Hillary Rodham de Clinton estuvo a punto de hacer historia y convertirse en la primera presidenta de Estados Unidos. Florencia Angilletta reflexiona sobre su derrota, repasa su biografía y cuenta lo que perdió el debate sobre los feminismos sin su triunfo. También confiesa que, aunque a ella no le gustaba como feminista, se quedó con las ganas de escribir un texto arrancando con saludos a todas las mujeres alguna vez engañadas porque una de ellas por fin manejaría al Imperio.



Fotos: Hillary for America

 

Hace unas semanas venía pensando en una idea sobre el perfil de Hillary ganadora: tenía ganas de arrancar saludando a todas las mujeres que alguna vez  fueron engañadas por sus maridos y lloraron, se deprimieron, se quisieron matar. Quería decirles don’t worry, ladies, la esposa engañada más famosa del mundo es hoy la primera presidenta del gran imperio norteamericano. Quería recordar la foto de 1998, cuando the good wife Hillary apretó los dientes y apoyó a su marido, el presidente de los Estados Unidos, cuando se destapó el sexgate de Lewinsky realizándole sexo oral a Bill. Quería reivindicar a los Clinton como socios desde hace más de cuarenta años, como emblema del partnership intelectual, la única esperanza, quizá, de la aventura matrimonial de este nuevo siglo. Quería celebrar íntimamente con todas las mujeres que descubrieron la infidelidad de su compañero, pero después se reinventaron y salieron a comerse al mundo. Quería creer que habíamos llegado a la cima. Que el mismo país que configuró el feminismo contemporáneo había elegido por primera vez a una presidenta. Quería decir que tras ese triunfo Hillary era el nombre de una crisis que ahora sí había que dar en la teoría porque éramos casi una nueva hegemonía.

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Nada de esto pudo ser. Hillary estuvo a punto en 2008 –cuando en las internas demócratas ganó Obama– y estuvo aún más a punto este año cuando el candidato republicano Donald Trump ganó por 51 electores. El margen fue ajustado, el resto es historia. No parece ser, en el fondo, ni excepcional ni sorpresivo. Refresquemos su nombre: son los Estados Unidos, pueblos unidos, territorios unidos. Los gráficos hablan por sí mismos: qué tiene para decirnos ese magma rojo que une al este con el oeste, qué flujos de afectos y fantasías, de canales financieros y empleos truncos rodean la figura de presidente de “Donald Trump”.

 

Me intriga lo que le estará pasando a la Hillary privada, la que ni siquiera salió a hacer declaraciones públicas al saber de su derrota, cuando el mundo entero trasnochaba encendido a un drama un poco ajeno y un poco propio. Sólo el día después se mostró: con temple de hierro y sucinta, su duelo público duró apenas diez minutos. Dijo que haber sido candidata había sido uno de los mayores honores de su vida. Y les habló en especial a las mujeres, las que vieron en ella la posibilidad y la votaron mayoritariamente: “Todavía no rompimos ese techo de cristal, pero algún día alguien lo hará y espero que sea más pronto de lo que parece”.

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Hillary se preparó toda la vida para romper ese techo de cristal. Nació en Chicago en 1947, en el mismo año en que las argentinas obtuvimos el derecho al voto tras la iniciativa de Eva Perón. No es casualidad. Se trata de una de las mujeres referente de la segunda mitad del siglo XX. Hillary fue la primera mujer profesional de su familia: su madre era ama de casa y acompañaba a su padre en un negocio de cortinas. La casi primera presidenta norteamericana se formó en Wellesley College y se graduó de una Ivy League: estudió derecho en Yale donde fue una de las sólo 27 mujeres en su clase. Fue justamente en la biblioteca de Yale donde se saludaron con Bill por primera vez. Después de obtener su título, Hillary militó por los derechos de los niños y los discapacitados, trabajó como abogada en la firma de abogados Rose –donde fue la primera mujer asociada y la primera mujer socia– y cofundó la organización de Defensores de los Niños y las Familias de Arkansas, uno de los primeros grupos defensores de los niños en el estado. Se casó con Bill en 1975 y tuvieron años después a su hija Chelsea, llamada así por la canción de Joni Mitchell “Chelsea Morning”.

