El periodista e historiador argentino Ernesto Seman, que ha seguido de cerca la campaña en Estados Unidos analiza el escenario político a partir de los mecanismos de control social, de la fantasía de que todos pueden ser emprendedores para triunfar y de las transformaciones de la sociedad norteamericana desarmando prejuicios.



Foto de portada: Colleen P

 

Introito

 

La foto que suban a Instagram segundos antes del apocalipsis no va a ser la de Donald Trump. La última imagen antes del fin del mundo va a ser la de una chica de espaldas, saliendo de un stripmall hacia su Toyota Corolla bajo un sol demoledor, las piernas pálidas y flacas, el brazo derecho hinchado de manchas violetas y agujeritos infectados, dándose vuelta para mostrar la redondez perfecta de una panza de siete meses.

 

Va a ser profundamente norteamericana, va a estar cerca de los cuerpos, lejos del poder que les da forma. Va encerrar en sí misma la semilla de una parte II, artificio que hace más digerible los costos inenarrables de la parte I.

 

La vemos justo antes de escribir estas líneas en Once Upon a Child, esos lugares donde los padres con conciencia y los padres sin recursos nos encontramos sin afectarnos. Nos llevamos zapatos de tap para la clase del lunes. Por la ventana del Corolla, en el asiento de atrás vemos una mecedora adornada de chirimbolos. Ocho dólares, gentlyused.

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Ese día, saliendo de una neumonía con un par de números menos en las encuestas, Hillary Clinton repitió su idea para que los norteamericanos que tienen deudas en créditos para estudiar, unos 1.300 millones de millones de dólares, puedan cancelar una parte de esa condena a cambio de crear una startup. Las startup excitan las fantasías de ricos y profesionales como los que rodean a Clinton. Un escritorio apenas desordenado, aparatos electrónicos con los bordes redondeados, sala de juegos en el trabajo, ideas que aparecen haciendo pilates y se transforman en dinero caminando en bermudas y remera por un pasillo colorido, limpio y sin sangre, el drone del progreso económico. Exceso austero, ascenso social sin tensiones, huelgas, peleas. Los trabajos más soñados por los universitarios norteamericanos son las startup, los bancos, el ejército, las agencias de inteligencia. Cualquier mal sociólogo (abundan en el poder político) puede leer mal esos números y deducir que se trata de un electorado sensible a las startup, no la manifestación de una frustración frente a un sistema de jerarquías siempre a punto de estallar (Cuando estábamos en el PI -Partido Intransigente, Argentina, circa 1984- recibimos una vez la propuesta de los universitarios de San Juan para imprimir un poster que decía “más presupuesto, más bibliotecas” y pensamos: “Si la política se tratara de ver que los estudiantes quieren más bibliotecas y salir a proponer que haya más bibliotecas, esto sería facilísimo”. ¡Y todavía no nos habíamos recibido!) Ni las miles de personas que en este momento están buscando su Corolla en el estacionamiento, ni los 42 millones endeudados, los que aún dudan de ir a votar, los decepcionados por Obama, los enfurecidos con Clinton, los que han encontrado otra voz que los represente, ninguno vota una startup el 8 de noviembre.

 

El proyecto es el hijo dilecto de Sheryl Sandberg, la ejecutiva de Facebook y de Google y ex jefa de Gabinete de Larry Summers en la Secretaría del Tesoro. Exitosa y millonaria, filantrópica y articulada, moderna por donde se la vea. Nuestra anti-Trump.

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Al día siguiente -qué digo, ni 24 horas después- Clinton lanzó en Filadelfia la campaña para registrar más jóvenes para la elección del 8 de noviembre con una alabanza a los millennials, “la entrepreneurial generation más abierta y diversa de la historia de nuestro país”. La elite del Partido Demócrata acaba de salvar las últimas papas en una interna en la que los millennials votaron masivamente a un candidato socialista, uno de los eventos más exóticos de la historia de este país lleno de Coca Cola y con diecisiete marcas de mayonesa en cada góndola. Si algo no son, es entrepreneurials; si algo demandan, no es una startup.

