Gran Hermano Tucumán


La movilidad social por otros medios

Aunque perciben la mirada extasiada de los medios porteños que tienden a barbarizarlos y espectacularizarlos, ni los productores ni los participantes de este reality temen volverse material de consumo irónico. Con ser vistos y amplificados, con que el numerito de seguidores aumente, alcanza. En esta nota, Exequiel Svetliza dice que GHT conurbaniza las pantallas y propone una marca de identidad que hacia afuera es vista como exótica y hacia adentro genera altos niveles de rechazo porque no responde a la imagen canónica que se quisiera mostrar de lo tucumano. “Nos guste o no, también somos así”.

El tipo se dobla con evidente dificultad para asomar un ojo por el agujero de la cerradura. Tiene cuarenta y pico, es alto, morocho y está vestido con bermudas, musculosa y un gorro piluso. Mira, pero no alcanza a comprender qué pasa del otro lado de la puerta principal de ese hostel ubicado en el corazón de Villa 9 de Julio, uno de los barrios más populares de San Miguel de Tucumán. Lo atrajo cierto alboroto de gente, atípico en esa calle donde algunos vecinos todavía acostumbran a baldear las veredas bien temprano en la mañana para asentar el polvo del ambiente. De seguro no sospecha que ahí adentro se desarrolla un reality show; un espectáculo demasiado singular para este lugar del mundo ajeno a toda pretensión cosmopolita. Gran House Tucumán es un fenómeno extraño y propio a la vez, como encontrar un pingüino comiendo un sánguche de milanesa bajo la sombra de una morera. Una falla en la matrix; un desvío en el universo predecible de los algoritmos. Una gotera en el sistema por donde ha logrado colarse eso que el mainstream expulsa por precario, por subalterno y por grasa. Acaso también por cierto temor del buen gusto burgués a sucumbir ante la fascinación de aquello que considera barbarie.

En una galería amplia iluminada por tubos fluorescentes, cuatro ventiladores de techo a toda máquina libran una batalla desigual contra el calor de la siesta. Hay unas cuantas macetas con plantas en los rincones, adornos rústicos de madera colgados de las paredes y un mástil con una bandera argentina como los que se usan en los actos escolares. Es lo que queda fuera de la voracidad de la cámara que en estos momentos hace foco en un sillón con forma de U donde los participantes del reality se amontonan alrededor de Mariano Villafuerte, el conductor del ciclo que aguanta estoico de saco gris y camisa. Ahora todos miran hacia el trípode que sostiene un teléfono celular. Piden silencio porque están por salir en vivo para un canal de Buenos Aires. Del otro lado, cientos de miles, acaso millones de pantallas los reproducirán por los distintos rincones del país. Cientos de miles, acaso millones, los verán con la misma curiosidad del espía inclinado sobre la puerta. Son el fenómeno del momento; el pingüino atragantado con su sánguche.   

Durante tres horas Mariano satisfacerá las demandas de los canales de televisión, programas de radio y de streaming de todo el país que quieren saber acerca de esa especie de Gran Hermano low cost del que tanto se comenta en las redes. En los días posteriores al estreno del reality, el conductor responderá un promedio de 18 entrevistas diarias. Las tiene anotadas en un cuaderno para poder organizarse con todas. Aunque la masividad de la repercusión lo tomó por sorpresa, sabe que está surfeando la cresta de la ola y no quiere desaprovechar ni un segundo de prensa. Hace unos minutos de pausa, toma aire, se seca el sudor de la frente, le sonríe a la cámara y va de nuevo. “No hay un locutor en el país que haya dado tantas notas, debe ser un récord de Guinness. Hoy mi cara y la Gran House está manteniendo picos de rating en todos los programas… Creo que me convertí en el encantador de los periodistas porteños”, dirá sin ocultar su satisfacción el locutor, cantante y productor artístico de 35 años.

