Ensayo

Despedida a Horacio González


Adentro pero en contra: el saber popular

Horacio González trató de deglutir todas las grandes tradiciones filosóficas y políticas a través del tamiz de nuestro drama nacional. Hizo de su obra -escrita y conversada- una intervención política que consistió en encontrar lo infinito en lo más propio de la nación argentina. Cruzó filosofía, literatura y ciencias sociales, e interrogó las sagradas escrituras libertarias, socialistas, populistas, autonomistas y populares, sin arrogarse nunca la comodidad de levantar el dedo acusatorio. El homenaje de Adriano Peirone al intelectual del saber popular.

Cada tiempo, cada época, tiene sus escrituras. Horacio González conminó a leernos sin atajos, para que encarnemos la soberanía de nuestras promesas. Si la sensación es que no dejó objeto por pensar, es porque pudo desplegar una política de su saber: en Horacio todas las cuestiones fueron pensadas desde adentro, para ser interrogadas en sus últimas consecuencias, para ser extremadas en sus postulados. El Estado, la universidad, lo nacional, el peronismo, los setenta, el movimiento, las izquierdas, el sacrificio, los nombres y las letras argentinas son algunos de los grandes ejes de su producción intelectual. Se propuso extremarlos en su reflexividad haciéndose sensible a los diversos lenguajes que los atravesaban. Pero ese pensar desde adentro hizo carne una tercera posición, absolutamente singular que consistió en negar la comodidad de los intelectuales que siempre se piensan afuera de lo que se habla, de lo social y de lo político, pero del mismo modo renunció a la comodidad de los exégetas del adentro. Adentro pero en contra, como se ha escuchado decir, en Horacio González se trató de deglutir -como el movimiento antropofágico- todas las grandes tradiciones filosóficas y políticas a través del tamiz de nuestro drama nacional.

Al contrario de los intelectuales universales, González hizo de su obra -escrita y conversada- una intervención política que consistió en encontrar lo infinito en lo más propio de la nación argentina. Si el imaginario borgeano no puede prescindir de la figura del tigre, de la espada, los espejos, el cuchillo y la duplicidad de la traición y el héroe, en el universo de Horacio González -acaso más vasto todavía que el del autor de El Aleph- podemos identificar fractales completos que hicieron a sus problemas decisivos. Entre todos sus grandes temas, una forma de escucharlo sensiblemente puede tener asidero en su política del saber, y más específicamente en su consideración del saber popular, imprescindible hoy más que nunca para refundar la universidad y la democracia, porque resulta inescindible de lo libertario, del trabajo, de la base ficcional de las ciencias, de la la violencia y de la picaresca, todo para interrogar y hacer más agudas nuestras mitologías.

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Políticas del saber popular

Entre las diversas operaciones sobre lo científico, González puso a la risa como material de un pensar sobre lo social. Lo hizo, claro está, como una forma de pregunta argentina a las ciencias canónicas, trayendo al substrato popular que ellas suelen olvidar. El edificio de las ciencias sociales ha construido parte de sus cimientos en interrogaciones fuertes sobre el famoso «sentido de la acción». La sociología, abocada a resituar como «hechos sociales» las evidencias causales, se ha narrado ubicando su lugar entre la reposición de lo social frente a las teorías económicas, pero también a las teorías psicológicas de la explicación individual. ¿Cómo se explica una acción que escamotea su sentido? ¿de qué manera la astucia toma sentido entre la tragedia y la comedia? González asumió la tragedia de parecer estar siendo pensados con categorías impropias, traídas desde las grandes usinas categoriales. Antes que todo el giro poscolonial llevó a fondo la pregunta sobre de qué manera se instituyen marcos teóricos -siempre estuvo con la Universidad entre sus preocupaciones centrales- para pensar los hechos sociales, nuestras formas de abismalidad, no bajo los modos de cómo “la humanidad” o “las sociedades” actúan, sino de qué forma en nuestro país -y en nuestra región- se dan conspiraciones y solidaridades dramáticas.

Horacio González, en uno de los vértices centrales de su extensa obra, explicita el modo en que la hipótesis de la «picaresca» podría trastocar el imaginario «científico» sobre lo social. Bajo el fantasma de la risa de la muchacha tracia, propuso que lo propio de las sociologías no canónicas acaso sea captar aquello que está detrás de la «razón popular». Es decir, decidió fundar una escuela donde la risa del que, en principio, no sabe, puede ser considerado un gesto de emancipación que a no puede desconocerse para pensar lo social, pero que a su vez corre el riesgo de caer en el autofestejo. González interrogó desde allí las sagradas escrituras libertarias, socialistas, populistas, autonomistas y populares, sin arrogarse nunca la comodidad de levantar el dedo acusatorio, antes de pasarse a sí mismo por ese rasero que percibimos infalible, desde la autonomía “popular” o libertaria, pero también “científica”.

Las estrellas del pueblo

Una imagen que lo grafica entre miles y miles que muchos tenemos para rememorarlo: en la reinauguración de una sala de la Biblioteca Vigil en Rosario, en 2014, problematizó la educación popular a partir de un Sarmiento diseccionado, pero invitando a releerlo, en medio de un auditorio repartido entre progresistas, peronistas y de izquierdas. Todos teníamos motivos para ir a leer a Sarmiento de nuevo, para captar esa contradicción que González nos inoculó como imagen incómoda en el interior de las posiciones autocomplacientes. Pero además lo hizo desembocando en la cuestión de que aquella institución, enclavada en medio de un barrio obrero, autoorganizado, arrasado por la dictadura, emplazó por decisión colectiva en un centro astronómico. Esto, que para los clásicos modernizadores sería una extravagancia, para González se trataba de un derecho elemental. ¿Qué implicaba para la imaginación del barrio poder mirar al cielo? ¿Qué les decía a los hijos de los obreros la adquisición de una técnica para estar más cerca de lo que siempre fue imposible? Que trabajadores organizados hayan querido hijos con miras galácticas era para González la consumación de Blanqui y la Comuna a la vera del Paraná, una inversión de los tiempos de la emancipación que era donde precisamente quien quiera pensar algo debía saber descifrar.