 

El romance de Estados Unidos con los entrepreneurials, con los emprendedores, con la idea de orden social y el cambio que ahí se deposita, no es un invento de Sandberg. Un par de años después de la mismísima creación de este país, Thomas Jefferson imaginaba que la mejor forma de ir erradicando la esclavitud sin hacer olas y adecuar la economía a los principios igualitarios de la revolución era la expansión progresiva de pequeñas granjas y unidades productivas autosuficientes y con formas limitadas de comercio local. Claro que eso fue antes de que viera estupefacto en París la violenta caída del ancien régime y de que los esclavos de St. Dominguese llevaran puesto el sistema que los había oprimido durante un par de siglos, devolvieran una mínima cuota de las torturas, violaciones y ejecuciones que habían padecido, fundaran la primera república negra en América y mostraran a los esclavos de Virginia que en verdad la violencia extrema y la acción inmediata eran instrumentos de cambio tanto más eficaces que las startup del siglo dieciocho con las que soñaba Jefferson. Con los entrepreneurials en un horizonte cada vez más remoto, el Jefferson maduro no volvió a escribir una sola vez sobre la abolición, y rearmó una formidable coalición social y política que no sólo no terminó con la esclavitud, sino que la multiplicó en las décadas siguientes hasta convertirla en el motor de la expansión geográfica hacia el sur y el oeste y en la base del despliegue económico más espectacular que se haya visto desde el imperio romano.

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Clinton es la última de una larguísima lista de líderes ahogados en el intento de lograr una democracia sin conflicto, un cambio al ritmo calmo de startups y pequeños granjeros. Representar las transformaciones de la sociedad norteamericana de las últimas décadas sin alterar sus principios fundantes, la primacía de la libertad individual sobre la acción colectiva y la de los derechos de propiedad sobre los de economía moral, es lo más parecido a buscar la cuadratura del círculo. Lo que se define el 8 de noviembre es una tensión entre ese esfuerzo improbable y la robusta reacción de quienes ven en esas transformaciones modestas una amenaza a sus intereses materiales y simbólicos. Es decir, una amenaza a la existencia misma de los Estados Unidos.

 

La elección

 

Desde que arrancó la campaña por las primarias a fines del año pasado, el rasgo distintivo de esta elección ha sido una reacción masiva contra una serie de procesos convergentes, pero distintos entre sí, que confirman en la mayoría de los norteamericanos la percepción (bastante bien fundada) de que fuerzas más allá de su control han hecho de sus vidas un oprobio y de su futuro un horizonte peor que el de sus predecesores. Los cuatro demonios que nos llevan de la nariz al 8 de noviembre son las transformaciones demográficas de los Estados Unidos durante los últimos cincuenta años; la fuerte polarización económica asociada a la desaparición de la movilidad social ascendente; la captura del espacio público por fuerzas alejadas del control ciudadano y la consecuente inanidad de la política democrática y sus instituciones; y el impacto doméstico de la integración económica de Estados Unidos al resto del planeta.

 

Con los recursos ancestrales que este país dedica a contener todo aquello que tensione la democracia, a sus procedimientos y creencias, es un milagro que millones de personas busquen en la elección un medio para recuperar algún poder sobre el curso de sus vidas. Citizen United v. FEC, la decisión de la Suprema Corte del 2010 que autoriza a las corporaciones a financiar ilimitadamente candidatos y propuestas a través de los SuperPACs, iba a garantizar un control aún más firme del proceso político por parte de las elites. Pero en la primera campaña post-Obama a la sombra de Citizen United, el dato más relevante es el surgimiento explosivo de Trump y Bernie Sanders, los dos candidatos que no recibieron apoyo de los SuperPACs y cuyos 25 millones de votos representaron, de formas opuestas, una reacción al abuso de poder de las elites partidarias. Powerlessness can be a powerfulforce.

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Pero aplicando un poco del sincretismo de los ateos podremos ver este milagro más lejos de la salvación y más cerca del gualicho. El corto viaje del sueño a la pesadillase hizo por tres rutas simultáneas por las que la política procesó este enojo: la exclusión de una buena parte de la ciudadanía del proceso electoral (al fin y al cabo lo que está pasando es sólo un milagro, no una revolución); la eficacia del Partido Demócrata en controlar y derrotar la primera opción socialista en la historia de los Estados Unidos con posibilidades reales de llegar al poder; y la capacidad de Trump para expresar algunos de los acervos tradicionales del Partido Republicano y movilizarlos primero contra la elite del mismo partido y luego como proyecto de país.

