La “crisis del dólar” transparentó como nunca las estrategias de comunicación de un gobierno especialista en aquello que puede y debe decirse. Con un discurso políglota que combinó tecnócratas y hechiceras, Cambiemos pasó en dos semanas de un mensaje artificioso, dubitativo y dellarruesco a una nueva-vieja forma de hablar de la herencia: pecamos de optimismo y debemos, dos años después, decir la verdad del “estado del Estado”.



La “crisis del dólar” permitió ver, como pocas veces hasta ahora, los hilos del dispositivo comunicacional de Cambiemos. En una coyuntura crítica que duró dos semanas, el gobierno nacional desplegó una serie de estrategias a cargo de actores diversos jugando diferentes roles. Se sabe que Cambiemos es un discurso no solo polifónico (todo discurso lo es, aunque encubra su condición de tal mostrándose como monofónico) sino políglota: Como en una obra teatral, el elenco de Cambiemos habla muchas lenguas, con distintos tiempos y ritmos, con distintos códigos y a distintos destinatarios. Los ministros de Hacienda y de Finanzas, Nicolás Dujovne y Luis Caputo, son los técnicos que resuelven. El de Interior, Rogelio Frigerio, el lugarteniente que coordina y busca consensos. La gobernadora Vidal, la maga que hechiza, conjura peligros y se permite hacer advertencias (a los supermercadistas, por ejemplo). Carrió, el arlequín que dice las verdades que ningún otro funcionario se atreve a formular.

 

Como han mostrado diversos consultores, la imagen del gobierno y de los principales funcionarios se vio fuertemente erosionada durante mayo. No faltó quien asegurara, en un gesto metadiscursivo característico de esta gestión, que una parte del problema residió precisamente en que el gobierno “comunicó mal”, achacándole así errores al Jefe de Gabinete, Marcos Peña, y reduciendo la cosa a su apariencia, y la comunicación a puro artificio distractivo –como si comunicar no fuera en sí mismo un hecho, y como si ese hecho, caro a la maquinaria gubernamental de Cambiemos, fuera en última instancia ornamental (en ese caso: ¿por qué atribuirle importancia a un mero ornamento?). Como sea, el gobierno identificó la crisis pero también la necesidad de “decir la crisis”.

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El discurso político no se ciñe a los límites de lo que comúnmente se llama “comunicación política” y mucho menos a lo que suele conocerse, en el ámbito de la consultoría política pero sobre todo corporativa, como “comunicación de crisis”. Lo que se comunica en la coyuntura de una crisis (política, económica, humanitaria, natural) es más y a la vez es menos que el discurso: más, porque la comunicación política es un dispositivo tripartito que incluye la palabra de los políticos (el discurso en sentido estrecho) pero también aquella de la opinión pública y de los medios; menos, porque el discurso (político, en sentido amplio) excede la mera puesta en escena de una estrategia específica, y remite a una instancia ideológica e histórica que define “lo que puede y debe ser dicho” –en palabras de Foucault­–, a un estado de las fuerzas sociales y políticas que establece quién tiene derecho a hablar y cómo –en palabras de Bourdieu­–, y a un momento de la disputa hegemónica –en palabras de Laclau.

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Las tres primeras semanas de mayo fueron días de “tormenta”, de “turbulencias”, de “tornado”: la crisis del dólar fue un cimbronazo económico y político que exhibió y al mismo tiempo puso a prueba, entre otras cosas, las estrategias comunicacionales y discursivas del gobierno para pilotear (tal la metáfora que predominó en la prensa y entre los miembros del gabinete), o, mejor dicho, para surfear en tiempos de crisis. En efecto, el derrotero de la comunicación política entre la mañana en que se desató lo que sería identificado como una “corrida bancaria” y el día que dólar se frenó en 25 pesos, fue el de un navegante sobrecogido por la aparición inesperada de un maremoto, que devino surfista de riesgo, experto, osado y hasta aventurero. Derrotero que por un lado expresó, como han dicho algunos analistas, una “recuperación de la iniciativa política” y que, por otro lado, mostró una vez más qué es la política para Cambiemos: una política surfer.

