios  permitían influir en la orientación de las políticas económicas sin pagar los costos  organizativos de construir un instrumento competitivo para ganar elecciones.

 

El giro programático adoptado por  el peronismo menemista en los años noventa  parecía abrir una oportunidad inédita al mundo de los negocios de avanzar por fin hacia una sociedad de mercado con consensos sociales validados en las urnas.  La llegada  al gobierno de la Alianza entre la UCR y el Frepaso, en tanto, prometía mantener la orientación económica con el agregado de una dosis de moral pública de la que carecía el gobierno de Carlos Menem, según sus críticos. La crisis de la convertibilidad, y la posterior caída de la Alianza en 2001, fue tomada por esos  sectores, y en general por las fuerzas  sociales cercanas a la centroderecha, como una prueba de la necesidad de crear una nueva fuerza que llevara a cabo lo que las derivas “populistas”  –en especial  en términos  fiscales y de manejo de los recursos públicos– no habían podido y/o querido realizar. El breve experimento de Recrear, formado por López Murphy en el contexto de los agitados  tiempos de 2002, parecía expresar esa esperanza. Un espíritu similar estaba presente en la decisión de Macri y sus colaboradores de construir, a partir del nivel local, una nueva fuerza política que recogiera retazos de los partidos tradicionales pero estuviera comandada por nuevos políticos provenientes del mundo de la empresa y de las ONG.

 

A diferencia de otros países de la región, en la Argentina, tras la experiencia de la última  dictadura, para la centroderecha estaba cerrada la vía no electoral de acceso al poder (Luna y Rovira Kaltwasser, 2014), de modo que, en un contexto de crisis de los partidos tradicionales, la vía partidaria se convertía en un horizonte posible, a la luz de la orientación de centroizquierda adoptada por el kirchnerismo.

 

Vommaro. Cambiemos [tapa]

 

Esta narración retrospectivamente válida no se produjo, sin embargo, de manera lineal.  Por entonces, sólo dieron el salto a la política algunos managers y abogados de negocios con alta familiaridad con el mundo político –en este caso, provenientes de familias tradicionales que habían tenido dirigentes en su seno–, o bien con una  relación personal con alguno de los líderes de PRO, en especial con Mauricio  Macri. Fue en estos actores  que los acontecimientos de 2001 –la crisis social y política– y luego los de  2008 –el conflicto entre el gobierno de  Cristina  Fernández de  Kirchner y las entidades del agro–  mostraron efectos  más eficaces,  al menos en  términos inmediatos. Produjeron en ellos un  impulso a la politización: en un  caso, para “hacer  algo” por el país cuando su clase política  había  flaqueado; en el otro, para transformar una indignación de los sectores más dinámicos de la economía argentina –leída por los propios cuadros del PRO como “egoísta”, es decir,  basada  sólo en la defensa de intereses individuales– en una movilización partidaria concreta.

 

En cambio, para producir la movilización de numerosos miembros de la alta gerencia de grandes corporaciones, así como  de su medio social, fueron necesarias otras  vías de politización,  en las que los actores que ya se habían metido realizaron un trabajoso proceso de sensibilización y de organización de otros que, hasta entonces, no participaban de la vida política de manera plena.

 

La diferencia entre el proceso de involucramiento pionero de los managers y abogados de negocios miembros de familias tradicionales y el de los managers provenientes de familias no politizadas permite aprehender los factores que  identificamos como relevantes en este proceso de politización. Por un lado, la importancia del desarrollo por parte de algunos cuadros de PRO de un conjunto de instancias de mediación formales e informales adaptadas a la sociabilidad de los managers no politizados, en las que se hablaba el lenguaje del mundo de los negocios y se ofrecían vías de politización hospitalarias a esos grupos. Por otro  lado, el motor moral, que  identificamos en este libro con el temor a la chavización de Argentina, que fue traducido por esas instancias del medio partidario de PRO en la necesidad y urgencia del involucramiento político como  contribución de los “número 1” al salvataje de un país que,  en manos  de la clase política  en  el poder, podía llevar a un  modelo económico no capitalista y a un sistema de gobierno no liberal.