Cuando estaba al frente de su banda Los Ángeles de la cumbia, a Mariano le costaba mucho que los medios locales le hagan una nota. En Tucumán, como en muchas otras provincias de eso que llaman “interior del país”, los medios van siempre detrás de lo que impone la agenda del centro y muchos artistas tucumanos se ven obligados a mendigar escasos segundos de visibilidad en los canales de televisión y programas de radio. Ante la indiferencia constante, Mariano decidió unir fuerzas con Diego Frías, Sergio Vera, Jesús Hoyos y León Argañaráz; pequeños influencers locales deseosos de ver crecer el número de seguidores en sus redes sociales. Así germinó el proyecto de Gran House, al que siempre pensaron como una parodia del reality más famoso de la Argentina. No tenían mucho más que los teléfonos con los que ahora se graban, pero lanzaron un casting y más de mil personas mandaron sus videos de presentación. Después consiguieron que les prestaran el hostel donde filman entre cuatro y seis horas cuatro días a la semana y algunos canjes para los premios.

“Esto empezó como una joda y hoy es el sueño de estos pibes. Hemos logrado un nuevo paradigma al hacer esto con un alambre y diez celulares. ¿Quién iba a decir que tenga el éxito que está teniendo? Acá en la provincia hay mucho talento desperdiciado, yo lo viví en carne propia cuando era cantante. Creo que nuestro mayor logro es mostrarle al país que con presupuesto cero se pueden acompañar los sueños de los 20 tucumanos que están en la casa”, comenta el conductor en un discurso que, por momentos, puede sonar a los mensajes motivacionales propios del coaching, pero donde se traduce una revancha. Los artífices del reality llegaron hasta donde nadie esperaba verlos y donde, probablemente, nadie los quería.

El conductor define al reality como un producto “random y bizarro” y se vale del concepto de reality fiction, acuñado originalmente por Guido Suller. Para explicarlo, tiene su propia fórmula: 80 por ciento de realidad y 20 por ciento de ficción. Si estuviésemos hablando de la preparación de un fernet, coincidiríamos en que la mezcla peca de fuerte. Pero acá la lógica que impera es la del impacto. Como cuando éramos adolescentes y pedíamos un trago en la barra del boliche: no importaba su sabor, sino que pegara. Y Gran House pega. Por eso, ni los productores ni los participantes temen volverse material de consumo irónico ni objeto de burla en las redes. Saben que hay mucho de eso también en la forma en que son mirados desde los medios nacionales: una mirada algo extasiada que tiende a macondizar, barbarizar y espectacularizar lo otro, sin preocuparse en entenderlo. Pero ellos quieren ser vistos. Y cuánto más vistos, mejor, sin importar demasiado cómo los vean. Después de todo, TikTok es su hábitat natural y ahí, al igual que en las estafas piramidales, el éxito se mide en cuántos k logren cosechar.  

A diferencia de Gran Hermano, la Gran House rompe con cualquier parámetro televisivo de hegemonía. La piel marrón, el habla popular y las fisonomías propias del norteño no suelen ser rasgos que los medios tradicionales estén habituados a exhibir. El reality conurbaniza las pantallas y propone una marca de identidad que hacia afuera es vista como exótica y hacia adentro genera altos niveles de rechazo porque no responde a la imagen canónica que se quisiera mostrar de lo tucumano, aunque se trate de la legítima expresión de una parte de la identidad local. Nos guste o no, también somos así. Un ejemplo claro fue la resonante renuncia al reality de Lysset, La Barbie Tucumana. Esta novel celebridad mediática de la provincia se bajó instantes antes de ingresar al hostel y fundamentó su renuncia en su pretendida superioridad cultural y una procedencia que la distinguía del resto. El primer gran conflicto de la casa se presentó en términos de clase: lo que para los participantes es motivo de orgullo, para Barbie —como para muchos foristas en las redes— resulta vergonzante.

