Crónica

Evasión y lavado


Confesiones de un Morgan Boy

Hernán Arbizu buscaba clientes y los invitaba a expatriar sus dólares sin pasar por controles fiscales. Era una pieza clave de la zona gris de la economía global hasta que una estafa lo convirtió en un peligro para el sistema. Leandro Renou e Ignacio Chausis reconstruyen la vida agitada del banquero que destapó el primer gran caso de evasión y lavado con dinero negro de argentinos. Un fragmento de “Morgan Papers. Confesiones de un empleado infiel” (Editorial Marea).

La madrugada del 6 de mayo fue extraña. Una premonición. Le costó conciliar el sueño y se despertó sobresaltado, con el cuerpo empapado en sudor. Durmió poco, con interrupciones constantes, hasta que los primeros rayos del sol de una fría mañana del otoño del año 2008 lo forzaron a amanecer. Frente al espejo del baño de una casa del barrio porteño de Belgrano, se acomodó con los dedos su cabellera rubia a medio crecer, desordenada. Desnudo, meditó ante el reflejo de su propia imagen, y se metió a la ducha. El estilo siempre fue parte de su oficio, y lo cuidaba al máximo. Incluso en los momentos de mayores padecimientos.

Desayunó algo rápido, se calzó uno de sus tantos trajes de etiqueta y salió a trabajar. Visitó a algunos de sus clientes en el microcentro porteño, con reuniones de rutina en los lobby bar de los hoteles Hyatt y Four Seasons. Caminó las arterias de la City de Buenos Aires y, cerca del mediodía, recaló en los cuarteles centrales del banco JP Morgan, en la zona de Catalinas, una de las tantas visitas de rutina que hacía cada vez que podía. Desganado, tomó el ascensor hasta el piso 22 de la torre, un ambiente amplio y exclusivo con oficinas con vista al Río de la Plata.

Hacía varios días, Hernán Arbizu, el banquero argentino que manejaba el dinero de las grandes fortunas nacionales en distintos lugares del mundo, mantenía un secreto. Denso. Que no podía contener ni procesar. Una historia que, por su propio bienestar y el de su familia, mantuvo incluso fuera del alcance de ese círculo íntimo.

Luego de saludar a la secretaria y a los administrativos, se sentó al frente de una computadora, con la vista perdida en la pantalla. Hundido en la silla, tipeó algunas palabras sin sentido. Borró y volvió a escribir, con la mente en otra cosa, hasta que una llamada a su teléfono celular lo devolvió a la realidad. Cuando observó en la pantalla del Blackberry corporativo del banco el prefijo de Nueva York se acomodó en la butaca y atendió.

—Hola, Hernán, ¿cómo va todo? Me llamó el asesor de Natalio Garber, ese cliente tuyo de Argentina, y me dijo que le está faltando plata en sus cuentas, y que ellos no la tocaron para nada. Che, ¿vos sabés algo?

La voz de Luke Palacio no lo sorprendió. El jefe del JP Morgan para el Cono Sur terminaba de mantener un diálogo con Wilhem Insenring, un ex banquero del Credit Suisse que ases  raba al ex dueño de la cadena de discos y electrodomésticos Musimundo. El hombre le comunicó que desde la cuenta de Garber se habían hecho transferencias por unos 2,8 millones de dólares sin autorización a otras cuentas ajenas a ellos. El dinero se había esfumado a sitios del mundo poco convencionales. Países o islas muy pequeñas, célebres por resguardar dineros no declarados de millonarios de todo el planeta.

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—No puede ser, dejame ver qué pasó, debe ser un error —respondió Arbizu con un tono de absoluto convencimiento. Esa misma identidad camaleónica, de un tipo frío y calculador, lo había catapultado al Olimpo de los bancos de inversión y también lo había empujado a su ruina definitiva.

Por su rol de banquero senior, residía tres semanas en Nueva York y una en Buenos Aires, donde buscaba clientes para invitarlos a expatriar sus dólares evadiendo cualquier tipo de control fiscal en la Argentina. Armaba estructuras de lavado de activos, uno de los métodos predilectos para el delito de cuello blanco en las altas esferas del poder mundial. En esas artes, era un alumno esmerado del Morgan. De hecho, cuando el 6 de noviembre de 2006 ingresó a la entidad, sus jefes le asignaron las cuentas que estaban empezando a caer o las más complicadas, las de aquellos clientes disconformes con la atención y que amenazaban con retirar el dinero. Logró retenerlas a todas y sumó nuevos clientes. Era un alto mando de extrema confianza, por esa razón su jefe Luke Palacio aceptó darle un tiempo para rever el asunto.

