El jueves 9 de abril fui a dar una muestra de sangre para el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) al Hospital Rossi, en el barrio Hipódromo de La Plata, a 5 cuadras de casa. A las 11 de la mañana me presenté en el mostrador de la secretaría de Dirección, di mi nombre y avisé que tenía una cita para dar esa muestra y que me estaban esperando. La señora que estaban atendiendo a mi lado se dio vuelta para mirarme. No sé si entendió bien de qué hablábamos, pero se quedó mirándome, y yo me quedé pensando en qué pasaría por su cabeza. No parecía una señora de los derechos humanos.
Los días anteriores a la cita hice lo que había hecho toda la vida con los temas vinculados a la desaparición de mi viejo: como si nada. Tal y como me lo indicó mi madre a los 7 u 8 años cuando nos sentó a mi hermano y a mí en la mesa de la cocina de Berisso y nos dijo: “A su papá se lo llevaron y no pueden hablar de eso con nadie porque es peligroso”. Quizás dijo algo más, o usó otras palabras, pero yo ya no pude escuchar. En ese momento, ni mi hermano ni yo hicimos ninguna pregunta. Tampoco después. Supongo que él, como yo, se acostumbró a inventar historias, y a no hablar.
En distintas ocasiones comenté que iba a dar sangre, como algo que no requería demasiada importancia, y desestimé uno a uno todos los ofrecimientos de compañía. Después de todo, tenía que trabajar antes y después, y no le iba a complicar la mañana a nadie. Dami insistió y me mandó un mensaje el día anterior por si se tenía que pedir el día en el trabajo. Pero le dije que no, que estaba bien, y ya no insistió más. Estuvo medido. ¿Cómo será estar medido? ¿Cuánto pesa todo esto 50 años después? ¿Cuánto pesa una bolsa de huesos?
Veo pasar imágenes de un libro que Martín Bonetto presentó en La Plata justo dos días después de la extracción, y leo que él y su hermana, al igual que Leti y Ramón, recuperaron uno de los dos cuerpos de sus padres desaparecidos. O sea, ahora tienen una madre o un padre desaparecido y otro asesinado, o muerto, que para el caso es lo mismo, o no. Alguna vez la escuché decir a Leti, en una entrevista, que lo que sentía por uno y por otro ya no era lo mismo. Y, como fuimos amigas, me dieron ganas de preguntarle qué era lo que sentía. Pero nunca lo hice.
El jueves me levanto especialmente conmovida y mando un mensaje de Whatsapp a un grupo de amigos-familia: "Buen día! Alguno anda suelto a las 11 de la mañana hoy? Tengo que ir a dar la muestra del EAAF y me agarró susto. Me iba a acompañar Dami, pero le dije que no y ahora no está a tiempo para pedir el día en el trabajo. Sino le pido a mi vecina!”. Sol se ofrece.
Me cuesta mucho pensar qué quiero ponerme para la ocasión. Me siento ridícula, pero me pruebo ropa como si fuese a ir a una fiesta. Tengo que medirme, no voy a una fiesta. Estoy eufórica. Me pongo linda, pero a último momento me saco las botitas porque me parece mucho. Me pinto la boca. Igual, siempre me pinto la boca —hasta para ir al gimnasio— y esto tiene que encajar en la rutina, así que no pasa nada.
Después de todo, Martín Bonetto se sacó una selfie con los huesos de su padre desaparecido arriba de una mesa; me cae bien. Pero no dejo de pensar en que no se note demasiado todo lo que estoy sintiendo. Lo hago todo el tiempo, sobre todo con las cosas que más me pesan, o incomodan. Y es raro, porque suelo ser bastante dramática. ¿Cuánto pesará una bolsa de huesos?
Me decidí a llamar al Equipo de Antropología Forense porque encontraron 12 cuerpos en el ex centro clandestino La Perla, Córdoba, y por varios días se habló mucho del tema, en todos lados. También este año se cumplieron 50 años del Golpe. En la radio dicen que si tenés un familiar desaparecido llames para actualizar tus datos. Automáticamente pienso que quizás nunca nos llamaron para avisarnos que lo habían encontrado porque no tenían los datos actualizados. ¿Quién te dice?
El otro día un pibe de un grupo de Whatsapp de periodistas contó que trabajaba para el EAAF. Le escribo por whatsapp. Los del EAAF me llaman por teléfono, actualizan mis datos y me preguntan si no quiero dar una muestra de sangre. Hasta ese momento, no recordaba que no lo había hecho. Pero después me acordé: no vivía en Argentina cuando se tomaron las muestras y supuse que con la de mis hermanos bastaba, o creo que eso me dijeron. Pero me explican que mi carga genética no es la misma que la de ellos -entre otras cosas porque son varones y los cromosomas y coso-, y entonces le dije que sí, con todo gusto, si lo que más quiero es esa bolsa de huesos, que ahora es una bolsa de huesos pero que hasta los 20 era que apareciera por la puerta. Esto último no se lo digo.
Finalmente, me dicen que alguien de la subsecretaría de Derechos Humanos me va a llamar para coordinar una fecha, así que no me queda otra que esperar. También me advierten que es marzo, el mes de la memoria en Argentina, y, como además es la conmemoración de los 50 años del Golpe, la espera puede ser aún mayor. Qué puntería la mía, con lo mal que me llevo con estas esperas.