Otra imagen. Comienzo de una clase en la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Rosario, hace dos o tres años: martillazos y taladros en la sala contigua, gestos de malestar entre jóvenes asistentes. González, que intuye movimientos para gestionar un traslado, prosigue su clase llevando el seminario a las ritualidades que todo trabajo contiene, y en la sospechosa pretensión de una práctica social -paradójicamente, la de estudiar lo social- que quiere pensarse a sí misma acallando allí lo que se mueve a su alrededor.

- ¿Por qué tendríamos un acceso privilegiado al silencio en una institución que está siendo mantenida por el obrar contiguo de saberes que consideramos implícitos? - preguntó. Y respondió: Los ruidos son escrituras que no debiéramos olvidar si pretendemos algunos minutos para nuestras ideas reflejadas.

En ambas figuras su interrogante estaba dado por un cuerpo a cuerpo de su propia política del saber, en un cuestionamiento a la Universidad que hoy resulta acaso decisiva para quienes la habitamos.

El método gonzaliano – sabemos que no le gustaría que así lo llamáramos- pensó la densidad del nombre, de la traición, de la violencia en el trabajo y del panteón nacional, forzando a leer alpargatas como libros -diría el sociólogo Eduardo Rojas-, y ruidos de la construcción como elementos de los que un aula no puede evadirse, sin correr el riesgo de desconocer la sociedad en la que se forma. Contra los molinos de la comodidad apoltronada de la Universidad, no trabajó afuera sino en sus pliegues, en su límite, reclamando el derecho del pueblo a los astros, a la traducción de sus sueños en un lenguaje que merece no ser tratado en forma desigual, pero mucho menos en forma complaciente.

Más bourdieusiano que Bourdieu en este punto, comprendió como nadie que era muy fácil buscar internamente los vericuetos formales para ocupar puestos entre los Altos estudios. Más todavía si se trataba de querer “pensar los territorios” con categorías importadas a través de modas que, por otro lado, suelen llegar demasiado impotentes. Pero nunca se dejó arrastrar por esos microcosmos, captadores de escrituras y de voces que no pueden no ser públicas. González hizo de esa pregunta por el anacronismo una polémica de igual a igual contra los acomodos catedráticos, y lo hizo en Buenos Aires, en Rosario y en cuanta universidad y organización pudo visitar a lo largo del país. La operación sobre la estructura académica se trató de abrirle desde adentro los sentidos más agudos de sus propias narrativas, organizando la invasión en cada lectura que podía soltarse al interior de sus espacios.

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Lecturas

González enseñó a leer sin concesiones. Esa política del saber cuestionó las estructuras escriturales academicistas, que hacían del lenguaje cerrado una codificación sin pueblo. Pero también fue lapidario con aquellos que se propusieron taumaturgos de lo popular y hablaban en un “nivel entendible para todos”. La máquina se trató de tomar en serio el trabajo intelectual, y fue allí donde se mostró incansable. La picaresca arltiana estuvo como uno de sus subtextos, y si la frase del Ojo Mocho en su presentación fue esa de “Rajá turrito, rajá”, una de las que más lo definen es la de prepotencia del trabajo. Contra la pereza de algunos cientistas profesionales, que leen lo social con “marcos teóricos” eternos, González impulsó hasta el cansancio a no dejar literatura, poesía, filosofía o ciencias sociales sin radicalizarlas en sus significaciones conceptuales.

Propuso no discontinuar la tradición de Contorno, con David Viñas y Josefina Ludmer, para pensar lo social desde la literatura. O como forma de inscribir las ficciones como elementos de los imaginarios encarnados en tiempos superpuestos. Es desde allí desde donde empujó malones de estudiantes de ciencias sociales a entrar voraces en Arlt, Borges, Macedonio o Hernández. Su política sobre las disciplinas consistió en auscultarlas como tabiques y límites que ocultaban más de lo que permiten revelar cuando se vuelven ritualizadas.

Bajo la maquinaria de leer vorazmente todas nuestras ficciones, pero también todo lo circulante como discurso político, cruzó filosofía y literatura con ciencias sociales, acompañándolos en sus propias jergas para llevarlas a sus más altas posibilidades de decir algo en sentido fuerte. Adentro pero en contra, fagocitándolos, a Perón con Borges, a Cooke, Vallejo y Ludmer, Viñas Rozitchner, Gramsci, Rancière y Levi-Strauss con Alcira Argumedo -su último texto fue sobre ella y es un programa político e intelectual-, para ser capaces de conformar una trama cultural con una figuración más potente sobre nosotros mismos. Su legado es precisamente haber permitido pensar lo universal anclado como nadie en nuestras propias lecturas nacionales.

Aunque parezca menor, acaso sea en poquísimas ocasiones donde nos topamos con una máquina de pensamiento que conjuga de modo tan potente todo lo que puede ser interrogado sobre las formas colectivas, no a partir de universales sin cuerpo, sino de asumir a fondo el interrogante por los conceptos que nos rodean y nos marcan el pensarnos social y colectivamente. Contra la oscuridad de época sin horizontes claros, acaso González una vez más nos dejó muchísimos motivos para volver a reunirnos.