“Kirchner, el tipo que supo” es una rareza en el mercado editorial: propone el análisis y debate de las políticas públicas del kirchnerismo sin la pirotecnia de los secretos palaciegos intrascendentes ni los escándalos que tramitan en Comodoro Py. El libro de Mario Wainfeld es una biografía política de Néstor Kirchner y una narración con datos del pasado reciente. Pero también es, sin pretenderlo, un manual de conducción política y la autoindagación de un militante político con treinta años de oficio periodístico.



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“Quiero fundamentar, con argumentos racionales y no dogmáticos, explicitando cuáles son mis premisas ideológicas, que Kirchner supo para qué arco patear. Que a veces metió goles y se hizo alguno en contra. Que representó bien la visión del mundo en la que creyó”. Así, desde el vamos, sobre el final del prólogo, Mario Wainfeld planta bandera y a lo largo de 320 páginas reconstruye la figura de Kirchner, el presidente que llegó de chiripa, el conductor político, el alquimista de alianzas impensadas. “Kirchner, el tipo que supo” pudo escribirse en 2006 –cuando el autor recibió la primera propuesta de la editorial Siglo XXI- o en 2011, pero circula y se lee ahora, cuando buena parte del discurso dominante pretende “convertir doce años de historia en un simulacro o en un capítulo del Código Penal”. Es difícil, casi imposible, encontrar un Kirchner analizado desde la vereda de enfrente que dialogue con el Kirchner de Wainfeld. Hay, sí, docenas de libros construidos alrededor de la letra K y Comodoro Py. “Lo que rebela, por falaz y avieso –escribe MW-, es que se niegue lo realizado, no que se reniegue de ello”.

 

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Publicado a fines de 2016, ya va por su sexta edición (más de 40 mil ejemplares vendidos) y después de una gira de 20 presentaciones en varios puntos del país llega a la Feria del Libro. “Dos generaciones piensan el kirchnerismo”, se titula la presentación que se hará el sábado 6 mayo a las 18 horas en la sala Roberto Arlt. Junto a Wainfeld estarán Cristian Alarcón, Martín Rodríguez y Carlos Díaz. La recepción que tuvo el libro sorprende al autor: “Imaginé que iba a llegar a mi generación y a la de mis hijos, de 60 años para arriba o los que rondan los 40. Y encontré mensajes de pibes muy chicos, de 18 o 20 años”. Esos mensajes llegaron por dos vías: en las presentaciones y a un mail que el autor consignó en el libro. Lleva recibidos medio millar de correos electrónicos. “Hay en esos mensajes una dimensión emocional del kirchnerismo que es algo que yo no trabajé especialmente en el libro. Hay lectores que, conmovidos, que cuentan cómo fue que volvieron a militar o cómo pudieron estudiar en las universidades públicas. Y hay ciertos sectores mayormente afines al kirchnerismo que tienen ganas de repensar esa etapa y de reencontrarse”.

 

¿Cuál es la distancia justa entre el investigador y su objeto de estudio? En el periodismo, más que en cualquier otra disciplina, las fronteras son lábiles, porosas. El respeto mutuo y cariño sincero entre el protagonista y su observador no impide el análisis a fondo y la revisión crítica. El libro de Wainfeld es una biografía política y una historia del pasado reciente. Pero también es, sin pretenderlo, un manual de conducción política y la autoindagación de un militante político con treinta años de oficio periodístico.

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Foto: Julieta de Marziani

El libro recorre el período 2003-2010 y en cada capítulo se narra con precisión de cronista y datos insospechados de parcialidad los temas centrales del gobierno de Néstor y los primeros años de Cristina. Ocupan un lugar central la economía política y la cocina de las medidas que se tomaron en ese primer kirchnerismo, las políticas de Derechos Humanos y los intentos de Néstor por salirse del Partido Justicialista o extender los brazos del peronismo hacia otros actores. Wainfeld da una -entre tantas- clave de lectura fundamental para recorrer el libro. Dice en la página 56: “La expresión (“modelo”), cara a la narrativa kirchnerista, jamás me sedujo: por eso la encierro entre comillas. Un modelo entraña un grado de coherencia y previsibilidad inaccesible en la realidad. El periodista Alfredo Zaiat propugna con perspicacia hablar de ‘proyecto político’”.