El 31 de marzo me escribe Beto Díaz, el director de Investigación y Memoria de la Subsecretaría, y me ofrece varias opciones de hospitales para la extracción. No lo dudo, inmediatamente le digo que el Rossi es el indicado porque queda muy cerca de casa. Al día siguiente, confirmamos la fecha y el horario: 9 de abril a las 11. Es 1 de abril, queda esperar, nuevamente, en loop.
Marzo se me hizo eterno, y con esto de la muestra no hago más que estirarlo.
Ya es 9 de abril, son casi las 11, Sol me pasa a buscar y estamos paradas en el mostrador de un pasillo del Hospital Rossi. Por suerte es la parte nueva, que tiene más luz. Nos hacen entrar a una sala de espera y ahí viene la directora asociada, que se presenta y se toca un pañuelo de las Madres que le cuelga al cuello. Ella sí es una señora de los derechos humanos. Nos dice que esperemos un momento, que ya están bajando con el material, o algo así. Sol habla y me distrae. Lo hace bien, le sigo el juego.
Bajan con una caja de telgopor y pasamos todas a una oficina minúscula. Somos 5 y cada una cumple un rol específico: la directora (compañera), las bioquímicas que hablan de secuenciadores, Sol que acompaña y documenta, y yo que respondo órdenes y trato de seguir haciendo como si nada. Nos sentamos alrededor de una mesa y las bioquímicas dicen que la muestra tienen que sacarla antes de llenar los papeles y responder las preguntas, porque luego hay que esperar media hora para que la sangre se seque. Menos mal que el tan mentado look incluía una remera, porque había pensado que me pinchaban el dedo y listo, pero no, es con jeringa, y las odio.
La sangre va en tres cartoncitos que parecen tres pares de ojos. Pero antes de ponerlos en sobres, cerrarlos y meterlos en una caja fuerte, hay que esperar 30 minutos: empieza a correr el cronómetro. Llenamos las planillas, me preguntan el nombre de Cocho, mi viejo, y me quiebro. Nunca se sabe cuándo va a llegar ese momento, pero llega. Menos mal que está Sol y no mi vecina. Esa mañana cuando me desperté, y me di cuenta de que no podía ir sola, pensé en decirle a ella. Marina vive al lado, tiene 87 años y aunque nos conocemos hace mucho tiempo, tampoco nos conocemos demasiado.
Creo que me cuesta anticipar los escenarios. En todo caso, estuvo bien que fuera Sol y no mi vecina la que me abrazó. Esta vez no pensé si las señoras estarían incómodas.
Cuando pusimos la baldosa en la puerta de la casa de La Plata donde secuestraron a Cocho, alguien me dijo que le resultaba raro que yo no hubiese llorado. Que tu dolor más íntimo forme parte de un hecho social, de alguna manera te obliga a exponerlo de por vida, aunque no quieras, y yo me llevo muy mal con eso. Me incomoda. ¿Cuánto pesa el dolor en lágrimas?
Lloro, me repongo lo más rápido que puedo, llenamos los formularios, los firmamos y nos quedamos charlando hasta que suena el cronómetro. Entra el señor que sabe la clave de la caja fuerte, marca los números y yo pispeo, estoy tentada de saber la combinación, pero me contengo. La impunidad del momento me hubiese dejado hacer lo que quisiera, pero esta vez no me aprovecho. Soy víctima.
Nos abrazamos. De alguna manera, nos sentimos hermanadas. Salimos por la parte fea del hospital, la oscura, pero estoy contenta. La mujer del EAAF con la que hablé por teléfono y me invitó a dar sangre me explicó que mi muestra entra en el sistema y automáticamente se cruza con todas las que hay, pero que es difícil que, al estar la de mis hermanos no haya saltado ninguna coincidencia. Pero también me aclara que a lo largo de estos 40 años se han encontrado con muchas situaciones inéditas. ¿Cuánto de mí se estará aferrando a lo inédito en estos días? ¿Cuánto pesa una muestra de sangre?
Me despido de Sol y vuelvo a casa a escribir, pero no hay manera. El pintor me manda un mensaje, me dice que va a venir y me alegro. Es insoportable, pero me viene bien que venga, no quiero estar sola ni tampoco con alguien con quien me vea obligada a hablar. Sigo sin poder escribir. Busco y mando algunas fotos que me pidió el editor para un artículo que ya escribí, y luego nada, doy vueltas. Tomo mate con José, y me voy a cenar y beber con Marito y Gus. Lo llamo a Dami y le cuento que fue más fuerte de lo que pensaba. Estoy como en un limbo.
El EAAF me pidió que, si quería, sacara fotos, porque a ellos les servirían para hacer un posteo en redes que pueda llegar a mucha más gente. Todavía tienen más de ochocientos cuerpos sin identificar. Yo decido hacer el mío en Instagram, pero no pongo emoticones. Que no se note nada. Estoy bien, sólo un poco rara.
Es sábado, me voy al teatro a Buenos Aires, pero antes lavo ropa, pongo música al palo y bailo Los Chunguitos. El algoritmo toma todas las decisiones que yo no puedo, thanks god. Después juego a probarme lentes en una tienda de muebles caros en Palermo y de ahí al Colón, donde en el escenario padres e hijos bailan, y se tocan, y se pelean, y juegan, y se separan, y se pesan y se sopesan.
El Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) tiene más de 800 cuerpos de desaparecidos sin identificar por falta de muestras de sangre de las familias.
