Crónica

Cultura y migración


Activismo también es pasarla bien

El cambio cultural se logra, en parte, gracias a la incidencia de los colectivos artísticos. ¿De qué manera sus obras pueden revictimizar o reinvidicar a las personas migrantes? Escapar de lo políticamente correcto y permitirse la dimensión lúdica: el reconocimiento de derechos no sólo se alcanza con solemnidad. Sonia Budassi participó de Migrar la mirada, organizado por Fundación Avina, y comparte su memoria del encuentro.

Las duplicaciones paródicas de piezas de impacto político son sello de la industria cultural del Siglo XX y de la reproductibilidad digital del Siglo XXI: memes, retoques y hasta fotos trucadas con mala intención. Y su reverso: hace unos años la imagen de Aylan Kurdi, el niño sirio muerto en las orillas del Mediterráneo, generó que muchos desconocedores del tema se enterasen, y ocupó la agenda mediática global. Al mismo tiempo, las intervenciones territoriales desde Palestina a Latinoamérica son parte del activismo de mil causas. ¿Cómo lograr que cada acción por los derechos migrantes no pierda vigor? ¿Cómo se articulan los impactos en una marea de mensajes permanentes y sin olvidar, en especial, a los propios protagonistas de los movimientos migratorios? 

Eso se pensó y discutió en el marco del ciclo “Migrar la mirada” organizado por la Fundación Avina, en el encuentro “Activismos disruptivos (y no tanto)”.  Allí participaron Montserrat Castillo, del colectivo mexicano Reverdeser; ella además trabaja en la Brigada Nacional de Búsqueda de Personas Desaparecidas; Teresa González Molina, coordinadora de documentación en Las Vanders, organización feminista que acompaña a mujeres, niñas, jóvenes y personas de la diversidad sexual en su proceso migratorio o de desplazamiento forzado interno; y Lizbeth De La Cruz Santana, artista y universitaria; su trabajo se centra en la deportación y deportabilidad de migrantes ingresados a Estados Unidos en la infancia que aún mantienen un estatus de no ciudadanos, aún cuando alcancen la edad adulta en aquel país. En 2019, dirigió el Proyecto Mural Playas de Tijuana, un mural digital-comunitario en el Parque de la Amistad en la frontera entre Estados Unidos y México y codesarrolla Migri Map, un recurso de ayuda humanitaria para migrantes en Tijuana. Cada una, desde sus propias prácticas, generan una mediación cultural y artística útiles para repensar las falencias y los desafíos del arte en relación al activismo migrante. 

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Proyecto Mural Playas de Tijuana

Lo simbólico es cuerpo

Con diferencias y hasta disidencias, se coincidió: en la arena del reconocimiento de los derechos humanos pocas veces es posible pensar una dicotomía entre el plano simbólico y el plano territorial. Muchos expertos admiten que, en general, estos aspectos no se dan por separado. Y, al mismo tiempo, con solo brindar una mirada rasante sobre la coyuntura global vemos como, precisamente, la circulación de imágenes distorsionadas y prejuiciosas junto a noticias falsas generan impactos en la vida cotidiana de miles de migrantes: ya conocemos las peligrosas políticas de varios estados de la región. La construcción de estereotipos genera, entonces, daños concretos sobre las y los migrantes. 

Desde el activismo y el arte, entonces, los distintos modos de producción de narrativas buscan generar un impacto real y promover cambios de actitud y de políticas públicas. Pero las intervenciones artísticas no provocan consecuencias de manera lineal. Muchas veces las transformaciones son tan arduas como los cambios materiales que impactan a través de leyes. En uno de los videos del excelente proyecto de Lizbeth De La Cruz Santana Humanizando la deportación, el corto testimonial llamado Prosperando en soledad muestra que, aunque una corte federal derogó la proposición 187 que cercenaba derechos fundamentales a los migrantes, el clima antinmigrante en Califonia permaneció.  

También pasa al revés: el cambio cultural se logra gracias a acciones de personas y colectivos de activistas. Así, es posible analizar cómo el trabajo territorial y el simbólico se tensa, se enriquece y se complementa en los tres casos. 

Lo central, con sus diferencias y puntos de contacto, es que lejos de adoptar una perspectiva de autoridad o representatividad, tanto el trabajo de De La Cruz Santana, como el de los colectivos Reverdeser y Las Vanders, los propios migrantes son actores y productores del arte, y al mismo tiempo trabajan en redes colaborativas desde lo material y desde lo digital. 

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Proyecto Mural Playas de Tijuana

El eje transversal y la pregunta por el arte

Las Vanders abordan el trabajo de acompañamiento desde el feminismo y las transversalidades que se dan en los procesos migratorios; también señalan su propia conformación como diversa –algunas son migrantas, otras del barrio y de comunidades indígenas, lo cual enriquece sus apuestas políticas en relación al arte que, para ellas, “no es portador de mensajes sino un hacedor de experiencias”. 