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En este libro optamos por no inclinarnos por ninguno de los argumentos clásicos  con que podría explicarse el pánico moral vivido por el mundo de los negocios frente a las políticas de gobierno llevadas a cabo por el kirchnerismo, en especial  a partir del segundo mandato de Cristina Fernández de Kirchner. A pesar de que, en virtud  de los indicadores basados  en el funcionamiento de la economía y de las instituciones políticas, no hay elementos objetivos sólidos para dar crédito a la posibilidad cierta de una preferencia por un rumbo de ese tipo, no consideramos  el temor a la venezuelización como una pura invención de élites inescrupulosas (incluso a sabiendas de que los actores políticos y los emprendedores morales ligados a PRO, así como profesionales del comentario político de origen conservador, agitaron ese fantasma con  fines político-electorales). Tampoco optamos por transformar la experiencia de un grupo social en un diagnóstico de la situación, para de este modo dar por cierto, como lo hacía ese grupo, que en efecto había  un peligro real de confiscación de bienes o de reforma integral de las instituciones políticas en un sentido no democrático. Evitamos el puro objetivismo y el puro subjetivismo.

 

Preferimos describir el modo en que, en un determinado medio social, el sentimiento de pérdida del control del aparato del Estado y la extrañeza y hostilidad vivida en relación con el personal político del kirchnerismo, en especial  en su fase tardía, fue interpretado como peligro de chavización. Al hacerlo, le dieron contornos claros. La etiqueta redujo así la complejidad del conjunto de  operaciones cognitivas  y morales que  realizaban  los managers y su entorno social  frente al jacobinismo estatalista de un gobierno que avanzaba sobre la idea de que el pueblo se encontraba representado en él, y que por tanto debía tomar a su cargo la defensa de sus intereses ante los intereses sectoriales, en especial económicos, que buscarían defender privilegios. Desde la perspectiva de los miembros de la alta gerencia, esto era percibido de manera creciente bajo la forma de la amenaza.

 

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En este sentido, sostuvimos,  primero, que estos modos  –sesgados y cerrados– de dar inteligibilidad a la realidad social fueron favorecidos por las lógicas de circulación de las fuentes de información en tiempos de creciente polarización política. Segundo, que los emprendedores morales y profesionales del comentario político que  nutren de  manera habitual las fuentes de  información del  mundo de  los negocios construyeron un problema en  torno a esa deriva chavizante de  Argentina sobre la base de una suma de elementos tanto objetivos –medidas de gobierno, discursos  gubernamentales– como subjetivos –movilizaciones  emocionales, impugnaciones morales–. Este problema se consolidó así como  evidencia entre los managers y su entorno social,  reacios a aceptar una  intervención del  Estado en la economía, que juzgaban desde el principio del  kirchnerismo como  excesiva,  y que entonces tomaba un cariz  más agudo. Tercero, que la lógica de victimización que existe respecto de otros  fenómenos sociales, como el delito, funcionó aquí como refuerzo de ese sentimiento de temor frente al gobierno, a través de los relatos de experiencias de colegas que habían vivido situaciones de tensión con funcionarios de diferentes agencias relacionadas con la regulación de la vida económica, en especial con el entonces secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno. Por último, los marcos de sentido que daban inteligibilidad a los temores en torno a la idea de la chavización, así como  las referencias a casos de arbitrariedad o de abuso de autoridad por parte de funcionarios públicos, nutrieron las conversaciones ciudadanas que tenían lugar en los espacios de sociabilidad de los managers y se volvieron un lugar común del modo en que actores  institucionales de ese medio social, como consultoras de recursos humanos, definían la situación política en Argentina. La intensidad de  este  temor permite, en parte, entender la intensidad de la sensación de revancha que el personal del gobierno de Cambiemos expresó públicamente, una vez en el poder, frente a los partidarios del kirchnerismo. La fiesta de Cambiemos excluye a los responsables de ese pánico moral del que nace la politización de los managers.

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Aunque no  desdeñable desde el punto de vista numérico, la importancia de la movilización de los managers y de su medio social no radica en la amplitud de sus apoyos en términos electorales. Las élites económicas y sociales son, por definición, minoritarias. Para superar el enclaustramiento en ese pequeño mundo y ser competitivo en las urnas, desde sus orígenes PRO fue concebido como un  partido multiimplantado socialmente, con  fuerte raigambre en los sectores  medios-altos y altos, pero también en las clases populares. Incluso, como hemos mostrado en otra parte (Vommaro y Morresi,  2014), para poder ganar en  la ciudad de Buenos Aires PRO tuvo que conquistar  vastos contingentes de clases medias más tradicionales, que viven en el corredor central de la ciudad. Igual  lógica siguió la decisión de establecer una alianza con el radicalismo, la Coalición Cívica y otros socios menores que podían sumar votos en distritos y en sectores  sociales a los que PRO, por sus propios medios, accedía con dificultad.

