En las comisarías, el erotismo y el uso de la sexualidad juegan un papel fundamental para ejercer autoridad y valorar el desempeño laboral. La socióloga Sabrina Calandrón se sumergió durante dos años en la vida de los y las policías y analizó cómo se vinculaban género y poder en la profesión. En esta reseña de“Género y sexualidad en la Policía Bonaerense”, publicado por Unsam Edita, el periodista Hernando Flórez recorre una investigación que muestra cómo las diferencias de género son usadas para ejercer la violencia en la fuerza más numerosa de la Argentina.



Por Hernando Flórez

 

Sabrina Calandrón esperaba a una mujer gruesa y robusta la primera vez que vio a Violeta, una policía retirada de casi 50 años. Inducida por las teorías de la “masculinización de los sujetos policiales”, se imaginó un portento gris y cuadrado. Violeta no solo era delicada sino que tenía consejos estéticos  y cosméticos para ofrecerle. A este tipo de confrontaciones se expuso la socióloga Sabrina Calandrón cuando revisó la trastienda de la feminidad en la Policía Bonaerense.

 

En su trabajo de campo durante 2009 y 2010 la investigadora estudió dos comisarías llamadas ficticiamente Domingo French y Guevara. Calandrón empleó el enfoque y las técnicas de la etnografía para acceder a las nociones de lo femenino en una institución tradicionalmente masculina.

 

Lo primero que sobrevino en Calandrón fue un cuestionamiento a su estándar moral y académico. En las primeras entrevistas tenía una pregunta para todas, ¿le tenés miedo a las armas? Para todas, no para todos, y la conciencia de ese prejuicio orientó su mirada en otra dirección. De a poco, sus personajes comenzaron a mostrarle los ejes de la investigación en sus propias respuestas. Ejercer la fuerza, erotizar el lenguaje, decidir de acuerdo a emociones eran elementos comunes en sus discursos. Una luz blanca en el fondo del mar. Un faro.

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Correr el velo

 

El estándar moral decía que el ejercicio de la fuerza en la institución policial es de carácter masculino y que la violencia femenina es una excepción, en cualquier caso, menos dañina. El campo decía lo contrario y Calandrón con un fino tejido analítico y narrativo corrió el velo.

 

–Uh, no sabés, los desnudaron a todos y los pusieron en medio del patio, los taparon con unas frazadas y les empezaron a dar, pero a dar con todo. No sabés cómo les sacaron las ganas de hacer boludeces.– decía una policía sobre un intento de fuga de presos.

 

–Y sí porque si se muere alguno…– le respondía una compañera.

 

Encontró que la violencia no era una expresión masculina sino un recurso de hombres y mujeres policías por mantener el orden institucional. “El tipo se enloquece y le agarra un delirio que se quiere violar a todas las minas y hay que agarrarlo. Entonces la enfermera le decía: ‘vení, papi’ y yo iba detrás así que cuando se acercó, lo manotié, la enfermera le aplicó una doble y ahí nomás quedó frito. Cuando lo estábamos pichicateando el loquito se quería hacer el vivo conmigo, me manoteaba el culo y yo le daba. Con unos cortitos nomás se dejó de joder”, le contaba una compañera a otra sobre una visita al hospital.

 

No hay valoraciones morales sobre el procedimiento de la Policía en el discurso Calandrón. Emplea su energía en ampliarnos el marco destacando que la violencia institucional excede el ámbito policial, que no se restringe a lo físico y que no es una cuestión de género.

 

 

Endurecer y congelar el miedo

 

En contrapunto con la delicadeza y simpatía de Violeta, la policía retirada de 50 años, estaba Nora que representaba el endurecimiento. “¿Me ves? ¿Y me ves pintada? Tengo cincuenta años y hace quince días que empecé a pintarme, nunca lo había hecho”. Había entrado de veinte años, callada y con los labios fruncidos. “Tuve que cambiar mucho. ¿Viste lo que es este lugar?”, aludiendo a la rudeza necesaria para “ganarse el respeto”.

En la década del 40 las mujeres llevaban su revólver calibre 38 en la cartera. Vestían pollera pantalón y chaquetilla color arena. Para los setenta les permitieron llevar pantalón en otoño-invierno y en 1990 diseñaron uniforme indistinto al género. Esa transformación se produjo junto al cambio en la política de la institución que pasó de “control y represión del delito” a “seguridad pública”.

 

En panorámica, es interesante ver ese trayecto del vestuario y la política con las descripciones de Calandrón sobre las emociones en una institución percibida como dura y áspera. En una escena pone en relieve la reacción de un hombre curtido en patrullajes y tiroteos que se lanza en una zanja aniquilado por el miedo. Nos ofrece una imagen subversiva del imaginario viril del policía que enfrenta el peligro con su vida para decirnos que hay imponderables emocionales. Y lo cristaliza con la sensibilidad de hombres y mujeres policías frente al maltrato de nenes.

 

Una madre agitada llega a la comisaría con sus hijos bañados en nafta. Su esposo los había rociado a todos y de alguna forma ella logró destrabar el seguro de la puerta. “A veces somos lo único que tienen esas personas”, decía una policía que relataba cómo la Comisaría se había apersonado del caso y recolectado dinero propio para que la mujer no volviera a casa esa noche.

