El discurso del odio es el discurso del privilegio y la exclusividad. Quienes lo alimentan no sólo tienen un problema irresuelto con el pasado sino con la democracia, escribe Santiago Cafiero. Son más que palabras: generan un ambiente de intolerancia en el que la discriminación es presentada como simple diferencia. El riesgo de permanecer pasivos es que acabe por convertirse en una cultura. Una ciudadanía crítica es una defensa contra estos espacios de furia, de irracionalidad y de denigración en el que algunos convierten las redes sociales y las pantallas de TV.



Entre marzo y octubre de 1976 veinticinco cuerpos mutilados fueron apareciendo en las costas uruguayas. Sería una pequeña parte de los torturados hasta la muerte arrojados a las aguas del Río de la Plata durante la última dictadura militar argentina. Entre ellos, el de Floreal Avellaneda, un niño de 15 años. 

 

Un niño de 15 años, atado de pies y manos, con heridas terribles y degradantes. 

 

La figura en tamaño natural que se alza en las aguas frente al Parque de la Memoria evoca a Pablo Míguez, otro niño de 15 años, asesinado en similares circunstancias que Floreal después de ser paseado por diversos campos de concentración. La figura en el río los recuerda a ambos y a todos los que, sin ser niños de 15 años, fueron igualmente torturados, vejados y asesinados. Recuerdas a todos aquellos que fueron deshumanizados hasta el punto de que su muerte podía ser considerada una simple resolución administrativa.

 

¿Qué clase de crueldad puede llevar a alguien a torturar y asesinar salvajemente niños de 15 años? ¿Qué clase de crueldad puede llevar a alguien a torturar y asesinar a cualquier persona?

 

Cuando el 27 de febrero pasado, en una manifestación opositora, una decena de bolsas mortuorias con el nombre de funcionarios y figuras emblemáticas de la defensa de los Derechos Humanos fueron depositadas frente a la Casa de Gobierno, la primera reacción de las personas cuerdas fue recordar aquellos cuerpos arrojados a las aguas del río en los vuelos de la muerte, tempranamente denunciados por Rodolfo Walsh en su célebre “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”, que tal vez resulte ilustrativo releer. 

 

¿Qué clase de crueldad puede llevar a alguien a depositar en una plaza pública una docena de bolsas mortuorias con nombres de funcionarios y figuras emblemáticas de la defensa de los derechos humanos?

 

Hay actos que desnudan el alma de un sector de la dirigencia política, cultural y económica de nuestro país.

 

Un ambiente propicio

 

Los promotores de los discursos de odio existieron y existen en cualquier tiempo y lugar, pero ¿qué lleva a que sus actos no sean repudiados, explícitamente condenados y resulten hasta celebrados o disculpados por dirigentes políticos, legisladores, periodistas y líneas editoriales de medios de comunicación? ¿Vuelve a existir hoy, como hubo ayer, una racionalidad detrás de los actos de los desequilibrados, una racionalidad que los alienta, que los estimula, que los promueve para finalmente utilizarlos? Aquellas personas capaces de torturar y asesinar niños no eran locos sueltos sino parte orgánica de un sistema de poder, cumplían un papel, servían a un propósito político, económico y social.

 

Hoy, sobre esas bolsas mortuorias se pretende crear una alternativa política, construir un discurso de odio y convertirlo en práctica social. Un discurso de odio que estigmatiza, segrega y justifica violencias verbales que inducen y naturalizan actos contra quienes son objeto de ese odio, afectándolos en sus derechos, generando un ambiente adverso de prejuicios y de intolerancia, justificando la discriminación.

 

Los discursos del odio son más que discursos. Tienen la capacidad de generar un ambiente de intolerancia en el que la discriminación es presentada como simple diferencia. El discurso del odio estigmatiza a un grupo y contra él realiza múltiples movimientos. Generaliza y uniforma, borrando las particularidades de las personas que forman parte. Caricaturiza, asocia a todas por igual con supuestas características negativas. Señala a ese grupo como el responsable de todos los males, lo deshumaniza hasta naturalizar y automatizar cualquier agresión de que se le haga objeto.

 

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¿Existe realmente una diferencia entre el “aluvión zoológico” del 24 de marzo de 1946, ese “pueblo de delincuentes, de cortesanas, de mulatos antropomorfos, analfabetos juramentados, irrespetuosos, iconoclastas y resentidos” que creía ver un prestigioso intelectual de la década del 50, y este pueblo de chorros, choriplaneros y pobres que algunos creen ver hoy?

