¿Macri doblegó a un adversario realmente poderoso? ¿La oposición creyó que tenía más fuerza de la que tenía? ¿El peronismo está en su crisis terminal? ¿No se vota más con el bolsillo? Estas son algunas de las preguntas que se hace el politólogo Nicolás Tereschuk. Y para cada una ensaya posibles respuestas.  



Mauricio Macri, que no era a esta altura un presidente débil o carente de recursos de poder, logró con estas elecciones legislativas terminar de definir con claridad la situación política: lo más probable es que, fortalecido, el jefe de Estado sea el primer no peronista que desde 1983 complete su mandato. El macrismo logra así también lo que ningún “tercer partido” -esas fuerzas volcadas hacia el centroizquierda o el centroderecha y que, surgidas de la Capital, buscaron extenderse hacia el interior- había concretado. Se consolida como una fuerza política nacional, extendiéndose territorialmente.

 

Como cada vez que un presidente se muestra con claridad volcado al centroizquierda o al centroderecha -dicho de otro modo, tiene más bien respaldos sindicales o más bien respaldos empresarios- y acumula recursos de poder, los politólogos vuelven a pensar que el sistema político argentino “esta vez sí” se “normalizará”. La idea de un esquema partidario con dos polos vuelve a aparecer. Lo pensaron cuando Alfonsín era fuerte (sin ninguno de los apoyos antes mencionados, luego la fortaleza lo abandonó), cuando Menem era fuerte y cuando Néstor y Cristina Kirchner eran fuertes. Por una u otra razón -probablemente por ciertas dinámicas que, a diferencia de las que estamos viendo, van de la periferia al centro del país-, eso hasta aquí no ha ocurrido. Y sin embargo, quizás ahora…

A este panorama general me interesa aportar algunos elementos para pensar la coyuntura actual:

 

¿Macri doblegó a un adversario poderoso?

 

Una de las claves del discurso macrista en los últimos dos años fue plantear que la “herencia recibida” era muy pesada, a lo que atribuyó además los pésimos resultados económicos de 2016. Además, argumentó que la oposición seguía siendo poderosa y  que algunos sectores lo acechaban, tratando de poner en jaque su gestión. Una relectura del libro “La Oposición”, del politólogo italiano Gianfranco Pasquino, nos permite poner en duda rápidamente estas ideas. “Es muy infrecuente que la oposición tenga poder y no menos raro que lo consiga, salvo en modo subalterno y en los casos de efectiva alternancia”, afirma el autor.  De hecho, sostiene que “el problema en los regímenes democráticos es que hay quizás poca oposición”.

 

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Lo más probable, lo más común es entonces que la oposición sea débil. En la Argentina, con los recursos que brinda el poder del Estado la descripción suena conocida ¿El Presidente le habló a la sociedad de una oposición más fuerte de lo que en realidad era? ¿Le presentó también la idea de que parte de esa oposición debe dejar de existir? ¿Un sector de la sociedad que se inclinó por el macrismo comparte esa visión? Pero aún más importante ¿los propios opositores creyeron en algún momento que tenían más fuerza de lo que en realidad las oposiciones suelen tener?

 

Pasquino nos da otras dos claves, que pueden servir para entender dinámicas que se dieron antes y otras que se están dando después de las elecciones del domingo. “Hay poca oposición porque muchos de los oponentes potenciales han encontrado nichos cómodos y gratificantes dentro del sistema y porque los oponentes reales siempre tienen cada vez menos recursos para organizarse, luchar y presentarse como portadores de una alternativa aceptable, capaz de cimentar una mayoría política, electoral, parlamentaria y gubernamental”. Y sumado a esto: “La calidad de una democracia no depende sólo de la virtud de su gobierno o de la interacción del gobierno con la oposición, sino, de modo muy especial, de la capacidad de esta última. Una oposición bien pertrechada mejora la calidad de la democracia, incluso cuando no consigue llegar al gobierno persiste en optar a él a través de su actividad de control y de dirección, de propuesta y de crítica”.

 

¿El “núcleo duro” que acompaña al Presidente es un fenómeno nuevo?

 

Podría pensarse que el 37 % de los votos nacionales que acompañó al oficialismo en las primarias es el “núcleo duro” del voto oficialista que luego pudo extender numérica y territorialmente hasta el 42%. El macrismo logra concentrar un voto que estuvo disperso durante muchos años. Pero que también desde hace muchos años está allí. En 2003, en la elección presidencial a la que el peronismo concurrió con tres candidatos, los postulantes que habían formado parte de la Alianza sumaban casi el 34% de los votos nacionales. Dos años y medio más tarde, cuando el Frente para la Victoria derrotó al duhaldismo en la provincia de Buenos Aires y se consolidó el poder de Néstor Kirchner, el voto opositor no peronista redondeó el 45% de los sufragios nacionales. Unir lo disperso, concentrar lo fragmentado es una tarea difícil para un gobierno y más aún lo es para la oposición. Con el tiempo, ha ocurrido.

