Con un triunfo que no fue una “ola nacional”, pero sí una clara expansión, Cambiemos pasó de ser una coalición a ser un partido. Con jefatura en la Casa Rosada, una marca y un discurso unificado, valores ideológicos y programáticos que se despliegan en forma paulatina, el partido de gobierno quedó en mejores condiciones para implementar su programa de reformas. ¿Y del otro lado? El problema del peronismo no está en los votos, sino en su liderazgo. Y esta elección no pareciera aportar demasiadas soluciones. Julio Burdman hace una lectura de las PASO y el nuevo mapa electoral argentino.



Fotos: DyN

 

1. La construcción de un partido

 

En la madrugada del 14 de agosto, un dirigente radical santafesino, 40 años, ex funcionario de los gobiernos del Frente Progresista, y que hoy reviste en las filas de la administración pública nacional festejaba en las redes sociales: “Cambiemos puso fin a dos décadas de socialismo”, dijo en referencia al primer lugar obtenido en las PASO legislativas de esa provincia. Haciendo, claro, analogía con los “25 años de peronismo” que Mauricio Macri y María Eugenia Vidal mencionan en sus discursos. Interesante frase, la del funcionario santafesino porque admite varias lecturas. ¿Estaba incurriendo en una contradicción personal, negando su propia historia como radical y como integrante de la coalición santafesina? ¿O acaso se convirtió en un cambiemita? Los resultados de las primarias permiten pensar en la hipótesis de la conversión.

 

La conversión es el inicio de la militancia, descubrió Michael Walzer en un libro clásico. Para este autor, la invención de la militancia política que caracterizó al mundo moderno fue la reforma protestante. Los protestantes habían dejado de ser parte de Roma y adquirieron una nueva identidad. Eso es lo que pareciera estar pasando en la Argentina política. Cambiemos se está convirtiendo en un partido político. Uno que nació en la Ciudad de Buenos Aires, se mudó -literalmente- a la provincia, semanas después saltó a la Rosada, y desde allí siguió esparciéndose por la faz de las provincias. Cosa que vimos en el mapa de los diarios del lunes: en medio país, las primarias de diputados nacionales las “ganó” -llamemos así a salir primero- el partido Cambiemos.

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Ese dato es más impactante que el escrutinio adrenalínico y controversial de la provincia de Buenos Aires. Que fue muy fuerte, sí, pero no nos debe tapar el bosque. Cambiemos ganó en Córdoba, la Capital Federal, en La Pampa, en !San Luis! -con un aliado local fuerte, sí-, en Entre Ríos, Mendoza, Jujuy, Santa Cruz, Corrientes, Neuquén. En algunos casos se apoyó en el radicalismo local. Pero en cada vez más provincias, Cambiemos es una criatura nueva. Impulsada desde el gobierno nacional. Como demostraron el menemismo y, sobre todo, el kirchnerismo, la Presidencia es la mejor herramienta de construcción partidaria nacional. El Ejecutivo, dicen algunos sin eufemismos, es el partido político nacional argentino.

 

Ello explica por qué el 37% nacional de Cambiemos luce transformacional. En términos históricos, ganar en la mitad de las provincias argentinas es un triunfo módico. No es una verdadera “ola nacional”. Pero sí una expansión. Esta etapa podría ser uno de los mayores procesos de construcción partidaria que se recuerden en mucho tiempo. Cambiemos tiene una jefatura en la Rosada, una marca, un discurso unificado. Las decisiones estratégicas de la campaña fueron “bajadas” desde el comando central hacia los candidatos. Y tiene, también, valores ideológicos y programáticos que se van desplegando en forma paulatina. No es, como las alianzas que muchos aún tenemos en mente, un espacio en el que los programas y decisiones de gobierno se negocian, y donde las identidades pre-existentes dominan la vida interna de un oficialismo. Funciona como un partido, y se expande como tal.

 

Esto ya sucedió con anterioridad. El PRO era una alianza electoral y se convirtió en un partido, convirtiendo a aquellos que tenían historias pre-existentes en integrantes convencidos de la nueva agrupación. El peronismo de Rodríguez Larreta y Diego Santilli (hoy Jefe y Vicejefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires), o el desarrollismo de Rogelio Frigerio (Ministro del Interior), son como fotos del viaje de egresados a Bariloche. Son PRO, con diferentes grados de pertenencia al grupo. Claro: como en todo partido, hay cursus honorum y se cobra más por antigüedad. ¿Y si Cambiemos siguiera la misma trayectoria, de coalición a partido? No sería el primer caso, ni aquí ni en el mundo.