 

En definitiva, el discurso del odio es el discurso del privilegio y la exclusividad, y quienes lo alimentan no sólo tienen un problema irresuelto con el pasado, sino que lo tienen, fundamentalmente, con la democracia.

 

El delirio como método

 

Una circulación delirante de los enunciados se hace explícita en el discurso del odio  . La sociedad parece estar desgarrada en antagonismos imaginarios: hay seres morales jaqueados por una subespecie de inmorales; sujetos libres movidos por sus convicciones quedan en minoría frente a otros utilizados por el clientelismo; unos guiados por los valores y otros por conveniencias; unos encarnan el mérito, la cultura del trabajo y del esfuerzo mientras otros se abandonan a la necesidad, a la vagancia y al subsidio.

 

Cuando los hechos desmienten estas construcciones imaginarias, son rechazados. Los datos rebotan y los marcos conceptuales permanecen. 

 

Pocas veces antes en la historia de la Argentina, hubo una minoría con semejante nivel de ideologización y enajenación de la realidad. Tal vez podamos encontrar algún lejano antecedente en la turba de pitucos y gente “decente” que en 1930 arrasó el domicilio de Hipólito Yrigoyen convencida por el diario Crítica de que sus paredes habían sido construidas con ladrillos de oro; o en quienes en 1955 asaltaban sindicatos y locales partidarios destruyendo todo lo que encontraban a su paso o irrumpieron en los estudios de Radio Belgrano para expulsar a empujones al ya anciano Enrique Muiño debido a sus simpatías con el gobierno depuesto.

 

Cambalache

 

La química del odio obtiene su energía de la sociedad en base a las teorías conspirativas, las noticias falsas y las nuevas identidades autoritarias.

 

Las redes con su anonimato, los medios de comunicación con sus estereotipos, y un sector de la representación política con su exasperación irresponsable, van normalizando el exabrupto, el golpe de efecto, la espectacularidad televisada.

 

La escena es trasladada al espacio público. El troll sale del armario y en la calle se hace hater entrevistable.

Para disimular su intolerancia, para justificar su propia desmesura, los propagadores del discurso del odio necesitaron instalar la idea de un opuesto igualmente desbocado. Viene bien el ningunismo de pertenencias o el todolomismo de alternativas.

 

Si son sacados, es porque enfrente son sacados igual. Entonces es este un país de sacados. Todos son responsables y todo da igual; por lo tanto, nadie se siente obligado a tener un mínimo de responsabilidad.

 

Así nació el supuesto “endurecimiento de Alberto” en la inauguración de las sesiones ordinarias del Congreso. Entre el discurso dicho y el discurso editorializado abrieron una distancia incalculable. El golpe de efecto reemplazó la argumentación y el fondo mientras la caricatura volvió a superar la opinión. El mensaje del Presidente fue presentado como “duro “, “extremo” y “polarizante“. Alberto “apuntó “, “cargó“, “atacó” y “abandonó”. Los portavoces del odio esquivaron un análisis consistente de los contenidos y se quedaron en curiosas interpretaciones sobre “tonos” y “estilos”.  Cuando el tono es amable, señalan que no hay plan, ni autoridad. Cuando se proponen medidas concretas y se rinde cuenta de las ya hechas, señalan un gesto, una mano que serena. 

 

He aquí una operación clásica: a partir de una premisa falsa se monta toda una batería de interpretaciones y análisis derivados. 

 

Con la lógica de un espejo, los dueños políticos de las bolsas con ataduras y nombres propios, proyectaron en el oficialismo lo que parece moverlos a ellos. Nos retrataron como “talibanes “, como personas “incapaces de generar expectativas de futuro“, como “sectarios” y como “defensores del odio”.

 

Una vez más, y ya hasta el hartazgo, la misma técnica del punguista que mientras apunta con el dedo hacia ninguna parte, al grito de “al ladrón” mete la mano en el bolsillo del incauto que lo escucha. ¿Cuántas veces lo han hecho en los últimos años? 

 

Liberticidas disfrazados de libertarios

 

Cuando la evidencia científica había demostrado que la única manera de prevenir contagios era la restricción de la circulación, decían que el Gobierno había instaurado una “infectadura”. Promovieron la confusión y generaron dudas en la sociedad para convocar a romper el distanciamiento social justamente en el momento en que era más necesario. Luego, trataron de atemorizar a la sociedad mediante un prejuicio ideológico insólitamente anacrónico como que la vacuna Sputnik V carecía de utilidad por ser “soviética”. Y hubo quien nos denunció por “envenenamiento” cuando negociamos la compra de las dosis  necesarias para controlar la enfermedad.