Lejos de preocuparse por el aluvión de comentarios negativos que reciben a través de las redes, para Mariano esa es una señal inequívoca de éxito: “Los que empezaron riéndose de nosotros, se van a terminar riendo con nosotros. También los haters, si no tuviéramos haters no seríamos tan populares. En este formato, ese sería el indicativo de que la cosa va marchando. La gente nos va a criticar o nos va a aplaudir, cuando la reacción sea gris, ahí estaremos en problemas”.  

***

Hace menos de dos años, una tarde en la que ninguna de las dos tenía plata para comprar un vino, una amiga le propuso a Miranda Marisabel Díaz que se hiciera una cuenta de TikTok para que le depositaran dinero en la cuenta y pudieran financiarse el escabio. Así nació Mirandita, el personaje que Miranda fue construyendo en la red social hasta volverse una tiktoker con más de 111 mil seguidores. Ella tiene 35 años, es madre de tres hijos y nació en Los Ralos, uno de los tantos pueblos tucumanos que quedaron sumidos en la pobreza tras el cierre de los ingenios azucareros por la dictadura de Juan Carlos Onganía en 1966. Trabajó como cosechera de limones, empleada doméstica, cuidó enfermos y vendió comida casera; entre otras formas que encontró para parar la olla en su casa. Aunque exacerba algunos rasgos del color local con fines humorísticos y muchos la califican de vulgar, por usos y costumbres, Mirandita es una genuina expresión de los estratos populares de la provincia.

Si bien su cuenta de TikTok le reporta ingresos y su participación en Gran House puede servirle como una gran vidriera de los contenidos que genera, tiene motivos más profundos para ser parte del reality. Hace poco más de un año, mientras estaba en proceso de separación de una relación violenta, uno de los pilares de su casa se le vino encima. Como consecuencia, Miranda perdió un embarazo de tres meses y terminó con la cadera fracturada. En plena convalecencia, el universo de las redes se convirtió en un refugio: “Todo ese tiempo ha sido muy difícil para mí y tuve varios cuadros de angustia, pero encontré la contención en la gente que me sigue en TikTok. No me podía ni sentar, pero yo hacía videos para ellos porque el amor que me dan es impresionante. Yo me debo a la gente, soy conocida gracias a ellos que son los que me levantan el ánimo en las redes. Mis expectativas son crear contenido y generar una sonrisa en la gente”.

***

En diciembre pasado, Ariel Monteros, mejor conocido como Zamo, cerró su parrillada en Jujuy para dedicarse exclusivamente a generar contenido en TikTok. Asegura que su familia apoyó la decisión y celebró su ingreso a Gran House. Zamo tiene 42 años, seis hijos y eligió ese nombre en las redes porque es el mismo que utiliza como perfil en videojuegos como el Free Fire. También es un homenaje a una de sus hijas de nombre Zamira. Su incursión en el reality es una apuesta para apuntalar el sueño de volverse influencer. Sabe muy bien que, aun si resultara ganador del Gran Hermano tucumano, el dinero del premio (los productores anunciaron que será monetario, pero todavía se desconoce cuál será el monto) difícilmente alcanzaría a cubrir el gasto que implica viajar todas las semanas desde Jujuy durante los tres meses que dura el reality. Para él es una inversión.

“Cerré el restaurante porque me quiero dedicar de lleno a esto, ver hasta dónde llego. Me hice la cuenta hace cinco meses y me gusta la buena onda de la gente, que me comenten los videos; me motiva que me saluden en la calle y que me conozcan… No sé cómo explicarlo, pero me hace feliz. Es algo que me gusta hacer y, si puedo trabajar y vivir de esto, mucho mejor”, dice y asegura que no le importan los comentarios negativos: “Hay mucha gente que nos apoya y mucha otra que habla mal porque quiere estar ahí, hay mucha envidia. Cuando todos me flasheaban y me decían que soy el Chiqui Tapia, se burlaban y, a la vez, decían ‘yo lo voy a votar a él’. A mí lo que me importa es que me vean”.