 

En cambio, la importancia de la movilización de su core electoral en los años finales del kirchnerismo radica en que permitió al macrismo conseguir, por un  lado, un personal político y de gobierno “propio”, es decir,  no dependiente de  acuerdos con otras fuerzas políticas y con una alta fidelidad en términos de conducción política; por otro lado, multiplicar energías militantes que se revelaron importantes tanto en las actividades de campaña como en la fiscalización de las elecciones y que, por tanto, sirvieron para intervenir en la disputa por otros  electorados.

 

En el marco de la polarización social y política del país, esa tropa propia constituyó una base sólida desde la que dar batalla interna a sus socios radicales y externa a sus competidores peronistas. La forma en que PRO llevó a cabo esta tarea, a través de organizaciones parapartidarias que forman parte de lo que F. Sawicki (1997) llamó el “medio social” de una fuerza política, da cuenta de la importancia de interesarse, a la hora de estudiar un  partido político en contextos como el argentino, por esos espacios e instituciones formales e informales que no integran los estatutos de la institución, pero que son fundamentales para entender el modo en que un partido vive de manera cotidiana, recluta militantes y cuadros políticos y formatea sus visiones del  mundo.

 

Estas organizaciones, como  es el caso de  la Fundación G25, permitieron a PRO conectarse con diferentes públicos. Creada por un pionero de la politización de managers y abogados de negocios de clases altas como Esteban Bullrich, G25 no sólo logró movilizar a estos “número 1”, organizarlos en torno a objetivos electorales y de gobierno, y luego convertirlos en actores del mundo público, al ubicarlos en posiciones en el Estado. También colaboró en la tarea de construir una épica política que impulsó la movilización electoral en 2015. Participó,  en  definitiva, del  armado organizativo de PRO que fue condición de posibilidad de su llegada al poder.

 

Las actividades realizadas por G25, así como el tipo de personal que lo anima, evidencian también la importancia de la acción estatal para dar consistencia a las organizaciones políticas. Desde el Estado, los partidos movilizan recursos provistos por las agencias  públicas para conectarse con electorados y grupos corporativos;  vuelven sus actos de gobierno instrumentos de proselitismo.  Desde  el gobierno de la ciudad de Buenos  Aires, PRO utilizó con intensidad los recursos públicos para la construcción de una marca partidaria. Incluso tuvo que afrontar denuncias por  la superposición de los colores partidarios y los colores del Estado,  que  sorteó al incluir pequeños matices en unos  y otros (Vommaro y otros,  2015). 

 

Pero más allá de estas querellas judiciales que siguen por otros medios la competencia política, lo cierto es que el partido de Macri construyó a partir de su gestión en  la ciudad, con recursos organizativos provistos por las oficinas públicas  –por ejemplo, cuadros políticos empleados en el Estado  con tareas  de operación política en el interior del país–, una estrategia publicitaria de difusión de los “logros” de esa gestión. El programa “Ver para  creer”, que daba a conocer los emblemas de la gestión en la ciudad como el metrobús o la remodelación del Teatro Colón,  incluía verdaderas excursiones proselitistas a visitar la ciudad de las que G25 participó de forma activa. A través de su red de adherentes, contribuyó a dar cuenta de que valía la pena hacer un esfuerzo para lograr el cambio que PRO primero y luego Cambiemos proponían, y que iba a permitir, según se decía, que la vida cotidiana de las personas mejorara.

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Como sucedió en los años noventa con el avance del neoliberalismo y el ascenso  de los economistas al poder, la politización de los managers se dio en un contexto de transformación de las jerarquías morales dominantes con que se evalúa la política: “la gestión” pareció imponerse por sobre la supuesta ineficiencia y falta  de  transparencia de “la política”.  Si, como  muestra Sabina  Frederic (2004), en  los años  noventa se trataba de reemplazar el activismo “político” por el “social”, aquí es cuestión de traer a “los mejores” del mundo privado para que “lo público” pueda ser bien  administrado. El llamado a los mejores realizado por  organizaciones como  G25 implicaba también ofrecer a los managers recompensas simbólicas  y morales a cambio de una entrega temporaria de sí. De acuerdo con la gramática del mundo managerial en que se montaban los movilizadores de esa  fundación, lo importante era  garantizar que tras el éxito económico adquirido podían obtener reconocimiento social, en un país en el que el mundo empresario siente,  siempre, que es menospreciado.