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Después su vida se confunde con el derrotero de su propio país: primera dama del estado de Arkansas, primera dama de Estados Unidos durante las dos presidencias de su marido, primera mujer senadora de los Estados Unidos por el estado de Nueva York y luego reelegida; Secretaria de Estado durante la presidencia de Obama.

 

Buena parte de la agenda que atravesó las elecciones estadounidenses y que sigue vigente en las lecturas sobre los datos desagradados de votantes es en torno al “género”. Un primer dato es que las mujeres votaron a Hillary, pero este argumento se deshace cuando se suma la variable étnica. La mayoría de las mujeres blancas, que no viven en las costas, votaron a Trump. Además, de los once estados en los que ganaron senadores demócratas, casi la mitad (cinco) son mujeres –algunas son de origen latino, árabe o asiático–. En cambio, del resto de los estados, en los que ganaron senadores republicanos, son todos varones blancos, salvo en Alaska, única mujer republicana que fue electa senadora en esta elección –el estado de la ex gobernadora Sarah Palin–. Pero a nivel gobernadores, la brecha de género no distingue entre partidos: de los 50 estados, sólo 5 (10%) tienen gobernadoras mujeres (3 republicanas y 2 demócratas).

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Hay un análisis obvio: lo que ya se logró en muchos países del Tercer Mundo aún no se consiguió en las entrañas del imperio de América y ninguna mujer todavía asumió en el mayor cargo de gobierno. Las y los estadounidenses hace ocho años prefirieron a un descendiente afro antes que a una mujer y ayer confirmaron que prefieren a un outsider de la política antes que a una mujer. No cualquier mujer, de todos modos. No olvidemos que estamos hablando de la figura de la dinastía Clinton.

 

¿Para una mujer no hay nada mejor que otra mujer? Desde luego, parte de la discusión dentro de los feminismos, después de la teoría de género que en gran medida fabricaron las estadounidenses, pasa por deconstruir el signo “mujer”. Digámoslo así: no debería caerse rápidamente en un esencialismo compulsivo por el que siempre preferir a una mujer asignada biológicamente como tal. Las mujeres tenemos “derecho al mal”, como hace décadas señaló la filósofa Amelia Valcárcel, y también tenemos derecho a diferenciar entre mujeres y feministas, y entre los feminismos entre sí. La discusión entre afectos de la “identidad” y afectos de la “pos-identidad” recrea parte de este horizonte problemático.

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Durante las internas demócratas, esta discusión recrudeció cuando la famosa feminista Gloria Steinem tuvo que disculparse por sus dichos sobre las mujeres jóvenes que iban a votar a Bernie Sanders. Hace pocos días Susan Sarandon declaró que no votaba “con su vagina” y llamó a votar por la mujer “correcta”, que para ella era la candidata independiente Jill Stein. Otras figuras de los feminismos, en un amplio arco que va de la politóloga Nancy Fraser al ícono LGBT Madonna, sostuvieron que las mujeres en el poder producen más mujeres en el poder. Y puede que también sea profundamente cierto.

 

Cuando en los noventa Judith Butler afirmó, en una célebre frase, que el sujeto legítimo del feminismo no es sólo la mujer blanca, heterosexual y alfabetizada de clase media, podríamos pensar que se estaba refiriendo a las Hillary de su país. Las señoras de buen pasar, del Este o del Oeste, de religioso pelo corto, la vida profesional conjugada con la maternidad dedicada y el tailleur impecable. Clinton no me gustaba como feminista, pero sí como primera presidenta de los Estados Unidos. Hillary pudo haber sido el nombre de una crisis que seguimos necesitando en los feminismos occidentales.


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