 

Lo que supo

 

¿Qué es lo que supo Kirchner? Leer la coyuntura y dilucidar lo que era necesario hacer. “Entendió lo básico y se hizo cargo. Lo ayudaron la templanza popular, la formidable capacidad adaptativa de los argentinos de a pie, una coyuntura económica propicia. Kirchner supo cómo combinarlos”, escribe Wainfeld. ¿Hubo “viento de cola”? Sí. ¿Alcanzaba con eso? No. Tanto en la bonanza como en la malaria un gobierno tiene opciones, sopesa MW.

 

El Kirchner de Wainfeld pasó por diferentes etapas. Fue un presidente bombero: gestionó con la expertise previa de intendente y gobernador. Kirchner era devoto de la acción directa: reforzaba su liderazgo.  Pero, además, eran años de poco aparato estatal. Repasando el 2003, Wainfeld dice: “El Estado era una calamidad, no podías hacer nada. Un ejemplo: un día del año 2000 me encontré con un funcionario de De la Rúa y me dijo ‘Mario, no vamos a poder hacer el censo. ¿Cómo no vas a hacer el censo? Este es un país de cinco mil crisis y siempre se hizo el censo, le dije. Y me responde: ‘No tenemos plata para los insumos, el papel, las lapiceras, les debemos plata a los docentes y estatales, no podemos’. Ese era el Estado argentino de principios de siglo XXI”. Este libro es también la historia reciente de la reconstrucción del Estado.

 

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Kirchner, dice Wainfeld, fortaleció dos agencias claves: la AFIP y la ANSES. La que recauda y la que reparte. El caso de las jubilaciones sirve para ejemplificar la transición entre la urgencia por hacer y la institucionalidad de las acciones de gobierno. El caso se cuenta en el libro y Mario lo amplía café por medio: “Néstor hizo mucho pero no cambió la cuestión en términos institucionales. Facilitó o jugó un poco más por la opción de la jubilación pública pero no avanzó. Él pensaba que en la etapa del ‘purgatorio’ podría hacerse más. Y en la etapa de Cristina se hizo. Es cierto que en parte se hizo por la necesidad de la crisis, pero la realidad es que recuperó la ANSES y el sistema de jubilaciones a la vez que se pudo fondear el Estado”. He ahí un ejemplo de las críticas o contradicciones que Wainfeld marca a lo largo del libro. Lo que pudo hacerse antes (reestatización de la Anses, Asignación Universal por Hijo, Ley de Medios); lo que se políticamente se tramitó mal (conflicto con Uruguay por las pasteras, conflicto con “el campo” en 2008); lo que no se pudo (“cambiarles la vida a millones de argentinos no bastó para contener a la totalidad de la clase trabajadora”); y la falla más grave: la intervención destructiva del INDEC.

 

 

El bombero y el conductor

 

Página tras página, la figura del presidente bombero crece a la par del conductor político. Como buen peronista, Kirchner nunca quiso encorsetarse en el pejota. Apostó temprano a la transversalidad: dirigentes, figuras y –sobre todo- líderes territoriales provenientes del campo progresista. Duró poco: la transversalidad terminó cuando cayó Aníbal Ibarra, único progre que gobernaba un territorio con votos. Después de derrotar a Duhalde y quedarse con el PJ, Kirchner hizo un intento más ambicioso: la Concertación. Un dispositivo de perduración de poder muy alto: una alianza de gobierno con las dos terceras partes de las provincias. Una fuerza con arraigo territorial un cachito similar a los mejores tiempos de la Concertación chilena. Duró menos que la transversalidad: tres meses después de las elecciones de 2007 se desató el conflicto con el campo y en julio de 2008 Cobos le dio el tiro de gracia con su célebre “no positivo”. Empieza ahí, señala Wainfeld, la segunda construcción del kirchnerismo: ley de Medios, AUH, YPF, la militancia joven. La etapa que más se recuerda y más se discute, tal vez por su cercanía en el tiempo, tal vez por la magnitud pública de los enfrentamientos y enconos.