 

Vommaro. Cambiemos [tapa]

 

Los  directivos  de  empresas son  una  minoría social  reducida. Y no gozan, como vimos, de alta estima social. En una entrevista realizada en 2010 al presidente de la Asociación  Cristiana de Dirigentes de Empresa, Adolfo Ablático, se le preguntó a qué  atribuía la mala imagen que  tenían los empresarios en la Argentina. En su respuesta distribuyó responsabilidades entre empresarios y gobernantes, aunque la tensión entre el gobierno y algunos grupos empresarios que se vivía en tiempos de kirchnerismo aparecía como  causa principal, para el dirigente, del desprestigio de los actores del mundo de los negocios:

 

“La sociedad argentina es una de las que menos valoriza a su clase empresaria. Y es una responsabilidad compartida. Hoy la sociedad no nos valora, porque muchos empresarios sólo juegan hacia el interior de sus compañías y se olvidan de su rol con la sociedad. Ese papel está deslucido desde hace años y cuantas más crisis atravesamos, se expone de manera contundente. Hay una deficiencia del rol del empresario ante la sociedad: no se da a conocer bien lo que hace como actor clave en la sustentabilidad y en la creación y en la distribución de riqueza. También los gobiernos contribuyen a la desvalorización: reparten culpas propias y cargan los costos de las crisis económicas en el sector empresario. Este gobierno, particularmente, lo aprovecha y lo exacerba. Total, hay un estereotipo formado acerca de que los empresarios no persiguen el bien común”.

 

En cierta  medida, y en virtud  del modo en que el gobierno de Cambiemos enmarcó el ingreso de  los managers en el Estado como el desembarco de los mejores, algunos miembros de los nuevos  grupos movilizados  sintieron que  jugaban su prestigio en un proyecto que venía a terminar con “el populismo” en Argentina. Por eso no llama la atención que la casi totalidad de los managers que  componen nuestra muestra haya optado por la opción de la politización una vez que sentían que su carrera había  llegado a “un techo”, que se había  estancado, y que ya no podían esperar mucho más en términos económicos ni profesionales del  mundo en el que habían invertido sus energías y casi la totalidad de su tiempo durante su edad adulta.

 

La promesa de ingreso en el Estado en un gobierno que vendría, por fin, a “hacer  lo que  hay que  hacer” en términos de políticas económicas, y que adaptaría el mundo público a la nueva realidad del capitalismo globalizado del que los managers se sentían protagonistas, suponía también una oportunidad para  “ayudar  a los demás”,  que  iba más allá –en términos de escala y de impacto, pero  también de visibilidad–  de las actividades de voluntariado –una  relación con el otro social descendente y condescendiente– a las que estos agentes de escasa familiaridad con la política estaban acostumbrados. El cuidado de los perdedores  sociales del cambio  –antes de que puedan disfrutar de  sus beneficios– complementa así la idea de la necesidad de imponer el realismo globalizador. La “ayuda” se juega entre el corto  y el largo plazo, entre la liberación de las energías emprendedoras y la amplificación  de las ayudas voluntarias de la sociedad civil. Todo, por cierto, desde el Estado.

 

Parte de estas élites había sido reconocida como  miembro de espacios  selectivos y selectos,  como  YPO. Algunos,  inclusive,  formaban parte de élites globalizadas, como  Young Global  Leaders del  Foro  Económico de  Davos. Su politización les devolvió  “su rol ante  la sociedad”, como  sostuvo el dirigente empresario en el pasaje recién citado.  Desde  diciembre de 2015, pudieron validar esos pergaminos en la arena electoral, ser reconocidos como élite gobernante dentro de un proyecto afín con su ideal de sociedad. La narrativa según  la cual el gobierno de Cambiemos lleva a Argentina “al mundo” está ligada,  en cierta  medida, a la coincidencia, luego  de un largo  tiempo de predominio de élites plebeyas  y locales, entre lo que “el mundo” dice respecto de los “número 1” argentinos y lo que dicen sus ciudadanos, que validaron en las urnas el proyecto de gobierno del que aquellos forman parte. En virtud de esta coincidencia, los managers ataron su suerte como  grupo social a la empresa política  de construcción de una sociedad de mercado. Su fracaso implicaría una vuelta al “populismo de izquierda”. Una  miembro del board de G25 sostenía al respecto:

 

“Si nos va mal, es un tsunami tan grande que se lleva puesto todo. La reputación de G25 no tiene ninguna relevancia, porque si nos va mal quiere decir que

le está yendo mal a Mauricio, a este gobierno, a este país, ¡y que vuelve un populismo de izquierda! ¿Quién se va a acordar de G25?”