***

Yaznin Vega tiene 20 años y es de las pocas “personas comunes” (tal como definen los productores a los participantes que no son influencers) de la casa. Aunque es demasiado tímida como para convertirse en tiktoker, cree que puede capitalizar la exposición de Gran House para potenciar su emprendimiento de venta de ropa y el centro de estética que piensa inaugurar próximamente. Tal vez por su cabello rubio, algunos medios porteños la confundieron con La Barbie Tucumana y eso le molestó porque empezó a recibir en sus redes comentarios negativos que, en realidad, estaban destinados a la cantante. No quiere convertirse en la copia de la copia. En ese juego entre la realidad y la ficción, a ella no le interesa crear un personaje ni volverse famosa; a menos que eso se traduzca en mayores ventas.

Mirandita, Zamo y Yaznin son apenas una muestra de quienes participan del reality: 20 jóvenes y no tan jóvenes, la mayoría de ellos de clase media o popular, procedentes de distintas latitudes de la provincia (con excepción del jujeño Zamo), que quieren volverse visibles, ya sea porque tienen algún talento para mostrar o porque ven en Gran House un trampolín en la carrera virtual por sumar likes y seguidores. Movidos por una pulsión lúdica, casi infantil, no temen saltar al abismo de una fama tal vez efímera. La pregunta es cómo convive ese juego de lo real con la realidad misma; la espectacularidad de las pantallas con la precariedad de lo material.

***

Fines de octubre del año pasado, previa del balotaje de las elecciones presidenciales. En el estudio del canal A24 se está por producir la escena más memorable que dejó la campaña electoral: un sobreexcitado Javier Milei intenta justificar el uso de un meme en sus redes para anunciar la alianza con Patricia Bullrich ante el periodista Esteban Trebucq: 

—¿Alguien vio las métricas de ese tweet? Tiene más de 250 mil likes. Tiene casi 16 millones de impresiones. Solo en mi cuenta de Instagram el posteo tiene un millón de likes. ¡Ey! Lo que quiero decir es, así como hay un salame o tres salames opinando desde una computadora, ¿sabes qué? Mientras que esos miran a la señorita por Internet, yo estoy en el medio de sus sábanas. 

En la escena, Trebucq intenta advertirle que los likes no son votos. Hoy, con Milei presidente, sería ingenuo no pensar que tal vez sí lo fueron.

Milei no necesitó del Menemóvil de Carlos Saúl ni del Tren de la Esperanza duhaldista para recorrer de punta a punta el país en campaña, le bastó con no moverse demasiado del que continúa siendo su principal búnker: las redes sociales, sobretodo X, donde pasa frenéticas madrugadas megustadoras y retuiteras. Su mayor capital político no deviene de las calles ni de un contacto más cutáneo con la realidad, sino del éter virtual y de las pantallas donde, con diferentes recetas y en distintas proporciones, todo es reality fiction. Ahí donde el rating manda con su lógica mercantilista de relatos, el león hace escuchar su rugido más estentóreo. No importa si del otro lado aplauden o putean porque parece temerle más al ostracismo mediático que político. Su construcción de poder necesita de la luz de los reflectores como Monstruon de la Estrella Lunar del Limbo.

Los productores y participantes del reality tucumano son menos ambiciosos —sólo por ahora— que el presidente. Aspiran a que la exposición virtual los catapulte a mejores trabajos, mayores ingresos y más canjes, pero que también les otorgue validación y reconocimiento social. Fieles representantes de su tiempo histórico, han encontrado en las redes una posibilidad que la realidad más tangible pareciera negarles para concretar aquel viejo anhelo de la movilidad social ascendente. A fuerza de estridencias y bizarreadas varias, por exóticos y auténticos, han logrado que los vean. Ahora viven el sueño de cualquier avatar; aquel sueño trasnochado de una vida propia.