 

Como opciones radicalmente distintas, Clinton y Trump lidian con el neoliberalismo del que emergen y la tensión que éste alimenta entre liberalizar las relaciones sociales y de mercado por un lado, y reforzar las jerarquías que mantienen a esa sociedaden pie, por el otro. Experimentada inicialmente en Chile, la idea de desmontar los mecanismos que regulan las relaciones económicas y desbaratar las formas de acción colectiva que limitan el despliegue de la libertad económica devuelve un ciudadano que es cada vez más libre y más impotente al mismo tiempo. En Estados Unidos, el individuo como proyecto es un idealismo que lleva en sí mismo las semillas de su propia destrucción. Barack Obama termina ocho años de gobierno con un alto grado de reconocimiento, pero el Partido Demócrata llega a la elección con timidez, anunciando en su discurso, en sus silencios y en los rostros que acompañan a Clinton la autolimitación de su propio poder. Muestra, con algo de obscenidad, los límites para hacer de su composición diversa y plural, del sacudón que provocó la llegada misma de Obama al poder, el motor para lograr cambios radicales en la exclusión económica, la marginalización política y la represión estatal.

 

En verdad, la razón por la que Clinton no logra articular sus objetivos políticos de forma atractiva es porque en buena parte carece de ellos. Es muy difícil movilizar a la gente alrededor de la idea de que en realidad ellos no pueden protagonizar grandes cambios en sus vidas y necesitan ser realistas. Al menos el partido Republicano tiene la decencia de mentir con mayor descaro sobre cuánto mejorará todo una vez que los ricos dejen de pagar impuestos. Y Trump puede hacerlo con ese descaro porque detrás de esa mentira dicha, sus votantes escuchan una verdad mucho más profunda: que la legitimidad de los ricos para imponer sus intereses sobre el resto es apenas una parte de un sistema de jerarquías más vasto en el que, aún si todos los votantes de Trump fueran a seguir siendo postergados, los blancos en general y los hombres blancos en particular volverán a disfrutar de la libertad negativa de saber que su posición relativa siempre será mejor que la de las minorías que dejan atrás.

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Clinton busca incrementar el caudal de votantes negros, hispanos y mujeres a quienes les ofrece más explicaciones que esperanzas. Trump revivió el racismo como un proyecto de masas desde el que mirar el orden social en su totalidad. Con bastante razón, la elección se presenta así como una lucha del hombre blanco contra el resto del mundo. Pero ese no es el final de una respuesta a lo que se juega en noviembre. Es el comienzo de una pregunta sobre cómo se construyen las identidades políticas en un paisaje de desigualdad.

 

Trump

 

Para analistas, intelectuales y dirigentes políticos tomados por sorpresa, la candidatura de Trump se explica como la secreción de un racismo latente en Estados Unidos, abrazado irracionalmente por la clase trabajadora blanca como reacción a sus penurias económicas. Algunas observaciones encadenadas al respecto.

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La primera es que esta descripción tiene dos supuestos básicos discutibles. Un supuesto implícito es que el abrazo irracional a un showman contrasta con la simpatía meditada a una política profesional, como si el apoyo al grupo de banqueros, CEOs, financistas y militares que rodea a Clinton para que reviertan la desigualdad de oportunidades que sus respectivas profesiones promueven fuera un acto de racionalidad cartesiana. El otro supuesto, explícito, es que las privaciones económicas llevan a los trabajadores y desocupados sin suficiente maduración a embanderarse con políticas extremas. Uno imagina a los fanáticos de Trump en un sótano oscuro, pobres y sucios lustrando un arma todo el día, escupiendo bilis por los ojos, y a los ciudadanos demócratas decidiendo su apoyo a Clinton después de una conversación calma acerca de la mejor forma de contribuir al bien común. Acompañaremos a las teorías de la modernización hasta su tumba, y entraremos con ellas como si gozaran de buena salud.