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La ciencia política argentina tiene alguna dificultad para advertir este fenómeno por un conjunto de razones personales: muchos politólogos y politólogas de nuestro país son radicales y se les resiste la subjetividad. Si Cambiemos como gobierno fracasa, entonces seguramente las identidades radicales, peronistas, cívico-lilitas y otras resurgirán. Pero si  Macri tiene éxito, y Cambiemos funda una etapa de gobierno prolongada, de ocho años o más, esto podría ser irreversible. Tal como ocurrió en la Ciudad.

 

2. Cambiemos como gobierno

 

Cambiemos ganó en distritos, en bancas, en votos, en batallas clave. Y está superando sus propias expectativas. Con habilidad y astucia, los cambiemitas se contuvieron de mostrar los datos de encuestas que tenían, que anticipaban algo muy similar a lo que iba a suceder. Y dejaron que fluyan los pronósticos triunfalistas de sus adversarios. Gracias a esa estrategia acertada, hoy Cambiemos tiene logros electorales tangibles, y moméntum hacia afuera. Macri demostró. Ahora, los tenedores de dólares y los proyectos de inversión de mediano-largo plazo sí creen que estamos ante un gobierno de ocho años.

 

De eso se trataba, en más de un sentido, la elección del 13 de agosto. Cambiemos tenía que revalidar la elección de 2015 para demostrar que tenía un 2019. Y para poder desplegar a fondo su gobierno. Tras 12 años de kirchnerismo, la llegada a la presidencia de Macri representó un giro en la ideología económica del gobierno en Argentina. Pero, como todo gobierno de minoría, experimentó restricciones para implementar sus planes. En esta primera mitad de mandato, Mauricio Macri careció de mayorías legislativas, tuvo pocos gobernadores “propios” -en general, los aliados cuestan más caro que los leales- y enfrentó la oposición de importantes sectores sociales y sindicales. Todo eso seguirá más o menos igual, salvo la ampliación de sus bloques en ambas cámaras. Ampliación que no significará, de todos modos, un control del Legislativo.

 

Pero ahora tiene impulso y otro clima. El poder de los votos. Aunque sean solo unos puntos más que los obtenidos en la primera vuelta presidencial de 2015, se trata de un avance. Y uno que fuera conseguido en una situación adversa. En 2017 hubo una recuperación del crecimiento económico pero, como Macri y Vidal reconocen, esto no llegó a verse en las calles. Y a pesar de ello, Cambiemos ganó. Una gran parte de los argentinos no votó con el bolsillo, sino que apostó a una idea de largo plazo. El Cambio va adquiriendo nuevos significados. Cambiemos, a través de sus mensajes y sus actores principales, transmite una idea de progreso. Una parte de los argentinos cree en eso. El núcleo duro de Cambiemos, la clase media (y todo lo que está arriba de ella) está identificada profundamente con la propuesta. Como en todo proceso de identificación, por supuesto, hay un otro a rechazar: el pasado, el peronismo, el kirchnerismo. La latinoamericanización de la Argentina. El núcleo más blando de sus votantes, que está por debajo del Ecuador de la clase media, es aspiracional: quiere ser como el núcleo duro, estar cerca de él. La construcción partidaria de Cambiemos tiene una sociología electoral.

 

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La revalidación de Cambiemos del 13 de agosto le servirá a Macri para implementar su programa de reformas. El presidente está convencido de que Argentina necesita un shock de competitividad y que esto se logra bajando el gasto público, estabilizando precios y tasas, aprobando reformas laborales y previsionales, inyectando inversión pública y privada en obra pública. El 37% fue un espaldarazo para todo eso. Ante los inversores ya ganó: ahora sí sienten que hay varios años de Cambiemos por delante.

 

3. Divididos por la felicidad: un poco más sobre la “grieta”

 

El proceso de construcción partidaria de Cambiemos nos ayuda a entender más que es toda esta polarización o grieta que nos atraviesa desde hace años. La grieta se siente en las mesas de café, en las familias, y sobre todo en los estudios de televisión. Pero muchas veces, desde una mirada de ciencias sociales, nos resulta difícil de explicar. “Grieta” es una expresión tan popularizada como imprecisa. ¿Divididos por la felicidad? Si quisiéramos llevar la grieta a un plano más categórico, podríamos definirla como “distancia ideológica” -el grado de diferencias que separa a los partidos- o como clivaje -las divisiones básicas de una sociedad política. Pero en Argentina, al mismo tiempo que agrietados, parecíamos todos amontonados y poco diferenciados.

