La villa 1.11.14 del Bajo Flores es una de las más populosas de la ciudad. Para los referentes barriales viven 80 mil personas, más del doble de lo que calcula el Estado. Entre la expansión vertical e intensiva y la tensión entre la urbanización y el desalojo, la organización “desde abajo” en merenderos, talleres de capacitación y emprendimientos aparece como un modo de resistencia que disputa la interpretación de las condiciones neoliberales. Un fragmento de “La razón neoliberal”, el libro de Verónica Gago publicado por Tinta Limón Ediciones.



La ciudad que viene

 

La villa 1-11-14 parece arrastrar a Buenos Aires un pedazo de Bolivia. Más precisamente de El Alto: la multitudinaria ciudad que rodea, como un anillo, a la hondonada urbe de La Paz. La 1.11.14 replica aquellas construcciones en altura, con ladrillos sin revocar, que tiñen el paisaje de un rojo anaranjado. Este material –el ladrillo sin revoque– ha cambiado en la última década la fisonomía de la villa. Tradicionalmente en Argentina, éstas han sido levantadas como asentamientos de chapa y cartón; desde hace algunos años, la migración boliviana y paraguaya (mano de obra mayoritaria en el rubro construcción) ha impulsado y transformado la técnica y los materiales con los que se edifica. Ahora las viviendas son de ladrillo, lo cual permite una nueva posibilidad: el crecimiento vertical. Así, la villa del Bajo Flores se eleva, se desarrolla en altura, desafiando los terrenos bajos –antiguos bañados– que adjetivan el barrio como bajo.1 Delimitadas sus posibilidades de expansión horizontales (está rodeada de predios que pertenecen a la Policía Federal), las viviendas proliferan hacia arriba y se superponen, un piso sobre otro. Hoy se encuentran construcciones de hasta cinco niveles.

 

Beatriz Sarlo (2009), en su libro La ciudad vista, emite un juicio estético-urbano sobre esta misma cuestión: “Todo exhibe crudamente, con el aire confiado de lo natural en expansión, una especie de precaria monstruosidad destinada a permanecer, ya que la construcción es de material y está allí para quedarse” (2009: 73). Sarlo habla de la villa como un barrio que destila una “inconclusión definitiva”, agravada ahora por el contraste de materiales entre las viejas y nuevas villas: “Así impresionan todas las construcciones precarias, en chapa, madera, cartón, plástico. Pero cuando lo inconcluso es de ladrillo, la cualidad de lo no terminado contradice las propiedades de las materias sólidas que entran en su composición” (2009: 73). Comprueba así que el ladrillo de las construcciones desmiente la ilusión que todavía es posible mantener cuando se ve a las viviendas precarias hechas de materiales menos definitivos: constata que están ahí para quedarse.

 

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Son parte no momentánea ni transitoria de la ciudad. Hay algo de lo que Sarlo juzga como “precaria monstruosidad” que es ya constitutiva de la ciudad y no armado pasajero, sujeto a ser desmontado según los vaivenes de las políticas públicas y los requerimientos de mano de obra. Aún si nunca fueron así de volátiles, lo que se lee en su análisis es sobre todo una apreciación: esas construcciones, para ella “arquitecturas monstruosas”,2 son la ciudad del presente, su parte más llamativa. Aun si incluidas como su parte baja, están allí “para quedarse”, lo que significa que remodelan definitivamente lo urbano y subsumen a Buenos Aires en esa lógica de lo inacabado para siempre. Se trata, además, de una monstruosidad que no tiene confines fijos, no se limita a la villa: se desparrama más allá de sus bordes a través de los vendedores ambulantes (que mayoritariamente viven en barrios así construidos). Lo monstruoso construye ciudad, “la ciudad de los pobres”.