 

La evidencia sugiere, al contrario, que Trump tiene todos los rasgos de un fenómeno impuesto bruscamente desde arriba hacia abajo: arranca con el rol del Tea Party en canalizar desde el 2009 el financiamiento por parte de un grupo ínfimo de corporaciones a una agenda radicalmente conservadora dentro y fuera del Partido Republicano. Sigue con el apoyo que recoge Trump en las primarias de este año en la clase media blanca acomodada. Contra las fantasías sobre la insensatez de los trabajadores frente a las carencias materiales, el ingreso familiar promedio de los votantes a Trump en las primarias es de unos 72.000 dólares, una cantidad que debería permitirles pensar con frialdad y confort sobre el futuro del mundo, y un promedio más alto que el del país (56.000), el de los votantes demócratas (61.000) y el de los blancos en general (62.000). Y llega recién ahora a expandir su base de apoyo entre los trabajadores, después de una primaria en la que la participación de los votantes de ingresos bajos fue incluso menor que en 2012.

 

La segunda observación sobre las fantasías distópicas acerca de los votantes de Trump imagina el proceso democrático en los Estados Unidos como un espacio público transparente y sin opresión. Gente grande, que se compadece del sojuzgamiento que padecen los desocupados de Tucumán y los campesinos de Honduras, pero que giran su mirada hacia acá y se espantan de “cómo un país que eligió a Obama puede elegir a Trump”. Como si los votantes eligieran libremente entre un menú infinito de opciones y no en un universo de restricciones y con los ovarios en una prensa ante las amenazas reales e imaginarias que el Estado distribuye cada mañana como clonazepan antes, durante y después de Obama. ¡Es Estados Unidos! Acá se inventó el control social antes que el país mismo. O se lo perfeccionó. O se lo nutrió con un arsenal tecnológico inédito, lo que sea. Pero atribuirle a los ciudadanos norteamericanos la autonomía que no tienen es el primer paso para no entender la libertad que buscan.

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La tercera observación es que estos análisis imaginan a las elecciones como una foto fija recortada de toda secuencia temporal y suponen que los electores escuchan las bravatas de Trump con unos auriculares que los aíslan de todo contexto con el que darle sentido a sus palabras. El despotismo misógino del candidato republicano es aterrador, pero llega a oídos que han escuchado el tono celebratorio del slogan falócrata y expeditivo “we came, we saw, he died” con el que Hillary Clinton fundamentó la invasión a Libia y el derrocamiento del dictador Kadafi. Quienes se abren a la idea demencial de construir un muro (uno más) en la frontera con México llevan una década financiando con sus impuestos el mayor alza en las deportaciones de inmigrantes latinoamericanos en la historia de los Estados Unidos. El coqueteo de Trump con prohibir la inmigración de musulmanes es de hecho una atrocidad, pero quienes lo escuchan llevan años apoyando un despliegue militar cuyos excesos pasados y presentes se legitiman en el interés nacional y cuyo blanco casi exclusivo es la población musulmana en Medio Oriente. A nadie se le ocurre que un drone vaya a volar una docena de civiles y niños que participan de una boda evangélica en Virginia, pero en Yemen se hace hábito. Obama construye, en todo esto, los límites de su propia tragedia. Ha sido incapaz de representar desde su raza y las sospechas que la misma genera y desde la profesionalización del discurso de la excepcionalidad nacional, la defensa ante las amenazas permanentes que el Estado azuza con método y frente a las cuales Trump se expresa sin ambivalencias.

 

La cuarta observación es quizás la más importante: el énfasis con el que se interpreta al racismo como el ethos de una cultura nacional más fenomenológico que históricamente constituido. Los esclavos traídos de África luego de 1619 tenían menos derechos de circulación, chances de recuperar su libertad y acceso futuro a la propiedad que los sirvientes traídos al mismo tiempo de Europa. La diferenciación se hizo explícita en la legislación de Virginia a partir de 1662, más de un siglo antes de que se crearan los Estados Unidos. Desde entonces y hasta el asesinato de última hora de un negro a manos de fuerzas de seguridad, el país ha vivido montado sobre un poderoso sistema de incentivos que permite que blancos de todas las clases sociales, pero sobre todo aquellos que componen la fuerza laboral, consideren que un grupo groseramente diferenciado como negro es inferior y, sobre todo, cuenta con menos derechos y libertades.

