La ansiedad de querer saber lo que podría pasar se combina explosivamente con no querer saber nada de lo que puede pasar. Pero digámoslo sin ninguna ambigüedad: serán meses de quebrantos, de despidos, de descuido. Allí donde decían recursos humanos ineficientes y asistidos, diremos compatriotas, conciudadanos, trabajadores y sujetos de derecho. Escribe Pablo Semán.



En el medio de la noche, justo al lado del omóplato, el músculo se anuda, duele y el dolor se proyecta a la espalda, la cabeza, los ojos hasta despertarte peor de lo que te acostaste. Dormiste una hora desde las dos y media de la mañana. La noche del sábado de la semana que pasó ha sido para muchos de nosotros una vigilia de malas nuevas. ¿Cuál será el dolor? ¿Cómo será? ¿Podré soportarlo?  ¿Y cómo será después, incluso con alguna recuperación? Esperando el próximo ajuste, muchísimos argentinos hemos vivido algo así como la experiencia de entrar a un quirófano con los miedos habitando la mente y el cuerpo.

 

Entre el sábado y el domingo en que se inició septiembre, a la hora en que los viejos dormimos y los jóvenes se divierten, twitter tenía la actividad del prime time de un martes en que todos ya han comenzado su semana y a las 9 de la mañana dan rienda suelta quejas, terrores y odios de una catarsis que en el caso de esa trasnoche parecía imposible postergar o reprogramar. Vaya esa impresión como indicación de una subjetividad generalizada: a la hora y el día del vacío virtual muchísimos estaban en sus casas y sin dormir. La ansiedad de querer saber lo que podría pasar se combinaba explosivamente con no querer saber nada de lo que puede pasar. Ahí la contractura.

 

Así como durante los feriados todo parece parado, hasta las hojas de los árboles, durante los días nefastos el mundo resulta triste y amenazante. Y cuando digo “todo me parece” hablo de un estado del mundo en que tal vez todos percibimos eso. Recuerdo varios momentos de ese tipo en que el dolor se presentó al mismo tiempo masivo y personal. En 1974 cuando murió Perón el mundo reflejaba y anticipaba una aflicción insondable que se transmitía de mirada en mirada. El 31 de diciembre de 2004, después de Cromañon, cuando no hubo cohetes ni fuegos artificiales sentí algo parecido en una secuencia distinta: en vez de una víspera angustiada era, como dijo Chico Buarque, “arreglar el cuarto del hijo que ya murió”.

 

Sufrimos por los otros, sufrimos por nosotros, sufrimos por los que vienen. El gobierno que ha hecho de la sociedad su enemiga -no hay sector de los tantos que reclaman que no haya sido  despreciado como “mafia”-  ha decidido agudizar su política de señales a los mercados, un puñado de bancos e inversores financieros que entre otras cosas tuvieron el privilegio de recibir y fugar los dólares que el FMI prestó y cobrará durante décadas a la sociedad argentina, especialmente a los más pobres, en carne y en sangre.

 

La reducción de la sociedad a empresa y de la política a prácticas propias de un jefe de personal ponen a la mayoría ante la inminencia del desamparo, el empobrecimiento y la muerte de los sueños. Digámoslo sin ninguna ambigüedad: serán meses de destrucción de capital, de quebrantos, de despidos, de hambre, de descuido, de pérdidas materiales que el gobierno acompaña de ofensas irresponsables a los perdedores llamándolos vagos, improductivos, desestabilizadores y populistas. Y serán incluso meses en que pretenderán que nos callemos la boca.

 

Solos en este anochecer no encontramos mucho en lo que confiar. Seamos honestos, porque con el autoengaño no vamos a ningún lado: nuestros símbolos de paz y de lucha no están ni completos ni limpios. Si “el pueblo, en su inmenso dolor / hoy se niega a beber en la fuente / clara del honor”, como diría Zitarroza, no es por nada, pero tampoco es para siempre.

 

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No nos vamos a quedar con la contractura, vamos a salir a encontrarnos, en las calles que correspondan, con todos los que ya están en ellas, con todos los que van a terminar estando en ellas, porque el capital financiero viene por todo y pretende cumplir.

 

Hace pocos días un periodista económico afín al gobierno expresó su preocupación por las dificultades que le traía a la defensa del capitalismo la performance económica del macrismo. El miedo de los otros no es zonzo: la exploración hegemónica de Cambiemos alcanza un punto de saturación y define un punto estratégico. Allí donde los insultos de clase alcanzaron para atemorizar masivamente, hoy puede ser que lleguen a generar todo tipo de efectos boomerang: la decepción, el ridículo, la bronca, en fin, la fuente de su propia reversibilidad, en su propio alfabeto. Allí donde decían recursos humanos ineficientes y asistidos, diremos compatriotas, conciudadanos, trabajadores, sujetos de derecho. 


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