 

Es posible, en efecto, identificar un giro en la estrategia comunicacional del gobierno entre la conferencia de prensa de Dujovne y Caputo del 3 de mayo, el anuncio de Macri del 8 de mayo sobre un “acuerdo preventivo con el FMI” y la última conferencia del presidente, ofrecida el 16 en Olivos, en la que la tormenta se declaró superada. En ese ínterin hubo una dosificación de apariciones del elenco gubernamental: declaraciones de Carrió saliendo de la Casa Rosada (“Quiero llevar tranquilidad a toda la Argentina”, “Está todo bien”), conferencia de prensa de los ministros de Economía y de Finanzas anunciando la modificación de metas, informes del Banco Central con datos que funcionaban como guiños a los mercados (cambios en la tasa de interés), reuniones de urgencia en Olivos y la Casa Rosada de las que emanaban trascendidos off the record y declaraciones oficiales: todo eso y más dijo el gobierno en los primeros días de la crisis.

 

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El anuncio del 8 de mayo, de menos de tres minutos, fue grabado en el Salón Blanco de la Casa Rosada para ser transmitido al mediodía del martes, luego de casi una semana de corrida cambiaria. Su emisión no solo no fue en vivo sino que exhibió indicios (paratextuales) de su carácter pre-elaborado, como la señal sonora de apertura de grabación y el cierre con la placa de Presidencia de la Nación. De pie tras un atril oficial y rodeado, al estilo de las cadenas nacionales tradicionales, por la bandera nacional, el presidente se dirigió directamente a la cámara, y por ese medio a su audiencia, estableciendo un contacto “ojos-en-los-ojos” con sus destinatarios: “Buenos días. Ustedes saben que tengo un compromiso de decirles la verdad siempre”. Según Gastón Cingolani, especialista en mediatización del discurso político, esta puesta en escena constituyó un retroceso a formatos anteriores, con los que Cristina Kirchner había roto.

 

El mensaje de ese discurso fue el de la inevitabilidad: “Este es el único camino posible para salir del estancamiento”, y en esa modalidad enunciativa, la deóntica, anunció el acuerdo preventivo de apoyo financiero con el FMI. El diagnóstico fue de corto plazo y se atribuyó al “desastre” heredado en materia de cuentas públicas. Ciertamente, Macri habló en primera persona (“tomé la decisión”) y se mostró como artífice del plan: no obstante, el carácter solemne del anuncio y la postura rígida de la figura presidencial hicieron prevalecer la imagen de quien está condenado a tomar una decisión inexorable frente a una tormenta que avizora trágica: “Aunque transmitió seriedad –e incluso gravedad–, el mensaje resultó artificioso y anticuado”, dice Congolani. El anuncio activó la memoria de los anuncios infaustos de Fernando De la Rúa: según se dice en los pasillos, se le reprochó a Peña el haber expuesto al presidente a dar el mensaje en persona.

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Con el viaje de Dujovne a Washington se puso en marcha una nueva maquinaria político-comunicacional. El 11 de mayo, Macri recibió a los gobernadores comprendidos en el “peronismo racional”, convocó a un grupo de empresarios a una reunión “con agenda abierta” (el ministro Cabrera, en declaraciones a la prensa, afirmó que hubo acuerdos y que pronto la crisis “sería historia”) y se reunió con su gabinete. Por la noche, Carrió tuiteó interpelando al sector agropecuario: “Nosotros acompañamos al campo en los momentos difíciles, bajamos las retenciones, la sociedad acompañó… ahora les digo a ellos: No retengan la soja, empiezen [sic] a liquidar para que ingresen divisas”.

 

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El 14 de mayo, con un dólar en su pico histórico y un día antes del “día D” (en el que vencerían las Lebacs) la avanzada política continuó: el presidente se reunió con los senadores opositores y con su mesa chica. Al mismo tiempo, se anunció una “ampliación de la mesa política de Cambiemos” mediante la incorporación de cuadros políticos como Emilio Monzó y Ernesto Sanz, lo que mostró que el gobierno había escuchado los reclamos del círculo rojo y que estaba dispuesto a expandir su base política e incluso a reactivar alianzas olvidadas.