 

En esta ciudad entran en discusión, para Sarlo, dos binarismos básicos: las distinciones entre lo público y lo íntimo y entre lo humano y la naturaleza. “El suburbio pasa por alto la intimidad íntima, para poner en escena la intimidad pública. Hay una noción diferente de lo que puede verse, de lo que está permitido ver. Cuerpos y materias de la naturaleza entran en una simbiosis peculiar en el suburbio: entre la vitalidad y el deterioro, como si los procesos fueran siempre incontrolables” (2009: 79). La ciudad actual pone en juego, o en jaque, dos distinciones, que su análisis verifica como ya derrumbadas. Por un lado: lo íntimo vs. lo público; por otro: la naturaleza vs. lo humano. Son dos reglas de distinción: la primera de la polis, es decir: las reglas de la ciudad al estilo de los ilustres atenienses donde público y privado definen los ámbitos de lo político y de lo doméstico de modo excluyente y jerárquico; la segunda es la norma misma de la civilización entendida en términos de un clasicismo moderno capaz de discernir y discriminar lo natural de lo humano. La ciudad vista para Sarlo revela, a contraluz, la ciudad perdida, aquella en la que la frontera entre lo humano (civilidad) y lo no-humano (naturaleza), lo público (civilidad) y lo doméstico (naturaleza), se materializan como rumbo civilizatorio.3 Tal punto de vista muestra sobre todo lo que ya no es ni anuncia ser una ciudad. Una cierta clausura de lo que algunos intelectuales, en plena transición democrática y de expectativas modernizadoras, pensaron como ciudad futura.

 

1.11.14

 

Según información oficial, en Buenos Aires aproximadamente viven unas 200.000 personas en villas y asentamientos. La 1.11.14 del Bajo Flores es una de las más populosas. Las cifras gubernamentales son desmentidas por los referentes barriales, quienes tienen sus propias formas de medición y dan cuenta de la dinámica de velocidad y crecimiento poblacional que las pesquisas oficiales no llegan a registrar. Ellos hablan de unas 80 mil personas sólo en esa villa en la actualidad, duplicando el número oficial.

 

Lugar de llegada desde mediados del siglo pasado para migrantes del interior y de países limítrofes fue varias veces ocupada, desalojada y vuelta a poblar hasta conquistar las treinta y un manzanas de hoy. Durante la última dictadura militar sufrió el embate más feroz para intentar erradicarla. Por un lado las topadoras destruyeron casas y aplanaron parte del terreno; por otro fueron repatriados obligadamente cientos de bolivianas y bolivianos por un convenio con el dictador Hugo Banzer, como parte de la coordinación regional de expatriación forzada que se dio simultánea a la operación represiva, también regional, del Plan Cóndor. Algunas de sus calles fueron utilizadas para fusilar militantes y desde entonces varios de sus vecinos están desaparecidos. En esa época quedaron apenas unos veinticinco vecinos, pero después del 83, con la vuelta de la democracia, la villa volvió a crecer. De allí que su nombre fue sumando números, compilando la historia y las denominaciones de las diferentes épocas. Hoy se la conoce como esa sucesión numérica: 1.11.14.

 

Desde comienzos de los 90, con la paridad cambiaría del peso argentino respecto del dólar, Argentina se convirtió en un destino masivo para migrantes de los países vecinos y la villa recibió nuevos miles de habitantes que llegaban para poder enviar a sus países de origen cuantiosas remesas en dólares. La crisis del 2001-2002 implicó también el fin de la “convertibilidad” peso-dólar. Sin embargo la mayoría de los migrantes no regresaron a sus países como se especulaba y, por el contrario, la villa del Bajo Flores en particular siguió siendo un lugar de arribos en busca de mejor vida y oportunidades laborales. Desde 2005, con la reactivación económica del país, se incrementó la llegada de jóvenes, impulsando una renovación generacional de la migración.

 

La villa como efecto del progreso

 

Contra la imagen compartida de que la villa es un lugar transitorio y que crece en momentos de crisis, las cifras dicen lo opuesto: la población en las villas creció en 2010 un 52% respecto de 2001. Según informa los datos del Censo 2010 “son 163.000 las personas que viven en villas porteñas” (citado por Laura Rocha, La Nación, 18.12.10). “La ciudad de Buenos Aires no crece salvo por los movimientos de población. Lo único que crece son las villas. Volvimos al volumen del año 1989”, declaró a los medios Victoria Mazzeo, jefa del Departamento de Análisis Demográfico de la Ciudad de Buenos Aires.