Se despidieron cordialmente y, tras cortar la comunicación, el rostro del banquero se transfiguró. En un instante, las imágenes de su vida y cada decisión tomada en los últimos años lo atravesaron. Sintió que la suerte lo abandonaba. Se derrumbaba el sueño de transformarse en el banquero más importante del Morgan en la región. En lo primero que pensó fue en su familia: su esposa y su hijo vivían en Fairfield, una localidad a unos 60 kilómetros de la Gran Manzana. Una ciudad de fisonomía similar a la Pilar bonaerense. El lugar de residencia habitual de los banqueros latinos que trabajan para bancos de inversión en los Estados Unidos.

Abrumado por la situación y todavía en las oficinas del banco en Catalinas, apeló al instinto de supervivencia. Encendió la impresora, abrió su correo electrónico y conectó un dispositivo de almacenamiento externo al ordenador. Como si nada ocurriese, empezó a descargar y copiar archivos confidenciales de la entidad y documentación de clientes argentinos y latinoamericanos. Se llevó números de cuenta, montos en dinero, información sobre transferencias de fondos a paraísos fiscales y nombres propios de la cúpula del poder económico nacional, en su mayoría clientes de la entidad. En dinero, tenía consigo datos de unas 469 empresas y personas físicas que representaban alrededor de 5000 millones de dólares fugados irregularmente del país. De esos listados, el 99% de los involucrados en presuntas maniobras de lavado de dinero eran argentinos, y el resto chilenos. Casi todos eran clientes suyos. En la carpeta sobresalían empresas de todo tipo y color. La azucarera Ledesma y sus dueños, el Grupo de medios de comunicación y servicios Clarín y todos sus directores, empresarios del sector eléctrico, emprendedores inmobiliarios, industriales, empresarios del agro nacional como Bunge y hasta familias patricias históricamente sospechadas de delitos económicos, como el clan Fortabat. Era más sencillo descartar a miembros de la burguesía nacional que no estuvieran en la lista, antes que enumerar uno por uno a los incluidos.

Apurado, pero disimulando la situación, se despidió amablemente de los presentes en el piso 22 y se fue. En estado de shock, bajó en el ascensor conteniendo las lágrimas. Cuando llegó al lobby del edificio, ante el tránsito tumultuoso de la avenida Leandro N. Alem, pensó en tomar una decisión drástica, pero no tuvo el coraje suficiente. Una nueva llamada a su celular lo sorprendió. Era Miriam, la mayor de sus siete hermanos. Esa mañana, como si hubiese operado entre ellos una conexión mística, la mujer se despertó acongojada, con una sensación extraña. Como si algo estuviese por ocurrirle, pero no a cualquiera de sus hermanos, sino precisamente a Hernán.

—¡¡¡Me quiero matar, soy una basura!!!

El llanto de Arbizu no cesaba. Sin cortar el teléfono por temor a que su hermano cometiera una locura, Miriam llamó por otra línea a su marido. Arregló para que él lo fuera a buscar a la puerta del banco. Sin siquiera saber bien qué había pasado, ella mantuvo la charla hasta que su hermano tomó contacto real con su esposo. Lo llevaron hasta la casa de Miriam en pleno Belgrano, muy cerca de la iglesia circular ubicada a metros de la intersección de Cabildo y Juramento. Ese lugar convencional de familia constituida sería desde entonces su morada.

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Aquella noche fue triste y traumática para él y su familia. Hubo llantos, arrepentimiento, bronca y sinceramientos. Miriam –once años mayor que él– fue la primera en enterarse y la que más lo contuvo inicialmente. Arbizu le contó a su hermana y a su cuñado con lujo de detalles a qué se dedicada y qué había ocurrido. Hasta ese momento, ellos solo sabían que era gerente del JP Morgan. De profesión catequista, Miriam jamás lo juzgó. Militante social de la Iglesia Católica de Mercedes, provincia de Buenos Aires, su hermana era además integrante de un reconocido grupo de mujeres antiabortistas. Los últimos miércoles de cada mes, junto a la denominada Marcha de los Escarpines, manifestaba en las puertas del Congreso Nacional. Repartían folletos y mostraban gigantografías de bebés y fotos de abortos. También, mientras esperaban la salida de legisladores, rezaban y hablaban del tema. De hecho, el propio Cardenal Jorge Bergoglio, luego erigido como Papa Francisco, sabía de esa movida que en 2015 cumplió seis años en la calle. Las militantes llevaban consigo la imagen de una Virgen de Luján bendecida por Bergoglio ya en su rol de Sumo Pontífice y habitualmente la depositaban en la vereda del Parlamento, sobre la entrada de la calle Rivadavia.