 

El 15 de mayo la estrategia comunicacional ya había encontrado su curso y las negociaciones político-económicas se habían puesto en marcha. Macri recorrió la provincia con Vidal, el ministro Quintana participó de un encuentro en el Club Político Argentino, por la noche Frigerio dio una entrevista en el canal A24, Dujovne y Caputo dieron una conferencia de prensa y Vidal participó con Carrió de un encuentro en el Instituto Hannah Arendt.

 

Como dice el experto en comunicación política Mario Riorda, “una crisis significa alta dosis de incertidumbre frente a amenazas de pérdida de poder” y por esa razón producen un sentido de urgencia que “impone el desafío de operar con paradigmas disruptivamente nuevos y bajo presión. Esto es muy diferente a operar con las reglas de juego conocidas y con tiempos habituales”. Esa fue, en efecto, la imagen que emergió de la conferencia de prensa del 16 de mayo: luego de una reunión de la mesa política del gobierno encabezada por Peña, Macri ofreció una conferencia de prensa en Olivos. En esta segunda aparición pública del presidente, de 36 minutos, la disposición escénica fue otra: relajado, descontracturado, confiado, aliviado, envalentonado y dirigiéndose a un grupo de periodistas, esta vez el presidente respondió preguntas y le habló a su audiencia de forma indirecta. Ahora los ciudadanos podían ver al presidente exhibiendo su estrategia y su solvencia frente a la prensa.

 

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En sus respuestas esbozó un relato, un “balance” económico que inscribió, a diferencia del mensaje anterior, en los últimos “70 años” de historia, y atribuyó la crisis a la gran “mochila” de los argentinos: el déficit fiscal. El ciudadano común no estuvo ausente de su alocución: a él se dirigió indirectamente cuando explicó, didácticamente, en qué consistía el plan económico a seguir: es “lo que hacemos todos: no gastar más de lo que se tiene”. Y también fue el punto de vista de ese ciudadano desilusionado el que fue evocado cuando el presidente hizo su autocrítica (una especialidad de Cambiemos): falta de coordinación entre Banco Central y gabinete económico, exceso de optimismo. Tampoco estuvo ausente de su discurso el fantasma del pasado: “no tenemos nada que ocultar” y por eso no tenemos inconveniente en que el FMI nos audite, dijo. El exceso de optimismo y el fantasma del pasado se anudan, aquí, en lo que parece delinearse como un nuevo diagnóstico político-económico, que fue revelado días mas tarde por María Eugenia Vidal, en su carácter de vidente-develadora: el gobierno no fue suficientemente sincero ni enfático a la hora de mostrar la herencia recibida. La provincia de Buenos Aires, dijo Vidal, estaba quebrada, y sin embargo eso no podía ser dicho. En la tensión entre denunciar lo heredado y mostrar optimismo para ganar votos se habría cifrado, según esta nueva lectura, el principal error del gobierno.

 

En esta conferencia de prensa, que le dio un cierre simbólico a la que quizás haya sido la crisis más profunda de Cambiemos en el gobierno, Macri dijo estar transitando “caminos inexplorados” en materia de decisiones político-económicas. Si acaso surge un sentido de lo político de ese discurso, y si algo del orden de lo político se fue moldeando en los días previos, se trata de un sentido aventurero de la política, en el que los actores se ven a sí mismos al modo de los exploradores que emprenden una hazaña sin conocer completamente sus meandros, sus riesgos o sus consecuencias. Así parecía posicionarse Macri en sus primeros discursos con respecto al “estado del Estado”: como un viajero que llega de lejos a explorar los restos de una organización desconocida. Weber aludió a la imagen del aventurero para pensar el ethos capitalista: algo de ese ethos emprendedor se plasma también en el modo en que Cambiemos dropea las olas del Estado. Se esboza aquí un imaginario de la política que la concibe como la empresa aventurera de unos recién llegados, dispuestos a surfear las aguas de algún mar exótico para luego volver a descansar al hotel. Resta saber quién paga el precio de esa aventura.


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