 

¿La oposición está fragmentada porque el Presidente domina la situación o el Presidente domina la situación porque la oposición está fragmentada?

 

 

Probablemente, las dos formulaciones sean correctas. Lo que queda claro es que uno y otro funcionan en espejo. La fragmentación de la oposición, de los candidatos peronistas, sobre todo en la provincia de Buenos Aires fue clave para el triunfo del macrismo en el mayor distrito del país. Debería quedar claro que si hasta aquí la división opositora facilitó el tránsito del Presidente desde su asunción hasta los comicios de medio término, de ahora en más esa situación podría profundizarse. Si Macri se convierte en lo que la politóloga María Matilde Ollier llama un “presidente dominante”, es decir, que controla abundantes recursos de poder, su “espejo” será una oposición “débil” y fragmentada. Un elemento a tener en cuenta es si estas dinámicas ya conocidas dependen de los propios dirigentes opositores, de su pericia y sus personalidades, de su generosidad o su mezquindad, o si estamos ante fenómenos más estructurales y multicausales de la política local, en los que la centralidad que puede adoptar el Presidente desencadena otro tipo de dinámicas.

 

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¿Esta es la mayor crisis del peronismo? ¿Es una crisis terminal?

 

Los peronistas suelen afirmar que su última y única crisis fue la derrota que les propinó Raúl Alfonsín en 1983 y que derivó en la renovación y el resurgimiento de 1987 -habrá que notar que esa primera “vuelta” justicialista no se dio en un período de crisis económica sino de relativa estabilidad-. La segunda gran crisis sería la actual. En su libro “Todos los caballos del rey”, el politólogo Marcelo Leiras describe un momento que puede interpretarse como la segunda crisis del peronismo. Aquella que se registró en la década que fue de 1995 a 2005, incluso en años en los que el PJ estuvo en el gobierno. Los intentos de Menem por forzar la reelección, la pugna con Eduardo Duhalde por la postulación presidencial -que incluyó episodios en los que un sector interpretaba que el otro le “tiraban muertos” para perjudicarlo-, las duras derrotas electorales de 1997 y 1999 formaron parte de aquella crisis. “A partir de 1997, el Partido Justicialista comenzó a funcionar como una confederación de organizaciones provinciales sujeta más al veto unilateral de cada uno de los titulares de sus organizaciones provinciales que a una conducción nacional colegiada”, nos recuerda Leiras al describir una imagen que quizás volvamos a ver. Fue en aquellos años de crisis, vetos y reuniones de gobernadores que asomó a la luz pública porteña Néstor Kirchner.

 

El peronismo no estaba en buena forma por entonces: de otro modo no se hubieran sucedido cuatro presidentes peronistas en pocos días tras la caída de Fernando de la Rúa. Fue en esos años que, durante un gobierno peronista, tuvo lugar un escandaloso Congreso partidario en Parque Norte. Cada crisis del peronismo estuvo acompañada por algunas derrotas electorales. Muchas de ellas se dieron en un territorio muy competitivo, como es el de la provincia de Buenos Aires donde de diez elecciones “de medio término” (sólo legislativas) desde 1983, el peronismo se ha impuesto en cinco y sus adversarios en otras tantas. Toda crisis pareció en su momento la definitiva y habrá que ver cómo se resuelve la actual.

 

¿Todo es nuevo en la forma de hacer política macrista?

 

Hemos señalado algunas de las novedades que trae el macrismo. Justamente, una cosa que no es nueva en política es que el ganador quiera mostrarse como algo completamente nuevo. Los esfuerzos del cerebro comunicacional macrista, Marcos Peña, en este sentido, son notorios. En el último coloquio de IDEA, el poderoso funcionario afirmó que al macrismo “en el mundo se lo mira (…) como un proceso de profunda innovación en materia de representación política”. Señaló que el Presidente encarna “una representación más contemporánea a la demanda de la ciudadanía en este siglo XXI”. “En el siglo XX la representación se basaba en la lógica vertical de arriba para abajo, la oferta ordenaba la demanda en términos más de mercado, todo era más estático, más rígido, más paquete cerrado y hoy vivimos una demanda de la ciudadanía que quiere una horizontalidad mucho mayor, que no quiere una delegación pura, sino que quiere una conversación, una horizontalidad asimétrica donde claramente uno tiene un rol de liderazgo pero se exige, se demanda y se quiere la cercanía de decir teneme en cuenta, yo quiero ser protagonista de esta discusión, no voy a hacerte un cheque en blanco”. Dos milenios y medio de teoría política en función de pensar lo esquivo que es el poder, lo cambiantes que son los vientos de la historia y el fenómeno de la representación política desde la Edad Media a esta parte quedan reducidos a la nada por Peña en un par de frases cortas. La representación, nos dice, ha cambiado para siempre de la mano de Macri. Qué llamativo que se nos quiera convencer de que el Presidente que viene de la cúspide social, innove y produzca una representación “horizontal”. Qué contradictorio que el Presidente que no habló 80 días con la familia de Santiago Maldonado y que el jefe de Gabinete responsable de una comunicación maliciosa sobre el caso hablen de “conversación”.