 

Tras varios años de crecimiento económico, las villas siguen creciendo. Desmitificando así que su erradicación depende del aumento de empleo y actividad económica y más bien revelando lo opuesto: el progreso produce más villas. Con esta constatación, todo un discurso moderno de la inclusión progresiva a un modelo mayoritario de empleo, vivienda y servicios sociales se revela por lo menos insuficiente.

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El otro punto a destacar de la información del censo es la ratificación de un crecimiento intensivo de la villa, empujado por la falta de espacio. “A pesar del aumento de población de las villas la superficie que ocupan no creció sustancialmente. En 1962 ocupaban 146,5 hectáreas; en 1980, 246,5 ha; en 2001 292,7 ha, y en 2010, 259,9 ha.” “En los últimos 30 años no creció en superficie sino que crecieron en altura. No hay más terrenos, salvo cuando se hace una ocupación ilegal al costado de las vías del ferrocarril, por ejemplo, indicó Nora Zuloaga, subdirectora general de Estadística Sociodemográfica”, informa otra nota de Laura Rocha (La Nación, 5.10.11).

 

Analizando la misma información, Ismael Bermúdez, en una nota en Clarín del 7.09.11 señala que el crecimiento en las villas porteñas contrasta, según los datos del censo ya citado, con el bajo crecimiento de la ciudad de Buenos Aires en general: “Así, en esos barrios carenciados, el ritmo de crecimiento poblacional es muy similar, y muchas veces superior, al de buena parte del GBA. Por esa razón, algunos especialistas señalan que hay una “conurbanización porteña”, estableciendo casi una unidad sociogeográfica ya que muchos de esos barrios son linderos con los partidos del GBA”.

 

Queda claro en este señalamiento una preocupación sutil por lo que implica la contaminación conurbana para el ámbito porteño. El conurbano, cual intruso, se entromete y se superpone con “la ciudad”, desplazando sus límites y reproduciéndose al interior mismo de la “capital”. Esto supone una imagen de colonización inversa: son los barrios periféricos los que toman partes –y tiñen con su lógica de crecimiento– al centro mismo. En ese movimiento, se crean zonas supuestamente “conurbanas” o “suburbanas” en medio de la urbe.

 

La villa transnacional

 

La política que se hace en la villa 1.11.14, tiene simultáneamente una ligazón con la política boliviana y paraguaya, saca cuentas con cierta tradición guerrillera del Perú, relanza la discusión urbana en Buenos Aires y nos informa de dinámicas de trabajo que se extienden a ciudades como San Pablo o Pekín. ¿Cómo pensar esa suerte de conectividad y resonancia que hace de este espacio concreto y circunscripto un complejo ensamblaje de territorialidades, tiempos y problemas? ¿Constituye la experiencia de un “eje tiempo/espacio instantáneamente transnacional” (Sassen, 2010)?

 

El territorio, como ensamblaje, es también la casa y el cuerpo. La perspectiva feminista insiste en esa superposición a la hora de desentrañar los posicionamientos desde los que se habla, se hace, se vive. El territorio, desde esta luz, se hojaldra, se abre, se multiplica. En esta línea, la política barrial no puede desligarse de una política vinculada al trabajo doméstico, a las políticas sociales, al modo en que los cuerpos producen la ciudad e, incluso, a los modos de imaginar y proyectar una región como la sudamericana.

 

¿Cómo pensar un concepto de multiescala vinculado a la política barrial que ya no se restringe a, justamente, lo barrial sino que traza líneas de convergencia y conexión transnacionales? La construcción del lugar como materialidad afectivo-colectiva implica el espacio concreto desde donde se producen enunciados, formas organizativas, y momentos de comunidad. Allí se involucra con múltiples trayectorias de movimiento, de discontinuidad y de recorridos que hacen de la dinámica temporal (temporalizante) un eje fundamental de tal constitución territorial. En esta secuencia, una política del lugar produce combinaciones que no responden a mapas anteriores ni, por tanto, a escalas preestablecidas.