 

Estos estímulos no son llamados metafísicos al inconsciente colectivo hecho por demagogos oportunistas. Son fruto del trabajo sistemático de jueces, propietarios, intelectuales, banqueros y políticos que por siglos diseñaron legislaciones criminales, sistemas electorales, políticas urbanas, regímenes de trabajo, sistemas financieros relatos nacionales y fuerzas de seguridad que confirman esa creencia. Los incentivos para considerar la existencia de razas y la pertenencia a la blanca tampoco son abstractos y se midieron no sólo en la posibilidad de ser libres o esclavos, sino en las posibilidades actuales de obtener educación o trabajo, en el nivel salarial, la tasa de interés, la expectativa de vida, la dieta, la chance de ser ejecutado por la policía.

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En la prepotencia de su discurso y la transparencia de sus mentiras, Trump captura mejor que muchos de sus predecesores y competidores la esencia del sueño americano. La exaltación del mismo como sistema sugiere que los trabajadores americanos sacrifican voluntariamente su vida y la de sus hijos y la de sus nietos para poder obtener tras mucho tiempo y más esfuerzo una porción menor de lo que otros atesoran en la sociedad de forma permanente y sin tanto sacrificio. La elegía de la lenta movilidad social ascendente, aún si real, le atribuye a los trabajadores una predisposición a negociar su bienestar en nombre del bien común. Lo que uno ve todos los días es algo distinto. Es lo que uno puede reencontrarse en la vida de Chip, que Borja describe en el original libro de Javier Auyero sobre los trabajadores en Austin, cuyo día arreglando fotocopiadoras a lo largo de la ciudades es una sucesión de penurias en las que la precariedad laboral alimenta el deterioro físico y en las que la baja calidad del sistema de salud posterga decisiones que podrían mejorar la situación precaria en la que arranca el círculo. Ahí, el avance moroso y zigzagueante y el estancamiento no son un proyecto sino el resultado de millones de derrotas cotidianas, resignaciones capilares que cada trabajador por separado realiza cada día ante fuerzas superiores a él cuando desaparece el recurso de la acción colectiva y las regulaciones del Estado de la relación entre esas fuerzas desiguales. Trump viene a presentarnos a todos la verdadera pesadilla del sueño americano: la de los trabajadores blancos tensionados entre la pertenencia a un grupo que perpetúa sus sacrificios reduciendo sus beneficios y la amenaza permanente de un abismo aún mayor.

 

Para el trabajador blanco pobre, la libertad negativa, la libertad de no ser negros, el consenso sobre la existencia de una raza con menos derechos es una cuestión de supervivencia. El racismo que Trump corporiza con pocas inhibiciones es el retorno a una serie de certezas que nunca se fueron del todo: la inhibición del conflicto de clase una vez que blancos de toda laya encuentran el beneficio común de no ser otra cosa; la amenaza perpetua del infierno que asoma un escalón más abajo; y la naturalización de la subordinación que habilita la producción de otras jerarquías de clase, género, idioma y nacionalidad para tornar un mundo cambiante en algo más previsible. 

 

Clinton

 

Antes de que terminaran las primarias, Daniel Fridman contaba en estas mismas páginas porqué los candidatos iban a ser Trump y Clinton. La observación era simple: la elite Demócrata había sabido hacer los deberes, unificando sus recursos económicos y políticos detrás de una sola candidata para mantener el control sobre el futuro del partido. La conducción republicana, en cambio, imaginó que las cosas se resolvían solas, le ofreció a Trump un terreno disperso, con recursos desperdigados y candidatos de bajo vuelo contra los que el aprendiz no dejó de crecer hasta que se hizo tarde para pararlo.

 

El resultado es paradójico y las consecuencias de largo alcance. Mientras que Clinton fue eficiente en limitar los alcances de la práctica democrática interna y en consolidar el status quo partidario como algo preservado de la lucha política, Trump emerge de la primaria como expresión de la imprevisibilidad intrínseca a la lógica democrática, que sitúa al poder como algo contingente a la competencia política.