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Pero si entendemos que en Argentina estamos construyendo partidos nuevos, entonces la cosa comienza a comprenderse un poco más. Estaríamos ante una partidización de las de antes, y no solo creando estructuras jurídicas para competir en las elecciones, o armando pactos para gobernar. Según los textos clásicos, en todo proceso de partidización hay polarización. El partido nuevo se planta a representar a una parte (de ahí el término) de la sociedad. Los vemos en el análisis socioeconómico de los votos: en Almirante Brown, Cambiemos gana en Adrogué y pierde en Rafael Calzada. Y además, en la potencia implícita de los discursos. No caigamos en el simplismo y el prejuicio de creer que Cambiemos es un partido de frases vacías dominado por Durán Barba. Los discursos de Macri, Vidal, Carrió y Rodríguez Larreta hablan de dejar atrás las tradiciones políticas del siglo XX, confrontan con el modelo bolivariano, son liberales, tienen ideas económicas claras -aunque difíciles de implementar al mismo tiempo- y buscan insertar a la Argentina a Occidente. Que se valgan de significantes laclaunianos no significa que las ideas y los programas no estén. Cambiemos, como el kirchnerismo, polariza y confronta porque está construyendo un partido. Del mismo modo que lo hizo el kirchnerismo. 

 

4. El peronismo partido

 

El peronismo, en cambio, resulta más difícil de caracterizar. Lo que mostró la elección es un “movimiento” fragmentado. No tiene organización jurídica nacional, ni una jefatura, aunque persiste como reservorio de gobierno y poder en muchas provincias e intendencias, en bloques legislativos nacionales y provinciales, y en sindicatos y movimientos sociales. El electorado peronista sigue siendo numeroso. Si sumamos todos los fragmentos, podríamos arañar el 40%. Pero se trata de una aritmética difícil.

 

En 13 de los 24 distritos, se formaron frentes únicos en los que kirchneristas y peronistas no kirchneristas compartieron la misma alianza, en general compitiendo en la “interna” de las PASO: Ciudad de Buenos Aires, Catamarca, Corrientes, Entre Ríos, Formosa, Jujuy, La Pampa, Mendoza, Río Negro, San Luis, Santa Cruz, Santa Fe, Tucumán. En otros 5 distritos (Buenos Aires, Chaco, La Rioja, Neuquén, San Juan), casi se alcanza esa unidad, y hubo un frente panperonista mayoritario, con dirigentes de diferentes extracciones, pero también listas kirchneristas o peronistas “puras”, con poco caudal electoral, que se presentaron por fuera de los frentes principales. Asimismo, hubo 3 provincias (Córdoba, Salta y Tierra del Fuego), en las que el peronismo oficial es antikirchnerista, y no hubo posibilidad de acuerdo. Por último, 3 “casos raros” (Chubut, Misiones y Santiago del Estero) en los que los peronismos se convirtieron en virtuales partidos provinciales en alianza con fuerzas locales. Todo eso es, hoy, el conjunto de los partidos peronistas.

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Sin incluir al massismo (1 País – Frente Renovador y aliados), que es una fuerza que tiene muchos peronistas adentro –incluyendo a su líder fundador- pero que en su estrategia reciente de alianzas se ha distanciado bastante de aquella tradición. Pero aún sin hacerlo, si agregamos al resto de las fuerzas panperonistas, el peronismo estaría en un porcentaje nacional similar al de Cambiemos. En esa perspectiva, no es tan malo el desempeño del espacio que se sitúa entre el Frente para la Victoria, la Unidad Ciudadana y el Justicialismo, que logró ir unido en muchas provincia grandes (Santa Fe, Mendoza, Ciudad de Buenos Aires, Entre Ríos, Tucumán). El problema del peronismo no está en su electorado, sino en su liderazgo. Y esta elección no pareciera aportar demasiadas soluciones.

 

En los últimos meses, hubo dos novedades al respecto. Uno fue la candidatura de Cristina Kirchner al Senado. El otro fueron las reuniones entre los gobernadores Schiaretti (Córdoba) y Manzur (Tucumán). Cristina Kirchner no emergió ganadora de esta elección. Y Schiaretti fue uno de los grandes derrotados de la jornada (al igual que Massa y Das Neves, sus socios electorales de 2015). En aquellas provincias en las que el peronismo construyó buenos frentes electorales, perdió. Los gobernadores que ganaron provienen de provincias chicas. La dirigencia peronista de orden nacional quedó golpeada, o arrasada. Sin territorio ni candidatos ganadores, el actor más importante del sistema partidario argentino entró en una fase en la que cualquiera de sus dirigentes puede convertirse en jefe. Tiene enfrente la conversión cambiemita. Y eso puede ser un ordenador de su inexorable renovación.

 

Escuchá la entrevista a Julio Burdman en en el primer episodio de Batalla Cultural, el podcast anfibio conducido por Martín Ale. 

 


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