 

¿En qué sentido una política como la del cuerpo de delegados de la villa permite analizar la multiescalaridad puesta en juego como momento táctico, como fuente de identidades múltiples y de dinámicas que no se restringen a una idea de lo local como aquello fundamentalmente acotado? La idea, por el contrario, es comprobar hasta qué punto la localización es superficie de proyección y ampliación de la capacidad de interlocución política. Y, por tanto, capacidad de re-escalar, de saltar escalas y vincularlas (Swyngedouw, 1997), de un modo que desafía la partición globalizada entre lo local y lo global pero también la geometría nacional.

 

El Alto: los inquilinatos

 

Los inquilinatos corresponden al momento de expansión vertical e intensiva de la villa. A un punto de aceleración del “mercado inmobiliario informal” (Cravino, 2006). Ya no hay espacio extensivo que ocupar, pero la gente sigue llegando. Impulsada por cierta reactivación económica que tiene a los talleres textiles como sector dilecto para la migración, surge toda una economía habitacional y una capa poblacional nueva: el inquilinato. Ya hay torres de hasta cinco pisos impulsadas por el negocio de rentar habitaciones sobre un suelo escaso.

 

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Esto genera, a su vez, todo un nuevo sector de propietarios entre los habitantes de la villa (ocupantes primeros de los terrenos) que pasarán a engrosar sus ingresos por la renta de habitaciones y/o camas. El sistema comunitario de anticrético (ver más abajo) se vuelve clave para esta expansión inmobiliaria, cuyas construcciones también fueron realizadas por iniciativas comunitarias en la última década. Algunos delegados denuncian que la villa se convierte en una “ciudad-dormitorio” enlazada a la industria de los talleres que funcionan tanto dentro como fuera de la villa.

 

Como ciudad-dormitorio, crecen en ella los servicios para quienes alquilan una habitación o una cama y no pueden cocinar en ellas. También las guarderías clandestinas (no autorizadas) para niños y niñas. Todo un sistema de infraestructura a la vez visible e invisible.

 

Así como la migración impulsa el desarrollo de una tecnología del flujo de noticias, de dinero y de personas (locutorios, agencias de giros y correo y agencias de viajes), hay también toda una tecnología de servicios internos domésticos y de cuidado (comida, enfermería y medicina, guardería, seguridad, etc.), que se multiplican con la creciente llegada de gente. A estos corresponde una tecnología de la fijación como construcción de un nuevo lugar, especialmente vinculada a las tareas de reproducción. Una manzana que en el año 2000 albergaba 115 casas y 180 familias, ocho años después es poblada por 700 familias y las casas se vuelven incontables: la misma casa, con el mismo número, ahora tiene tres o cuatro pisos.

 

En los últimos años el espacio habitacional de la villa ha ido mutando. Están los ocupantes históricos de las manzanas pero además están los departamentos “sociales” y están los inquilinatos, ocupados por inquilinos y por sus dueños. ¿Cómo hace un delegado para representar las distintas modificaciones? ¿Cómo fue influyendo en la representación esta ampliación y diversificación de la población? Una de las delegadas sitúa en un tiempo anterior, cuando la población era otra, la posibilidad de una construcción integrada de ciudadanía y comunidad. El inquilinato complica y hace aun más heterogénea la composición de la villa.

 

La tensión entre la urbanización y la erradicación

 

La velocidad con que se puebla la villa es imparable. Una delegada que se instaló al principio de los 80, cuando el predio era una “selva” por la cantidad de vegetación y agua y apenas alcanzaban las quince casas en su sector, recuerda que en pocos meses por entonces se pobló. Pero nunca imaginó el ritmo actual. Aun hoy se sorprende de ver llegar de madrugada taxis que vienen directo de Ezeiza, que traen de a 20 personas. Cada vez que los ve descargar maletas mientras baldea la vereda apenas amaneciendo, se hace la misma pregunta: ¿dónde van a entrar?