 

¿Puede  un  proyecto político que se apoya en estos líderes globales transformar de manera exitosa un país de cultura plebeya? ¿Puede “un espectro de la sociedad mucho más  estrecho que la nación entera”, por  volver a una  fórmula de Guillermo O’Donnell, establecer una dominación legítima y, por eso, duradera? Desde luego,  se trata del desafío que comparten todos los grupos políticos que llegan al  gobierno en tiempos de partidos fragmentados y de minorías intensas en el poder. Aquí, sin embargo, el reto se vuelve más agudo en virtud de la magnitud del cambio  económico y social que el gobierno de Cambiemos quiere llevar a cabo, que va contra las orientaciones estadocéntricas, proteccionistas y neocorporativas –es decir, de defensa de acuerdos sectoriales entre actores colectivos, con intervención estatal,  que se oponen a la desregulación y atomización de mercado– de la cultura política argentina, desde los sectores  populares movilizados hasta los grupos empresarios asociados al mercado interno.

 

Las querellas morales sobre la justicia –es decir, sobre su vocación universal–  de los objetivos de este desembarco colectivo de personal de alta gerencia privada  en el Estado, así como acerca de su pericia para lidiar con el mundo público, señalan que los interrogantes que crea este proceso de politización de los managers –en el marco del proyecto de instalar una sociedad de mercado con apoyo electoral– no son sólo un asunto académico, sino también una  preocupación pública de gran  vigor en una conversación política que mantiene la intensidad de la polarización y en la que las partes no parecen reconocerse como interlocutores válidos.

 

En la visión de sus críticos, que contrasta con la celebración oficialista de la llegada  de los mejores al Estado para “colaborar” de manera desinteresada con el mundo público, la sociabilidad exclusiva de los managers, así como su pertenencia reciente al mundo de los negocios, da lugar a una élite enclaustrada y sin sensibilidad social, que llega al poder para  ponerlo al servicio de intereses privados.

 

La pregunta por la posibilidad de que un “gobierno de ricos” tenga  una mirada global de la sociedad –que incluya a sus clases populares– tiene  gran interés histórico, en virtud de la novedad que representa la construcción de un partido de  centroderecha competitivo, que llega al poder por la vía del voto, y que produce una  coalición entre sectores  medios urbanos, clases altas y los sectores  productivos más conectados con el mercado mundial que nunca tuvo lugar  en el país de manera durable en tiempos de  democracia electoral. La posibilidad de  que  sectores arraigados en  la dinámica económica del capitalismo globalizado puedan llevar a cabo de manera relativamente exitosa un proyecto de país para una  sociedad que, hasta el momento, se construyó con un fuerte anclaje en la acción  incluyente del Estado-nación implicaría una revolución de las condiciones de producción de proyectos políticos en Argentina.

 

Los elementos con que se cuenta hasta el momento siembran dudas al respecto. Son claras las dificultades del gobierno de Cambiemos para producir modificaciones sustantivas en la regulación de los diferentes mercados –de  trabajo, de producción– en un sentido liberalizador. Pedir esfuerzos en el presente para cosechar los frutos en el futuro ha generado hasta ahora, a mediano plazo, resistencias en una sociedad que, cada vez que recibió ese pedido, asistió a rápidos beneficios para  minorías económicamente poderosas que saben  aprovechar el momento, junto a grandes padecimientos para las mayorías sociales, nunca compensadas en épocas de bonanza.

 

Cambiemos dijo en muchas ocasiones haber llegado para terminar con la polarización política –en  su narrativa, “unir  a los argentinos”–. La gran  distancia social entre el core de Cambiemos y los apoyos del proyecto populista se convierte en desprecio a un Ancien Régime que hay que desterrar y augura, respecto a ese imaginario pacificador, más bien  un avance en el sentido contrario.

 


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