Tampoco los otros integrantes de su familia le recriminaron su conducta. Al día siguiente, la tarde el 7 de mayo, se comunicó por teléfono a los Estados Unidos con su esposa Mónica Teresa. Antes de que Arbizu partiera a Buenos Aires, ella lo notó algo extraño. Tenía la sensación de que se avecinaban problemas.

Casi en paralelo al relato de su marido, la mujer lo interrumpió y le adelantó que Álvaro Martínez Fonts, jefe del Morgan para Latinoamérica, y su asistente Carolina Vila habían acordado con ella encontrarse en unos minutos en un bar de la cadena Starbucks cercano al domicilio para hablar de un problema del que no le dieron mayores detalles. La idea del banco era tocar el nervio familiar de Arbizu para lograr que se comunicara vía telefónica con sus superiores.

Los resultados no se hicieron esperar. Mientras tomaban café y en medio de un ambiente de alta tensión, el ex banquero volvió a llamar a su mujer, quien le pasó el teléfono a Fonts.

—Hernán, volvé para acá. Te garantizamos que no te va a pasar nada. Vas a llegar a tu casa y…

—No —interrumpió Arbizu y fue la única respuesta que llegó a esbozar el banquero desde Argentina. Luego se largó a llorar desconsoladamente, confirmando la percepción de que “se venía un quilombo grande”. Se sentó en el piso, con la cabeza sepultada entre sus rodillas, para descansar algunos segundos del escándalo.

En Estados Unidos, las cosas avanzaban a velocidad récord. Mientras Fonts intentaba seducirlo con protección, el banco ya había presentado dos denuncias penales en los tribunales de Nueva York. Solicitaron extraditarlo y dictarle prisión de treinta años por estafa y otros delitos económicos. Además, Interpol tenía la orden de buscarlo por cualquier medio en todo el mundo, dándole estatus de criminal peligroso. Sin eufemismos, las fuerzas de seguridad lo equipararon a criminales de la talla del narco colombiano Pablo Escobar Gaviria o Jesús López Londoño, “Mi Sangre”, un peligroso parapolicía de la derecha colombiana vinculado al tráfico de estupefacientes, cuya extradición a los Estados Unidos fue aprobada por la Justicia argentina en mayo de 2016. Paralelamente, Interpol, la Embajada de los Estados Unidos y el FBI que operaban en Buenos Aires armaron una estructura plagada de irregularidades con el objetivo de extraditarlo y juzgarlo.

Ante la presión de un posible proceso express en el exterior, el banquero desató el nudo en la garganta y buscó dar pelea. La solución no estaba lejos. En las horas subsiguientes y a través de un vínculo previo con el marido de su hermana, el banquero se acercó al estudio de abogados Argibay Molina y Asociados, defensores de los policías acusados del asesinato de Claudio Bulacio, un joven muerto a la salida de un recital de Los Redonditos de Ricota, y letrados patrocinantes de Alfredo Yabrán, el empresario postal que ordenó el crimen del reportero gráfico José Luis Cabezas. Uno de los bufetes más caros del país y con mejores resultados para sus clientes en causas penales. En la primera reunión Argibay lo vio destruido, literalmente hecho una piltrafa, asustado, arrepentido, temeroso. Como era costumbre del viejo abogado, en cada encuentro inicial con un nuevo cliente le ponía un tiempo límite a la charla. Sondeaba para ver si el caso interesaba. Se sentaron alrededor de una pequeña mesa de vidrio en una sala del estudio ubicado sobre la avenida Santa Fe. Argibay se sacó de la muñeca un reloj de malla metálica, los clásicos. Y lo depositó sobre la mesa, frente a él. Siempre le pareció descortés estar todo el tiempo girando la mano para mirar la hora. Pensó que Arbizu lo aburriría, pero logró captar su atención. La charla se prolongó por casi una hora.