 

Desde la planificación gubernamental la urbanización supone un trazado de calles y un tipo de fiscalización de las viviendas que asume, al menos teóricamente, la erradicación de la villa. Es decir, su reemplazo por otro tipo de trazado urbano. La imagen es la de un pasaje: de la villa al barrio de departamentos. La lógica oficial pretende vaciar las casas construidas por las sucesivas ocupaciones –y todo el mercado inmobiliario paralegal posterior– y reubicar a sus habitantes en monoblocks. Sin embargo, el ritmo de crecimiento de la villa impide el reemplazo. Más bien se llenan los departamentos y no se vacían –y aun aumentan– las construcciones en la villa. Más que reemplazo, lo que sucede es una dinámica de crecimiento por superposición.

 

Quienes son beneficiados algunas veces dejan sus construcciones en la villa, otras veces las venden o trocan a familiares o desconocidos y otras las alquilan de algún modo informal, ya que no estarían autorizados a tener una doble vivienda. La idea de que la urbanización implicará un progresivo “desalojo” de la villa es permanentemente resistida y saboteada. Toda una dinámica inmobiliaria poderosa cuadricula esas treinta y un manzanas que se hacen más densas, se elevan, y se encarecen.

 

Se cierne, además, el temor por la transitoriedad de lo conseguido: los delegados saben que las conquistas no pueden darse por seguras ante un cambio de gobierno, incluso pueden peligrar ante un recambio de funcionarios dentro de un mismo gobierno. Lo conseguido nunca parece irreversible. Y eso se sabe, se calcula, se tiene en cuenta. Las negociaciones pueden reabrirse, cerrarse, estancarse o retroceder. De allí que la sensación es que hay que permanecer alertas y organizados.

 

Las conquistas son temporalmente inestables, siempre provisorias. Por eso una cierta pasión administrativa impulsa a los delegados a buscar reaseguros, a conseguir papeles firmados, a titularizar derechos. A la vez, las conquistas son también siempre parciales. En el recorte que necesariamente produce un reconocimiento por parte de las instancias de gobierno y porque siempre hay un exceso comunitario irrealizable en términos de demanda. La parcialidad es a la vez una muestra de dos economías realizativas diversas y al mismo tiempo evidencia del modo contingente en que la conquista se realiza.

 

Mapear el territorio

 

La primera tarea que asume el cuerpo de delegados es la de una producción demográfica y cartográfica sobre la villa. “Ése era nuestro trabajo: haciendo relevaciones, haciendo planos, demarcando la apertura de calles, haciendo infinidad de cosas, haciendo censos. Los de la manzana 10 nos conocían, estábamos arriba de los techos midiendo; éramos topógrafos, éramos agrimensores, éramos ingenieros, éramos de todo los delegados”. En una síntesis del polipragmatismo que Rancière reivindica como verdadera liberación obrera frente a su histórico enclaustramiento especializado (indefectiblemente manual), los delegados experimentan la práctica de múltiples oficios y saberes.

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El colectivo constata que las autoridades no saben quiénes ni cuántos son ni tienen cómo averiguarlo de forma confiable. De modo que lo primero es auto-censarse, producir información sobre sí mismos con el fin de construir una imagen realista, actualizada, de la población singular de la villa. Saben que sin esa información las negociaciones no tienen base de sustentación. Las mercaderías se calculan siempre de manera insuficiente, nunca se dimensiona la complejidad y la velocidad de crecimiento por la llegada permanente de migrantes, ni se tiene conocimiento de los problemas habitacionales, sanitarios, educativos, familiares, etc. Pero además proponen dónde construir espacios recreativos, con qué terrenos puede ampliarse la oferta habitacional, detallan la composición concreta de la diversidad de población. El censo de los delegados y delegadas es capaz de mapear el barrio, llegar donde los censistas del gobierno no tienen acceso; y planificar demandas y proyectos que luego serán objeto de negociación con las autoridades y buscarán traducción en algún tipo de política pública.