 

Luego Peña hizo referencia al uso de dispositivos como las encuestas que hace el macrismo. “Si no creés en las encuestas cuando vayas al médico no hagas un análisis clínico (…) sin embargo hay muchos líderes políticos que dicen ‘yo no mido, yo me baso en mi intuición’”. El hecho de que un político del siglo XX como Duhalde fuera un reconocido adicto a las encuestas no parece hacer retroceder al jefe de Gabinete en su afán por mostrarse como una novedad total. El ánimo refundacional está a la orden del día en el oficialismo. Sopesar qué elementos son nuevos del actual oficialismo y cuáles son apenas características del que va ganando puede resultar un ejercicio interesante.

 

¿El macrismo es una anomalía en el contexto internacional?

 

El Partido Demócrata (Estados Unidos), el Partido de los Trabajadores (Brasil), el Partido Socialista (Chile), el Partido Socialista Obrero Español (España), el Laborismo (Gran Bretaña), el Partido Socialista (Francia), el Centroizquierda (Italia) y el Partido Socialdemócrata de Alemania atraviesan crisis de distinto tenor, pero todas ellas muy serias. Si a eso sumamos la aprobación lánguida de los mexicanos hacia el líder del PRI, Enrique Peña Nieto, y la crisis del Partido Justicialista, nos encontraremos con una situación que luce complicada para los partidos que han expresado la representación de sectores del trabajo en occidente. ¿Lo externo condiciona lo interno? No sería bueno caer en lecturas esquemáticas, pero tampoco hacer a un lado esta información.

 

¿No se vota más con el bolsillo?

 

El hecho de que los resultados económicos del macrismo hayan sido malos durante los dos primeros años de gestión y que aun así haya logrado un importante respaldo electoral, hace pensar a muchos analistas que el “voto económico” es cosa del pasado. Para matizar esta idea sería bueno recordar que las variables económicas de 2016 fueron pésimas y que en 2017 todas ellas se movieron a un ritmo más lento. Lo que algunos llaman “crecimiento”, otros “recuperación” y el economista Eduardo Basualdo caracteriza como un “amesetamiento de la depresión” tuvo su punto más alto hacia los comicios de octubre. A esto habría que agregar el “margen” que muchos argentinos tenían a partir de los años kirchneristas.

 

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Por otra parte, el Gobierno sí dio señales económicas muy claras con su gestión económica. Una de ellas fue el inmediato levantamiento de los controles cambiarios y a las importaciones. Esas dos medidas adoptadas en el último mandato de Cristina Kirchner, con las que aquella gestión buscó capear la “restricción externa” -se trata de una hipótesis, de una impresión- tuvieron un impacto político y social muy fuerte y duradero en amplios sectores sociales. Se trató de una “batalla” del kirchnerismo que a diferencia de otras que lo enfrentaron con sectores identificables y poderosos hizo sentir a muchos argentinos que se metía en sus vidas cotidianas. Fueron medidas de las que se habló en muchas mesas familiares, muchas más que las del millón de argentinos que por mes compraban divisas.  Si bien analizar motivaciones del voto es un deporte de riesgo, no puede descartarse que esta “normalización” adoptada por el macrismo bien pueda haber sido premiada por un sector del electorado.

 

¿Qué lectura harán los votantes?

 

El escenario que dejan las elecciones generará más novedades y varias continuidades. Una incógnita es ver qué interpretación harán no ya los dirigentes políticos sino los propios votantes de estos resultados. Una mirada posible es que muchos de ellos den vuelta una página y pasen a exigir más y mejores resultados concretos de un presidente ubicado en el centro de la escena. Como contrapartida, habrá que ver en qué medida esos ciudadanos aceptan una política (dirigencia, medios y analistas) que se mueven más en función de hablar de la oposición que de las responsabilidades del Gobierno.


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