 

El negacionismo y el absurdo no tenían límites y aparecían preocupados por las vacunas, los mismos que las habían dejado vencer arrumbadas en galpones promoviendo la reaparición de infecciones que creíamos ya extintas hace décadas. ¿O es necesario recordar lo ocurrido con el sarampión?

 

Quisieron instalarse como impulsores de la presencialidad en las aulas cuando en forma simultánea restaron importancia a la vacunación de los docentes. 

 

Quienes en su total ignorancia y la más absoluta irresponsabilidad difundieron información falsa sobre la efectividad de una vacuna, exigieron luego que llegaran más dosis de esa vacuna, la misma que el director de propaganda de otro tiempo había calificado de “trucha”.

 

Como revela un reciente informe del Centro para Contrarrestar el Odio Digital (CCDH), con sede en Londres, el irracional discurso contra las vacunas y la vacunación es organizado y disciplinado a nivel global. La crisis internacional provocada por la aparición del COVID fue vista por esos irresponsables como una oportunidad para generar dudas sobre las vacunas, minar la confianza en la ciencia y  atemorizar a la población con posibles y eventuales efectos secundarios. 

 

El discurso del odio promueve y busca explotar esas dudas. Promueve y utiliza las noticias falsas, la difamación a través de las redes sociales, y la mentira y la tergiversación de las grandes empresas de medios, cuya voluntad antagonista es cualquier cosa menos producto de la ingenuidad que muchas veces se finge.

 

La incertidumbre, la bronca y el desánimo sirven a su propósito de impedir la construcción de una sociedad libre, igualitaria y conformada por hombres y mujeres conscientes. 

 

A pesar de las campañas desinformativas y difamatorias, el porcentaje de nuestros paisanos dispuestos a vacunarse pasó del 53 por ciento en noviembre del 2020 al 70 por ciento en febrero de este año. Y sigue subiendo. 

 

La Sputnik V tiene la misma o aun mayor aceptación que las otras vacunas, y creció por lo menos 20 puntos desde enero. El 70 por ciento de las personas evalúa positivamente la gestión realizada para contar cuanto antes con las vacunas.

 

Antidotos

 

La mejor herramienta de que disponemos para neutralizar y desenmascarar estos discursos es la participación de una ciudadanía crítica. Si la actividad política y las personas dedicadas a ella no son capaces de renunciar al fomento del odio, la mentira  y la irracionalidad como medio de dirimir las diferencias de opinión, criterio e intereses, si en vez de explicitarse estos intereses se encubren debajo de un manto de falsedades y prejuicios, la esfera pública -que es el espacio democrático por excelencia- seguirá degradándose y volviéndose cada vez más estéril, para ser reemplazado… ¿por qué otro instrumento de gobierno? 

 

Esperamos que los representantes de distintas fuerzas políticas, hoy regimentadas por el poder mediático, encuentren y fijen un límite a estas prácticas suicidas, que la verdad y la simple decencia vuelvan a ser parámetros morales que nos permitan orientar nuestra acción, más allá de las naturales diferencias y los previsibles errores de cada quien. 

 

Una ciudadanía crítica es una defensa contra estos espacios de furia, de irracionalidad y de denigración en el que algunos convierten las redes sociales y las pantallas de TV.

 

El riesgo de permanecer pasivos es que ese discurso del odio acabe por convertirse en una cultura.

 

Si el odio, la intemperancia y la irracionalidad se naturalizan como algo que todos tenemos, tal como tenemos lengua, nariz y orejas, la discusión política, el debate entre lo que serían distintos modos de entender la realidad y diferentes caminos para encontrar las soluciones a los problemas que nos aquejan, no será más que una disputa sobre la mutua destrucción entre quienes somos, parecemos o nos hacen aparecer como diferentes. 

 

Defender la sociedad de esa cultura del odio que muy interesadamente se intenta inculcar, atender las necesidades de nuestros compatriotas y de todos aquellos que han elegido habitar en suelo argentino, proteger, amparar, vacunar, crecer y reconstruir los lazos humanos y sociales, es lo mejor que podemos hacer para defender el bien común que la democracia debe garantizar. 

 

Por eso, desde el fin de la más siniestra dictadura de que tengamos memoria, nuestro compromiso es inclaudicable: la vida democrática como modo de dirimir las diferencias, la solidaridad, la concordia y la fraternidad como argamasa para construir una sociedad más justa, más equitativa y más amable, en la que todos podamos ser creadores de un destino común y ninguno instrumento de la ambición de nadie.

 

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