 

Exhibir la sexualidad

 

Uno de los temas más sugestivos para el lector ajeno al universo policial es el uso de la sexualidad en las comisarías. La socióloga, autodefinida como estudiante universitaria de clase media, se choca de frente con el tratamiento público y exhibicionista de la sexualidad. “Un día 4 del mes, Matilde me integró al pequeño ritual poniendo frente a mi una parva de cajas de corpiños y bombachas: vedetinas, tangas y culottes. La simbología de la sala mezclaba las insignias policiales de los uniformes, los sellos y los papeles oficiales de los escritorios con las imágenes más paganas de mujeres en ropa interior. Nicolás, subteniente de policía de unos 38 años, me dirigió seductor y humorista la siguiente frase: ‘si te lo comprás, yo te lo pongo’, provocando las risas en la sala”.

 

Ese mismo día, Calandrón vería el reverso de la moneda: “Si te lo comprás, te lo pongo”, había dicho Adrián, teniente primero y oficial de servicio a una de sus compañeras que a diferencia suya respondió fulminante: “¿Y me lo pongo y qué?, irás a mirar, si otra cosa no podés hacer, estúpido”. En medio de ese lenguaje erotizado, literal y abierto, Sabrina Calandrón encontró que las valoraciones sobre la sexualidad de los compañeros no eran juicios morales sino profesionales que calificaban su idoneidad como policías.

 

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Calificar el sexo, calificar la profesión

 

Las Marcelitas, las tira vigis, los jefes y los asquerosos eran categorías que flotaban en el ambiente policial. Todas asociaban la sexualidad con su desempeño profesional. Las Marcelitas, por ejemplo, representaban la tibieza sexual. “¿Qué pasa? ¿No te visitaron anoche? ¿Te dejaron con las ganas y te la agarrás conmigo?”.

 

Una Marcelita era una antisocial, lenta y proclive a sufrir engaños, todo lo contrario a los valores de un buen policía. “Yo cojo tres veces más de lo que coge él”, se quejaba una policía ante Sabrina Calandrón por el reclamo de un superior que la criticaba por no compartir horario extra-laboral ni acompañar a sus colegas en la cancha. Según su jefe esa era una actitud desafiante provocada por falta de sexo, por Marcelita.

 

Las tira vigis eran otra figura femenina estereotipada, pero ésta no era lánguida, pálida y frígida como la Marcelita, ésta regulaba el poder con el sexo. Fue en una charla fuera de la comisaría que Calandrón confirmó el estereotipo en la mirada de un oficial joven. Contaba que lo habían sancionado injustamente, que la teniente a cargo se había excedido, que ella estaba respaldada por otros compañeros, que era una tira vigis.

 

“En su teoría, la predisposición para establecer relaciones sexuales constantes con personas de la comisaría le permitía relaciones sociales sólidas”, explica Calandrón. “No eran las continuas vinculaciones sexuales de su compañera las que veía como problemáticas. Era que se entablasen con policías, habilitando al mismo tiempo, negociaciones laborales”.

 

Todas las formas de nombrar el sexo tenían una valoración sobre el desempeño profesional, no sobre la conducta moral, explica Calandrón con agudeza analítica. Nos presenta un entramado erótico para analizarlo con herramientas teóricas, no para provocar un efecto rosa en el lector.

 

Entre los hombres estaban los asquerosos, aquellos que mantenían relaciones sexuales con personas sobre las que debían aplicar control. “Es un asqueroso, se hace tirar la goma con las paqueras de la villa”. El asqueroso era quien negociaba su  autoridad en una transacción sexual. Los policías no cuestionaban las relaciones permanentes de sus compañeros, señalaban que  el sexo con ellas los incapacitaba para controlar el comercio ilegal de drogas. “Desde la mirada nativa, no era posible ser un buen policía y un asqueroso al mismo tiempo”, escribe Calandrón.

 

La segunda categoría masculina nombrada, los jefes,refería a la ilegitimidad del sexo entre superiores y subalternas. “No eran los encantos de los hombres las causas de las conquistas sexuales sino el lugar de poder que detentaban”, aclara.

 

El comisario de Domingo French ofreció una estampa del jefe. Ximena, 25 años. Delgada, estilizada, curva en cadera y pecho.Oficial de la última cohorte que se convirtió en su pareja. “Es que ahora como es la jermu del comisario se le subieron todos los humos”, comentó un policía durante uno de sus turnos en calle. Se refería al uso conveniente del poder informal que hacía la joven al darle órdenes a sus compañeros. Al igual que con las Marcelitas, las tira vigis y los asquerosos, esta categoría señalaba la interferencia del comportamiento sexual con el desempeño policial.

 

Un jefe que accedía a favores sexuales con una subalterna perdía autoridad frente a la comisaría y producía cortocircuitos en las tareas diarias. Y una policía que mantenía relaciones con sus superiores podía negociar a su favor asuntos laborales, pero quebraba los lazos con sus compañeros.

 

Estas categorías develadas, costaron presencia en campo y zapato en tierra a Calandrón. Durante su permanencia extendida los protagonistas subvirtieron los estándares morales de la feminidad con palabras repelentes a la estructura policial: erotismo, emoción y sexualidad. Su acierto como etnógrafa fue plantearse un contrasentido, feminidad en la policía, y responderse abstraída del canon académico y el estándar moral con la voz de los protagonistas, o en términos etnográficos, desde la perspectiva nativa.


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