 

Los delegados y delegadas parecen los únicos capaces de medir y traducir esa complejidad barroca que mezcla bonanza económica, crecimiento poblacional, proliferación de viviendas en altura y nuevos negocios. En ese punto, son los que tienen la imaginación urbana capaz de diseñar, planificar y proponer la postergada urbanización. “Para pre- sentar a la UGyPS un pedido de pavimentación o adoquinamiento de 8 x 150 metros, de la calle Bolívar, yo hice los planos, hice un modelo de cómo pueden ser las calles, dónde están las tapas viejas, los pasillos y los números de las casas. Como delegada de mi manzana, conozco perfectamente los 1600 m2, 58 por 28 metros, y entiendo cómo vivimos los miles que vivimos acá”, explica una de las delegadas-cartógrafas.

 

La jungla y la polis

 

“Nosotros creíamos que en la villa no existían leyes, como estos son terrenos fiscales del gobierno… pensamos que acá era como una jungla. Cuando yo entré, hasta cierto año en que se formó el cuerpo de delegados, había pelea y todos decían ‘¡si esto es la villa!’; si había alegría y festejo en la calle, también se decía ‘¡si esto es la villa!’. Esa siempre fue la respuesta, hasta que un día nos organizamos”. La imagen de la jungla no es cualquiera. Escena dilecta de la teoría política moderna y síntesis del estado pre-civil, supone un estado de naturaleza sin regla, montado sobre el dominio de los más fuertes. La imagen impregna.

 

La villa como espacio sin ley o paralegal y, por tanto, de no-ciudadanos, sólo se rompe con la organización comunitaria capaz de presentar un cuerpo común, organizado, sujeto de derechos concretos. La articulación con el estado no es inmediata ni tiene el a priori de la ciudadanía. Ese cuerpo auto-organizado necesita inventar e imponer una forma de interlocución y obligar al estado a mecanismos de negociación directa. La discriminación como experiencia de los habitantes de la villa, sea por su origen extranjero, sea por vivir allí –y el modo en que ambas se refuerzan en el estereotipo con que se los margina– obliga a la invención de una comunidad de acción.

 

Sólo que la práctica comunitaria es también, especialmente en la migración boliviana, un saber hacer, un acervo experiencial, que se tiene a mano. Por eso hay una doble vertiente de la figura comunitaria como recurso organizativo. Por un lado, es el modo de conjunción de esa heterogeneidad vital, plurinacional, que puebla la villa y que obliga a convivencias múltiples; por otro, es un repertorio práctico materializado en la construcción misma de la villa que desborda su “origen” boliviano para difundirse por medio de procedimientos comunes: desde el modo de edificación comunitario de las casas a las instituciones de préstamos y ahorro solidarias pasando por las economías de cuidado y reciprocidad que conforman el tejido de producción/reproducción vital de quienes viven en la villa. Son figuras comunitarias que van innovándose y mutando por su propia circulación y reapropiación.

 

La formación del cuerpo de delegados expresa un momento en que esos saberes logran un nivel de articulación de fuerza y crean, a su vez, un espacio del que extraer nuevas herramientas de negociación. La puesta en juego de saberes comunitarios implica e impone aquí un modo específico de su flexibilización. El cuerpo de delegados como organización exhibe una enorme capacidad para flexibilizar la pertenencia comunal en el sentido que los repertorios de acción se vuelven recursos de organización y construcción social por fuera de sus sitios de origen y referencia. Se trata de una reterritorialización que hace del traslado un nuevo origen: la constitución de un territorio que es simultáneamente efecto de un desplazamiento y evocación de una territorialidad ausente.