Lejos de una perspectiva asistencialista, trabajan, cuenta, con sujetas políticas con deseos: “no son personas pasivas a la espera”. En el mismo acto de migrar buscan condiciones de vida que puedan ser vividas. “Para nosotras el arte es un proceso; buscamos apropiarnos de ese primer territorio robado que es el cuerpo de las niñas y mujeres, y personas LGTB”. 

En la relación entre arte y activismo, quizá por cierto mandato sesgado sobre lo políticamente correcto, suele soslayarse la dimensión lúdica, como si ante la búsqueda del reconocimiento de derechos vulnerados solo fuera posible la solemnidad. En el trabajo de Las Vanders hay una gran conciencia de la necesidad de que aparezca el deseo. En un contexto donde aún suenan vigentes las ideas del intelectual palestino Edward Said sobre que las víctimas siempre son narradas por otros, y en una actitud pasiva, las “víctimas” se vuelven sujetas y defensoras de sus propios procesos. Lo mismo sucede con las y los familiares de personas desaparecidas, que han padecido femicidios y con migrantes. En un contexto donde el dolor dificulta los modos de nombrar, “la práctica artística propicia espacios seguros y que permiten evocar y vincular el dolor con la imaginación”, dice Teresa González Molina. Así se producen bordados, arpillería, y se experimentan diferentes narrativas. Intentan que la “pasen bien” porque lo frecuente, dice, es que les enseñen a pasarla mal: terminás siendo nada más que una víctima, comenta. 

Tanto para Reverdeser y las Brigadas, como las recreaciones de historias reales que desarrolla Lizbeth Santana en videos e instalaciones como el Mural de Tijuana, el rol de los relatos también son centrales. 

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Intervención por Aylan Kurdi

Arte, contexto y lazo social

En el colectivo Reverdeser y las brigadas donde participa Montserrat Castillo Portillo, el arte se separa de los que solemos llamar disruptivo; se apropia de técnicas clásicas como el documentalismo, el registro de voces acalladas y la transición entre el dolor individual desde el colectivo: todos consideran que los familiares desaparecidos del otro como propios. “La Brigada Nacional de Búsqueda de Personas Desaparecidas es un ejercicio de las familias organizadas para encontrar a los suyos. Se brinda acceso a personas expertas en búsquedas pero también compañía integral en las comunidades”. Esto implica compartir experiencias de distinto tipo: “Buscamos acuerparnos de manera completa y diversa”, dice Montserrat Castillo Portillo.

 

En el proyecto Mural Playas de Tijuana Lizbeth de la Cruz Santana recupera historias en primera persona, armadas en forma comunitaria e interactiva a través de retratos y piezas digitales a las que se accede –y pueden replicarse- con un código QR. Todo esto, sobre aquel imponente cruce de frontera, la entrada terrestre más grande del mundo y una de las más transitadas. Rostros de migrantes estampados sobre los barrotes y paredes, impactantes, generan una potencia que mueve las narrativas desde la periferia al centro. Las historias de los llegados en la infancia que han sufrido la deportación, se muestran fuera del cliché de algunos medios, pero también en programas de asistencia. “Con Humanizando la deportación me di cuenta de que se emiten cierto tipo de voces y al mismo tiempo nos olvidamos de quienes fueron deportados o son susceptibles de serlo, que de algún modo no encajan entre los casos “ejemplares”, o que no tengan background criminal”, dice. 

 

Pero el arte, no por dialogar con la reivindicación de derechos pierde, necesariamente, fuerza contestataria, aunque siempre es un riesgo al ingresar a circuitos oficiales. En este caso, el proyecto fue invitado a exhibirse en el Museo de Diseño en Atlanta (MODA). Ante el frecuente temor a la pérdida de vigor cuando lo disruptivo es incorporado o exhibido en instituciones, es de esperar que puedan equilibrarse dos factores: aprovechar que la nueva instancia da cabida a nuevos públicos y, al mismo tiempo, como señalaba Lizbeth de la Cruz Santana, evitar que se pierda la capacidad para reponer el contexto de las playas de Tijuana y lograr que “no quede como solo un artefacto más del museo”. El objetivo sería que no se soslayara el sentido de lo que se vive en la frontera “y darle vida a las historias que se transmiten con el código QR”.

“Tratamos de mostrar que para los llegados en la infancia es más fuerte la deportación porque crecieron en Estados Unidos, sus raíces son más fuertes que con México.” Su pretensión es no realizarlo solo de forma digital sino que “la misma gente de Tijuana se de cuenta de lo que es toda esta frontera...Aparte de contar las historias da vida a que la comunidad se una y todos participen y retomen este discurso”. 

 

En definitiva, la clave es, en cada caso, incorporar al migrante como productor y narrador, de un modo que genera tensiones productivas entre incomodidad y empatía porque, más allá de las políticas de cada gobierno, los humanos seguirán migrando.