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Fue el inicio de la relación. Argibay ya había salvado al cuñado de Arbizu de una muy complicada: el esposo de la hermana catequista de Arbizu fue Teniente de Fragata en el Crucero General Belgrano. Ex veterano de Malvinas, al regreso de la guerra en 1983 dejó la Armada y se enroló en la Marina Mercante. En 1984, la revista La Semana, que editaba Editorial Perfil, publicó una serie de artículos sobre el hundimiento del Belgrano. En uno de ellos, se acusaba al cuñado del ex Morgan de homicidio. Según la nota, estando sobre una de las balsas que evacuaron el buque, no dejó subir a esta a un conscripto. Lo apuntó con una pistola 45 y le negó el abordaje. El artículo relataba que ese soldado, finalmente, pereció en el mar. La versión de la familia era otra: de las dos balsas más numerosas que sacaron gente del Belgrano, la del cuñado del banquero era la más importante. Y creen que fue él el último en dejar el crucero. Con el conflicto en puerta, hubo presiones a la Marina para que lo corrieran de su cargo, algo que finalmente ocurrió. Quedó sin empleo y se la rebuscó como taxista y pintor de casas. En 1984 el caso llegó a manos de Argibay, que decidió defenderlo junto a otros bufetes importantes. Catorce años duró el juicio penal por calumnias e injurias. Lo ganó la familia, luego de que testificaran a su favor una cantidad importante de ex combatientes que habían estado ese día en esa balsa.

Mientras Arbizu y sus letrados evaluaban la estrategia judicial en Argentina, se complicó el panorama de su mujer en los Estados Unidos. Le impidieron viajar a la Argentina vía cancelación del esquema de pasajes de avión para familiares de empleados del Morgan y le cerraron las cuentas bancarias. Paralelamente, en Buenos Aires, el ex banquero empezó a padecer el estrangula- miento financiero sobre su persona. Desalineado, lejos de la fina estampa de los trajes Zegna o Hermès de casi 3.000 dólares, mutó en un obsesivo de los cajeros automáticos. Caminó la ciudad ingresando su tarjeta VIP del Chase, la división de banca para personas del Morgan. Con ese plástico retiraba dinero en cualquier lugar del mundo y por las cifras que él deseara. “Operación denegada”, arrojó una de las pantallas de los cajeros. La misma leyenda, en todos los bancos de Capital y el Conurbano. Su dinero y sus ahorros  también  fueron  confiscados por tiempo  indeterminado. Con el paso de los días, la obsesión por la plata lo carcomió: se tomó la costumbre de darles a familiares y amigos que viajaran al exterior su tarjeta del Chase, para ver si podían recuperar en cajeros del exterior algo del dinero confiscado. Tampoco eso fue posible. Ni siquiera en un viaje relámpago a Miami de uno de sus amigos.

Finalmente, y para saltar el cerco del banco, su mujer recibió de su familia un pasaje para volver a Buenos Aires. Pasó un tiempo intentando conocer de la propia boca de su pareja qué estaba sucediendo. Y días después regresó a los Estados Unidos para cerrar allí su vida, cancelar el alquiler de la casa y empezar la mudanza definitiva a Argentina. El panorama para ella era tan tortuoso como para su marido. Mientras empacaba en valijas algunas pertenencias, sonó el timbre de la mansión del 44 Ferguson, en Fairfield. Un grupo de agentes del FBI vestidos de civil y de la Policía local la interrogaron para saber dónde estaba Arbizu. Intentó explicarles que seguía en Argentina pero, entre un resquicio de la puerta entreabierta, los efectivos observaron un saco de hombre colgado en la escalera central de la casa. La apartaron de la puerta con violencia y entraron por la fuerza creyendo que el estafador estaba en la residencia. No encontraron nada, ni siquiera evidencia. Estos acontecimientos de hostigamiento se repitieron. Un hecho similar ocurrió en el aeropuerto a su regreso a Buenos Aires, donde la mujer fue apartada de su familia y “revisada exhaustivamente”.

Arbizu, desesperado, reconoció por primera vez su error ante los abogados, que intentaron tranquilizarlo.

—La verdad, tengo ganas de tirarme debajo de un tren. Sí, cometí un delito, pero no lo hice solo. Quiero mandarlos a todos en cana. Si me meten preso a mí, ellos se van en cana conmigo.

Argibay levantó el reloj, era cerca de la una y media de la tarde. Envió el pedido urgente de exención de prisión. Y lo obtuvo en tiempo récord. Un poco de aire en un ambiente espeso.