 

Los costos son, hoy, todos para Clinton. La capacidad para acallar a Sanders es también la dificultad estructural para incorporar las demandas que su candidatura llevó de forma masiva hasta el corazón del partido. Esa dificultad no se expresa sólo en cómo añadir las propuestas programáticas de Sanders, lo cual de por sí ya es llamativo: Clinton no logró recuperar ni una sola de las ideas de la campaña de su adversario por más de una semana, tras una interna en la que amplios grupos (jóvenes, estudiantes, profesionales y trabajadores) manifestaron un rechazo enérgico a su figura. Aún así, su punto más débil sigue siendo cómo representar el reclamo por un mayor poder de los ciudadanos sobre el curso de sus vidas, articulando sus intereses a través de la acción colectiva y la capacidad reguladora del Estado sobre el poder desigual en la esfera económica.

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Trump logró que el partido Republicano canalice las demandas conservadoras por una mayor incidencia sobre los destinos del país a través de un programa autoritario de derecha. Clinton cerró todos los canales para que las demandas por un mayor poder de la sociedad en el destino del país pudieran tener una expresión en su candidatura. Como Sandberg, una multitud de ejecutivos, empresarios y financistas se suman a cada escenario del que sube y baja la candidata demócrata. Los clichés sobre qué es el establishment quedan cortos para describir las pleitesías que se distribuyen en una cancha cada vez más chiquita, pero grande como el escenario que auspició la cena LGBT en la que Clinton calificó a los votantes a Trump (en muchos casos víctimas directas de las exclusiones múltiples ejercidas por la manga de millonarios que estaban en las butacas enfrente de la candidata demócrata) como una manga irredenta de deplorables.

 

Los límites de la campaña demócrata podían anticiparse en una imagen de la convención que nominó a Clinton como candidata: la defensa del estado de seguridad militar como instrumento para acallar el disenso interno. Pero la resistencia pública contra la candidatura de Clinton, y la aplastante respuesta silenciando esa resistencia, se hizo trasladando la disputa sobre la apertura del partido a propuestas más radicales al plano de la seguridad nacional. Los miles de delegados de Sanders esbozaron propuestas sobre el salario mínimo, el control a los bancos, la deuda de los estudiantes, el rol de los sindicatos, pero la expresión pública más poderosa de esas demandas fueron los carteles de “no a la guerra” y las interrupciones a los (muchos) oradores que hablaron durante la convención en nombre de las fuerzas armadas.

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La respuesta abrumadora de los convencionales de Clinton fue el grito de “U.S.A.! U.S.A.!” y el apoyo extático a cada discurso en nombre de la defensa nacional. Chicos jóvenes, de razas, orientaciones sexuales y trajes diversos, ateos y musulmanes, señoras de la casa, todos desaforados en la defensa de una serie de guerras que la mayoría de ellos no podría ni enumerar. Instalada en el corazón de la convención demócrata (no de la republicana), la utilización del poder militar y del estado de excepción como razón extra política para acallar el disenso y contener el cambio es el signo de que este es el único país en el que una política de clases genuina tiene que abrazar el pacifismo como su principal bandera. No porque las guerras estén mal, sino porque en su nombre se aplasta cualquier posibilidad de redistribución de recursos económicos y políticos. Una especie de Marxismo-Lennonismo, si se me permite, que como hizo Sanders, capture el rol esencial de la guerra afuera y la militarización policial adentro como disciplinador social en un país en donde el sometimiento a la autoridad es exigido como condición de la libertad.

 

Desde ese día, el triunfo de Clinton contra Sanders tiene un sabor agridulce. Porque si Clinton puede insuflar patriotismo para someter a Sanders, Trump puede apropiarse mucho más cómodamente de él para denunciar a los mismos clintonistas que con su diversidad cultural y racial erosionan los cimientos de la patria que dicen defender. Cuando la familia de un soldado norteamericano de origen musulmán muerto en Afganistán se llevó los aplausos de la noche, la paradoja aparecía en vivo y en directo: en el loft de politico.com alquilado para la convención, activistas, consultores y demócratas varios estallaban de entusiasmo, genuinamente emocionados por el llamado a defender la nación que les daba cobijo. Y uno los veía, literalmente golpeando contra la mesa del entusiasmo que les provocaba el discurso de Michael Bloomberg, el multibillonario que en el uso plutócrata del espacio público anticipó una versión modesta de lo que hoy encarna Trump.

