El federalismo argentino es más político que económico: los cheques para que los gobernadores peronistas gestionen se firman en Casa Rosada. El peronismo tiene los votos, tiene dirigentes, tiene discurso, pero no tiene un presidente. Si los mandatarios provinciales del radicalismo ayudaron a Néstor Kirchner, porqué los peronistas no acompañarían a Macri. Entonces, ¿quién está en condiciones de hacer una “oposición firme”, como pidió Cristina?



Un nuevo infantilismo circula en la comunidad política argentina: echar la culpa al peronismo de sus propios males. Y eso es un poco injusto. No es el peronismo, es el régimen político. Los votos del movimiento están ahí, casi intactos. Si sumamos todos los porcentajes de las diferentes expresiones peronistas, encontraríamos que hay mucho. Cambiemos unificó exitosamente el campo no peronista, y sigue avanzando en ello, como vimos el 22 de octubre. Podría crecer aún más: la Alianza, en 1999, reunió a la mitad del electorado. Macri, mucho mejor político que De la Rúa, no pone su poder en manos de un conjunto de tecnócratas, ni va a darle la espalda al peronismo. “Gradualismo” es un eufemismo de primacía de la política. Aquello que le critican a Macri por derecha es una de las razones que nos permiten avizorar un Macri de ocho años, y no de dos.

 

El peronismo tiene los votos, tiene dirigentes, tiene discurso, pero no tiene un presidente. Ese es el liderazgo unificador que le falta, y que le reclaman. Eso es lo lógico y lo esperable. Que Macri sea el presidente, y el peronismo esté en la oposición, son dos fenómenos que forman parte de la dinámica democrática argentina. Cristina no es más la presidenta. Acéptenlo, y acostúmbrense.

 

Los fenómenos electorales de Cambiemos y el peronismo deben ser analizados por separado. El aspecto que tienen en común, y que ya hemos mencionado, es que ambos están condicionados por las mismas instituciones y prácticas políticas argentinas. Pero son universos sociales paralelos. Cambiemos bebe poco de la fuente electoral del peronismo, y no le interesa beber mucho más. Cambiemos ha sido más exitoso que los otros intentos no-peronistas del siglo XXI, ensayados en momentos menos propicios. Y le agregó más componentes. Pero no está interesado en quedarse con todos los votos de Florencio Varela. Para eso está el peronismo.

 

Ahora bien, para entender un poco más por qué hoy el peronismo carece de un liderazgo unificador, hay que sumergirse un poco en la trama de las instituciones argentinas. Tras el 42% nacional que logró Cambiemos en las elecciones legislativas, la única forma de que surja un liderazgo peronista unificador sería el advenimiento de un líder revolucionario. Es decir, de alguien que se levante contra las reglas del régimen político. Y nadie está pensando en eso. Cristina no lo es: solo está construyendo una candidatura presidencial futura.

 

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Maldita sincronicidad

 

Nuestro régimen político tiene varios elementos que explican por qué hoy Macri domina la política argentina, y por qué el peronismo carece de un liderazgo unificador. Tenemos una sociedad democrática, un régimen presidencialista, y un federalismo más político que económico -las provincias no son, en los hechos, tan autónomas del gobierno nacional. La estrella de este sistema solar es el Presidente. Un trabajo bastante complicado.

 

Pero no es necesario irnos al meollo de todo este engranaje para entender la centralidad de Macri, y la subalternidad del resto. A veces, lo interesante está en los detalles. La Constitución de 1994 movió toda la maquinaria, y algunas de las cosas que hizo fueron para peor. Antes estábamos más felices: el Presidente duraba seis años, los gobernadores cuatro, y se elegían en años diferentes. Votamos para presidente en 1983, 1989 y 1995; para gobernador en 1983, 1987, 1991 y 1995. Ese último año, la nueva Constitución sincronizó todo. Cuatro años para cada cargo, empezando entonces.

 

Por lo tanto, desde mediados de los noventa se ve más nítidamente que los ciclos presidenciales y gubernaturiales van juntos. Y en la mayoría de las provincias hay una reelección consecutiva, tal como ocurre con la presidencia. El 10 de diciembre de 2015 comenzó el mandato de Mauricio Macri, y también el de Gustavo Bordet (Entre Ríos), Juan Manzur (Tucumán), Sergio Uñaj (San Juan) y otros peronistas. Todos aspiran, como Mauricio, a quedarse ocho años.