 

La clásica noción de comunidad como indisociable a un espacio territorial es rehecha efecto del movimiento migrante y es ese movimiento, que moviliza la propia pertenencia comunitaria y sus recursos, la que es capaz de construir una territorialidad de nuevo tipo. Conectar comunidad y migración implica entonces abrir al problema de la comunidad en movimiento, la comunidad desplazada de su estabilidad y, sin embargo, persistente.

 

Las fronteras de la política

 

Pasar una frontera. Salir del barrio. Entrar a la Legislatura porteña y llenarla de barro. Es también salir del confinamiento y la extranjería. Y sólo es posible con un acumulado de fuerzas previo: que se anuda entre manzana y manzana, que se abriga en el cuerpo colectivo. “En ese momento, cuando empecé a ser delegada no me sentí extranjera. Era una habitante más, con una necesidad más, y fue el momento en que yo, en la Argentina, no me sentí discriminada. Cuando entramos a un organismo grande como la Legislatura, nos abrían las puertas, y con nuestros zapatos con barro teníamos que meternos y caminar sobre las alfombras. La verdad que muchas ve- ces me limpié los pies sobre las alfombras para hacerlos sentir que nosotros teníamos barro porque ellos no hacían lo que tenían que hacer. Y bueno… fue hermoso”.

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El estado gestiona la villa a partir de políticas que tienen su clave en calcular la inminencia de desborde. Un desborde que está al acecho y que hace fracasar muchas de las políticas que se rigen por una idea de ordenamiento. Esa suerte de pragmática que calcula el desborde como inminencia es usufructuada por gobernantes y gobernados a la hora de negociar.

 

En ese sentido, el cuerpo de delegados expresa un modo organizativo que es más amplio que él mismo. En la medida que se asienta sobre una acumulación de saberes sociales, de gestión barrial, de resolución micropolítica de conflictos es inseparable de una red de organizaciones con las que se articula y de las cuales se nutre: comedores populares, merenderos, talleres de capacitación, emprendimientos, organizadores de fiestas, etc. Su eficacia y su publicidad se logra a través de una difusión transversal (chismes, comentarios, rumores, etc.), que contagian manzana a manzana la fórmula delegativa en esa escala gracias a que la red de instituciones populares permitió y dio base a su desarrollo. Fue el saber-hacer del cuerpo de delegados, las conquistas concretas y su capacidad de negociación con las autoridades lo que fue construyendo un capital de confianza entre los vecinos/as.

 

La fiesta atraviesa el barrio: del momento organizativo del cuerpo de delegados al cambio de autoridades

 

La fiesta es, en la villa, fiesta religiosa. Pero al modo en que las vírgenes se ponen sus mejores trajes, pernoctan de casa en casa entre un grupo de selectos cuidadores y habitan entre todos los creyentes, abriéndose paso en alzas, sostenidas por los fieles que las bambolean por los angostos pasillos, para que bendigan con su mirada lo que cada quien le dedica. El camarín ambulante de esa mujer santificada y generosa irradia confianza y siembra a su paso, aunque más no sea provisoriamente, una comunidad de caminantes comprometidos.

 

Para el cuerpo de delegados de la villa 1.11.14 las fiestas, en su forma de procesión religiosa, fueron como escudos para su nacimiento, a fines de los 90. El primer modo de hacerse visibles y de hacer propaganda. De convocar a más vecinos y de rodearse de fuerzas. Pero, sobre todo, de envolverse en una forma organizativa legítima, capaz de disputar la circulación por sus calles al entonces “presidente” de la villa.

 

Como reverso trágico, una de estas procesiones dedicada al mulato Señor de los Milagros, en 2005, terminó siendo ocasión de una masacre por ser el momento elegido para enfrentarse entre diversos grupos narcos en disputa (como lo narra Cristian Alarcón en Si me querés, quereme transa). La masacre ocurrió un año después del fin del cuerpo de delegados, de su momento como experimento institucional popular y plurinacional. Entre una y otra fiesta, la presentación barrial del cuerpo de delegados y la que terminó en masacre por ajustes de cuentas entre bandas narco, lo que se dramatiza es una escena contundente de cambio de autoridades sobre el territorio.


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