 

En la otra punta del loft, chicos uniformados con trajes a mitad de camino entre Zara y la buena calidad, el año antes de decidir entre el Estado y el sector privado, y un grupo de chicos negros partidarios de Clinton se abalanzaban sobre el televisor con el mismo ímpetu. Y uno los veía después de escuchar tantas veces el tono celebratorio de Clinton con el multiculturalismo y de su claque y uno creería que desde Gabriel Prosser hasta Martin Luther King, millones de negros dieron sus vidas y pasaron por cárcel, torturas y asesinatos para lograr que esta generación de negros ingrese a universidades de elite desde las que puedan abrirse camino para ser generales del ejército, banqueros y gerentes de Goldman Sachs para reproducir desde ahí las mismas injusticias y miradas del mundo contra la que lucharon sus ancestros. El desmantelamiento del legado del movimiento por los derechos civiles imagina que la igualdad racial, de género y de origen no altera la distribución de poder ni atenta contra los derechos individuales. Desde extremos opuestos, Malcom X y Trump denuncian una verdad mucho más evidente: la lucha contra la discriminación sí es un golpe mortal al orden en los Estados Unidos porque elimina la noción de que hay jerarquías que están fuera del alcance de la lucha política. Y si los negros pueden ser iguales que los blancos, ¿entonces por qué los pobres no pueden ser iguales que los ricos?

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En su campaña en castellano y la búsqueda del voto de las mujeres, hispanos y negros que no termina de obtener, Clinton hace malabarismos para garantizar a propios y extraños que nada va a cambiar y que, musulmanes o gays, los derechos de propiedad individuales seguirán organizando las relaciones sociales. Sindicatos, organizaciones que cristalicen la acción colectiva o demanden derechos sociales, a la cola. Trump, y la alt-right que encontró en él un líder de masas, sacude el fantasma que Clinton intenta disimular: el de la imposibilidad de la asimilación total. Para español, por ahora, presione 2.

 

 

Чтоделать?

Como en cualquier otro lugar del mundo, la política en Estados Unidos vive en mil planos simultáneos. Como en ningún otro lugar, la elección puede colocar al frente del Estado a alguien con capacidad de poner fin a la humanidad, o al menos de hacerle la vida bastante más difícil. La política puede funcionar en varios planos siempre y cuando el planeta siga dando vueltas a menos de 100 grados de temperatura. Es un piso mínimo, se entiende, pero debería haberle alcanzado a cualquier candidato demócrata para, tras ocho años de Obama, imponerse fácilmente sobre Trump.

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Es más que probable que Clinton intente una gestión razonable en lo doméstico. Que expanda el seguro de salud, la educación y las guarderías para chicos más allá de lo que lo hizo Obama. Que seleccione uno o dos miembros de la Corte Suprema que garanticen y expandan los derechos de la mujer y reviertan la autorización para el financiamiento ilimitado de las corporaciones en la campaña. Que mejore el control del acceso a armas. Que incida en la justicia para fortalecer los derechos civiles en términos de género y sexo (ciertamente no en cuanto a libertad de expresión y derecho a la privacidad). Que pueda decidir temas tales como atender la emergencia del Zika sin muchas discusiones sobre el carácter divino de la condena que cae sobre los ciudadanos de Florida. También es probable que la expansión del despliegue militar en Medio Oriente y la escalada con Rusia busquen compensar el efecto revulsivo de estas reformas y terminen por erosionar parte de las mismas.

 

Juntas o separadas, podrían ser razones más que suficientes para que Clinton movilice detrás suyo a una variedad de sectores que le alcancen para ganar. Pero Clinton ha sido deliberadamente más eficaz en definir la asociación del partido con una elite nacional moderna y cosmopolita que en erigirse como candidata de los muchos partidos demócratas que se hicieron visibles en las primarias reclamando, justamente, una identidad política más autónoma respecto del establishment. A contramano, la figura de Trump cataliza, en la reacción violenta contra el desafío que la figura de Obama y Clinton presentan a la nación blanca, la queja por el agotamiento de una movilidad social ascendente que fue dejando de existir en los últimos 40 años. El resultado de la elección dejará marcas fundamentales en la sociedad de acuerdo a quien sea el ganador, pero difícilmente sea el cierre de esas mutaciones gestadas bajo el paraguas amplio del neoliberalismo, de las que son producto los dos candidatos, y a las que ambos candidatos, desde lugares muy distintos, se perfilan para perpetuar.

 


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