 

Para ellos, el Presidente es Macri. Como también lo es para otros que estaban desde antes, o no tienen reelección. Pero los nuevos, más que el resto, saben que dependen de tener una buena relación con la Casa Rosada. De ella depende que puedan gobernar por ocho años. No piensan en hacer una “oposición firme”, como pidió Cristina en su discurso de la medianoche del domingo, y tampoco piensan en 2019. En todo caso, el rol que podrán tener en una renovación del peronismo a nivel nacional será después que terminen sus ciclos. Solo piensan en 2019 aquellos que ya cumplieron sus ciclos de gestión. Como Urtubey, que ya no tiene reelección, o Massa. O una Cristina Kirchner, aún joven, quien busca volver al llano para poder volver.

 

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Esto ya ha ocurrido. El reservorio de presidenciables está en las provincias, pero una vez que los ciclos terminan. Mientras tanto, la dirigencia nacional, verdaderamente nacional, se reduce al Presidente, a alguna figura que tiene una campaña nacional encima y logró gracias a ello nacionalizarse, y no muchos más. Los gobernadores, mientras tanto, necesitan llevarse bien con el Presidente, que es quien firma sus cheques. Y quieren que al Presidente le vaya bien, porque sus ciclos están sincronizados. Estos gobernadores peronistas van a ayudar a Mauricio Macri a gobernar. Como los gobernadores radicales ayudaron a Kirchner. Como los gobernadores peronistas ayudaron a Menem. 

 

¿Y Cristina, entonces?

 

En este marco antes descrito, no hay mucho más que decir sobre Cristina. Ella no tiene hoy un rol importante en la política argentina. Ni puede tenerlo. Otra vez: acéptenlo, y acostúmbrense.

 

Políticos y periodistas se han vuelto cristino-dependientes. Muchos lo hacen guiados por una estrategia de agitar polarización. Estrategia que ya, después del 22 de octubre, pierde sentido. Otros, por algo más sencillo: Cristina vende, los apellidos de los gobernadores son menos conocidos. Pero Cristina ahora se toma un año sabático, o más de uno. Las elecciones legislativas demostraron que ella sigue siendo una candidata potencial, que reúne muchos votos, y que puede convertirse en la voz pública de una crítica por izquierda a las políticas del Presidente. Pero ese es todo el rol que le toca: no puede gobernar, ni impedir que Macri gobierne. Cristina tiene mucho pasado (el kirchnerismo fue el gobierno más largo de la historia argentina desde 1810) y posiblemente un futuro, pero ya no tiene más presente que el de su voz pública. Que podrá hacer oir desde su banca, las redes sociales o los medios de comunicación. Ahora gobierna Macri, y su contraparte son los gobernadores peronistas. El 2018 será de ellos.  

 

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Sin embargo, en las últimas semanas han circulado algunos discursos que le atribuyen, desde el peronismo, culpas a la ex Presidenta por esa falta de liderazgo unificador del peronismo. Discursos contradictorios, de diván. Porque el quiebre no está dentro del electorado peronista, sino entre las demandas de ese electorado y las responsabilidades de los peronistas que tienen que gobernar. El massismo, ahora en declive, se nutrió de las expectativas de los gobernadores, pero se empantanó cuando quiso hacer las dos cosas. La culpabilización de la ex presidenta por no tener dos caras suena a fuga hacia adelante. ¿Acaso es posible otra cosa? ¿Puede haber un dirigente con vocación presidencial que contenga el enojo del electorado peronista con el gobierno nacional y proponga, al mismo tiempo, cooperar con él? Lo posible es un liderazgo bifronte. De un lado, una jefatura de los votantes enojados, con epicentro en el conurbano bonaerense. Del otro, una jefatura conciliadora entre las provincias y la Nación. Una Eva y un Perón del 74. Cristina, por un sinnúmero de razones, no podrá hacer las dos cosas al mismo tiempo. Nadie con aspiraciones electorales puede serlo. Tal vez Pichetto, el Michel Temer del peronismo, podría ponerle el cuerpo a ese otro rol. Necesario, pero sin mucho futuro electoral.


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