 

“Según mi percepción personal, pero no exclusiva, Kirchner era un hombre de personalidad fuerte, no era fácil estar con él, no era fácil integrar sus elencos de gobierno. Era un tipo duro, a veces severo y eventualmente autoritario con su gente, pero tenía un fondo afectivo que hacía procesar ese trato de otra forma”, dice Wainfeld, que habló con decenas de ex funcionarios, legisladores y dirigentes. Muchos de esos entrevistados invertían los roles y le pedían al periodista que les contara sus charlas con Néstor. “Lo entrevisté tres veces y dialogué en decenas de ocasiones, lo que es bastante asiduidad para un mandatario, pero no marca un récord”, escribe Wainfeld. Algunas de esas charlas, en Olivos o en Casa Rosada, están entre los puntos más altos del libro. De a ratos son diálogos entre dos compañeros con un pasado común y un presente de coincidencias programáticas; otras veces es el periodista tanteando al presidente –y viceversa-, buscando saber cómo ve tal o cual tema. “Ustedes, los intelectuales”, le dice alguna vez Kirchner, y la charla se pone picante.

 

Decálogo Wainfled, segunda parte

 

Quedó dicho que “Kirchner, el tipo que supo” es, además de biografía y análisis de la historia reciente, un manual de conducción política. Wainfeld procesa lecturas clásicas y contemporáneas sobre ciencias políticas, sociología, antropología y economía, relee a Borges en clave política, acude al polítologo sueco de sus columnas en Página/12 y deja traslucir en distintos fragmentos décadas de militancia. De esa síntesis, resultan frases memorables que pueden conformar la segunda parte del ya conocido “Decálogo Wainfeld” y que aquí se enumeran arbitrariamente:

 

1. Presidente/a: persona condenada a tomar decisiones en plazos dramáticamente cortos, bajo presión, sin disponer de la información completa, sujeta a hacerse cargo de las derivaciones no previstas ni previsibles, tanto las no queridas como todas las demás.

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2. Gobernar es jerarquizar: lo mejor o lo menos malo según el momento.

 

3. El sistema solar dispensa poca visibilidad a los planetas. La hiperpresencia de un presidente acumula para su prestigio pero no siempre derrama sobre los dirigentes más fieles.

 

4. Los estadistas no son adivinos ni la pegan siempre; más bien actúan por ensayo y error. Aggionarse, cambiar de instrumentos sin resignar los objetivos esenciales, es más interesante que el ejercicio subjetivo o psicoanalítico de la autocrítica.

 

5. El poder de un presidente crece si las decisiones se toman por sorpresa.

 

6. Hay que creer más en la conjura de los hechos que en las conspiraciones. La conspiración es una narrativa confortante porque alivia la incertidumbre y mitiga la indeterminación.

 

7. La interpretación monocausal es la jactancia de los perezosos.

 

8. Quien propone una táctica cambiante a su conducción, debe hacerse de las consecuencias.

 

9. Perder una batalla es nocivo. Peor es que la derrota se proyecte a nuevos combates. Oprobioso que los adversarios te lo festejen en la cara y celebren en las calles. Tremendo que sean muchos y en número creciente. La difusión por tevé es un daño perdurable y doloroso.

 

10. “Nunca odies a tu enemigo”, aconsejaba Michael Corleone a su irascible sobrino Vincent Mancini. Es una máxima política clave. Odiar o así sea exasperarse de más o personalizar restringe la profesionalidad, la eficacia. Entre aliados que están enfrentados tácticamente, la máxima vale triple. 

 

 


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